Entre el Pasado y el Presente
El escándalo que Diva había causado fue tema de conversación tanto de caballeros, como de la poca servidumbre que trabaja en la mansión –chóferes y demás, puesto que por obvias razones, las cocineras no hacían falta más que dos o tres mucamas de vez en cuando para mantener en orden el lugar-.
La habitación de Diva quedo hecha una lastima, prácticamente inútil. Había grietas en el piso –inundado por cierto- así como agujeros en la pared y un baño sin remedio. La furia de Diva fue implacable y necesitaría de muchos arreglos profesionales para poder volver a estar como estaba, pero Diva no estaba dispuesta a esperar y mucho menos tenía interés en mantenerse al tanto de lo que pasaría, claro que, obviamente, al ultimo que quería ver sobre la tierra era a Amshel, y se había abstenido de contarle a alguien más sobre lo sucedido. Su hermana apenas sabía muy por encima lo que había pasado, pues los había visto peleando a ambos y también la había salvado, pero cuando le pregunto sobre lo que había pasado, su hermana respondió con monosílabos e inseguras respuestas a la mitad, aunque parecía no importarle.
Diva exigió volver a su antigua habitación, y al día siguiente le dijo a Solomon que le diera la llave de la misma. Extraña cosa, no podía dejar de pensar el rubio, al recordar como días antes de que Saya llegara –ya cuando Diva le había propuesto la paz- la misma había decidió cambiarse a otra de las tantas habitaciones de la mansión y cerrar con llave en la que siempre había estado, dejando dentro todas sus cosas –a excepción de la ropa y demás-, por lo tanto, el asombro de Solomon no era difícil de notar, y con un gesto de confusión, sentado junto a su ama, Saya y Nathan en el jardín, le había dicho que buscaría la llave, que por ahí debía de estar y que solo era cuestión de buscar un poco. A Diva le importo poco, y dijo que no se preocupara, que si la había perdido, sólo tenía que tirar la puerta, pero Nathan objeto que no necesitaba otra puerta rota en su mansión.
Amshel no se había aparecido en todo el día y Diva ni siquiera había preguntado por él, al igual que ni Solomon ni Nathan sabían donde estaba, pero realmente, no era algo que perturbara el día, a excepción de Saya, quien caminando junto a Diva, hacia la que sería su "nueva" alcoba, y mirándola de vez en cuando de reojo, no podía evitar preguntarse que había pasado la noche anterior. Como es que se habían dado las cosas de esa manera.
Ver la imagen de Amshel abofeteando y halándola del cabello a su hermana le parecía sobrecogedor y desagradable. Siempre había tenido la irrefutable idea de que Amshel jamás le haría daño a Diva, aunque él constantemente la manipulara para sus experimentos y planes, pero verlos pelear a golpes a los dos, sin contar que Amshel justo en el momento que llego, estaba sospechosamente desabrochándose el cinturón, hacia que el estomago de Saya se revolviera dándole la sensación de querer vomitar a pesar de no tener nada en el estomago, pues en la mansión no había comida humana y prácticamente se había mantenido en pie gracias a la buena mordidota que le había pegado a Hagi hace poco, aunque comenzaba a sentirse un poco débil.
-Aquí- dijo Diva parándose frente a una puerta de color blanco y manijas doradas –El ultimo cuarto del segundo piso- murmuro sacando una pequeña llave negra con un cubre llave de Hello Kitty que la misma Diva le había puesto hace tiempo. Saya observo como su hermana metía la llave en la cerradura, pero esta no abría ni para un lado ni para el otro, cosa que hizo que la joven se desesperada y refunfuñara y maldijera aunque eso no ayudara a abrir la puerta. Nunca había aprendido a usar las llaves adecuadamente, pues, para empezar, en el principio de su vida nadie se lo enseño y después, simplemente no necesitaba saberlo, pues los demás hacían todo por ella como si se tratara de una autentica princesa inútil. Si fuera una humana normal en una vida normal en la ciudad de Nueva York, estaría muriéndose de hambre, pensó su hermana.
Saya al ver la dificultad de su hermana, le quito la llave –Es con los dientes hacia arriba- dijo antes de meterla en la cerradura y abrir la puerta sin problema alguno.
Fue entonces que… a Saya le pareció que la puerta ya no era blanca, y que en lugar de eso, se encontraba una pesada y enorme puerta de hierro, y que en lugar de delicadas manijas doradas, había un candado de proporciones irracionales resguardando la entrada, y que en lugar de una pequeña llave con un tierno adorno de plástico de Hello Kitty, tenía en sus manos una larga y pesada llave dorada, y en lugar de pasillo y segundo piso, se encontró de pronto en la cima de una torre altísima de piedra, antiquísima y deteriorada, con un estrecho pasillo iluminado por la luz que entraba por los ventanales y las rosas azules prendadas a las paredes.
Los ojos de Saya estaban distorsionados, perdidos, fuera de este mundo mientras algo le susurraba al oído, "No… ¡No entres! ¡No abras esa puerta! ¡No esa puerta!", pero para cuando se dio cuenta, ya había dejado caer el candado al suelo, que se estampo acompañado de un metálico y seco sonido. El preludio del ruido aglomerado de un infierno.
"El infierno esta dentro. El infierno te espera y ha adoptado la apariencia inofensiva de una mujer, con la fragilidad de tu rostro" le susurro el fantasma de su conciencia, con burla y lastima, como si fuera algo ajeno a ella.
-Saya- la llamo Diva, al ver como su hermana se había quedado parada mirando a ningún lado, como tonta -¿Saya?- volvió a llamarla, sin recibir respuesta y ante esto, toco el hombro estático de su hermana, y esta, ante el rosee, de inmediato reacciono.
-¿Eh?- Saya miro confundida a su hermana, la cual mantenía el ceño fruncido, pero segundos después, cuando parecía que ambas se habían quedado estáticas, sus ojos se cruzaron durante la milésima de un segundo, y Diva supo lo que había pasado por la mente de su hermana…
Últimamente… era cada vez más difícil saber lo que su hermana pensaba, y lo que parecía ser antes una fuerte e involuntaria conexión casi telepática entre ambas, parecía debilitarse sin razón alguna, pero no lo suficiente al menos por ese momento, así que Diva se carcajeo ante el reciente descubrimiento en la mente de su hermana mayor.
-Ah… ya veo. La puerta del infierno, hermana…- susurro la ojiazul con una maléfica y coqueta sonrisa en el rostro, al tiempo que Saya inevitablemente hacia notar la sorpresa en su rostro, y no pudo más que regañarse a si misma. ¿Cómo había permitido que lo supiera así de fácil?... también se asusto. Se pregunto hasta donde llegaban los desconocidos poderes de su hermana.
-No te preocupes, la puerta del infierno la abriste hace muchos años- añadió su hermana como burlándose de ella mientras giraba el pomo de la puerta.
De inmediato, Diva, en un acto inconciente y propio de toda mujer emocionada, aplaudió seca y rápidamente, casi con ansia, al estar dentro de su vieja habitación otra vez. Por otro lado, Saya, sintió como si hubiera atravesado el espejo de Alicia. Saya no sabía ni siquiera hacia donde mirar.
El cuarto era mucho más grande que la otra habitación de Diva (la que había destruido) aunque ciertamente la cantidad de cosas en el lugar, le daban un aspecto más pequeño y caótico. Casi parecía que las cosas y adornos se iban a tragar todo en cualquier segundo.
El cuarto era al mas puro estilo rococó francés. El techo igual, aglomerado con detalladas formas y adornos exóticos, fantasiosos pero a la vez refinados. Saya no pudo evitar sentirse terriblemente familiarizada con el estilo de la mansión del Zoológico (aunque este era un poco más sobrio), extrañamente tan similar al de la habitación de su hermana, quizás por la influencia francesa, sólo que reducido, a diferencia de todas las demás habitaciones de la casa, que si bien eran elegantes, no eran de ese estilo.
Igualmente, no preguntaría por ello, pues después de fijarse en algunos libreros alrededor, no pudo evitar sorprenderse. No se hubiera imaginado que a su hermana, aparentemente tan superficial, le gustara leer, pues parecía que todo su tiempo libre lo dedicaba a cantar, hacer travesuras muy a su manera, matar y, definitivamente, tratar de metérsele a Hagi entre ceja y ceja, pero de pronto su atención se desvío en la multitud de estantes de retorcidas y a la vez delicadas formas en una de las paredes, repletas de muñecas de porcelana de todos los tamaños. Muñequitas diminutas con vestiditos campiranos. Muñecas más grandes, algunas de pie, otras sentadas, muchas vestidas a la usanza victoriana, otras como pequeñas y simpáticas campesinas de trenzas y cabellos pelirrojos y rubios, otras con poses delicadas e infantiles vestidas de hadas, flores y vaporosas telas de colores pastel, con todo y sus alas de malla y brillantes adornos en ellas. Todas ellas, con pestañas largas y rizadas, mejillas rellenas y rosadas, y las pelirrojas con pecas. Ojos grandes, que casi parecían tener vida, que iban desde el azul claro y azul índigo, hasta verdes limón y colores grises con veteados en miel y ocre, y hasta lilas, y todas con boquitas pequeñas y delineadas, discretas sonrisas… algunas parecían que estaban apunto de hablar.
Mientras Diva se emocionaba saludando a las muñecas ordenaditas en su respectivo lugar en los estantes, Saya miro el fondo de la habitación, donde unas largas y caóticas cortinas de satín blancas que rodeaban la cama.
Vaya… en esa habitación nada combinaba. Se dijo Saya.
-¡Ah! ¡Ya no la recordaba!- exclamo alegre Diva, cosa a la cual su hermana volteo a verla, y vio que sostenía una muñeca en sus manos, sin embargo no alcanzo a verla bien, solo pudo verla cuando de pronto Diva se volteo hacia ella, mostrándosela.
–Mira Saya. Esta muñeca esta muy bien conservada a pesar de ser muy antigua- le comento la ojiazul orgullosa, mirando el rostro de la muñeca, mientras Saya se acercaba –Es tan antigua… de hecho…- hizo una intencional pausa -…era una de tus muñecas- añadió, mientras Saya veía el rostro y la vestimenta de la misma, algo escéptica, sin embargo, después se quedo en shock al reconocer a su vieja muñeca. Había sido su favorita desde la niñez y ahora ni siquiera la recordaba. Ella creía que se había quemado en el incendio como todas las demás cosas. Sin creerlo aun, le arrebato a Diva la muñeca como si fuera un hermana peleando por tocar sus cosas, y la observo con más cuidado.
Tenía que ser la misma, a fuerzas. Las pestañas largas y tupidas se levantaban sobre unos ojos pigmentados con un profundo azul rey. Tenía las mejillas sonrosadas. La boquita escarlata y ligeramente abierta, como si estuviera apunto de decirte "Hola", y los largos bucles azabaches caían con delicadeza debajo del sombrero rojo con volantes de encaje negro. El vestidito pomposo de los mismos colores y detalles con todo y la pequeña manita sosteniendo una bolsita, y la "piel" lisita, suave y ligeramente pálida, como si fuera nueva.
-Pero… esta es… mi muñeca. ¿Cómo…?- tartamudeo Saya, levantando la vista, encontrándose con una serie de muñecas del mismo tamaño y con los mismos atavíos victorianos. Unas siete muñecas, todas con diferentes expresiones, cabello, colores de ojos, pero todas habían sido suyas -¿Cómo… llegaron aquí?- incrédula, tomo otra de las muñecas de la hilera, una de vestido verde esmeralda y bucles intensamente rojos.
-No lo se. Desde que recuerdo, después de salir de la torre, siempre las he tenido, pero sabía que eran tuyas. Son mis favoritas, además de las hadas- comento tomando una de las muñecas mencionadas, de vestido naranja con tonos rosados como si se tratara de una aurora boreal sobre tela, al igual que las alas, y un largo y voluminoso cabello rubio adornado con trencitas y flores.
Saya se sintió abrumadamente mal, pero ni siquiera tuvo intenciones de sentarse en una de las sillas de la habitación o en la cama. Sólo se quedo parada con la muñeca del vestido rojo entre las manos, recordando súbitamente las vagas imágenes de las cosas que poseía en aquel entonces, en sus tiempos de niña rica y mimada. Su querido violonchelo, montones de vestidos, los terribles corsés que se veía forzada a usar, los muebles de su habitación, y por supuesto, sus adoradas muñecas. Tenía decenas. Recibía por lo menos una muñeca de porcelana por cada cumpleaños, Navidad y demás festejos, y sumado a los casi sesenta años de vida que vivió en el Zoológico, era obvio que tenia montones, incluso en ese entonces conservaba las muñecas viejas de su niñez a pesar de las recomendaciones de Joel de tirar las que tuvieran mucho tiempo, pero Saya nunca accedió.
-No recuerdo el nombre- comento Saya apesadumbrada, mirando la carita lisa de la muñeca, y le parecía extraño no recordar como la había nombrado, pues de lo que estaba segura, es que era de sus favoritas desde niña. Se pregunto cuantas cosas más no recordaría.
-Lenore- contesto Diva de pronto, quitando la densa cortina que escondía su cama, sentándose en ella.
-¿Lenore?- pregunto Saya mirando a su hermana –Lenore… ¡Es cierto! ¡La llamaba Lenore! Era un nombre muy popular en Francia en aquel entonces- comento sonriendo por recordarlo al fin, volviendo a mirar a su muñeca, cuando de pronto le pareció que algo estaba fuera de lugar.
–Un momento… ¿Cómo sabes que la había llamado Lenore?- pregunto a su hermana, la cual sólo le puso atención después de unos segundos en los que pareció distraída, y Saya llego a tener la impresión de que estaba tratando de hacerse la tonta.
-Ah… ¿Qué como lo se? Tú me lo dijiste- contesto Diva despreocupadamente, y Saya solo atino a verla con una clara pregunta entre ceja y ceja: ¿Cuándo se supone que le había dicho?
–Cuando hablábamos através de la puerta de la torre. Me dijiste que tu muñeca favorita se llamaba Lenore- contó Diva ante la mirada incrédula de su hermana, quien tuvo que sostener con más fuerza a la muñeca, si no quería que sus manos la dejaran caer y se convirtiera en una lastima de pedazos sobre el suelo.
-Bueno, como sea- dijo Diva levantándose con desgano –Ahora vuelvo… iré a darle la llave a Solomon, antes de que se me olvide- aviso, a lo cual Saya asintió, pero no pudo evitar volver a sentir que algo estaba fuera de su lugar. ¿Darle la llave a Solomon? ¿Desde cuando su hermana se encargaba de sus propios asuntos? Lo más propio de ella hubiera sido que dejara por ahí la llave, o con suerte, guardarla en algún cajón, olvidarla y esperar a que Solomon preguntara por ella y sin más remedio, buscar dicha llave, porque era bien sabido por todos que Diva nunca aprendió la responsabilidad de manejar adecuadamente sus propios asuntos y todo el tiempo necesitaba de sus caballeros para que le arreglaran la vida, o de plano lo que fuera necesario.
Pero para cuando termino de pensar en ello y antes de que pudiera preguntar, Diva ya había salido de la habitación y Saya, se había quedado sola en el inmenso cuarto plagada de torcidos y extravagantes adornos franceses que con cada detalle la hacían recordar lo que ahora era un tortuoso pasado, en medio de cortinas de satín blancas y las cortinas lilas con sus alargados ventanales, y muñecas por doquier, todo con un aspecto hasta cierta medida caótico, y a la vez extrañamente elegante e infantilmente mimado, fantasioso, y Saya se sintió de pronto como en casa, y podía jurar que por un momento sintió como si sus pies estuvieran enfundados en un par de tacones con listones y flores, y ataviada en un vestido de aquellas épocas, y por un momento más, perdida en la atmosfera que se había inventado, escucho una voz, que la devolvió a una realidad divida e insustancial entre el pasado y el presente. Demasiado surrealista como para poder seguir conservando la cordura, era la única manera de describir aquello.
-Veo que recuperaste a tu muñeca- Saya supo inmediatamente quien era el que había irrumpido en la alcoba, y en un reflejo instintivo se posiciono en defensa, lista para esperar cualquier cosa, pero el intruso, se río por lo bajo al verla, con esa mirada determinante y lista para defenderse en una lucha cuerpo a cuerpo si era necesario, sin notar lo ridícula que se veía con una muñeca de porcelana en la mano derecha.
-Vamos Saya… ¿Qué piensas hacer? ¿Golpearme con una muñeca?- se burlo Amshel, señalando a la figura sonriente en la mano de Saya, quien torció la boca ligeramente avergonzada ante la escena, y dejo en su lugar a la muñeca, dándole la espalda a Amshel pues parecía que al menos en ese momento no venia a atacarla, cuando de pronto sintió como una mano tomo un mechón de su corto cabello y lo ponía detrás de su oreja con suavidad, y fue en ese momento, que sintió que algo invisible y volátil entraba por su boca, ahogándola.
Acaba de cumplir los dieciséis años y hasta ahora, al menos para ella, todo marchaba bien. Había recibido una nueva muñeca de parte de Joel por su cumpleaños, además de montones de regalos de los invitados a la fiesta de cumpleaños que se había celebrado el día anterior, todos pertenecientes a los mas altos estatus sociales de Francia, y la fiesta había sido todo un éxito. Saya se la había pasado de maravilla, y todavía a la tarde del día siguiente, aun seguía con la alegría que la había embargado el día anterior.
Después de todo, hasta poco después de ese entonces, su vida había corrido con normalidad. Hasta los treinta años cumplidos, pudo seguir manteniendo una vida relativamente normal frente a las demás personas, pues, después de ello, la gente que la conocía enseguida comenzó a preguntarse porque no envejecía y seguía con el aspecto de una jovencita que aun ni salía de los veinte, y fue entonces que comenzaron a llamarla monstruo, bruja e hija del diablo, y que practicaba la brujería para mantenerse joven, y fue en ese entonces que comenzó a aislarse incluso de la servidumbre de la mansión, quienes también la veían como un extraño ser; hasta pidió que sus cumpleaños se celebrara con una fiesta intima, nada de invitados ni extraños, pero para eso aun faltaban catorce años y por ahora, estaba colmada de una dosis de felicidad efímera que la mantenía medio atontada.
Acaba de terminar su lección de chelo y una de las sirvientas le peinaba cariñosamente el largísimo cabello, sentada cómodamente frente al tocador. Tenía entre sus manos a su muñeca favorita, Lenore. Jamás había jugado con sus muñecas pues temía que se rompieran, pero a la muñeca Lenore del vestido rojo la traía de aquí para allá todo el día (costumbre que desaparecería con el tiempo), a pesar de que en un estante de la habitación reposaban las nuevas muñecas que recién le habían regalado.
De pronto, la puerta de su habitación se abrió y tanto como Saya y la sirvienta voltearon a ver de quien se traba. Era Amshel, y en su mano llevaba una copa con la "medicina roja" que recibía la joven todos los días. Eran las seis de la tarde, y ya era hora de tomarla.
-Puede retirarse- se dirigió Amshel a la sirvienta, acercándose a donde Saya estaba sentada. La joven mujer asintió y salio dócilmente de la habitación, cerrando la puerta tras de si.
-¿Es la medicina?- pregunto Saya mirando la copa. Amshel asintió y la puso sobre el tocador. Saya enseguida la tomo y bebió rápidamente el liquido, y se pregunto entonces porque no había sido algún sirviente el que le llevara la medicina, como siempre, o incluso Joel, pero le pareció tonto preguntar, seguramente estaban todos ocupados. Cuando termino, dejo la copa sobre la charolita de plata.
-¿Estas mareada?- le pregunto Amshel, como siempre se debía hacer después de que la joven muchacha tomara la supuesta medicina. Saya lo negó, cuando de pronto, por el espejo, vio como Amshel se paraba detrás de ella y tomaba lentamente un mechón de su cabello, con docilidad. A Saya le pareció realmente extraño, pero de todos modos no sabía que preguntar o que decir, pero le pareció aun más raro e incomodo que Amshel tomara el cepillo y comenzara a cepillarle el cabello.
-Deberías tirar esa muñeca. Ya es muy vieja- dijo él mientras cepillaba su cabello, tal como lo hacia a veces con esa muchacha idéntica a la del reflejo en el espejo, la que estaba encerrada desde hace dieciséis años exactamente.
-¡No!- exclamo Saya frunciendo el entrecejo –Es mi favorita. Jamás la desecharía- contesto dejándola sobre el tocador, cuando de pronto, sintió como una de las manos de Amshel se posaba en su hombro, para después comenzar a rozar su antebrazo dulce y lentamente con las yemas de los dedos, y fue entonces que Saya sintió algo extraño en el pecho que la alerto ante una experiencia desconocida y disparo su miedo después de unos segundos, mientras le duro la sorpresa, y alterada, se levanto de golpe de la silla, encogiéndose contra la orilla del tocador mirando a Amshel profundamente confundida y hasta desafiante.
-¿Qué haces?- inquirió Saya temerosa, pero Amshel se limito a formar una torcida sonrisa de medio lado y tomar la charola de plata con la copa vacía, para después, salir de la habitación, dejando sola a Saya.
-No has cambiado nada desde entonces- comento Amshel poniéndose agresivo, y en un rápido movimiento sujetó a Saya por el cuello y aprisiono con fuerza sus manos detrás de su espalda.
-¡Suéltame Amshel! ¡O te juro que…!-
-¿O qué?- pregunto este con mofa, acercando su rostro al cuello de Saya con una sonrisa perversa en sus labios, mientras ella trataba de zafarse.
Recordó de pronto ese aspecto en su vida pasada. Sí, Amshel, siempre había sido un degenerado. Su "tío" siempre le había dado mala espina, repulsión. Y no fue nada más al cumplir los dieciséis años. Sus acosos siguieron a lo largo de los años, de una forma irregular, pero realmente molesta y repugnantemente discreta. Al principio Saya no sabía como reaccionar, ni siquiera sabía a que venia esa extraña actitud con ella, hasta que algunos años después entendió de que se trataba todo eso y se dio cuenta de lo que su "tío" aparentemente buscaba. Por supuesto que no se lo permitió.
Jamás le había comentado nada a Joel, en realidad no tenía caso porque sabía que era una historia muy poco creíble y no quería quedar mal con Joel, y la tacharían de mentirosa, así que se guardo para si los acosos y la rabia que le daba cada vez que Amshel se acercaba a ella con esas sucias intenciones, y no disminuyeron hasta que a los veinte años, comenzó a tomar clases de esgrima y en poco tiempo se volvió realmente buena, dándole eso una forma para defenderse por la fuerza si era muy necesario. Incluso, en ese momento mientras él la mantenía agarrada a la fuerza, recordó que alguna vez lo había amenazado con una espada, exigiéndole que la dejara en paz de una vez por todas, hasta que el pequeño Hagi de aquel entonces llego a la mansión y los acosos de Amshel desaparecieron por completo, pues ella se la pasaba el día entero junto a su sirviente, sin dejarle oportunidades a Amshel para acercarse… pero ahora, todo había cambiado, a pesar de que Hagi aun seguía presente...
Se había distanciado de Hagi desde que llego a la mansión que habitaba Diva. Últimamente, hasta desconfiaba de él, y siempre había desconfiado de su hermana. Ya no se atrevía a contarle todo a su caballero, y Solomon… bueno, Solomon no era una opción. Podía llegar a ser tan impulsivo, que eso le ocasionaría más problemas de los que necesitaba. Ya no era como en el Zoológico, donde siempre había estado bajo la protección de Hagi aunque este fuera un niño, pues su simple compañía hacia imposible a Amshel intentar algo, y no podía dejar de pensar en el "pero ahora… pero ahora…"
Sí, estaba sola. Estaba sola en ese momento. Podía gritar, si era necesario, pero sabía que eso solo ocasionaría una pelea a muerte entre Hagi y Amshel, o entre Solomon y Amshel, daba lo mismo y por supuesto que no necesitaba ahora de un escándalo, además de que su hermana no dudaría en acusarla de habérsele querido meter a Amshel entre ceja y ceja… y, realmente, eso seria devastador porque, no sabía exactamente ni como, pero sentía que Hagi, estaba bajo una extraña influencia de Diva, como si esta le estuviera haciendo brujería o algo así, y acusaciones como esas solo avivarían el fuego el cual todos trataban de ignorar y al mismo tiempo intensificar… no lo podía permitir, no ahora, y tomando fuerzas, recordando que ya no era una niña y que en realidad era un quiróptero con fuerza descomunal, y decidida saco a Amshel de su asquerosa fantasía dándole un pisotón de esos que te dejan sin dedos, cosa a lo cual Amshel reacciono de inmediato, inevitablemente soltando a Saya en el acto y quejándose.
–Ya no tengo dieciséis años, Amshel- sentencio severamente Saya, alejándose del caballero quien la miro con furia –Ahora será mejor que te vayas y me dejes en paz, o te juro que se lo digo a Diva- amenazo como si se tratara de un reto, pero eso ultimo, lejos de asustar a Amshel, provoco que estallara en carcajadas.
-¿A Diva? Sí, claro- dijo entre risa y risa -¿De verdad crees que tu hermana te va a defender?- pregunto con sorna, interrogante la cual desarmo a Saya, y no supo que responder… porque el muy desgraciado tenía toda la puta razón.
-Como sea… si quieres, puedes decirle todo lo que quieras, pero si no lo hiciste antes, no lo harás ahora, de eso me encargo yo- afirmo con dureza, tomando a Saya del mentón bruscamente -¿Entendiste?-
-Suéltame- Saya aparto de inmediato la mano de Amshel sobre su rostro, mirándolo llena de rabia. Él solo se río en su cara y salio de la habitación con una perversa sonrisa en los labios. Si que había disfrutado eso.
Por otro lado, Diva se recargo en la pared con la adrenalina a tope, cuidándose de que Saya no la viera, observando al suelo como si ahí se encontrara la cosa mas interesante del mundo, y solo levanto la mirada cuando escucho los pasos de Amshel aproximándose a la puerta y lo vio salir y caminar frente a ella con toda la tranquilidad del mundo, cruzando la mirada brevemente con su ama, mostrando un descarado destello de excitación y lujuria, mientras que los ojos de Diva, mostraron un profundo odio y desprecio con una mezcla de maldad irracional, destellante y penetrante, y, sin embargo, todo ese brebaje de ira estaba acompañado de una chispa inevitable de culpa.
"Pobre Saya… te vas a quedar sola"
Pensó alguno de los dos con una crueldad exuberante.
¡Sí! ¡Desollenme viva! ¡Hasta yo misma quiero hacerlo! ¿Qué puedo decir? Es bastante obvio lo que quise insinuar, y no se crean, me costo trabajo hacerlo y decidirme a escribirlo y aun tengo mis dudas sobre ello y tengo la sensación de que seré linchada por esto. Me dirán enferma, pero me gusta la pareja de AmshelxSaya. No pienso poner algo súper explicito de los dos, pero por alguna razón no puedo evitar ponerle una carga de "acoso" a la historia, y puede quizás parecer muy telenovelesco, pero no se crean, estas cosas son algo bastante más común de lo que se cree y me ha tocado verlo, pero no pienso hablar de ello.
Con respecto al capitulo anterior y este, donde Amshel ha tenido más protagonismo no de una forma muy "linda", sí, se que parece un pedófilo, pero la verdad que para mi sí lo es. Bueno en el anime vi ciertas insinuaciones, por ejemplo, cuando está en Rusia haciéndose pasar por Lisa, le dice a Riku: "¿Quieres que te bañe?" y en ese mismo capitulo entra al baño mientras Saya se esta duchando y en cierto momento, cuando ella está contándole sobre su sueño en Vietnam, él le dice: "Estás temblando", lo cual indica que la estaba observando detenidamente, entre otras cosas pero no quiero hacerles el cuento muy largo, aunque quizás exagero.
Además ya saben como soy, no me gusta poner la típica historia estándar entre la pareja canon, con los típicos problemas de la relación hasta que finalmente superan todos los obstáculos y viven felices para siempre. Ya saben que me gustan las parejas crack y mientras las situaciones sean más perturbadoras y medio bizarras, mejor.
Por cierto, respecto al nombre "Lenore", yo me invente eso de que fuera muy popular en Francia, la verdad es que el nombre siempre me gusto, y el detalle de las muñecas es que, además de que a mi me encantan y las colecciono, se que a las niñas de aquellas épocas las adoraban. Lo del estilo rococó sé que estuvo presente en Francia durante un tiempo, no recuerdo exactamente de cuando a cuando, pero decidí describir de esa manera el cuarto de Diva (aunque no soy muy buena describiendo los inmuebles) al ver en el manga que su habitación claramente era de ese estilo (además de que tenía muñecas).
Bueno creo que esta vez no he tardado tanto en actualizar y ya que tengo varios capítulos avanzados espero que siga así, y creo que estoy apunto de superar por completo mi crisis de escritor. Por cierto, además de dar gracias a mis lectores fieles y a los que dejan review, quiero agradecer especialmente a mi amiga Alessandra Cintrell por salir a defenderme en cierto fanfic nuevo de Blood+…
Ale, tú sabes de que hablo…
Me despido
Agatha Romaniev
