Ridículo Juicio

-¿Sabes Saya? Ayer vi algo muy extraño- le comento Solomon, muy discretamente, como si fuera cualquier otro tema mañanero, a la joven Saya, tomando pequeños traguitos de su café. Solomon se había tomado el día libre, así que como hacia buen clima y el día estaba excelente, decidió tomar su café de todas las mañanas en el jardín, y le pidió a Saya que lo acompañara, a pesar de que ella, por alguna razón, no tenía ganas de desayunar, y no era de tomar café tampoco.

-¿Qué cosa?- pregunto Saya sin imaginar lo que Solomon le iba a decir, imaginando que seria alguna cosa de su hermana, o quizás, de Hagi… aunque, jamás se imagino algo como lo que estaba apunto de escuchar de labios del rubio.

-Tu hermana ayer estaba muy ebria. ¡La hubieras visto!- exclamo Solomon ahogando una risa, pero disimuladamente calculando cada una de sus palabras para que nada de lo que dijera, sonara forzado o con saña.

-¿Enserio? ¿Se emborracha seguido?- pregunto Saya entre risas. Nunca había visto borracha a su hermana, y a decir verdad la imagen de verla hablando con torpeza y cayéndose le daba mucha gracia.

-Oh, sí. Muy seguido, pero… generalmente lo hace sola, o conmigo y Nathan-

-¿Qué quieres decir?-

-Bueno, el caso es que parece que estuvo tomando, sí… pero, con Hagi- contesto, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo por aguantar una sonrisa maliciosa que pudiera delatar sus verdaderas intenciones.

-¿Qué? ¿Con Hagi?... No, Solomon, creo que te equívocas. Él no toma- argumento Saya, extrañada.

-Bueno, él no estaba borracho. De hecho estaba llevando a tu hermana a su habitación porque se puso muy mal y al parecer vomitó. De hecho, le vomitó encima a tu caballero- explico Solomon, ahogando esta vez una carcajada con la mano. Ante eso, Saya no respondió nada, pero no pudo evitar torcer un poco la boca, muy pensativa. A decir verdad, jamás imagino a Hagi cargando en brazos a alguien que no fuera ella, además, según Solomon, ¿Qué hacían ellos dos juntos, seguramente, en el bar de la mansión?

-Solomon, creo que lo estas malinterpretando. Hagi no es del tipo de hombre que deje tirada por ahí a una mujer borracha… lo sé por experiencia- susurro lo ultimo recordando aquella vez en que Hagi la tuvo que sacar a rastras del bar.

-¿Disculpa?- pregunto Solomon al no escuchar bien lo último.

-Ah, no, nada. No dije nada- se apresuro a contestar la apenada joven.


Saya también era una excelente actriz, al menos cuando se lo proponía, y ante Solomon disimulo bastante bien, pero ciertamente lo que él le dijo la dejo con algo de duda. Conocía a Solomon, y sabía muy bien que él estaba enamorado de ella, y con el tiempo había observado que las personas enamoradas eran capaces de todo por quitar a la competencia de en medio, por eso se quedo pensando si era cierto lo que decía el caballero o no, así que después de pensarlo (en realidad no lo pensó dos veces, pues la intriga la mataba) decidió comprobarlo por si misma.

A medio día fue hacia la habitación de su hermana. Si ella había tomado tanto como para vomitar, era seguro que ese día estaría tirada en la cama con una cruda de los mil demonios, y de hecho, no la había visto en todo el día.

Cuando llego a la habitación, la abrió muy lentamente, y mientras la abría, la ansiedad dentro de ella la carcomía, y una incomoda sensación de calor le revolvía el estomago, pero se aguanto y entro muy discretamente para no despertarla. Se encontró a Diva tumbada en la cama y enredada con las sabanas. Había una taza de café negro y bien cargado a medio terminar, ya frío, sobre el buró, y el aspecto de Diva dictaba que estaba teniendo un muy mal y doloroso día. La cruda ahí estaba… entonces, lo que había dicho Solomon era verdad.

¿Qué podía hacer en ese caso? Jamás se imagino a Hagi cargando a otra mujer que no fuera ella... mucho menos a su hermana. El hecho de imaginarlo cargando a su hermana le producía una especie de sentimiento que la estaba haciendo hacer muecas no muy agradables. Supuso, que de nuevo, se trataban de celos. No era la primera vez que los sentía. Ya varias veces había estado celosa a causa de Hagi, y tenía que aceptarlo de una buena vez. Celaba a Hagi, porque era su caballero, había estado prácticamente toda su vida con ella, y le costaba mucho soportar la idea de verlo acercarse a otra… sobretodo cuando la actitud de Hagi, aunque bastante discreta, era lo suficientemente obvia para darse cuenta de que él estaba enamorado de ella, y aunque no fueran nada más que ama y caballero, para ella, el que él intentara hacer algo con otra mujer que no fuera de la que estaba enamorado (quien en este caso, era Saya) no podía interpretarlo de otra forma más que la de una traición. Una traición a su juramento como caballero y a su amor por ella.

De hecho Saya sabía eso desde un principio. Los primero meses lo dudo bastante, y pensó que esa actitud era simplemente por la necesidad que tenía Hagi de protegerla y estar a su lado porque era su caballero, pero conforme paso el tiempo, ella pudo darse cuenta de que él estaba enamorado de ella, sin embargo se quedo callada, por vergüenza, y por falta de tiempo e interés en el tema mientras se dedicaba a matar quirópteros uno tras otro, y llego al punto en que simplemente ignoro eso; simplemente no tenía tiempo para esas cosas, y también por otra parte porque se sentía terriblemente culpable por hacer que Hagi estuviera condenado a una vida eterna y solitaria por su causa, y por ultimo, por la promesa que lo había hecho hacer. El amor que se puede tener por una persona puede complicar el que este te asesine con sus propias manos.

En conclusión, algunas veces había que ignorar ciertas cosas, para que más adelante, otras más importantes, pudieran llevarse a cabo… pero ahora, todo era diferente. Ahora ella estaba con su hermana, y aunque se arrepentía de haberse ido con ella, sentía que ya no tenía las fuerzas ni la voluntad, ni el suficiente odio para hacer algo, ni mucho menos la cara de hacerlo. Por eso ahora las cosas eran diferentes.

La guerrera Saya se redujo a… nada.

¿Ridículo, no lo crees?


Estaba… enojada. Más precisamente, estaba extrañamente furiosa. Pero era una furia calmada, silenciosa, discreta, inexistente para todos menos ella. Lo que Solomon le había dicho era cierto, y la verdad, aunque confiaba en su caballero, no sabía que pensar. Después de haber vivido todas esas experiencias sorpresivas, y desagradables, sea dicho de paso, la chica ya no podía darse el lujo de estar segura de nada… ni de nadie. Saya conocía a su hermana, sabía como era su actitud… libertina, al menos a su forma de ver (no podía evitarlo, aun conservaba ciertas costumbres del siglo XIX), en si, era demasiado promiscua, tanto con sus caballeros, y quien sabe, tal vez hasta con los humanos (después de todo en ese aspecto Diva no discriminaba, sobretodo a la hora de alimentarse), y el hecho de saber que Hagi era su caballero, por lo tanto, también el novio de Diva, no le ayudaba mucho.

Estaba celosa, para que hacerse la tonta. No desconfiaba de Hagi, desconfiaba de su hermana, y cuando cayo la tarde, no pudo aguantar un momento más encerrada en esa enorme casa en donde, por más que lo intentaba, no se hallaba, así que sin avisarle a nadie se marcho a dar una vuelta por los alrededores. Necesitaba tiempo para pensar y caminar un rato, calmarse, y pensar bien las cosas. Si algo había aprendido era a no tratar los asuntos con las vísceras. La playa en los Hamptons no estaba lejos de la mansión, así que se dirigió ahí sin perder tiempo. En Okinawa, cuando estaba confundida o necesitaba estar sola, siempre iba a la playa. Tal vez no era el mismo color del agua del mar o la arena, aquí era más frío, más gris que el caluroso clima de Okinawa, pero al final de cuentas el mismo concepto.

Para cuando llego a la playa esperaba encontrarse con un montón de turistas ricos disfrutando del buen tiempo, pero la verdad es que había pocas personas. Un par de niños jugando con un perro, vio pasar a una mujer ejercitándose y corriendo por la orilla, y un poco más lejos, dentro del agua, a una pareja salpicándose uno a otro entre risas.

Saya se dejo caer sobre la arena y se quito los zapatos, y acerco sus pies hacia donde golpeaba ligeramente la marea. El agua estaba un poco fría, pero no demasiado, y de pronto se pregunto si habría medusas en el agua.

Ahora que lo recordaba, había encontrado a Diva en el cuarto de Hagi dos veces; bueno, una vez nada más, la segunda fue lo del asunto del zapato de su hermana que tanto la altero. Ahora no sabía que pensar. No desconfiaba de Hagi, definitivamente, él le había demostrado demasiadas veces que le era fiel casi de una manera… obsesiva, y tenía la certeza de que él estaba enamorado de ella, de eso estaba segura, pero seguía haciéndose un poco la tonta. No podía evitarlo, de la que desconfiaba era de su hermana.

Ella era… una puta. No había razón para no dudar que ella se sintiera, tal vez, atraída a Hagi, y conociéndola, intentaría meterse con él, tal vez… pero, ¡Eran hermanas, por Dios! Diva sabía perfectamente, aunque nunca se lo dijo, de que ella sentía algo por Hagi, aunque no estaba segura de qué exactamente. Aunque Saya mucho tiempo lo ignoro y se excusaba a si misma diciéndose que sólo le atraía físicamente, pues después de todo Hagi era un hombre atractivo, y ella, prácticamente una anciana con cara y mente de adolescente, y eternas hormonas burbujeantes, ya no podía negarse más, pero era demasiado miedosa y aun sentía que no había algún tipo de futuro normal entre los dos.

Lo único que Saya deseba era un futuro normal… con alguien normal. Pero Hagi no es una persona normal, ni nadie de los que ella conociera. Y ahora, hasta el futuro le parecía demasiado incierto como para poder considerar uno dentro de su vida. Sentía que su vida y futuro eran inexistentes, y que sólo vivía por pura inercia, desde que dejara de lado el objetivo de matar a su hermana.

Después de reflexionar un poco, pensó que tal vez sólo estaba exagerando las cosas (es decir, ¿por qué no? después de todo por muchos años que tuviera encima, su mentalidad inevitablemente seguía siendo la de una adolescente), pero aun así, estaba celosa, enojada, confundida y llena de dudas, y no podía culparse ¿Quién no se pondría así, a sabiendas de que tu hermana es una promiscua, desesperada por ser madre, y que la persona que te ama y es tu compañero incondicional es el único que puede darle hijos?)... como sea, pensó Saya. No iba a decirle nada a su hermana de todas formas, tampoco a Hagi, mucho menos a él, después de todo él no tenía la culpa (aunque si era honesta consigo misma, Saya hubiera preferido que su caballero dejara a Diva tirada en el suelo), así que agobiada, tanto como en aquellos no lejanos tiempos en que peleaba "oficialmente" contra ella, se dejo caer sobre la arena mientras el agua fría le mojaba los pies.

-¿Saya?- la aludida abrió los ojos de golpe.

-¿Solomon? ¿Qué haces aquí?- pregunto ella con desgano, mientras se sentaba.

-Nada en especial. Acabo de salir de trabajar, así que salí a dar una vuelta por aquí- contesto el rubio despreocupadamente.

-Sí, aja… creí que tenias el día libre- contesto Saya con ironía y mirándolo acusadoramente, con una ceja levantada.

-Este bien, me descubriste. Vine porque sabía que estabas aquí-

-Oh…- fue la simple respuesta de Saya, quien seguía con su semblante desanimado. Era casi alarmante.

-¿Que tienes?- pregunto Solomon con preocupación, mientras se sentaba junto a ella, sin importarle que la arena pudiera ensuciarle el traje blanco.

-Nada, es que…- dijo con la voz apagada -… es por lo que me dijiste en la mañana-

-¿Lo de tu hermana borracha y…?-

-Sí, sí, eso. Al principio no te creí, así que fui a ver a Diva a su habitación y… efectivamente, estaba cruda. Parecía gato atropellado- comento Saya riendo al recordarla ahí tirada, y aunque esperaba que su acompañante también riera, no escucho palabra alguna salir de su boca.

-Lo siento, no debí habértelo dicho nada. No era mi intención hacerte sentir mal- se disculpo Solomon mirándola, mientras el agua y la arena mojada que venia con ella le comenzaba a ensuciar los zapatos.

-No te preocupes… yo sólo… no sé, supongo que estoy enojada-

-¿Con Hagi o Diva?-

-No lo sé-

Entonces, hubo un largo silencio, antes de que Saya volviera a hablar mientras observaba que comenzaba a atardecer.

-¿Sabes? Hagi no siempre fue así- dijo de pronto, con aire de nostalgia.

-¿Y como era?- inquirió Solomon, picado por la curiosidad.

-Bueno… No siempre fue así de inexpresivo y serio… cuando lo conocí, él era un niño, y la verdad es que no nos llevábamos nada bien. Él era bastante rebelde e insolente, y yo demasiado egoísta y caprichosa… tal vez tanto como Diva- dijo con ironía observando como el cielo comenzaba a teñirse de un rojo borgoña, mientras la mitad del sol se escondía detrás del horizonte del mar.

-Después, nos hicimos amigos. Fue mi único amigo en ese entonces. Pero cuando vivíamos en el Zoológico él no era así de serio, al contrario. Hagi, aunque no lo creas, sonreía bastante y hasta se reía pero… después de lo que le hice en Vietnam, él se volvió a como es ahora- dijo mientras comenzaba a sentir que un nudo en la garganta se le formaba impidiéndole respirar y temía comenzar a llorar.

Solomon guardo sumo silencio, a sabiendas de que había más que escuchar.

-Creo que… jamás me perdono lo que le hice. En Vietnam, y lo sé, él me tuvo miedo… y huyo de mi- susurro, y contrario a su voluntad, una lagrima resbalo por su rostro, la cual se arranco de la cara bruscamente.

-Saya, no te culpes por eso. No fue tu responsabilidad haber perdido el control en Vietnam. No sabias lo que estabas hacie…-

-Sí lo sabia- interrumpió Saya, con la cabeza gacha, mirando sus rodillas, avergonzada, culpable, sintiéndose como una acusada frente a un juez, que curiosamente resultaba ser ella misma. Habría jurado escuchar como le preguntaba esa doble suya, con aire severo e implacable: ¿Cómo se declara la acusada? Y responderse: Culpable.

Hubo un largo e incomodo silencio. Solomon se quedo, primero en shock, después pensó que la culpabilidad de Saya llegaba mas allá de lo que imaginaba, comenzando a afectarle mucho más de lo que parecía.

-¿Qué?- inquirió el rubio confundido.

-Que sí lo sabia- contesto Saya tajante –Yo… sí, perdí el control pero… yo… es decir…- tartamudeo, y viendo que era inútil, tomo una gran bocanada de aire para calmarse –Sí sabia. Podía reconocer a Hagi, a los humanos, a los quirópteros, sabia quienes eran, pero… sólo quería matarlos a todos- ante sus ultimas palabras a Saya se le corto la voz.

-Saya… Sé que te sientes culpable, pero no debes culparte de esa manera tan cruel, no te pongas más peso encima- trato de animarla, pero Saya de inmediato se levanto de un salto.

-¡¿Tú que sabes? ¡No me estoy culpando! ¡Estoy diciendo la verdad! ¡Estoy harta de que todo el mundo crea que me hago la victima!- estallo, para luego guardar un tenso silencio, y se sintió un poco más culpable (todavía) de haberle gritado a Solomon. Él sólo quería ayudarla, era increíble que respondiera de esa forma.

-Nunca se lo he dicho a nadie…- susurro, como si hablara de un terrible secreto que ni el viento debía escuchar -En Vietnam, sí sabia a quienes estaba… matando- hizo una pausa y respiro profundamente –Pero no podía detenerme- dijo agarrando fuerzas para no ponerse a llorar como una chiquilla. Jamás se lo había dicho a nadie, y hacia enormes esfuerzos por tratar de no pensar en ello. Ella podía recordarlo como si fuera ayer. Cuando perdió el control, no podía detenerse, sólo quería matar, y aunque todos creían que en ese momento ella no podía reconocer a nadie, incluso a Hagi, era todo lo contrario. Mientras atacaba humanos y atacaba a Hagi, sí sabía quien era, perfectamente, pero sólo quería matarlo, como a todos los demás.

Luego, Solomon se levanto con tranquilidad. Saya recordó que le había gritado.

-Siento haberte gritado- se disculpo la joven.

-No te preocupes- dijo con una sonrisa sincera, acercándose a ella –Esta bien, Saya. No es tu culpa- Saya en ese momento tuvo unas enormes ganas de abrazarlo. Su sonrisa era tan reconfortante al igual que sus palabras, y necesitaba tanto consuelo. Solomon pareció darse cuenta de ello.

-Si quieres, puedo abrazarte- ofreció el rubio con coquetería, aunque era sincero en sus intenciones de reconfortarla. Saya sonrío, al fin logrando tragarse las lágrimas que no alcanzaron a salir, y abrió un poco los brazos en señal de respuesta. Solomon ni tarde ni perezoso tomo el gesto y la abrazo fuertemente.

Cómo necesitaba un abrazo, pensó Saya. En los brazos de Solomon se sentía tan segura, tanto como se sentía en los brazos de Hagi, sin embargo, de eso, no pasaba a más. Pensó entonces que había cometido un error. Era posible que Solomon malinterpretara las cosas, y tampoco quería lastimarlo, pero por ese momento, no quiso pensar en ello. No quería pensar en nadie más, sólo en si misma. Cada vez se hartaba más y más de pensar en los demás, de estar al pendiente de todo el mundo menos de ella. Sí, era un sentimiento egoísta, sobretodo porque todo lo que estaba pasado era su culpa, pero hasta una culpable condenada como ella necesitaba algo de comprensión, o un descanso, por breve que este fuera.

Necesitaba una confesión antes de ser ejecutada.

"Después de todo, no puedes intentar salvar a la humanidad primero, después aliarte con tu enemigo, y después sufrir un arranque de celos y sinceridad, y finalmente declararte culpable, sin sentirte un poquito cansada"

Segundos después Saya rompió suavemente el abrazo, y bajo ligeramente la cabeza, avergonzada.

-¿Te sientes mejor?-

-Sí, creo- el rubio sonrío al ver que de algo había servido. Sabía que Saya no estaba enamorada de él (aun), pero guardo esperanzas, y en lugar de entristecerse por eso, miro hacia el mar, donde el sol comenzaba a ocultarse, arrojando unos rayos ámbar aun más intensos al cielo. Los últimos del día. Solomon camino hacia la orilla, y después se quito los zapatos.

-¿Qué haces?- pregunto Saya levantando una ceja cuando Solomon ya se quitaba los calcetines.

-Hace mucho que no me meto al agua- Solomon dejo los zapatos botados por ahí.

-¿Te vas a meter?- exclamo Saya -¿Con todo y traje? Se va a arruinar-

-Sólo serán los pies- y tal como dijo, metió los pies desnudos al agua del mar, pero las olas chocaron contra sus talones con fuerza, salpicándole el pantalón.

-¿No quieres meterte?- le pregunto con una sonrisa divertida.

-Ni loca. No después de ver esa película- exclamo Saya negando con la cabeza.

-¿Película? ¿Cuál?-

-Esa película de Steven Spielberg, "Tiburón"- contesto Saya, recordando como hace unos días, estando muy aburrida, tomo una de las películas que había en el sala de televisión, al azar, y se topo con una vieja película de los setentas que trataba sobre un terrible tiburón que aterrorizaba a los bañistas en la Isla Amity.

-¿Que tal si hay un tiburón como esos aquí?- dijo Saya, ligeramente temerosa, con inocencia. Sabía que sonaba como una tonta, y que en realidad un tiburón no podía hacerle nada… pero la verdad no quería comprobarlo.

-Pero eso pasaba en la Isla Amity- dijo Solomon con una sonrisa.

-No importa. No… no pienso meterme. Además… arruinaría mi ropa- dijo, fingiendo preocupación, pues al final de cuentas a ella que demonios le importaba la ropa. Digo, era agua, todo fuera como eso. Pero la verdad es que la película, aunque a cualquiera chico de su "edad" viviendo en la actualidad le hubiera parecido de risa (gracias al avance en efectos especiales, los cuales en aquel tiempo no había), sí la había asustado un poco. De hecho era muy miedosa, por muy reina quiróptero que fuera. Incluso cuando estuvo viviendo en Okinawa, evitaba meterse al mar cuando por ahí comenzaba a haber rumores de que había habido un ataque de tiburón o que había medusas, rumores que casi nunca eran confirmados. Incluso era capaz de taparse los ojos viendo una película de miedo por evitar encontrarse con el espectro o el monstruo de la película de turno. Bastante irónico para alguien que había encarado a la muerte más de una vez.

-Bueno… está bien, está bien- dijo Solomon cerrando los ojos y encogiéndose de hombros, como resignado. Saya suspiro aliviada al creer que el caballero no insistiría más… cuando de pronto fue bruscamente jalada del brazo y para cuando acordó estaba sentada, gracias al empujón, dentro del agua, mientras Solomon se carcajeaba.

Saya se quedo boquiabierta un largo momento, mientras las pequeñas olas del agua golpeaban su cuerpo y salpicaban su rostro.

-¡Oye…! ¡¿Qué demonios?- exclamo Saya entre enojada, sorprendida y… alegre, para ser sincera. El agua de mar, fresca en esa época del año, resultaba sumamente relajante como si estuviera en pleno spa, además la acción le pareció tan tonta, absurda e infantil que no podía evitar sentirse nada más que bien.

-Lo siento, no pensé que fueras a molestarte…- dijo Solomon creyendo haber cometido un error y tendiéndole su mano a la joven para que esta se levantara. Esta mantuvo su semblante falsamente ofendido, hasta que repentinamente lo miro desafiante, y como venganza, con ambas manos lo salpico de agua.

El rubio no se quedo atrás, y a pesar de que el saco de su traje para esas alturas ya estaba empapado (gracias a Saya), prácticamente pasó de ser un hombre de "veintitantos", a un niño de siete años jugando con otra joven que había sufrido la misma "metamorfosis".


Sinceramente… no sabía que pensar. Bueno, sí sabia, pero le era tan incomodo y chocante que no quería ni pensar en ello. Los vio a ambos jugando como niños en la playa, y contrarrestando con su efímera felicidad, Hagi sintió una extraña (pero bien conocida) sensación de pesadez en el abdomen. Como si se hubiera tragado un galón de acido y se estuviera intoxicando con el pesado veneno, quemándole las entrañas sin control, como si hubiera sido lo suficientemente estúpido como para tomarse semejante cosa… pero ahora que lo pensaba mejor, tomarse un galón de acido seria más tolerable que ver esa escenita de película… o mejor, todo seria perfecto si pudiera arrojarle a Solomon un galón de acido en su carota.

Está bien, sí, se declaraba culpable, los estaba espiando. Había tomado un lugar lo bastante alejado para pasar inadvertido (cosa un poco difícil al estar en una playa casi desierta), y aunque había alcanzado a verlo todo, no había podido escuchar ni pizca de la conversación, que al parecer, había sido bastante interesante, pero para su infortunio, ni idea de que habían hablado, lo único que sospechaba es que había sido algo… en serio, quizás demasiado grave, a juzgar por como reacciono Saya en algunas ocasiones (prefería llamarlo así, "reacciones y ocasiones", porque no quería ni recordar cuando esta se dejo abrazar por él, o comenzaría a vomitar bilis).

Hagi sintió otro punzante golpe en el abdomen cuando, se dio cuenta de que, por unos instantes, Solomon parecía ocupar su lugar, no en ese tiempo actual y caóticamente desenfrenado, sino cuando él aun tenía la capacidad de reírse y sonreír, cuando vivía en el Zoológico con Saya. Ahora todo había cambiado, Saya ya no era la misma, y tampoco él era el mismo de antes. Ya no estaban en Francia, en una cómoda mansión e ignorante vida, ahora estaban perdidos en Nueva York, en una ridícula playa de ricos.

¿Ridículo, verdad Hagi? Estas perdiendo a Saya de una manera tan ridícula y absurda, que ni sabes por donde te llega el golpe. Mira, que ahora hasta sordo eres.

-Cállate, Diva- espeto Hagi en voz baja, creyendo que aquella voz pertenecía a la entrometida chica. Volteo hacia atrás, esperando verla, impresionado de que pudiera despertar de esa horrible cruda y alcanzarlo hasta ese lugar y tener la conciencia despejada como para burlarse de él, pero detrás no había más que enormes y suntuosas casas de verano.

¿Diva? Yo no soy Diva. Recuerda que ella tiene resaca.


¡Que felicidad! Sip, me da felicidad actualizar este día. Es el ultimo del año, y no se como, pero para cuando den las doce intentare "formatearme". (Sí, lo saque de Facebook).

Antes de seguir, disculpen el retrazo. Como se imaginaran, ya estoy en mi ciudad natal, (a todo esto, hace poco hubo una balacera muy cerca de mi casa, así que si desaparezco del Messenger, del Facebook y de Fanfiction por más de dos meses, ya se la saben, es porque estoy muerta). Me costo tres días de viaje en carro y recorrer más de la mitad del país para poder llegar, y llegue hace un mes, pero no me había dado tiempo de terminar de corregir este capitulo, además, los problemas no acaban, pero me reservo el hablar de ellos… ¡porque me he enterado de cada cosa! que aun me falta por digerir. En cuanto a lo demás, finalmente estoy inscrita en la universidad, en la carrera de psicología. ¡Agarrense! Agatha Romaniev va para psicóloga, ¿Cómo la ven?

En fin. Lamento el haber dejado a Diva como una promiscua, pero siempre he creído que ese es el concepto en el que Saya tiene a su hermana. En cuanto a la escenita entre Solomon y Saya, me invente que Saya, al perder el control en Vietnam, sí, no podía controlarse, pero que igualmente sí estaba conciente como para saber a quienes estaba matando, incluyendo al lastimar a Hagi. Este capitulo fue una especie de confesión, como dentro de un juicio ridículo donde tu propia conciencia es tu juez. Ahora que lo pienso, creo que estoy plasmando lo que estoy viviendo con los mil juicios que tengo encima y que no encuentro ni por donde empezar y terminar, y en cuanto a la conciencia, el fantasma de mi padre biológico y de mi padrastro pareciera que comienzan a perseguirme. No puedo ver fotos de ninguno de los dos sin sentir sobre mi su mirada acusadora, como si me dijeran: "Tú me mataste". Es como si mi padre biológico me dijera: "Por tu culpa, me deje morir" y mi padrastro me dice: "Tú me deseaste la muerte".

Ándale… ¡y eso que voy a ser psicóloga! xD

Por cierto, las palabras en cursiva, que en este capitulo de cierta manera interactuaron con Hagi, son palabras de la "narradora". Algo así como la Diosa omnipotente que juega a su antojo con los personajes, que en este caso, vendría siendo yo. Sí, bastante narcisista la idea, pero el incluirme como una especie de titiritera fue una idea a la cual no pude resistirme, pero no se confundan, no pienso hacer un self-insert, sino incluirme como un personaje que lo ve todo y lo sabe todo, que de vez en cuando se da el lujo de jugar más abiertamente con los personajes, e incluso advirtiéndoles ciertas cosas (eso lo verán mas adelante), y al mismo tiempo hacerlos caer en mi trampa. Así que de ahora en adelante verán esas palabras en cursiva más seguido, aunque en cuanto a eso casi todo es improvisación.

En fin, tengo que comenzar a arreglarme para la pachanga de fin de año. Espero se la hayan pasado bien en Navidad y se diviertan hoy. ¡Mis mejores deseos para este año nuevo! (no puedo creer que dijera eso…).

Me despido

Agatha Romaniev