Disclaimer: Nada es mío, ¡nada! D: Solo se lo he pedido prestado a Mickey para escribir unas cuantas locuras.

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No estaban viviendo tiempos sencillos. Con el régimen nazi en todo su apogeo, Hans había tenido que pasar por todo tipo de restricciones hasta el punto de ocultarse con sus hermanos en un lugar al que ni siquiera llegaba la luz del sol, con tal de salvar sus vidas. Enamorarse de la hija mayor de sus bondadosos vecinos era algo prohibido debido a la fe que profesaba. Pero ¿cómo no iba a hacerlo? Si sus ojos azules le quitaban el aliento.

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Día 23

Prompt: AU Segunda Guerra Mundial

Género: Drama/Romance

Palabras: 993

Rating: T

Propuesta de: Anielha


En clandestinidad


Después de colocar suficiente comida en el cesto que colgaba de su brazo, Elsa se dirigió cuidadosamente a la bodega que su padre tenía en la parte trasera de su casa. La granja de la que era propietario se encontraba en un paraje en medio de la campiña alemana, la cual hasta ese momento se había visto libre de las inspecciones de las SS, aunque aún hubiera soldados que hacían sus rondas en las afueras de vez en cuando.

Eran tiempos difíciles.

Se inclinó detrás de los fardos que se hallaban cerca de un rincón y hábilmente, abrió la trampilla en el suelo que conducía a un sótano oculto. Bajó de espaldas por las escaleras, cerrando la portezuela sobre su cabeza. Dejarla abierta, aunque estuviera en la parte más discreta de su hogar, podría haber sido un grave descuido.

Tan pronto como sus pies estuvieron pisando los últimos escalones, sintió una mano que la tomaba por el brazo con gentileza para ayudarla a bajar. Sus ojos azules se toparon con unos esmeraldas al darse la vuelta y no pudo evitar ruborizarse.

Tuvo que desviar la vista de la del muchacho pelirrojo que la sostenía, mientras él la observaba con una expresión entre anhelante y agradecida.

Nunca terminaría de acostumbrarse a sus miradas.

Otros cinco pelirrojos, algo mayores que el que estaba a su lado, no tardaron en acercarse a ella con bastante premura. La rubia le extendió la cesta a uno de ellos, que la dejó encima de una mesa cercana.

—Muchas gracias, señorita Elsa—le dijo.

—¿Siguen allí afuera los soldados?—preguntó uno de ellos con preocupación.

—Me temo que sí—respondió ella con expresión apesadumbrada—. Tendrán que seguir siendo igual de silenciosos. Lamento no haber bajado antes. Anna y mi madre pusieron suficiente comida como para que dure hasta pasado mañana—explicó—, papá ha dicho que es mejor si no bajamos aquí demasiado. Los soldados podrían hacer una inspección en cualquier momento.

Las miradas serias y de preocupación que vislumbró en sus huéspedes le oprimieron el corazón. En esos tiempos, ayudar a los judíos de cualquier manera era un gran riesgo que no cualquier ciudadano alemán estaba dispuesto a correr.

Pero las convicciones de su familia distaban mucho de las del régimen que se había extendido como una plaga por toda la nación. Y su padre no se había negado a asistir a quienes tanto necesitaban de su apoyo.

La granja vecina, antaño había sido habitada por los Westergaard, una numerosa familia de judíos que había prosperado hasta antes de las injustas restricciones de los nazis.

De los trece hijos que conformaban el núcleo familiar, tres habían logrado emigrar a América junto con sus padres y cinco habían encontrado refugio en Amsterdam, mientras que el resto al no conseguir salir del país a tiempo, habían permanecido escondidos en el sótano de los Arendelle. Iban a cumplirse tres meses de su vida en clandestinidad y con cada día que pasaba y las noticias de guerra que seguían llegando, era más complicado guardar esperanzas.

Ellos podían sentirse aliviados de que no los hubieran hallado, pues de lo contrario lo que les esperaba era la deportación. Un destino terrible en el que nadie quería pensar.

Mientras los hermanos tomaban asiento en la mesa para comer, el menor de ellos se aproximó hasta ella. Sus ojos verdosos volvían a mirarla con intensidad y la muchacha se sintió ruborizar, con algo de vergüenza.

—Nunca podré agradecerte todo lo que estás haciendo por mi familia, Elsa—le dijo él con sinceridad—. Tus padres han sido muy gentiles con nosotros.

—No lo menciones, Hans—repuso la rubia desviando su mirada—. Tú sabes que papá nunca ha estado de acuerdo con las nuevas políticas. Ni nosotras tampoco. Desearía de verdad que las cosas fueran diferentes.

El cobrizo puso una mano debajo de su barbilla para hacer que lo viera a los ojos y con esa acción, sintió sus mejillas arder aún más.

—Yo también. Si no fuera por esos malditos nazis, podría admitir libremente frente a todos que estoy enamorado de ti—Elsa sintió que su corazón se aceleraba—, nadie me arrestaría por eso, ni me prohibiría acercarme a ti—acarició suavemente su pómulo con una de sus grandes manos—. Podría verte en las afueras y no encerrado en un sótano. Tú mereces más que todo esto.

A sus espaldas, sus hermanos hablaban deliberadamente entre sí para darle privacidad a la pareja.

—Elsa, cuando termine la guerra… me gustaría hablar con tu padre, pedir tu mano—confesó Hans y la aludida abrió sus ojos con asombro—. No pensar en separarme de ti nunca más. Dime, ¿me aceptarías por esposo?

La joven sintió que sus ojos se humedecían. Pensarse compartiendo su vida al lado de Hans era más de lo que podía anhelar, pues recientemente se había descubierto correspondiendo con intensidad a sus sentimientos.

Pero el final de la guerra era algo que veía cada vez más lejano. Lo que escuchaba en la radio y el cada vez mayor antisemitismo en Alemania, lentamente le hacían sentirse más desesperanzada.

Como si leyera sus pensamientos, Hans acabó con la distancia entre ambos y la besó en los labios, buscando transmitirle tranquilidad.

De los dos, él era quien tenía más que perder pero aun así no se reducían sus esperanzas. Iba a mantenerlas hasta el final por ambos, porque en esos instantes el amor que guardaba hacia Elsa era lo único que lo sostenía.

El beso se vio interrumpido con una serie de ruidos en la parte superior. Los hermanos Westergaard se callaron de inmediato. A continuación, se oyó la puerta del granero abrirse y una serie de voces en el exterior. Los soldados habían decidido inspeccionar el sitio.

Conteniendo el nudo de miedo que se le hizo en el estómago, Hans sostuvo a una temblorosa Elsa entre sus brazos.

En medio del silencio sepulcral y la penumbra del escondite, los ojos de sus ocupantes se mantuvieron fijos en el techo.


Nota de autor:

Uy, que final tan tenso.

Desde que escribí un OS ambientado en la 2GM, Anielha me dijo que le había gustado mucho el tema y me pidió que hiciera este prompt. ;) Me daba a escoger entre dos situaciones: Una en la que Hans y Kristoff eran soldados nazis que protegían a Elsa y Anna que eran judías a las que mantenían escondidas, o la que acaban de ver, con nuestra querida rubia como una alemana que le lleva el almuerzo a los Westergaard, que se refugian en su sótano. Yo opté por está última porque ya había puesto al pelirrojo como nazi y no quería repetir ideas. :3

Aunque debo admitir que me gusta verlo más como el malo que aun en contra de sus retorcidas ideas, se enamora de la protagonista, jejejeje.

F: Así es copito, este reto se va agotando pero aun tengo bastante Helsa por darles. e.e Algún día esa vergüenza se irá, tú solo juntáte conmigo. xD

Los veo mañana con una viñeta más feliz. n.n ¡Disfruten del esperado viernes!