En Halloween, el Diablo sale a festejar

La festividad tan esperada por muchos, el famoso Halloween, llegó con una noche excepcional, digna de la ocasión. Una noche oscura, de tinieblas azul profundo, y enmarcada por ligeras nubes iluminadas por la luz de la luna llena; semejante cielo se levantaba sobre la ciudad de Nueva York, con una brisa fresca y casi escalofriante corriendo entre las calles y edificios de la ciudad, dando a toda la extensión de la urbe el escenario perfecto para la desvirtuada celebración, donde todo el mundo podía salir vestido como se le viniera en gana, haciendo gala de los disfraces y accesorios más extravagantes por una sola noche en el año y además, ser felicitado por ello y sin ser mirado como un bicho raro por los demás. La noche de Halloween era diferente porque era aceptado parecer estar loco, o ser similar a un monstruo, y a todo el mundo le gusta soltarse el cabello de vez en cuando.

Saya no se la esperaba tan pronto, y más que nada porque estaba un poco nerviosa. Diva le había dicho que irían a una disco donde según Nathan, se hacían unas fiestas de disfraces espectaculares, la cosa era que Saya pocas veces en su vida había estado en esa clases de lugares y aun pensaba en como debía actuar sin verse muy ñoña.

Aun era temprano. Como su disfraz era un tanto complejo, decidió arreglarse desde temprano. Cuando comenzó a ponerse el vaporoso vestido blanco que le llegaba a los pies, solamente ceñido en su torso gracias a un corsé de igual color, con las mangas amplísimas y desgarradas, bueno… al principio no le convenció, y fue peor cuando se puso la peluca. Los cabellos se le salían por la nuca, las sienes y la frente, y era una tarea casi imposible esconderlos, tanto que ya hasta le estaban doliendo los brazos de moverlos sin parar.

Con una vaga idea de cómo lucia la novia de Frankenstein, trató de maquillarse el rostro, pero al ver que le fallaba el polvo blanco sobre el cutis, y su pulso la traicionaba al intentar aplicarse delineador liquido, fastidiada y desesperada, trato de buscar algún tutorial en la Internet, pero sinceramente le dio flojera hacerlo ella misma, y como nunca se había maquillado tanto en su vida, y temerosa de que quedase un trabajo que la hiciera lucir ridícula, como ultima opción llamo a Nathan para que la ayudara.

Este, gustoso acepto socorrerla, con una sonrisa exagerada, pero relajada. Saya al verlo vestido con sus ropas habituales, le pregunto si iría a la fiesta, pero este respondió que no, que dejaría que ella, su hermana y los caballeros se divirtieran sin "chaperona". Saya no insistió.

Una hora y media después, Nathan avisó que el maquillaje estaba terminado y que se veía de maravilla. Una obra de arte, exclamó confiado, pero Saya temía que el resultado fuera peor a como ella lo hubiera hecho, pero grata fue su sorpresa cuando este la puso frente al espejo.

—¡Wow! ¡Nathan! ¡Te quedo muy bien!— exclamó Saya sorprendida, con una enorme sonrisa plantada en el rostro. A decir verdad, casi no se reconocía a si misma. Su piel ligeramente morena había palidecido bajo un denso maquillaje blanco, que la hacia verse como un muerto recién salido de la tumba, sin embargo no era grotesco, y hasta en cierta forma se veía natural. Nathan también había cargado con densas sombras negras los parpados y le había remarcado unas ligeras ojeras para darle el toque macabro. Por otro lado, para añadir dramatismo, le había pintado las cejas largas, negrísimas y puntiagudas, como de Morticia. Le pintó los labios con un profundo rojo oscuro, y el toque final y más importante de todo el atuendo; unas líneas retorcidas que le atravesaban la frente, una mejilla y otra más que daba vuelta en su cuello, asemejando heridas rústicamente suturadas, incluso había añadido un poco de pintura roja para dar la impresión de que sangraban.

—¡Pero claro! Si yo se mucho de estas cosas— afirmó Nathan con confianza y aires de grandeza —¿Te gusta?— preguntó, aunque estaba conciente de la positiva respuesta.

—¡Pero claro!— respondió Saya con sinceridad —De verdad que parezco monstruo… en el buen sentido— añadió mientras veía por todos los ángulos el trabajo impecable de maquillaje. Ella, ni en un millón de años, lo hubiera podido hacer tan bien.

Finalmente Nathan le ayudo a ponerse la peluca, teniendo cuidado de no dejar ningún traicionero cabello natural a la vista, y prosiguió a ponerle unas pestañas postizas espesísimas y muy largas, que le dieron un toque más femenino al agresivo maquillaje.

Saya al principio, cuando comenzó a vestirse, se arrepintió de haber escogido disfraz tan más ridículo, pero ahora estaba convencida de que no pudo haber elegido uno mejor. Mientras se veía en el espejo con inusual vanidad por su perfecto disfraz, alguien irrumpió abruptamente.

—¡Hola!— exclamó Diva entrando a la habitación, sin tocar la puerta y sin el mínimo atisbo de vergüenza, haciendo honor a su nombre. Como toda una Diva.

—¡Ay, pero si te ves divina!— gritó Nathan ilusionado. El disfraz le iba de perlas a la muchacha. El corto vestido de rayas horizontales, negras y blancas, contrario a la creencia popular de que estas engordaban, le iba de maravilla a la esbelta figura de la muchacha, y el grueso cinturón rojo que remarcaba su cintura le daba un sutil aire de sensualidad; sus piernas se destacaban gracias al ligero y las medias de red que terminaban en sus pies enfundados en tacones altos, de color rojo.

Por otro lado, Saya apenas la reconocía al verla con el cabello corto y lacio, flequillo y boina roja. Diva, haciendo alboroto, simulo fumar de la falsa boquilla, sacándole a Nathan un gritillo infantil de emoción.

—¡Saya! ¡Casi no te reconozco!— exclamó Diva al ver a Saya ya vestida con todo y la peluca, que despuntaba hacia arriba en una enorme masa de cabello negro, y claro, con los característicos mechones blancos en cada lado —Se te ve bien— la halagó la muchacha dando vueltas alrededor de su hermana mayor, centrándose sobretodo en el ceñido corsé blanco —Me gusta el corsé— añadió la muchacha.

—No pensé que volvería a usar uno— comentó Saya con ironía, recordando como le caía tan gordo tener que usar a la fuerza los tortuosos corsés franceses bajo los sofocantes vestidos de la época en la cual vivía en el Zoológico. Alguna vez, en aquel tiempo, se dijo que algún día se quitaría esa horrenda prenda interior que le impedía respirar con libertad, y si se le daba la gana, andar en cueros por la vida. Nunca pensó volver a usar uno en el futuro, aunque estos corsés modernos eran infinitamente más cómodos y versátiles, y esas varillas suaves y moldeables eran de risa a comparación de los verdaderos corsés (pero al menos le permitían respirar con normalidad y mover el torso). De hecho, ni siquiera podían ser consideraros verdaderos corsés, podían hacerse pasar perfectamente como una prenda de vestir.

—Por cierto… ¿De que vas disfrazada?— preguntó Saya a su hermana, sin reconocer que tipo de disfraz era el que portaba su hermana, aunque le daba cierto aire de los años 20's, aunque conocía realmente poco de aquella época.

—De pin-up francesa— contestó Diva señalando la bandera de Francia bordada en uno de los hombros de la blusa.

—"¿Qué es una pin-up?"— se preguntó Saya, aunque prefirió no preguntar.


Kai estaba impaciente por irse de una buena vez. Se sentía demasiado extraño disfrazado a la más clásica forma de policía. Tenía su gorra de policía con todo y la característica placa de estrella dorada; sus pantalones y camisa negras, y como detalle final unas esposas le colgaban de la cintura y hasta una macana falsa, pero que aun así imitaba muy bien a una verdadera, nada más le faltaba una dona con glaseado para imitar el estereotipo ridiculizado del policía estadounidense.

Cuando se vio al espejo no podía creer que ese fuera él. Había elegido el disfraz, a petición de Mao, para encajar mejor, sin pensarlo mucho. No quería disfrazarse de vampiro (tenía ya suficiente de ellos y si podía evitar ver una película de vampiros en el futuro, ¡mejor!) y tampoco quería disfrazarse de pirata ni de diablo, así que escogió algo sencillo, pero para su desgracia a la mera hora ni eso lo convenció, y ahí estaba él, vestido de policía, sintiéndose ridículo, cuando él, antaño, había sido tildado de "chico malo". ¡Muchísimas gracias Mao! Pensó el muchacho con aire sarcástico.

Y hablando de la reina de Roma… Mao salio de la habitación después de una larga espera de, mínimo, una hora y media encerrada en su habitación, y salio de ella pavoneándose y haciendo alboroto de su disfraz.

Kai se vio forzado a ladear la cabeza, confundido, como cuando le hablas a un perro. En la vida se imagino ver a Mao vestida como…

—¿Qué es eso? ¿Una especie de enfermera fetichista?— preguntó con sarcasmo el muchacho, mofándose a propósito, aunque siendo sincero el disfraz le quedaba bastante bien, pero no era muy de su estilo ir por la vida halagando a las chicas. Por otro lado, la minifalda y blusa blanca, con símbolos de cruces rojas a los lados, no le sentaba nada mal, aunque le parecía un poco provocador el detalle de las medias blancas, que le llegaban hasta el muslo, con todo y unos pequeños moños rojos. Claro que también estaba el infaltable estetoscopio y el sombrero blanco de enfermera, también estampado con una cruz roja. La chica se había ondulado el cabello. Kai jamás la había visto con el cabello de otra manera que no fuera suelto y lacio, y sinceramente se le veía muy bien.

—Pues sí, fíjate— respondió Mao poniendo ambas manos en la cadera —Soy una enfermera sexy— contestó con vanidad, pero el gusto le duro poco pues Okamura comenzó con el indicio de una carcajada pobremente disimulada, para terminar con una sonora y limpia risotada.

—¡¿Usted? ¡No me haga reír!— exclamó entre risas el cínico reportero, con el obvio afán de hacerla rabiar.

—¡Ya quisieras!— se defendió Mao enérgica y con ganas de darle un buen pisotón con la punta del tacón, ¡a ver si se seguía riendo!

Kai no pudo hacer nada más que poner los ojos en blanco cuando la discusión inevitablemente evoluciono, David se llevó una mano a la frente, fastidiado, mientras Julia y Lewis intentaban no reír viendo discutir al singular par, pero después de unos segundos de reclamos, ofensas y demás linduras, el muchacho los acompañó también, pero con un grito para que se callaran. La joven y el reportero callaron, sorprendidos, casi molestos por ser interrumpidos en sus acostumbradas peleas, pero Mao se olvido de todo eso cuando vio la hora y noto que se les hacia tarde.

Finalmente Kai (quien prudentemente iba armado con una pistola, cosa que despistaría a los guardias de seguridad de las discos, ya que iba vestido de policía) y David, quien conduciría el auto y estaría atento a cualquier percance, junto a la ahora enfermera Mao, salieron del departamento en dirección a la primera disco de la noche.

En cuanto Kai subió al auto, supo que esa noche seria muy, pero muy larga y pesada, no porque haya acordado con Mao el entrar a diferentes discos en búsqueda de Saya, sino porque… algo, una extraña, pesada y densa sensación incrustada en su pecho, como una masa de aire y humo atascada en su traquea, le decía que esa noche iba a ser diferente, mas allá de que fuera Halloween.

"Era sencillo saber el por qué de tan desagradable sensación. Esa era una noche especial, ya que esa misma noche, Kai iba a dejarse el pellejo en su intento de encontrar a su hermana"


¡Pero que idea tan más mala, pésima y ridícula! ¿A quien se le ocurre salir disfrazado de…? ¡Lo que sea…! se decía Hagi apesadumbrado, mirándose frente al espejo, vestido con esa tunica negra que le llegaba hasta los pies.

—Parezco… ese maestro malvado de Harry Potter— murmuró con una ceja levantada, recordando el aspecto de un personaje, todo vestido de negro y cabello suelto, de rostro severo, que salía en las portadas de las películas de dicha saga, aunque nunca había visto los famosos filmes, y sólo había visto las portadas en alguna calle de Londres (sinceramente, en la vida, había entrado a un cine). Aunque fuera un hombre, el también se preocupaba medianamente por su aspecto, y verse al menos decente. Probó un par de veces como se vería ese disfraz si se agarra el cabello, pero no encajaba y se decidió por mejor dejárselo suelto, aunque ya no estaba acostumbrado a traerlo así.

En más de una ocasión estuvo apunto de echarse para atrás y vestirse como habitualmente lo hacia y decir que iba disfrazado de luto (pero pensó, ¿Qué clase de disfraz es ese?) y termino por quedarse con la tunica negra, que lo hacia sentirse aun más extraño dentro de su mismo cuerpo, sobretodo al observar detenidamente la cruz que llevaba colgada al cuello, y al notar una vez más, el cuadrito blanco del cuello, evidenciando así su disfraz.

Se sacudió las manos, encontrando cada vez más grotesco el disfraz con cada momento que se miraba al espejo, cuando entonces alguien toco a su puerta. Supuso que era Saya, y al abrir no se equivoco, aunque su ama iba acompañada de su hermana. Ambas estaban ya vestidas y maquilladas, y a pesar de que el rostro de Diva era reconocible, por el otro lado, el de su hermana mayor era como ver a una autentica novia de Frankenstein.

Hagi estuvo apunto de preguntar si era Saya realmente, pero se contuvo. La joven estaba pálida, de manera casi cadavérica (si no fuera porque sabía que era maquillaje, hubiera pensando que su ama estaba moribunda), y el cargado maquillaje negro en sus ojos le daba un aspecto de fiereza que jamás pensó ver en ella. Era como una versión un tanto macabra y bizarra de Saya (no tanto como la de Vietnam, pero se defendía). No, si se le hubiera encontrado en plena noche, Hagi hubiera dado un salto de miedo.

—¿Cómo me veo?— le preguntó Saya ilusionada, levantando ligeramente los brazos para que pudiera apreciarse mejor el vestuario. Usualmente la chica no haría eso, pero estaba muy emocionada, y por supuesto, como toda mujer, esperaba una respuesta positiva y un halago no estaba de más.

—Bien— dijo Hagi, sin poder quitar su vista de la enorme peluca, aun preguntándose si a la chica que estaba viendo frente a él era realmente Saya.

Por otro lado, ella, al escuchar la escueta respuesta de su caballero, por mucho que supiera que a él le costaba exteriorizar sus sentimientos y expresarse, no pudo evitar torcer la boca y entrecerrar los ojos, como cuando, y suele suceder, pasa que una mujer se arregla, pasa toda la tarde en el salón de belleza, se arregla las uñas, se corta el cabello y se lo pinta, se maquilla impecablemente para esa cena especial y se compra un espectacular vestido, y llena de ilusión, le pregunta al marido como se ve, y este pareciera no haber notado absolutamente nada… hay casos donde incluso los hombres se dan cuenta de que se corto el cabello pasados dos meses.

Vaya decepción…

—¿Nada más?— preguntó Saya levantando una puntiaguda ceja, el primer indicio que delata que una mujer esta molesta, pero en ese momento una oportuna voz capto la atención del trío, pues Diva estaba apunto de echarse a reír.

—Ya estoy listo— dijo Solomon acercándose con aires de superioridad —¿Cómo me veo?— preguntó, levantando los brazos, mostrando su disfraz. Saya casi se queda con la boca abierta. Sabía que Solomon iba a vestirse de eso, pero no esperaba que los pantalones negros, las botas grises y el traje rojo vino donde impreso se hallaba un escudo de armas, le fuera tan bien. De verdad imitaba muy bien a un caballero medieval.

Diva gritó emocionada al verlo. Corrió hacia él entusiasmada por lo bien que le quedaba el disfraz a su pareja (pues dado el caso, esa noche ella estaría acompañada de Solomon y su hermana, de Hagi).

—Te va muy bien— lo halagó Diva, aunque segundos después su vista se poso en la espada de plástico, la cual tomo antes de que Solomon pudiera hacer nada —Que linda espada— dijo Diva levantándola, y sin razón aparente, la tomo del mango y con ella golpeo la cabeza de Solomon.

—Que lastima… no corta— murmuró haciendo un puchero.

El rubio reclamó el por qué del golpe, pero Diva sólo contestó con una risita traviesa, pero de inmediato el caballero se detuvo, se quedo mirando a Hagi un momento, y acto seguido… estalló en risas.

—¡¿De que carajo vas disfrazado?— exclamó el caballero burlón, con una mano en el estomago. Hagi no pudo evitar fulminarlo con la mirada.

—De cura… idiota— contestó Hagi a regañadientes, murmurando en voz muy baja lo último, mientras Diva también comenzaba a seguirle el juego al rubio.

—¡Ay, es cierto!— exclamo la ojiazul —Pensé que ibas vestido igual que siempre, ¡pero con vestido!— se burló apuntándolo mientras se doblaba en carcajadas.

—Es una tunica…— susurró Hagi cada vez más molesto, aunque trataba de que no se le notara tanto. Aun así Saya se percató de ello y a duras penas suprimió una risilla, aunque sinceramente el traje le iba muy bien, además de que le parecía bastante original. No entendía a que venia burlarse de él, aunque ya sabia que esos dos podían llegar a tener un humor muy pesado, sobretodo cuando estaban juntos, y bueno, Solomon y Hagi no eran especialmente los mejores amigos del mundo.

—Además ustedes me convencieron de escoger este disfraz— se intentó defender el caballero, intentando guardar la calma.

—¡Y tú por idiota que nos haces caso!— respondió Solomon sin parar de reír, mientras Diva soltaba una risotada más fuerte que las anteriores al escuchar el chiste, mientras se recargaba en el hombro de su caballero tratando de no caerse de la risa.

—Bueno, ya, es suficiente. Dejen de reírse— dijo Saya tratando de calmar a los dos.

—Por otro lado, tú te ves muy bien— la halagó Solomon con una galante sonrisa. Saya apenas murmuró un gracias, cuando Diva interrumpió.

—¿Y yo qué? Nadie ha dicho nada de mi disfraz— exclamó cruzándose de brazos caprichosamente.

—Tú también Diva, como siempre— dijo Solomon con la misma sonrisa, pasando un brazo sobre su hombro, quizás con demasiada libertad. A Saya le dio la impresión de que Solomon era un mujeriego. Había usado la misma sonrisa que uso con ella para halagar a Diva. Se pregunto si hacia eso con todas las mujeres… Hagi noto ese pequeño gesto de molestia, desconcertándolo, ¿y por qué no?, hasta se había alarmado un poco. Después de todo, ¿a su ama que le importaba si Solomon las había halagado de la misma manera?

Prefirió no responderse la pregunta…

—¡Bueno ya vámonos!— gritó Diva harta del peculiar desfile de modas, ansiosa por comenzar la juerga.

Y más que por la fiesta, estaba ansiosa por otra cosa. Esa noche, era su noche, y Saya y su enorme peluca quedaban totalmente fuera de ella, pero no su caballero, pensó con malicia la reina.

"Y ya ven lo que dicen por ahí… en Halloween, el Diablo sube a la tierra a festejar con los mortales, a compartir dulces con los niños, y hacer caer en tentación incluso al más virtuoso"


Aquí estoy con nuevo capitulo. Según yo, en el capitulo anterior había dejado a la imaginación el disfraz de Hagi, pero todos los que me dejaron review atinaron con el resultado… en fin, sí va de sacerdote obviamente. ¿Bastante irónico, no? Hace algunos meses, cuando comencé a escribir este capitulo, le pregunté a mi madre que disfraz le iría bien a cada personaje. ¡Hagi fue todo un reto! A modo de burla mi mamá me sugirió que lo vistiera de árbol, porque siempre esta parado y tieso en algún rincón, (¡no sean malpensados, condenados libidinosos!) de ahí salio el chiste del capitulo anterior que usa Solomon. Finalmente decidimos usar algo que no fuera demasiando llamativo, y que a la vez fuera irónico, y pensé que el de sacerdote sería el ideal.

Con respecto a los demás disfraces, no quería vestirlos ni de vampiros o brujas, ya están muy usados, aunque hubiera sido adorable ver a Diva toda de negro, con escoba y un sombrero puntiagudo.

En fin, este capitulo es el principio del parte aguas que cambiara el rumbo de la historia, los siguientes dos o tres capítulos seguirán ambientados en la noche de Halloween, y tengo que avisar que no pienso actualizar otra vez, hasta que termine de escribir la maldita escena entre Hagi y Diva que me ha estado rompiendo la cabeza, pero no creo tardar demasiado.

También, quise subir este capitulo hoy porque… ¡Es San Valentín! ¡El pretexto perfecto para atragantarse de chocolates! Feliz Día del Amor y la Amistad a todos, este es mi regalo a todos mis amados lectores… bueno, ¡a falta de novio! Aunque acá éntrenos, tengo la impresión de que le gusto a un compañero de la universidad, y la verdad no esta mal el muchachito, (sin contar que tiene dinero y es inteligente. Sí, lo sé, soy una interesada de lo peor) así que quizás en un tiempo, tendrán a una Agatha Romaniev emparejada con algún pobre desventurado que tuvo el infortunio de cruzarse conmigo (si no terminamos de novios, ¡me sentiré muy idiota al haber mencionado esto!) bueno, me retiro porque me esta afectando el espíritu del amor (¡Ja! Claro…).

¡Feliz San Valentín!, espero que su regalo les haya gustado.

Me despido

Agatha Romaniev