Mercurio Líquido

Tuvo que esperar un buen rato y recolectar una buena cantidad de paciencia para que Hagi, después de quince minutos encerrado en el baño, se atreviese a salir. Antes de poder enfrentar la escena de Saya y Solomon (y rogaba que estuvieran perdidos entre el mar de gente que bailaba), tuvo que abrirse paso a codazos entre la multitud de jóvenes que iban de aquí para allá en un largo pasillo con mesas. Estuvo apunto de tropezar con un "hombre lobo" completamente alcoholizado y quien tenía una amenazadora cara que decía "voy a vomitar", así que Hagi rápidamente se apartó del él, pero en lo que lo esquivaba, el tridente rojo de una joven vestida de diableza desvío su atención al golpearlo.

—¡Uy! Lo siento…— se disculpó la joven disfrazada de demonio —… padre— y dicho esto, estalló en carcajadas al ver el disfraz del caballero, sin poder evitar pensar que todo el asunto era bastante irónico. Hagi se limitó a ser cortés, pero esta vez, en lugar de enojarse y arrepentirse una vez más de su atuendo, no pudo evitar pensar, al igual que la chica, que el asunto efectivamente tenía cierto aire de ironía. Era como si, hasta en medio de la fiesta y la parodia, las fuerzas del "bien" y el "mal" se encontraran inevitablemente; casi como si se buscaran o se necesitaran.

Dicha reflexión salió de su mente tan rápido como llegó, y se concentró de nuevo en Saya. Se aproximó a la mesa donde había estado sentado, esperando encontrar ahí a Diva, quizás tomando el dichoso trago, pero grande fue su sorpresa al ver que no había ningún conocido ahí, sino una pareja de vampiros. Él, al más puro estilo del Drácula hollywoodense, con todo y una brillante capa negra; ella hacia honor a la sensual "novia de Drácula".

Y hablando de vampiros…

Hagi, al encontrarse ahí solo, inmediatamente, por puro instinto, comenzó a buscar con la mirada a Saya. No encontraba cerca que se asemejara a la peluca de la novia de Frankenstein, y pensando que quizás no estaba en la planta baja sino en el segundo piso. Se encaminó hacia la escalera más cercana, pero en cuanto subió dos peldaños, se encontró a la "novia", pero más bien, se podría decir que la dichosa novia le ponía el cuerno a su amor, Frankenstein, porque ahora parecía ser la amante de un misterioso caballero medieval.


—¡Hasta que nos vamos de aquí!— exclamó Kai apurando a Mao, quien intentaba por todos los medios posibles no caer en su descenso por las escaleras, gracias a los altísimos tacones.

—¡Espérate Kai!— gritó la chica deteniéndose con el barandal de la escalera —¿Qué no ves que no puedo ir tan rápido?— argumentó apuntando a sus zapatos. Kai miró hacia abajo, y después puso en blanco los ojos.

—No entiendo… ¿por qué demonios las mujeres tienen esa necesidad de usar zancos?— dijo molesto —Porque a eso no se le pueden llamar zapatos—

—Tendrías que usarlos para saberlo— refutó Mao —Si quieres, te los presto, para que veas— le ofreció la chica mientras reía al ver la expresión de incomodidad que puso su ex novio.

—No, gracias— contesto Kai, y estuvo apunto de argumentar que eso de traer zapatos de mujer no era de su estilo, cuando Mao tragó aire como si acabase de ver un fantasma. Su mirada de impacto era tan profunda que Kai hasta se asustó.

—¿Qué pasa?— preguntó el muchacho un tanto alarmado.

—¡Mi bolso! ¡Se me olvidó en la mesa!— exclamó horrorizada mientras se daba la vuelta y corría por las escaleras hacia el segundo piso, a toda prisa.

—Ahora si puede caminar verdad…— pensó el muchacho siguiéndola con la mirada —¿Y cual es esa necedad de llevar a todos lados una bolsa?—

Desde abajo, pudo ver como Mao a toda prisa se acercaba a la mesa donde había estado. Ahora se encontraba un trío de jóvenes en ella, quienes al ver a la chica, quien pregunto si habían visto una bolsa blanca de "enfermera" antes de sentarse en la mesa, se la entregaron sin más problema. Mao les agradeció, y cuando estuvo apunto de bajar para ir con Kai, quien la esperaba al pie de la escalera, sin querer, miró hacia el frente.

A unas cuantas mesas de distancia, vio a una joven extrañamente familiar, disfrazada de novia de Frankenstein, muy abrazada a un hombre rubio, vestido de caballero medieval, aunque no pudo verle la cara.

—¡Que buen disfraz!— pensó Mao al ver el realismo con el cual la chica portaba el atuendo. El maquillaje era impecable e idóneo para la ocasión, pero detrás de lo que seguro serian capas y capas de maquillaje blanco, las oscuras cejas y las larguísimas pestañas, al observarla lo suficiente, sus facciones delicadas, la cara pequeña y ovalada se le hacían conocidas de algún sitio, casi podría jurar que incluso detrás de tanto maquillaje podría reconocerla si hubiera un poco más de luz, pero por más que intentó, no pudo encontrar un enlace perfecto hacia alguien conocido, pero después, olvidándose del asunto, bajó por las escaleras hacia donde Kai estaba esperándola.

—¿La encontraste?— preguntó el chico.

—Sí. Afortunadamente las muchachas que estaban ahí la guardaron y no se hicieron las tontas— dijo acariciando el bolso casi como si se tratara de una reliquia sagrada. Ella nunca salía sin su bolsa, y supuso que como ese no era su bolso habitual, probablemente por esa razón lo había dejado olvidado, pero dentro tenía su pasaporte y su cartera (con sus tarjetas de crédito) y su celular, así que perder esas cosas le hubiera provocado un terrible dolor de cabeza y tres días enteros haciendo corajes, sin contar una sesión de dolor a causa de su gastritis (aunque era muy joven, sus usuales enojos no le salían gratis).

—¿Vamos a ir a otra disco?— preguntó Kai —Quizá deberíamos pasar la noche entera yendo de una a otra. Creo que tal vez hay posibilidades de encontrar a Saya— propuso el muchacho, notablemente más animado, tratando de pensar positivo. Si Saya había aparecido justo frente a él en la enorme ciudad de Londres, un año después de haberla perdido en un barco que explotó en medio del mar, encontrarla en Nueva York, si se veía desde cierto ángulo, podía ser pan comido.

Pero no se necesitaba ninguna otra disco o seguir pensando positivo y tratar de verle el lado bueno a las cosas, porque Saya… ahí estaba, pensó Mao.

—¡Saya!— exclamó la chica con los ojos bien abiertos, sobresaltando a Kai con semejante grito.

—Sí, Saya, por eso estamos buscándola ahora… ¡No puedo creerlo! ¿Acaso ya lo habías olvidado? Estaba seguro de que no sabias tomar, esa cerveza te debió haber afectado— comentó riendo, pero Mao, lejos de enfurecerse por el comentario, eufórica, lo interrumpió con algo que el muchacho no esperaba escuchar tan de pronto y sin aviso.

—¡No! ¡Saya! ¡Es ella!— gritó la castaña apuntando hacia donde estaba la chica vestida de novia de Frankenstein, quien le había parecido tan tremendamente familiar momentos antes. Si Kai no hubiese mencionado a su hermana, jamás hubiera podido encontrar la razón por la cual le había resultado conocida. Ahora estaba segura de lo que había visto, y de que esa chica, por mucho maquillaje que escondiera su cara y la enorme peluca sobre su cabeza, era indiscutiblemente Saya.

¡Por Dios! La euforia la llenó de pies a cabeza… ¡Era un milagro! ¡Habían encontrado a Saya!

"Pero a nadie se le ocurrió pensar en el hecho de que eso, era demasiado bueno como para ser verdad"

—¿Saya?— murmuró Kai, mirando hacia donde Mao apuntaba, pero parecía muy escéptico, y además de todo, no lograba verle la cara, pues la chica estaba de espaldas.


Antes de que Hagi siquiera pudiera darse cuenta, tomar suficiente conciencia de lo que estaba viendo, una especie de presentimiento de ultima hora le dijo de lo que se trataba. Enseguida sintió una sensación muy extraña. Era como si su cabeza se hubiese abierto, creando un agujero de donde salio una especie de liquido frío y pesado. Por alguna razón lo relaciono con mercurio puro. Era como si su cabeza se hubiese convertido en una fuente y dejase salir un a borbotones un chorro de ese metal líquido que empapo todo su cuerpo. Mercurio liquido, pesado y helado cayendo en sus hombros, siendo absorbido por su cuerpo, recorriendo cada vena de su anatomía, haciéndolas estallar en una explosión masiva, provocándole unos profundos escalofríos para finalmente concentrarse en su abdomen.

En pocas y más simples palabras, era como si le hubiese caído una cubeta de agua fría. Era la misma sensación que había experimentado cuando en el acantilado, hace tantos años, sintió desmoronarse las piedras en sus manos, las cuales soportaba el peso de su cuerpo, y antes de que la sensación terminara, ya había caído al suelo. También era lo mismo que había sentido cuando vio a Saya curarse por si sola.

Pero esto era mil veces peor que darse cuenta que iba a morir o descubrir que Saya era demasiado extraña.

Aunque quiso desviar la vista, sus pies se plantaron sobre el suelo como las raíces de un viejo árbol que luchaba contra un huracán, y su cabeza se negaba a voltear a otro lado; sus ojos estaban tiesos en su lugar, como si hubiese sido poseído por un ente ajeno que le gritaba: "¡Mira! ¡Mira eso! ¡Te lo dije, idiota!"

Y efectivamente, lo vio. La novia de Frankenstein se hacia arrumacos con un hombre rubio, vestido de caballero medieval. Se abrazaban de vez en vez. Ella algunas veces le acariciaba el cabello con dulzura. A simple vista podrían tratarse de un par de amigos, pero eso se descartó cuando la chica volteó el rostro, al igual que él, y se besaron. No había sido un beso especialmente largo o pasional, pero definitivamente había sido en la boca. Cuando se separaron ella sonrío, y después, aunque pareciera que él no se lo esperaba, ella, con gesto travieso, le arrebató un beso más, esta vez más largo y más profundo. Ese era un beso de verdad, no tonterías. A juzgar por como ambos correspondían frenéticamente al gesto, esos dos no podían ser catalogados de amigos.

Mientras, Hagi trató de pensar que se trataba de otra chica con el mismo disfraz de Saya, una chica a la cual Solomon se había ligado, pero esa opción desesperada se invalidó cuando ella se separó de él, lentamente miró hacia atrás, y sonrío con satisfactoria malicia.

Hagi se sintió mareado de pronto. De repente el aire en sus pulmones había desaparecido y sintió que se ahogaba. Era como si lo hubiesen golpeado en la cabeza con un tubo de hierro, y hasta perdió el equilibrio. Enseguida pasó de la confusión y la negación, a la furia y los celos, que le tensaron los brazos, las manos y la quijada. Podría jurar que si seguía apretando de esa manera la quijada, se la iba a fracturar. Sin pensarlo, dio un par de pasos hacia delante, dispuesto a subir y degollar a cierto rubio, pero en su camino, algo lo detuvo, preguntándose ¿Qué iba a hacer? ¿Matar a Solomon? ¿Con que pretexto? ¿El besar a Saya? Eso no tenía nada de especial y él no tenía nada que ver. No importaba que tantas cosas, fueran muchas o pocas, pasaron entre Saya y él, en realidad no había nada entre ellos que le pudiera dar una razón lo suficientemente fundamentada para hacer lo que quería con tanto fervor.

Una vez más, su naturaleza impávida le impidió actuar como él quería. Esta vez la rigidez le pesaba demasiado.

No, no había nada que él pudiese hacer, solamente dejarse carcomer por los celos. Con ese pensamiento en la cabeza, se dio la media vuelta dispuesto a irse, antes de que las voces de conciencia y razonamiento desaparecieran, dejándolo a sus anchas.

Hubiera o no algo entre Saya y él, tenía dignidad, y no estaba dispuesto a soportar semejante espectáculo.

¡Al carajo con Saya!


Kai en un principio pensó que Mao estaba paranoica, que habían hablado tanto de Saya que ya hasta la veía en la sopa. Kai creyó que esa chica, que Mao aseguraba era Saya, no era más que una joven disfrazada, disfrutando de la noche de Halloween con su novio, pero cuando la muchacha volteo el rostro y besó al joven, Kai enseguida la reconoció. Era Saya. Era una Saya que jamás pensó ver así, disfrazada y con un maquillaje tan cargado, besando a un chico como si nada, pero era ella.

A Kai casi se le sale el corazón, y feliz, eufórico y sin poder creerlo, sin decir una palabra corrió hacia arriba por la escalera. Chocó con un grupo de jóvenes que se había amontonado a mitad de los escalones y charlaban animadamente. Las chicas le reclamaron que se fijara por donde iba, pero Kai apenas y tuvo tiempo de pedir una rápida disculpa mientras seguía su camino, donde también tropezó con más gente y aparatosos disfraces.

Mientras tanto, Diva, disfrazada de Saya, se había dado cuenta de que Hagi estaba saliendo disparado de la disco. Apenas alcanzó a exclamar que ya tenía que irse, cuando emprendió una carrera camino abajo por las escaleras. No tardó mucho en llegar a la planta baja pues en su camino empujó y aventó a todo el que se le interpusiera, tan rápidamente que la gente apenas y lograba verla, aunque una chica se golpeo de lleno el rostro al ser empujada por la impulsiva joven y se rompió la nariz


Mao, sumamente alterada por los recientes acontecimientos, vio como Saya bajaba las escaleras rápidamente, empujando a medio mundo. Parecía estar huyendo de algo o alguien, o en todo caso, persiguiendo a alguien. Notó que Kai apenas iba en la mitad de la escalera, y le gritó con todas sus fuerzas.

—¡Kai! ¡Saya, allá esta!— gritó, tratando de que su voz se escuchara por encima del escándalo de la fiesta, que por primera vez le resultó molesto. Tan fuerte gritó, que una chica que estaba a su lado tuvo que taparse los oídos.

Ante el aviso, Kai volteó rápidamente y bajó corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían. Pudo haber llegado hasta la salida en cuestión de segundos sino fuera por las personas que se le atravesaban.

De pronto, parecía haber tantísimas gente, que nadie que estuviera cerca de Kai se salvaba de sus empujones. Las chicas se quejaban y le gritaban idiota, y los hombres al ser aventados bruscamente se sentían de pronto apoderaros de una furia que les exigía ir detrás de ese chico vestido de policía y darle una paliza. Una chica que lo vio correr y alcanzo a distinguir su disfraz pensó que el muchacho se tomaba muy enserio su personaje.

A lo lejos, Kai corría desesperado gritando el nombre de su hermana, pero su voz era irremediablemente opacada por la gente y la música. Pudo ver como la que creía era Saya, subía por las escaleras hacia el balcón de salida, y en pocos segundos desapareció de escena.

En una de esas, Kai corrió aun más rápido si era eso posible, y accidentalmente le tiró la bebida a una chica, quien quedó horrorizada al manchado de cerveza su vestido de la decapitada reina María Antonieta

—¡Oye, estúpido!— le gritó alguien, agarrando a Kai del brazo y deteniéndolo en seco. Resultaba ser que era el novio de la chica, quien en ese momento hacia una tremenda pataleta. El muchacho no pudo evitar confundirse un poco. Ni cuenta se había dado de lo que acaba de provocar y en su mente no dejara de rondar la idea de que al fin había encontrado a su hermana, ¡y ese par de idiotas lo estaban deteniendo!

—¡Le tiraste la bebida a mi novia, estúpido idiota!— le reclamó al pelirrojo, quien apenas lo miró, dispuesto a seguir su camino. Sería el colmo si dejaba que un novio enfurecido se interpusiera en la larga búsqueda de su hermana.

—¡Lo siento!— gritó Kai, y ya que él tampoco era ningún tonto en peleas callejeras, tomó por sorpresa al chico y le dobló el brazo, teniendo cuidado de no rompérselo pero si hacerlo lo suficientemente fuerte para que le diera tiempo de escapar.

En cuanto el enojado muchacho se vio vulnerable y aulló de dolor, Kai se soltó de su agarre y salio corriendo de ahí, disparado como una bala.


—¿Dónde estarán todos?— susurró Saya mientras caminaba en medio de la gente. Solomon ya se había tardado bastante; ir a la barra no le daba ninguna confianza, y cuando finalmente decidió ir a la mesa, aunque ahí estuviera Hagi, seguramente furioso, no encontró a nadie, así que decidió dar una vuelta por la plata baja para ver si encontraba a su hermana o a Solomon, pero hasta ahora nada, y comenzaba a sentirse horriblemente incomoda, además de todo, tenía una fea sensación en el pecho.

La angustia que en ese momento sentía no era poca. En ocasiones experimentaba esa incomoda sensación opresora antes de que algo malo sucediera… pero, era tan angustiante el no saber el por qué o que sucedería. Por Dios, era sólo un quiróptero, no una clarividente.

Y parecía ser que el inconciente colectivo del lugar se hacia cada vez más fuerte. La angustia, la histeria, la desesperación concebida bajo los ásperos brazos de la cruel intriga… Saya no se dio cuenta, pero el destino o como quieran llamarlo, comenzó a hacer anotaciones en su lista negra; quien le debía, que tanto le debían, y lo más importante de todo… cuando les cobraría la factura.

Aunque por eso Saya no debía sentirse preocupada. A pesar de ser una victima más del destino, su nombre estaba en el primer lugar de la lista negra, y el precio, sería alto, pero por ahora, no se le cobraría.


Diva esperó a salir de la disco, y se escondió detrás de una de las paredes del edificio; el lugar estaba vacío; aun así, desconfiando de su entorno, se escondió detrás de un gigantesco basurero, y ahí se transformo hasta tomar su verdadera forma. Cuando la metamorfosis terminó, cuestión de unos pocos segundos, la chica se limitó a acomodarse la boina y las zapatillas rojas. Se quedó un momento parada ahí, soportando la hediondez de la basura, tratando de escuchar aquello que buscaba. Agudizó el odio. Podía escuchar los pasos de la gente que entraba a la disco, las conversaciones absurdas y las quejas de los que se quedaban fuera, incluso el caminar rápido y temeroso de las ratas, pero no los pasos de Hagi. Después de un par de minutos, donde miró de un lado a otro, finalmente escuchó una serie de pasos que se detuvieron a lo lejos. Escucho algo parecido a un gruñido de furia, y después algo mucho más fuerte, como si hubiesen golpeado con muchísima fuerza una superficie endurecida. Definitivamente tenía que ser Hagi, se dijo, y siguiendo el origen de dichos sonidos, corrió hacia el lugar.


Diva no tardó en llegar al lugar buscado. Una angosta calle con dos contenedores de basura verdes y sucios era la grandiosa entrada al apestoso callejón. Los edificios alrededor se elevaban por varios pisos. Eran edificios de departamentos y las negras escaleras de emergencia le daban un aspecto como de película de terror, como si supieras que en cualquier momento serias atacado por algún extraño, esperando lo inesperado.

Encontró a Hagi justo en el fondo del callejón, de espaldas, con la cara hacia la pared. Tenía los puños fuertemente apretados, y uno de ellos clavado en una pared de ladrillo, como si quisiera romperla en su totalidad. Diva, segura de que su plan había tenido el efecto deseado, y que incluso había superado sus expectativas, caminó lentamente hacia Hagi. En su camino pudo ver como otra de las paredes tenía un profundo boquete, seguramente cortesía de Hagi.

El caballero escuchó los tacones chocando quedamente sobre el pavimento, acercándose. Los únicos sonidos que podía escuchar eran los de su respiración acelerada, una gotera que caía cerca, y los tacones. No imaginó quien podía ser, supuso que cualquier mujer, quizás una prostituta confundiéndolo con un posible cliente, pero eso quedó descartado cuando escucho una voz femenina llamándolo por su nombre.

—¿Hagi? ¿Qué haces aquí?— preguntó Diva, ya cerca de él. El aludido tardó unos momentos en reaccionar. No fue capaz de apartar de su rostro el gesto de furia contenida que lo martirizaba, pero importándole poco ese detalle, se volteó hacia ella.

—¿Qué haces tu aquí?— preguntó el caballero, con voz dura. Diva en cualquier otro momento se hubiese confundido de escuchar, aparentemente sin razón, esa inusual dureza y enojo en la voz de Hagi, pero como conocía perfectamente la razón, se hizo la tonta, y se guardo una perversa sonrisa para si.

—Salí a tomar aire— fue su escueta pregunta —¿Por qué estas tan enojado?— le preguntó despreocupada, poniéndose a su lado, observando el boquete que Hagi había dejado en la pared, obviando la razón de su pregunta. El caballero dudó un momento si contestar o no, pero, seguramente tarde o temprano se enteraría, y aunque pareciera extraño, casi se sentía en deuda con ella. Siempre pensó que antes, todo se trataba de un encaprichamiento al cual jamás accedería, pero por primera vez se sentía realmente estúpido, y a alguien tenía que decírselo antes de que su cabeza estallara, temiendo volverse loco.

—Tenías razón— dijo de pronto el caballero.

—¿De que hablas?—

—¡De Saya!— exclamó —¡Tenias razón!— dijo, tomando aire, tratando por todos los medios de tranquilizarse —Cuando le propusiste a Saya que viniera contigo, y me preguntaste que haría si yo la…— hizo una pausa en seco, aun indeciso, tratando de encontrar las palabras correctas. Tenía la sensación de tener la lengua enredada —… si la veía con Solomon…— iba a decir algo más, pero de pronto se le había olvidado. Su lengua se trabó completamente, y no sabía realmente que más decir, y en todo caso, era inútil seguir dando explicaciones; a juzgar por sus pocas palabras y la condición en la que estaba, la verdad era más que obvia.

—Oh…— susurró Diva, con falsa decepción —¿Mi hermana y… mi caballero?— dijo, fingiendo un leve tono de celos en la voz. Cuando escuchó por primera vez, de boca del mismo Solomon, que este amaba a su hermana, se puso tan furiosa como lo estaba Hagi en ese momento, pero ahora no le importaba, y si algo había aprendido, y le costo bastante, era que, para poder manipular a alguien, había que fingir empatia, y Hagi ahora era una presa facil.

No importaba… nadie le importaba. Después le tocaría a Solomon, y a su hermana, y finalmente a todos. Sabrían lo que era sentirse traicionada. No era por un simple capricho la razón por la cual hacia todo esto, pero por ahora debía concentrarse en su objetivo y mantener la cabeza fría.

—¡Maldito Solomon!— exclamó de pronto la joven, pateando un bote de basura y provocando que la tapa de este cayera al suelo creando un escándalo que en ese momento a Hagi le pareció insoportable. Diva recuperó el equilibrio mientras la tapa del bote terminaba por completo su caída, y justo cuando esta se detuvo en el suelo, y finalmente el escándalo terminó, una nueva voz irrumpió en la efímera tranquilidad.

Fue algo inesperado para ambos. La voz les gritaba acusadoramente, como si fuesen un par de herejes acusados por la inquisición.

—¡Hagi!— y la sangre del caballero se heló dentro de sus venas.

Nuevamente experimento esa sensación de mercurio liquido estallando dentro de su cuerpo.


¡Otra vez discúlpenme por la tardanza! Tenía pensado actualizar desde hace una semana, pero entré a la escuela ¡y su puta madre! que me va tocando la materia de farmacología y además presentar la primera clase, y tenía que prepararla de día un día para otro. Se los juro que estuve unas diez horas frente a la computadora (escribí un documento de 16 paginas) resumiendo capítulos de un libro que, chingado, juro que cada capitulo es más extenso que la maldita Biblia. Para acabarla de chingar metí la pata con la presentación, pero el doctor me dio una segunda oportunidad (hasta eso que es buena gente el doc.) así que pasé los siguientes dos días matándome y preparando nuevamente la clase; como se imaginaran, esto me dejó jodida toda la semana.

Después de eso, he adquirido la habilidad de dormir en cualquier lado; en el teclado de la computadora, en mis compañeros de clase, sobre un lápiz e incluso sobre mi lonche. Es más, ya no se si estoy estudiando psicología o medicina, y para acabarla de chingar ya tengo que empezar a practicar con pacientes, ¿Cómo le voy a hacer? ¡Ni puta idea!

En fin, debía sacarlo, fue muchísimo el estrés, pero al menos ya he presentado bien mi clase y tengo mi participación.

Bueno, con respecto al capitulo, no hay mucho que comentar. Por supuesto, como me encanta hacerlo, lo he dejado en la mejor parte, ¿Quién creen que es el tipo que ha atrapado a Hagi y Diva in fraganti? Creo que es más que obvio, pero en el siguiente capitulo esperen una pequeña dosis de sangre y muchísimas lagrimas

En fin, muchas gracias por sus comentarios, a los que leen, y la paciencia que me han tenido. Puedo asegurar que la historia va más o menos por la mitad o un poco más, así que… yo calculo que en un año la estaré terminando, así que ¡Ténganme paciencia por favor!

Me despido

Agatha Romaniev