En la Trampa
Cuando David vio llegar a Mao con Saya a su lado, tuvo un breve momento de felicidad al ver que al fin habían encontrado a la chica, pero poco le duró el gusto cuando notó a Kai herido, siendo cargado por ambas chicas. Inmediatamente arrancó al departamento donde estaba el resto del Escudo Rojo para que Kai fuera examinado por Julia, a pesar de que ésta tuvo que ser despertada, pues ya pasaba de la medianoche.
Por otro lado, a Julia se le quitó el sueño enseguida, y no perdió tiempo en examinar al muchacho, mientras Saya y Mao le contaban a los demás que lo habían encontrado al borde de la muerte, y Saya, avergonzada y con voz culpable, explicaba que no tuvo otra opción más que darle su sangre.
Conectaron a Kai a una intravenosa y lo dejaron reposar sobre su cama. Aun no despertaba, y si sucedía lo mismo que con Riku, no se sabía cuando lo haría, o cómo reaccionaria al despertar y encontrarse con su nueva forma no humana.
La verdad era que ahora, nadie sabía que esperar. Todos recordaban lo que había sucedido con Riku, como el hecho había trastornado tanto a su hermano mayor. Ahora nadie podía adivinar cómo reaccionaria él cuando se diera cuenta de que le había sucedido lo mismo.
El ambiente era demasiado tenso y pesado en el departamento. Todos veían a Saya sentaba en la mesa, con la vista baja. No había pronunciado palabra alguna sobre qué haría ella, ahora que estaba con ellos. Saya, apenas y se creía que estaba con el Escudo Rojo, y sólo había sido capaz de hablar para explicar que se había encontrado a Mao en la disco, y que después habían salido a buscar a Kai, y que efectivamente lo encontraron, y lo demás, era más que obvio, pero hasta ahora no había dicho que estaba en aquel lugar con su caballero, Solomon y su hermana. No sabía cómo podrían reaccionar los presentes, a los cuales, había traicionado.
David la verdad no sabía qué pensar. Ya se había cambiado de ropa, pues llegó lleno de sangre al cargar a Kai herido, sin embargo no podía evitar ver a Saya. Su estado era simplemente deplorable. Cualquiera que la hubiera visto pensaría que era una desequilibrada mental que había matado a alguien. El vestido blanco, o más bien disfraz, supuso David, estaba lleno de sangre; sus mejillas y parpados estaban chorreados de maquillaje negro, dándole el aspecto de una loca que no había dormido en días y en una extraña visión, David imaginó a Saya como una demente que se había maquillado para después echarse a llorar. Estaba despeinada, y no dejaba de mover los dedos sobre la mesa. Respiraba muy pausadamente, y apenas se movía, a excepción de sus manos. David finalmente decidió hablar con ella, cuando la vio relativamente más tranquila.
—Saya— la llamó, pero la aludida no respondió, como si no hubiera escuchado nada —Saya— tuvo que volver a llamarla, y sólo en esta segunda ocasión ella levantó la cabeza, sin dejar de mover los dedos. Casi había saltado sobre su asiento, como si le hubieran gritado, aunque en realidad David había tratado de usar el tono más suave que pudo.
—¿Aun estás con Diva?— finalmente preguntó. Julia lo miró inquisidora, como diciéndole que no fuera tan indiscreto, pero él no era de los que se andarán con rodeos, y la situación era critica y había que actuar y hablar rápido.
—Sí— contestó Saya, sin expresión, y a pesar de que la culpa la invadía, ni siquiera fue capaz de expresarla en su respuesta, que a cualquier otro hubiera avergonzado ante semejante traición.
—Lo siento— añadió la joven, con la voz hecha un hilo —Los traicioné, y no saben cuanto me arrepiento—
—¡Ah, que cansada estoy!— exclamó Diva entrando a su habitación. Momentos antes habían llegado a la mansión, y Hagi había estado apunto de aterrizar en el patio, pero Diva le recordó lo de su zapato, y prácticamente le exigió que la llevara hasta el balcón de su cuarto. Hagi no protestó. A pesar de estar profundamente lastimado, estaba en algo parecido a un shock. Cualquiera hubiera pensado que no tenía nada, y que lo que había visto no le había afectado ni pizca, pero, por dentro, el caballero se estaba derrumbando y las exigencias y palabras de Diva lo sacaban de vez en vez de su mutismo.
Hagi se quedó parado en el balcón, como tonto, mirando al patio, mientras Diva arrojaba los zapatos por ahí, considerándolos ahora inservibles.
—Que lastima… me gustaban— dijo haciendo un puchero —Oye, Hagi, ¿no crees que…- dijo volteándose, pero para su sorpresa, Hagi estaba recargado en el barandal del balcón, parado como si nada. Diva sonrío con malicia, al tiempo que sentía una extraña sensación en el estomago, como cuando haces una broma pesada y esperas a que la victima caiga.
La joven caminó hacia él, cambiando de gesto a uno ligeramente preocupado, tal como lo haría una actriz segundos antes de que el telón se abra.
—¿Hagi?— susurró, acercándose a él y poniendo una mano en su hombro con suavidad —¿Estás bien? Estás más serio de lo normal, ¡Y eso ya es bastante!—
Hagi se quedó unos momentos en silencio. Observó el cielo. Era la parte más oscura de la noche, antes de que amaneciera. Recordó el dicho que dice: "cuando más oscura está la noche, más cerca está de amanecer", pero en ese momento no se lo creyó.
Diva también observó el cielo unos instantes, mientras se estiraba —¿Qué hora será?— murmuró mirando su muñeca, pero recordó que nunca había usado reloj.
—¿Cómo quieres que esté?— dijo de pronto Hagi, sorprendiendo a Diva. Sinceramente creyó que se quedaría callado como siempre —Saya estaba con Solomon. Perdí— dijo encogiéndose de hombros, agachando aun más la cabeza, como quien irremediablemente pierde ante el ultimo y certero golpe del enemigo, y el derrotado sólo puede tirarse de rodillas y agachar la cabeza con vergüenza, mirando el suelo que lo acoge en su desgracia, observando su propia miseria, en espera de ser rematado por el triunfante enemigo.
Diva pensó que había sido un poco exagerada al pensar en dicha metáfora, pero así era como percibía a Hagi en ese instante. El cabello le tapaba los ojos y le oscurecía el rostro, y parecía que apenas y podía mantenerse en pie, y sólo porque sus brazos estaban recargados en el barandal. Cualquiera que lo hubiera visto en ese instante y en ese estado, hubiera pensado que en cualquier momento iba a saltar, pero Diva sabía perfectamente que Hagi no era normal, e intentar saltar no era una idea que el caballero tuviera contemplada puesto que no le serviría de nada y sólo se ganaría un tremendo golpe, un fuerte dolor de cabeza y las burlas de Diva… pero, si fuese humano, su mente quizá no lo hubiera podido soportar y su cuerpo ya estaría tirado sobre el suelo y con el cráneo reventado.
—Te lo dije— lo reprendió Diva, recordándole todas las ocasiones en que discutió con él y le aseguró que su hermana terminaría yéndose con Solomon, porque simplemente ella no lo amaba ni lo apreciaba mas allá del concepto de caballero y ama; y que se diera por bien servido si lo consideraba un amigo… pero de ahí a más, ¡ni en sueños!
—¿Cuál es esa maldita manía de ustedes, las mujeres, de decirnos "te lo dije"?— le reprochó Hagi, con tono agrio. No era habitual que él respondiera o dijera esas cosas, mucho menos con ese tono de voz, y mucho menos ante cualquier pequeña provocación.
Diva apenas pudo suprimir su sonrisa. Hagi se había quebrado, finalmente.
—"Que fácil es quebrar a un hombre"— pensó con malicia, malicia que no exteriorizó. En lugar de eso, se hizo la tonta, como si estuviera hablando de cualquier otra cosa y siguiendo el ritmo de la improvisada conversación.
—Es que ustedes, los hombres, generalmente hacen o piensan tonterías, y todo por no escucharnos—
—Tenías razón— bien, eso sacó de la jugada a Diva, pero conservó su temple —Tenías toda la razón. Saya jamás…—
—Entiéndelo, Hagi. No pierdas tu tiempo. Ya has perdido bastantes años esperando…— hizo una pausa antes de continuar —Saya sólo ama a los humanos. No nos quiere a nosotros, a su raza— dijo, supuestamente, fingiendo amargura, aunque después de unos segundos, la verdadera amargura comenzó a rasparle la garganta, pugnando por exteriorizarse en palabras, pero la joven se aguantó.
—Solomon es un quiróptero…— susurró Hagi casi con desesperación, como tratando de encontrar un argumento o una explicación que justificara que la conducta de Saya tenía una razón o era algo pasajero, que no era nada de gravedad. Aun así, fuera Solomon lo que fuera, él había logrado conquistar a Saya en menos de la mitad del tiempo que Hagi había invertido en ella. ¡Vamos, que sólo le costó unos cuantos meses! ¡Él llevaba 150 años esperando!
—Es que Solomon es… demasiado humano, y además, él hace, actúa; no espera, como tú— exclamó como si estuviese diciendo cualquier cosa —Es decir, es el que más se acopla, ¿me explico? Tú eres demasiado… serio, incluso para ser un humano, o hacerte pasar por uno— comentó Diva con desgano.
Hagi finalmente la miró, confundido. A veces no entendía las cosas que Diva decía.
—No te ofendas. No eres tú, no del todo… bueno, tal vez sí. Es sólo que Saya es demasiado convencional— Hagi desvío la mirada, dolido. Un picor en los ojos amenazaba con llenarlos de lágrimas. ¿Hace cuanto tiempo había sentido ganas de llorar? La tristeza en su vida era algo habitual, algo a lo que ya estaba acostumbrado, podría catalogarse incluso como una persona con tendencias depresivas, pero esto era… demasiado. Era un golpe demasiado bajo. Tan doloroso que su cuerpo rogaba por expresarlo de alguna forma y sacar toda esa frustración acumulada, pero se negaba a llorar, mucho menos frente a Diva. Ya había pasado suficiente vergüenza, pero la decepción era demasiado grande.
Había perdido a Saya para siempre. Él no podía competir contra alguien como Solomon, y sus sonrisas, y su carácter. Quizá Saya habría estado algo borracha, o confundida, la cosa es que lo había besado, y de un beso pueden nacer muchas cosas. Él sólo se había limitado a besarla para despertarla, y el resto de las ocasiones había sido puro instinto de ella, un lapso de impulsividad y descaro instintivo. Eran dos polos diferentes. No importaba que tanto luchara por Saya, o cuantas veces intentara expresar sus sentimientos en palabras, eso era una tarea imposible para él. Simplemente no se le daba, y a Solomon sí.
Podía ser fiel, sacrificado y darlo todo por la persona amada, pero seguía estando a medias. Nadie quiere a un príncipe azul que sólo te demuestra que te ama una vez que ha matado al dragón y después se olvida de que existe algo llamado "romanticismo" y "cursilería". Para desgracia del caballero, la mayoría de las mujeres buscan eso, y tal y como Diva lo había dicho, Saya era demasiado convencional, demasiado adolescente y se había quedado en los ideales del siglo XIX, y Hagi era… bueno, Hagi era Hagi. Ni más, ni menos. Tan sacrificado y devoto que casi parecía invisible.
El caballero de nuevo se quedó ido, como si no estuviera en ésta dimensión. Diva entrecerró los ojos y dio por terminada la conversación, al menos por ahora. Conciente de que las cosas no podían quedarse más que en unas simples palabras, en un arranque de sinceridad por parte de Hagi, y notando que este, la verdad, parecía no tener ni siquiera las fuerzas de separarse del borde del balcón y caminar, disimuladamente buscó algo en que entretenerse mientras terminaba de preparar el terreno.
Miró hacia el jardín oscuro. Era de madrugada aun, la etapa más oscura de la noche, y no se veía nada más que copas de árboles ennegrecidos. En el jardín no había luces, ni focos, ni elementos decorativos. A Nathan no le gustaba, así que… no había mucho que ver salvo el cielo, igualmente negro, aunque esa noche estaba despejado y la luna se apreciaba altiva y profundamente plateada.
Diva miró fijamente hacia arriba, con curiosidad, como esperando que bajara un ovni o se estrellara un meteorito, o quizá tendría la suerte de ver una estrella fugaz. En cierto momento se percató de una estrella muy extraña. Parpadeaba. Eso captó aun más su atención, y la hubiera dejado de ver al cabo de unos segundos, pero notó que la estrella se movía, aunque lentamente.
—¡Mira!— exclamó, apuntando hacia la rara estrella -¡Esa estrella se está moviendo!- gritó entusiasmada. Tuvieron que pasar unos segundos antes de que Hagi volteara hacia arriba, con algo de desinterés.
A veces creía que el encierro en aquella torre había dejado una profunda huella de ingenuidad en Diva, o tal vez simplemente no tenía interés en las cosas modernas de la humanidad, al igual que él.
—Es un avión…— murmuró el caballero, mirándola de reojo y levantando levemente una ceja.
—¿Un avión? Que lastima… ¡los inventos de los humanos son tan tontos!— dijo decepcionada, alejándose de Hagi y aun mirando hacia el cielo a ver si encontraba algo interesante. Después de un rato de estar observando fijamente, notó que había una serie de estrellas extrañamente alineadas que sobresalían entre las demás y formaban una figura irregular.
—Oh, conociendo a los humanos, seguramente esas estrellas tienen nombre…— murmuró —¡Hagi, ven!— lo llamó, apuntando a dicha figura —¿Cómo se llaman esas estrellas?—
Hagi volvió a mirarla de reojo. ¿Diva podía ser así de imprudente? Él tenía la moral por los suelos, acaba de decirle que no tenía oportunidad alguna con Saya porque era demasiado anormal incluso para ser un quiróptero, y ahora le hablaba de estrellas. ¿Qué clase de mentalidad tenía esa chica? se preguntó. Aun así, Hagi, sin ánimo alguno de mover un músculo, se quedó tieso en su lugar. Diva se dio cuenta de que no vendría por voluntad propia, pero en verdad quería saber el nombre de aquellas estrellas, y si ella quería algo, lo conseguía o se dejaba de llamar Diva.
Dispuesta a obtener su respuesta, caminó enfadada hacia Hagi y sin más lo jaloneó del brazo. El caballero en un principio no supo cómo reaccionar, y por unos cuantos segundos se rehúso a moverse, pero después de darse cuenta de lo idiota que se veía la escena, decidió seguirle el juego a Diva y sin muchos ánimos llegó hasta donde la joven había estado observando las estrellas.
—Mira, ahí— dijo la chica apuntando firmemente el lugar. Hagi entrecerró los ojos. No veía nada más que puntos blancos por allá y por acá, pero ninguna figura. Es más, por un momento tuvo la sensación de que tenía la vista borrosa.
—¡Ahí, cegaton!— exclamó Diva tensando el brazo. Hagi forzó sus ojos, tratando de encontrar rápidamente las estrellas a las cuales se refería Diva. Estaba seguro de que no lo dejaría en paz hasta que le respondiera… aunque pensándolo bien, podía darse la vuelta e irse, pero no, ahí estaba como un tarado cumpliéndole el gusto a una reina que ni siquiera era suya… pero entonces se preguntó, ¿aun tenía una reina?
—Ah… creo que… es la Osa Mayor— respondió con desgano.
—¿Osa mayor?— Diva apenas pudo hablar, pues de inmediato se comenzó a reír a carcajada limpia —¡¿Qué clase nombre es ese?— se burló, pensando en la poca creatividad de los humanos, desde su punto de vista. La risa no le duró demasiado de todas maneras. El abdomen comenzó a dolerle por el esfuerzo de reír con tanta fuerza, y decidió parar. Diva, tratando de recuperar el aliento, se calmó, y ya fastidiada de estar viendo tontas estrellas, se volteó. Cual fue su sorpresa al encontrar al caballero detrás de ella, parado como tonto y sin hacer nada.
Al principio Hagi veía hacia otro lado, y cuando se percató de que Diva lo observaba fijamente, este también la vio. Sus miradas se cruzaron por unos pocos segundos, y antes de que fueran cinco, seis, o siete segundos, Diva se abalanzó sobre él y lo besó, así, sin más preámbulo. Aprisionó su cuello y sus hombros mientras lo besaba con fuerza y por un momento los dos estuvieron apunto de caer de espaldas.
No pregunten por qué, mucho menos al pobre caballero, pues Hagi ni siquiera sabía lo que hacia. Su mente se apagó, se quedó en blanco. No quería pensar en nada ni en nadie, mucho menos en Saya. ¿Qué podría pasar? Ahora que Saya había encontrado refugio en los brazos de Solomon, él podía hacer lo que le viniera en gana. Podía sonar egoísta, podía ser tildado de traidor porque la amaba y estaba besando a su hermana, la que por mucho tiempo fue la más acérrima enemiga de su amada, y después se sentiría mal y culpable, no tendría cara para ver a Saya sin pensar que ella pudiera leer su rostro y saber lo que había hecho.
Una parte le decía que estaba mal, que se apartara de Diva, la pusiera en su lugar, dejara en claro las cosas y se fuera de ahí, y de paso, se llevara a Saya de ese maldito lugar y volvieran con el Escudo Rojo, aunque las caras se les cayeran de la vergüenza… y otra parte le decía que se vengara, y no diciéndole a Saya lo que había pasado o restregándole en la cara ese beso, sino, simplemente haciéndolo, mantenerlo oculto y mentirle. Lo que más odiaba Saya a estas alturas de su vida, eran las mentiras.
Era simple, mucho más de lo que parece; en ese momento Hagi no era ni un caballero, ni un quiróptero: era un hombre despechado. Algo demasiado humano como para ser quiróptero. Tan humano, que resultaba increíblemente moldeable, como arcilla en las manos de Diva.
No rompió el beso, al contrario, lo correspondió.
—"¡Te tengo!"— pensó la joven. Estaba feliz, casi eufórica. Después de mucho tiempo de acoso, de mentiras y conversaciones sin sentido, Diva había triunfado. Hagi estaba entre sus garras ahora. Había caído en su telaraña como una vil mosca, y los hilos de seda eran tan discretos que ni el mismo Hagi sabía que estaba atrapado, al menos no por ahora.
Sin romper el beso, guiándose por la pared y medio tropezando, fueron a dar a la cama de Diva. En el camino chocaron con un estante y cayeron al suelo un par de muñecas de porcelana, que se rompieron. Entre las afectadas iba la vieja muñeca de Saya, Lenore. Se le había roto un brazo y el rostro estaba fisurado, quedando inservible.
Hagi y Diva no notaron el percance, simplemente siguieron con lo suyo. Al menos así fue durante unos segundos. En cierto momento, Hagi separó sus labios de los de Diva. Ella estuvo apunto de creer que le diría que lo que estaban haciendo estaba mal, arrojarla lejos de él e irse, pero para su sorpresa, lo que Hagi hizo fue bajar el cierre del vestido.
Los ojos de Diva quedaron libres. Notó a las muñecas rotas. Vio la vieja muñeca de Saya tirada en el suelo, hecha una lastima. Aunque estaba rota, sus ojos, uno de los cuales era atravesado por una fisura, parecía observarlos. Era como si la misma Saya los estuviera mirando muy de cerca, a los dos. Cualquier otra persona con el mínimo de ética y respeto por lo ajeno, o un mínimo atisbo de moral o conciencia, habría sentido una punzada de culpabilidad en el pecho, retractarse de lo que estaba haciendo y dejarlo ahí, detenerse, y no volver a hablar de ello como si de un sucio secreto se tratase, pero Diva no era así, y en lugar de sentirse culpable, sonrió ampliamente. Sus ojos brillaron con malicia y picardía. Su sonrisa era maquiavélica y venenosa. Había ganado, ahora sólo faltaba arruinar a Saya. Hagi estaba más que perdido. Eso lo notó cuando él terminó de bajarle el cierre, y la aventó con brusquedad a la cama. Ambos se encargaron de despojar del vestido a la joven, quedando en ropa interior.
Cualquier otro hombre, teniendo a una joven así de entregada frente a él, solamente cubierta por su ropa interior negra, de encaje y con ligeros, habría sido una visión de lo más erótica, pero, realmente, Hagi no reparó mucho en ello. Estaba demasiado ocupado... pensando en nada. Era como si… hubiera perdido la razón, estaba fuera de sus cabales, casi actuaba por pura inercia. Algo lo oprimía, y ese algo pugnaba con fuerza, diciéndole que lo que estaba haciendo con Diva era algo natural, algo a lo que, por ser caballero de… (el nombre de Saya simplemente se desvaneció en su mente apenas pronunciada la primera letra), estaba destinado a ser.
"Claro… intenta repetírtelo hasta que te convenzas, al menos, cuando todo termine."
Diva, a quien no le gustaba mucho ser controlada, comenzó a sentirse incomoda ante la presión con la cual Hagi la clavaba contra la cama, así que tomando furtivamente el control, lo empujó, haciendo que la soltara, y poniéndose sobre el. A Hagi realmente no le molestó eso, y aprovechando la posición, se dedicó a desabrochar el sostén de Diva.
La joven, incluso para su sorpresa, y quizá arriesgándose demasiado, decidió poner a prueba a Hagi.
—¿Y Saya?— inquirió mientras se separaba algunos segundos de él, después de besarlo.
Hagi no respondió. No hubo palabras que salieran de su boca, pero Diva supo interpretar su silencio perfectamente. Era como si hubiera dicho: "¿Saya? ¿Quién es Saya?", además, los tirantes de su sostén ya iban a medio camino por sus brazos. Segundos después la prenda yacía tirada en el suelo.
La chica se irguió, sentada sobre Hagi, mostrándose semidesnuda ante el caballero. Este la miró fijamente, pero, no vio nada. Y al decir "no vio nada" no me refiero a que haya desviado la mirada avergonzado, como un puberto de trece años que ve por primera vez a una mujer desnuda, sino que su vista era como si estuviera borrosa, como si sufriera una grave miopía. Por un momento confundió a Diva con Saya.
Saya… el nombre le sonaba, pero en ese momento, no lo recordaba. Diva sonrío al darse cuenta de esto. Hagi estaba totalmente quebrado y perdido en su propio dolor; estaba completamente cegado. ¡Era magnifico! Era como si estuviese bajo el control de un hechizo del que estaba conciente, pero del que le era imposible salir.
Hagi atrajo a Diva hacia él para besarla. Sus besos eran agresivos más que pasionales, algo que contrastaba notablemente con la flemática actitud que el caballero mostraba al mundo, pero algo era seguro; no era la primera vez que Hagi besaba a una mujer, pensó Diva.
Pobre Saya, ella tan ingenua pensado que Hagi le era fiel cuando seguramente había tenido otras mujeres (de una noche, por supuesto). Pero era un alivio para Diva. Ninguno de los dos era nuevo en esto.
A ambos les faltó la respiración y tuvieron que separarse. Hagi entornó los ojos hacia la mujer que besaba, esperando encontrar a cualquier otra, pero se encontró con Diva y su mirada gélida; con su cabello revuelto y sus pupilas brillantes resaltando sobre el maquillaje negro, algo arruinado ya, pero aun así dándole la impresión de estar viendo los ojos de un gato astuto.
Tuvo un pequeño momento de lucidez, una fracción de segundo en la cual se dio cuenta de lo que estaba haciendo y lo primero que pensó fue en irse de ahí.
—No puedo— sentenció. Diva abrió los ojos como platos. Lo veía como si quisiera matarlo, pero la culpa comenzó a abrumar a Hagi y este ni siquiera lo notó. Aun así, la joven reina mantuvo la calma.
—¿Por qué?— inquirió, y sin importarle la opinión de Hagi, abalanzó su rostro sobre él y comenzó a besar su cuello discretamente mientras que con una mano aprisionaba su cabeza.
—¿Por Saya?— le preguntó la joven, susurrando en su oído —Ella no te ama, y jamás lo hará… pero yo puedo hacerlo—
—No está bien— susurró Hagi, quien comenzaba a caer otra vez en el juego de Diva. La muy astuta procuraba pegar sus senos contra el pecho de Hagi y acercar su entrepierna, sólo cubierta por la ropa interior, contra la entrepierna de él, que a juzgar por el contacto, ya podía sentirse un bulto dentro del pantalón, que comenzaba a incomodar a Hagi.
Vamos, que ningún hombre podía resistirse a semejante tacto.
—No te hagas el tonto, Hagi— murmuró Diva con voz picara —Sé bien que tu cuerpo dice lo contrario— y apenas dijo aquello, la joven bajó su mano hasta la entrepierna de Hagi y sobre la ropa, lo acarició. El ligero calambrazo invadió el cuerpo del caballero. Ese peculiar "calorcito" comenzaba a tornarse más intenso conforme pasaban los segundos. Su mente era un caos. Una parte deseaba no hacer eso, abogando inalcanzablemente al hecho de que era incorrecto hacer semejante cosa con la hermana de Saya, pero las sensaciones de su cuerpo comenzaban a invadir su mente como una vaporosa tela cubriendo un jarro, para finalmente tirarlo al suelo y quebrarlo.
Hace años que no estaba con una mujer. Desde antes de que Saya despertara. Aunque intentaba contenerse por respeto a ella, a veces su condición de hombre le exigía satisfacer semejante carga y terminaba por desquitarse con alguna joven, que siempre tenía el mismo perfil; delgada, joven, morena, cabello negro y ojos oscuros. Las insípidas rubias y las ingenuas pecas de las pelirrojas no le llamaban la atención. Nunca encontró a una joven que pudiese sustituir el deseo que sentía por Saya. Había pasado tantas noches deseándola, pensando en la posibilidad de sincerarse con ella y quien sabe… si tenía suerte, que su relación fuera más allá de ama y sirviente, pero eso parecía que jamás cambiaria.
Pero ahí tenía a Diva, la única persona en el mundo más parecida a Saya. Aunque su pálida piel, su largo cabello, sus ojos azules y su traviesa voz diferían con el aspecto de su hermana mayor, era lo más cercano que tenía de poseer a Saya.
Ahora, Hagi sabía que jamás pasaría de ser un sirviente. Era una osadía pensar en algo más profundo con Saya, como en el Zoológico. ¡Que escándalo sería! El que una joven educada y de abolengo se enrollara con un vil sirviente con antecedentes de gitano itinerante… pero ahí estaba Diva, y él no era su sirviente. Ella sólo era una chica más. Sentía que eso le daba cierta libertad de hacer lo que se le diera la gana con ella… a excepción del pequeñísimo detalle de que era la hermana de Saya.
Pero… ¿realmente importaba? Saya había terminado por enrollarse con Solomon, quien era el caballero (favorito) de su hermana menor. Hagi creyó haber escuchado esto de su propia mente, y eso pensó, pero en realidad era Diva hablándole al oído, tratando de convencerlo de su propia postura moral.
—No estás haciendo nada malo, Hagi— le aseguró Diva, rozando sus labios ligeramente contra el lóbulo de la oreja.
—Deja de hacer eso— ordenó Hagi, apartando el rostro. A Diva no le gustó nada semejante desaire, así que para darle un poco más de emoción al asunto, tomó el rostro de Hagi y lo obligó a mirarla.
—¿Hacer qué?— lo miró fijamente —¿Esto?— y acto seguido, lo besó con furia. Diva pensó que Hagi se resistiría, pero fue todo lo contrario. El caballero ni tarde ni perezoso correspondió con el mismo ímpetu.
Era curioso… la agresividad con la cual la besaba, casi como si la estuviera forzando (pues justo en esos instantes, la mantenía fuertemente sujetada del cabello) era más bien como si Hagi estuviese tratando de forzarse a si mismo de no besarla, desquitándose con ella por besarla. Por supuesto, su rara e inútil estrategia no le estaba sirviendo, pero seguramente se trataba más de una fuerte y frustrante pasión contenida que de otra cosa.
Por parte de Diva, no era que le gustara ser el "premio de consolación", pero hacer caer en tentación al caballero más fiel que jamás existió era alimento puro para su vanidad, y además… no pretendía quedarse así siempre. Su propósito no era otro más que el de dejar a Saya completamente sola hasta que no tuviese otra compañía más agradable que su propia muerte… y además, necesitaba bebés, y él único que podía dárselas, era Hagi.
Los retos siempre le habían gustado, sobretodo cuando sabía que los tenía ganados. Estuvo segura de ello cuando Hagi llevó sus manos a las pantaletas de ella y se las quitó rápidamente, para después arrojarlas sin mucha importancia a algún punto de la habitación.
Ahora que Diva estaba completamente desnuda, era el turno de Hagi. Él no la miró. No tenía nada que no tuviera otra. Admirar su cuerpo lo tenía sin cuidado. Había visto desnuda a Saya en varias ocasiones, cuando despertaba de su hibernación, así que ver desnuda a Saya era como ver desnuda a Diva.
Ella no le tomó el mínimo de importancia y bajó el cierre del pantalón de Hagi. No supieron muy bien en que momento sucedió, pero de pronto Hagi también quedó desnudo. No había pudor por parte de ninguno de los dos, tampoco se detuvieron a mirar el cuerpo del otro, ni siquiera se miraban a los ojos, sólo se besaban, aprisionaban la cabeza del otro con sus manos, y Hagi de vez en cuando acariciaba la espalda de ella.
Aquello parecía más una guerra entre dos amantes despechados y enojados, que dos personas que se deseaban.
El caballero estaba sentado y ella estaba sobre él. El cuerpo de Diva se sentía terso, suave y menudo. Su pequeña espalda y su angosta cintura era algo agradable de tocar. Hagi casi la sentía escurridiza, como si en cualquier momento se le fuera a escapar de las manos. Con este extraño pensamiento la aprisiono más contra si para después bajar sus manos a sus glúteos.
Diva no espero más. Decidió no seguir con más preámbulos. No era necesario. Ambos estaban listos, y ninguno estaba dispuesto a jugar a que se amaban o algo parecido, así que ella se levantó un poco, y Hagi entendiendo claramente el mensaje, así que la penetró con fuerza. No tuvo cuidado alguno, sabía que no era necesario.
De la boca de ambos salieron unos pocos gemidos, y Diva tuvo que sostenerse de los hombros de Hagi para tomar algo de control en la situación.
Hagi se nubló. ¿Saya? ya ni se acordaba. Como suele sucederles a todos los hombres, la excitación los convierte en cavernícolas incapaces de pensar, limitados a sólo sentir. Diva no perdió el tiempo, y de inmediato, comenzó a mecerse sobre Hagi con rapidez.
No hubo demasiadas caricias, tampoco palabras bonitas ni estúpidas cursilerías. A ninguno de los dos les gustaban esas cosas, así que mejor ir al grano. Una pequeña discusión, un par de jalones de cabello y un poco de dolor. Diva tenía relativamente algún tiempo sin mantener relaciones, así que la brusca entrada en su cuerpo le provocó un una ligera punzada de dolor en la entrepierna. Hasta cierto punto, aquello intensificaba su excitación, pero si aumentaba terminaría por cachetear a Hagi, y el pobre, controlando el cuerpo de Diva, tomándola con fuerza por los glúteos y embistiéndola con fuerza, finalmente rozó el límite de Diva.
Si había algo que ella odiaba, era sentir dolor.
—¡Imbécil!— vociferó la joven al tiempo que le propinaba una fuerte cachetada a Hagi —¡Ten más cuidado!— le reclamó iracunda.
El desconcertado caballero se quedó unos momento con el rostro hacia un lado, sin entender a que venia eso. Después, la indignación se hizo presente. Sentía sus emociones a flor de fiel; se sentía casi incapaz de controlarse. En cualquier otra situación hubiera reaccionado al golpe con tranquilidad y serenidad, hubiera comprendido la reacción, pero el ardor que palpitaba en su mejilla golpeada parecía intensificar la furia que de pronto se había apoderado de él.
Seguramente era la excitación.
Hagi no lo pensó mucho; una presión abrumadora se concentró en las paredes de su cabeza, tomó a Diva por los hombros y la arrojó bruscamente a la cama. Ella cayó de espaldas, confundida. Por un momento no supo qué había pasado, pero cuando recobró la lucidez vio que Hagi ya se había separado de ella. Le dio la espalda y se levantó para después tomar su pantalón, el cual estaba tirado al pie de la cama. Sin más, comenzó a ponérselo.
Diva arrugó el entrecejo y sin pensar siquiera en cubrirse, le habló, claramente molesta.
—¿Qué haces?— inquirió, más como un reclamo que otra cosa. Hagi ya terminaba de abrocharse los pantalones.
—Me voy— le dijo, sin voltear a verla.
—¿Qué? ¡¿Cómo que te vas?— le gritó indignada. Hagi no respondió, se limitó a buscar su camisa para después comenzar a ponérsela, pero Diva se lo impidió ya que saltó de la cama y lo empujó con fuerza.
—No te puedes ir. No hemos terminado con esto—
—Pues para mí sí. Ha sido suficiente— contesto él, mientras se abrochaba los botones de la camisa.
—¿Así lo haces con todas las mujeres?— preguntó la joven cruzándose de brazos —Mi hermana tiene suerte. Eres un pésimo amante… al menos Solom…— pero antes de que pudiera terminar de decir algo, Hagi la agarró bruscamente del brazo y la atrajo hacia él. Su mirada se posó sobre ella, más penetrante que de lo normal. Sin duda estaba furioso.
—No estoy de humor para tus bromas— pero no mantuvo sujeta a Diva por mucho tiempo, pues la joven de inmediato forcejeó con él y se soltó —Fue suficiente— repitió —Para empezar esto nunca debió suceder. Ahora tienes lo que querías, así que déjame en paz— exigió. Su voz sonaba más grave de lo usual y las palabras salían de su boca duras y frías.
—Pues esta no era la idea que tenía en mente— argumentó caprichosamente la joven.
—Pues lo siento— dijo al tiempo que terminaba de abrocharse la camisa —Mejor búscate a uno de tus caballeros para que te cumpla los caprichos. Yo no pienso darte gusto—
—Sí, ya me di cuenta— contestó la joven con tono sarcástico. Hagi procuró no hacerle caso y limitarse a salir de ahí… pero dudaba. Las cosas aun no estaban claras, y tanto él como Diva habían acabado en malos términos… corría el riesgo de que la joven, probablemente por despecho, le dijera a Saya lo sucedido. Al final de cuentas, se había acostado con ella, aunque hubiese dejado las cosas a la mitad.
—¿No te estabas yendo?— inquirió la joven al ver como el caballero se quedaba con una mano sobre la perilla de la puerta, sin atreverse a abrirla —¿O es que cambiaste de opinión?— dijo, pero sin picardía en la voz. Si ese era el caso, el muy imbécil podía quedarse con las ganas.
—Diva…— Hagi levantó la cabeza, y miró a la aludida —No puedes decir nada—
—¿Ahora tú me vas a dar ordenes?— exclamó Diva arqueando una ceja. Después caminó hacia Hagi, sin importarle que siguiera completamente desnuda.
—¿Qué no diga nada?— Diva se paró junto a él —¿Por qué habría de hacerte ese favor?—
Hagi refunfuñó un poco. ¡Hacer entender a esta niña era tarea imposible!
—Ni a ti ni a mi nos conviene que esto se sepa—
—¡No me digas! Pues en todo caso para ti. Tú fuiste el que se acostó con la hermana de tu reina— argumentó la chica con una seguridad que Hagi terminó por romper.
—Si Saya se entera se volverá loca y no dudará en matarte… y además, ¿Qué diría Amshel si se entera?— los ojos de Diva se abrieron ligeramente y sin pensarlo descruzó los brazos. No había pensado en eso, pero intentó disimular.
—Amshel no tiene porque decir nada. A él esto no le incumbe—
—¿Enserio? Sé muy bien que a Amshel no le gusta compartirte con los demás caballeros, y el saber que te acostaste conmigo lo enfurecerá—
—Pues en todo caso se iría contra ti—
—Después de todo era Amshel quien te tomaba a la fuerza mientras estuviste encerrada en la torre—
—¡Eso no es cierto!— replicó Diva.
—¿Entonces lo hacías por gusto?— Diva se quedó callada. ¿Qué podía decir? Le repugnaba la idea de darle la razón cuando no era verdad.
Amshel siempre le había dado asco. Pasó años abusando de ella mientras estuvo en la torre. No era más que un viejo raboverde que la tomó a la fuerza apenas cumplidos los trece años, y después, con aras de investigación, la obligó a mantener relaciones con otros humanos, los cuales generalmente terminaban muertos en sus manos. Cuando se dio cuenta de que era capaz de matar, la siguiente ocasión en la cual Amshel se atrevió a tocarla, ella le desgarró la yugular, e impulsada por un instinto natural al verlo al borde de la muerte, le dio de su sangre, convirtiéndolo en caballero… y jamás volvió a tocarla sin su consentimiento.
—Para empezar esto ni siquiera debió suceder— repitió Hagi, sintiéndose ligeramente culpable por cómo había atacado a la joven, y al mismo tiempo sacándola de sus pensamientos, y tratando de disimular, ella respondió.
—Pues sucedió—
—Y no se volverá repetir— sentencio Hagi con hostilidad.
—¡Bien, pues vete! ¡Largo de aquí!— vociferó Diva abriendo la puerta y sacando a Hagi a empujones. Lo dejó fuera, le arrojó en la cara el resto de su ropa y le cerró la puerta en las narices.
El caballero se quedó unos momentos aturdido por el portazo, preguntándose si aquello era una absurda y barata comedia para hacer reír al destino, pero de inmediato se dio cuenta de que era un peligro quedarse parado fuera de la habitación de Diva como un tonto y a medio vestir. Cualquiera podía verlo y no se necesitaba de mucha deducción para imaginarse lo que había pasado y acusarlo, así que fue a su habitación a toda prisa. Ya tendría tiempo para pensar en lo que haría.
Saya no podía enterarse de nada. No podía perder tantos años invertidos en ella para que todo se fuera al carajo por un acoston.
Mientras tanto, Diva se quedó con la oreja pegada a la puerta. Intentó escuchar algo, pero sólo pudo oír los pasos de Hagi alejándose. Cuando estos desaparecieron, la joven se dio la media vuelta y recargó su espalda contra la puerta. A través de la ventana alcanzó a ver el cielo, que ahora era de un color azul, pesado y opaco. Eso indicaba que estaba amaneciendo, pero aun no se atrevían a salir los primeros rayos de sol.
Cansada, dejó que su cuerpo poco a poco descendiera hasta el suelo y se quedó medio sentada en el, decepcionada, maldiciendo en mil idiomas que todo se fuera al carajo.
Hagi era un idiota, y ahora tampoco tenía bebés.
Pero lo haría pagar. No hoy ni mañana, pero pronto… después de todo, desde un principio, el principal objetivo de su hazaña, era destruir a todo aquel que estuviese a su alrededor, ¿y por qué? porque se lo merecían, todos; porque todos siempre habían sido, en algún momento de sus vidas, más felices que ella.
Tengo dos palabras que decir: ¡ME ENCANTO! ¡Carajo! ¡Me gustó tanto cómo quedó la escena lemmon! aunque estoy segura que más de uno quiere tomarme del pescuezo y partirme en dos la traquea por haberles traído una escena erótica que estuvieron esperando durante dos años, y que resultó bastante anémica, ¡pero a mi me gustó tanto!
¡Me siento malvada! A Hagi lo "bajé del guayabo" tan patéticamente que casi me duele. Explicando esto: sé que esperaban algo que hasta calor diera, pero no. Me costó horrores escribir ésta escena y la hice una y otra y otra vez, pero simplemente no terminaba de convencerme. Llegué a la conclusión de que ese par no podían ser retratados como dos amantes deseándose mutuamente, sino como dos personas despechadas y dolidas que se desquitan con el otro, y al estar juntos, también se desquitan con todos los demás, e interrumpirlos abruptamente fue la forma más… ¿cómo decirlo? ¿Real? de retratar una relación sexual entre ellos sin acercarse tanto al OOC.
Tampoco quería sobrepasar la línea entre lo erótico y lo vulgar, y no soy mucho de hacer lemmons; estuve apunto de desistir, pero no podía fallarles, así que, esto es lo mejor (y lo que me pareció más adecuado) para darles.
En cuanto a Kai, sobrevivió, pero aun le tengo un par de sorpresas guardadas, y en cuanto a Saya… bueno, se los dejó a la imaginación.
Espero les haya gustado; tomatazos y mentadas de madre, adelante. Sé que no era lo que esperaban, pero hice mi mejor esfuerzo.
Me despido
Agatha Romaniev
