Irracional
Entró a su habitación, cerró la puerta con llave (se cercioró de que estuviera realmente cerrada) y después fue a sentarse con tranquilidad al sillón, como si fuera cualquier otro día. Incluso su expresión era tan pétrea como siempre. Lo único que denotaba algún tipo de angustia eran sus dedos, que se golpeaban y rozaban unos contra otros.
Estaba amaneciendo. Unos muy tenues rayos de sol comenzaban a filtrarse entre las cortinas cerradas, dándole a la habitación un aspecto de luz agónica, mientras Hagi se dejaba caer en el respaldo de la silla, ahora con expresión cansada.
Ya no había excitación alguna en su cuerpo, como si no hubiera pasado nada, o tal vez simplemente la ignoraba. Se quedó viendo hacia enfrente con indiferencia, pero pasados los segundos dejó caer su rostro, deteniéndolo con sus manos, y sin fuerzas, sus codos tuvieron que ser recargados en sus rodillas. Sentía que la cabeza se le iba a desprender del cuerpo. Una lucha encarnizada comenzó dentro de su mente, algo que el grueso de la humanidad denominaba como conciencia, o cargo de conciencia, siempre inoportuna e incomoda.
—¿Qué hice?— se reprochó el Caballero, susurrando casi con temor, como si tuviera la sensación de que lo observaban o lo escuchaban. La respuesta a su pregunta no salía de su boca, incapaz ahora de hablar. Sólo tuvo una respuesta que resonó en su mente y que aunque sabía era la correcta, no le terminaba de gustar, mucho menos de satisfacer.
¿Para qué se hacía el tonto? se dijo. Se había acostado con Diva. Punto. No había otra palabra para describir aquello, a menos claro, que quisiera profundizar en los elementos y aspectos que formaban aquello, y no en cuanto al sexo o las acciones realizadas sobre una cama y con alguien, literalmente, prohibido, sino que más que acostarse con otra, acostarse con Diva, especialmente ella, era equivalente a una traición hacia Saya.
Casi de inmediato Hagi quiso justificarse tratando de convencerse a si mismo de que sólo se había tratado de un desliz. Un simple y descuidado desliz, un momento de debilidad. A cualquiera le puede pasar, ¿no? Lo había detenido a tiempo, sólo había sido un momento, pero apenas pensó en ello, los recuerdos de lo que había hecho con Diva pasaron por su mente tan detalladamente que incluso comenzó a sentir un calorcito en todo el cuerpo que le provocaba ansiedad. Era como si lo estuviera repitiendo. Enseguida la vergüenza y la culpa lo invadió, como reprochándole por sentir aquel placer por el sólo hecho de recordarlo. Después todo se volvió confuso y una vocecilla, muy parecida a la suya, dentro de su mente, le dijo que aquello había sido más que "sólo un momento", o un simple desliz. Trató de volver a excusarse –casi como si estuviese hablando con alguien más, en silencio- de que no era tan grave, basado en el pobre pretexto de que ni siquiera había terminado el asunto, que no se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. La cosa en realidad era diferente y ni siquiera él mismo podía negárselo: lo había hecho porque había querido, por muy despechado o celoso que se sintiera.
Si había dejado el asunto a la mitad es porque Diva le había dado un cachetadón de aquellos y la frustración que sintió fue tanta, que no pudo seguir. Hay quien es masoquista, pero él no tanto. Se había indignado, estaba ofendido y sin duda, Diva había herido su ego. Aquello era la verdad, pero como en aquel momento mentirse a si mismo y fingir demencia era el mejor método para aliviar la carga, trató de convencerse de que lo había hecho por Saya, porque se había dado cuenta, a mitad de todo, de lo que estaba haciendo.
Estaba mintiendo como un cerdo. Saya no pintaba nada aquí; ni siquiera repasando el reciente acontecimiento lograba recordar si hubo algún momento en el cual pensara en Saya. Aun así, a pesar de lo que había hecho, ella seguía siendo todo para él… y tal parece que también sus parientes. La frustración de aquellas contradicciones que salían a flote dentro de su mente lo hizo gruñir.
—Yo no quería— se dijo Hagi en un intento desesperado por justificarse.
Aunque claro, Hagi no recordaba haberse quejado; no era como si Diva lo hubiera obligado. Torció la boca y roló los ojos con cierto fastidio y vergüenza. Y si se atrevía a ser honesto, ¿por quién sentía tanta culpa? ¿Por Saya? ¿Por Diva? ¿O por ambas?
—Por Saya— se respondió de inmediato, cayendo fervientemente en la cuenta de que le había sido infiel.
¿Infiel? Se dijo después, decidido, casi enojado. ¿Infiel a qué? No era como si tuviera algo con ella. En realidad, tenía toda la libertad de un hombre soltero. Quiso tomar aquello como una verdad, que para cualquier otro habría sido más que suficiente para dejar de atormentarse, pero entonces Hagi se dio cuenta que el estar enamorado de alguien, independientemente de si se es correspondido o no, exista algo o nada entre ambas partes, automáticamente ese sentimiento te convierte en una especie de esclavo o prisionero de aquel objeto de amor. Pero la realidad es que podía meterse con quien se le diera la gana.
Claro, no era tampoco muy bien visto, ni moral, que se metiera con la hermana, o si quería un poco más de esperanza, la posible cuñada. De pronto le perturbó el hecho de que estuviera pensando más en Diva que en Saya.
No podían culparlo, no del todo; la chica tenía su encanto, ¿verdad? Estuvo tentándolo todo el tiempo, era de esperarse que tarde o temprano caería. Nadie podía tener tanta fuerza de voluntad, ¿o sí?
—No podré volver a ver a Saya a los ojos— suspiró con angustia, echándose contra el respaldo del sillón y quitándose los mechones de cabello del rostro, que ya comenzaban a molestarle. De pronto el aroma de Diva salió desprendido de su cabello alborotado, impregnado en él, como un fantasma. Para cuando acordó, se dio cuenta de que estaba disfrutando del aroma de Diva, que se había quedado saturado en su ropa, en su piel y su cabello.
Y entonces se dio cuenta de que realmente la deseaba. La deseaba tanto como deseaba a Saya… sólo que a Saya la amaba. Quería pensar, y estaba seguro de ello, de que su atracción por Diva era algo instintivo, predestinado a que así fuera, igual que como los humanos sienten una atracción natural por el sexo opuesto, buscando, inconcientemente, reproducirse. Después de todo era su destino como Caballero.
Al menos eso quería pensar, porque hasta ahora no había visto mucho… deseo, por parte de los Caballeros de Diva hacia Saya, a excepción claro, de Karl –quien en realidad tenía más bien una obsesión enfermiza hacia ella, aunque era muy parecido- y por supuesto, Solomon, quien, y tenía que aceptarlo, estaba realmente enamorado de ella. De Amshel a veces había sospechado, pero Hagi sabía muy bien que el tipo era un cerdo.
A pesar de todo, no podía negar, no ahora, el hecho de que deseaba imperiosamente a Diva.
—Me niego a creerlo— se dijo de pronto, tratando de apartar aquellos pensamientos e ignorar aquellas emociones.
Pero no porque ignores una cosa significa que esta no este ahí…
Y como no podía ignorarlo y de hecho, lo que estaba haciendo era tratar de poner en claro su cabeza, siguió escarbando dentro de ella, por mucho que lo decepcionara o lo angustiara. Se preguntó por qué había llegado a ese punto. ¿Por qué tanta atracción por Diva, así de pronto? ¿De verdad había sido algo reciente, o era algo que había estado latente, esperando el momento adecuado para manifestarse?
Y cómo no, tal vez fue la atención. Saya y él eran muy cercanos, claro, pero siempre había una barrera casi impenetrable que los separaba, esa barrera que en algún punto de sus vidas, Saya había elevado y él había reforzado sin chistar ni dudar, porque eso era lo que ella deseaba. Con Diva, antes de aquel acuerdo que jamás debió haber hecho con ella, no había cruzado más de dos palabras. Un saludo en el Zoológico poco más de un año atrás, pero de pronto esta chica aparecía, buscando una tregua y pidiéndole ayuda… y él accedió. Se dio cuenta de que siempre había estado accediendo, que su traición hacia Saya era desde mucho antes, desde antes de que se acostara con su hermana.
Después vino lo bueno; Diva comenzó a mostrar un interés inmediato hacia él. No sabía si era fingido o sincero. Lo visitaba en las noches, ella hablaba y él escuchaba, y ahora no podía recordar de qué iban sus charlas. Las solitarias noches velando el sueño de Saya disminuyeron y dieron paso a aquellas visitas nocturnas. Diva se había interesado por él, ¿por qué? no lo sabía, ni le iba a preguntar. Simplemente lo había hecho. La atención, sin duda, fue algo halagador y quizás ahí residía toda la trampa de Diva; su encanto natural, peligroso pero atrayente, incluso más carismático que el cariño que podía despertar Saya en las personas.
Había encontrado en Diva lo que no había encontrado en Saya: interés. Tal vez fue por eso que terminó cayendo irremediablemente en sus redes, y ahora luchaba desesperadamente por liberarse de ellas. Había hablado las últimas semanas con Diva mucho más de lo que había hablado en años con Saya.
Estaba solo. Solamente tenía Saya, y era más su esclavo que otra cosa. Por primera vez en mucho tiempo, alguien lo vio como –o eso le gustaría creer- algo por encima de un esclavo sin voz.
Diva también estaba sola. Ambos estaban solos. Eso era lo que los había unido y lo que los atraía mutuamente. Nada más.
Hagi entonces creyó encontrar la respuesta. No era ninguna excusa para lo que había hecho, pero el saberlo le dio una sensación de alivio. Como el alivio que se siente al descubrir el origen y el por qué de una mentira, aunque eso no pueda hacer nada para remediar el daño hecho.
Se relajó. Su mente quedó en blanco por unos momentos y le resultó agradable, pero aquella sensación se desvaneció apenas se dio cuenta de que era gracias a Diva.
Momentos después aceptó que se arrepentía amargamente por no terminar el asunto.
La noche de Halloween recorrió la ciudad de Nueva York dolorosamente rápida para los que habían decido salir a festejar y terminaron volviendo la cena en una mescolanza de alcohol y jugos agrios, para despertar con un dolor de cabeza de aquellos y algunos sin saber dónde estaban o cómo habían llegado ahí. Otros simplemente no despertaron, carbonizados en sus autos al chocar con algún ebrio al volante y cuyas muertes tapizarían al día siguiente el centenar de periódicos amarillistas que se vendían en las aceras de la ciudad. Algunos rebeldes adolescentes saldaron las cuentas con sus hormonas y su ira al mundo arrojando huevos a los autos, a las casas y envolviendo edificios con papel de baño. La policía no tuvo tiempo de festejar, pues los más dedicados no pudieron llevar a sus hijos a pedir dulces y se dedicaron a arrestar a los pocos jóvenes antes mencionados que pudieron atrapar, o levantaron multas a conductores ebrios o que, en el furor de la fiesta, se les había hecho fácil saltarse las reglas de transito. Los más flojos se dedicaron a pasar su turno nocturno en la estación, mirando alguna película de terror de los 80's.
Los religiosos más fanáticos se mantuvieron resguardados en sus casas, protegiéndose del Diablo, quien según ellos rondaba ahí afuera, y los más lunáticos salieron de sus casas leyendo histéricamente la Biblia y gritando a los niños disfrazados si eran hijos de Dios o del Diablo, bajo la mirada desdeñosa de los padres de familia y los hermanos mayores que habían sido obligados a acompañar a los pequeños.
Aparentemente, fue una noche de Halloween como cualquier otra. Divertida, extravagante, sin dormir, con sus tragedias, pero sucedían todos los días, así que a nadie llamó la atención nada. Aunque para muchos la noche se pasó con rapidez y ahora esperaban la llegada de la tan ansiada y rentable Navidad y se preparaban para quitar los adornos y artículos de Halloween para sustituirlos por figuras de Santa Claus, renos y esferas de navidad, para Saya la noche pasó terriblemente lenta, casi eterna, en completa angustia y espera.
Mao le prestó a Saya un pantalón de mezclilla, una blusa blanca junto a un suéter negro que hacia tiempo ya no usaba, para que pudiera quitarse ese vestido ensangrentado. También le prestó un par de tenis que le quedaron un poco apretados, pero que aun así aceptó de buena gana. Se podría decir que la chica ni siquiera se dio cuenta a qué hora se cambió de ropa ni se ató los cordones. Nadie pasó desapercibido el estado en el cual se encontraba la joven; una especie de shock conciente, como si de pronto se hubiese visto inmersa en una mar flotante.
Después de disculparse casi histéricamente unas cinco veces más y de cambiarse de ropa, Saya no tuvo las agallas de volver a la sala y confrontar a su viejo bando, quienes a pesar de no recriminarle nada, habían perdido un poco la confianza en Saya, y ella lo sabía. El Escudo Rojo no sabía si la chica volvería con ellos o regresaría con Diva. Tampoco sabían si, en caso de regresar con su hermana, los delataría, ya fuera voluntariamente o quizá por medio de tortura, aunque eso ultimo lo dudaban. Mao creía fervientemente que el alma de Saya aun no estaba tan dañada. Desde su punto de vista, seguía siendo la misma chica ingenua, decidida y atenta, sólo que un poco más confundida que de costumbre.
Mientras se cambiaba de ropa, Saya pudo escuchar la pequeña conversación de sus conocidos y se percató de que la ex novia de su hermano la defendía a capa y espada. No tuvo fuerzas para sonreír, porque sentía que no merecía aquel gesto.
Pudo haber ido rápidamente, pero como cualquier otro ser humano (quizás en un intento de volver a sentirse como uno) Saya salió de la habitación y se pasó a la de enfrente, donde se encontraba Kai, aun inconciente. En la sala, al escuchar a Saya salir, se callaron dejando la conversación a la mitad.
—Ha ido a ver a Kai, seguro— murmuró Lewis con gesto un poco decaído.
—Espero que no nos haya escuchado— comentó en voz baja Okamura, acercándose al grupo reunido en la mesa.
—Claro que nos ha escuchado— sentenció David, haciendo con sus dos manos un puño en el regazo, soportando las ganas que de pronto tuvo de ir a la licorería de la esquina.
Dentro de la habitación, Saya se encontró con Kai, acostado en la cama, conectado a una intravenosa e inconciente. Julia detuvo lo que fuera que estuviera haciendo para ver a la chica, estuvo apunto de saludarla, pero Saya se le adelantó.
—¿Cómo está Kai?— preguntó con voz débil, casi inaudible, y Julia de hecho no la escuchó, pero no lo necesitó para saber qué era lo que la chica había dicho.
—Estable— contestó con tono amable, mientras Saya caminaba lentamente a la cama. Se sentó en la orilla y miró a Kai, encorvada y decaída, como si fuera ella la enferma.
—¿Va a despertar?—
—Seguro que sí. Podría saberlo con más exactitud si tuviera el equipo necesario, pero… bueno, todo fue muy improvisado— dijo la mujer, acercándose lentamente a la chica. Sus tacones sonaron tenues bajo el suelo y el sonido tranquilizó a Saya. Era familiar.
—Debe ser difícil, ¿no? Estudiar medicina— dijo Saya de pronto, sin voltear a ver a la doctora. Por otro lado, la aludida frunció el ceño, un poco confundida por la pregunta.
—Es exigente, pero si te gusta se vuelve más sencillo— respondió, súbitamente recordando con nostalgia sus años en la facultad de medicina, las noches en vela estudiando una y otra vez los libros de neurología, anatomía, y por supuesto, los tortuosos exámenes. Se le antojaron lejanos, a pesar de que sólo tenía 33 años.
—Yo estaba pensando en estudiar medicina— dijo de pronto Saya —aunque también me pasó por la cabeza dedicarme al atletismo. Era buena en el salto de altura—
—Lo sé— murmuró Julia, quien había tenido conocimiento de todos los movimientos y actividades de la chica desde su despertar, hace dos años y medio… de hecho, ahora que lo pensaba bien y hacia cálculos, sólo faltaban algunos meses para que la hibernación natural de la joven volviera a su curso.
—¿Y tú cómo estás?— le preguntó Julia, con voz gentil.
—Peor que ayer— contestó Saya casi de inmediato. Julia se dio cuenta de que la conversación no daría para más, y hacia mal tercio ahí.
—Te dejo sola con él— murmuró caminando a la puerta. Posó su mano en la perilla, pero antes de darse cuenta ya se había volteado y le había pedido a Saya que la mirase. La chica, sorprendentemente, lo hizo.
—Vuelve con nosotros, Saya— pidió Julia, y el gesto de Saya fue casi imperceptible, aunque imposible de interpretar. —Yo también los traicioné una vez, pero volví. Tú deberías hacer lo mismo— y sin esperar respuesta alguna (sabía que no habría una en ese momento), Julia salió de la habitación.
Saya se quedó sentada, mirando como tonta la puerta ahora cerrada y sola por completo en aquella habitación, a excepción de la presencia de su hermano, que en su aparente integridad, parecía no estar completo del todo, como si su esencia o su alma se hubiesen ido y sólo quedara de él su cuerpo vacío.
Saya miró al pequeño reloj que estaba en un de los burós. Eran las siete de la mañana y el otoño aun permitía que el sol saliera a tiempo, aunque apenas la mañana se clarificaba. Los rayos pasaban a través de las cortinas con debilidad, y a pesar de que la luz estaba prendida, Saya sintió el cuarto oscuro, al igual que su hermana, encerrada en su habitación allá en los Hamptons, aun lamentándose por el fallido encuentro con Hagi, aunque Saya no lo supiera.
¿Volver? se preguntó en voz baja la joven. ¡Claro que quería volver! Lo ansiaba desde hace semanas, de hecho, lo ansiaba desde el primer día que se fue, pero cuando lo hizo, ya no tuvo el valor de rectificar, y cuando cruzó las puertas de la mansión donde vivía su hermana y el cual sería su nuevo hogar, sintió que ya no tenía fuerzas para volver sobre sus pasos. Era como si hubiese cruzado la puerta a otro mundo o a otra dimensión, y necesitaría de alguna Bruja Buena para ayudarla a regresar a casa o de un par de zapatillas rojas, pero sólo tenía un par de tenis que no le quedaban y la única bruja en esa casa era Diva, y no era especialmente bondadosa.
¿En qué estaba pensando cuando se fue? Estaba furiosa, estaba enojada con Kai y lo último que quería era verlo. De pronto Hagi le abrió los ojos y le dijo que una vez que la guerra terminara y que ella matara a Diva, los monstruos que quedarían serian ella y él. Sin duda su cabeza se convertiría en una cuestión política y de seguridad y sería reclamada por la misma gente a la que había ayudado. En el mundo pequeño y calculado de los humanos no se podía esconder para siempre una joven inmortal como ella. Por eso había decidido morir a manos de Hagi cuando todo terminara, pero incluso aquella decisión, por muy firme que fuera, la angustiaba y le causaba una sensación de desasosiego terriblemente dolorosa. Después apareció Diva, casi como si lo supiera, y le ofreció una tregua. Sin daño al Escudo Rojo, ninguna de las dos tenía nada que ver con el asunto, fuera cual fuera, detrás del cual estaba Amshel, su farmacéutica y aparentemente el gobierno de los Estados Unidos. ¿Seguir peleando? Ya no tendría que hacerlo. ¿Seguir viendo a su gente morir? Tampoco. Sólo tenía que irse con ella, recuperar el tiempo perdido, al final de cuentas eran hermanas, ¿no?
Saya pensó entonces que tal vez, estando tan en contacto con su hermana, podría convencerla de rectificarse, de convencer a Amshel de cancelarlo todo. Al final de cuentas Diva lo único que quería era estar con su hermana y sus hijas, y una vez que la tuviera, ya no tendría que formar un mundo de quirópteros para estar juntas, podría abrirle los ojos y hacerle ver que los humanos no eran tan malos como ella creía, ¿pero qué hizo? No hizo nada. En los meses que vivió con ella no movió un solo dedo. ¿Por qué no lo hizo? Se preguntó Saya.
Había estado inmersa en una eterna sospecha, no sabía exactamente de qué ni por qué ni con quiénes, ni quería pensar en ello porque la lastimaría demasiado. Había demasiada gente en esa casa. La enorme mansión parecía diminuta, con cada espacio ocupado y a reventar por las extrañas personalidades e intenciones (no siempre buenas) de cada uno de sus habitantes. Simplemente la había abrumado y se dio cuenta de que los últimos meses los había pasado como flotando en un limbo o en un mundo sin nombre.
Tal vez Hagi se había equivocado, Diva también, y ella también. ¿Podría regresar? ¿Podría ver a la cara a Kai cuando este despertada, convertido en quiróptero, con su tiempo detenido? ¿Podría verlo a los ojos sabiendo que lo había condenado a una vida de espera e inmortalidad solitaria? Ya había condenado a ello a Hagi, también a Riku, pero incluso este fue afortunado de sólo vivir unas cuantas semanas en aquella inhumana condición, aunque su muerte hubiera sido horrorosa, en cambio Hagi… bueno, ella sabía que sufría.
Diva solía decir que los humanos debían ser alguna clase de error de la naturaleza… tal vez los quirópteros también lo eran. Todos eran una aberrante desviación.
No tuvo tiempo de preguntarse más si podría ver a Kai a los ojos, porque mientras se hallaba con las manos cubriendo su rostro y escondiendo su gesto de angustia, con el cabello enmarañado y encorvada como una vieja, un quejido la distrajo. Era Kai, quien había comenzando a mover sus manos y a respirar con más rapidez, y bajo sus parpados podían verse los ojos moverse de un lado a otro, tratando de abrirlos, pero era como si los tuviera sellados.
Saya no tuvo las agallas de mirarlo.
Un grito extraño pero estremecedor sobresaltó a todos los habitantes del departamento. Era como el grito de un recién nacido luchando por llenar sus pulmones. Sin duda era Kai, y Julia fue la primera en correr a la habitación, seguida por el resto.
Dentro de la habitación encontraron a Kai, erguido en la cama, más despierto que nunca, tocándose todo el cuerpo como si buscara algo con desesperación, murmurando que no estaba muerto.
—¡¿Qué me pasó?— gritó, exigiendo una explicación —¡Creí que moriría! ¡¿Qué pasó?— Mao y Julia se acercaron a él rápidamente, y la doctora estuvo apunto de explicarle los recientes acontecimientos, aunque un poco sorprendida de que el chico hubiese despertado tan rápido, a diferencia de Riku, quien había tardado varios días.
—¿Dónde está Saya?— exclamó David, mirando por toda la habitación.
—¿Saya?— murmuró Kai, confundido, pero David no contestó mientras los demás la buscaban por la habitación. El hombre se había percatado de que la ventana estaba abierta y las cortinas se movían lentamente bajo a la brisa matutina. Corrió hacia ella.
—¡Saya!— vociferó con todas sus fuerzas, pero nadie respondió. Siete pisos abajo, escondida entre el espacio de un edificio a otro, se encontraba Saya, quien había escuchado el llamado, pero no salió.
Cuando se percató de que Kai estaba despertando, se levantó corriendo y saltó por la ventana. Con la mente nublada y débil, muerta de hambre, la joven cayó sobre sus piernas y apenas pudo evitar que su cabeza se golpeara, pero su caída y aterrizaje fueron descontrolados y no confió los suficiente en sus ya mermadas fuerzas, y terminó con una fractura expuesta de la tibia y el perone de su pierna izquierda y una muñeca rota. Como pudo, se arrastró, saltando sobre un pie y medio arrastrándose, con una pierna y una mano inservible, y se escondió durante unos momentos, mientras esperaba que sus heridas se regeneraran.
El dolor era atroz, le nublaba la mente, pero se mordió el labio para no gritar ni gemir y sintió que su cabeza explotaría en cualquier momento. Comenzó a marearse y el hambre empezó a carcomerle el estomago, como si las heridas hubiesen mandando un mensaje de que el cuerpo se alimentara para poder sanar.
—¡¿Está bien?— un hombre se acercó a ella con gesto asustado. Era el guardia de la entrada del edificio de departamentos, y había visto caer a la chica. Por el pequeño charco de sangre que dejó en el suelo, supo que se había herido, pero se había quedado paralizado con la escena y sólo hasta que la chica se alejó torpemente fue que reaccionó y la siguió.
—¡Santo Dios!— gritó el hombre al ver la pierna de la chica, con un gran trozo de hueso sobresaliendo entre la piel abierta y la ropa rota, ensangrentada. Se acercó a ella para socorrerla y tomó su celular para llamar a emergencias. Dio la dirección donde se encontraba y su nombre, y cuando colgó, se inclinó frente a la joven herida para intentar detener la hemorragia.
—No se acerque— murmuró Saya con la cabeza gacha y voz extraña, pero el hombre no le hizo caso, seguro de que se trataba de una chica trastornada que había intentado suicidarse y que milagrosamente había sobrevivido.
—¡No se acerque!— volvió a pedir, pero su voz adoptó el tono de un gruñido gutural y escuchó, como si estuviera dentro de sus oídos, el sonido del corazón latente del hombre, bombeando sangre.
El hombre, un poco sorprendido y asustado por el tono de voz, la miró. Saya levantó la cabeza, y lo único que el hombre alcanzó a ver fueron un par de ojos intensamente rojos, como dos cráteres llenos de lava ardiente apunto de estallar, y Saya, quien ya no era del todo ella, se abalanzó sobre él mordiéndole el cuello como una leona atrapando a su presa, y le desgarró la yugular.
¡Fuck yeah! Este es mi regalo del día de los Reyes Magos, y espero les haya gustado el capitulo. Les dije que volvería. Sólo necesitaba un tiempo de calma para pensar en cómo iba a llevar la historia de ahora en adelante. Les aviso que la historia está por terminar. Tampoco crean que sólo faltan un par de capítulos. Como voy, yo diría que le faltan unos 15, pero se podría decir que acabo de entrar en la recta final.
¿Y saben una cosa? Estoy bastante triste, y decepcionada. Esta historia, si la memoria no me falla, comencé a escribirla a eso de los 16 años (al menos esta versión). Este fanfic lleva presente en mi vida los últimos cuatro años y ya había pasado a formar parte de mi rutina, pero ahora que sé que lo estaré terminando a finales de este año, me siento decepcionada por otra cosa… y es que… ¡¿Por qué nadie me dijo que escribía tan horrible?
Da MIEDO. Hace poco me puse a releer los capítulos para corregir (y recordar, porque muchas cosas ya se me olvidaron) y quedé aterrorizada. En estos años me pasaron muchas cosas, que creo yo me hicieron madurar. Cuando comencé a escribirla no estaba tan conciente de muchas cosas y si repaso la línea de la historia, me doy cuenta de que cometí muchos errores de los cuales me arrepiento. Por ejemplo, me arrepiento de haber matado a las hijas de Diva, y ahora que me fijo más en si mis personajes están OOC o no, comprendí que esas niñas lo eran todo para ella; matarlas fue un error, aunque no niego el hecho de que era necesario deshacerme de ellas.
También me ha pasado algo raro, y es que últimamente me cuesta comprender el tipo de relación de los personajes. Por ejemplo, ahora no sé si Saya realmente le correspondía a Hagi, o si este estaba realmente enamorado de ella o sólo estaba obsesionado y cegado, confundiendo aquello con amor. Creo que es porque no sé ni entiendo nada del amor, aun así manejo esta historia como lo típico: Hagi está enamorado de Saya pero siente atracción por Diva (¿nunca les ha pasado?) mientras que Saya, si bien siente atracción por Hagi, no tiene tiempo de pensar en ello porque, ¿cómo vas a saber si amas a alguien, cuando ni siquiera sabes quién eres, y encima de todo te traen de pendeja con mil intrigas? En fin…
Espero también que la primera parte del capitulo, lo de Hagi, no resultara muy aburrido. En un principio lo manejé como Hagi hablando consigo mismo, pero en forma de dialogo, como hablando solo con su conciencia, pero después me di cuenta de que estaba de más y tal vez hasta OOC y lo reescribí, aunque siguiendo la misma línea.
También tengo que confesar que no sé en qué se convirtió esta historia. En un principio mi principal meta fue emparejar a Hagi y Diva, y en cierta forma lo logré (con un lemmon diría yo que muy seco y hasta cruel porque los dejé a la mitad cuando estuvieron esperándolo mucho tiempo), y resultó tan rápido que apenas me di cuenta. Esta historia comenzó como una serie de intrigas y trampas, como una bomba de tiempo para terminar por quebrar a Hagi y obligarlo a hacer lo que hizo, pero creo que la historia de pronto fue tornándose más truculenta y no necesariamente centrada en el emparejamiento de Diva y Hagi, sino en la relación de ambos y en su relación con los demás, para finalmente no quebrar sólo a Hagi, sino a todos.
En fin, creo que los aburro así que hasta aquí llego. Espero se la hayan pasado poca madre en Navidad y Año Nuevo, al menos para mi estas vacaciones han sido una chingoneria después de un año entero sin descanso.
Muchas gracias por sus reviews y a todos los que me han aguantado hasta este punto y siguen leyendo la historia. De verdad los aprecio mucho.
Me despido
Agatha Romaniev
