Una serie de puntos para unir

Capítulo 27 – Draco: Rápido y furioso

Ocurrió todo tan rápido.

En un momento estaba riéndomele triunfante en la cara a Voldemort, resignado a mi destino. Algunos podrían aducir que un mago indefenso a punto de ser alcanzado por la Maldición Mortal, mal puede sentirse triunfante, pero yo me permito discrepar al respecto. Se me había acelerado la sangre en las venas, la sensación de poder me cosquilleaba en la piel y mis labios entonaban victoria con una carcajada demencial. Sin importarme lo que me pudiera pasar —ya fuera que muriera o viviera, ya fuera que cayera o siguiera en pie— le estaba ofreciendo a Harry la oportunidad de completar la tarea que la profecía le tenía señalada. Voldemort iba a morir en ese momento y no me importaba si yo también perecía.

Yo era el catalizador, la carnada, la distracción. El cebo para la destrucción de Voldemort… no era yo el ejecutor, pero yo era uno con Harry —en cuerpo, mente y alma— y su mano era como si fuese la mía.

—Puedo asegurarle que la última cosa que va a ver de este mundo será el par de ojos verdes más espectacular que existe,… —le espeté. Me hubiera gustado poder cerrar los ojos para ver en mi mente por última vez esa mirada verde… pero era preciso que me mantuviera alerta. Voldemort no me dejó terminar la oración, levantó con celeridad la varita y me apuntó a la cara.

Se había producido un repentino silencio en el salón, el latir de mi corazón desbocado me retumbaba en los tímpanos, se me ocurrió que quizá todos los presentes alcanzaban a oírlo como yo.

Dicen que toda la vida vuelve a pasar por delante de uno en el segundo que precede a la muerte… algo así me pasó. Mi mente se llenó de repente con imágenes de todos los errores que había cometido en mi corta vida y por primera vez me pregunté seriamente adónde iría a parar, si es que existía algo más allá de la muerte. Y otra vez repentinamente esas ideas cambiaron y se trocaron en imágenes de Harry. Quizá yo no era tan terrible si alguien como Harry podía amarme. Había muchas cosas sobre las que tenía dudas pero del amor de Harry por mí, estaba completamente seguro.

Harry era mío, así como yo era de él. Eso era un hecho, una verdad innegable… y satisfecho me llevaría ese conocimiento en la mente… de este mundo a la tumba.

Y al momento siguiente… la palabra ¡Avada…! que pronunciaron los viperinos labios de Voldemort sonó como un toque a muerto. Cerré los ojos y alcé la cabeza… y esperé el final… pero todo lo que alcancé a oír fue un borboteo repulsivo y en la fracción de segundo siguiente un chorro caliente me empapó completamente.

Los ojos se me desorbitaron pero no podía ver bien, algo espeso y pegajoso los empañaba y mis manos frenéticas que trataban de limpiarlos no hacían sino empeorar la situación… pero no me costó reconocer de qué se trataba.

Sangre.

Pero no era la mía, yo no estaba herido. Era la de Voldemort. Tenía la garganta abierta, como una ruinosa boca adicional, soltó un último resuello hórrido al tiempo que la luz le abandonaba la mirada… y el mago más poderoso de la época cayó de rodillas primero y luego se desplomó a mis pies.

A partir de allí fue como si alguien hubiera dado una señal haciendo redoblar el parche de un tambor gigantesco. El salón se llenó de gritos y de ecos estruendosos. El primer grito fue el mío cuando vi caer a Harry encima del cuerpo muerto de Voldemort. No sabía qué era lo que había pasado pero la luz parecía estar escapándosele también de sus ojos.

Corrí, lo envolví con los brazos y lo puse sobre mi regazo. —¡Harry! —aullé y a los ecos de mi agudo chillido se sumaron muchos más— ¡Harry! ¡Despertate! ¡No te podés morir, no ahora! Lo lograste, le pusiste fin a la guerra. —sollocé, tenía la cara veteada de sangre, rogué que no fuera la suya. Pero sus ojos permanecían obstinadamente cerrados y apenas respiraba.

—¡Vos! —berreó una voz muy conocida muy cerca de mí— ¡Esto es todo tu culpa!

Levanté la vista, tía Bella me apuntaba con la varita, sacudiéndose de rabia. La mano de Voldemort no había podido alcanzarme pero todo parecía indicar que iba a morir por una mano de mi propia sangre y carne. Se habría podido decir que era paradójicamente lógico. Durante toda mi vida me habían inculcado la importancia de la sangre y la obligación que se le debía a la familia, y en el momento más crucial de mi vida iba a perecer por la mano de un familiar que se suponía debía protegerme. Supongo que era lo que merecía por haberlos decepcionado.

Pero no estaba indefenso, todavía tenía mi varita. La saqué de inmediato, no se la iba a hacer fácil. No fui lo suficientemente veloz, sin embargo.

¡Crucio! —vociferó y una vez más los ecos que reverberaron en los mármoles del salón se me antojaron campanadas funerarias.

Grité, el cuerpo se me tensaba y me retorcía, la maldición me colmaba de agonía. Pero ella no cejaba, seguían llegando una detrás de otra ondas de dolor que me mordían implacables… y me contorsionaba y me sacudía incontrolablemente sobre el charco de sangre.

—¡Basta! —intervino otra voz y el dolor cesó de manera repentina; bella, glamorosa, señorial, grandiosa e imponente como un pavo real albino mi madre acababa de desarmar a su hermana. La fusiló con la mirada. —¡No te voy a permitir que le vuelvas a tocar un pelo a mi hijo! ¡Me has entendido, Bella?

La pregunta había sonado y retumbado como el rugido de una fiera, mi madre seguía apuntándola con la varita. Giré la cabeza, a unos pocos metros mi padre se batía con otros mortífagos que también tenían intenciones de despedazarme para vengar la muerte de su Señor. Pestañeé varias veces, gratamente sorprendido… me defendía como a lo más preciado… él y mi madre, contra todo y contra todos para protegerme… si no hubiese sido por el estado en que se encontraba Harry me hubiera puesto a saltar de contento.

Así y todo, era evidente que nos superaban abrumadoramente en número. No podía quedarme sentado llorando por Harry. Tenía que ayudarlos. Me puse de pie blandiendo la varita y dispuesto a unirme al combate.

—¡Usá el anillo! —siseó mi padre— Agarrá a Potter y escapá.

Negué con la cabeza. —No voy a abandonarlos.

Orgullo y fastidio se mezclaron en su expresión pero no pudo prestarme más atención, tenía que concentrarse en la pelea. Los hechizos volaban de un lado al otro del recinto. Uno le impactó a mi padre en la rodilla y lo hizo caer, pero desde el suelo siguió atacando y esquivando maldiciones. Madre estaba muy ocupada con otros tres mortífagos que habían ido en auxilio de tía Bella.

Ambos luchaban con denuedo, pero no tenían ninguna posibilidad contra tantos… Tenía que hacer algo, ¿pero qué?

Levanté la vista… y sonreí con suficiencia. Alcé la varita y apunté a la gruesa cadena que sostenía la inmensa araña del techo. El hechizo impactó e hizo polvo uno de los eslabones y la araña se desplomó sobre nuestros atacantes. Mi padre soltó un chillido de victoriosa alegría, nunca en mi vida hubiese imaginado que un sonido tan… plebeyo pudiera salir de sus aristocráticos y flemáticos labios. Todos quedaron fuera de combate excepto tía Bella y otro mortífago, a ellos dos los pudimos someter fácilmente.

Después de eso mi recuerdo se desdibuja un poco. Mientras mis padres se ocupaban de los prisioneros, yo me volví para atender a Harry. Seguía respirando, aunque apenas, así y todo era un alivio. Usé un encantamiento de limpieza para hacer desaparecer la sangre y poder examinarlo con atenció. No lograba entender qué era lo que había pasado.

—Lo lamento, Draco. —susurró mi padre, apoyándome una mano sobre el hombro.

—No es tu culpa. —repliqué automáticamente.

—No sabía que estaba ahí, yo estaba tratando de salvarte. —sus palabras me trajeron de vuelta la escena a la mente. La Maldición Mortal había sido pronunciada por dos voces… la de Voldemort había sido incompleta… pero la otra… en ese momento había creído que lo había imaginado, pero no era así… el cuerpo invisible de Harry se había interpuesto y mi padre había elegido justo ese instante para mostrar su temple.

—Vos le acertaste con la Maldición Mortal… —susurré sin poder creerlo.

—Me temo que sí. Cuando se materializó yo ya había pronunciado el hechizo… tomó cuerpo de la nada —dijo con voz ronca, había una nota de miedo en la entonación. Quizá estaba anticipando la pena que le aplicarían por haber matado a El Niño Que Sobrevivió.

—Pero Harry no está muerto. —le aclaré.

—¿Cómo? —preguntó Lucius perplejo, se agachó y colocó una mano sobre el pecho de Harry— El corazón le sigue latiendo… está vivo.

—Necesitamos a Snape. —demandé.

Mi padre se puso de pie sin demorar un segundo y salió precipitadamente del salón.

Mi madre y yo llevamos a Harry a mi habitación y lo acostamos en mi cama, me instalé de inmediato a su lado. Había que notificar al Ministerio y poco después el salón de baile se iba a transformar en un caos de aurores, y Harry no estaba en condición como para agregarle perturbaciones adicionales.

Minutos después regresó mi padre seguido de Snape y de Dumbledore. Me esperaba un sermón amonestador del director, pero el viejo se limitó a mirarme serio y me pidió que le contara lo que había pasado. Le informé lo ocurrido sin abundar en demasiados detalles y lo más claro posible.

—Severus, las pociones experimentales no deberían ensayarse en chicos. —lo reconvino con dureza.

Snape me dirigió una mirada asesina. Yo me hice el distraído y miré para otro lado. No había sido mi propósito que Harry tomara la poción y no teníamos un atrasatiempo a mano para volver atrás. Al menos Voldemort estaba muerto… y Harry seguía vivo.

Pero no se despertaba.

—¿Dijiste que se tomó todo el contenido del frasco? —preguntó Snape.

—Casi, yo había tomado un sorbo anoche.

—Probablemente fue eso lo que le salvó la vida. —musitó Dumbledore.

Los miré confundido. Snape explicó: —Por virtud de la poción, a todos los efectos prácticos, Potter no existía. —lo miré más confundido que antes, suspiró irritado y prosiguió— La poción no lo hizo invisible como vos crees, tiene una acción distinta…

—¿Y por qué no me lo dijo cuando me la dio? —lo interrumpí.

—Para ahorrarme esta larga explicación que me veo obligado a darte ahora. —replicó— Como estaba diciendo, la poción no lo hizo invisible sino que lo trasportó medio segundo al futuro; para todos los que lo rodeaban, Potter no existía. Indetectable porque estaba en otra dimensión aunque sólo separada de la real por menos de un segundo.

Parpadeé varias veces, no estaba seguro de haber entendido el concepto. —¿Por eso fue tan rápido cuando Voldemort me apuntó para matarme? —pregunté, tenía sentido en cierta forma, la ventaja no era mucha pero le permitió cortarle la garganta antes de que completara la maldición.

—Muy bien, Draco —lo elogió Dumbledore— La maldición que lanzó tu padre sólo sirvió para anular los efectos de la poción y retrotrajo a Harry de manera abrupta al presente. Pero no creo que la maldición lo haya realmente alcanzado.

—Entonces… ¿sólo está dormido?

—Más bien desmayado diría yo, no hay que olvidar que la Maldición Mortal es muy potente… lo más sensato es que hagamos venir a madame Pomfrey para que lo revise y haga un diagnóstico fundado. —se volvió hacia mi madre— Lady Malfoy, por ahora me parece que no es conveniente mover a Harry, ¿podríamos llamar Poppy para que venga a atenderlo?

—Por supuesto, profesor Dumbledore. —respondió mi madre.

Me desintonicé de los demás y me concentré en Harry. Se iba a despertar… me inundó un gran alivio. Se despertaría y sus brillantes ojos verdes se encontrarían con los míos… y estaríamos juntos para siempre… No más Voldemort… no más obligaciones de Malfoy. Sólo nosotros dos. —Te amo, Harry. —suspiré y le acaricié los cabellos negros. Los demás salieron de la habitación, pero no les presté mayor atención.

Harry tenía puesta mi toga, que le quedaba un poco larga y algo apretada a la altura del pecho. Aun así… el hombre más hermoso que jamás hubiera conocido. Tenía una expresión tan apacible en el rostro… Y de pronto los ojos verdes se abrieron abruptamente, estiró una mano y me atrajo hacia sí con brusquedad. Abrí la boca para gritar sobresaltado pero sus labios me la sellaron y ahogaron todo sonido, la boca parecía querer devorarme… bueno, no era algo de lo que quisiera quejarme.

—Creí que nunca se iban a ir. —suspiró jadeante cuando nos separamos segundos después.

—¿Cuánto hace que estás despierto? —demandé con un mohín recriminatorio.

—Lo primero que me acuerdo es la voz de Snape diciendo algo sobre que yo no existía. —respondió— Preferí esperar a que salieran… si no, hubieran hecho un gran alboroto y no nos iban a dejar solos.

—Muy sagaz… ¡pero casi me mataste del susto! —me quejé.

—Te lo tenés más que merecido por lo que hiciste. —me espetó con expresión severa— Tendría que estar furioso con vos, Draco. Me mentiste… tuve que meterme en un salón lleno de mortífagos, tuve que ver como Voldemort te torturaba… ¡y no sé qué hubiera hecho si hubiese llegado a matarte!

Estaba muy enojado y razón no le faltaba… pero no pude evitar sonreírme. Lo amaba… y él estaba bien y yo estaba bien… y todo había salido bien. —Pero no me mató. —le señalé— Y desapareció para siempre… y nosotros estamos juntos.

Revoleó los ojos, dejó caer la cabeza con fuerza sobre la almohada y comenzó a masajearse las sienes. —Creo que recién ahora me doy cuenta de cómo se siente Hermione cuando uso este mismo tipo de lógica. —gruñó.

Me le acosté al lado, lo abracé y me acurruqué contra él. —Voy a hacer un esfuerzo para dejar de lado las intrigas… para actuar siempre abiertamente.

Soltó un bufido jocoso e incrédulo, me abrazó por la cintura y me atrajo más cerca hasta que mi cabeza quedó reposando sobre su pecho, podía sentir su aliento cálido en mis cabellos. Me sentía tan cómodo y satisfecho junto a él. —Lo cierto es que mostraste una valentía increíble, Draco. —el comentario me tomó por sorpresa, me limité a encoger los hombros.

—De pronto vi como si cada pieza encajara en su lugar. Sentí como si eso fuera justamente adonde el destino nos empujaba… que la victoria estaba al alcance de la mano y que sólo bastaba mover las piezas de manera adecuada.

—Ahora sonás como Ron… siempre compara la vida con el ajedrez. —intercaló provocador.

Fruncí el ceño y alcé los ojos para mirarlo. —Si volvés a equipararme con Weasley me voy a ver obligado a divorciarme; por muy deleitable que sea tu culo… ¡todo tiene un límite!

—¿Vos pensás que mi culo es deleitable? —dijo alzando las cejas hasta hacerlas desaparecer debajo del flequillo.

—No era ése el punto central de mi argumento, Harry. —lo reconvine muy serio.

—Ya me han dicho en otras oportunidades que tengo audición selectiva. Además, mal te podrías divorciar si no estamos casados antes. —apuntó con sagacidad.

—Supongo que debo darte la razón. —repliqué con fingido tono derrotado.

—¿Te parece que somos muy jóvenes para casarnos? —preguntó luego de unos segundos de silencio.

—Probablemente. —contesté y empecé a dibujarle con el dedo siluetas obscenas sobre la panza— Pero podríamos optar por un largo período de compromiso—sugerí— Con mucho sexo.

—Bueno… lo de mucho sexo lo daba por descontado cualquiera fuera la decisión que tomáramos. —declaró.

—Naturalmente.

Nos echamos a reír. No recordaba haberme sentido tan bien nunca antes. Harry conocía todos mis secretos, todos mis errores, todas mis cicatrices y me aceptaba así. Mis padres habían dado su consentimiento, con renuencia… pero bueh…

Pero lo mejor de todo era que Voldemort estaba muerto y que Harry y yo estábamos vivos. Me sentía tan feliz… me le trepé a horcajadas y empecé a darle montones de besos entre risitas incontrolables.

—Bueno, a mí me parece que mejor no podría estar. —sonó una voz conocida desde la puerta. Me bajé de inmediato al costado y traté de poner, con poco éxito, una expresión seria.

—No puedo sino mostrarme de acuerdo, Poppy. —dijo Dumbledore a su lado— Igualmente, sería conveniente que lo examines, no nos olvidemos de que hubo acción de magia experimental de por medio.

—Por supuesto, Albus. —dijo madame Pomfrey aproximándose a la cama.

Mientras lo revisaba con una letanía de encantamientos, Harry se volvió hacia mí sonriendo. —Nunca me imaginé que tu habitación fuera como ésta.

—¿Qué te imaginabas, mucha madera negra e inmensos tapices verdes?

Encogió los hombros y se sonrojó. —Me gusta… es… acogedora…

Recorrí el cuarto con la mirada, siempre había sido igual desde que tenía memoria. —Supongo que tenés razón. —concedí— En mi cuarto me siento como en casa y acá paso la mayor parte del tiempo cuando vengo a la Mansión.

—Yo también me siento como en casa.

—Quizá deberías venir a pasar el verano acá. —sugerí.

—Quizá… —dijo con una sonrisa complacida y enigmática.

—Tal como lo sospechaba, el señor Potter se encuentra muy bien. —anunció madame Pomfrey, todos suspiramos aliviados— De todos modos preferiría que permaneciera en cama hasta mañana, pero no creo que eso constituya un inconveniente.

—No, señora. —gorgeé— Para mí no constituye ningún inconveniente, ¿para vos, Harry?

—Ninguno en absoluto. —respondió con la mirada encendida de entusiasmo.

Madame Pomfrey soltó una breve risa y se despidió. Todos los adultos abandonaron el cuarto.

—Entonces… ¿qué cosas te parece que podríamos hacer dado que estás postrado en cama?

—¿Cartas explosivas? —sugirió con una sonrisa lasciva en sus labios encantadores.

—Sí, seguramente algo de explosión va a haber… —ronroneé y ataqué la boca perfecta de mi adorable prometido.

oOo

Intensa actividad signó las semanas que siguieron. Tuvimos que contar el episodio de la muerte de Voldemort cientos de veces. Concedimos entrevistas a El Profeta, a El Semanario de las Brujas y a otras publicaciones y el relato detallado apareció en todas ellas. Pero igual todos querían oír la historia de nuestros labios.

Y luego vinieron los exámenes, yo tenía la esperanza de que nos eximirían de la obligación, pero Dumbledore no quiso saber nada al respecto cuando se lo sugerimos. Creo que incluso los hicieron aun más difíciles a propósito. Llegué a comentárselo a Snape, pero el desestimó mis quejas aduciendo que me estaba volviendo paranoico.

Cuando le pregunté sobre todos los favores que le debía, me dijo que prácticamente todos los daba por pagados por haber matado a Voldemort… pero se reservó uno, dijo que ése último lo devolvería si me esforzaba al máximo para no arruinar mi relación con Harry. Le prometí con determinación que haría el mayor de los esfuerzos.

Gryffindor ganó la Copa de quidditch, pero no me fastidié tanto como en años anteriores. Al menos no hasta que Weasley decidió escribir una canción que inmortalizara el triunfo. Creo que nunca me va a caer bien, pero mientras se siga llevando bien con Harry… estoy dispuesto a tolerar su pelirroja presencia. A Granger, en cambio…, estoy llegando a apreciarla. Es muy inteligente y hasta yo debo reconocer que en Encantamientos es un portento. Los amigos de Harry constituyen un buen ejemplo que prueba lo errado de los mitos sobre la pureza de sangre… Weasley, sangrepura… es un pelotudo, Granger, sangresu… eeh… nacida de muggles, es una bruja admirable.

El último día del año, cuando abordamos el Expreso de Hogwarts, se me suscitaron sentimientos muy mezclados, por un lado una sensación de realización… de haber completado una etapa… pero también podía avizorar nuevas puertas que se nos abrían hacia el futuro. Tomado de la mano de Harry ninguna de esas puertas se me antojaba ominosa.

oOo

Para terminar de cerrar la historia sólo resta un Epílogo con humor y… sexo. ;)