2. Rumbo a Hogwarts

En la estación de King's Cross, desde que los rayos del sol bañaron los tejados y se colaron por los sucios tragaluces, que ya reclamaban mantenimiento, había movimiento total, como sucedía cada primero de septiembre. Los alumnos que cursaban en instituciones privadas se arremolinaban en los andenes, charlando con sus amigos después del verano o despidiéndose de sus padres, que se empeñaban en recordarles las reglas de todos los años —como si no se las hubieran aprendido ya—.

Eran apenas las siete y media de la mañana y la amplia edificación parecía un mar de cabezas que daban la impresión de un extraño suelo movedizo. Todos arrastraban pesados equipajes, usando carritos para su transportación y aliviar así el tener que cargar directamente con los embalajes. Los guardias se apresuraban en dar indicaciones, y se exasperaban bastante cuando alguien despistado los agarraba de «informantes emergentes».

—Mire señora —decía por quinta vez el guardia con cara obstinada a la viejecita que se inclinaba sobre él para escucharlo mejor—. Ya le dije que no tengo conocimiento de la llegada de un tal RolyUrgwells en el tren de las once de la mañana, además, son las siete y media, y el tren llega a las once…

—¡Pero él me dijo que vendría! —terció la anciana con disgusto—. ¡Usted no me quiere decir!

—Señora, donde podría confirmar la lista de pasajeros sería en información, aquella casita en medio del salón, ¿la ve? —explicó el guardia por sexta vez rezando internamente para que Dios le diera más paciencia de la que podía albergar su enorme y corpulento cuerpo—. Allí le pueden decir si el señor Urgwells…

—¡A mí no me gusta estar con la preguntadera! —chilló ella balanceando peligrosamente su bolso—. ¡Eso de agobiar a las personas con la misma pregunta diez veces no es lo mío!

—Seis para ser exacto —barbotó el guardia con un tic en la comisura de la boca—. Vaya a información y…

—¿Qué blasfemas? —lo interrumpió la anciana con violencia.

—Yo no he…

—¡Esta juventud está perdida! ¡Por cuanto yo en mis años mozos blasfemaba algo frente a una persona mayor! ¿Ah, pero sigues…? ¡Tú sabes si mi nietecito viene y no me quieres decir, quieres hacerme mal!

—¡Señora, yo no ¡auch! Señora mantenga la ¡auch! No me golpee, soy la autoridad!

Un adolescente delgado, de piel morena, pelo oscuro y extraños ojos azules color agua que arrastraba un gran baúl negro soltó una risita ante la escena de la anciana persiguiendo al guardia, y se alejó con paso desgarbado cuando al punto en cuestión corrían dos guardias de seguridad para intentar apartar a la anciana del hombre. Lo último que escuchó fue a la anciana gritar que los guardias querían violarla y para colmo, lo estaban haciendo mal, por lo cual, se puso a darles indicaciones a voz en cuello atrayendo a un corro de divertidos curiosos.

El chico se detuvo cerca de unas columnas se apoyó con desánimo. No estaba muy contento de estar por allí. Tanta gente aglomerada lo agobiaba. Prefería la paz y la tranquilidad. Bufó al ver los rayos de sol colarse por las ventanas, comenzando a tomar fuerza, mientras el arribo de los trenes y las conversaciones confusas quedaban apagadas por el escándalo de la anciana.

—¡Hermano!

Dejó de recostarse en la columna para erguirse alarmado. Hacia él, arrastrando un pesado baúl negro corría un chico… se podía decir que era idéntico a él. El mismo color moreno de piel, los mismos cabellos oscuros y aquellos ojos azules tan claros y extraños, resaltando elegantemente las facciones de su rostro. Vestía un vaquero desgastado y una camisa algo desarreglada. Se relajó visiblemente cuando el chico llegaba a su lado, jadeante, pero con una sonrisa y ojos brillantes.

—¿Viste todo el lío, Ged? —exclamó con muchos ademanes—. ¡Y esa señora se alzó el vestido y los guardias salieron disparados en direcciones opuestas! ¡Todo fue…!

—Divertido —terminó el muchacho ante la pausa reflexiva de su gemelo—. Menos mal que te quedaste cerca, no vuelvas a separarte de mí, Geryon, que King Cross es muy grande y te puedes perder.

—Perder —repitió el gemelo arrugando el ceño—. No tengo muchas ganas de alejarme —agregó con aire despreocupado—. Toda esta gente me pone… —Hizo un gesto de temblar.

—Sí, a mí tampoco me gusta verme entre tanta gente, no sé por qué él tuvo que insistir en que lo viéramos aquí.

—Dijo que vendría al alba y… ya es más del alba. ¿Crees que nos deje solos, Ged? ¡Yo no sé donde queda el andén!

—Yo tengo una idea —chapurreó Gedeon ceñudo, deslizando sus ojos azules sobre todos los que tenía al alcance—. Pero si no viene me iré. Además, nos hizo venir muy temprano, el expreso sale a las once de la mañana, y no me apetece esperar tanto aquí.

Geryon se encogió de hombros y terminó de arrastrar el baúl hasta dejarlo a sus pies, jugueteando distraídamente con un hilo ido de sus ropas.

—¿Esperaron mucho?

Ambos adolescentes se voltearon y Geryon lució más contento que su gemelo.

—¡Hola señor! —saludó agitando un mano.

—Tardaste —le espetó Gedeon—. Además, ¿no crees que sea un poco arriesgado venir con esa facha? —Agregó con un chasqueo de lengua.

Dumbledore arqueó una ceja luciendo divertido. Vestía una llamativa túnica malva salpicada de estrellas y puntiagudo sombrero de mago a juego con sus ropas. Las personas que transitaban por su lado lo miraban con curiosidad mal disimulada y algunos hasta se echaban atrás, como pensando que era una jirafa malva escapada del zoológico de animales exóticos.

—Es divertido observar el comportamiento de los muggles debido a mi vestimenta —comentó con calma, haciendo que Gedeon se moviera incómodo, con poca paciencia—. Ahora vengan mis queridos muchachos, hablaremos en privado en esos bonitos cubículos privados de espera.

Gedeon aferró un brazo de su hermano y lo llevó detrás de los pasos ligeros de Dumbledore que pronto alcanzó un local con cristales gruesos y opacos color blanco, para adentrarse en él, cerrando la puerta detrás de lo gemelos. Geryon inmediatamente cayó sentado en una silla, mirando con atención a Dumbledore, mientras Gedeon quedó de pie, cruzado de brazos y con mirada desafiante.

—¿Qué quiere hablar, Dumbledore? —preguntó con un deje de molestia en la voz.

—Informarles, mejor —aclaró el anciano mago—. Este año cursarán en Hogwarts…

—Vaya noticia —bufó Gedeon—. Nos lo viene diciendo desde nuestro último encuentro. ¿Qué tiene de importante que cursemos los dos últimos años en Hogwarts, si hasta ahora todo ha ido de maravillas sin asistir a la escuela?

—Yo lo veo importante y les debe bastar. Ya no puedo estar todo el tiempo contigo enseñándote, Gedeon, así que, debo dejar que otros con más capacidad se ocupen de hacerlo bien.

—Usted tiene la capacidad —jadeó Geryon sentado en la punta de la silla—. Es muy buen maestro.

—Gracias —dijo el mago, apreciando el detalle del adolescente—. En Hogwarts serán asignados a una casa, donde tomarán las clases y serán parte de una gran familia. Y recuerda, Gedeon, si ves algo fuera de lo normal…

—Voy de inmediato a verlo —lo cortó el adolescente irritado—. Ya sé todas las indicaciones, no tuvo que hacernos venir hasta aquí, tan temprano, para decirnos sólo eso.

—Yo quería dormir más —comentó Geryon simpáticamente, balanceándose en su silla—. Aunque fue interesante venir a King Cross. Nunca había visto a tanta gente junta, hablando todos…

—Gedeon, ven aquí —llamó Dumbledore de repente, dejando a Geryon ensimismado en su relato de la anciana pegándole con el bolso al guardia de seguridad. El aludido se acercó de mala gana, guardando las manos en los bolsillos. Dumbledore lo llevó un poco aparte, y bajó la voz, asegurándose de que sólo él lo escuchara—. Tienes que cuidar mucho de Geryon. Tú sabes que es algo despistado e inocente, no comprende muchas cosas, te va a necesitar mucho, así que, mantenlo siempre bajo tu vista. Además, sabes que su presencia es necesaria para los acontecimientos que están por suceder. Tiene que pasar bien por los ojos de todos, los dos tienen que hacerlo, ¿de acuerdo?

—Sí —contestó el muchacho monótono. Se sabía aquella charla de memoria. Por lo que todavía no entendía por qué Dumbledore los había citado allí a aquellas tempranas horas de la mañana, cuando el expreso no pensaba ni remotamente alistarse para la partida—. No se preocupe, lo haremos lo mejor posible.

—Una última petición: quédense en King Cross hasta la hora de la partida.

Gedeon se molestó.

—¿No le basta con hacernos venir y recordarnos… las mismas tonterías de las que nos habló en la cabaña? Sigo diciendo que hubiera sido mejor ir directamente a Hogwarts, en vez de venir hasta aquí a tomar un tren, que tardará horas en dejarnos en Hogwarts.

—Muchacho, lo mejor para ti será que aprendas a ganar paciencia. Prefiero que estén aquí, rodeados aunque sea de muggles, que solos y desprotegidos en algún lugar intrincado.

—Estar rodeado de muggles es lo mismo a estar desprotegidos —se burló Gedeon arqueando las cejas. No modificó la actitud ni cuando Dumbledore le dedicó una mirada severa—. Y se le hace tarde —agregó señalando el reloj de pulsera de Dumbledore, de doce manecillas, y una de ellas se agrandaba y achicaba señalando claramente el número once.

—Esperen aquí y cuando llegue el momento, vayan al andén 9¾ y aborden el expreso.

—¿Dónde queda ese andén?

Adulto y adolescente se apartaron de un salto cuando la cabeza de Geryon surgió entre los dos con aire distraído. No parecía molesto de darse cuenta de que había estado hablando solo durante aproximadamente diez minutos. Más bien, parecía habérsele olvidado el asunto.

—Cierto, se me olvidó indicarles bien —dijo Dumbledore cuando Geryon se enderezaba muy serio, como tomándolo por un descuido por parte del anciano—. Bien, caminen recto entre los andenes 9 y 10, empujen sus carritos con fuerzas y cuando vean acercarse la pared…

—¡Nos pegaremos! —protestó Geryon llevándose una mano a la frente, como si ya hubiese recorrido el camino mentalmente y se hubiera incrustado de repente contra una sólida pared de ladrillos.

—No, no disminuyan la velocidad. Pasarán la pared y se encontrarán en el andén 9¾ —terminó Dumbledore con una sonrisa bondadosa—. Cuídense —agregó mesando levemente el pelo de Geryon, que parecía pensar mejor el asunto de las paredes traspasables y carritos a toda velocidad en misión suicida—. Ayúdense mutuamente y tú, Geryon, no te separes de tu hermano, ¿entendido?

El chico asintió y Dumbledore desapareció con un "plin". A esa hora, Gedeon recordó que no habían desayunado apenas, y persuadió a Geryon de que lo acompañara a por un par de sodas —su gemelo miraba muy preocupado la pared cercana, e intentaba traspasar al menos la mano por ella—. Finalmente, el distraído muchacho perdió el interés por las «paredes mágicas» de King Cross y acompañó a su hermano con entusiasmo, señalando todo y cuanto se le ocurría, preguntando cosas acerca de los muggles. Se instalaron en una cafetería, comiendo un abundante desayuno atrasado.

Gedeon vigilaba la hora constantemente y saltó de su silla tan de repente, que Geryon casi se lanza encima la soda que bebía con parsimonia.

—¿Por qué hiciste eso? —le reprochó secándose con una servilleta.

—Ahí va un chico mago —susurró Gedeon, señalando disimuladamente a un adolescente de revuelto pelo negro que charlaba con entusiasmo con otro que parecía su hermano, a juzgar por el negro pelo que le caía con elegancia causal—. Si los seguimos, de seguro nos llevan al andén y no pasaremos trabajo buscándolo. Recoge tus cosas, ¡rápido Geryon! —Apresuró cuando ya él tenía a mano su baúl y lanzaba sobre la mesa un billete estrujado.

—¿No crees que les pagamos mucho? —se agitó el gemelo logrando alcanzarlo—. Digo, ese billete…

—Está bien —lo tranquilizó Gedeon adoptando una expresión menos agresiva. El chico a su lado lucía nervioso y a la vez curioso por su repentina actitud—. Nos atendieron rápido así que merecen la propina, ahora, date prisa, esos dos van muy rápido.

—¿Crees que se vuelvan nuestros amigos? —murmuró Geryon como asustado con la idea de intercambiar con otras personas.

Gedeon se encogió de hombros. No estaba seguro y se sentía igual a su gemelo; sin mucha confianza en ese aspecto. Generalmente, prefería que la gente se distanciara un poco de él, aunque, era difícil decir eso, ya que escasa vez había tratado con alguien más que Dumbledore. Lo único que recordaba era a un curandero muy amable que lo atendió una vez que sufrió una fractura de pierna de más pequeño, mientras jugaba en el bosque. Todo había sido por querer alcanzar unas extrañas y lindas frutas en las ramas más altas de un grueso árbol. El agarre le había fallado y se había precipitado como una piedra abajo. Suerte que Dumbledore andaba cerca y prefirió llevarlo a San Mungo para que lo tratasen. Tenía muchos conocimientos de magia, sí, pero no había estudiado para curandero.

Torció bruscamente una esquina y se detuvo, haciendo que Geryon se incrustara contra su espalda y diera un gemido frotándose la nariz. Los dos muchachos de pelo negro a los que seguían se habían detenido frente a una gruesa columna, que indicaba por un lado el andén 10, y por otro, el 9. A ellos se les unió otro bajito y algo gordito, jadeando por el esfuerzo de correr al encuentro y lucía muy emocionado de volver a ver a los dos pelinegros, con los cuales estrechaba manos pomposamente. Gedeon emitió un leve bufido con sorna. Estaba claro que el chico hacía lo posible por encajar con los otros dos, pero se esforzaba demasiado que lucía hasta ficticio. Junto a ellos no tardó en llegar un muchacho de pelo castaño, luciendo enfermo y delgado, con ropas humildes, pero con una jovial sonrisa en el rostro.

El reencuentro de los cuatro duró al menos cinco minutos llenos de efusividad y alegría, hablando superficialmente de cómo pasaron el verano y parecieron llegar a la conclusión de que tendrían tiempo de sobra para aquello, cuando enfrentaron la ancha columna con posiciones resueltas. Gedeon aguzó la vista. Habían comenzado a caminar despreocupadamente; los dos trigueños primero, y los castaños después. Los muggles apenas les prestaban atención. De repente, los trigueños se apoyaron en los carritos e iniciando una carrerilla corta, traspasaron la columna.

Geryon ahogó un grito de impresión y señaló sin disimulo alguno por encima del hombro de su gemelo cuando los castaños pasaban el muro.

—¿Viste eso Ged? —susurró con emoción—. ¡Justo como dijo Dumbledore! ¿A dónde saldrán?

—Supongo que al andén al que debemos ir. Vamos, mejor pasamos ahora que nadie nos mira.

Ambos chicos enfilaron sus carritos y comenzaron a andar intentando lucir despreocupados. Pero Geryon miraba constantemente a los lados, moviendo las manos inquietamente en su carrito.

—Ged, ¿y si nos ven los muggles?

—Gery, los muggles son muy tontos como para darse cuenta de que hay algo mágico en esa pared. Además, supongo que el área esté rociada por repelente anti—muggles. Vamos, ven a mi lado y verás como pasamos la pared y nadie nos ve. Cuando cuente tres, corremos, ¿de acuerdo? Bien… uno, dos… ¡tres!

Los gemelos tomaron impulso y corrieron con todas sus fuerzas contra la pared. Geryon se soltó de una mano y con ella se tapó los ojos arrugando el rostro, como para no caer en la tentación de ver si se estrellaban o no. Tuvieron la repentina sensación de estar cubiertos rápidamente por una cortina de agua helada y Gedeon aferró un brazo de su gemelo, sonriendo levemente al mirar alrededor.

—¿Ya nos golpeamos? —preguntó Geryon sin descubrirse los ojos.

—No, ya llegamos. Este es el andén, sin dudas.

Le destapó los ojos y lo animó a seguirlo por entre las decenas de adolescentes que se movían por la plataforma, algunos entrando al tren escarlata que soltaba vapor en las vías, otros despidiéndose de sus padres, y muchos, reencontrándose con sus amigos después del verano. Gedeon no quería perder el tiempo mirando caras que no conocía, ni soportando las sonrisas vagas que le dedicaban algunos, a modo de bienvenida, o a modo de reconocerlo como estudiante nuevo. Geryon iba todo encogido a su lado, mirando con cautela los rostros de los estudiantes, observando sus expresiones y reacciones. Y hasta pareció asustarse cuando un grupito de chicas soltó risitas y una le guiñó un ojo.

—¡Ged! —susurró agitado—. ¿Por qué se ríen y… me cierran un ojo?

—Debe ser que les gustas —contestó el aludido encogiéndose de hombros, subiendo su baúl a un vagón, para después saltar él adentro.

Geryon se quedó pensativo en la plataforma, como sacando cuentas con los dedos, y se espachurró contra el vagón cuando las chicas reían más alto y lo miraban susurrando entre ellas.

—¡Ged, Ged, no me dejes solo Ged! —gimoteó con un hilo de voz. A tientas dio con la puerta del vagón y pegó tal salto que entró con baúl y todo—. ¡Me… me comen, me aplastan!

Una mano salió rauda del compartimiento vecino y Geryon se volteó asustado.

—No te van a comer —dijo Gedeon divertido—. Ven, vamos a quedarnos aquí y prometo no dejar que esas chicas te desnuden en la menor oportunidad.

—¿Chicas? ¿Desnudarme? —repitió horrorizado—. ¡Dios no!

Entró como un bólido y cerró la puerta, cayendo sentado al lado de su hermano. Gedeon rió entre dientes. Su gemelo al ser tan ingenuo tenía reacciones muy simpáticas. Y a él le gustaba fastidiarlo con esas cosas de vez en cuando, sólo, para divertirse a costillas de él. No pasaron ni cinco minutos, cuando el tren soltó un silbido de vapor y echó a andar, quedando ligeramente ahogado su rugido por las voces de los estudiantes despidiéndose de sus familiares. Gedeon se acomodó, mirando con mala cara a todo aquel que se aventuraba a asomarse por el cristal del compartimiento. No estaba de ánimos para soportar a un hablantín estudiante sentado frente a él, relatándole su vida y obra de las vacaciones, y preguntándole cosas personales.

Además, Geryon se veía bastante nervioso y apenas miraba tímidamente por una esquina de la puerta corrediza, escudriñando a los estudiantes que iban y venían buscando lugar. Vieron pasar a los cuatro chicos que los habían guiado —inconscientemente—, al andén. Gedeon estrechó los ojos cuando se detuvieron frente al cristal, pero al verle la cara de malas pulgas pasaron de largo, todos menos el más guapo de los cuatro, de brillantes ojos grises, que se quedó lo suficiente para hacerle una ligera mueca de desagrado en respuesta a su cara huraña.

Para dejar correr el tiempo, se arrimó a una ventana, mientras los paisajes se reflejaban velozmente en sus ojos celestes, tan claros, que las personas a veces arrugaban el ceño al mirarlo de frente, sin evitar comentar: «vaya ojos más raros». Cuando ya estaba aburrido de ver campos sembrados con perfección, decidió darle tema de conversación a Geryon. En la noche lo había bombardeado a preguntas acerca de Hogwarts y él no estaba muy ducho con eso. Así que cuando su gemelo roncaba en la cama de al lado babeando la almohada, él había buscado «la Historia de Hogwarts», y se había instruido al respecto.

—Creo que no será malo ir a Hogwarts —dijo acomodándose—. Es el mejor colegio de Inglaterra… ¡que digo! Es el único. Está hechizado para que los muggles que se acerquen vean solo ruinas y un cartel de «peligro». Tiene mucha magia protegiéndolo, es casi tan seguro como Gringotts; el banco de magos del Callejón Diagon, ¿recuerdas cuando fuimos ayer, Gery, a comprar los libros? Habían muchas tiendas, pero, comprende que no podías llevarte ese cangrejo de fuego como mascota, ¡escupe fuego!… ¿no vas a refunfuñar? Ayer estabas insoportable, me sorprende que ahora no digas nada… ¿Gery? —saltó de su asiento al ver que estaba completamente solo en el compartimiento. Se lanzó a mirar debajo de los asientos con desesperación—. ¿Geryon? ¡Aquí no puedes jugar!

Comprendió cuando vio la puerta abierta. Se lanzó afuera y casi se va de bruces al suelo al tropezar con dos adolescentes; una chica de cabello rubio rizado y ojos pardos, y un chico de tez negra, pelo corto y grandes ojos marrones.

—¡Ay, perdón! —se disculpó ella de inmediato ayudando al moreno a recuperar el equilibrio—. Veníamos entretenidos y saliste tan rápido…

—Es mi culpa —farfulló hosco—. Yo no los vi… bueno, quizás puedan decirme —agregó más para sí mismo que para los demás—. ¿No vieron pasar a un chico…? Es mi hermano gemelo, estaba a mi lado y a los instantes siguientes… —Se quedó callado, llegando a la conclusión de que no debía dar más detalles—. ¿Lo vieron? —Preguntó cortado.

—¿Idéntico a ti? —preguntó el chico de tez negra. Gedeon se abstuvo de poner cara de: «te lo acabo de decir»—. No, no lo vimos. El tren es grande pero es improbable que salte por una ventana y lo tengas que buscar cuneta abajo —rió de su propio chiste, mientras la chica lo miraba asustada y Gedeon arqueaba las cejas—. En fin, suerte. Y yo soy Ekon Beverley, de Hufflepuff.

—Myrna Khanom —se presentó la chica con una graciosa inclinación de cabeza—. También de Hufflepuff.

—Gedeon Auger y… soy nuevo —se presentó estrechando manos con ambos chicos—. Así que no sé en que casa estoy. Ahora si me disculpan, voy a buscar a mi hermano.

—Cuando lo encuentres —comenzó Myrna cuando Gedeon se alejaba por el pasillo—. Estamos en el compartimiento de al lado, por si quieren ir.

—Sí, tenemos ranas de chocolate —agregó Ekon agradablemente—. No están envenenadas y esperamos que queden en Hufflepuff.

Gedeon hizo un gesto con la mano, seña de que había escuchado y pensaría la proposición. Pero en cuanto vio entrar a los dos adolescentes a su compartimiento, se lanzó a correr por el pasillo, rezando internamente porque Geryon no hubiera cometido alguna tontería. Miró casi compartimiento por compartimiento, esperando encontrarlo por allí, de equivocado y despistado. Pero nada. Ni un pelo de su gemelo.

Se pegó a una ventanilla con el corazón estrujado, como esperando de un momento a otro ver a Geryon volando por los aires antes de revolcarse por toda la cuneta. Pero desistió al decirse así mismo, que Geryon no cumpliría lo dicho por Ekon, porque lo conocía bastante. En un intento desesperado, se lanzó contra la bruja de las golosinas y se agachó a mirar bajo las patas del carrito como esperando encontrarse a su gemelo pegado al fondo metálico.

—¡Ah, pero que pervertido! —chilló la bruja saltando atrás y recogiéndose las faldas, sacando una varita corta y apuntándole al trasero que sobresalía del carrito—. ¡Sale de ahí!

La varita soltó un chorro de chispas y Gedeon dio un grito ahogado saltando, logrando pegarse fuerte contra el metal, para salir medio aturdido frotándose la cabeza.

—Sólo busco a mi hermano —se excusó hoscamente—. No tenía que atacarme así.

—¿Y lo buscabas bajo mis faldas? ¡Ya lo creo! ¡Esto es una falta de respeto muchacho!

Agitó la varita y Gedeon esquivó el chorro de chispas amarillas que zumbó contra él. No dio ni tres pasos huyendo de aquella insultada mujer cuando una mano lo aferró por un brazo y lo metió de golpe en un compartimiento. Alzó la cabeza para encontrarse frente a frente con unos místicos ojos malvas, que lo observaban con fijeza.

—Es tu gemelo, ¿cierto?

Gedeon se enderezó, todavía frotándose inconscientemente la cabeza. La chica frente a él era muy pálida, de pelo negro muy lacio con reflejos malvas que le llegaba hasta media espalda y aquellos ojos malvas, mucho más extraños que los de él mismo. Asintió finalmente y ella se aseguró que la bruja del carrito ya no estaba en el pasillo para salir, aferrándole un brazo con suavidad.

—Lo vi caminando no hace mucho —explicó, mientras avanzaba con Gedeon por el pasillo—. No sé si entró a algún compartimiento, pero si no lo hizo, fue a los baños. Quedan en el otro vagón, así que ten cuidado al cruzar de uno a otro. No es que vaya a sucederte nada, pero… no sé, esas uniones en los trenes siempre me han dado escalofríos. Ojalá lo encuentres. Y… lo harás, ya que no puede bajar del tren.

—Eso fue lo que me comentaron —dijo Gedeon frunciendo el ceño. Extendió una mano hacia la chica, que arqueó las cejas con calma—. Soy Gedeon Auger y voy nuevo a Hogwarts, para entrar en sexto año.

—Nailah Deverell, sexto año, casa Slytherin —se presentó ella aceptando la mano del adolescente—. Pareces inteligente, así que… supongo que entrarás en Ravenclaw —soltó casi como una predicción—. Pero no dejes de pensar un poco en entrar en Slytherin. Adiós, Gedeon.

—Nos vemos después Nailah.

Agitó una mano mientras se alejaba y siguió las indicaciones de la chica. Vislumbró una figura idéntica a la de él en un pasillo, que se detenía unos instantes y después entraba distraído en un baño, mientras una chica de cabello castaño ondulado dejaba de conversar de golpe con otra para voltearse ante la repentina maniobra del moreno. Enseguida se olió problemas, por lo que corrió hacia el final del pasillo. En efecto. Un chillido agudo escapó del interior del reducido baño, para luego la puerta abrirse con violencia y salir Geryon corriendo mientras una chica pelirroja lo golpeaba con su bolso en la cabeza, gritándole a todo pulmón que era un pervertido.

—¡Error, error…! —apenas podía gimotear Geryon protegiéndose la cabeza con las manos—. ¡Yo no sabía…!

—¡Tú sucio chiquillo de costumbres dudosas! —chillaba la pelirroja agitando su magnífica cabellera, mientras intentaba con su bolso golpear cada mínimo pedacito libre del moreno que casi parecía un papelito de chicle estrujado de tanto encogerse—. ¡Te me abalanzaste encima en cuanto cerraste la puerta! ¿Y todavía te defiendes? ¡Afuera estaba el símbolo de «chicas»!

—¡Espera Lily! —intervino la chica castaña, interponiéndose entre la pelirroja y el moreno—. Yo te estaba cuidando el baño, a mí se me pasó, y si te das cuenta, el símbolo está caído —agregó señalando la puerta limpia—. Es obvio que buscaba el baño pero se confundió. Además, no parece mal chico.

—Todos son iguales —bufó Lily—. Pero —miró la puerta, y dejó de mostrarse agresiva—, llama a la puerta para la próxima.

—Sí, sí —jadeó Geryon enderezándose, mirando con el rabillo del ojo a la chica castaña, que le sonrió alentadoramente, a lo que él se ruborizó.

—¡Ah, menos mal que estabas aquí! —bufó Gedeon aferrando un brazo de su gemelo que lució sobresaltado—. Casi me vuelvo loco buscándote. Ahora vamos, debemos cambiarnos. Con permiso señoritas.

Intercambió una larga mirada con la pelirroja, que lucía sorprendida de ver a dos personas tan idénticas y apenas miró a la castaña. Pero otra persona se había encargado de mirarla bien. Geryon no apartó los ojos de ella hasta que se perdió en el pasillo, hundido en los dorados de la adolescente que lo había defendido.

N/A: Dejar un review no cuesta nada, nos motivan a mejorar y seguir adelante, ojala te este gustando nuestra historia querido lector o lectora HASTA EL SIGUIENTE CAPIII