Volver al apartamento fue la peor parte del día.

Ni bien cruzó el umbral de la puerta, Len sintió el tremendo deseo de volver corriendo por donde había llegado. Cuando recobró el control de sí mismo, avanzó por la estancia y se dejó caer en aquel sofá de color negro. Recargó la cabeza en uno de los cojines, mismo que le evocó recuerdos de un tiempo feliz en el que su hermana había pasado las tardes enteras, y una que otra noche, recostada sobre ese mismo cojín. Fue por esa misma razón que estaba impregnado por el perfume de Rin.

Perfume que, para desgracia de Len, jamás volvería a tener cerca.

— ¡Maldición!

Lanzó lejos el cojín y se levantó para ir a la cocina y servir un vaso de agua fría. Mismo que, al estar en sus manos, le provocó otra sensación desagradable. En el contenido incoloro de ese vaso vio el reflejo de los ojos llorosos de su hermana. Vio aquella expresión de dolor, de pesar, de angustia… Se preguntó cómo se había sentido Rin en ese momento, lo cual le hizo sentirse el peor hermano y el peor amante de la vida. Y pensar que él había estado en pleno éxtasis segundos antes de verla caer…

Dejó caer el vaso de agua al suelo y le dio una patada a los restos al mismo tiempo que soltaba un fuerte grito de ira. Corrió al cuarto de baño, derribando una lámpara en el proceso, y se detuvo cuando el lavamanos le impidió seguir avanzando. Miró su reflejo en el espejo que su hermana había decorado con algunas fotografías.

Fotografías de ambos.

Las arrancó todas. Todas y cada de ellas fueron a dar al impecable suelo del cuarto de baño. Las rompió por la mitad, de tal manera que en el montón de restos de recuerdos felices sólo quedaban algunas Rin solitarias y muchas réplicas de un Len cretino y desvergonzado.

Controló su propio llanto y enjuagó su rostro en el lavamanos. El agua helada que salía del grifo le ayudó a aclarar sus ideas por un breve instante, hasta que levantó el rostro y en su reflejo vio a Rin.

Te amo, Len —dijo ella, la Rin que se veía en el reflejo, y acto seguido el cristal estalló.

Len retrocedió aterrado y chocó contra la pared que tenía detrás. Al recuperar el sentido, en su puño derecho sintió un dolor punzante. Lo miró y descubrió que sus nudillos destilaban sangre, además de tener unas pocas astillas de cristal clavadas en la piel.

—El espejo… ¿Lo hice yo…?

Una lágrima solitaria corrió por su mejilla y se levantó para lavar la herida, aunque sus manos temblorosas no eran de mucha ayuda.

Sintió que enloquecería.

Tuvo que buscar un botiquín de primeros auxilios para vendar su mano herida, pero finalmente consiguió salir del cuarto de baño a pesar del temblor que también había aparecido en sus piernas. Buscó su teléfono celular en los bolsillos de sus pantalones y buscó un número en la agenda telefónica.

El nombre de Luka Megurine estaba señalado con un par de corazones.

Pulsó la tecla para llamar.

Esperó uno, dos, tres, cuatro tonos.

No obtuvo respuesta.

Miró de nuevo la agenda y buscó un segundo número y pulsó la tecla para llamar con un dedo tembloroso.

La respuesta llegó al tercer tono.

—Len, ¿qué pasa? —dijo la voz de Kaito al otro lado de la línea.

—Sólo tomaré algunas cosas del apartamento de Rin —respondió Len con su voz quebrada por el llanto—. ¿Aún puedo pasar la noche en tu casa?

—Seguro.

—Iré en una hora, quizá sea en treinta minutos.

Terminó la llamada y se detuvo en seco cuando se dio cuenta de que sus pies lo habían trasladado inconscientemente al dormitorio.

Llovía a cántaros, así que la imagen en general no era nada agradable. La cama aún estaba desordenada y en un parpadeo pudo verse a sí mismo hacerle el amor apasionadamente a Luka en la misma cama donde había amado a su hermana en más de una ocasión. Le pareció que incluso su mente intentaba traicionarlo, pues con cada parpadeo cambiaba la imagen.

Era Rin.

Era Luka.

No, era Rin.

Y entonces, volvía a ser Luka.

Se alejó de la cama y optó por salir de la habitación, cerrando la puerta detrás de sí.

—Sólo toma tus cosas y pronto podrás irte de aquí —dijo para sí mismo.

Pero no pudo hacerlo y de alguna forma terminó sentado en el sofá de la estancia.

Lloraba en silencio, sólo soltando ocasionales sollozos. Sus ojos azules estaban vacíos, muertos, aún a pesar de que la vida aún estaba apresada en su cuerpo y no había escapado como en el caso de su hermana.

—Rin… —musitó.

La alerta de una llamada entrante lo sobresaltó. Miró la pantalla de su teléfono y se sintió levemente aliviado al ver el nombre de Luka en el identificador. Respondió sin importarle que su voz siguiera delatando el llanto que no lo dejaba vivir en paz.

—Luka… Necesitaba hablar contigo…

—También yo necesito hablarte.

Algo en la voz fría debió advertirle lo que ocurriría, pero la tristeza y la culpa eran tales que Len no podía pensar.

— ¿Dónde estás? —preguntó Luka.

A la mierda los secretos, pensó Len.

—En el apartamento de Rin.

—Te veré ahí.

Y ella terminó la llamada.

Lo que Len nunca se imaginó fue que en esos momentos, Luka Megurine se encontraba de pie frente al complejo de aparcamientos. Cubriéndose de la lluvia con un paraguas de color negro y aferrando con fuerza su teléfono celular. Con una mirada vacía, opaca… Totalmente fuera de sí.