CAPITULO V
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"Citas"
/Pensamientos/
Redacción
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CAPITULO V
Hermione era sin duda la bruja más brillante de su edad. No sólo había conseguido que sus padres estuvieran a salvo alejándolos del campo de batalla y eliminando todo vestigio de la existencia del mundo mágico de su memoria, sino que también se las había ingeniado para que el lugar en el que soñaran vivir sea absolutamente paradisíaco.
Más azul que sus ojos, el mar se perdía en la distancia haciéndolo sentir tan insignificante que tuvo que mirarse las manos para comprobar que su cuerpo era concreto frente a tal inmensidad. El sol, casi inexistente en los mapas climatológicos británicos, se le colaba en cada poro y hasta podía sentir su sangre, bombeando con fuerza en sus venas, buscar la luz con desesperación. El aire olía a verano frutado y flores maduras, suspirar era un necesario e involuntario acto reflejo.
Mantuvo los ojos en el horizonte, en donde el celeste del cielo y el azul del mar se fundían en una línea casi imperceptible, y se acordó de ella.
[…]
Los meses anteriores habían sido un tiempo ensordecedor en la vida de Ron. No sólo porque la vibración de las bombas de la batalla parecían seguir bailando en sus oídos, decididas a no dejarle olvidar ni un solo estruendo; sino porque las sacudidas que sufrió su espíritu durante todo su viaje y la guerra le resonaban en la conciencia con la fuerza de mil redoblantes de batalla. Y sin embargo, aturdido y todo, cualquier sonido era mejor que el estentóreo silencio de La Madriguera. Nadie emitía palabra y, sin embargo, Ron podía oírlos gritar por dentro.
Su habitación seguía exageradamente anaranjada pero, a falta de lugares libres, algunos pósters de los Chudley Cannons tenían interrumpida su inmensidad por alguna u otra fotografía que el pelirrojo había osado colgar en la pared. Se encontraba tumbado en su cama, con la cabeza girada hacia el muro de su derecha, y la vista clavada en Hermione: al lado de Harry, ella le sonreía mientras saludaba a la cámara agitando la mano. Él le examinaba el rostro con detallismo, pero no le devolvía la sonrisa. En sus manos, una Quaffle golpeaba el techo y volvía a ser atrapada, en un monótono e inconsciente movimiento ascendente y descendente.
Un par de golpes en la puerta le hicieron mover la vista de la fotografía, y la Quaffle se le resbaló de las manos.- Pase -dijo con monotonía, mirando a su izquierda cómo el objeto rodaba irregularmente hacia la puerta de la habitación. El picaporte giró y Hermione entró en el cuarto, levantando la pelota en el trayecto. La dejó en el piso al lado de la cama y se sentó a la altura de las rodillas de Ron, que la miraba con profundidad.
Todavía mirando la Quaffle, Hermione frunció el cejo y dijo - Ah, era eso. Tu madre me mandó a averiguar qué era ese ruido y a decirte que, sea lo que sea, dejes de provocarlo -Le dijo, ahora con la mirada en sus ojos y una media sonrisa en el rostro que denotaba más pena que picardía.
Ron quitó su vista de la real Hermione y volvió a posarla en la fotografía - Odio este silencio espantoso. Me huele a esconder la tierra debajo de la alfombra -.Con el dedo índice de su mano derecha comenzó a recorrer suavemente el rostro de Hermione impreso en la foto, quizás no sabiendo que ella le estaba mirando, quizás habiendo perdido la vergüenza de manifestarle lo que hace tanto tiempo sentía.
Hermione estiró su mano izquierda y tomó el índice desplegado de Ron, sacándolo de su sopor y haciendo que la mirase a los ojos. -Nadie está escondiendo nada, Ron. Simplemente no se pone en palabras algo que, de por sí, es muy difícil dejar de poner en recuerdos -
- Este silencio no es sólo por Fred -dijo Ron, y a Hermione le sorprendió la seguridad con la que él mencionaba a su hermano, aún más que el hecho de oír ese nombre por primera vez en tres completos días.
- No te comprendo… -Hermione seguía sosteniendo con suavidad el índice de Ron en su mano, y éste comenzó a envolvérsela con los dedos que tenía libres. Ella, aunque podía sentir el movimiento, no dejó de mirarlo a los ojos mientras Ron se incorporaba en la cama para quedar sentado frente a ella.
- Digo… porque aquí hay muchas cosas que no se hablan... -Lo dijo casi en un susurro, pero con el tono firme. Al terminar la frase, bajó la vista hacia sus manos entrelazadas en una clara indirecta hacia Hermione, significando un desesperado ¿Qué es lo que pasa entre nosotros?.Sintió que le ardían un poco las puntas de las orejas, pero aún así levantó la vista y la miró a los ojos con vehemencia inquisidora.
Hermione no supo de dónde había sacado Ron esa seguridad, pero se hubiese lanzado a besarlo de nuevo si el momento hubiese sido adecuado, y (por supuesto) si no fuese porque se había jurado a sí misma no volver a dar el primer paso. Se limitó a bajar la vista sonrojada y posarla en los dedos de Ron alrededor de su mano, que seguía envolviendo el índice del pelirrojo con posesión. A partir de la línea de su muñeca, un sinfín de cicatrices adornaban el brazo, como una marca registrada que el pasado se había tomado la libertad de imprimir. Sin desajustar su mano izquierda del dedo de Ron, Hermione estiró su mano derecha y con su propio índice comenzó a recorrer las líneas irregulares que bailaban alrededor del antebrazo pecoso de su amigo.
Ron cerró los ojos con fuerza y respiró con pesadez. Sin abrir los ojos se dejó caer lentamente, hasta apoyar su frente en el hombro izquierdo de Hermione. Sintió como la piel se le erizaba debajo del fino dedo de ella, que dibujaba formas irregulares en esas marcas que dolían más en la memoria que en la carne. El dedo de Hermione se separó bruscamente de su brazo pero, antes de que pudiera abrir los ojos para recriminar semejante interrupción, sintió el calor de la palma de de Hermione en su mejilla izquierda, y luego la delicadeza de un pulgar jugando con sus pestañas mientras bordeaba con parsimonia su ojo cerrado.
Ron hundió su larga nariz entre la mandíbula y la clavícula de Hermione, respiró su perfume casi con necesidad y luego, hablando casi sobre su cuello, dijo con resignación - Ya sé, ya sé. Te irás en cuatro días y luego volverás a que recuperemos el tiempo perdido - Hermione movió su cabeza y, cerrando ella también los ojos, apoyó su mejilla en la frente de Ron. Él alzó su mano izquierda y comenzó a jugar con sus rizos, aún con los ojos cerrados - Es sólo que siento que cada vez es más tiempo el que dejamos que se nos pierda -terminó de confesar.
[…]
Seguía mirando el inmenso mar cuando se percató de que la gente lo miraba con curiosidad. No supo distinguir si era por la estática posición que mantenía frente al mar desde hacía quince minutos o por las (a los ojos de los muggles) ridículas ropas que llevaba encima. Se miró para terminar de corroborar que tenía su túnica puesta y se sorprendió al encontrar a sus pies un par de monedas australianas /Alguien debe haber pensado que soy una especie de espectáculo público/ se dijo divertido mientras, habiendo recogido las monedas, se encaminó a buscar la entrada al mundo mágico que Hermione había hallado con tanto trabajo.
...
Agradeció inmensamente haber pasado por un artista callejero cuando, cinco horas más tarde, saboreaba, con la voracidad de un prisionero, un sándwich comprado con el dinero que le arrojaron. En su afán de llegar cuanto antes al lado de Hermione, no meditó con profundidad la frase "ni rastros del mundo mágico". El ministerio le proporcionó un traslador en lugar de una chimenea, lo que eliminaba la seguridad de conocer a un mago que lo reciba del lado australiano del ceniciento trayecto; la inexistencia del mundo mágico a simple vista eliminaba cualquier posibilidad de encontrar un ingreso visible al ministerio o una sede de Gringotts que le permitiera cambiar dinero; encontrar una lechuza era prácticamente imposible, y ni hablar de una chimenea para comunicarse con alguien en Londres. ¿Cómo no pensarlo antes? Si Hermione tardó quince horas en encontrar una lechuza, ¿Cuánto tiempo tardaría el despistado Ronald Weasley? Pateó el suelo con impotencia y miró a ambos lado de la calle.
Unos ojos brillantes lo miraban con insistencia detrás de un cajón de manzanas. Por un momento pensó que se trataba de otra persona que curioseaba su vestimenta, y contuvo sus ganas de gritarle para alejarlo contemplando la posibilidad de recibir más monedas australianas. Lo miró nuevamente ablandando el seño, extrañado por la forma en la que esos ojos lo miraban. Por un momento recordó a Dobby, y movido por una conmoción interna, transitó los cuatro metros que lo separaban de la verdulería que exhibía las manzanas, trinchera de su observante.
Un niño de ropas raídas, pies descalzos y la cara manchada le mantenía la mirada con asombro. Ron miró el sándwich que todavía sostenía en su mano y lo partió a su pesar -¿Quieres? -le ofreció con dulzura. El niño, casi sin pestañear, negó con la cabeza. Ron lo miró extrañado -¿Te puedo ayudar en algo?-Dijo, tratando de mantenerse paciente.
- Yo te conozco -habló la aguda voz del niño - Eres ese chico Weasley. Mi hermana no deja de hablar de ti, ni de Harry Potter. Guarda todos los recortes del profeta.-El niño seguía mirándolo fijo, como evitando pestañear por si Ron se le escapaba en ese micro segundo de párpados cerrados- ¿Me compras un helado? -Le dijo cambiando radicalmente de tema, y sonriendo con dulzura, intentando comprar su voluntad.
- Lo siento, esto es lo único que tengo -le dijo, ofreciéndole nuevamente una porción de sándwich. Le extrañó ver que el niño volvía a negar con la cabeza sin quitarle la vista de encima - ¿Crees que podrías llevarme a tu casa? ¿A conocer a tu hermana?- le preguntó segundos después.
Sin responder nada y, por supuesto, sin dejar de mirarlo, el niño agarró la punta de la manga de la túnica de Ron y lo guió calle abajo, hacia la parte más oscura y destartalada del centro de Sidney. Ron perdió el apetito de la emoción, aunque conservó el resto de su sándwich, y se dejó llevar por calles adoquinadas con casas de madera mohosa y tejados destartalados. El niño se detuvo y lo soltó frente a la puerta de una pequeña casa vieja y Ron tuvo la impresión de que la carpa que había habitado durante la búsqueda de los horrocruxes era más acogedora que esa construcción.
Recuperó el optimismo cuando el niño le dirigió una sonrisa y se encaminó a la puerta. Había encontrado un vestigio de magia. Suspiró con alivio: pronto estaría con Hermione de nuevo.
...
El pequeño niño, Cristopher, tenía siete años y vivía con su madre, Megan, y sus hermanos Natalie y Jason. Ron no sintió que fuera correcto preguntar por el ministerio de la magia o solicitar polvos flu apenas ingresara a la casa, así que se limitó a explicar, sin demasiado detalle, todo sobre la gran batalla a un entusiasmado Jason; y todo sobre Harry Potter a una enamorada Megan. El pequeño Cristopher seguía mirándolo con los ojos bien abiertos.
La casa era un mono-ambiente sucio y demacrado que certificaba la pobreza en la que vivía esa familia. Sin embargo, la hospitalidad que la madre del pequeño Cristopher manifestaba, era digna de cualquier miembro de la nobleza medieval.
Mientras acercaba a la pequeña mesa todo tipo de aperitivo, Megan habló con ojos brillantes - Debe haber sido un año muy duro, mira que salvar al mundo mágico con sólo diecisiete años. Jason tiene quince y ni siquiera sabe blandir una varita. Leer sobre ustedes y sobre Hogwarts ha sido muy renovador para nosotros, El Profeta es la única conexión con la magia que nos queda -Dijo bajando la vista. Ron se atragantó con las galletas de miel.
- Disculpe -Dijo cuidadosamente - ¿quiere usted decir que viven como muggles? -preguntó en voz baja.
- Querido, -Megan hablaba con una dulzura que le recordaba a su madre - en Australia no hay otra manera de vivir -Ron la miró solicitando una explicación. Megan habló - Al principio vivíamos mezclados entre ellos, la educación mágica era casera, aunque mantenía un buen nivel. Pero con el tiempo, la única forma de subsistir era hablar con el parlamento muggle sobre nuestra existencia, y que nos concediera la estructuración de un sistema político que nos permitiera el establecimiento de sistemas laborales y educacionales formales. Sin embargo, se han negado a reconocernos desde entonces, y los magos de aquí fueron mudándose o muriendo de a poco. Mis hijos son de sangre mestiza: Cristopher, su padre, es el único muggle que conocí que se maravillaba con la magia. Lamentablemente, él murió en un accidente cuando el pequeño Cris tenía un año y medio. Si no somos la última familia de magos en Australia, no debe estar muy lejos.- Megan hablaba con tranquilidad y sus ojos tenían el clásico gesto de alguien que evoca tiempos mejores. Amplió su sonrisa cuando miró el rostro pálido y compungido de Ron y, poniéndose de pie, le dijo - No es para tanto, ya estamos acostumbrados -y le acercó un vaso lleno de una bebida anaranjada que Ron dudó que fuese jugo de calabaza.
- Pero… eso es imposible.-Habló por fin- Mi mejor amiga está aquí en Australia. Sé que le costó, pero encontró el mundo mágico australiano. Me envió ésta carta con una lechuza, inclusive. Y desde que llegué no he visto ninguna, así que tiene que haber encontrado algo -Ron sacudía la carta tratando de convencerla y convencerse de que el relato de Megan era sólo una invención.
- Querido, sólo hay dos posibilidades -Dijo Megan señalando la carta - O esa carta no la escribió tu amiga y alguien que quiere gastarte una broma, o ella no está en Australia -Y sin decir más, puso frente al rostro atónito de Ron una tasa rebosante de café caliente.
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Espero que lo hayan disfrutado. No se cuándo podré cargar otro capítulo, ojalá que pronto.
¡Espero comentarios!
