CAPITULO VI

Referencias:

- Diálogos -

"Citas"

/Pensamientos/

Redacción

[…] Flash Back […]

CAPITULO VI

"(…)

"Te acercaré noticias en cuanto las tenga, te abrazo fuerte.

"Tuya,

Hermione."

Era la décima vez que, con desesperación voraz, los azules ojos de Ron recorrían la redacción sobre el pergamino que había recibido en nombre de Hermione. La carta era de ella, no había dudas. Reconocería la prolijidad de su firma con la rigurosidad de un grafólogo: una "h" con demasiada presencia y el resto de su nombre desplegado con naturalidad. Sobre la caligrafía no había punto de discusión, los tantos años escolares copiando sus trabajos se alzaban como la fehaciente prueba consuetudinaria de su opinión calificada. Estaba confirmado, la carta era de ella. La pregunta era: /¿Por qué mentiría?/.Pero la respuesta también era prácticamente obvia: /Hermione no me mentiría/

- Megan, lo que usted dice es imposible. Ella está aquí, puedo sentirlo. -Ron la miraba casi suplicándole que confesara que acababa de jugarle una broma pesada. Sus ojos iban de Megan al pergamino en su mano, una y otra vez. La mujer, contrario a sus expectativas, le sonreía con el mismo rostro incoherente de quien comunica una mala noticia y pretende dar contención al mismo tiempo. Interpretando su mirada, Ron bajó la vista hacia el pergamino con resignación. Megan miró la carta en las manos de Ron y se atrevió a hacer un juicio.

- Esa amiga tuya debe significar mucho para ti si te tiene así de turbado - Ron sólo atinó a levantar la vista mientras se sonrojaba suavemente. Iba a responder pero no lo hizo, se limitó a respirar hondo y dirigirle una sonrisa amarga. Luego volvió a bajar la cabeza. Megan se puso en cuclillas a su lado y, poniéndole una mano en el hombro para hacer que la mirase a los ojos, le dijo -Está bien, te creo. Si estás convencido de que ella está aquí, búscala. Puedes quedarte con nosotros mientras tanto, si quieres. Nos vendría muy bien algo de magia para cambiar la rutina, y a ti un lugar donde quedarte.

Ron la miró con profundo agradecimiento y, como si volviese a tener doce años, se dejó abrazar por esa mujer que parecía comprender lo que sentía como si ella lo hubiese vivido en carne propia. No pudo evitar acordarse de la hospitalidad de su madre, e inmediatamente después, las palabras de Hermione le vinieron a la cabeza: /Ya verás cómo la vida te hace justicia, Ron. A ti y a toda tu familia/. Quizás el destino estaba devolviendo a Molly su hospitalidad incondicional a través de Megan. Se separó de ella y se sintió potentemente animado. A su izquierda todavía humeaba la taza de café sobre la mesa. La tomó por el asa y, sonriendo a la mujer a su lado, sorbió con potencia optimista. Había olvidado cuán horrible sabía; la primera y última vez que probó café fue en aquella mugrienta cafetería de Totenham Court Road después de huir de la boda de Bill. /Hermione/ pensó con un dejo de tristeza.

- Ven, dormirás con el pequeño Cris. Te mostraré dónde está su habitación -posiblemente Megan haya leído la nostalgia en sus ojos y lo había sacado de su ensimismamiento; o quizás, identificando la mueca de desagrado en el pelirrojo, sólo quería alejarlo de la taza de café, lo cierto es que le hizo bien interrumpir sus pensamientos nostálgicos.

En realidad, la casa no necesitaba guía turístico: era tan pequeña que con un breve vistazo podía conocerse hasta su último rincón. Pero Ron la siguió, como un turista sumiso e interesado, por el único y descascarado pasillo.

Nunca fue costumbre de ningún Weasley vivir a costa de los demás. Ron no podía dejar de pensar en la enorme deuda que significaba quedarse en esa casa tan pequeña, con esa familia tan pobre. Sin embargo, dado el hecho de que lo único que tenía en su haber era el medio sándwich que le sobró de su primer día en Australia y que el resto de los habitantes del país parecían ser muggles, convivir con Megan y el pequeño Cris parecía su mejor opción. Para su fortuna, él corría con una ventaja con respecto a cualquier otro posible inquilino: tenía una varita mágica. Aunque no pudo aparecer comida sobre la mesa, con un par de movimientos, un "tergeo"y un "reparo", la casa quedó impecable. Seguía siendo pequeña, pero era definitivamente más habitable que la carpa que llevaron consigo mientras buscaban los Horrocruxes.

La primera semana en Australia fue más corta de lo que Ron esperaba. No había hallado rastros de Hermione, pero la compañía era grata y comprensiva. El pequeño Cris se había convertido en su sombra, y Ron se entretenía contándole las maravillas del mundo mágico. Temprano todas las mañanas, con afanosa puntualidad, recorría la ciudad acompañado de su nuevo amigo, en busca de alguna pista que le dijera dónde podría encontrarse Hermione.

Aquel día no era diferente: se levantó temprano y, con un movimiento de varita, preparó el desayuno para toda la familia. De un solo sorbo tomó su taza de té (lo única infusión muggle que podía tragar) y se cambió con concentración y presteza. A su lado, el pequeño Cris dormía profundamente, Ron decidió no despertarlo por este día. Terminó de ponerse su túnica sobre una camisa blanca y, saludando a Megan con un beso en la mejilla, se dispuso a recorrer nuevas calles australianas.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando, dentro de una galería en el centro de Sidney, vio algo que le llamó poderosamente la atención: al otro lado de la vidriera y dentro de la más reforzada de todas las numerosas jaulas que había en aquel local, una lechuza parda le sostenía la redonda mirada, como saludándolo, sorprendida de encontrarlo allí. Se encaminó dentro del local, donde el vendedor regordete miraba su vestimenta con curiosidad, y casi sin saludar preguntó con emoción:

- ¿Usted se dedica a vender lechuzas señor? ¿De dónde ha salido esa? -señalaba a la lechuza parda con suma curiosidad.

- ¿Vienes de Control y Cuidado Animal? -preguntó el vendedor con una voz inesperadamente grave e impertinente. Ron lo miró con escepticismo, "Control y Cuidado Animal"sonaba como una institución que Hermione fundaría, pero él definitivamente no formaba parte de ella. Sin dejar de mirarlo con extrañeza, Ron negó con la cabeza pausadamente. El vendedor, ante la negativa, sonrió abultando sus gordos cachetes y, sin más, respondió la pregunta del pelirrojo, cambió radicalmente el modo: - Ah, sí. Las lechuzas. Yo vendo todo tipo de aves, muchacho, como puedes apreciar. -Dijo extendiendo sus brazos, como invitándolo a curiosear cada pluma del establecimiento - Las lechuzas no son mi especialidad y tampoco lo que más se vende, pero esa que tú señalas es una lechuza particular -Al escuchar eso, Ron apartó la vista de la lechuza y, mirando al vendedor, lo interrogó con una mirada de cejas fruncidas y ojos entrecerrados - Jaja, te preguntas por qué... Encontré a esta pequeña en plena calle, hace ya un par de años. Me sorprendió encontrarla tan tranquila en el alféizar de una ventana. La atrapé sin pensarlo dos veces y ha estado conmigo desde entonces. Sólo he conocido a una persona interesada en ella, pero no la compró. -

- No entiendo por qué eso la haría particular, señor. Es simplemente una lechuza que no ha podido vender -Dijo Ron, intentando averiguar algo más. El vendedor sonrió con picardía.

- Es particular, muchacho, porque hace dos semanas esa lechuza desapareció por seis días y, cuando ya la daba por perdida, la vi una mañana paradita sobre el escritorio, esperando ser encerrada de nuevo. Le puse el mejor candado que tengo en la tienda y no ha vuelto a salir, pero estoy seguro que algo especial tiene, las lechuzas no suelen comportarse así -el gordito hablaba con un suspenso casi morboso y Ron imaginó que ese debía ser el tono que usan los vendedores ambulantes que circulan a media noche por el callejón Knockturn. Aunque el extraño vendedor le erizaba los pelos de la nuca, Ron no pudo ocultar su emoción: hacía más de una semana había recibido la carta de Hermione, sin duda se trataba de la mismísima lechuza. Volvió a mirar al ave con concentración, más por evitar la mirada del comerciante que por otra cosa, y mientras el animal le devolvía la fija mirada, Ron preguntó:

- Ha dicho que una sola persona estuvo interesada en esta lechuza, ¿recuerda quié…

- Oh, no. ¡Escóndeme!- Interrumpido por la exclamación de hastío del vendedor que, agarrándose la cabeza con ambas manos, miraba hacia la amplia galería al otro lado de la vidriera, Ron giró la vista hacia el exterior del local. A escasos metros de la puerta, un hombre y una mujer de unos cincuenta años se acercaban decididamente. En un principio creyó que se trataba de verdaderos miembros de "Control y Cuidado Animal", pero dejó de barajar esa teoría cuando notó la profunda amabilidad y preocupación en la voz de la mujer:

- Disculpe nuevamente, Señor Nettinger, pero aún no sabemos nada de ella. Estamos realmente preocupados. ¿Está seguro de que no ha regresado?- La mujer miraba casi suplicante al vendedor mientras éste negaba con la cabeza con una velocidad que denotaba su hartazgo e impaciencia. En ese preciso momento, la mujer reparó en la presencia de Ron - Wendell -llamó a su acompañante sin dejar de mirar al pelirrojo de pies a cabeza - Este chico está vestido como ella.

Indignado por la interrupción cuando por fin había encontrado una pista, Ron no entendía muy bien de qué hablaba esa mujer, pero lo descolocó más todavía cuando el hombre que la acompañaba la tomó por los hombros y la apartó de él con suavidad. Luego se volvió hacia Ron y, con innecesaria cautela, comenzó a hablar mientras se acercaba con cuidado. - Hola, muchacho, ¿también tú te has escapado?

La sorpresa de Ron fue mayúscula. Semejante pregunta no sonaba como un halago bajo ninguna concepción. Ofendido, sin saber muy bien por qué, se estiró cuan largo era y miró al hombre desde su altura, imponiendo respeto -Señor, no sé de qué está hablando usted, pero yo no me he escapado de ningún lado. Así que le ruego que me permita terminar de conversar con el señor aquí presente. -y dando por terminado cualquier atisbo de conversación, le dio la espalda y se acercó al mostrador para continuar hablando con el vendedor.

- ¿Conoces a Hermione Granger? -La voz de la mujer ingresó en sus oídos inesperadamente. El nombre de Hermione le golpeó los tímpanos con la fuerza de un ciclón. Pálido y con los ojos fuera de sus órbitas, se enderezó de golpe y giró sobre sus talones.

- Es a ella a quien estoy buscando -dijo monocordemente, sin cambiar su expresión, y mirando a los ojos castaños de la mujer parada frente a él, empezando a entender por qué su mirada le sonaba tan familiar.

- Te dije que se había escapado. No regresó. Éste debe ser docente. ¿Quién sabe dónde estará ahora? -Wendell señalaba a Ron y hablaba de él como si no estuviese parado al frente. A su lado, la mujer le escuchaba pero se mantenía mirando al pelirrojo directo a sus ojos azules. El hombre, terminando de hablar con la dama y bajando un par de revoluciones, se dirigió a Ron - Hola, joven. Mi nombre es Wendell Wilkins y ella es mi esposa, Mónica. Hace una semana conocimos a una de sus alumnas: Hermione Granger. Apenas la vimos nos dimos cuenta de su condición, sin mencionar el uniforme claro. Estuvimos todo el día con ella, pero la perdimos con el atardecer. En un principio creíamos que había regresado, pero yo estaba seguro de que no regresaría, imagínese, no sabría ni cómo llegar.

Ron no entendía nada de lo que Wendell Wilkins le decía, pero acababa de recordar los nombres que Hermione había impreso en la memoria modificada de sus padres. No la había encontrado a ella, pero sí a aquello que ella había ido a buscar. Sin embargo, parecía que Hermione los había hallado antes. La historia era muy extraña: si Hermione encontró a sus padres, ¿Por qué los dejó de nuevo? ¿Por qué seguían creyendo ser Mónica y Wendell Wilkins? Algo extraño estaba sucediendo. Decidido a averiguarlo todo, Ron optó por seguirles el juego.

- Ah, Señor Wilkins- dijo con fingido profesionalismo mientras le daba la mano - está usted en lo cierto, Hermione no ha regresado. Mi nombre es Ronald Weasley, encantado. Me gustaría conversar con ustedes un momento, ¿podría ser? Tomemos un… té, en algún lado. -y sin saludar al vendedor, guió a los padres de Hermione hacia afuera de la tienda, esperando desenredar el nudo de tan intrigante enigma.

El parecido que Hermione tenía con su madre era tan marcado que Ron se preguntó cómo no se había dado cuenta antes que estaba frente a la Sra. Granger: el tupido y rebelde cabello castaño, la nariz respingada, las largas pestañas bordeando los ojos cafés, la sonrisa fresca. Sin embargo, no cabía duda de que el carácter de su amiga era legado de su padre. El Sr. Granger hablaba tan pasionalmente que hasta a veces resultaba agresivo, movía exageradamente las manos y pronunciaba cada letra con rigurosidad teatral. Leía el menú del bar en donde se sentaron con tal minuciosidad que cualquiera diría que buscaba un error ortográfico para recriminarle al primer camarero que pasara. Ron los miraba discutir para decidir qué ordenar (él decidió ir por el malo conocido: té) y sonrió con ternura para sus adentros, repitiendo ese ejercicio de memoria que tanto se había colado en su rutina.

[…]

Se encontraba fuera de los límites de los sortilegios protectores de la Madriguera, sentado sobre el pasto verde con la espalda apoyada en la pequeña verja de madera. Con las rodillas flexionadas casi contra su pecho y los antebrazos apoyados en éstas, despedazaba inconscientemente una pequeña rama seca que había arrancado de un árbol del jardín mientras esperaba a Hermione.

Era la primera vez que ella iba a aparecerse en el ingreso de su casa y él le había dicho que la esperaría afuera para asegurarse de que llegara bien. Hermione llevaba veinte minutos de retraso, pero a Ron no le molestó, sabía que lo que su amiga debía hacer no le resultaría nada fácil.

Últimamente aprovechaba los momentos de silencio y soledad para meditar la empresa en la que estaba a punto de embarcarse: no estaba arrepentido ni dudaba de su decisión, las opciones habían sido valoradas y las medidas tomadas con cautela; pero en algún punto, Ron sentía un profundo miedo. Él siempre había sido una persona optimista, lo que lo llevaba frecuentemente a sopesar los resultados positivos de las innumerables locuras que vivía con Harry; pero ahora, tan cerca de enfrentarse a Lord Voldemort, comenzaba a barajar las posibilidades de perder la guerra, y eso le daba tanto pánico que perdía el equilibrio. No temía tanto por él y su familia, ellos eran sangre pura (aunque eran públicamente reconocidos como "traidores a la sangre"). Pero Hermione era hija de muggles, y su suerte no sería la misma. Y Harry, era Harry. No hay que ahondar demasiado en ese punto: Si ellos perdían la guerra, era simplemente porque Harry habría muerto.

Estaba ingresando en los rincones más oscuros y menos frecuentados de su alma cuando el sonido de Hermione apareciéndose a su lado lo sacó de su meditación. Le sonrió abiertamente cuando reconoció su silueta, pero la transformó en una mueca de pena cuando vio su rostro empapado en lágrimas y distorsionado de dolor.

Hermione se lanzó a sus brazos con desesperación y comenzó a sollozar en su pecho con la fuerza de una tormenta de verano. Ron la abrazó con suavidad y, mientras acomodaba sus cabellos con cuidado, acercó su rostro al oído de ella.

- Hey, Hermione. Tranquila. Ya verás cómo todo estará bien.- Apelando a su ya conocido optimismo, le susurraba con cuidado, mientras ella mermaba la frecuencia de sus suspiros. Hermione se alejó de él y le dirigió una mirada cargada de lágrimas y angustia.

- Lo he hecho, Ron. Mis padres ya no me recuerdan. Y no sé cuándo volveré a verlos. Tuve que escapar de mi casa por la puerta de atrás, como un intruso. Y ni siquiera pude darles un abrazo de despedida - su rostro se descompuso de nuevo y Ron sólo atinó a volver a abrir los brazos para cobijarla en su pecho mientras lloraba. Intentando no decir algo indebido, volvió a hablarle suavemente.

- Ya verás cómo todo termina antes de lo que pensamos. Cuando menos lo esperes estaremos festejando la victoria y buscando a tus padres -le dijo con media sonrisa, tomándola del mentón y alzándole el rostro para mirarle a los ojos. Aún con el rostro hinchado, Ron la encontró hermosa, y no pudo evitar que sus ojos viajaran, por una milésima de segundo, hasta los rojos labios frente a él.

No supo bien si Hermione se había percatado de tan sugestiva mirada o si, efectivamente, él había dicho algo indebido; pero lo cierto es que la reacción de su amiga no resultó ser ni remotamente la que esperaba: sonrojándose de golpe, Hermione se alejó de él casi con violencia. Intentó mirarlo a los ojos pero, por alguna razón, no pudo sostenerle la mirada y bajó la cabeza manteniendo los puños apretados. - ¡No todo es tan simple, Ron! ¡Hablas como si estuviésemos por luchar contra Voldemort apostando en un partido de ajedrez mágico! Están sucediendo cosas terribles y yo sé que él es capaz de más, y es a eso contra lo que vamos a enfrentarnos. ¡¿Acaso no te das cuenta? -Hermione le hablaba casi a los gritos, con la misma mezcla de superioridad y desconcierto que usaba cuando le reprendía por algo que hubiese hecho mal. Le sostenía la mirada con las cejas arrugadas y los labios fruncidos y, como si realmente tuviese ganas de comenzar una discusión, esperaba su respuesta quieta como una estatua, pero manteniendo la alerta de la defensiva.

Las ganas de besarla desaparecieron de sus entrañas con la instantaneidad de un flash fotográfico. Por un momento se dijo a sí mismo que no debía responderle, que ella había tenido una horrible mañana y sólo estaba actuando así porque estaba triste. Pero allí estaba ella, mirándolo con altanería, con los puños cerrados con firmeza a los costados del cuerpo, y la espalda recta como la de un soldado del palacio de Buckingham.

Su naturaleza venció y adoptó él también su posición de batalla: - ¡¿Realmente me crees tan ignorante como para creer que estamos jugándonos una estupidez? Sé lo que hay allí afuera, ¿sabes? Me han criado la vida entera temiendo a Quien Tu Sabes. ¡Deberías ver lo que mis hermanos y mi padre me ayudaron a hacer, antes de opinar sobre tantas cosas! -luego de descargarse la miró ablandando un poco el tono, aunque siguió hablando agresivamente - Yo también tengo miedo, Hermione. Y me parece que es lo más sensato tenerlo. Pero no podemos andar por ahí quejándonos de lo terrible que nos toca vivir, creí que esa decisión ya estaba tomada. Tenemos que mantenernos positivos. Yo no me la paso llorando porque tú decidiste venir con nosotros a esta misión suicida. ¡Eres hija de muggles, Hermione! A veces preferiría borrarte la memoria a ti también en lugar de exponerte a que te maten cuando menos me doy cuenta.- La última frase salió de sus labios con la inercia de su verborragia anterior, pero era obvio que Ron no contemplaba decirla tan explícitamente. Al darse cuenta de lo que había dicho, la sangre subió a sus mejillas con velocidad delatora, y sólo pudo bajar la vista hasta la punta de sus zapatos, con las manos cerradas con fuerza a sus costados.

Hermione se mantuvo quieta y en silencio durante un par de segundos. Luego, con pasos lentos y suaves, se acercó a Ron, que seguía mirando el suelo. Con su mano izquierda tomó el puño derecho de él, haciendo que la mirara a los ojos. - Lo siento, Ron. No debí decir eso -Ron continuó mirándola sorprendido, mientras ella bajaba la vista hacia su otro puño y, tomándolo suavemente con su mano libre, guió los brazos del pelirrojo alrededor de su cintura, luego envolvió el torso de Ron con los suyos y, suspirando, apoyó la cabeza en su pecho.

Saliendo de su sorpresa, Ron la apretó entre sus brazos y, suspirando también, apoyó su mejilla en la coronilla de Hermione. No supo bien cuánto tiempo permanecieron abrazados en la puerta de la Madriguera, pero ya empezaba a sentir hambre. - Vamos adentro, mi madre debe estar preguntándose por nosotros -dijo soltándola suavemente; y guiándola por los hombros, en un gesto extremadamente protector, se encaminaron hacia el interior del jardín delantero de su casa.

[…]

- La encontramos aquí, en esta misma galería. -El Sr. Granger había decidido qué ordenar y comenzó a hablar sin introducción, sacando a Ron de su ensimismamiento. - Salió del negocio de aves en el que nos ía una capa rara como ésa que usted está usando. Nos siguió durante un par de metros. A Mónica le intrigaba la jovencita; yo no entendía bien por qué, debe haber tenido unos dieciocho años, pero ella parecía conmovida. Supusimos que se escapó de un instituto, por el uniforme. Pero no esperábamos que fuese un instituto para gente con discapacidad mental.

- ¿Disculpe? -A Ron no le sorprendía que la Sra. Granger se sintiera intrigada por Hermione, al fin de cuentas era su madre. Pero sólo alguien que no conocía a Hermione en lo más mínimo podría pensar que su cerebro no funcionaba al ciento cincuenta por ciento de su capacidad

- No lo tome a mal, Sr. Weasley. Nosotros admiramos su trabajo y colaboramos con diversas instituciones similares. Pero ella no parecía una chica especial, hasta que empezó a apuntarnos con un palillo de madera y formular palabras en latín. Muy extraño la verdad. -Wendell Wilkins se dirigió a su mujer, esperando que hiciese un comentario.

- Era una chica muy linda. Seguramente estuvo esperando una reacción de nuestra parte, porque cuando nos señalaba con ese palo tenía ojos expectantes, pero cuando no respondimos nada su mirada se entristeció. Me conmovió tanto que la abracé y ella comenzó a llorar. Entonces la invitamos a pasar el día con nosotros y luego la acompañaríamos a regresar al instituto.

- Al principio parecía no agradarle nuestra invitación, -continuó el Sr. Granger - pero terminó aceptando gustosa. La llevamos a tomar un helado y allí nos dijo que su nombre era Hermione, un nombre muy hermoso. Dimos vueltas por la galería, fuimos al zoológico y hasta la acompañamos a una biblioteca. Al atardecer, mientras tomábamos un licuado y ya estábamos por llevarla al instituto, se levantó repentinamente de la mesa, nos abrazó con ternura y se fue al baño.

- Y esa fue la última vez que la vimos. -Dijo con los ojos húmedos la Sra. Granger.

Ron se arrepintió nuevamente de no acompañarla, Hermione debió haber sentido una mezcla muy extraña de sensaciones en un solo día. Emoción de encontrar a sus padres, desesperación por no saber por qué no podía devolverles la memoria, alegría de volver a pasar tiempo con ellos y tristeza por tener que volver a separarse. La imaginó llorando en el baño de esa cafetería y se maldijo a sí mismo. Era lógico que Hermione aceptara compartir un día con sus padres, aunque tuviese que hacerse pasar por una jovencita extraviada. La pregunta era a dónde se había ido.

- ¿Dijo algo que les diera alguna pista de adónde pudo haber ido? -Preguntó con curiosidad y preocupación.

- Mencionó algo sobre regresar al colegio. Pero yo creo que se escapó, porque nosotros le habíamos ofrecido llevarla. Y ahora que lo encuentro a usted me doy cuenta de que no regresó al instituto. Llevamos más de una semana buscándola. -El Sr. Granger hablaba con la gravedad y la preocupación de un padre que denuncia la desaparición de su hija. Ron se preguntó qué tanto podrían ésas personas intuir la estrecha relación que los vinculaba.

- Disculpen, pero creo que sé a dónde puedo encontrarla. Debo irme. -Se levantó de la mesa con presteza. No tenía monedas australianas para pagar su té, pero supuso que no saldría tan caro; así que dio media vuelta y comenzó a alejarse con paso firme.

- ¡Por favor, avísenos si sabe algo de ella! - le gritó la madre de Hermione, y Ron se extrañó aún más de que el hechizo no hubiera funcionado. La estrecha relación que, inclusive sin saberlo, los padres de la castaña mantenían con su hija hubiese bastado para devolverles la memoria.

Ron supuso que Hermione, hace una semana, se había encontrado frente a la misma duda que él; le pareció muy lógico, entonces, que ella buscara la solución en el mismo lugar que él tenía en mente. Si Hermione había hablado de regresar al colegio, eso sólo podía significar una cosa: Había ido a buscar explicaciones a Hogwarts.