Pyro POV

Paseamos por el centro comercial alrededor de una hora. Entrabamos y salíamos de las tiendas. Bobby y yo éramos arrastrados por las chicas, hasta que encontramos una tienda de discos.

—Hey, John ¿quieres entrar?

—Claro —acepté sin darle mucha importancia.

—Pero quiero comprar unos nuevos guantes para Marie —Tabitha llevaba llamando a Rogue por su nombre desde que lo había aprendido.

—Entonces vayan y nos encontramos por allí en 40 minutos —le indiqué un local de comidas que tenía mesas fuera.

—Hecho —aceptó tomando a Rogue del brazo, para arrastrarla fuera de nuestra vista.

—Pobre Rogue —susurré riendo.

—Lo está pasando bien —me explicó Bobby—. Ven, vamos —me invitó a entrar en el local.

Dentro encontré el disco de Linkin park. Era la única banda que nos gustaba a todos.

—Mira —le enseñé a Bobby.

—Genial. Lo podemos escuchar en el auto.

Yo asentí y lo llevamos. Pero cuando estaba pagando vi algo más en una repisa.


Boom boom POV

—Hey Marie ¿qué opinas? —Me había puesto unos Ray-ban de cristal verde.

—No lo creo —negó con una mueca.

—¿Y estos? —Le enseñé otros de cristal azul.

—Esos van mejor —aceptó, luego de mirarme un segundo.

—Genial. —Los dejé de nuevo en su lugar.

—¿No los llevarás?

—No, no los necesito. —Marie rió en respuesta.

—Me encantaron los guantes. Son muy monos.

—Que bueno. Te va bien el negro. —Le acababa de obsequiar unos guantes que cubrían sus brazos hasta el codo—. Oye, ahí están esperando nuestros chicos. —Bobby se reclinaba en su silla, dejando colgar un brazo tras el respaldo y John se inclinaba sobre la mesa hacia adelante, con su encendedor en mano. Creo que nunca dejaba su juego con esa cosa. Era muy sexy.

Nos sentamos en la mesa para desayunar. Marie y yo, una junto a la otra, entre los chicos, cada una junto a su respectivo novio.

—Te traje esto. —Le entregué a John una pequeña bolsa lila.

Él sonrió al abrirlo. Era una vela aromática de color azul.

—Gracias, nena. —Me besó.

—¿Te gustan las velas? —le preguntó Bobby, incrédulo.

—Es pirómano —dije en tono obvio—. Tiene su cuarto y el mío llenos de velas —le comenté.

—Toma, esto es para ti. —John me entregó una bolsa negra. Seguramente de la tienda de discos. Cuando la abrí me encontré con una camiseta negra, sin mangas de los Guns N' Roses.

—¡Oh, gracias! Me encanta. —Lo besé nuevamente.

—¿Es una ocasión especial? —Bobby tenía el seño fruncido.

—No. Es solo que a Tabitha le gustan los obsequios —le explicó sin más.

—De hecho, te traje esto, Iceman —le dije entregándole una bolsita celeste.

—Gracias… —balbuceó, sorprendido—. Yo no tengo nada para ti —se trató de disculpar.

—Olvídalo y ábrelo —le ordené, restándole importancia. Realmente no me molestaba que nadie me regalara nada, aunque John siempre tenía algo para mí. Me agradaban las sonrisas de la gente al ver presentes para ellos.

Volvió a agradecerme con una enorme sonrisa cuando vio que el obsequio era un llavero con una pequeña fotografía de Marie.

Luego pedimos para desayunar. Todos ordenamos café y donas. Necesitábamos despabilarnos luego de la noche sin dormir.

Unos minutos después unos chicos se acercaron a la mesa a molestarnos. Pero John podía ser más molesto que ellos.

—Mi hermano te hizo una simple pregunta —le dijo uno de ellos, tratando de sonar a matón de escuela.

—¿Por qué tienes que actuar cómo idiota? —dijo el otro.

—Sí ¿por qué tienes que actuar cómo idiota? —El primero parecía el perrito faldero del primero. Seguramente era el hermano menor.

—Porque puedo —John respondió destilando soberbia, con una risita.

—Oye ¿me prestas tu encendedor? —el que parecía mayor repitió la pregunta para John.

Los chicos eran altos y hubiera apostado que eran familia, por su parecido, incluso antes del parloteo del más bajito.

—¿Este encendedor? —le preguntó con esa actitud de chico malo que me encantaba. Encendió el mechero, mirando la llama un segundo, para luego cerrarlo repentinamente—. No, lo siento —se negó, para luego reírse socarronamente.

—John, ya basta —lo regañó Marie, con cierto cansancio en su voz.

—¿Por qué tienes que alardear? —replicó Bobby.

—Solo quiero que nos divirtamos —se defendió John, fingiendo inocencia.

—No creo que nadie se esté divirtiendo —le contradijo, Bobby. Estos chicos eran muy maduros. Yo disfrutaba del alarde de Pyro.

La escena me sonaba de algún lado, pero quizás era solo un deja vu.

Uno de los chicos; el más alto y el mayor; se acercó de improvisto para arrebatarle el zippo, de la mano, a mi novio, retrocediendo cuando lo tuvo en su poder.

—¡Oye! —le gritó Johnny, molesto, poniéndose de pie para enfrentar al tipo. Pero el otro se interpuso, deteniéndolo.

Ahí lo recordé. John me contó una historia así una vez, de cuando yo aún no había llegado al instituto. Estaba sucediendo exactamente lo mismo. En aquella ocasión estaban en una excursión en un museo con la escuela, por lo que intervino el Profesor Xavier. En esta, estábamos solos.

Me preguntaba si los chicos notaban que estaban viviendo el mismo hecho.

—Ahora no eres tan rudo. —El que se interpuso seguía provocándolo.

—¡Devuélvemelo! —le ordenó Pyro, al tipo detrás de su hermano.

El chico encendió un cigarrillo con el mechero y le respondió exhalando humo.

—¿Y si no qué? —dijo soberbio. Luego dio otra calada al cigarro. Y John, con una sonrisa de lado, guiñó un ojo, haciendo que una lengua de fuego creciera, incendiando la camisa del chico, en la manga. El tipo, comenzó a agitarse, tratando de apagar las llamas, asustado.

John se llevó una mano a la boca, tratando de ocultar una risa socarrona, que no pudo evitar dejar escapar. Yo me uní a él. Sabía que estaba mal, pero los tipos se la buscaron.

—¡Bobby, haz algo! —suplicó Rogue.

Ella y Bobby se miraron con el seño fruncido por un segundo. Al parecer no era la única que me di cuenta que repetían una escena ya vivida aunque un poco diferente.

—¡Ve! —le gritó ella, nuevamente, cuando recordó al chico bailando en llamas.

Bobby reaccionó, al fin, extendiendo su brazo hacia el chico, apagando el fuego con una fina capa de escarcha. El pobre tipo cayó de espaldas al suelo, con una expresión aterrada en el rostro.

John aún reía, cuando levantó su mechero del suelo. Luego miró al otro, quien seguía sus movimientos con la mirada, casi tan asustado como el otro. Mi Johnny puso una expresión amenazadora, dando un pisotón hacia el que lo miraba, para asustarlo. Él retrocedió, haciendo levantar a su hermano del suelo, para escapar a tropezones lo más rápido que podían. Mientras las personas a nuestro alrededor nos miraban con sorpresa.

Con John explotamos en una carcajada al verlos huir. Incluso Marie y Bobby reían un poco, aunque trataran de ocultarlo.

—¡Oigan! —una voz grave gritó a lo lejos. Era un guardia de seguridad, con varios kilos de más, de algo así, como 40 años—¡Alto ahí! —nos ordenó, caminando lo más rápido que podía hacia nosotros, aunque no era muy rápido, de hecho.

Estábamos en problemas.

—¿Ahora qué hacemos? —preguntó una asustada Marie.

John me miró, extendiendo una mano hacia mí, para que vaya a su lado. Yo me puse de pie, obedeciendo. Y Marie hizo lo propio con su novio.

—A la cuenta de tres, corremos —dijo John sin mirarnos.

—¿Qué? —le pregunté incrédula.

—Uno… —dijo él, con una sonrisa traviesa en el rostro, al tomar mi mano.

—¿Estás bromeando? —Bobby estaba enfadándose.

—Dos… —continuó.

—John no podemos… —empezó a protestar Marie, pero fue interrumpida por John.

—¡Tres! —gritó en el momento en que el guardia estaba por alcanzarnos. Comenzamos a correr como si nuestras vidas dependieran de ello, con Bobby y Marie pisándonos los talones.

—¡Hey, ustedes! —gritaba el guardia, alejándose poco a poco.

—No puedo creerlo… —Bobby hablaba entre jadeos para recuperar el aire—. El gran Pyro escapando de un simple guardia de seguridad —trató de molestar a John.

—Oye, solo trató de hacer esto más emocionante… —le respondió, cuando giramos a la izquierda en un pasillo—. Pero si prefieres, puedo deshacerme del gordinflón en un segundo. —Enseñó su mechero en el aire.

—Mejor corramos —repuso Marie. Seguramente preocupada por lo que, sabía, Pyro era capaz.

—Eso pensé. —John se reía, al igual que yo. Era gracioso, no podía evitarlo.

—¡Escalera eléctrica! —chillé emocionada cuando la vi— ¡Por la que baja, por la que baja! —Siempre había querido hacer eso.

—¡Lo que usted diga, mi lady! —exclamó John, entre risas, cuando comenzó a subir por la escalera eléctrica que iba en bajada, empujando personas hacia un lado, entre gritos— ¡Permiso, permiso!

—¡Lo siento! —se disculpaba Marie a nuestras espaldas. Esa chica era una verdadera dama sureña.

Otro guardia de seguridad nos interceptó cuando corríamos entre la gente, por lo que tuvimos que virar hacia la izquierda, donde encontramos otra escalera, aunque esta no era eléctrica. Iba en bajada, así que íbamos saltando los escalones.

—¿Tienes idea de a dónde vamos? —le preguntó Bobby a John.

—De hecho, voy improvisando sobre la marcha. —Se rió por su comentario.

Cuando llegamos al final de las escaleras estaba oscuro. Lo único que se veía eran unos pequeños haces de luz que se colaban por las rendijas y por debajo de una puerta. Cuando John se topó con ella, no se abrió.

—¡Diablos! —blasfemó.

—¿Qué hacemos? —preguntó Marie asustada.

—¡Alto ahí! —nos gritó un hombre que bajaba las escaleras con una linterna en la mano, aunque no lo veíamos por la oscuridad.

"Mierda, mierda, mierda".

—¡Rock and roll! —exclamó John, pateando la puerta para abrirse paso. Esta cedió, dándonos ingreso al estacionamiento subterráneo— ¡Al auto, niños, al auto! —ordenó, dándome la mano para seguir corriendo. Bobby cerró la puerta tras de sí, extendiendo la mano hacia ella para congelarla.

Cuando llegamos al auto de Scott y nos metimos dentro, John arrancó, acelerando a toda velocidad para irnos de ahí.

—¿Nos siguen? —Bobby preguntó más para sí que para nosotros, mirando hacia atrás.

—¡Ese gordinflón no atraparía ni un resfriado! —bromeó John, entre risas.

No había nadie detrás. Seguramente se rindió cuando Bobby azotó la puerta en su cara. Dudaba que quisiera seguir corriendo.

—¡Somos libres, niños! —grité eufórica, cuando nos alejamos.

Johnny abrió el techo del auto, así que me paré para gritar victoriosa a los cuatros vientos.

—¡Siiiiii! ¡Mi novio es el chico más malo del mundo! ¡Y mis amigos también!

Bobby golpeó el asiento de John para gritarle.

—¡Maldita seas, John! ¡Si algo le hubiera pasado a Rogue te mataría!

—¿Acaso bromeas? —le preguntó John, sin dejar de reír. Él también estaba excitado por la huída—. Tu novia los hubiera dejado en coma con solo tocarlos. No pueden hacerle daño.

Bobby se puso serio un segundo, seguramente, esperando que Rogue entristeciera por el comentario. Pero no sucedió. Ella, al igual que todos, explotamos en una carcajada sonora. Y Bobby se unió al verla feliz. Éramos libres, nos habíamos salvado, necesitábamos reírnos de eso.

Todos comentábamos sobre lo ocurrido entre risas, como si necesitáramos recordarlo, aunque todos lo habíamos vivido hacía un momento, nos daba más risa recordarlo en voz alta.

—¡Eso fue un maldito deja vu! —gritó John.

—¡Diablos, pensé que era la única en notarlo! —grité yo.

—¡Casi muero cuando la puerta no se abría! —chilló Marie riendo.

—¡Y cuando corrimos por las escaleras eléctricas! —Hasta Bobby se había unido a las risas tontas, mientras volvíamos a entrar en la carretera.