Nota: Hola queridos lectores invisibles y mudos. Acá va el segundo capi, es medio triste, acá se arma todo... les advierto y todo va rapido porque esto originalmente iba a ser un oneshot, pero se estaba alrgando así que con mi colaboradora July decidimos que era mejor hacerlo en más. Son 4 capis en total. Pa que se apronten.

Gracias a July por editar fruks aunque no es lo suyo, y mención honrosa a la bruja espantosa de la Tari (insulto con amor) que me frukerizó.

Amor y paz para todos


II. Bewitched bothered and bewildered

¿Qué es el amor si le quitan las espinas? (Massimo Taparelli)

François al oler el humo de su amante comenzó agitar su brazo molesto, con un gesto de asco. No es que detestara tanto el cigarrillo. De hecho él mismo había sido un fumador bastante empedernido algunos años atrás, pero ahora que su voz era su fuente de trabajo, por fin, no podía simplemente hacerle ese daño. El olor del vicio de Arthur lo perseguía y lo provocaba innecesariamente.

-No te hagas el delicado ahora – se burló Arthur lanzando el humo en su dirección a propósito.

-A diferencia tuya, habemos algunos con respeto a nuestro cuerpo – se quejó el francés levantándose a recoger su ropa para llevarla al baño. Estaba por amanecer y no podía nada más quedarse ahí exponiéndolos a los dos al escarnio.

-Pues déjame decirte que dejas que tu cuerpo sea usado en cosas bastante indignas... digo, para ser alguien que dice respetarlo tanto.

El cantante lo observó con rencor, pero prontamente recordó su prisa llevando su desnudez al baño. Se dió una ducha rápida tratando de contener el volumen de su tarareo. Se vistió, buscó algo con qué perfumarse el rostro sin éxito. Obvio, qué iba a saber este animal de perfumarse. Se arregló la melena rubia con los dedos y salió casi levitando hacia el cuarto.

-Soy hermoso de nuevo – anunció recibiendo solo un gruñido como respuesta.

-Como sea, échate a volar, súbete a un arcoíris o lo que sea que hagan las hadas de baja clase como tú.

-Te veo luego – finalizó François saliendo de la habitación. Al adentrarse por las calles parisinas el color del alba le bañó el rostro.

Se sintió feliz por primera vez en cinco años.

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El historiador inglés terminó su cátedra a las seis de la tarde de ese día. Fue a cenar en un local pequeño donde servían un fish and chips bastante decente – para ser hecho por un francés y faltarle vinagre – lo comió leyendo el periódico, marcando los antecedentes que consideró importantes sobre el conflicto bélico actual y lo guardó ceremoniosamente estirado en su portafolio. Vio la hora y comenzó a caminar hacia el pub donde se encontraba con ese grupo de personas innecesariamente cercanas.

Justo antes de cruzar el Pont au Change se encontró con Alfred, que parecía ser hercúleamente fuerte, como para caminar con su contrabajo a cuestas en esa enorme y aparatosa funda.

-Good evening – saludó el británico. El norteamericano se volvió a él con un gesto distraído que mudó inmediatamente en una sonrisa entusiasta.

-¡Hola, Artie!

Si el chiquillo hubiera sido uno de los estudiantes de su facultad, lo habría corregido inmediatamente, pero no lo era. Era un burguesito de 20 años, que vivía feliz con sus ideales, su música, su bohemia alma distraída y el dinero de su padre que parecía no tener fin ¿Qué hacía con todo el dinero que ahorraba? Porque claramente la pensión que se ha arrendado cerca del barrio rojo le deja bastante excedentes. Si le preguntaban, Alfred hubiera respondido lo mismo que el resto de sus amigos: que todo lo que ahorraban es para poder irse a la tierra prometida.

-¿Has visto a Fran? - Le pregunta el chiquillo de pronto sacando totalmente de su centro al historiador. - Selene me dijo que a lo mejor tú lo habías visto hoy, no sé por qué cree eso...

-No lo he visto desde que salimos del pub anoche – aseveró el inglés. Lo cual era en parte cierto. No había que especificar la hora ni las circunstancias en que terminó esa velada.

-Ow... yo quería decirle que me trajera mis discos de Duke Ellington, es una lata que me estén sacando los discos de mi casa todo el tiempo, a veces no sé ni quien los tiene.

-Tal vez deberías ordenarlos en un inventario, como un sistema de biblioteca, les pones un número o un código y tiene la base de datos en una lista, así si se quieren llevar un disco llevas registro de quien lo tiene y sabrías cuantos tienes en verdad.

-¡Oh, Artie, eso es una buena idea! ¿Sabes hacer eso? ¿Podrías ayudarme a hacerlo?

-Claro, acordemos una tarde.

En este punto ya habían llegado al pub, ahí estaban los Vargas, al lado de Lovino se sentaba Antonia, luego Gilbert y a su lado Selene que le estaba encendiendo un cigarrillo. Alfred atravesó casi atropelladamente el salón para ir donde sus amigos y reclamar la otra silla al lado de la mulata. Arthur se sentó al lado de Feliciano que comenzó a hablar animadamente de la cantante inglesa, Vera Lynn, preguntándole si le gustaba.

-No sé mucho de música popular la verdad – reconoció Arthur sintiéndose como un bicho en una mesa llena de músicos.

-Veee~, no te preocupes ya vas a aprender, yo tampoco sabía nada, mi fratello me enseñó a tocar la batería y a escuchar a Glenn Miller, ¿Conoces a Glenn Miller? - el inglés negó con la cabeza – es el que compuso está canción – El italiano comenzó a tararear 'Moonlight Serenade'. Alfred se aprovechó del pánico y tomó la mano de la mulata imitando que sus dedos bailaban un lento sobre la mesa al tiempo que le decía algo en voz muy baja. Selene comenzó a colorearse, era difícil saberlo al ser tan morena. Gilbert probablemente lo interpretó así y decidió darles privacidad, se volviéndose donde estaba su amiga Antonia dando cátedra sobre los surrealistas. Lovino de pintura no entendía mucho pero asentía a todo lo que ella decía, medio atontado.

-Podría estar Franny, cuando canta lentos le salen tan bonitos – suspiró Selene. Pero el francés no llegó hasta las 11 de la noche, después de salir del restaurante. Inmediatamente Alfred se acercó a él a decirle algo en un rincón, el cantante asintió y cuando el norteamericano le mostró unos billetes el francés hizo un gesto de rechazo, palmoteándole el hombro con una sonrisa. Luego de esta interacción que pasó desapercibida para el resto del grupo, el cantante se sentó al lado del historiador.

-Buenas noches – saludó cortésmente. Arthur al verlo, de inmediato se sintió tenso. La banda de músicos de turno se bajó del escenario y entonces era el turno de Lovino, Feliciano, Gilbert, Selene y Alfred de tocar swing. Antonia fue llamada a la mesa de unas amigas de su taller de pintura y la mirada atenta de su novio la siguió para vigilar su compañía. Los beats de la melodía bailable invadieron el salón y la gente se puso de pie casi espontáneamente.

-Es la hora del frenesí, justo antes de la hora del romance – comentó François de la nada, para entablar una conversación. Arthur se sintió molesto ahora. Le molestaba que se pusiera en ese modo romántico justo cuando los dejaban solos en la mesa. Le irritaba ese tono soñador con que quería teñir su realidad.

- Es totalmente innecesario que te pongas cursi conmigo – le contestó el inglés casi ladrando.

- ¿Por qué te pones a la defensiva? – le contestó el francés.

Se observaron con una mezcla de desprecio y deseo contenido pero luego llevaron la vista al escenario. Pasó un minuto completo de indiferencia antes de que Arthur volviera a abrir la boca.

-No estoy a la defensiva, no necesito defenderme de tí, eres insignificante.

François se retorció en su lugar. Eso había sido algo bastante rudo para decirle al hombre con quien se acostaba, pero si la rana era un sensible de mierda era problema suyo.

-No decías eso anoche, no entiendo qué te hace afirmar algo tan agresivo así nada más – se defendió el galo. El británico se volvió hacia él, todo chispas en sus ojos verdes y escupió.

-Pasa que eres la persona más inútil y más volátil que he conocido, trabajas cantando por una miseria, no tienes casa, te gastas tus pocos pesos en ropas, perfumes y discos... perdóname si me siento superior a tí.

-No tienes idea, no tienes derecho a cuestionarme así.

-Encima de todo, haces favores regalando serenatas a quien te lo pida ¿Lo haces para sentirte mejor contigo mismo? ¿Has pensado en lo que estás haciendo con tu vida y por qué lo haces? Creo que si tu voz es tu único medio de sustento y lo único bueno que tienes deberías tratar de sacarle más provecho económico...

Sonaron unos aplausos y entonces Alfred llamó a François con señas. El galo se puso de pie con los ojos aguados y se dirigió a hacer lo suyo. Se llevó un pañuelo al rostro antes de subirse al escenario. Acompañado solo del piano de Gilbert comenzó a interpretar una melodía extremadamente suave. Alfred invitó a Selene a la pista y ella con un gesto radiante lo siguió. Fue cosa de que se escuchara la voz sedosa del francés, para que cayera un aire de nubes en la sala que, probablemente, llevó a la mulata a abrazar aún más al norteamericano.

-"Give me a kiss to build a dream on, and my imagination will thrive upon that kiss"

Arthur cree que hay algo muy patético en la forma que este tipo tiene de vivir sus ansias de amor a partir de las historias de sus amigos y en la forma en la que se emociona y canta casi al borde de las lagrimas. No es digno y no es de hombre. Y ojo que el también es un desviado, pero al menos su dignidad como ser humano está intacta ¿Sabrá François lo que es la dignidad?

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"Lo que pasa es que estás tan necesitado de amor que vives a través de los romances de otros, pero a la larga estás igual de patéticamente solo de lo que estabas al empezar el día... no tienes vida propia, das pena"

Eso le había dicho Arthur luego de una sesión de sexo en que Francis quiso besarle en la boca de un modo más tierno del recomendado. No sabe ni por qué sigue estando con él de esta manera. Lo que debería hacer es dejar de ceder ante él, buscarse otros amantes – como lo hacía antes - y exponerlo ante sus amigos como la escoria de ser humano que es.

El espejo del baño de la pensión le devuelve una imagen pálida y enfermiza. Ha bajado de peso y las ojeras que hacen juego con sus apagados ojos azules lo hacen ver aún más miserable. Las noches de insomnio no le ayudan en nada. A veces despierta entre sobresaltos escuchando la voz insultante de Arthur, con taquicardias y aún peor, a veces se descubre extrañando sus manos rudas, sus caricias salvajes y la forma intrépida en que le corrompe.

¿Por qué es amable con todo el mundo menos con él? ¡Hasta con Alfred y Gilbert es amable! Y esos mocosos sí que tienen un don natural para exasperar a la gente con sus risotadas y sus correteos adolescentes. Incluso con Lovino, que tiene una constante cara de culo en la faz, Arthur es cortés y caballeroso. Para que hablar de sus modales con las mujeres y con Feliciano incapaz de matar una mosca. Por supuesto, para él, que es de quien saca mayor beneficio, solo desdenes y cuchilladas verbales.

-Ya está... desde mañana no le hablas y punto, no lo necesitas, ni siquiera le contestas el saludo.

Y eso hace. Juega a ser indiferente y a no querer. Como todos los días, el grupo acude mismo salón de siempre, en la misma mesa, con la misma música, y casi la misma gente. Los temas de conversación varían entre las obras nuevas de Lorca, las exposiciones de Dalí, la película de Jean Cocteau. Francis da su opinión sobre el guión y los efectos sonoros demostrando que no es solo un cantante de cuarta sin mundo. Arthur no se entera, se enfrasca en una discusión con Lovino sobre el avance fascista en Italia. No parece – para variar- interesado en discusiones estéticas lo que, una vez más, le demuestra al francés que ellos no tienen nada que ver. Que son dos mundos distintos, estructuras mentales distintas. Hasta pareciera que estuvieran hechos de materia distinta en todo.

"Tienes que aprender a alejarte de la gente que no te hace bien... te trata como basura y parece que ni se da por aludido del dolor ajeno, es un egoísta... una mala persona, su visión pragmática del mundo es miserable, no merece mis desvelos, ni mis nauseas, ni mis jaquecas..."

Cuando van saliendo del local y sus amigos toman taxis o caminan en direcciones a sus casas. François nota que Arthur sigue caminando a su lado.

-¿Se te ha perdido algo? - pregunta. Él también puede jugar a ser rudo, descortés y miserable. Claro que a diferencia de mucha gente, cuando lo hace le duele más a él, porque esto de atacar no es propio de su naturaleza. Arthur en cambio parece regodearse lanzando dardos y también recibiéndolos. Nunca había visto a una persona que amara tanto el conflicto. No lo entendía en especial porque él era del tipo de persona que prefería evitarlos.

-No se me ha perdido nada, aunque ciertamente espero encontrar algo – contesta el inglés pasado la palma de su mano invasivamente por la espalda del galo. Un escalofrío recorre la espina dorsal del cantante, podría suspirar solo porque es hedonista y masoquista al mismo tiempo. Si el dolor, la confusión y los desvelos que Arthur le trae, le provocan este placer entonces puede que realmente esté jodido y sea un patético como el muy maldito dice.

- Aquí no lo vas a encontrar – espeta el francés, no muy convencido.

-Oh, la resistencia... ya sabes cómo me gustan las cosas difíciles... podrías haber intentado esta estrategia un poco antes para hacerlo más interesante.

-¡No es una estrategia!

-Mentiroso... si te mueres de ganas de venirte conmigo – y esto último tiene doble sentido. Ambos lo saben. Arthur sonríe como quien ha dicho el chiste más ingenioso del mundo y François le da la espalda y sigue caminando hacia su pensión. Los pasos del historiador se escuchan tras los suyos acechantes y cuando llega finalmente al viejo edificio, pegado a su espalda está el depredador. Y François sabe que debe golpearlo. Que es lo que cualquier persona con un mínimo de dignidad haría. Pero igualmente, al abrir la puerta de calle, no le impide la entrada, incluso le hace espacio. Suben las escaleras en silencio, abren la puerta de la habitación y entran así, a tientas. François conoce bien el espacio reducido y se mueve seguido por el inglés que está agarrado de sus hombros para no tropezar.

El catre de François no es para nada como la cómoda cama del departamento del inglés. Arthur se burlaría probablemente de esto si no tuviera la necesidad tan atravesada en la boca. El historiador le toma el rostro con delicadeza – una muy fingida – y le planta un beso húmedo y lento en los labios, desciende a su cuello con la misma parsimonia, François suelta unas vocales, algo casi melódico. El británico utiliza sus artimañas persuasivas acariciando el punto favorito del cantante: su ego.

-Your voice is so beautiful, so musical... - y se lo dice en inglés. En el idioma de Louis, de Duke Ellington, de Ella. El francés reconoce la treta rastrera detrás de eso, pero no puede evitar ronronear de contento, abrir sus brazos y recibirle, finalmente. Arthur reconoce en el abrazo la aceptación y entonces lleva una de sus manos a los pantalones.

François, si hubiera sido aún más patético, le hubiera pedido lo impensable "Dime que me quieres... dime que no soy el sustituto de alguien más... dime que no te conformas conmigo solo porque soy accesible... dime que soy importante... dime que no te vas a alejar de mí como lo hicieron los otros". Es una suerte que su patetismo tenga límites.

Igualmente, como siempre, después del placer, de los fluidos y de los descansos vino el momento de la bestia. Arthur se levantó a las cuatro de la mañana, recogió su ropa, se vistió a la carrera y cuando el cantante le preguntó en un tono amable - ¿Por qué tanta prisa, cher? - él invitado solo volvió su rostro rígido de ojos verdes impregnados en sadismo y le respondió.

– Por que a diferencia tuya yo tengo un trabajo de verdad, no me basta con evadirme en la música-

las palabras se incrustaron en el francés exitosamente, pero aún así emitió una frase, sin intenciones de atacar, solo de defenderse.

-La música no es mi evasión, es mi trabajo, es mi objetivo de vida...

-¡Por favor! - gruñó el historiador - ¡Madura ya!, Eso de juntar dinero para irte a cantar al otro lado del mundo es ridículo, un hombre de tu edad debería estarse preocupando de comprarse una casa y juntar dinero para su vejez.

-Un hombre de mi edad...

-Sí, un hombre de treinta y cinco años de edad.

Y con eso, Arthur se fue de improviso, seguido de sus iras y dejando a François solo con algunos de sus demonios y sus treinta y cinco años de edad.

La herida interna le sangraba aún por la mañana y casi la vio reflejada en el espejo, en sus ojos opacos e hinchados de llantos, su palidez, sus ojeras, sus taquicardias, sus fatigas, su falta de apetito.

-Estoy enfermo – concluyó.

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Las noches de París parecen tener melodías y luces de colores. A Alfred al menos así le parece mientras se siente el rey del mundo caminando por la Rue du Petit Pont, justo antes de cruzar al otro lado del cena para dirigirse a tomar un taxi e ir a dejarla a su casa. Mira sus dedos entrelazados con los de su nueva novia, de colores tan distintos y se le hace el contraste más fascinante. Sabe que es muy pronto para fantasear con cómo se vería el contraste entre el cuerpo desnudo de ella y el suyo, pero es un hombre, y ella es demasiado bella como para que la idea no le cruce la cabeza. La gente se da vuelta a mirarlos. No porque sea raro ver un rubio o ver una negra por la calle, sino porque ver al rubio y la negra. Con ese conector copulativo entre medio.

Gilbert, más atrás con Antonia y los Vargas, se alegra por ellos. Después de todo, siempre Alfred la quiso más, desde que la vio cruzar el salón por primera vez hace quince meses. Lo suyo como mucho era un capricho ¿Qué mejor que la mujer a la que tanto había admirado en este último año se quedara con su mejor amigo?

-Nosotros nos vamos en este – anunció Alfred abriendo la puerta de un vehículo negro, con su optimismo, y con el orgullo de ir de la mano de su pareja.

-Nos vemos mañana.

-No llegues tarde al ensayo – le gritó el norteamericano antes de que el auto partiera, pasando el brazo por los hombros de la mulata.

-¡El asombroso yo nunca llega tarde! - gritó el albino al vehículo antes. Luego emprendió la caminata al lado de Feliciano ahora siguiendo a Lovino y Antonia que levitaban en su propia burbuja de romance.

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Una de las primeras cosas que desordenó la rutina en el restaurante de Vash Zwingli fue la distracción absoluta del cantante que cambiaba las letras a cada rato, lo que ponía de pésimo humor a Roderich y que por ello lo perseguía diciéndole en tono imperativo: Despídelo, contratemos a alguien del conservatorio, este tipo está arruinando todos mis actos.

Pero no lo hizo. Una porque no tenía tiempo de preocuparse encima del número artístico del local y segundo porque Vash no estaba muy de acuerdo con seguirle todos los caprichos a Roderich; después no había quien lo detuviera en su circo de demandas. Por si fuera poco, algunos de sus empleados – unos cuantos meseros y el violinista - habían comenzado a faltar.

Los judíos estaban ya escondiéndose. Para nadie era un secreto que el avance de los alemanes era inminente, estaban ya en el noreste de Francia, que estaban asentados en Bélgica y que iban a llegar a París. La gente estaba abasteciéndose de cosas, resguardándose. La vida nocturna se estaba apagando, no de golpe, pero para un locatario como él, el golpe financiero era evidente en sus libros de cuentas. Al menos su clientela de la tarde se mantenía intacta.

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El historiador que bebía su té con galletas religiosamente en la cafetería que estaba al frente de Shakespeare & Co. todas las tardes, siempre en la mesa junto a la ventana, no miraba hacia afuera como otras veces para examinar el fluir de la cuidad. Normalmente gustaba de poner sus ojos en los transeúntes, sus rostros, sus acciones, sus ropas, la forma en que se relacionaban o no se relacionaban. Estaba atento en el modo en que el panadero hablaba con la señora, en que la gente corría tras el tranvía. El flujo del caos urbano de París, musical, colorido; tan igual y tan distinto al de Londres. Le gustaba cerrar los ojos e imaginarse como serían las cosas hace unos sesenta años atrás. Los vestidos aparatosos de las mujeres, los trajes de Dandy de los hombres, los cascos de los caballos azotando el fango del macadam. Las cosas no cambiaban mucho. Hace sesenta años la gente no imaginaba que iba a estallar una gran guerra en Europa a comienzos del nuevo siglo. Ahora la gente igualmente andaba por sus negocios, trabajos, paseos sin sospechar que el horror venía en camino a estallarles a las puertas de sus casas, de sus fiestas y sus andares. Pero ahora el historiador no observaba la vida. Veía sus fuentes, estos documentos que en unos años más serían el testimonio de la desgracia. Arthur pegaba un sorbo a su té ya frío mientras tenía la atención fija en el periódico, haciendo marcas, tomando notas.

Estuvo elaborando un registro estudiado de la presa en su cuaderno por meses. Un punteo del avance alemán, de sus movimientos y de los movimientos de los aliados. Él sabía que la derrota francesa era cosa de tiempo, así que no estaba tan alarmado ni sorprendido como ese grupo de bohemios ociosos cuando anunciaron por la radio, el 10 de junio de 1946, que el gobierno francés había decidido abandonar Paris. Los alemanes avanzaban a la capital y Alfred comenzaba a hablar enardecidamente sobre lo preocupante que era esto, por su compañero de conservatorio – Toris, que es judío – y por Selene, cuya raza podría resultar indeseable para los nazis. Ella le había instado a calmarse pero él había resuelto.

-No podemos nada más quedarnos acá esperando lo peor, hay que diseñar una estrategia, van a perseguir a muchos de nuestros amigos... Sel, no puedes vivir en tu barrio, está lleno de negros, inmigrantes, judíos... es el primer lugar que van a atacar...

-¡Americano, cazzo! - Vociferó Lovino dando un golpe a la mesa - ¡Qué haces hablando de estrategia! ¡Lo que hay que hacer es largarse de acá! ¡Volar a New Orleans de una vez!

-Aún no alcanza para que nos vayamos todos... - reconoció Alfred sintiéndose miserable. Se supone que él debería tener ya el dinero listo. No entendía... si se estaba apretando tanto el cinturón – Podemos mandar a algunos de nosotros afuera, Selene se debe ir... que se vaya con Lovino y Antonia, los demás podemos esperar...

-¡No! ¡Nos vamos todos juntos o no se va nadie! - resolvió la mulata con el miedo bailando en su voz.

-Selene se puede venir a mi departamento – Propuso Arthur con ese tono que usaba para darles indicaciones a sus estudiantes - mi barrio es bueno, viven solo viejos, académicos y jubilados de la armada... no van a ir a molestarnos allí.

Y pareció la idea más sensata. Más porque a estas alturas ya el británico era considerado un miembro oficial de la pandilla. No era un secreto que no tenía interés por las mujeres, ni su relación con Francis. Aunque claro, todo tácito. Al siguiente día ya estaban empacando cosas para la mudanza y así la muchacha, que hasta entonces había vivido sola en una residencial de la periferia, se estableció con el historiador, justo una semana antes de que los primeros alemanes comenzaran a desfilar por París.

Alfred tampoco perdió el tiempo. Encontró a su compañero Toris finalmente. Lo buscó en el mismísimo barrio judío, pronto a ser allanado y le invitó sin pensarlo. -Tengo un espacio en el ático... no es muy grande, pero si traen pocas cosas y no meten ruido, tú, tu madre y tu hermano se pueden quedar allí. Los Lorinaitis tampoco lo pensaron mucho, era eso o verse obligados a marcar sus casas, sus ropas, a ellos mismos como si fuesen ganado o peor aún, ser llevados a Auschwitz sin mayor preámbulo.

Así fue como habían empezado las rutinas silenciosas. Así, como cucarachas, los escondidos por diferentes razones se encogían en los pequeños espacios que les habían concedido por caridad, jugando a no existir mientras su estadía se transformaba en una bomba de tiempo.

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-Somos maricas – soltó de pronto una tarde François apuntando lo obvio. Arthur frunció el ceño ante la palabra mientras recogía sus cosas.

-Has descubierto el agua tibia – comentó el británico. Odiaba hablar de su sexualidad, odiaba nombrarla, pronunciarla, darle nombre y hacerla existente. Él solo se la repetía en su fuero interno sin mayores eufemismos "Sodomita... sodomita... pecador... delincuente"

-No entiendes, nos van a perseguir.

-No nos van a perseguir porque no saben.

-No deberíamos seguir viéndonos de esta manera, es muy peligroso.

¿Qué se creía este de pronto con un ataque de cordura? Arthur lo sabía, pero eso le correspondía decirlo a él, no al artista irracional con aires de romance decimonónico.

-Creo que nunca habíamos estado tan de acuerdo con algo – sostuvo – Esta es la última vez que me tocas – y dicha la sentencia se aventuró a la calle. Los perros ladraban furiosamente llenando el aire de gruñidos y fauces dentadas. El aire de dictadura le inundó las fosas nasales y le vinieron unas súbitas ganas de vomitar.

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François Bonnefoy podía soportar muchas cosas. Las órdenes Roderich, su precario estilo de vida, la cara de cartón constante de Zwingli, los desdenes de Arthur, el riesgo que estaban corriendo sus mejores amigos y hasta – en un día normal - había podido soportar la presión de estar cantando en un restaurante snob lleno de oficiales alemanes. Pero todo junto en una semana era demasiado. Así que en un arranque total irracionalidad lo único que entendió es que su vida se estaba volviendo demasiado insoportable como para que encima su habitual audiencia de media tarde - que antes eran familias y grupos de amigos que reían - ahora fueran estos perros. De sus díscolos labios solo se escapa un sonsonete que nada tiene que ver con la melodía que Roderich ha comenzado a interpretar.

- Sing, sing, sing, sing...everybody start to sing like dee dee dee, bah bah bah dah. Now you're singin' with a swing – El cantante ha comenzado a hacer chispear los dedos y hasta se mueve un poco más de lo debido imitando los golpes de Feliciano en la percusión con la suela de sus zapatos. Solo el estruendo de las manos de Roderich al golpear las teclas del piano lo sacan de su ensimismamiento musical.

La hilera de rostros rígidos y pálidos le observan como si en vez de cantar la música de la vida les hubiera mostrado sus partes íntimas y lanzado excremento. Vash, guardando la compostura adecuada para las circunstancias le ordena:- ¡Bájate ahora mismo de mi escenario, Bonnefoy! Y no vuelvas nunca más...

François no sabe hasta qué punto su jefe está orgulloso de lo que hace. No sabe si Zwingli a estas alturas piensa en otra cosa que en su bienestar y en el dinero. No entiende como alguien puede simplemente decidir no tomar partes en el asunto y dejar que las cosas pasen alrededor de él con esa estoica neutralidad. El cantante le dedica el desprecio más dramático que puede antes de salir por el medio del pasillo, pensando ingenuamente que su desplante iba a salirle barato. Comprendió que no, al ser seguido por dos uniformados de los que estaban adentro. Uno lo agarra de cada brazo y lo encaminan a la puerta y luego al de la izquierda del local y le dicen:

-Si quieres actuar como negro, serás tratado como un negro.

Nada más con esa simple consigna le asestan un puñetazo en la nariz que suena como cristales molidos. François, desacostumbrado a la violencia y al dolor, grita con ese tono de tenor, agudo, antes de caer al piso, donde es pateado unas cuantas veces, que parecen cientos.

- A ver si te gusta ser negro ahora – escupe uno en el francés más belicoso que el galo ha escuchado en su vida.

Pasan varios minutos en que el cantante no sabe si lo que acaba de pasar es real o parte de sus tragedias mentales. Finalmente decide ponerse de pie para buscar un taxi que lo lleve a su casa. Asume que su aspecto no debe ser el más presentable al notar que ningún vehículo le para. Camina por los barrios burgueses sintiéndose más ajeno que nunca."Así va a ser mi vida... morir a los treinta y cinco años de edad solo, en la ciudad de las luces... con aguacero y la tragedia golpeándome los huesos con las zarpas de los perros rabiosos... el telón va bajando y luego el ramo de flores, los aplausos... me gustan tanto los aplausos..."

-Oye, Rana que diantres haces botado en este lado de la ciudad... Nunca te has visto más mendigo que ahora – La voz de Arthur se coló en los pensamientos del galo que sin querer asumir la realidad siguió pensando. "Encima esta bestia siguiéndome hasta mi muerte ¿Es que acaso vas a ir hasta el más allá a atormentarme? Yo pensé que solo en la tierra se podía estar tan enfermo... me seguirá robando el sueño y el apetito por los siglos de los siglos..."

-... ¿me escuchas? Te han hecho mierda... no te puedo dejar acá ¡Maldición! - el historiador lo toma por los hombros sintiendo el quejido del francés que recién ha caído en cuenta.

-Arthur...

-Al menos ya no desvarías – El inglés camina como puede, sirviendo de apoyo al magullado cantante, las dos cuadras que quedan hacia su departamento. Sube los tres pisos haciendo pausas, maldiciendo, gritando.- ¡Vamos, esfuérzate un poco que no eres una pluma!

Selene ha sido ordenada a no meter ruido, al escuchar abrirse la puerta se esconde en forma automática en el mueble de la alacena hasta que el historiador confirma su presencia con un silbido. La mulata sale sigilosamente y debe reprimir un grito al ver a sus amigos.

-¿Qué ha sucedido? - susurra en una exclamación casi muda.

-Lo han golpeado... se ha caído, intentó volar de un edificio... ¡Qué sé yo! Tal vez intentó matarse.

François no dice nada. No da mayores explicaciones mientras Arthur, con toda la delicadeza que puede – que no es mucha – le limpia el rostro y le toca el tabique nasal.

-Te han roto la nariz – le comunica a bocajarro.

-¡Oh dios!, como voy a cantar ahora, mi voz se verá alterada por esto...- se queja el francés por primera vez desde que ha entrado al edificio.

-No te preocupes, mañana vas a un doctor no creo que afecte demasiado – le consuela la mulata con un hilillo de voz.

-La nariz sirve también para coger el oxígeno que nos permite vivir... se los recuerdo – Arthur afirma con un dejo sardónico en la voz- Ustedes dos tienen el orden de prioridades más extraño que he visto en mi vida.

-Bueno, al menos ahora reconoces que no soy solo yo, todos en el grupo somos así – le recuerda François.

-Lo que no significa que esté de acuerdo.

-Y entonces ¿Por qué solo me atacas a mí?

-Oigan... no es el momento para esto – les reprendió la muchacha sentándose al lado de su amigo herido- Oh, cariño... tu rostro... - El francés pone una cara de ponerse a llorar, seguro pensando en la ruina de su hermosura. Selene pregunta con el tono más maternal que puede - ¿Qué te hicieron?

Entonces el testimonio cortado y orgulloso de su hazaña comienza a salir de su boca. Ya que andaba con tragedia encima ¿Por qué no volverla un poema épico?

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Eran las once de la noche. Alfred dormía un sueño inquieto. No había trasnoches en el club. No había jazz resonando en las calles. No podía caminar con su novia de la mano, no podía verla para no exponerla al peligro. No podía tampoco darse el lujo de caer plácidamente y bajar la guardia cuando había algunos que dependían de él.

Escuchó por eso como subían los escalones que daban al quinto piso del viejo edificio. Estuvo de pie y en guardia antes que derribaran la puerta de una patada. Cinco hombres uniformados, con la esvástica en el brazo le miraron y el norteamericano en un francés muy marcado por su acento les dijo que no tenían derecho a invadir así su propiedad. Al menos eso era lo que su padre decía cuando venían indeseables a su casa en Conneticut.

Uno de los invasores escupió unas palabras en alemán, que el chico no entendió. Recibió un golpe en el estómago y otro en la cabeza. Derribado, entre el suelo y un soldado de plomo, no pudo evitar que abrieran bruscamente la portezuela del entretecho. Escuchó los gritos de miedo y a los hombres metiéndose en el escondrijo para sacar a sus protegidos como si fuera un zorro atacando un nido de ardillas. Escuchó los ruegos de Toris diciéndole que lo lleven a él, pero no a su madre que es una mujer vieja. Escuchó al muchacho menor, Feliks, diciendo que tenía mucho miedo, pero no pudo hacer nada.

No supo donde los llevaron, que los metieron a un camión para esconderlos luego en un galpón donde había casi un centenar de personas como ellos. Alfred solo supo que fue esposado y llevado a un calabozo de la policía local que ya no estaba bajo dominio de la policía francesa. Eran las tres de la mañana cuando los soldadillos de plomo se cansaron de golpearle y sus ojos ya estaban teñidos en sangre.

Eran las nueve de la mañana cuando el norteamericano recuperó a consciencia y se abrieron la puerta a sus dolores, sintiendo la magulladura en todos lados. Dentro de su ingenuidad, pensó que el daño no era tanto y que podría recuperarse, intentar una huida y posteriormente un rescate. No sabía que no podría caminar con normalidad, que tenían pensado no matarlo, sino simplemente dejarlo morir por traidor. No supo de las horas que pasaron, ni que era ya de día porque el viento se había llevado los algodones, los cielos azules, ni supo tampoco que los techos, rejillas y ladridos de perros le bordeaban por todos lados.

Eran las cuatro de la tarde del otro día cuando los Lorinaitis fueron sacados del galpón en que los tuvieron apilados junto a otro montón de desafortunados para empujarlos sin gloria al tren que los llevaría a Auschwitz.

Eran las cuatro en sombra de la tarde.

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Nota: si sé, se están preguntando qué carajo ha pasado acá si todo partió tan bonito. Pues muchas cosas. Creo que lo advertí con las últimas frases del capítulo anterior. Recuerden que son solo 4 capítulos, así que nos vemos en el próximo.

Para esta escena del final ocupé la retórica de un poema bastante conocido. Pero no diré cual, solo que es de García Lorca.

No sean mudos y comenten, sé que están ahí, los veo en mis stats xD