Nota: ¡Casi abandono! Pero odio abandonar proyectos, asó que dejo este y espero terminar el otro pronto. Gracias a Jules por ayudarme a editar.


III. Stormy weather

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía

la muerte es un maestro venido de Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania, sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere

(Paul Celán – Fuga de la muerte) (1)

Cuando el albino llega a buscar a su amigo luego de tres días sin saber de él y ve su departamento asolado, entonces confirma sus peores sospechas. Se asoma por el entretecho y ve el revoltijo y una viga partida. La puerta de la habitación parece forzada. "Scheiße" Exclama golpeando la madera de la puerta y luego sale corriendo para tomar el tranvía.

Al llegar al dúplex donde están los Vargas no tiene tiempo de sorprenderse por el hecho de que Antonia esté viviendo con ellos. Gilbert lucía aún más pálido de lo normal, la española pudo leer su ofuscación en su expresión desencajada.

-Alfred... lo han pillado, han jodido a Alfred

Feliciano da un sonoro jadeo de miedo y Antonia se lleva las manos al rostro horrorizada.

-Ragazzo cazzo! Ho detto! - Exclamó Lovino dando vueltas de un lado a otro.

-Oh dios... qué vamos a hacer... Gilbert, tenemos que hacer algo... Sel ¡Qué le vamos a decir a Selene! - Ante este último dicho de la española, el germano recordó una de las conversaciones que había tenido con el estadounidense al respecto.

Caminaban por la calle mirando tras de sus hombros cada cinco minutos. Ellos eran caucásicos, no tenían nada que temer, pero Alfred sentía que algo había en sus rostros que los delataba. Era como si tuvieran la marca de Caín en sus frentes diciendo: Miren, nosotros estamos luchando contra ustedes fascistas de mierdas. Fue justo cuando se quedaron parados frente a la tienda de discos los Kupfer, viendo que estaba marcada con la estrella de David, algunos vidrios quebrados y claras señales de su ruina. Alfred apretó los puños en una doliente señal de impotencia y le dijo a su amigo sin mirarlo.

"Si algo me pasa, prométeme que vas a cuidar a Selene y hacerla feliz"

Gilbert rió por semejante broma.

"Estás demente si crees que ella se conformaría conmigo, soy muy grandioso, pero ella ya demostró su mal gusto"

"Es en serio Gilbert... you gotta promise me"

"Okay" afirmó en el tono más yankee que pudo, con el gruñido alemán impreso en su voz. Alfred estaba indignado con los germanos y el albino lo sabía. Pero sabía también que no era prejuicioso como para discriminarle solo por pertenecer a una raza. A la raza enemiga de su amada.

¿Qué iba a hacer ahora? No quería recurrir a él. No quería. Había renegado a su hermano desde el momento que se había enlistado en el ejército, pero qué más iba a hacer. Alfred era su mejor amigo, no podía dejarlo morir o nada más dejarlo estar sin saber que había hecho todo lo posible por rescatar algo de él. Aunque fuese su cadáver.

Antes de ir al departamento de Arthur pasa por el correo y escribe un telegrama a su hermano. "Llámame a este número 3765 en París, de 3 a 8". Apenas lo había enviado y la expectativa le carcomía ¿Y si Ludwig no podía hacer nada? ¡Tonterías! No podría aceptar un no por respuesta. En el camino a la casa del historiador ensayó todo tipo de explicaciones y maneras en que comunicarle a Selene la noticia. Tal vez sería mejor no decirle, pero tenía que decirle a François y a Arthur. Arthur siempre sabía qué hacer y tenía la cabeza más fría.

Le abre la puerta el francés. Luce bastante mejor que la última vez, al menos su cara ya no está amoratada y no camina como si se le estuvieran moliendo los huesos. Le ofrece asiento y una copa. Gilbert no puede evitar sonreírse por el modo en que parece haberse convertido en el ama de casa. Arthur le había dicho que apenas se repusiera lo iba a mandar de vuelta a su cuchitril pero en el fondo no tenía las agallas para hacerlo. El albino entonces pensó en el peligro al que se exponía el inglés siendo homosexual, manteniendo a su pareja en su casa y para más inri una negra. Era una suerte que los vecinos fueran momias octogenarias y respetables y que sus refugiados fuesen tan silenciosos.

-¿Sucede algo?- Pregunta el cantante con un tono preocupado, ambos sabían que no era normal que Gilbert rechazara una copa, fuese la hora que fuese.

-Es algo serio... ¿Selene está por ahí?

-No, escondida en el estudio de Arthur, vamos, dime...

-Se trata de Alfred – comenzó a susurrar Gilbert sin sospechar que este último mes sin poder ver a su novio, tenía a la mulata con el oído aguzado a la más mínima señal de su nombre, de su risa, incluso podría jurar conocer el ruido de sus pasos, esas zancadas seguras. Cuando el albino hubo terminado de relatar lo que vio en la pensión del estadounidense el grito de la mujer no se hizo esperar. François, dentro de su estupefacción se acercó a recogerla y a callarla, poniendo su mano en la boca, diciéndole que se calmase, que no se podían poner a suponer lo peor, que era muy pronto.

-¡Cómo es posible que yo abra la puerta para encontrarme con este escándalo! ¿Por qué no está guardada la escoba? - preguntó como una forma encriptada de decir ¿Qué hace esta mujer en medio de mi sala cuando alguien podría verla por desde el edificio de enfrente?

-Alfred ha sido pillado, no sabemos donde está ni qué ha pasado con él – Explicó François, sabiendo que eso no pondría al inglés en un ánimo más comprensivo.

-Déjenme ir a buscarle – exclamó ella liberándose del agarre del francés, se apresuró al estudio del historiador que partió tras ella. La muchacha ya había cogido su abrigo y su sombrero e iba con paso decidido hacia la sala.

-Pero, mujer ¿Qué crees que haces? ¿Crees en serio que llegarás a la esquina con esa facha que te traes?

-Pues si les gusta bien, sino me meten un tiro y me llevan donde tienen a Alfred.

-A tí ni siquiera te van a tomar de prisionera ¿Qué no has oído lo que dicen de tu gente? Que "cualquier herero será abatido a disparos sin importar nada", "que Francia ha fallado al honor de Europa al dejarlos entrar y mezclarse con la gente", piensa... ¿Crees que llegaras muy lejos o que te llevarán donde Alfred en caso de pillarte?

-¡No me importa! - exclamó ella.

-Mon dieu, eres una persona horrible – exclamó el francés mirando al inglés con rencor mientras abrazaba a su amiga que parecía no tener fuerzas para estar en pie. Selene se agarró de su camisa llorar y con eso hubo terminado el berrinche del día. Pero hubo uno diario, así que Arthur había tomado la decisión de meter somníferos en su comida y mantenerla sedada para evitar que haga una locura.

Finalmente dos días después Gilbert recibe la noticia de su hermano. Ludwig, teniente del ejército alemán. Estaba en Bélgica y pese a que intuyó más o menos que esto se trataba de un lío, nunca esperó que Gilbert tuviera el atrevimiento de pedirle algo así. Se negó las primeras tres veces, pero entonces la voz siempre sonriente y chula de su hermano mayor se había derrumbado en una patética súplica. "Por favor... es mi mejor amigo, es mi hermano, no puedes dejar que..." "Es su responsabilidad... en esta guerra hay normas y extranjero o francés, estando en Francia debe acatar las normas de quien esté al mando" "Brüder, nunca te he pedido nada... si me ayudas con esto nunca más te pediré nada, me voy a ir, no te daré jamás un problema"

El menor de los Wiellschmitdt suspiró abatido y solo dijo: "En la Concorde, pasado mañana". Gilbert esperó la cita con los intestinos anudados preguntándose si Alfred estaría vivo aún. Al ver llegar a su hermano a la plaza lo observó como si no lo reconociera, con su abrigo marcial, su porte guerrero, el cabello engominado y la expresión dura en el rostro. Gilbert esperó sinceramente que quedara algo del pequeño Lud al que había enseñado a andar en bicicleta cuando niños en el hogar de infancia en Pomerania.

En una mesa de una cafetería bastante ruidosa y concurrida, los hermanos se ubicaron en el centro. Ahí donde es más visible y se levanta menos sospecha. Gilbert volvió a rogarle sin que fuera realmente necesario, Ludwig venía decidido a hacer caso en la locura y lo hizo solo porque como él dijo entre discretos susurros.

-Yo soy lo que soy por amor a mi país, pero no justifico de ninguna manera el castigar a alguien que no lo merece, menos si es alguien por quien mi propio hermano está dispuesto a ponerse en riesgo- pero luego su tono de severidad agregó - Espero que sepas que es la primera y última vez que hago algo así por tí -

Gilbert asintió satisfecho mientras escuchaba el plan de su hermano menor. Fue como esas estrategias que urdían cuando pequeños para robar pastel de la cocina. Solo que bastante más sombrío. En vez de canicas para hacer resbalar al mayordomo, hablaron de barbitúricos, de una dosis tan alta que podría dejar totalmente anestesiado a quien la consumiese y bajarle la actividad cerebral y pulso hasta casi llevarlo a la muerte. Gilbert aceptó el riesgo. Si se les iba a la mano, al menos tendría un cuerpo que enterrar y un lugar donde Selene pudiera dejar sus flores.

El 20 de Junio de 1940, a las 21 horas. El Teniente Wiellschmidt era recibido respetuosamente por los soldados encargados de hacer guardia en la prisión. Le dijeron que no valía la pena que perdiera su tiempo allí, que solo era una cárcel de traidores cuyas horas estaban contadas. Ludwig respondió con la voz más seca que solo estaba supervisando y buscando el rostro de la foto que le mostró su hermano, de aquel chico que tocaba el contrabajo, buscó entre los bultos vivientes algo parecido. Lo encontró encogido y débil, con la mirada fija en la muralla, las señales de la fatiga en todos sus rasgos. En un ataque de falsa bravuconería el teniente se metió a la celda a 'examinarlo' y, escudado en su grande figura y aparatoso abrigo, le aplicó la dosis con una jeringuilla discreta en cualquier parte del muslo. La droga intramuscular no tardó mucho en hacer efecto.

A las 23 horas el centinela llevó una carreta de cuerpos a bodega trasera. No era necesario comprobar con exactitud los signos vitales de los prisioneros, bastaba con que estuvieran comatosos o lo suficientemente inconscientes, no es como que no se hubiesen enterrado vivos a un montón de perros y traidores.

Ludwig luego de vigilar los papeles y registros que tenían sus subordinados, avisó que se iría. Se coló por la puerta de la bodega y se enfrentó a la mismísima pudrición y el horror. Era esto, precisamente lo que nunca hubiera querido ver. Pensó, en un modo muy pesimista, que si en verdad había fuerzas reguladoras superiores o divinas, esto le costaría a Alemania un buen tiempo de oscuridad. Había pilas de bultos inertes, unas quince pestilencias, suciedades, yagas humanas que serían lanzadas a la basura al día siguiente y en un rincón, el maltrecho cuerpo del amigo de su hermano. Y así, como quien saca un montón de basura, estira un enorme saco de lona negra que ha traído doblado bajo la faja de su uniforme y lo envuelve sin mayor cuidado, porque esto de robar cadáveres puede convertirse en la ocasión que lo convierta a él mismo en uno.

Ahí mismo por la puerta trasera por donde se saca la basura echa al bulto en su Kübelwagen. Los perros ladran con insistencia, pero los otros confiados de su rango y sus medallas no van a ver que él pudiese estar haciendo algo inapropiado. Es imposible que el teniente Wiellschmidt tan ario, tan correcto, tan fiel pudiese hacer algo por deshonrar a su patria. La deshonra de su país viene de otros lugares, de su mismo corazón y ciertas acciones, piensa de pronto Ludwig sintiéndose, al hacerlo, más vende patrias que nunca.

Al llegar al lugar -callejón silencioso- de encuentro de su hermano y pasarle el bulto, Gilbert lo mira horrorizado. No se preguntan nada. El mayor solo lo mete al auto que ha rentado y sigue el resto del camino con el corazón desbocado. Si no se apura y no es discreto el mismo terminará metido en un maletero y en un saco. Los Vargas estuvieron esperando vigilando la puerta como si esta les fuera a explotar en la cara. No había ni un alma en la Rue Tholose, nadie fue testigo de los veinte segundos que tardaron en levantar el enorme bulto y meterlo a la residencia. Una vez dentro subieron las escaleras lo más rápido que pudieron.

No se decidían si descubrir o no el saco, nunca se sintieron tan cobardes. Pero dado que eran los hombres más fuertes, Lovino y Gilbert lo revelaron, finalmente: Alfred, doblado en la posición más extraña que han visto en un ser humano; magullado, inmóvil y pálido como un muerto. Lo recostaron en la cama de Feliciano y lo observaron unos minutos

-¿Respira?-

-Sí, su pecho se mueve-

-Yo creo que lo estás alucinando, mujer-

-Dio mio, esto es horrible-

-¡Esto es una ridiculez! Hay que llamar a un médico-

-¡No podemos llamar a un médico! ¡No podemos confiar así nada más en cualquiera!-

-No podemos dejarlo así, veee~, se va a morir, si es que ya no está muerto…-

-"No ha muerto... espera, Scheiße, ¿Alguien sabe tomar el pulso?-

Se les dio el amanecer en especulaciones; llegó el medio día. Antonia había arropado a su amigo norteamericano, le limpió como pudo las heridas. Sospechó que algo estaba mal con su pierna izquierda, por la forma extraña en que se doblaba su rodilla, sus manos lucían también magulladas y aunque le pareció que recuperaba color, era obvio que no mejoraba. Él único consuelo que quedaba era saber que no estaba del todo difunto, pero ¿Podría volver a vivir? "¡Este gringo de mierda se va a morir!" Exclamó Lovino frustrado y fue entonces como si lo hubieran invocado, porque finalmente el aludido abre sus ojos, o más bien mueve sus parpados, suelta un quejido y es todo lo que necesitan para saber que las cosas no están tan jodidas como creyeron.

-Voy a buscar a Belle – Dice Antonia poniéndose el abrigo – una amiga del taller, está haciendo un curso de enfermería… debe saber algo o conocer un médico que nos ayude.

Lovino no alcanza a detenerla o decirle que tenga cuidado. La española ya va escalera abajo y se interna por la calle. Los italianos miran a su amigo americano quejarse sin saber que hacer, Gilbert se ha sentado a mirarle tratando de descubrir algún punto bueno, alguna manera de ayudarle a mitigar el dolor. Una hora después Antonia llega con su amiga y otro hombre muy alto, con el cabello rubio puntiagudo, cara de pocos amigos y que apenas saluda con un seco "Hola".

-Estos son Belle y su hermano Govert, él es estudiante de medicina…- El mentado no la dejó terminar, se acercó al 'paciente' y luego de examinar sus lesiones dijo secamente.

-Tiene la rodilla dislocada, tres dedos fracturados, nada en las costillas… sospecho que tampoco ve muy bien, Oye chico, dime cuantos dedos ves – preguntó dirigiéndose a Alfred que lo observó como si no entendiera, apenas moviendo su cabeza – Govert bufó frustrado y agregó – Está desnutrido.

-No hemos logrado hacerlo comer – explicó Gilbert.

-¡Pues oblíguenle!, probablemente le duele mover la mandíbula, deberían intentar con algo líquido

- Toña ¿Puedes hacerle una sopa de verduras? Las más que puedas, ponle carne si puedes – recomendó Belle, la española se dirigió a la cocina y la otra mujer se acercó para comenzar a entablillar los dedos del muchacho. Govert hacía lo mismo con la pierna, examinó sus ojos y prometió volver a hacerle un examen porque podría estar perdiendo la visión. Belle intentó hacerlo hablar haciéndole muchas preguntas pero finalmente se rindió preguntándole al grupo de amigos.

-¿Saben si hay algo que pudiera sacarlo de este estado de animo? No creo que esté mudo, solo creo que no quiere hablar… vaya uno a saber lo que le hicieron-. Fue entonces que Antonia decidió salir nuevamente "Tiene que haber una forma de traer a Sel sin exponerla."

Al verla llegar, Arthur le dijo que era peligroso que se hubiera aventurado sola en la calle en tiempos como estos, pero al escuchar lo que pretendía al presentarse en su casa decidió que estaba loca.

-No he estado exponiéndome escondiendo a esta mujer y a este tipo acá para que decidas cometer la estupidez de sacarla y matarlas a ambas.

-Me importa poco lo que digas, quiero verlo, si está vivo tengo que estar donde él esté – resolvió Selene poniéndose de pie. Arthur la imitó, enfrentándola. Estos conflictos entre ellos dos se estaban volviendo frecuentes. Selene quería escapar a buscar a Alfred, Arthur se interponía entre ella y la puerta, François intentaba razonar en vano con ambos y terminaba siendo gritado por los dos.

-Ahora no podrás detenerme – anunció desafiante la mulata. El historiador gruñó intentando intimidarla y, nuevamente, François debió ponerse de pie para evitar que se matasen.

-Oigan, salir ahora es una locura, pero mañana en la noche podríamos intentar sacarte de acá – propuso a Antonia llamando la atención de los otros- con un poco de pintura de mimo, una peluca, sombrero… podría salir de casa sin problemas, subirse a un auto y luego entrar rápidamente a la casa de los Vargas… no tiene por qué ser así, tan descaradamente corriendo por la calle a plena luz del día.

-Esa idea me parece fantástica – aplaudió el cantante mirando a ambos combatientes. Arthur escupió un "Esto es una locura" y Selene pareció examinar la propuesta para finalmente decir.

-Me parece, pero si no es mañana, voy a atravesar todo Paris corriendo aunque me persigan todos los nazis de Europa.

En ese momento todos miraron al Inglés buscando su aprobación ¿En qué momento se había convertido Arthur en 'el adulto a cargo'? No le quedó más remedio que asentir con la cabeza y decir.

-Rentaré un auto, pero no lo voy a manejar, no puedo exponerme así, tengo que escribir un libro antes de morir."

La noche siguiente Antonia corría al barrio residencial donde vivía Arthur llevando debajo de su abrigo los implementos necesarios para 'disfrazar' a su amiga. Se encerraron en el baño y con cada pincelada que daba sobre la hermosa piel de su amiga, se sentía un poco miserable. Estaba blanqueándole, convirtiéndole en una caricatura exagerada del ideal que buscaban los nazis ¿Era esto lo que iba a ser Europa desde ahora? ¿Una sola tribu de blancos que tapaba la diferencia con una plasta pegajosa de sangre? Una vez acabado, miró el rostro grisáceo y artificial de su amiga, le pasó una peluca castaña clara y preguntó.

-Estás lista-

La mulata se miró al espejo, pero en vez de su rostro vio al monstruo, y se dio fuerzas, recordándose por qué hacía lo que hacía. François también la observó horrorizado, pero no dijo nada, no había tiempo. Era la hora de irse. Gilbert esperaba al volante, la noche caía ocultando sus planes y Arthur le observaba con una extraña mezcla de rabia y otra cosa.

-Bueno, supongo que esta es la última vez que nos vemos – dijo el cantante de jazz, sonando como una balada azul y opaca.

-Así es – confirmó el inglés con tono indiferente.

-Gracias por todo.

-No fue nada.

La española abrió la puerta vigilando que el pasillo del departamento estuviese solitario. François salió tras ella y ocultando su monstruosidad lo más que podía, se deslizó Selene. El viaje en vehículo duró veinte minutos, la carrera del vehículo al dúplex unos segundos apenas que a la fugitiva le pesaron en cada latido de adrenalina. Al llegar a casa de los Vargas lo primero que hizo fue encerrarse en el baño a lavarse la cara. No podía dejar que Alfred viera al monstruo; no después de todo lo que ha pasado. Estaba además instalado ese miedo de verle la cara a su querido y descubrir en él algo horrible. Con cuidado se aproximó a la habitación de Feliciano, donde lo tenían. Lo vio de apenas desde el marco de la puerta, recostado en su cama y vuelto a la pared. Feliciano no paraba de hablarle, intentando en vano obtener una respuesta.

-Oh... vienen a verte – anunció el italiano – esto te va aponer contento, ya vas a ver – le hizo señas con la mano a la mulata que se aproximó hasta quedar en frente del estadounidense.

Selene se sentó en el taburete que estaba al lado de la cama de Alfred que aún no había notado en ella. "Alfie" susurró apenas, con un tono muy suave, muy musical, muy reconocible que hizo al americano volverse a ella con las pocas energías que tenía y entonces todo el estoicismo que lo había protegido en estos días comenzó a desvanecerse en una sola lágrima que correteó por su mejilla blanca y amoratada.

-No, no, cariño… está todo bien ahora – comenzó ella llevando su mano a esa mejilla – estoy viva, tú también, nuestro plan sigue en pie - Ante esto, la expresión del norteamericano se endureció, como si de pronto ella hubiera dicho algo horrible - Por favor, dime ¿Qué te han hecho?... No, mejor, no importa, no es necesario hablar de ello, me alegro que estés vivo… te he extrañado tanto, pensé que no volvería a verte y me estaba volviendo loca, si tu no estuvieras yo creo que.

- Si yo no estuviera tu deberías seguir con tu vida – la interrumpió él, sorprendiéndola. Su voz parecía artificial y lejana - Incluso ahora, no creo que sea buena idea que pierdas tu tiempo conmigo, ¡Mírame! ¡Soy un fracaso!, estoy lisiado, no podré bailar contigo, ni tocar el bajo –la mulata negaba con la cabeza intentando acariciar la mano encogida, pero él se retorció como si sintiese asco de si mismo - y ¿Sabes que es lo peor? No pude salvarlos... debieron dejarme morir en esa prisión para pagar mis culpas…

-¿Cómo se te ocurre decir eso? Tú hiciste lo que pudiste, hiciste más que mucha gente que ahora está en su casa, sana, abrigada y cómoda… te metiste aunque no debías hacerlo, eso fue muy noble, Alfie, casi nadie se atreve a luchar contra esto, menos si no le compete… Nadie se atrevería a estar conmigo en estas condiciones o… ¿Es eso? ¿Es que ya no quieres estar conmigo? Yo lo entendería… correr tantos riesgos innecesarios.

-Jamás se me pasaría por la cabeza no estar contigo por que te persiguen o por tu color… tu color es hermoso.

Feliciano afuera hace ahoga un grito silencioso y exagerado al tiempo que François se lleva las manos al rostro en un dramático gesto de emoción y Antonia le debe agarrar para que no meta ruido. Lovino rueda los ojos ante tanta cursilería y se va a la sala de estar, donde está Gilbert, a hacer algo útil. Como ver qué dicen por la radio.

La mulata se recarga sobre la cama apoyando su cabeza en el regazo del norteamericano que finalmente se ha decidido a mover su mano menos magullada- la izquierda – para pasar sus dedos en medio de los rizos negros. Cierra los ojos, extasiado ante este consuelo. Mientras estaba en la celda luchando con el dolor de huesos lo único que le mantenía con los pies aferrados a la tierra era la prerrogativa de volverla a ver una vez más, de escuchar sus cantos en algún rincón de su imaginación y entonces deseaba enormemente rendirle un tributo, escribirle una palabra aunque fuera con su propia sangre, aun cuando sus manos no sirvieran para hacer música nunca más. (2)

Ahora era ella quien lloraba. Alfred hizo el amago de incorporarse como pudo para poder contenerla.

-Solo cuando nos maten podrás decirme que no es buena idea estar juntos, pero no ahora que todavía podemos intentarlo ¿Me oíste?- finalizó Selene como última amenaza.

-Entiendo - continuó el estadounidense con la voz seca, pero ya más seguro, o al menos eso les pareció a ambos.

Pasaron semanas en que estuvieron encerrados a la deriva. Alfred al menos ya había comenzado a caminar, avergonzado de su cojera y sus anteojos. Selene masajeaba sus dedos que tenían poca movilidad y parecían estar crispados. Los Vargas salían a trabajar para traer dinero. Los ahorros de la pandilla habían disminuido notablemente desde el último mes y la situación parecía no querer mejorar a corto plazo. Casi quedaron enterrados en el techo, del puro susto al escuchar los ruidosos pasos por el pasillo. Nadie se atrevía a abrir la puerta por la prepotencia de los golpes, pero entonces Selene reconoció el silbido de quien había sido su protector. Miró a François y dijo: Es Arthur.

El inglés se metió a la sala donde estaban todos con la expresión más consumida y asustada que les había visto desde que los conoció. Con la mayor frialdad posible exclamó.

-Bien, están todos vivos…

François puso un gesto de exasperación ante tamaña falta de expresividad, pero luego se sorprendió aún más al escuchar a lo que vino su… no sabía lo que fueron.

-Se acabó este gueto de mierda, conseguí una forma de sacarlos de Francia y llevarlos a Reino Unido, desde allí ustedes ven lo que hacen, no deberían tener mayores problemas para encontrar un barco que los lleve a América o donde quieran ir.

De pronto, ante la mención de una huida, Lovino Vargas parecía totalmente entusiasmado. Se sentó al lado del historiador a escuchar atentamente las instrucciones. Tal vez fue por eso que, tácitamente, Arthur lo hizo líder de la operación. -El plan tiene tres dificultades: Sacar a Selene y mover a Alfred, atravesar desde acá hasta el puerto y luego embarcarse sin que los vean. Una vez dentro ya no pasa nada, pon atención Lovino, no te lo diré dos veces…

Entonces había comenzado la embrollada explicación, de cómo se irían al puerto, de qué barcaza los esperaba, que irían en la parte de carga de desperdicios aguantando un olor de mierda. Lovino tomaba nota mental de todo mientras a Feliciano y François el horror se les estampaba en la cara.

-Fratello, esto es muy peligroso, ve~ creo que deberíamos nada más escondernos hasta que…

-Hasta cuando ¿Hasta que termine la guerra? Es demasiado tiempo, Dios sabe cuantos años estarán los alemanes por acá. Nos vamos.

-Se van mañana – agregó Arthur dando por zanjado el tema.

-Solo una pregunta ¿Por qué dices ustedes como si no te incluyeras en el grupo? - le pregunta François con curiosidad, queriendo creer que es un simple error en la elección lingüística. No obstante el inglés se vuelve a él con la mayor seriedad del mundo y le confirma:

-Porque no me incluyo, yo me quedo acá a ver qué pasa, no soy judío, ni negro, ni traidor. Estaré bien, juntaré fuentes y cuando esta locura termine voy a escribir sobre esto.

-¡Pero es que tienes mierda en la cabeza! - exclamó Lovino, siendo callado inmediatamente por las manos de Antonia.

- Cállate bestia no ves que estamos escondidos – le susurró la española aguantando las ganas de gritarle. Afuera se escuchaban ladrar los perros y parecía que en cualquier momento irrumpirían los motores de automóvil de las rondas alemanas nocturnas.

-Muy bien, pues espero que cuando descubran que estuviste ayudando negros, traidores y que encima eres marica, te baleen hasta que tu corazón de piedra salga disparado al fondo del mar – sentenció François yéndose a encerrar al baño. Y eso fue lo último que se dijeron. No había nada más que decirse.

A los dos días luego de esa reunión, Gilbert, Lovino y Antonia, que podían andar por la calle sin levantar mayor sospecha llegaron al puerto de Dieppe en un bus de pasajeros. Selene y Alfred, acompañados por Feliciano y François tomaron la vía difícil metiéndose en un camión de ganado. Durante el viaje el cantante imaginó melodías silenciosas, aromas agradables, imágenes de los bailes, de las fiestas, de las risas de sus amigos y por ahí, traicioneramente, se coló la imagen de unos ojos verdes bajo unas cejas tupidas, una risa con acento inglés y una sádica caricia que sus poros recordaron por tres segundos. Pero que le atormentaron por el resto del viaje.

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(1) Paul Celán, poeta rumano, judío. Fue apresado en esa época, toda su familia murió en un campo de concentración y él fue recluido en un campo de trabajo, no murió, pero su trauma fue permanente, sostenía que no es posible escribir poesía después de Auschwitz. Aunque es un autor célebre, no fue ampliamente difundido en su época, sufrió de grandes depresiones toda su vida hasta que se suicidó arrojándose al río Sena desde el puente Mirabeau, la noche del 19-20 de abril de 1970.

(2) Con esto quiero hacer referencia a Robert Desnos, poeta francés surrealista que murió en el Campo de concentración de Theresienstadt en Junio de 1945 , de tifus, semanas después de que el campo fuera liberado. Fue un miembro activo de la Resistencia francesa, publicando a menudo bajo pseudónimo. Se dice que en su encierro se mantenía vivo y cuerdo recitando sus poesías a su mujer y que antes de morir en un trozo de papel escribió:

Tanto soñé contigo,
Caminé tanto, hablé tanto,
Tanto amé tu sombra,
Que ya nada me queda de ti.
Sólo me queda ser la sombra entre las sombras
ser cien veces más sombra que la sombra
ser la sombra que retornará y retornará siempre
en tu vida llena de sol.