8. La lámpara de la Hufflepuff
Emy no se despertó en toda la tarde y tampoco lo hizo en toda la noche. Soñaba sin cesar, veía recuerdos de su vida pasada desordenados pero claros. De niña lloraba porque su hermana la dejaba sola. Esa misma niña tocando junto a su padre delante de un piano de cola precioso, mientras veía a su madre corrigiéndola la postura para tocar más descansada y luego, delante de su armario, discutiendo con ella para ver qué ropa se ponía. Soñó con sus padres preocupados, hablando con la profesora, porque ella tenía una conducta rebelde y siempre estaba metiéndose en líos. Soñaba con un salón en donde estaban sentados a una mesa llena de comida y reían de anécdotas que una muchacha, más grande que ella, les contaba, mientras que otra, aún mayor, ponía mala cara. Luego estaba encima de un escenario, con muchas caras mirándola, mientras ella cantaba un precioso y afinado villancico. Pero los sueños cada vez eran más y más oscuros, hasta que aparecía un hombre, con el que hablaba pero no entendía lo que decía y entonces, de nuevo, la pesadilla volvía a ella.
Se encontraba de nuevo en aquel oscuro y rancio pasillo, sabiendo qué iba a pasar pero ahora entendía que, a quienes tenía a su lado, eran su padre y su madre, y querían rescatar a su hermana Lily. Intentaba que pasara lo más rápido posible, necesitaba recorrer aquel recuerdo a cámara rápida y parece que su mente la obedecía. Así se encontró de nuevo en la playa con los pies desnudos y bañados por el frío mar, que iba y venía como sus recuerdos. "Es hora de que entres en casa". Emy volvía a darse la vuelta y allí estaba ella, la anciana. La miraba sonriente pero reservada, sus cabellos blancos estaban bien recogidos, como si el viento no se atreviese a despeinarla, su ropa no se movía y, sin embargo, ella podía sentir la fuerte brisa helarla la nariz. "Entra en casa". Emy iba hacia ella sin pensar en nada más, ni en los libros sobre la arena, ni en sus zapatos. Caminaba hipnotizada hacia la anciana hasta que la perdió de vista. Subió un empinado sendero que ascendían por el acantilado y allí la estaba esperando ella. "Entra en casa y lo entenderás todo, las cosas volverán a ser como antes". Emy miró hacia la enorme casa de piedra, necesitaba unas buenas obras y el jardín también, las malas hierbas acampaban a sus anchas por todo el terreno, aunque ella sabía que no siempre había sido así. Alzó la vista para posarla en el ventanal que daba al mar, una luz azulada y tintineante se mostraba tras los cristales. Un miedo atroz comenzó a apoderarse de ella, era tan grande que no podía dar ni un solo paso, sabía que aquella era su casa pero no podía entrar en ella, algo horrible había pasado allí, algo que no estaba preparada a asimilar.
Ya no se encontraba la anciana a su lado y el cielo estaba oscuro, sin luna y sin estrellas, sólo nubarrones que querían descargar sobre ella, empaparla hasta los huesos, hasta que no sintiera su cuerpo por el frío. Oía rugir a las olas, con tal fuerza, que temía que le alcanzaran, y el viento agitaba la puerta haciendo que golpeara una y otra vez sobre el quicio de la puerta. Deseaba que aquel sonido parase, deseaba despertar, salir de allí pero su mente no se lo permitía. Giró sobre sí misma y se situó al borde del precipicio, de su boca salían palabras que no entendía, las chillaba con furia y desesperación pero no podía oírlas. El viento arreó con mayor fuerza, las olas se elevaron hacia el cielo enfurecido y estallaban como bombas contras las pobres rocas indefensas. El cielo comenzó a descargar cada gota de lluvia sobre ella y caían como agujas que le traspasaban el alma y le rompían el corazón. Chillaba y chillaba mientras su alma se quebraba en mil pedazos. Luego todo fue oscuridad, una larga y pesada soledad. No parecía tener fin, notaba su cuerpo pesado, tanto que no era capaz de moverlo, tanto que se convertía en su propia cárcel, oscura y pesada. "Abre los ojos". Se repetía. "Sólo abre los ojos" y despacio, tal que si tuviese mil años de vida para hacerlo, los fue abriendo poco a poco y le vio a él. Exactamente vio su mirada, tan verde y tan intensa como la de ella, como en la que se hubiese perdido si ella lo hubiese querido, pero no eran los ojos de una mujer los que veía, eran los de un muchacho de unos quince años, con la expresión de un hombre que ha vivido demasiadas cosas para su edad. Aquellos ojos se acompañaron de un rostro delgado, blanquecino, de líneas rectas y puras, y de un pelo revuelto y oscuro como el azabache. Aquella era la imagen que la había sacado de la oscuridad, era la imagen de...
- ¡HARRY!
- Tranquila, has estado soñando casi un día entero
- ¿Sirius?
- Dime, mi amor
- No quiero tener miedo – Ella lloraba cansada y nerviosa
- Creo que sólo basta con desearlo – Sirius recogió entre sus brazos el cuerpo tembloroso de Emy – Si hay algo que te ha caracterizado siempre, ha sido tu fuerza, esa misma será la que aleje el temor de ti
- Sólo tengo que ser fuerte
- Así es
- Pensar que puedo superar cualquier cosa
- Sí
- Lo haré, desde que estamos juntos siento que soy capaz de todo
- Me alegra oír eso
- Lo que dije ayer iba en serio, no permitiré que el miedo me estanque en esta vida sin sentido, recordaré a cada persona que pasó por mi lado y así seguiré mi camino, junto a ti, hacia el futuro
- ¡Cuánto me alegra oírte decir eso!
- Tienes que ayudarme
- ¡Claro! ¿Qué quieres que haga?
- Enséñame a conducir
- ¿Qué? ¿Y eso qué tiene que ver?
- Mucho y quiero ir a hablar con la policía, quiero ver ese informe que habla sobre mí
- Eso igual es más complicado
- Podríamos ir luego a hablar con el alcalde... si aún quieres seguir con el plan
- Más que nunca
- Pues entonces ya es hora de levantarse. Primero sesión con el doctor Beltrán, después iré a hablar con el médico de trauma, para que me dé el alta de rehabilitación, luego a la comisaría y al ayuntamiento, y por último me enseñarás a conducir
- ¡Te has levantado muy enérgica! Aún son la siete de la mañana
- ¡Eso es perfecto! Tenemos hasta las nueve para que aprenda a pilotar ese precioso coche que tienes ¿Quién sabe? igual termino llevando tu moto
- No adelantes acontecimientos
- Me ducho en un momento y nos vamos
A las siete y media salían por la puerta a hurtadillas, dejando una nota que decía que no aparecerían en toda la mañana. Sirius se sorprendió de que Emy aprendiera a manejar el coche tan rápido, en media hora escasa tenía el tema totalmente controlado. Lo que él no sabía es que los recuerdos se agolpaban cada vez más rápido en la mente de Emy. A ella llegaban imágenes de las miles de veces que había conducido y supo que aquel coche no era de Sirius, si no que era de ella. Después de su paseo en el deportivo rojo, ella misma condujo hasta el hospital. Insistió en que la esperara en el coche pero él no estaba por la labor, aún no le había contado todo lo que sabían del supuesto doctor Beltrán. Al final ni para uno ni para otro. Ella fue a la consulta sola mientras que Sirius se dedicó a pasear por el hospital en busca de información, si Wilcox se hacía pasar por el médico, estaba claro que le tenía recluido en alguna parte.
La sesión de aquella mañana fue muy instructiva para Emy. Hablaron de los sentimientos que ella tenía hacia sus amigos y no se cortó ni un pelo en decirle todas las mentiras que se le pasaron por la cabeza, para hacerle pensar que no significaban gran cosa para ella. A Wilcox se le iluminaba la cara de sólo oírlo y ella pudo comprobar que los chicos estaban muy acertados al desconfiar de él. Volvió a preguntarle sobre la casa y ella de nuevo le dio información errónea, por fin recordaba qué era aquello tan importante que estaban buscando, comenzó a atar cabos sueltos. Wilcox, el hombre que estuvo en su habitación, le dijo que sería ella quien le llevaría hasta la casa y así él se apuntaría la victoria frente a los demás. Su mente sabía que se refería a la casa en donde estuvo con la anciana, en la que no se atrevió a entrar. Allí había algo de valor para él y también para ella, no dejaría que nadie se acercara allí, nadie. Estaba decidida a coger el coche a la mañana siguiente y dejar que su instinto la llevara hasta la casa, ese era su plan al margen de los demás. Una vez allí, no se permitiría tener miedo. Mientras pensaba en todo esto, contestaba las preguntas del supuesto doctor, hasta que una de ellas le sacó de sus pensamientos.
- ¿Crees en la magia?
- En la de los sueños ¿Y usted?
- Supongo que también
- ¿Qué haría si tuviese poderes mágicos? – Preguntó Emy muy expectante por la contestación
- Conseguiría todo lo que me propusiese
- Es usted una persona de gran ambición, por lo que veo – Emy sonrió de forma muy sensual – Eso me gusta en las personas
- Me agrada pienses así ¿Qué harías tú?
- Exactamente lo mismo
- Pero no todos pueden poseer algo tan valioso como el poder
- No, todos no
- Por eso lo demás tendrían que...
- Se tendrían que conformar con ser plebeyos de quien lo ostente
- ¿Eso es lo que piensas?
- Me sorprende que usted no. Es así como funciona el mundo. Somos meros peones de quien juega la partida importante, creemos tener voz y voto pero al final se hace con nosotros lo que se quiere... hasta que nos damos cuenta... – Emy empezaba a jugar con la ironía y al parecer bastante bien, porque su interlocutor no se percataba de ello
- Sí, en parte tienes razón
- Es entonces cuando sale el instinto de supervivencia, cuando ves cuales son tus verdaderos principios ante la vida y cuando apenas puedes elegir entre el bien o el mal, conceptos que al final se quedan solamente en eso mismo, en conceptos, lo único que pondera es la supervivencia... nada más
- Sabias palabras – Wilcox la miraba con aprobación, estaba yendo por buen camino
- Hablaremos más sobre este tema doctor, ahora me tengo que ir a trauma
- ¡Ah, sí! Ya es la hora
- Nos veremos mañana, a las nueve en punto y seguiremos tratando del instinto de supervivencia, no le quepa la menor duda – Emy le guiñó un ojo y salió de allí con paso rápido hacia el departamento de traumatología
Habló con su médico y él estuvo de acuerdo en que ya no necesitaba dar más sesiones de recuperación, incluso le dijo que ella estaba mejor que él. Se despidieron cordialmente y Emy no se olvidó de agradecer todo lo que habían hecho por ella, tanto al doctor como a los enfermeros y auxiliares. No entendía muy bien porqué pero sabía que Sirius estaba en la cafetería y así era. Se sorprendió que, a cada instante, su instinto fuese cada vez mayor y que una energía desconocida para ella le invadiese el cuerpo moviendo sus pasos hacia un mismo fin, encontrar la casa y entrar en ella.
- Hola – Emy saludó a Sirius y a una chica vestida de enfermera que hablaba con él
- ¡Emy! ¿Ya terminaste?
- Sí, no tengo que volver a rehabilitación
- Me alegra saberlo ¿No me recuerdas?
- Me suena tú cara. ¡Ah! Es usted la cuñada de Ana
- Sí
- ¿Qué tal está?
- Bien ¿Y tú?
- Esta mañana mejor que nunca
- Estábamos hablando del doctor Beltrán
- ¿Exactamente de qué?
- Yo estuve a sus órdenes antes de ser ascendida. Él era un hombre muy cordial pero ahora ni siquiera me saluda. La enfermera que trabaja con él me ha dicho que incluso le cambió la letra, algo le ha debido pasar pero no seré yo quien se lo pregunte
- ¿No sabrás dónde vive? – Sirius necesitaba esa información, así podría entrar en la casa y ver si el pobre hombre seguía vivo
- Sí, claro, trabajé con él muchos años y he ido varias veces a su casa en cenas y reuniones con mi marido y un grupo más de gente, antes éramos amigos, pero ahora...
- No debes preocuparte, seguro que se le pasa, una mala racha la tenemos todos – Emy sonrió en señal de consuelo – Tenemos que irnos Sirius, hemos quedado
- Es cierto, gracias por todo
- No hay de qué, den recuerdos a Ángel y Lola, igual, con un poco de suerte, el sábado tengo la noche libre y voy a verte cantar – Escribió la dirección en una servilleta y se la entregó a Sirius
- Gracias – Le dio un apretón de manos y le lanzó una sonrisa – Es mejor que no se lo digas a nadie
- Claro, pasa por allí y tomamos unas copas – Emy se despidió con un par de besos y se marcharon de allí, sabía que Sirius no tardaría en presentarse en esa casa
- ¿Qué se supone qué haces? – Preguntó Emy al ver que Sirius pretendía conducir – Me toca a mí
- Está bien pero no corras
- No lo haré – Hizo contacto con la llave y pisó el acelerador, se sentía tan bien al volante de aquel coche
- Te veo muy segura hoy ¿Qué tal fue la sesión?
- Muy bien, he descubierto muchas cosas de mi misma, ya lo verás
- Te estás volviendo misteriosa
- Tengo que conservar mi encanto
- Creo que a mí ya me tienes más que encantado
Se dirigieron a la comisaría central y allí hablaron con los dos inspectores que llevaban su caso. No les quedó más remedio que dejarle leer su informe, de hecho, se sentían capaces de hacer lo que ella les pidiese. Emy puso total atención a cada una de las palabras que le contaban su vida. Llegó a España a los quince años, sacó la nacionalidad conservando la anterior, estudió tres carreras en Madrid, Historia, Literatura y Ciencias Antiguas en tan sólo seis años. Su coeficiente intelectual estaba marcado en el informe, ciento treinta y cinco, estaba casi en el apartado de superdotados, eso la enorgulleció. Se doctoró y sacó la convalecencia para que los títulos fuesen válidos en Gran Bretaña. Emy leía como hipnotizada que había nacido en Londres, el seis de junio de 1962, era hija de Thomas y Margaret Evans y a su vez hermana de Petunia y Lilian. Trabajó en la universidad y luego ingresó en el Departamento de Inteligencia del Ministerio de Defensa como investigadora de documentos antiguos, para luego ejercer de agente activo del servicio de inteligencia hasta el año 1995, en el que, en el mes de mayo, dejó el trabajo sin saber qué más empleos había tenido. Vio los detalles de cuando la encontraron, incluso fotografías del estado en el que estaba, ni siquiera se ruborizó al verse desnuda frente a aquellos hombres, sólo pasaba una pregunta por su mente ¿Cómo llegué hasta allí? Salieron de la comisaria sin decir nada, Sirius la miraba intrigado por sus pensamientos pero ella no soltó ni una sola palabra hasta que llegaron al ayuntamiento.
El alcalde de la comarca los recibió de mil amores, era uno de los amigos de la pandilla de Emy cuando eran jóvenes. Le explicaron sus planes y él les dio, encantado por la noticia, un papel en el que les detallaba los requisitos necesarios, indicándoles que el sábado de esa misma semana tenía hueco a la una para casarles en el Palacio de la Magdalena. A Emy le pareció una idea excelente pero luego comprobó que no era tan fácil como había pensado, Sirius no tenía allí los papeles que le pedían que confirmaran que no estaba casado anteriormente.
- Creo que no vamos a poder cumplir con nuestro deseo
- No te preocupes, Emy, no hay nada que la magia no pueda acelerar
- ¿Magia? ¡No me hagas reír!
- Tengo que decirte una cosa – Sirius se sentó en el asiento del copiloto, resignado ya a que ella condujese durante todo el día – Estuve casado hace años pero ella murió
- No sé porque pero lo sabía ¿Cómo no iba a cazarte alguna mujer? – Emy sonrió sin darle importancia – Espero que guardes gratos recuerdos de ella, seguro que era una buena mujer
- Sí, lo era, aunque yo no fui un buen marido
- Me cuesta creer eso
- Amaba a otra mujer cuando la di el sí quiero, nunca debí hacerlo, no fui honesto con ella
- Lo importante es que ella te amaba, seguro que eso le bastó, espero que te proteja desde donde quiera que esté
- Nunca dejas de sorprenderme
- Ni tú a mí – Se besaron largo rato en el aparcamiento y luego se marcharon hacia el restaurante
Después de comer, Emy quiso echarse una siesta y los chicos y Sirius vieron la oportunidad perfecta para investigar en la casa del doctor Beltrán. A los cinco minutos de marcharse, Emy salió en silencio por la puerta hacia el garaje. Estaba segura que Ángel y Lola no la podían oír, aún tenían que recoger la cocina y siempre lo hacían con la música un poco subida. Sacó el coche sin arrancarlo hasta la carretera, cerró con cuidado el garaje y dio gracias a que hacia un día tan magnífico, que nadie pasaba por la plaza, así se marcharía sin ser vista. Sin embargo, algo le decía que unos ojos estaban posados en ella. Arrancó el coche y salió pitando de allí.
Iba por una carretera de tercera, estrecha y con un pavimento muy malo. Era paralela al mar, sentía que estaba cerca de ella y oía en su cabeza una y otra vez "Es hora de que entres en casa". Miró por el retrovisor subiendo una cuesta pronunciada y a lo lejos pudo ver que la seguía un coche. De inmediato, supo que Beltrán la estaba espiando. Maldijo unas cuantas veces y cambió el rumbo pero al hacerlo, le pareció que pasaba por delante de un camino dentro de una espesa arboleda. Aquella era la entrada, subió aún más y paró el coche, salió de él y allí abajo pudo ver dos casas separadas por una extensión de tierra. Una era pequeña y de madera, mientras que la otra era grande y de piedra. Hubiese jurado que había alguien al pie del acantilado. Lo había encontrado, mañana volvería. Oyó que un coche se aproximaba y sintió unas enormes ganas de volverse invisible, movió sus manos y los setos crecieron delante de ella. El coche pasó de largo siguiendo la carretera que comenzaba a descender.
No supo el tiempo que pasó mirando sus manos, sintiendo un extraño cosquilleó recorrerle cada dedo. Temblaba de los pies a la cabeza. Acababa de hacer magia. Comenzó a imaginarse que podía aparecer delante de la casa, para saber si la anciana estaba allí, esperándola y entonces su cuerpo pareció flotar. Cerró los ojos y al abrirlos estaba contemplando la playa al borde del precipicio.
- Mi niña, ya has vuelto, te he echado tanto de menos
- Esto es sólo un sueño
- Si es lo que crees, tú tienes el poder de convertirlo en realidad
- ¿Quién eres?
- Soy tu abuela
- ¿Por qué no te recuerdo?
- Él te ha estado envenenado, menos mal que fuiste lista e hiciste caso a Lily y a Merlín
- ¿Eran ellos quienes me decían que no tomara las pastillas?
- Así es
- Pero de eso ya hace tiempo y sigo sin recordarte
- Es complicado, Emy, eres tú quien no quiere recordar
- Eso no es cierto
- Tu vida ha sido muy dura, tu mente sólo quiere proteger a tu corazón
- Necesito recuperar mi vida
- Entra en la casa, ponte debajo de la lámpara y comienza a ser dueña de tu existencia
- Hay algo dentro de ella que me lo impide
- Sólo son recuerdos, Emy, no temas enfrentarte a ellos, conseguiste reponerte de todo lo que pasó gracias al amor de Sirius y de Harry. Ellos son tu familia, quienes te quieren de verdad, junto con todos tus amigos. Al final, te diste cuenta de lo afortunada que habías sido por encontrar en tu vida a todas esas personas, las que estaban vivas y las que se quedaron atrás
- Mi corazón se partirá en mil pedazos
- Quizás pero, día a día, podrás recomponerlos, dejándote querer por tu gente, con quien debes estar y a quien debes ayudar
- ¿Ayudar?
- Sí, Emy, ellos te necesitan ahora más que nunca, por eso te han dado una segunda oportunidad. Demuestra el valor tan inmenso que reside en tu corazón y enfréntate a ti misma para poder cumplir con tu destino
- Si no lo hago...
- Tarde o temprano todos morirán bajo la mano de la oscuridad
- Llévame hasta allí – Emy salió detrás de su abuela, se fijó que no caminaba sino que surcaba la hierba arrastrando su largo camisón blanco
- Entra en la casa y permanece debajo de la lámpara. El poder de las Hufflepuff te devolverá cada uno de tus dones
Emy subió las dos anchas escaleras que la separaban de la puerta principal de la casa. Con la mano temblorosa giró la manecilla de la puerta y sonó el chirrío de las bisagras, hacía mucho que nadie entraba por allí. Una gran recepción en color gránate estaba frente a ella con una magnifica escalera central que ascendía al piso superior. Miró hacia el techo y allí estaba la lámpara. Era impresionante, grande, brillante y muy hermosa, no había la menor duda que estaba llena de magia, inspiraba una gran ternura y amor. Se colocó debajo de ella y extendió los brazos hacia arriba. No supo porqué le venían unas palabras a la mente.
- Invoco al poder de las Hufflepuff
La lámpara se fue iluminando poco a poco hasta iluminar la estancia entera y con ella a Emy. Sentía una energía positiva recorrerle el cuerpo, fue como encender una potente bombilla en medio de una mazmorra oscura. Las dudas desaparecían y el miedo huía con ellas. Su corazón se ensanchaba de pura felicidad, no podía evitar sonreír mientras la luz inundaba cada rincón de su perdida y desorientada alma. Realmente sentía que volvía a casa, sentía que abrazaba a su hermana y a James. Oía las voces de Lily y de Merlín "estás en casa". Podía oler el perfume suave de lavanda que ella usaba y el olor a hojas caídas que el anciano mago desprendía. Escuchó el rumor de un piano a lo lejos, sabía que era su padre tocando la primera canción que ella aprendió a tocar y luego sintió a su madre, la notaba pegada a su espalda, atrapándola con una mano por encima del pecho mientras que con la otra le peinaba suavemente el pelo con dedos. "Te echaré de menos pero al menos sabré que estás protegiendo a Harry" "Mamá" "Sé fuerte mi niña y quiere mucho a Sirius, él te dará la felicidad". Su corazón se encogió al notar que ella se separaba pero oyó a dos personas "Cuida de nuestro Harry".
- ¡Lo haré! – Emy abrió los ojos y seguía encima de la colina, al lado del coche y detrás de los matorrales que la escondían – No ha sido un sueño, yo sé que no lo ha sido
Con un movimiento suave de su mano, como si ella al mover el aire pudiera mover los arbustos, los hizo apartarse sin el menor esfuerzo ni casi concentración. Sonrió, ya no le temblaba la mano por hacer magia, sabía que ahora formaba parte de ella. Se montó en el coche y descendió a una buena velocidad por el puerto de montaña hasta llegar al pueblo. No se había dado cuenta que era tarde y es que la luz empezaba a escasear, si Sirius había vuelto, iba a tener problemas.
Nada más entrar en la plaza del pueblo vio que todos la esperaban sentados en el bordillo de la acera mientras que Sirius iba y venía caminando nervioso. Tenía que pensar algo antes de bajar del coche. Ellos vieron que se aproximaba y se levantaron, ahora permanecían de pie junto a su prometido, todos tenían cara de poco amigos. "Mierda ¿Y ahora qué digo? Piensa, Emy, piensa". Llevó el auto hasta el garaje y salió de él despacio. Camina insegura hasta ellos y a medida que se acercaba iba viendo como sus caras cambiaban a asombro.
- Tienes la misma imagen que antes de desaparecer – Dijo atónita Hermione
- ¿Dónde has estado? – Sirius estaba furioso - ¿Es que acaso piensas que podemos vivir de susto en susto? ¿ES QUE NO TE QUEDA CONSIDERACIÓN ALGUNA?
Emy se miró en la cristalera del restaurante. Realmente estaba cambiada, ahora su pelo era claro, aunque se veía que la base seguía siendo rojiza, le habían salido muchas mechas rubias y su pelo había crecido considerablemente. Se sorprendió de verse así, no por el cambio, sino por la familiaridad que le repercutía. Durante el viaje de vuelta pensaba que nada más verles se acordaría de todo lo que había vivido junto a ellos en momentos pasados pero ahora que estaba allí, sus caras no le aportaban ningún recuerdo más alejado de cuando habían venido al pueblo. Sintió que algo había fallado y que encima Sirius estaba enfadado con razón.
- ¿NO VAS A CONTESTAR? ¿ESO ES LO QUE TE IMPORTAMOS?
- NO – Emy se llevó las manos a la cara, estaba cada vez más confundida ¿Había sido sólo un sueño? - ¡Me importáis mucho!
- Y nos lo demuestras marchándote con el coche sin decir nada a nadie, muy bien ¿Para eso querías que te enseñara a conducir? ¿Para alejarte de mí?
- No, Sirius, no pienses eso. Yo... me levanté y no estabais... sólo quise ir a dar una vuelta... se me hizo tarde... nada más
- Tú no lo entiendes – Ginny le habló con cariño – Nosotros estamos preocupados por ti
- ¡ELLA QUÉ VA A ENTENDER! – Exclamó furioso Harry – Vive en su particular mundo de "todo va bien"
- ¿Por qué no me lo explicas, Harry? – Emy sintió una rabia incontrolada en su interior, aunque sabía que había hecho algo mal, no era él quien mejor podía acusarla, era como si ella supiese que Harry había hecho cosas peores – Quizás si lo hagas sea la conversación más larga que hemos mantenido hasta el momento
- ¡Hasta TÚ momento! – Explotó el muchacho – Pero estaré encantado de hacerlo. WILCOX Y VOLDEMORT QUIEREN VERTE MUERTA
- Si así fuese – Emy contestó con mucha calma, sorprendiendo a los demás por adoptar la misma posición que solía tener antes de alejarse de ellos – Yo ya estaría muerta. Wilcox apareció en el hospital antes de que yo pudiese mover un solo dedo y con respecto a Voldemort – Sintió un pinchazo en donde se suponía que tenía la cicatriz – Te recuerdo que él no sabe de mi existencia todavía
- Sigues sin entenderlo, Emy – Ron intentó calmar el ambiente explicándoselo de manera dulce – Esa clase de gente utiliza cualquier cosa o persona para llegar a su objetivo, por eso nos fuimos esta tarde, teníamos que encontrar a una persona
- ¿Y lo hicisteis?
- Sí, Emy, lo hicimos – Contestó Sirius – Pero ya está muerto, Wilcox lo ha matado
- Lo... lo siento – Una inmensa pena le nació en el corazón, sentía las lágrimas correr por sus mejillas – Yo nunca he querido ser un problema y mucho menos un disgusto
- No llores, por favor – Sirius fue hacia ella a pesar de las miradas severas de su ahijado – Me prometí no volver a hacerte llorar en la vida
- Es felicidad, Sirius, sé que si no me amaras tanto no te preocuparías por mí – Emy se abrazó a él – Lo siento, de verdad que lo siento
Se le apagaron las palabras. Una imagen clara apareció en la mente de Emy. Un hombre alto y bien parecido apuntaba con una vara de madera a un Sirius indefenso mientras que los chicos le apuntaban a él.
- ¿Qué ha sido eso? – Preguntó atónito Sirius
- ¿Él qué?
- ¿Has tenido una... premonición?
- ¡Jajaja! ¿Qué? Creo que has visto demasiado la televisión hoy, cariño
- Hubiese creído...
- ¿Conque al final cogiste mi coche? – Ángel salió vestido de cocinero del restaurante
- Lo siento, haré lo que me pidas
- ¿A sí? Pues ya puedes ayudar esta noche porque me ha fallado un camarero
- Ahora mismo entro y me pongo a ello – Emy vio la oportunidad perfecta para salir de aquello sin dar explicaciones, dio un beso a Sirius y entró después de Ángel
Cayó en la cama rendida, intentaba no dormirse mientras Sirius le hablaba pero todo se tornó en oscuridad casi al instante.
