Nota:No es por justificarme, pero es posible que existan errores tontos de tipeo porque no tengo microsoft word. Escribo en wordpad y se me pasan MILES de errores pese a que reviso y reviso. Si pillan uno y son amables de avisarme, yo feliz. Estas cosas iban antes con dedicatoria pero bueno; con esto pretendo despedirme del fruk. Siento la amargura de estos dos me supera muchas veces y que en realidad esta parte del fandom no me necesita porque tiene muchos escritores buenos, sigo escribiendo entonces donde creo que si hago falta.
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IV. Somewhere beyond the sea
Todo el tiempo, François era atacado por las memorias de su viaje. Irónico, porque finalmente se estaba acercando al lugar donde había querido estar toda la vida, pero dadas las circunstancias de la huida se hacía imposible que no estuviesen teñidas con un velo negro.
Luego de partir en el barco pesquero, acompañados del olor a pescado podrido más horroroso que jamás experimentó en su vida, desembarcaron en el puerto más espantoso de Reino Unido. Portsmouth. Una cueva de delincuentes, pillos, pescadores, jugadores, vividores y mujeres de dudosa reputación. Tuvieron que pasar casi un unos tres meses esperando algún barco mercante, pesquero, el que fuera que los llevara a cualquier lugar de América por una cantidad de dinero nada despreciable. Finalmente un viejo dueño de un buque mercante accedió, pero a cambio del dinero y de que los hombres trabajasen gratis por lo que durara el viaje. Antonia y Selene escondidas en su cuarto de las palabrotas y las malas caras, contaban las horas eternas, entre surciendo la ropa que se les estropeaba a sus amigos, vigilando la recuperación de Alfred que era llamado, sin ninguna consideración, 'el cojo'.
Ese sobrenombre hizo mella en el estadounidense por mucho tiempo. Al punto que a veces parecía sentirse menos hombre, menos persona por tener una carencia física. Como si esa lesión permanente fuera el constante recordatorio de sus culpas, ese "No pudiste salvarlos" escrito en la torcedura de su rodilla.
Lo único que los mantuvo con el ánimo firme fueron las noches en el camarote que compartían hacinados en que la vieja trompeta de Lovino, que había sido su equipaje màs preciado. El viejo instrumento junto a la voz de Selene tenían la gracia de traer el soplo de un sueño a sus vidas.
Cuando por fin llegaron a Boston tuvieron que pelear al menos un año más por juntar lo suficiente, porque ahora que no tenían nada que perder – o al menos eso sentían – la idea de llegar a New Orleans era lo único que les mantenía vivos.
Al desembarcar lo primero fue contar el dinero que quedaba que pese a los esfuerzos colectivos por mantenerlo; nunca era suficiente. Antonia, de la nada, decidió vender las joyas que se había traído con ella desde España; nadie fue capaz de preguntar el valor sentimental que tenían, solo Lovino parecía entenderlo, pero pese a sus intentos de disuadirla de que no era necesario, ella igualmente terminó diciendo con una sonrisa triste que "Todo sacrificio es necesario".
Ni siquiera pudieron distraerse con la algarabía de las calles con las noticias de Europa; preferían evitarlas, más importante fue buscar una habitación barata donde pudieran amontonarse y salir a buscar trabajo. Selene fue la primera, al hablar francés la consideraron una "críada" de buena calidad y fue contratada en una casa enorme para encargarse de los niños. Antonia encontró trabajo de camarera en un pequeño restaurante donde van a comer los oficinistas y a distraerse los niños mimados de la ciudad.
Los italianos encontraron unos puestos en una bodega cargando cosas a un camión; no eran muy fuertes pero entre los dos y con maña se las arreglaron. Por las noches llegaban a veces tan molidos que Antonia y François debían pasar un buen rato tratando de descontracturarlos. Selene hacía lo propio masajeando y estirando los dedos contraídos de su novio, que a veces - cuando creía que ella no lo veía – intentaba tocar un bajo imaginario viendo como su cuerpo le fallaba en el intento. Al tener ciertas limitaciones físicas, Alfred estuvo bastante tiempo intentando buscar trabajo, sintiéndose inútil y denostado por mucho que los demás le dijeran que no había nada de malo en él; sin escuchar las sugerencias de "Deberías llamar a tu padre y decirle que has logrado huir"
Ante esto, Alfred se negaba con un pacifismo rotundo y volvía a salir en busca de poder mantenerse solo. Finalmente Antonia le ayudó a ser contratado en el mismo restaurante detrás del mostrador tomando los pedidos de sodas y helados.
François, que terminó de asistente en una sastrería, era quien menos fuerzas hacía, pero probablemente si hubiera tenido que hacer un peso se habría derrumbado. O tal vez tener algo más en que pensar y alguna razón mundana de qué quejarse le habría evitado el que pasarse las horas en suspirar y sufrir por cierto personaje que bailaba nítidamente en su memoria episódica y sensorial. Aunque no lo nombrara nunca.
Gilbert había conseguido empleo en un hotel, irónicamente haciendo el mismo trabajo que hacía Roderich en París: ambientando con música docta, aburrida en un restaurante. De día, además, iba a tocar en la radio. Sus jornadas en el hotel terminaban demasiado temprano. En general era que las noches en Boston eran cortas e insípidas y así, cualquier persona acostumbrado al ritmo de vida parisina, sentía que se moría en vida, sin embargo, Gilbert se daba ánimos porque eran sus esfuerzos los que traían mayores ganancias al grupo.
Durante la primavera de 1942, tardaron casi una semana en cruzar el país hasta llegar a la ciudad soñada. Cuando por fin arrivaron a New Orleans, nuevamente se encontraron a la deriva en un lugar extraño y sin tener dónde dormir los primeros dos días. Luego de esas dos noches en la estación de trenes lograron llegar a un trato que a cualquiera le hubiera parecido una locura. Consiguieron una casona vieja en una barrio de trabajadores en que luego de firmar un compromiso de compra, rentaron a un precio conveniente. Allí se acomodaron con bastante más holgura de la que habían tenido en el norte del país, aunque era tan oscura y ruinosa que parecía querer caerse a pedazos en cualquier momento. François la bautizó cariñosamente como "La ruineuse"; se mostraba bastante optimista pensando que, si bien seguían en relativa pobreza, había un aire romántico en esta ciudad, en sus trompeteos, en su animada vida nocturna, en las melodías que se tenían en las calles entre los rieles del tranvía y el fluir del Mississippi.
François creía también que haber llegado a esta ciudad sin las cicatrices de la guerra no les habría permitido comprenderla. Porque New Orleans tenía jazz, alegría, baile, pero también Blues, ese sentimiento de esclavitud, de tortura, de una fe en algo mejor, una plegaria. Ahora lo comprendía y, por lo mismo, se regodeaba en sus cicatrices. En medio de esa atmósfera azul vieron pasar el matrimonio de Alfred y Selene como el acontecimiento más alegre de los últimos años. Prefirieron ignorar que la guerra los perseguía donde quiera que fueran. Estados Unidos se había decidido a participar y ahora el horror de Europa estaba, no solo en sus memorias, sino también en las portadas de los diarios, las cartas del correo y en los terrores nocturnos de Alfred que solo dejó de gritar por las noches cuando se forzó a no asustar al bebé. El primer niño de la pareja se llamó Toris y ver su rostro moreno por primera vez en el hospital fue como una manera de reconciliarse con la vida.
No solo el estadounidense comenzó a llevarse mejor con ella. En poco tiempo, François comenzó a frecuentar clubes nocturnos y luego de un mes se le permitió subir a un escenario a interpretar su vieja melodía "Le mer". Arthur le había dicho una vez que esa fue la primera cosa que le oyó cantar y que "había sonado francamente insípida". El gabacho, en un acto de dignidad, adornó su voz con distintos matices y velocidades propias transformando la vieja y aburrida tonada en algo propio que fue pagado con el tañir de un aplauso.
Gilbert no tardó en encontrar otro trabajo en un club de jazz por la noche, aparte de un nuevo trabajo diurno y bien pagado en un restaurante. François volvió a una sastrería de ropa femenina en el centro de la ciudad, un lugar sonde sus delicadas maneras y acento francés eran signo de buen gusto. Luego de un año de sueltos mediocres, los Vargas, los Jones y Antonia pudieron invertir en un local de comida en que todos trabajaban conjuntamente: Alfred administraba, Feliciano y Lovino cocinaban y Selene con Antonia atendían mesas. Cuanto Toris tenía ya un año, su padre accedió a acercarse nuevamente a su gran amor visitando un club de jazz donde uno de los músicos y amigos de Gilbert, le propuso intentar tocar el bajo de nuevo. Su frustración fue muy grande al principio. Los dedos no le obedecían y hasta le parecía que su prodigioso ritmo se había perdido para siempre. Debieron pasar meses para que poco a poco los ritmos, torpes al principio comenzaran a resurgir; los dedos dolían, pero ese mismo aturdimiento, más los masajes pacientes de Selene en algo habían aflojado sus movimientos. Nunca había sido tan consciente de ellos y del esfuerzo que requerían, tal vez por eso tenían más significado.
Tal vez nunca volvería a ser concertista de cámara, pero a quien le importaba. El beat del jazz y el blues estaban renaciendo de sus dedos al tiempo en que su país lanzaba su golpe mortal – y algo macabro – sobre Japón y por fin se decidía a liberar a Europa de los nazis. Lo demás era mejor dejarlo atrás, en el rincón de las pesadillas.
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Fue el viernes 26 de Septiembre de 1947. Habían pasado más de cinco años, pero decir que ya no pensaba en él hubiese sido una mentira. Al menos podría jactarse de decir que ya no lloraba, que había encontrado una alegría suave en la sastrería en la que se empleaba de día, en el reajuste de vestidos, en recomendar galantemente a las damas qué ropas se les vería mejor y recompensar a las que lo necesitaran con una rosa que les levantara el espíritu. En especial aquellas señoras que parecían haber olvidado el revoloteo del romance. François tampoco lo recordaba muy bien, pero prefería imaginarlo. Presentía que de todos modos siempre se lo había imaginado, que en realidad nunca había gozado de un romance real. Que aquellos flashes de mirada tierna que vio en los ojos verdes de su ex también habían sido producto de su imaginación.
"Debería golpearme cada vez que mi mente me traicione de esta manera", pensó angustiado. Le sonrío a la señora McMillan. Calculó que debía tener unos treinta y tantos, sus niñitas correteaban alrededor de la empleada negra como si fuera la verdadera madre ¿Qué harán estas señoras rubias mientras suspiran de aburrimiento en sus palacios? ¿Soñarán con amantes? ¿Con vestidos? ¿Con la juventud que perdieron al casarse y al ser madres?, las empleadas eran prisioneras de su color, de su clase, pero al caer la noche podrían caminar a la orilla del río Mississipi al lado de un trompetista o ir al club sin que nadie las cuestionara, porque estaba bien que las mujeres de color se pasearan por los callejones, ¿pero una blanca? Imposible, indecoroso... el escarnio. François pensó ante eso, que la esclavitud seguía palpitando en cada esquina del país de la libertad.
Luego de recomendarle a la señora que se probase una última vez su traje nuevo, por debajo, le regaló a la negra un pañuelo de seda "cortesía de la casa", la mujer lo observó desconfiada , pero luego, al oírlo silbar tan alegremente una cancioncita de otoño lo aceptó echándolo al bolsillo de su delantal. Esa tarde el francés atendió a unas tres clientas más y cerró bien, como le había encargado el dueño que estaba de viaje en París – ¡en su amada París! - y Milán comprando telas.
Caminó por Josephine Street, le dio unas monedas a una banda callejera que había armado una improvisada fiesta en Lasalle con Jackson avenue. Alcanzó un tranvía y caminó hasta la residencia en Karlerec street; la casona de madera que estaban arreglando con tanto esfuerzo, que aun parecía un trozo de película de terror, pero que ahora se erguía como un hogar. Al abrir el portón, las clavijas crujieron tan sonoramente que Toris lo escuchó, como siempre, desde cualquier dirección y corrió a lanzarse a los brazos del tío recién llegado. El niño parecía ser la encarnación de todas las circunstancias que les había tocado vivir. Tenía una inocencia bañada en un hálito de madurez al ser el único niño en una casa llena de adultos; era unos tonos mas blanco que su madre y bastante mas oscuro que su padre y en su lenguaje se podía encontrar una fascinante mezcla de ingles y francés.
Una de las cosas que François siempre recordaría con cariño de la niñez de su sobrino, es que se le veía tarareando una melodía de Louis Armstrong cuando apenas podía hilar oraciones. François , entonces le había enseñado a vocalizar, Lovino había intentado hacer lo suyo prestándole su trompeta, Antonia le pasaba sus pocos implementos para que dibujara, y en esos momentos, en la consciencia colectiva de todos, se encendía la memoria de esa persona que podría estarle enseñando a estudiar porque "no solo de arte vive el hombre".
Esa noche Gilbert había salido en una cita con una húngara de pésimo carácter; Selene había hecho un estofado de pato junto a Antonia y habían recomendado a los hombres salir a distraerse al club. Lovino, por supuesto, se había negado a dejar a las mujeres solas con el niño. La mulata despidió a su marido con un beso y le hizo prometer que no forzaría sus dedos, mucho.
La mayor parte de las veces las canciones que iban a tocar las elegía el público, algunas veces el dueño del local o sino algún miembro de la banda. Siempre que al cantante le tocaba elegir, era una canción que viniera directo de sus intimidades, de sus entrañas. Nuevamente escogió una canción que era mayoritariamente interpretada por mujeres. Recordó haber cantado 'My funny Valentine' en París; lo había hecho para molestar a su... a él. El inglés lo había mirado rabioso solo para decirle que esa era una canción de mujer porque uno nunca le cantaría a una chica que la quiere a pesar de que no es bonita. François le pudo haber dicho que era demasiado obvio que no se estaba dirigiendo a una muchacha, pero no le quiso dar en el gusto iniciando una pelea.
Y así, en medio de esa memoria maldita, el gabacho comenzó en el tono mas gris que pudo:
"Don't know why, there's no sun up in the sky
Stormy weather, since my gal and I ain't together
Keeps raining all the time" "
Estaba tan ensimismado en la letra de la canción, en autoinfringirse dolor con cada verso, en imprimir todo eso en sus notas que no veía la gente que entraba al local y salía del local, a los músicos que lo rodeaban o las caras de algunas personas de la audiencia que lo escuchaban emocionados.
- "all the time is raining, and I'll go on complaining, until my gal comes home again to me... stormy weather"
Cuando terminó sintió nuevamente, el nudo, las taquicardias, los escalofríos y todo eso que Arthur alguna vez lo había hecho sentir. La enfermedad. No entendía como aún no se moría de la enfermedad.
Entonces se da cuenta de que los párpados aún lo están protegiendo del exterior, decide abrirlos y al hacerlo se encuentra frente a frente con los ojos verdes frente. Su primera idea fue que seguro estaba alucinando. Se obligó a pestañear varias veces y al reconocer la sonrisa indolente del inglés lo único que atinó a hacer fue asestar un puñetazo directo a la boca de ese malnacido. El quejido del historiador no se hizo esperar. Con el labio partido soltó una serie de insultos y vulgaridades que fueron totalmente respondidos por otro torrente de insultos en francés. Al ver que el histeriqueo no tenía fin, Alfred decidió meterse y agarrarlos del brazo como pudo para recordarles que había gente viéndoles.
Se alejaron del centro de atención a una de las esquinas cerca de la puerta del bar. François parecía tener problemas para regularizar su respiración y ritmo cardiaco en general, lo mismo el inglés que tenía pinta de querer iniciar un disturbio mayor. Cuando ya se hubieron calmado, el norteamericano les recomendó no seguir haciendo un espectáculo y sentarse tranquilamente por ahí a conversar.
Luego de un silencio denso, el inglés dijo: - Me parece... ¿Me acompañas? - François asintió diciéndole a su amigo – Llego tarde – que más bien significaba "No llego". Alfred lo entendió así mientras los veía alejarse por la callejuela. El acuerdo era tácito. Ambos sabían que no querían conversar, habían otras urgencias, así enfilaron unas cuadras más abajo en busca del barrio rojo. Un lugar lo suficientemente sórdido donde a nadie le importara ver llegar a dos hombres juntos. Igualmente François abrió la boca para esbozar una pregunta que venía dándole vueltas hace rato, junto con el '¿Estará vivo?'
-¿Qué has hecho todo este tiempo?-
Arthur soltó una risotada y preguntó con sorna.
-¿Tan pronto una escena de celos?... eres de lo que no hay-
El gabacho se volvió a callar, notoriamente ofendido, aunque igual entró con él al local y lo siguió escala arriba. Al cerrar la puerta de la habitación pudieron haberse fijado en su alrededor sintiendo algo de asco por la vieja cama, o en la colcha mullida. Arthur agarró al francés de la cabeza con ambas manos y le estampó un beso tan tosco como la trompada que le habían dedicado hace menos de una hora. François saboreó el metálico tinte de la herida que el mismo había infringido con un placer culpable. "Anglais crètin" murmuró lleno de un falso rencor recibiendo como respuesta "Even when you insult you sound like a girl"
El inglés, haciendo amago de sus rasgos de bestia salvaje le arrancó la ropa sin darle mayor tiempo de defenderse. A Arthur le gustaban los muchachitos, seguía sosteniéndolo. Pero seguía reconociendo que la figura mustia – ahora cuarentona - de este vago ejercía en él una extraña fascinación. Eran sus ojos azules, su piel más clara, ese aire de romántico sufriente, su voz de tenor eternamente joven. Las coyunturas huesudas de François lejos de repugnarle le atraían de una forma enfermiza. Arthur besó sus hombros, enterró los dientes y el cuello del francés se estiraba como un felino, pidiendo más. Había algo en las líneas de expresión que la guerra había dejado bajo sus ojeras, en su pecho velludo, en la nariz torcida – recuerdo de los alemanes- a Arthur, como buen historiador de mente holística, le gustaba pensar que era el todo, no los detalles sino el conjunto de François Bonnefoy lo que le había hecho cruzar el Atlántico en busca de sus melodramas. El historiador seguía sin comprenderlo del todo, pero ya no tenía mayor interés en lograrlo.
El tiempo es circular según la historiografía griega y la de otras civilizaciones antiguas. Tal vez algo de cierto había en ello. La historia suya con la de ese francés estaba condenada a repetirse, aunque él se hubiera negado profusamente a la idea. Los procesos – sus peleas – la estructura de esta relación que sí existía y que no podía seguir negándose. Arthur estaba comenzando a sospechar que amaba esta guerra entre ellos. Entonces bombardearon. El inglés se abrió paso, dividió sus fronteras, deslizó sus cañones, la infantería e inició la marcha al ritmo que le fue marcando, de alguna manera, su enemigo. François se vengó llevando sus defensas hacia delante, invadiendo las zonas descubiertas e indefensas de su atacante.
La historia en sí no es más que un relato, su objeto de estudio es un recuerdo construido con las palabras difusas de algunos protagonistas y testimonios. Arthur estaba seguro que el relato de ellos había sido reescrito con una pluma diferente cada vez que se encontraban de modo que ya no había manera de saber quién era el verdadero vencedor y vencido. Se dice que la historia la escriben los vencedores. Se preguntaba si todo este tiempo no creyó ser el director de este relato mientras el gabacho, desde sus trincheras y ruinas orquestaba el ritmo de los acontecimientos.
No se hizo más preguntas, quiso recordar y reconstruir una vez más; se repitieron por horas en una línea circular, hasta que François, comenzó a desvanecerse casi fundiéndose con el blanco de la sabana. Arthur encendió un cigarrillo tratando de permanecer lo más estoicamente posible en el campo de batalla.
-Me traje un buen número de documentos y fuentes... por fin voy a comenzar a escribir mi libro... me tardaré meses, puede que años – el francés se volvió hacia él sin tener ni un ápice de vergüenza de su propia desnudez o la de su compañero - y nada, creo que necesitaré una distracción dentro todo ese trabajo.
François se acomodó apoyando la cabeza en una de sus manos mientras le estudiaba y le interrogó: -¿Estás tratando de decirme que quieres que yo sea tu distracción?
-Bueno eso lo estas proponiendo tu, no yo, que conste.
Los pacíficos ojos azules del artista comenzaron a urdir una rabieta folletinesca; esas que Arthur conocía tan bien -¡Bueno, si crees que es llegar y hacerme propuestas de este tipo y de esta manera creo que estàs profundamente equivocado! ¡No sabes ser una persona! ¡Eres horrible!
-¡Dios! ¡Tú y el melodrama!
Se instaló un silencio de aquellos de nuevo. François parecía ofendido y hasta tenía cara de querer irse. Y entonces por primera vez Arthur emitió las palabras que el cantante había esperado hace años, por todas aquellas dagas verbales.
-Lo siento... vale, lo siento. Yo te q... he... estuve pensando en ti allá en París
El francés parecía no dar crédito a lo que había oído, pero solo para no apabullar al arisco historiador, dio una respuesta igual de escueta -Bien, te creo... yo también he pensado en ti – con un tono satisfecho y con esa sonrisa que renació desde sus atormentados cimientos, entonces rejuveneció diez años.
-Bésame- ordenó Arthur casi gruñendo. François eso hizo. Qué importaba que ciertas rosas tuviera más espinas que pétalos. Esa era la gracia.
Después de todo, dicen que las cosas no tienen sentido si les falta un swing.
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Nota: Tengo una obsesión mal sana no solo con el jazz, sino con la relatividad y el tiempo circular. Y aun así, aunque creo que el tiempo es un invento del hombre y que no existe, he intentado cumplir con una medida del mismo razonable y entregar el final de esta historia, que aunque no tiene mucha audiencia, le tengo mucho cariño porque le tengo cariño en general al universo en que está situada.
Espero que les haya gustado y nos leemos por ahí, en alguna parteñ
