9. Salto mortal

Se despertó de golpe. Había soñado con la abuela y sabía qué debía hacer para que todo volviese a la normalidad. Se duchó disfrutando de cada gota de agua. Sentía una fuerza inusitada esa mañana, eligió la ropa con sumo cuidado, guapa pero cómoda, quizás necesitara libertad de movimientos. Dejó su ya largo pelo rubio cobrizo suelto pero sujetado en la parte alta con una horquilla y se presentó en la cocina. Aquella mañana estaba todo el plantel desayunando a la misma hora, las ocho y media, y lo más extraño es que era miércoles y el restaurante no habría, con lo que ni Ángel ni Lola tenían porque madrugar.

- Buenos días

- Hola – Dijeron algunos

- Buenos días – Sirius sonrió – Parece que esta noche has dormido de maravilla, ni te has movido

- Sí, ha sido una noche perfecta... de un solo tirón. Esta mañana me siento con fuerzas renovadas e incluso soy capaz de arrancar una sonrisa a Harry – Se acercó a él por detrás, le revolvió el pelo y le dio un beso en la frente, justo en la cicatriz, dejando al muchacho con cara de sorpresa - ¿Me vas a llevar tú, Ángel?

- No, como ya veo que eres autosuficiente, te puedes ir sola cogiendo un taxi

- ¡Ah! – Dijo Emy cortada pero gratamente sorprendida

- Te vamos a llevar nosotros – Contestó Sirius

- Ya decía yo que me daban mucha manga ancha

- ¿Podemos hablar un momento? – El sonriente novio se levantó de la mesa y le hizo una señal a Emy para que saliera con ella al salón – Ayer vino el alcalde

- ¿Qué quería?

- Informarme que se va de vacaciones y que no puede casarnos hasta el viernes veintinueve, a la una en el Palacio de la Magdalena

- ¿Le dijiste que sí?

- Le contesté que la boda quedaba aplazada porque regresó una zorrita francesa muy mona ¡Claro que le dije que de acuerdo!

- Si veo que esa se acerca a menos de un metro de ti, tendré que arañarla, jejeje – Emy rodeó a Sirius con sus brazos y le besó apasionadamente - ¿Sabes que te quiero?

- ¿Todavía?

- Siempre

Salieron veinte minutos después, montaron en el deportivo rojo y Sirius le dejó conducir. Emy puso música y fue cantando todas las canciones que salían en la radio. Los chicos se miraban y hablaban entre ellos mentalmente cosas como "parece que va recuperando la memoria" "se la ve hoy muy enérgica" "será porque está con Sirius" pero Harry sólo decía "está actuando, ella siempre decía que no le gustaba mentir, aunque actuar se la da de miedo". Emy no pudo evitar sonreír ante ese comentario pero como se suponía que no oía nada, tuvo que callarse.

Entraron en el departamento de psiquiatría cinco minutos antes de la hora de consulta. Estaban expectantes ante cómo se resolvería hoy la aparición de Wilcox, ya que el cadáver del pobre doctor Beltrán lo encontró "casualmente" la policía.

- Soy un desastre, no fui al baño antes de salir de casa. Aún tengo tiempo, así que si aparece el doctor, le decís que ahora vuelvo y, por favor, no le tiréis ninguna mascota a la cara – Emy salió a paso rápido por el pasillo contrario, riéndose de su propia gracia

Se sentaron en la sala de espera pero nada más hacerlo, la puerta del despacho del supuesto doctor se abrió y desde dentro alguien dijo "Emily, pase". Primero entró Sirius y luego los cuatro muchachos, la sorpresa fue mayúscula. Wilcox les estaba esperando con la varita en la mano y no tardó ni un segundo en apuntar a la sien de Sirius, sin que éste pudiese hacer nada.

- ¿Tenéis siempre que meteros en todo?

- ¿Qué tal, profesor? ¿Pasando unas buenas vacaciones? – Preguntó con asco Ginny, sin dejar de apuntarle con su varita

- ¡Qué placer sería mataros a todos!

- Nosotros nos cansaremos menos, le mataremos entre los cinco – Respondió Ron

- ¡Ya estoy aquí! ¿Doctor Beltrán? Ahora es mucho más atractivo que antes – Emy sonrió complacida al ver que la situación era la misma que había visualizado

- ¿Emy? – Wilcox no daba crédito al nuevo comportamiento de la mujer

- Sí, querido, parece que no estás en una buena situación ¿Quieres que te saque de ella?

- Veo que has recuperado tu habitual imagen – Wilcox la miró de arriba a bajo

- Lo hemos hecho todos ¿No?

- Me encanta tu humor, siempre eres espléndida con tu ironía... Ahora que te miro bien, toda tú está espléndida, por supuesto

- No te pongas grosero delante de los muchachos, Mark, me vas a hacer sentir vergüenza ajena – Emy se acercó a él como quien se acerca a una mascota cariñosa – Es una pena que no recuerde nuestros viejos tiempos ¿Me lié contigo?

- Estuviste a punto

- ¿O sea, que al final fui lista? Un error menos en mi vida, al menos eso creo – Pasó tan cerca que Wilcox la atrapó y la puso de rehén delante de él – No hacia falta que te pusieras disfraz, Mark, aún así no te habría reconocido. No lo hice con Sirius, no creo que lo hubiese hecho contigo

- Era porque necesitaba información, querida

- Ya sabía yo que no estabas aquí para matarme, se ve que me tienes cariño

- Te podría demostrar cuanto ahora mismo

- ¡PON UNA SOLA MANO DONDE NO DEBES Y TE MATO! – Sirius tenía los ojos inyectados de sangre

- No te preocupes, mi amor, sólo quiere que le lleve a un sitio ¿verdad?

- ¿Lo harás?

- Si a cambio me prometes dejar a mi gente y a mí en paz, haré lo que sea

- ¡Claro, querida! Será una pena que no estés junto a mí pero si es eso lo que quieres a cambio…

- ¿Nos vamos entonces? – Intentó dar un paso hacia delante pero él la paró

- Si te parece iremos algo más rápido con la magia

- ¿Magia? Ya empezamos con esas tonterías

- Recuerda, utilizarla para conseguir lo que uno quiere

- Ya te dije que si yo tuviese magia haría exactamente lo mismo que tú, conseguiría todos mis propósitos y como ves, de momento no está siendo así, claro que sólo de momento... – Emy sonrió a Harry, tiró un beso a Sirius y terminó guiñando un ojo... luego desapareció junto a Wilcox

- ¡No puede ser! – Exclamó Ron

- ¿Qué significa esto? – Preguntó Ginny

- Quizás ella ha recuperado la memoria – Propuso Hermione

- No, no me mira como si lo hubiese hecho... pero su aspecto... si supiésemos dónde estuvo ayer – Harry miró a su padrino, estaba sonriendo, parecía feliz – Sirius ¿Te encuentras bien?

- ¿No oléis eso? – Los demás aspiraron – Es lavanda ¡Es lavanda! Con cierto aroma a mar... Emy ha recuperado los poderes y se le ha llevado a la casa

- ¡Pero eso es lo que él quería! – Harry no entendía qué tenía eso de bueno

- Con lo rebuscada que es tu tía, creo que le está dando un buen escarmiento ¡Tenemos que ir allí!

Salieron corriendo por los pasillos del hospital hasta llegar al coche. Nada más salir, se llevaron una sorpresa. Cuando habían entrado al hospital, hacía un día claro, despejado, uno de esos que ya desde primera hora anunciaba calor y en el que el aire descansaba suavemente sobre sus cabezas. Sin embargo, ahora se podía ver como a los lejos, proveniente del norte, se acercaba una tormenta, más bien una galerna, de nubes tan negras como la noche y cargadas de fuertes lluvias. Dentro de unos minutos estarían debajo de un viento huracanado mientras el agua descargaba con furia sobre ellos. Arrancaron pitando el coche y se dirigieron hacia la gran casa de piedra junto al acantilado. Allí exactamente, junto al precipicio, era donde estaban Emy y Wilcox.

- ¿Ves la playa? – Preguntó melosamente ella mientras el viento le mecía su melena y las primeras gotas comenzaba a caer

- Sí

- Allí me encontraron – Soltó una carcajada – Parece absurdo que, durante más de un mes, hayas estado buscando un lugar que ha aparecido en todos los periódicos, creo que tu virtud no es la inteligencia

- ¡Aquí no hay ninguna casa!

- Hay que tener fe, que no lo veas, no significa que no esté – Emy volvió a reírse, sin embargo sentía que su risa era ácido en su boca - ¿Qué hay dentro de esa casa que te interese tanto?

- No te lo voy a decir

- ¿Ah, no? – Movió su mano y Wilcox se desplazó tres pasos más hacia el vacío, permaneciendo en el aire y sólo sujeto por la magia de Emy - ¿Ves las rocas? ¿Son puntiagudas?

- Te mataré en tu primer descuido

- Piensas que puedes desaparecer así como así ¿verdad? Esperas que te deje caer para esfumarte en el aire... Sí, yo también lo pensaría si estuviese en tu lugar pero este sitio es más de lo que ves y mucho más de lo que puedes controlar. Aquí mando yo... con lo cual siento decirte que, sin varita y sin poder desaparecer, si te suelto... te caes y te matas... que quede claro que te matas tú solo, vamos que yo no voy a tener nada que ver

- Es un farol

- Bueno, tú lo has querido – Emy sentía la furia acercarse a su corazón de la misma manera que la tormenta se acercaba a ella. Cerró la mano y Wilcox cayó al vacío. A veinte centímetros de la roca se quedó completamente quieto y volvió a subir – Creo que nunca hasta ahora tuve un yoyo y creo que no soy buena jugando, mira que en una de esas te estrellas y yo no descubro qué coño te interesa tanto de mi casa

- Le interesa a él

- ¿A quién?

- Al Señor Oscuro, no es para mí...

- Eso lo doy por descontado pero ¿El qué?

- La biblioteca

- Me estás haciendo perder la paciencia – Volvió a soltarle y esta vez le dejó a diez centímetros – Te digo que no soy buena en este juego. Comencemos ¿Qué le interesa tanto de mi biblioteca?

- Es un libro

- Ya me estoy cansando

- ¡No, no! – Wilcox sudaba por cada poro de su piel pero no se notaba, ya que estaba completamente empapado por haber estado tan cerca de las rocas, el mar estaba embravecido y la lluvia ahora caía con mayor intensidad – Habla sobre cómo dominar el tiempo y el espacio, él quiere ese libro

- Y si tú se lo consigues serías el segundo después de él y todos te respetarían...

- Sí – El hombre temblaba de miedo y frío, porque el viento del norte le pegaba la ropa mojada al cuerpo

- Te explicaré una cosa, sólo por lo guapo que eres. Si yo fuese tu señor y te mandaría a buscar ese libro, nunca llegarías a ser segundo porque, en cuanto lo tuviese en mi poder, te mataría

- ¡No, no, no! Él me premiaría por llevarle semejante presente

- Eres muy tonto pero mucho. Premisa: si yo no soy mala y tengo ese planteamiento ¿Qué haría una mente perversa? Algo mucho peor, querido, no dejaría ni la más mínima huella de que ese libro existe, porque la información que contiene, es lo más valioso que puede haber dentro del mundo de la magia y sólo la puede poseer uno, así que tú sobrarías, mi tonto amigo Mark Wilcox

- Entonces me da igual morir ahora – Gritaba enfurecido tanto por su rabia como porque el viento le silbaba fuerte en los oídos

- Pues sí pero hay dos cosas que voy a hacer, una es dejarte vivir y otra mostrarte ese libro tan particular. Si tú consigues descifrar el libro, te dejaré salir de aquí y contárselo a él para que compruebes si yo estaba en un error – Otro movimiento de mano y Wilcox estaba pegado junto a Emy – No te hagas ilusiones, no eres mi tipo – Acto seguido estaban delante de las escaleras

Emy hizo que su rehén no pudiese ni ver ni oír hasta que no entraron en la biblioteca. Luego giró las estanterías y se puso delante de una de ella, posó su mano en la pared y ésta se abrió dejando paso a un cuarto pequeño y oscuro. Apuntó su dedo a la oreja de Wilcox y luego le habló con un tono de lo más cínico.

- Para que veas que soy una mujer muy hospitalaria, te dejaré tu propio cuarto, eso sí, no tengo toallas para que te seques, esperemos que no cojas una pulmonía. Ven, siéntate aquí – Le guió hasta una silla, ya que él seguía sin poder ver pero ahora sí que podía escuchar - Volverás a sentir de nuevo una sordera momentánea pero solo serán unos minutos, luego verás pero no oirás ¡Ah! Te dejo a dos amigos, son los antiguos dueños de la casa. Ten cuidado porque son muy poderosos y tienen malas pulgas con la gente que no les inspira confianza. Ahora no me puedo quedar contigo, tengo cosas que hacer. Te recomiendo que te apliques, ya que no saldrás de aquí hasta que no me respondas unas cuantas preguntas sobre el libro, tienes toda una vela para poder descubrir por ti mismo los misterios de la magia. Francamente no sé cuánto dura una vela, no me gustaría dejarte morir de hambre o de sed pero seguro que así lo coges con más ahínco

- En cuanto cometas el más mínimo error, te mataré

- Claro, claro, no se me ha olvidado, no te apures, lo recordaré

Dejaron el coche rojo aparcado en la entrada, totalmente encharcada, de la casa de madera que ahora pertenecía a Remus y Bella. Miraron dentro, por si a ella se le hubiese ocurrido llevarle a allí en vez de a la verdadera casa. No estaba. Salieron al jardín, de allí al sendero, en menos de un minuto ya estaban empapados. Mientras caminaban hacia la casa, dados la mano para no caerse por el precipicio debido al fuerte viento, miraban por si ella pudiese estar en la playa pero les era difícil, parecían las doce de la noche.

- Sirius ¿No hechizó Emy la casa al irnos el año pasado?

- Sí, Harry, sólo puede entrar ella y nosotros, nadie más, a no ser que entre con Emy - Sirius iba el primero, llegaron a paso lento pero firme y entraron por la puerta de atrás, la verja no se resistió ante la mano de Sirius – Ya están dentro, la puerta está entreabierta

- Coger fuerte las varitas – Dijo Harry – Si es necesario, acabaremos con él

Entraron despacio en la enorme cocina dejando huellas a cada paso. Todo seguía igual que siempre, incluso se conservaba limpia y con el aire fresco, como si la casa hubiese permanecido ventilada y habitada durante todo el año. Llegaron al vestíbulo, se les había olvidado la majestuosidad de aquella casa. Ginny miraba en todas direcciones, admirando cada rincón de la mansión. Fueron hacia el salón, todo estaba colocado en su lugar pero nadie estaba allí ni tampoco se oía nada. Miraron en el baño y nada, incluso en los armarios de debajo de la escalera y nada. Decidieron subir a la planta de arriba, quizás Emy estuviese en el cuarto de la abuela pero justo cuando ellos subían, la abuela Sunny bajaba.

- ¿Es este mi nieto favorito? – Preguntó risueña la fantasmal anciana a modo de saludo

- ¡Abuela! Hemos venido a buscar a Emy – Harry estaba muy nervioso

- Después del tiempo que llevo esperando ¿Esa es forma de saludar a tu bisabuela?

- Hola, abuela, se te ve muy bien

- Sí, es que tuve una limpieza de espíritu hace poco – Dijo riéndose

- ¡Sunny! No estamos para bromas, Emy ha desaparecido con un hombre peligroso

- ¿Celoso, Sirius?

- No, Sunny, preocupado – Estaba que echaba chispas

- Se acaba de marchar, tenía planes

- ¿Se ha marchado? – Preguntó Harry decepcionado

- Sólo va aprovechar el día tan bueno que hace para darse un chapuzón

- ¿Ha bajado a la playa? – Sirius estaba desconcertado – Hemos venido por atrás y no estaba en la playa, además, por si no lo sabes, estamos en medio de una galerna

- Yo no he dicho que haya ido a la playa – Sunny sonrió abiertamente – Tenéis que darle un tiempo, ella vuelve a tener todos sus poderes y por lo que veo también su carácter tan marcado, hacia mucho que no llovía por el mal humor de mi nieta

- Dime dónde está – A Sirius no le agradaban los jueguecitos de la abuela

- Aún no recuerda casi nada, así que...

- ¡El acantilado! – Soltó Harry de repente - ¡Va a saltar por el acantilado!

Un grito ahogado sonó a la vez de Ron, Hermione y Ginny. Bajaron corriendo hasta la cocina, salieron al jardín y comprobaron que el tiempo había empeorado aún más. Las olas rompían con fuerza sobre las rocas mientras le decían a Harry "Ella tiene miedo". El viento silbaba canciones de horror que sólo oía Hermione con la estrofa: "Ella tiene miedo". Un rayo cayó cerca del peñón iluminando la zona para que los cinco pudiesen comprobar que Emy estaba al borde del acantilado. Ginny sintió como el rayo le dijo: "Ella tiene miedo" y bajo los pies de Ron, la tierra temblaba mientras le trasmitía con pulsos: "Ella tiene miedo".

- Ella tiene miedo – Dijeron los cuatro a la vez pero Sirius ya no les oía

- ¡Emy! ¡Emy! – Gritaba desesperado mientras intentaba llegar a ella luchando contra el viento y la lluvia - ¡Emy! ¡Vuelve!

El viento llegó hasta ella trayendo la súplica de su prometido. Miró hacia atrás y le vio correr hacia ella. Su corazón se arrugó, si había algo que ella desease, era recordarlo a él, no quería perderse ni un segundo de su historia. Sonrió al verle, levantó la mano para saludarlo, aún estaba a cierta distancia. Los chicos le seguían detrás, debían estar preocupados, era normal pero tenía que hacerlo, sabía que era la única manera de recuperar su vida, de encauzar la vida de todos. Era un salto de fe, sólo un salto hacia el vacío. Pensó en todos los huesos que ya se había roto y deseó, con todas sus fuerzas, no volver a romperse ningún otro. Corrió hacia atrás, los demás pararon al pensar que se iba a reunir con ellos pero Emy también paró. Las lágrimas caían por sus mejillas confundiéndose con las gotas de lluvia en su rostro. Susurró un débil "os quiero" y se dio la vuelta. Corrió como si la vida fuese en ello y de hecho era así. Corrió con todas sus fuerzas hacia el extremo del acantilado y a cada paso sentía que la fuerza le acompañaba. En el último paso, se impulsó hacia delante todo lo que pudo y voló un momento para luego descender a gran velocidad hacia el mar. Estaba tan oscuro que apenas podía distinguir si se iba a estrellar contra las rocas o por el contrario caería como un rayo en el mar. Llevó los brazos hacia delante y los juntó, luego llegó el impacto limpio, rápido y preciso, el agua fría empapaba su cuerpo helando hasta su cerebro. Abajo todo era paz, la misma que anhelaba desde hacía más de un mes. Ningún sonido llegaba a sus oídos, su mente estaba vacía, en blanco. Buceaba a través del agua cristalina, sus ojos se acostumbraban con rapidez a la aureola verdosa oscura del fondo del mar, hasta que centró la atención en el suelo, donde vio una luz intensa. Llegó a ella como un relámpago y todo cambio en apenas un instante.

Como si estuviese sentada en la primera fila del cine, veía su vida pasar frente a sus ojos. Ya no era un sueño en donde no oía conversaciones o veía las caras borrosas. Ahora se encontraba en el salón de su casa de Londres, no debía de tener más de seis años y estaba sentada al piano con su padre a un lado y su madre al otro. Le enseñaban una melodía mientras cantaban alegres y la abrazaban y besaban, se sentía tan querida y arropada. Otra niña intentaba estudiar en la mesa del comedor y en su cara se podía ver que no estaba de acuerdo con aquella situación. Los recuerdos pasaban rápido y a medida que lo hacían, Emy se iba llenando de las sensaciones que en su tiempo había vivido. La relación con sus padres, con su hermana mayor Petunia y con su otra hermana, casi siempre ausente a su pesar, Lily. Allí estaban las dos, la menor metida en la cama mientras que la mayor la arropaba y luego se sentaba a contarle el cuento preferido de la pequeña Emy, el día en que conoció a su príncipe azul, el joven Sirius Black. Se rió de lo lindo al ver aquella escena, aunque lloraba a su vez.

Poco a poco fue viéndose crecer y cambiar. Un resentimiento extraño la rodeaba, su carácter era ambiguo, a veces era una joven educada, sencilla, sincera, dulce y risueña pero otras era la pena andando por la casa, con una especie de rabia contenida que hacía que su cara se frunciese a la altura de la frente. Era en esas ocasiones cuando se convertía en una insolente respondona y rebelde, que no atendía a ninguna orden o explicación y así fue observando la preocupación que les acarreaba a sus padres y la aversión que nacía en su hermana mayor hacia ella. Pero la Emy adulta seguía entendiendo a la preadolescente que fue, lo único que quería era tener a su familia unida bajo el techo de su hogar. Que entendiera la situación, no significaba que viera la ironía de su comportamiento, ya que con su actitud, lo que había logrado, fue dividir más a la familia que le quedaba. Cada vez era más distanciada su actitud cariñosa, sólo reservada a las pocas ocasiones en las que se encontraba Lily. Su hermana era incapaz de echarle un sermón o reñirla, se limitaba a estar con ella y contarle las maravillosas aventuras de su particular colegio pero luego siempre llegaba la cruel despedida y allí se quedaba ella, echa polvo durante semanas, añorando tanto a Lily que le dolía respirar e incluso se ponía enferma de verdad y acababa convaleciente en la cama, por las altas fiebres que le provocaba su apatía.

Una tarde, apunto de anochecer, apareció él ante la joven Emy. Justo cuando Petunia se había casado con un hombre asqueroso, que no quería saber nada de la familia de su mujer, y tuvo que ver con impotencia como sus padres ni siquiera fueron invitados a la boda. Su misterioso tío Tom, volvía de un viaje y traía aventuras que contar con su típico tono austero y asertivo. De ese modo fue accediendo a ella para luego comenzar largas conversaciones sobre que lo más importante en esta vida, no residía en el bien o el mal, sino en el poder de realizar lo que a cada uno le venga en gana. La ingenua niña vio una puerta abierta, ella quería parte de ese poder para hacer realidad su sueño, tener a su familia, sobre todo a Lily, a su lado. No fue agradable recordar las muchas barbaridades que había cometido a sus trece años, una delincuente precoz que dio de bruces en varias ocasiones en el calabozo pero menos agradable era tener que ver la cara de preocupación de sus padres, una inquietud que les consumía sus vidas, todo por su culpa. Y mientras, Tom le seguía trayendo regalos fantásticos que luego vendía por una buena cantidad de dinero para comprarse y hacer lo que le viniese en gana. A él le hacía gracia la manera de ser de su joven sobrina, sin embargo, se notaba que era un hombre de un carácter endemoniado que en cierto sentido atraía a la joven. Hasta que un día, después de algunos meses de enseñar lo bien que se lo podía pasar uno realizando algún que otro accidente, llevó un regalo en particular, una promesa ligada a un plan, si ella le decía cuando volvía Lily, él les dejaría vivir juntas todo lo que quisieran, en donde a ellas les pareciese mejor.

Emy contempló con el alma destrozada la causa de su mayor pesadilla, que luego comprobó que había sido totalmente real. El corazón se le partió en pedazos al ver alejarse a su hermana secuestrada por su tío gracias a su traición, mientras que sus padres caían inconscientes por algún hechizo. Luego llegaron los recuerdos de los tres planeando su rescate y el día en que lo consiguieron pero también en el que su padre dio la vida por ella. En aquellos momentos, cada respiración era como meter millones de agujas en sus pulmones, un dolor insondable que necesitaba aplacar y así llegó su primer intento de suicidio, que fue impedido por el amor de James, él no era sólo el novio de Lily. Los meses que le siguieron dejaron muchos momentos marcados en su memoria. Su madre trabajando sin descanso para curar a su hija y a su marido pero lo único que consiguió fue devolver a Lily a su estado normal, sin embargo, su padre murió consumido sin que nada se pudiese hacer. El entierro de su padre pasó despacio por sus ojos, los sentimientos se agolpaban en su interior, la maldita culpa echaba raíces en sus entrañas y la vergüenza se acumuló en cada poro de su ser. Fue incapaz de volver a mirar a los ojos de su madre, ni siquiera cuando veía como se achicaba día a día, invadida por la pérdida de su marido, su amor estaba por encima de todo y de todos, incluso de ellas, sus hijas.

A los pies de la cama de su madre se veía a ella y a su hermana Lily escuchando la historia de una vida de huidas, de cómo se convirtió en fugitiva de su propia familia, como lo había sido a la vez su madre, la abuela Sunny. Las mandó ir a buscarla junto con James a España y allí comenzaron los recuerdos de una misión que no sabían si tendría éxito. Pero un día llegaron al norte y a la mansión de piedra y allí, como si estuviese esperando que llegaran, estaba la abuela recibiéndoles como a sus propios hijos. Ambas hermanas veían a su abuela dar largos paseos por la playa acompañada de James, tuvieron desde el principio una relación muy estrecha que escondía cierta complicidad. Pero llegó el momento de volver porque su madre se estaba muriendo. De nuevo, la Emy espectadora tenía que aferrarse a su pecho para que no dejara de bombear ante el dolor de ver como su madre moría en brazos de su abuela.

El luto aún fue peor, ya que Lily y James se quedaban a combatir contra quien les había arrebatado a su familia, mientras que una Emy, de no más de quince años, comenzaba una nueva vida en España, sola y rodeada de desconocidos.