10. Mi vida ante mis ojos
Ahora veía como era el pueblo cuando llegó, estaba cambiado, mucho más rústico, sin la parte nueva de pisos que hicieron a la entrada, y la plaza en donde estaba ahora el restaurante, se veía abandonada y un poco sucia. Allí, subidos en varios bancos y sentados como podían, había una pandilla de unos veinte chicos y chicas hablando, riéndose de tonterías, fumando y bebiendo alguna que otra cerveza. Unos eran mayores que otros pero aún así estaban todos juntos y la Emy adolescente estaba con ellos. Recordó como fue el foco de atención durante algún tiempo, recordó que su carácter ausente y rebelde le dio aún más fama. Al principio, toda aquella gente le parecía superficial y no quería perder el tiempo con ellos, así que se refugiaba entre las faldas de su abuela y los mimos de los Figg. Todo iba encajando en la cabeza de Emy a una velocidad pasmosa. Ahora, a cada recuerdo, añadía sentimientos a las conversaciones o miradas con los demás. Se rió cuando se vio en el colegio como una renovada niña aplicada y luego cuando su abuela le contaba un millón de historias o le enseñaba sus primeros libros de magia. Con ver una sola vez el título del libro que pasara por su pantalla de cine particular, ya recordaba su contenido y lo que más le había impresionado de él. Aún así pensó en que no estaría mal dar un repaso a todo aquello. Anhelaba ese conocimiento, ese bienestar de saber misterios de la magia o historias de personajes mágicos que tuvieron cierta relevancia.
Las imágenes cambiaban y cada vez presentaban a una Emy más calmada y asentada dentro de su nuevo mundo. Disfrutó recordando el día en que le llegó la invitación de boda de su hermana Lily ¡cómo gozó de cada instante que pasó junto a ella con respecto a esa boda! Su vergüenza por compartir protagonismo en el altar, con un impresionantemente guapo Sirius, vestido muy elegante de padrino y con una sonrisa arrebatadora, que estaba deshaciendo la coraza de hielo de alrededor del corazón de Emy. Estaba segura que, sino fuese porque la magia le mostraba su vida, ella no recordaría tanto de aquella boda. Sirius se pasó todo el rato pendiente de la joven Emy, intentando que dejara aparcada su vergüenza hasta que lo consiguió, la invitó a bailar. Era como si tirara de ella con una cuerda invisible, que agarraba Sirius con sus grandes y firmes manos hasta llegar al medio de la pista de baile. El pecho se hinchó cuando vio a Sirius rodearla con sus brazos y entrelazar sus manos para comenzar a bailar aquel vals, del que no dieron ni un solo paso. Fue sorprendente verlo desde fuera, ser testigo del poder que acarreaba esa unión, generándose un aura, alrededor de ambos, tan blanca, tan pura... quizás por eso mismo el contraste de descubrir que él estaba prometido fue un duro golpe. El viaje de regreso fue un desastre, su primer desengaño amoroso hizo mella en la joven pelirroja y ni siquiera volver a España con Lily y James fue un consuelo. Para colmo comenzaba la enfermedad de la abuela. Cuando se quedaron solas, el mayor empeño de Sunny era dejar claro a Emy que no tenía culpa de nada, que su hijo se las había ingeniado en unir cabos para su desenlace deseado pero un alma atormentada no se despeja así como así y menos cuando había sido testigo de tanto horror, encima, para colmo, tenía el corazón destrozado por un amor imposible.
Veía como ocupaba su tiempo con toda clase de deportes y quehaceres, volvía a retomar las clases de ballet, todo el tema de la música más los deberes del colegio y la afición a la lectura de libros mágicos. Así pasaba el tiempo hasta llegar la noticia del embarazo de su hermana, la cual le colmó de gozo, sería tía y esa nueva sensación le llenó el espíritu para resurgir cual ave fénix. Cuando vieron por primera vez a Harry, ambas, pasado y presente, entendieron ese sentimiento que les nacía de lo más profundo de su alma, el amor incondicional, las ansias de protección desmesuradas para que no le pasara nada, para que pudiese ser un niño feliz, sano y protegido. Emy, al fin, comprendió esa rabia que le suponía verle distante de ella mientras veía su joven persona contemplándole siendo un bebe de tan poco tiempo. La pidieron ser la madrina pero ella se negó, no quería que su ahijado tuviese una madrina tan alejada de él, así que declinó la propuesta. Supo que sería Sirius el padrino y se alegró, sabía que él sería como un segundo padre ¡Qué razón tenía por entonces! Tuvo que tragarse las tripas al ver como Abigail, mujer por entonces de Sirius, era la madrina, incluso ella se lo propuso a su hermana pero al menos nadie le impidió que se cogiera un empacho de su sobrino en el día de su bautizo. Estuvo cargando con Harry prácticamente todo el rato hasta que vino la madrina y le propuso que se lo dejara un rato, mientras que Sirius la sacaba a bailar.
Quería gritar, salir de allí corriendo ¡no, otra vez entre sus brazos no! Pero fue incapaz de resistirse, su sonrisa la guiaba hasta él. En cuanto se abrazaron, volvió a pasar lo mismo, esa aura envolviéndolos, llenándolos de una energía demoledora pero esta vez llegó James para separarlos, lo había visto y no le gustaba en absoluto que aquello estuviese pasando. Al separarlos, a Emy le dio una descarga y James lo entendió todo. Se vio arrastrada por él hacia la casa, no podía contener las lágrimas y allí se quedó llorando contra la chimenea. Sirius simplemente apareció detrás de la desolada Emy, la dio la vuelta, la cogió la cara y la besó apasionadamente.
Con ese beso nació el recuerdo de cada instante con Sirius, resurgieron todos los sentimientos, la amargura, la soledad, las conversaciones, los desplantes y los malos entendidos, como también lo hizo el verse siempre separados, a un paso el uno del otro por no poder tocarse. Del profundo amor, pasaba a la inseguridad, al odio por ser el culpable de la traición mientras que a su vez era incapaz de creer que fuese cierto, a la convicción, casi diaria, de que no le amaba, como él no la amaba a ella. Intentaba quitársele de la cabeza pero era imposible, se veía sucia estando con otros chicos, no podía amar a nadie que no fuese él y así pasaba el tiempo hasta que lo dio por un caso perdido. Como una monja sin fe, como una alma maldita a la que se le prohíbe el amor, así fue como asumió su fracaso ante una relación formal con algún hombre que no fuese Sirius. Sentía tanta rabia de aquella maldición que pensó en matarlo, acabar con él como él lo había hecho con sus hermanos. Lo preparó todo pero no pudo clavar el puñal en el corazón, no tuvo el valor, se quedó contemplando el esqueleto de Sirius, casi inconsciente, perturbado y medio demente. Por un momento pensó en sacarlo de allí, lo cogió entre sus brazos y notó como la misma fuerza de siempre les rodeaba. Dentro de poco, si no lo soltaba, ella quedaría inconsciente, no tuvo más remedio que dejarlo allí. Él abrió los ojos y soltó un débil "¿Emy?" Notó que alguien venía y que cada vez hacía más frío, así que salió por el pequeño agujero y lo selló. Se convenció que era mejor pensar que estaba pagando de aquella manera tan horrorosa por el peor crimen que se puede cometer, la traición, ojalá ella hubiese podido aplacar su traición de la misma manera. Aquella imagen vivió con ella atormentándola durante las noches hasta que volvió a verle, cuando ya estaba con Harry, cuando contó a los tres su historia. Luego la ceremonia, la declaración en el despacho de Lupin y después un torbellino de imágenes y sentimientos hasta que se vio haciendo el amor con él, para pocas horas después despedirse antes de estallar en mil pedazos.
El amor absoluto que sentía por Sirius trajo un sin fin de recuerdos de la gente que pertenecía al mundo mágico. Todas las conversaciones con Dumbledore, con McGonagall, con cada uno de los profesores, incluso recordó a Wilcox y por fin entendió el odio de Sirius hacia él, se dio cuenta que tenía que haber dejado clara aquella situación, aunque por otro lado hubiese sido más difícil despedirse de él.
Las imágenes volvieron a centrarse en su época de adolescente en España, exactamente en la conversación que desveló quien era ella y que en realidad James era su hermano. El cuerpo no le aguantó al presenciar la muerte de sus hermanos y la desaparición de su abuela, todo para que Harry pudiese seguir con vida. Se vio destrozando cada rincón de aquella casa, haciendo magia por primera vez, o al menos eso era lo que ella quería creer. La oscuridad se cernió en su alma, estuvo internada en el hospital durante unos meses, allí intentó suicidarse dos veces más pero se lo impidieron y pasó el tiempo para asentar un poco el dolor. Los Figg se portaron como unos padres con ella, se refugió aún más en la amistad de Dani, de Ángel y de Lola y así fueron llegando las cosas que ahora tenía, las herencias, el orfanato, el trabajo, la responsabilidad y, durante todo ese tiempo, ella seguía volcada en aquellos hobbies, la música, la danza, el deporte, los estudios y la magia. Era como si se propusiese ser tan fuerte que nada ni nadie pudiese llegar hasta ella pero Dani siempre conseguía que soltara sus sentimientos y descargara toda aquella rabia.
Cuando cumplió dieciocho años pidió permiso a los Figg para escribir a Dumbledore y se lo concedieron. En la primera carta le rogaba que la dejara tener a su sobrino con ella, ya que sabía que Petunia odiaría tener nada que ver con el hijo de Lily y de James pero la respuesta fue una amable negativa en la que daba razones más que suficientes para que Harry creciera en el anonimato de una casa de Prive Drive, en donde ningún seguidor de Voldemort le encontraría. El director de la escuela le rogaba que no dejaran de cartearse y así se mantendrían informados por ambos lados, por supuesto Emy no declinó la propuesta y cada seis meses se enviaban alguna que otra lechuza. No tardaron en coger cierta confianza y comenzaron a conocerse mejor, aunque siempre guardando las formas.
La investigación de cómo acabar definitivamente con su tío, fue uno de sus pilares fundamentales, incluso estudió Historia y Ciencias Antiguas por ello. Fue allí cuando conoció a un muy diferente Wilcox o por lo menos él lo aparentó así. Recordó el día que casi se enrolla con él y como le hizo pensar que así había sido pero las escenas de aquel tiempo pasaron rápido, ahora todo lo hacía con mayor impetuosidad. Se ruborizó al verse delante del público en los conciertos y en un musical que le servía para pagarse el apartamento y la comida en Madrid mientras acababa la carrera. Luego pasó a trabajar en el Departamento de Investigación de la Universidad, dejando el mundo de las artes escénicas y la música, y terminó por entrar en el Departamento de Inteligencia del Ministerio de Defensa. Allí encontró mucha información válida para su particular estudio sobre el fin del Señor Oscuro. Luego vino el cambio de departamento, los entrenamientos, que hacían que se sintiese fuerte y poderosa, pero una vez ya como agente activo, no le gustó nada su papel. En más de una ocasión salieron por los pelos, ahora sabía que la magia había intercedido en varias circunstancias por ella y sus compañeros, y a medida que las misiones se le iban otorgando, menos quería verse involucrada con traficantes de todo tipo para recuperar secretos de espionaje o cualquier objeto robado que tuviese cierta relevancia.
Observó con atención sus recuerdos de esos quince años, desde los dieciocho hasta los treinta y dos, las pocas personas que le iban quedando se marchaban, los Figg, la extraña señora Fuentes pero, sin duda, otro de los palos más fuertes que se había llevado, fue el asesinato de su mejor amigo, Dani y otra vez sintió que había sido por culpa suya. Después de aquello, se terminó de encerrar en sí misma, sin dejar de dar una imagen superficial, totalmente opuesta a como se sentía ella en realidad por dentro. Durante aquel tiempo buscó la forma de comunicarse con las personas que le faltaban, sus padres, sus hermanos, la abuela, Dani y sobre todo con el Sirius que ella sabía que era y con su anhelado sobrino Harry. Les escribía cartas pero las únicas que siempre enviaba eran las de Dumbledore, no sabía bien porqué pero siempre aparecía una lechuza para recoger su correspondencia. Aquella Emy ya adulta, recordaba cada día a todos los que ya no estaban y a su sobrino y se preguntaba cómo sería y qué tal le iría, en verdad, el colegio. Ella sabía que estaba en Hogwarts y a veces deseaba tanto ir a verle pero siempre terminaba por pasar algo que hacía que desistiera de su idea. Menos mal que el director de la escuela le contaba parte de las historias de su sobrino. Dumbledore abogaba porque se conocieran una vez él ya hubiese acabado el colegio y fuese mayor de edad pero Emy no esperó tanto.
En medio de una operación secreta, para recuperar unas tablillas que habían sido robadas del museo británico de arqueología y que tenían un valor incalculable, se enteró por casualidad de los acontecimientos que sucedieron en la prueba final del Torneo de los tres magos. Claro que no supo que Voldemort había regresado pero sí que se lo supuso y decidió que era el momento de mover sus cartas. Aquel hombre que le contaba lo sucedido a otro en uno de los barrios más peligrosos de Londres, no se había percatado de la presencia de Emy, como tampoco lo hicieron unos ¿duendes? que les encontraron y les hicieron desaparecer, en un instante, sin que ella pudiese hacer nada. Recuperó la tablilla, que resultó ser una pieza fundamental y, por primera vez en su vida, sacó partido de su posición aceptando el ofrecimiento que le hacían. Pidió que se considerara el cambio de tutoría de su sobrino y que pasara de su hermana Petunia Dursley a ella, Emily Evans. Ellos le prometieron que investigarían el caso y que, si el niño daba su autorización, se la concederían. Pasaron unos meses en los que se veía siempre pendiente de la correspondencia, ya que le había comunicado a Dumbledore el paso que había querido dar pero que aún no le habían concedido. Era extraño el sentimiento que generaba la posibilidad de tenerlo a su lado, se sentía con más fuerza, con muchas más ganas de vivir y comenzó de nuevo a ser la chica social que a la gente le encantaba ver. Cuando llegó la autorización, no dudó un momento en dejar su puesto en el Ministerio de Defensa firmando un contrato de confidencialidad. Volvió a España para arreglar todos sus papeles sin dejarse ver por nadie y luego marchó a instalarse de momento en una pensión en el centro de Londres. Estaba tan cerca de volver a verlo que le entró el pánico ¿Y si Harry no era el muchacho que ella creía? ¿Y si en verdad no quería dejar a Petunia? Le preguntó a Dumbledore cómo podía hacer para verlo a distancia sin que él se percatase de quién era ella y éste le respondió que la solución estaba en un establecimiento del Callejón Diagon. Fue toda una experiencia entrar allí, encargar una postal y esperar a que él la recibiese, coincidió que se la envió el día antes de su cumpleaños y él la abrió justo cuando pasó la media noche. Sonrió por los métodos de aviso de recibo, un pitido estruendoso que debió despertar a toda la pensión y fue entonces cuando le volvió a ver, sólo sus ojos, iguales a los de Lily, iguales a los suyos. Vio a un Harry demasiado mayor para su edad, con la pena marcada en cada franja de su iris y decidió que no esperaría ni un día más para ir a buscarlo, envió una carta a Dumbledore y se fue a por él a Prive Drive. En cuanto se vieron no hubo más dudas por parte de ninguno y en cuanto se abrazaron, el alma resentida de Emy se esfumó para dejar sitio a una nueva vida, una vida para querer y proteger a Harry.
De la misma manera que el beso de Sirius hizo que recordara todo lo vivido con él, el abrazo con Harry obró de igual forma. Cada día a su lado se instaló de forma permanente en su mente, recordando nombres de todo tipo, sus mejores amigos, compañeros de él, la familia Weasley, de nuevo los profesores, las traiciones de Cho y Draco y, por supuesto, Voldemort. Todo lo más relevante vivido en Hogwarts fue devuelto a los recuerdos de Emy, como también el verano pasado en España. Pero aquello trajo más cosas, su destino se desvelaba ante ella, no le importó prometerle cosas que sabía que no podría cumplir como Harry esperaba, porque había una promesa anterior a la que atender, protegerle costara lo que costara, por él murieron sus padres y por él moriría ella. Emy se vio viviendo una vida en apariencia feliz mientras que esperaba con temor el día en que tuviese que abandonarlos a todos.
Recordó las cartas que escribió en donde intentaba justificarse pero también en las que les decía que había procurado por todos los medios luchar contra aquel destino. Lo rememoraba mientras veía como transcurría su última Ceremonia. Merlín intentó decírselo cuando se apoderaba de su cuerpo pero fue Godric quien le dio la última pista, al final había logrado vencer a su propio destino, ella solo desaparecería en cuerpo pero su alma vagaría cerca de quien amaba hasta que llegara la hora de regresar.
En aquel momento las imágenes cambiaron, ya no había colores, todo se veía en blanco y negro. Acababa de desaparecer y Sirius se retorcía del dolor de la pérdida. Sin embargo, Emy oía sus propios gritos para decirle que seguía allí, a su lado, que no se preocupara, que todo iba a ir bien. Luego sus Guardianes, con el alma rota y Harry ¡Oh, Dios! Era una impotencia tan grande no poder aplacar el dolor de su pequeño ¡Cómo hubiese preferido morir en verdad antes que ver lo que sufrían Harry y Sirius! Les seguía a todas partes, se alternaba cuando se separaban, oía sus conversaciones y lloraba junto a ellos por no poder volver a estar juntos, hasta que un día sintió la presencia de alguien acompañándola en una clase de historia que tenía Harry. Se giró y allí estaba ella, Lily, sonriente, con sus veintitantos años de entonces, tan guapa y llena de luz como siempre, se abrazaron y por fin pudo sentir la paz en su interior. Hablaron de todo durante horas, dejando cada cabo suelto bien atado. En otra ocasión fue James quien la visitó y habló con ella mientras contemplaban a Sirius y también pudo ver y charlar con sus padres y con los Figg, incluso conoció a su verdadero padre, a quien quiso en cuanto vio pero, sin duda, la que más tiempo pasaba con ella era la abuela Sunny. Era ella quien le explicaba los misterios de aquella situación y fue con ella con quien espió en varias ocasiones a Voldemort pero éste era demasiado poderoso para sentirlas, ya que él también había sido un espíritu errante antes de volver a la vida.
Su única conexión con el mundo de los vivos era Merlín, con quien hablaba cada noche en el Jardín de los Guardianes mientras él realizaba sus meditaciones y quien le avisó de los posibles riesgos de su vuelta. Se hicieron grandes amigos, aprendiendo el uno del otro sin cesar hasta que llegó el momento en que se debían enfrentar con el destino, lo que por desgracia sucedió en La Madriguera.
Emy contempló la batalla con verdadera impotencia, claro que sentía orgullo de sus chicos pero sabía que ellos no se sentían mejor por estar luchando con valentía y eficacia. Luego se unió a Merlín y a Dumbledore para enfrentar a Voldemort, estaba preparada para impedir cualquier ataque, aunque tuviese que mostrar que aún tenía poder siendo un espíritu delante de su enemigo, le daba igual que viera su última carta. Pero Merlín era muy listo, les había dicho a los chicos qué hechizo utilizar en caso de fuerza mayor, aún sabiendo que eso le dejaba a Emy sin magia en al menos una hora. No pudo hacer nada por Merlín ante el ataque de Voldemort, de hecho el hechizo le dolía a ella como si aún tuviese su propio cuerpo... luego todo fue oscuridad hasta que abrió los ojos y se encontró en el hospital de Liencres, enyesada y vendada prácticamente por todo el cuerpo. Al fin entendía y recordaba lo que había pasado en su vida, quizás no todo pero sí lo fundamental. Deseaba volver con Sirius y con Harry pero antes tenía que regresar a Hogwarts y hablar con Dumbledore.
Despertó con el cuerpo algo dolorido y contraído, como si hubiese dormido más de doce horas. Abrió los ojos y enseguida se dio cuenta que estaba en el suelo de La Cámara de los Fundadores. Sonrió al verse en casa de nuevo, se levantó entre bostezos y se estiró lo más ruidosamente posible.
- Ni una manada de centauros rabiosos hacen tanto ruido como...
- ¡Qué hay, Salazar!
- ¿Pero cómo...? – El espíritu de Salazar Slytherin flotaba inerte en la sala con cara de pocos amigos
- No te alegres tanto de mi regreso, no vaya a ser que pierdas tu habitual tono verdoso para pasar a un morado poco favorecedor
- Veo que vuelves con la misma actitud de siempre, muy poco respeto
- Me enseñaron a respetar a quien se lo merecía
- De ganas te lavaba esa lengua con polvos de basilisco
- No temas, ya lo han hecho y no ha dado resultado ¿Los demás?
- ¿Qué sucede aquí? – Rowena Ravenclaw hacia su entrada a través de la pared - ¿Emily?
- Buenas, Rowena
- ¡Mujer! Me gustaría decirte que es un placer verte pero con esas pintas sería hipócrita por mi parte, ya sabes que creo que la inteligencia se debe adornar debidamente
- No he podido cambiarme, ya lo siento, sin embargo he de decir que tú te ves divina
- ¡Oh, lo sé! Eso bien vale que te dé un toque – El espíritu voló por encima de Emy y a la vez que le echaba unos finos destellos, la ropa iba cambiando – Eso está mucho mejor
- Te lo agradezco pero ¿Tenías que ponerme la ropa de las ceremonias? Me veo demasiado elegante para ir a hablar con el director
- Chiquilla, nunca se está suficientemente elegante, te ves preciosa y eso es lo que cuenta ¡Si yo tuviese tu cuerpo!
- ¡No compares! – Emy sabía como tratar a la Fundadora – No creo que haya habido una bruja más guapa y elegante que tú
- ¡Qué alegría que estés de vuelta!
- Si pudiera, vomitaría – Slytherin puso cara de absoluto asco
- ¡Salazar! Eres tan vulgar y desagradable – Rowena comenzó a reprenderle sin que al otro le importara lo más mínimo lo que ésta tuviera que decirle
- ¡Emy!
- ¡Helga! ¡Que alegría!
- ¡Oh, mi niña! Veo que estás muy bien, la lámpara me informó de que habías regresado ¿Te encuentras mejor?
- Sí, perfectamente
- ¿Ha vuelto la princesa del castillo? – Godric Gryffindor hizo su aparición a través de la puerta - ¡Y vestida para la ocasión!
- Es cosa de Rowena – Contestó con una gran sonrisa
- ¡No te creo! – El Fundador soltó una sonora carcajada – Ahora todo volverá a ser como debía
- Gracias, Godric, gracias por todo
- Era Merlín quien debía de estar en el castillo, no esta mocosa mal educada y demasiado vehemente
- Te agradezco lo de mocosa, a una ya le va afectando el tema de la edad – Ironizó Emy
- Cuando todo salga mal, seré yo el último en reír – Salazar salió de la sala sin mirar atrás
- No le hagas el menor caso, nosotros preferimos tenerte aquí, incluso Merlín lo prefería – Helga negaba con la cabeza por la actitud de su compañero
- Lo que hizo fue muy generoso por su parte pero en cierta manera él tiene razón, con Merlín el mundo mágico estaba más protegido
- No es protección lo que necesita este mundo – Dijo Helga – Lo que hace girar al universo es la fuerza del amor y tú eres ideal para eso
- Además a Merlín le gustaba estar en el bosque, realizar sus meditaciones, divagar sobre temas con magos de buen corazón y ahora todo eso lo tiene – Gryffindor sonrió a Emy – Acababa rendido después de los entrenamientos, así que no te vayas a pensar que sólo lo ha hecho por ti, en realidad te ha dejado el trabajo duro
- No me importa en absoluto asumir ese papel mientras esté con mi gente
- Eso no tienes ni que decirlo – Helga cogió del brazo a su amiga Rowena y comenzó a lloriquear de felicidad
- Vamos, guarda un poco la compostura ¿Qué dirían tus alumnos si te vieran así? ¡Qué carácter tan blando tienes, mujer! – Le riñó su amiga
- ¿Dumbledore está en su despacho? – Preguntó Emy ya con unas enormes ganas de ver a su anciano favorito
- Sí
- Entonces iré a verle, quiero regresar a casa antes de que amanezca – Les tiró un beso y salió por la puerta – Luego volveré, os tengo que pedir un favor
En cuanto vio su apartamento, que estaba exactamente igual que cuando se había marchado, le entraron ganas de llorar y gritar de alegría pero lo que hizo fue comenzar a correr. Recorría los pasillos a gran velocidad cuando oyó un llanto que ya no era el suyo, se detuvo en seco y miró a todos lados. Al final de un pasillo, que daba a una galería, una figura de mujer estaba sentada en el suelo, en la esquina, con las rodillas flexionadas y las manos tapándole la cara mientras gemía y lloraba sin consuelo.
