Capítulo II

El Dios del Engaño

Pasaron dos días y las novedades se propagaron como el fuego en todo el cuartel general, aparentemente el Teseracto había sido robado de su lugar de protección, Asgard. Estaba bajo el cuidado del mismísimo Odín, y era posible, por no decir definitivo, que el autor del delito fuese su hijo Loki. Aparentemente vino a la Tierra con malas intenciones y el hipercubo en sus manos; su hermano, el poderoso Thor, al enterarse de lo que su fraterno había hecho, bajó a Midgard para llevarlo a la justicia en el reino de los dioses. Su captura fue más sencilla de lo pensado, no opuso resistencia alguna y su presencia en el helitransporte se sintió instantáneamente.

La gente comenzaba a susurrar, lo que inquietó a Lizzie solo un poco. Desde su cubículo, observó con detalle como el Dios del Engaño era trasladado hacia su celda de máxima seguridad. En aquel rostro sombrío, de rasgos afilados y piel pálida, se vislumbraba una sonrisita de éxito y gran satisfacción, pero, pensó la chica: "no era una sonrisa como la de Steve, amable y de complacencia, sino oscura y sagaz, que escondía los más perversos designios". Aquellos ojos azules hacían que un sofocante sentimiento de inquietud inundara a la muchacha, pero a la vez, encontraba algo reconfortante en ellos. Como si supiera quien lo estaba observando, el acusado miró directamente a una de las cámaras y una ancha sonrisa socarrona se dibujó en su semblante. La chica sentía que él podía verla a través del aparato, lo que la llenó de miedo y curiosidad. Vio marchar al esbelto y larguirucho hombre por los pasillos, con las manos esposadas frente a su torso. Su cabello era liso y negro, que le llegaba hasta los hombros, su túnica verde y dorada era opulenta y elegante. Sin duda alguna, el semidios era atractivo, malévolo, pero atractivo. Había algo en él que Elizabeth no podía dejar de mirar, no se cansaba de observarlo, de estudiarlo cuidadosamente; la confundía, la atraía, la repelía y la hipnotizaba.

Se había quedado tanto tiempo observándolo, que no se había dado cuenta de que habían pasado minutos, quizás horas desde que lo encarcelaron. Detrás de ese cristal indestructible, se escondía una de sus más grandes tentaciones. Un golpeteo la hizo salir de su ensimismamiento, el agente Phil Coulson la llamaba a su puerta, que estaba abierta, y la miró con esa característica sonrisa amable con la que convencía de los ideales de Fury a todo el mundo.

– ¿Interrumpí tu entretenimiento? – preguntó entre apenado y sorprendido a la mirada perdida de Lizzie, que enseguida trató de disimular con la mayor naturalidad posible.

– No, no, para nada. ¿Qué sucede?

– Nick quiere verte en su oficina.

– ¿A ? – enfatizó la última palabra más de lo que debía. El hombre nunca la llamaba a su oficina, a menos que hubiese pasado por alto algo "importante" en alguno de los videos de seguridad, cosa que inusualmente sucedía.

– Sí, a ti. No tardes, es un asunto importante. Nos vemos pronto – se despidió sencillamente con la mano. La agente se levantó de su asiento algo aturdida, pero a la vez agradecida de que Phill llegara en el momento justo, de no haberlo hecho, se habría quedado todo el día mirando a Loki y tal vez ni se habría dado cuenta. Se dirigió a la oficina del director. La puerta de acero se abrió antes de que pudiera tocar, María Hill salió de ella furiosa, ignorando la presencia de la joven.

– Puedes pasar, Elizabeth – resonó una voz gutural y hasta un poco atemorizante detrás de un inmenso escritorio de titanio, con muchos adornos modernos encima. El agente tenía sus codos apoyados sobre la mesa, con las manos cruzadas y en ellas apoyando su ancho mentón. La miraba expectante, y nadie dijo nada hasta que la chica tomó asiento y pasó un incómodo minuto de silencio – Te preguntarás por qué la Srta. Hill salió tan precipitadamente de esta oficina, ¿no?

– En realidad, no – no era para nada cierto, se moría de ganas por saber, pero ella haría lo que fuera para demostrarle al jefe que era una mujer madura, seria y responsable.

– ¿Sabías que no eres para nada buena mintiendo? Te conozco, es obvio que lo quieres saber, así que te despejaré las dudas – se levantó de su asiento y recorrió la sala con ese andar suyo tan elegante y las manos cruzadas en la espalda – María Hill tenía asignado un trabajo, uno importante. Ya te dejé las pistas, ahora saca tus conclusiones… – a pesar de que la mente de Lizzie maquinaba rápidamente, algo en el resultado no tenía sentido, al menos no para tratarse de Nick Fury – ¿Y bien?

– Creo que lo sé, señor, pero algo no cuadra. ¿Quiere usted que yo la reemplace?

– ¡Muy bien! – felicitó a la muchacha como si fuera una niña de cinco años que realizó bien la tarea. Esto hizo que las orejas de la chica se enrojecieran de ira, pero si le iban a dar ese "trabajo importante", debía comportarse tan bien como lo habría hecho un ángel. Después de todo, llevaba años intentando convencer a Fury de que ella podía hacer mucho más que sentarse frente a diez monitores durante todo el día para "vigilar" – Quiero que la reemplaces.

– Muy bien. Y, dígame, ¿cuál es este misterioso trabajo, señor?

– Tendrás que hacer lo mismo que haces, pero de manera un poco más directa.

– Señor, creo que no compren…

– Tendrás que ser la vigía de Loki. Al menos, temporalmente. Solo hasta que estemos seguros de que no pueda tener contacto alguno con el Teseracto – un mar de pensamientos se revolcaba en la mente de la confundida muchacha. Tendría que verlo todos los días, TODOS LOS DÍAS. ¿Y si eso traía consecuencias?, ¿y si la hipnotizaba y la controlaba, al igual que había hecho con Clint Barton y con el Prof. Solveig?, ¿y si ocurría algo más que eso, algo que su fuero interior le negaba rotundamente que sucediera pero que a la vez deseaba con el alma? – Blackthorne, ¿estás bien?

– Eso creo, sí – se sintió mareada, algo que no supo disimular con mucha discreción.

–Bien, porque empiezas hoy – esas palabras fueron el detonante para un diluvio de extraños sentimientos en ella. Necesitaba hacer algo para controlarse, para calmarse, y recordó lo único que la tranquilizó en un momento remotamente similar: Steve Rogers.