Capítulo VI

Control

Estaba amaneciendo y, los rayos solares se filtraban por la diminuta ventana de la habitación. Elizabeth estaba despierta, viendo la hermosa escena. No durmió en toda la noche, pues había descubierto una nueva cualidad en sí, que aunque la aterraba, también le agradaba. Resultaba que, el accidente que tuvo en el laboratorio pasados unos días, había tenido un efecto en ella, un peculiar y atractivo efecto: el líquido celeste, que ahora parecía una febril luz corriendo por su sangre, podía dominarlo y elegir cuándo podía relucir. A veces, cuando conversaba con Loki y se emocionaba mucho, sus venas comenzaban a aclararse y a tornarse fluorescentes. Con cautela, ella disimulaba con las mangas largas de su uniforme y siempre pensaba en reprimir esta irradiación, ya que si el hombre lo veía, se preocuparía, y ella jamás quisiera inquietarlo con semejantes tonterías. Estuvo toda la noche practicando, hasta que pudo dominarlo. Se sentía satisfecha, porque ya no tendría que esforzarse para detenerlo cada vez que experimentaba una emoción muy fuerte.

Últimamente Steve se veía mucho con Natasha Romanoff, "La viuda negra", ya que se hicieron amigos cercanos. Sentía que con ella podía compartir sus sentimientos con respecto a Lizzie y que no lo juzgaría. Esto era recíproco, ya que ella compartía las inquietudes y emociones que sentía por el joven Clint Barton, o "Hawkeye". Era como una especie de terapia, donde podían expresar todo lo que sentían y a la vez, tener el apoyo de un buen amigo. Todos veían esta naciente relación entre ellos como un romance, incluida Lizzie, y le alegraba mucho la idea, aunque el capitán le hubo negado la información más de una vez. Blackthorne había sido lentamente incluida en el grupo de los vengadores, por la influencia de su mejor amigo, aunque no demasiado. Solo llegaba a saludar al grupo mientras trabajaban, y de vez en cuando, ella y Natasha se quedaban a molestar a Steve, que no le disgustaba esto en lo absoluto.

Loki, al contrario de Elizabeth, se sentía atormentado y confundido por varios aspectos de su vida. Se preguntaba muchas cosas con respecto a él, a Elizabeth y a su hogar. Él tramaba un perverso plan para gobernar la Tierra, con el uso del no localizado Teseracto, pero ¿cómo podía destruir la tierra de la joven que amaba?, ¿cómo podía seguir con sus planes y acabar los sueños y esperanzas de esa maravillosa mujer?, ¿cómo alguien podía ser tan cruel y despiadado?, ¿era eso posible en un hombre o, en su caso, semidios? Tras darle muchas vueltas al asunto, se quedó petrificado con lo que se le acababa de sobrevenir, no podía creer que esa fuese la solución a sus problemas, no quería hacerse tal daño a sí mismo. Pero, era la única opción, era la única esperanza para que su Lizzie pudiese vivir en paz la vida humana que debía y siempre debió tener.

– ¡Hola! – gritó la chica con entusiasmo al ver al prisionero – Te dije que hoy sí llegaría temprano, ¿lo ves? – señaló exageradamente el reloj que llevaba en la mano izquierda. Al ver que él no le respondió con su típica sonrisa, ella se sorprendió – ¿Qué tienes?.. ¿Dije algo?

– No has sido tú, Elizabeth – respondió con el tono más frío y cortante que la chica le había escuchado desde hacía varias semanas – Tenemos que hablar.

– ¿De qué? – le lanzó una furtiva mirada de desconfianza. Temía que algo terrible iba a suceder.

– De nosotros… de mí, en realidad – con un grueso nudo en la garganta, Loki trató de que su voz no se quebrara y delatara lo débil y abatido que en realidad se sentía – No quiero que vuelvas a hacer mi vigilancia. No te quiero aquí, eres un estorbo monumental y no esperes a que alguien como yo pueda tener alguna especie de relación con alguien como tú. Esto nunca debió pasar, nunca debí permitir que te acercaras tanto. Fue mi error, lo reconozco. Sé que tú tampoco quieres estar aquí y lo comprendo, porque siento absolutamente lo mismo – poco a poco los ojos de la joven empezaron a llenarse de lágrimas. No podía creer que estuviese diciendo esas palabras – Pretendamos que esto nunca pasó, que esto fue un lejano recuerdo del pasado del que nos sentiremos agradecidos por no haber continuado. Esto entre nosotros traerá más consecuencias que beneficios y confío en que lo entenderás.

– ¿Esto es… es… en serio… de verdad… me… dejarás así? – rompió en lentos y amargos sollozos.

– Sí, es en serio. Fue un placer conocerte, Elizabeth Blackthorne, pero no pertenecemos a los mismos mundos y jamás lo haremos. Espero que comprendas que yo…

– ¿Que… comprenda?, ¿QUE COMPRENDA?, ¡¿COMPRENDER QUÉ?! ¡¿QUÉ ME DEJARÁS ASÍ COMO ASÍ?! ¡NO! ¡No lo comprendo! – explotó en llanto la chica, que con exagerados gestos caminaba en largas zancadas por la sala.

– Pienso que deberías calmarte ya, Elizabeth… – replicó con paciencia y frialdad.

– ¡No me calmaré! ¿Es que no lo entiendes, Loki? ¡ Yo te amo!, ¡te amo y no pienso dejarte ir! – le gritó con furia al semidios, que estaba de pie mirando como la chica enloquecía, inmutable, insensible – Por favor… por favor… no me hagas esto… no nos hagas esto… – rogó sollozando como nunca antes lo había hecho. Ella nunca lo habría hecho por nadie, era demasiado fuerte y orgullosa, pero aquel despiadado príncipe era su más latente debilidad.

– ¿"Nos"?, ¿en plural? Lo siento, querida. Yo jamás te he amado y jamás lo haré – hizo un intento de sonrisa perspicaz, pero ni siquiera él se lo creía – Nunca podría amar a una débil e inútil humana obsoleta como tú… – se giró y le dio la espalda a la desvencijada muchacha, que aún no podía digerir la información.

– ¿Disculpa, Blackthorne? – una sedosa voz femenina la hizo reaccionar. Era María Hill, que con una sonrisa de suficiencia la miraba con desprecio y vergüenza – Este es mi turno ahora. Tienes que irte – ni siquiera se tomó la molestia de responderle a la mujer con el buen puñetazo que se merecía, solamente miró una última vez como Loki estaba de espaldas a ella, inmóvil y salió precipitadamente por la puerta.

Natasha y Steve hablaban en la sala de "Asuntos Internos", donde solían reunirse para hablar sobre sus desamores. Al joven se le había ocurrido llevarle un poco de helado a Lizzie y, tal vez, invitarla a cenar el día siguiente. Se sentía entusiasmado y optimista. Cuando salió de las cocinas, con dos gigantescas tazas repletas de helado de vainilla, se aseguró de repasar todo lo que le diría a la chica. Tocó la puerta y una desconocida y debilitada voz femenina le pidió que pasara adelante; allí estaba la joven, acostada en su cama, arropada de pies a cabeza y llorando con desconsuelo. Aquella imagen alertó y preocupó al capitán de manera tal que se quedó inerte y no se atrevió a decir una palabra. La afligida se sentó en la cama y allí el joven pudo notar cuan demacrada estaba en realidad: su cabello estaba despeinado, su piel más pálida de lo usual y unas oscuras ojeras rodeaban sus hermosos, y ahora hinchados, ojos café.

– ¿Qué tal, Steve'O? – soltó una sonrisa débil que no le agradó al chico, y después de detallarla al fin encontró la voz para hablar.

– ¿Qué… qué te pasó? – dijo con voz entrecortada por el asombro e inmediatamente dejó los helados en una pequeña mesita de noche. Se sentó junto a ella y la abrazó instintivamente. La chica empezó a llorar dolorosamente sobre su pecho.

– Él no me ama, Steve. Nunca lo hizo… y yo… y yo como una tonta… yo sí lo amo… demasiado, tal vez… – apenas se le pudo entender lo que dijo, por sus intensos gimoteos. El joven sintió que un balde de agua fría le cayó encima, comenzó a respirar muy lento y trató de pensar que no escuchó lo que acababa de oír.

– ¿Amar?, ¿a quién? – preguntó con la más remota esperanza de que dijera su nombre.

– A Loki… – lo miró con ojos culpables y él se limitó a suspirar. Asintió para darle a entender a la afligida que le daba su apoyo, y la misma se aferró a él con aún más fuerza. Por primera vez, Steve no se estremeció ni se contentó de tenerla tan cerca de sí, sino que lo desesperanzó y lo deprimió más de lo que él jamás hubiese esperado – Es una locura, ¿no?

– No, no. Nunca se decide de quién enamorarse, ¿no es así? Tú no lo decidiste, no es tu culpa.

– No, no lo decidí. Pero me hubiese encantado haber decidido que era una estupidez enamorarme de semejante patán – dijo secándose sus lágrimas con las muñecas – Pero no importa, estaré bien. Soy fuerte, esto no es nada.

– Ésa es mi chica – besó la frente de la triste muchacha y se quedaron abrazados por horas. A pesar de todo, había cierto consuelo en Steve: aunque nunca podría ser suya, como él quisiera, siempre estaría allí para ella, como su más fiel y entrañable amigo.