22. Del odio a la tristeza

Harry se sentía como un león enjaulado. De ganas se empotraría contra las paredes para aliviar su furia. El tiempo pasaba y a cada minuto era peor. Oía de lejos las voces de sus compañeros llegando al Gran Comedor. Ya no le importaba la selección, ni cuántos nuevos alumnos entrarían en Gryffindor, ni perderse su último comienzo de curso y mucho menos ver a sus amigos de siempre ¿Cómo podía presentarse delante de ellos sin que notaran su estado? Tic-tac, tic-tac. El maldito tiempo pasaba y él no conseguía calmarse. Miles de veces preferiría sentir dolor físico que no ese fuego que le consumía por dentro. Miraba sus manos temblar exageradamente y oía los gritos de su odio en la cabeza, diciéndole que se calmarían después de estrangular a Malfoy. Sí, desea matarlo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Esa era la verdad, la única verdad. No sería suficiente con arrancarle el más mínimo indicio que indicara que había tocado a Ginny. No bastaría con quemar sus ojos para borrar, por siempre, el deleite de verla tendida para él. Ni arrancarle la piel a tiras hasta que no recordara que la acarició algún día. No bastaría con aplastarle la nariz y hundirla en lo más profundo de su sesera, para que él olvidara el olor a flores que de ella siempre emana. Así que tendría que matarlo, tarde o temprano, tendría que acabar de una vez por todas con su asquerosa vida ¿Egoísta? Sí, era egoísmo lo que sentía pero lo que había hecho ese malnacido lo iba a pagar... con la muerte.

- Eso te convertiría en un asesino y a mí en una desgraciada – La voz de Ginny silenció al odio de Harry

- ¡Gin! Daría cuanto poseo porque sólo hubiese sido una pesadilla – De repente, Harry se vio paralizado, se sentía sucio, indigno por no haberla protegido y ni siquiera pudo mirarla a los ojos

- Sólo fue una pesadilla – Se acercaba a él despacio, con ese caminar pequeño y elegante de bailarina. Se acercaba sonriente, aunque sin poder esconder su tristeza – Déjame abrazarte, déjame sentir que no te estoy perdiendo

- Gin, no me pidas que perdone esto, que me quede al margen – Harry quería llorar, derrumbarse en los brazos de la chica que le hacía sentir en paz pero el odio es un sentimiento fuerte que se agarra al orgullo y al rencor, formando un cañón cargado preparado para disparar

- Ven a mí – Alzó sus brazos. Sólo unos pasos y le tendría a salvo, pensaba – Ven conmigo. Con un abrazo bastará para ganar a todo lo malo que quiere alejarnos. Ven

Cerró los ojos. Ahora respiraba el aire que ella creaba. Una atmósfera cargada de amor, de ternura, de flores ¿Cómo es que Ginny podía mantenerse entera? ¿Es que no era consciente que Malfoy estuvo a punto de violarla? Las preguntas se agolpaban en su mente, cuestiones que vociferaba su ira, no su corazón ¡Qué lucha más absurda! Hacía un instante deseaba aplacar ese fuego con dolor y ahora que podía hacerlo con bienestar, era incapaz de dar un solo paso.

- Harry, se ganan muchas más vidas permitiendo a Malfoy seguir con la suya. Entiéndelo, le tendrán vigilado a cada instante. Sus errores nos serán de ayuda para avanzar en la lucha contra Voldemort – Ginny permanecía en pie, quieta, con los brazos tendidos y el alma destrozada. Luchaba por no mostrar aún sus lágrimas. Luego le diría la decisión que habían tomado, luego, porque en ese instante, lo único que quería, era que él la abrazara, sólo una vez más. Cerrar los ojos e imaginar en sus brazos que estaban lejos de allí, que no había peligro, que nada les separaría nunca y que él siempre la querría, al igual que ella le amaría de por vida – Ven conmigo

Y ya no hubo resistencia, ni distancia, ni tiempo, ni espacio. Sólo dos mitades reunidas de nuevo, formando un todo. La oscuridad se convirtió en luz sin sombras, ni rencores. Los segundos que pasaban abrazados, estaban llenos de amor, un amor sin futuro, ni pasado, un amor que solamente fija los instantes para olvidarlos. Un ahora continuo, un ahora convertido en siempre. Con un paso atrás se convirtieron de nuevo en mitades rotas bruscamente. Al cruzar sus miradas, Harry pudo ver la tormenta y Ginny el miedo a la tempestad.

- Tú debes permanecer aquí, junto a Ron. Debes estar con Emy y con Sirius. Estudiar y entrenar, porque la última noche se acerca a pasos agigantados. Debes escuchar a Dumbledore y reflexionar. Debes ser fuerte, fuerte por los dos

- ¿Por qué dices todo esto? No... no...

- Da igual que nos separen, estaré contigo – Ginny no pudo más, las lágrimas salían como lluvia de temporal – Igual que dice Sirius: "como mucho, a un paso de ti"

- No pueden hacernos esto – Harry movía la cabeza negando una y otra vez - ¡Qué se lo lleven a él!

- No es por Malfoy, Harry – Ginny se limpiaba de forma incontrolada las lágrimas que corrían por su cara. Lo hacía con la manga o con las manos. Ya poco quedaba de la Ginny madura, ahora parecía una chiquilla asustada y sola – Descubrí hace mucho el primer objetivo de Voldemort a la vez que él. Debo marcharme, Harry, Hermione viene conmigo. Nuestros caminos se separan aquí pero siempre irán juntos... a sólo un paso

- Cuando todo empezaba a ir bien, cuando estábamos de nuevo los seis – Harry volvió a abrazarla. Hundió su cara en el fuego sedoso de Ginny, aspirando su olor de nuevo – No es justo, no podré sin ti

Se quedaron en silencio, abrazados durante un buen rato. Se besaban y se acariciaban sin cesar, a sabiendas que serían de los últimos.

- Chicos – Sirius les contempla desde el umbral de la puerta. Odiaba ser él quien lo dijese pero no quedaba otro remedio - Ha llegado la hora

- ¿YA? ¿TAN PRONTO? – Preguntó Harry temeroso

- Es lo mejor. Nos marchamos en el tren – La voz de Ginny sonó suave, intentando calmar el temperamento que afloraría de un momento a otro

- Quiero ir a la estación

- No deberías... – Sirius no puede terminar la frase

- ¡QUIERO IR A LA ESTACIÓN! – Los ojos verdes de Harry oscurecían a la vez que brillaban más que nunca. No podía llorar, las lágrimas se le quedaban quietas temiendo salir, si lo hacían, darían por hecho que aquello estaba ocurriendo de verdad

Salieron del aula y llegaron hasta el vestíbulo en silencio. Harry aferraba la mano de Ginny entre la suya, no quería soltarla por nada del mundo. Al parecer no eran los únicos que acompañarían a las chicas. Ron está allí con los ojos rojos y la cara desencajada. Hermione aún estaba peor que él. Arabella y Remus los escoltan, ambos manteniendo un semblante serio. Harry no pudo ver la cara de Emy, estaba apoyada en una esquina, con el rostro en penumbra, pero sabía perfectamente que sentía la misma rabia e impotencia que él. El murmullo de cientos de chicos traspasaba el portón cerrado del Gran Salón ¿Cómo podían reír, comer, hablar? ¿Cómo podían hacerlo cuando para él el colegio se estaba derrumbando piedra a piedra?

Nadie dijo nada. Salieron del vestíbulo, montaron en un gran carruaje los ocho y llegaron a la estación sin mediar una sola palabra. Remus y Sirius cargaron los baúles en un vagón. Harry seguía aferrado a la mano de Ginny, seguía aferrado a sus ojos, sin poder quitar su mirada de la de ella hasta que Arabella abrazó a Hermione, mientras que le rogaba que se cuidara mucho. Remus y Sirius hicieron lo mismo. Luego Hermione se acercó a Emy. Ella estaba apoyada en la pared, con la mirada fija en el suelo y los brazos colgando como si no pertenecieran a su cuerpo o le pesaran toneladas. La joven chica le dijo algo que nadie oyó y vieron a Emy negar con la cabeza. Hermione se dejó caer sobre su pecho y Emy la atrapó con los brazos, luego la cogía la cara con sus manos y le besaba en la frente y en las mejillas muchas veces hasta que Hermione salió corriendo y se metió en el vagón. Ron entró detrás de ella.

- No puedo creer que esto esté pasando, no puedo creer que tenga que marcharme de aquí, alejarme de vosotros – Hermione lloraba derrumbada en el asiento. Sintió con le aferraban las piernas y levantó la mirada. Allí estaba Ron, como jamás le había visto, total y absolutamente hundido, tirado en el suelo, agarrándole las piernas y escondiendo la cabeza entre sus rodillas - ¡Ron!

- ¿Qué debo hacer ahora, Mione? Dímelo, porque no sé qué hacer

- ¡Ron!

- No recuerdo mi vida sin que tú no estés en ella

- Seguiré estando pero de otra forma – Hermione acariciaba aquel pelo rojo que le había vuelto loca, de una u otra manera, durante aquellos últimos años – Busca una buena chica, una con buen carácter, que no le guste discutir y que beba los vientos por ti, las hay a cientos en este colegio. Que te diga lo genial que eres y lo grande que vas a ser, que te diga, una y mil veces, lo que todos vemos en ti menos tú, un chico extraordinario en todos los sentidos

- No quiero a ninguna, yo sólo te quiero a ti

- Quizás algún día podamos volver a estar juntos... quizás algún día

Mientras, en la estación, Arabella y Remus se despedían de Ginny. A Harry no le había quedado más remedio que soltarla y juraría que, nada más hacerlo, alguna de sus piernas no le respondía bien, porque estaba mareado y sentía que de un momento a otro perdería el equilibrio. Sirius abrazó a Ginny como si ella fuese su hija, se le veía tremendamente triste y no hacía más que acariciarle el pelo y darle consejos de todo tipo para su protección. Harry estuvo a punto de caer cuando vio a las dos mujeres de su vida despedirse, menos mal que Sirius le agarró por los hombros, porque sino, hubiese ido al suelo. Las dos lloraban sin consuelo y Harry comenzó a temer que jamás volvería a ver a su Gin.

- Te quiero tanto ¿Lo sabes verdad?

- Claro que lo sé, Emy, claro que lo sé. Yo también te quiero, Emy, te quiero mucho

- Entra, porque sino, no permitiré que te vayas

- Cuida de Harry y de Ron por mí – Ginny y Emy se abrazaron llorando y faltándoles el aire - Adiós

Ginny entró en el tren sin mirar atrás. Luego llegó al vagón, ayudó a su hermano a levantarse, le agarró de la mano y lo llevó hasta la puerta, dejando a Hermione encogida y temblando en el asiento.

- Ron, escúchame ¿Me oyes? – Ginny vio como él asentía – Tienes que ser fuerte, entrenar mucho y cuidar a Harry por mí

- ¿Cuidarás tú a Hermione por mí?

- No lo dudes, hermano, no lo dudes – Se abrazaron fuerte y Ron le dio un beso en la frente – Diles a papá y a mamá que les quiero mucho, díselo a todos

- Lo haré

- Te echaré de menos, Ronnie, no sabes cuánto te quiero... mi hermano... mi amigo

- Te quiero mucho, Ginny, cuídate por favor, no podría soportar perderte... a ninguna de las dos

Harry había entrado en el tren. Se acercó a Hermione y se sentó a su lado. Ambos estaban muy mal pero él sentía que debía de darle ánimos.

- Nos comportamos como si nunca nos fuésemos a volver a ver... y yo sé que no es así

- ¿De verdad lo crees, Harry? - Preguntó ilusionada Hermione mientras las lágrimas corrían por su rostro

- ¡Ey! Tú y yo hemos pasado miles de cosas juntos, eres más que una amiga, eres mi hermana y por probabilidades, ya no puedo perder a nadie más de mi familia – Harry hizo una mueca divertida, forzada pero sincera

- ¿Cómo puedes bromear en un momento así? – Hermione sonrió mientras se secaba las lágrimas – No dejes que Ron se derrumbe y tampoco lo hagas tú

- No puedo prometerte nada pero sí te digo que lo intentaré

- Cuídate mucho y cuida de él

- Si ocurriese algo manda a Crookshanks con un mensaje, estoy seguro que ese peludo gato es capaz de volar si hace falta

- Lo haré

Se despidieron con un abrazo y Harry salió del compartimento. En el pasillo le esperaba Ginny, envuelta en la más absoluta tristeza. Parecía más pequeña que la primera vez que la vio pero no importaba, porque él se sentía aún más chico que ella.

- Hay tantas cosas que no te he dicho, tantas que no te he dado – Dijo Harry al abrazarla

- Todas las cogí sin permiso, Harry, me llevo más de lo que jamás pude soñar

- Siento tanto no haberme entregado en cuerpo y alma a ti – Harry no podía evitar hablar con el corazón, dejando atrás vergüenzas absurdas

- No me importa ser una ladrona, me llevo lo mejor de ti, me llevo parte de tu corazón

- No, Gin, te le llevas entero y mi alma y mi conciencia... es que no sé si podré respirar sin ti

- Debes hacerlo, debes luchar, porque este egoísmo, que me crece dentro, me pide a gritos exigirte que enfrentes cualquier cosa que impida mi regreso – Ginny se abrazó a él aún más fuerte y luego le besó, como si fuese el último de todos los besos que ella fuese a dar – Te amo, Harry, te he amado siempre y siempre lo haré

- ¡Oh, Ginny! No puedo estar sin ti, te necesito, te amo – Se besaron hasta que el silbido del tren indicó que tan solo quedaba un instante – Me acostumbré a tenerte a mi lado, a que no estuvieras lejos... te juro que a olvidarte, jamás me acostumbraré

Con el segundo silbido del tren, éste comenzó a moverse. Harry oyó como le llamaban Sirius y Remus. Se separó de ella deslizando sus dedos por los delgados brazos de Ginny, hasta llegar a sus manos, hasta no sentir las yemas de los suaves dedos, que con tanta ansia había agarrado momentos antes. Saltó del tren sin perderla de vista, sin quebrar la conexión de sus miradas. Comenzó a andar paralelo al tren pero éste cogía ritmo y le obligó a correr, a correr tras ella. La estaba perdiendo, se la estaban llevando, alejándola de él. Vio su rostro por última vez y juraría leer en sus labios: "te amaré siempre". El andén se acabó y él se quedó allí, de pie, destrozado y sin poder evitar que las lágrimas surcaran su rostro, inundándolo de una enorme tristeza y vacío.

Ginny veía como Harry se hacía más y más pequeño, mientras la noche y la distancia le comían. Ya no podría contarle qué irónico era que, años atrás, fuese ella quien corriese tras el tren, con la esperanza de volverle a ver a él o alguno de sus hermanos. Sentía que se ponía punto final a una parte de su vida, que aquel círculo se cerraba con la última sátira del destino.

El regreso con los demás le llevó su tiempo. Nadie cometió el error de llamarlo para que se diese prisa en volver. Ellos entendieron que necesitaba un momento a solas, para desahogar sus sentimientos. Al ir caminando hacia allí, comprobó que también habían respetado a Ron, que desde que se marchara el tren permanecía de rodillas, en el suelo del andén, abatido y en silencio, mirando hacia la oscuridad que le había llevado lo que él más quería, Hermione. Harry llegó a él, se tiró en el suelo y se abrazó a su amigo. Ninguno de los dos dijo nada pero la fuerza del abrazo, que ambos dieron, dio a entender todo. Apoyándose el uno en el otro, se levantaron y caminaron hacia el carruaje, en donde se sentaron juntos, en donde volvieron sin decir nada.

Ya en el vestíbulo del castillo, se separaron. Arabella y Remus se fueron al Gran Comedor para informar a Dumbledore y cenar algo, si su contraído estómago se lo permitía. Los dos muchachos, acompañados por Sirius y Emy, se dirigieron a la torre de Gryffindor. No iba a ser fácil pero había que comportarse lo más normal posible delante de sus tres compañeros de cuarto. Frente al cuadro de la Dama gorda, vestida de rosa, que en esos momentos cuchicheaba con otra mujer parecida a ella, se despidieron de Emy y de Sirius con un abrazo y un solo deseo por parte del matrimonio.

- Intentar dormir algo – Sirius sacó dos frascos con un líquido morado en su interior – Se supone que no debéis mostraros abatidos, se supone que ellas han ido a otro colegio este año

- De acuerdo – Dijo Harry como quien está repitiendo continuamente lo mismo

- El plan es delicado y ahora no es momento de contarlo entero. Malfoy sabe que ellas se han ido y piensa que es por haberse descubierto su agresión. Eso es lo único que debéis saber de momento, ya que el rumor se habrá extendido por todo el colegio a estas horas

- ¿Qué? – A Harry se le estaba poniendo la cara amarilla de puro odio - ¿Encima esto lo sabrán todos?

- Será un rumor

- ¡Pero es cierto! – Decía Harry con desesperación

- No debes confirmarlo – Contestó Sirius haciendo señas para que hablara más bajo

- No entiendo nada ¿Se supone que no hay castigo para un acto como ese? ¿Qué clase de seguridad habrá para las chicas, si otros como él no ven que, sucesos de ese calibre, no son penados?

- La versión oficial es que no ha podido probarse, porque Ginny no fue consciente de ello. No obstante, Dumbledore ha puesto medidas de protección en cada pasillo para que estéis totalmente controlados

- El hecho de que de momento os sea útil… – Ron habló por primera vez y lo hizo con un tono que ninguno de los tres le habían oído jamás –…no significa que vaya a escapar de mí, o de Harry, o de cualquier miembro de mi familia. Sólo os digo eso

Y efectivamente, no dijo nada más. Con una significativa mirada a Emy, le pidió que abriera el cuadro para irse a la sala común y de allí a su cama. Harry iba a esbozar una despedida pero tampoco tuvo muchas fuerzas, así que se despidió con un movimiento de cabeza, tanto de Sirius como de su tía, a la que vio ensombrecida e impotente.

En el reloj de pared se marcaban las once y media. La sala estaba vacía, el fuego estaba encendido. Todos los enseres permanecían en el mismo lugar de siempre, incluso su sillón favorito, ese en el que Ginny le despertó con un beso, preludio de tantos otros. Nunca sintió su cuerpo tan pesado como cuando subió las escaleras hacia su cuarto. No se sentía con fuerzas para nada. Sabía que Ron estaba fatal pero él no se quedaba atrás ¿Esperaría su amigo palabras de consuelo? No podía dárselas, porque no existían para él. Al abrir la puerta le vio tumbado en la cama, con las manos debajo de la nuca y la mirada clavada en el techo. Cerró con cuidado y se fue acercando. Echó un vistazo a sus cosas, su cama con dosel, su ventana, su mesita, su baúl y su escoba bajo la cama. Aquello era lo único que realmente era suyo, aunque todo lo demás lo considerase igual. Sus cosas estaban allí igual que siempre. Faltaban otras que consideraba igual de valiosas. Esas estaban en su particular caja fuerte, su habitación en la torre sur, en el apartamento de Emy y de Sirius. Allí guardaba, en las estanterías, los pocos objetos que su tía le fue dando de sus padres. También reposaba sobre ellas el álbum que Hagrid le regaló, lo recordaba como si hubiese sido ayer mismo. Se sorprendió al comprender que hacía ya tanto tiempo. La caja llena de fotos que Sirius le dio por su decimoquinto cumpleaños, el pensadero, el pequeño estadio de quidditch, los marcos con las fotos de sus padres, de sus amigos y de Ginny.

Miró a Ron pero éste siguió a lo suyo, como si Harry no estuviese allí. De seguro estaba pensando en que esto no estaba ocurriendo, en que despertaría al día siguiente y ellas estarían abajo, esperándoles, como siempre. También estaba convencido de que, ese pensamiento, le llevaría al día en que se conocieron. Sonrió al recordar que vio primero a Ginny antes que a Ron. Ginny. Ginny. Notaba con su corazón se contraía y su estómago daba vueltas. Daría todas sus cosas por tener a Ginny a su lado. Dejó la poción sobre la mesilla, abrió el baúl, sacó su pijama y se fue al baño. La ducha le llamaba poderosamente, quizás le quitase de encima esta pesadez. Dejó que la lluvia corriese por su cuerpo un buen rato. No era lo único que corría, las lágrimas se deslizaban por su cara, juntándose con el tibio agua. Aún cerrando los ojos con fuerza, salían desesperadas. Harry sólo quería flotar, como cuando se bañaba en la playa, quería abrir sus brazos y piernas y flotar bajo el sol, en las templadas aguas de su mar. Quería sentirse ligero. Quería que dejase de dolerle. Y por unos momentos, como alrededor de un minuto, sintió que sus pies no tocaban suelo, que sus brazos y piernas flotaban inertes, que no pesaba y que el sol del medio día le calentaba la cara. Pero su pecho no dejó de dolerle y el vacío en el estómago no desapareció. Cuando abrió los ojos, estaba tirado en el suelo de la ducha, con la espalda apoyada en el frío azulejo y las piernas flexionadas contra su torso. El agua seguía corriendo por su cuerpo desnudo, recordándole que así estaba, sin ropaje, sin disfraz, desnudo, vacío y solo.

Al regresar al cuarto, los chicos aún no habían llegado, aunque ya se oían voces por las escaleras. Dentro de poco llegarían y seguro que les preguntarían sobre los rumores que decían que Ginny y Hermione se habían ido a otro colegio por una agresión de Malfoy. Malfoy. No, mejor era no pensar en él. Ron seguía en la misma posición, con la misma expresión y sin cambiarse de ropa.

- A mí me ha venido bien una ducha ¿Por qué no pruebas?

- No me siento con ánimo

- Como tú veas

Harry abrió la cama y, por primera vez, se fijó en un bulto bajo la almohada. Se sentó, lo sacó y vio que se trataba del libro que Ginny había traído de España. "El Conde de Montecristo". No le había dado tiempo a leerle. Acomodó su cuerpo dentro de la cama y abrió el libro por la primera página. Había un trozo de pergamino doblado. Nada más cogerle, ya sabía que era de Ginny, olía a ella.

"Si me dieran a elegir, nos veríamos esta noche en el frondoso bosque en que me soñaste cuando me marché. Pasearíamos cogidos de la mano por el sendero de entre los árboles, caminando hacia el rumor del agua. Nadaríamos juntos en la gran poza del riachuelo, sintiendo en nuestra piel desnuda su refrescante humedad. Si me dieran a elegir, permanecería contigo a cada instante, día y noche, aun a riesgo de resultarte molesta. Si me dieran a elegir, jamás me separaría de ti.

Espero que me den la oportunidad de despedirme, porque necesito decirte que te amo, que ni siquiera comprendo como algo tan gran grande puede caber dentro de mí. Guardo la esperanza de que algún día podamos sentirnos libres del peso del resto de mundo. Quizás ese día nos limitemos a sentirnos como dos jóvenes que se quieren. No te asombres de mi seguridad ante tus sentimientos hacía mí, yo sé que me querrás siempre, dará igual si estamos juntos o no, si en un futuro en tu cama duerme una chica mil veces mejor que yo. Sé que me querrás siempre, porque siempre te querré yo a ti.

No interrumpas tu vida, Harry, no lo hagas por esta menudencia. No prives a Emy de tu sonrisa y tu cariño, ella lo necesita; ni dejes de guiar a Ron, se acostumbró a ello; no te separes de Sirius, demasiado tiempo estuvo sin tu compañía. Permanece al lado de Dumbledore y aprende de su sabiduría, él se alimenta de tu juventud y de tu fuerza. Estudia, entrena y vence. Mi amor, no te queda más remedio que salvarnos a todos de la cámara de los secretos. Si lo haces, tú y yo podremos de nuevo volar abrazados a donde Fawkes nos lleve.

Te quiero.

Siempre tuya,

Gin

P.D: Espero que muy pronto me cuentes las aventuras del Conde de Montecristo"

Harry dobló el pergamino, lo metió en el libro y lo encerró en el fondo del cajón de su mesilla. Se acomodó entre las blancas sábanas y secó sus lágrimas. Miró a Ron y vio que ya se había puesto el pijama y que se estaba metiendo en la cama.

- No seré capaz de contestar nada – Dijo Harry con voz cansada a Ron – Cerraré los doseles

- Yo haré lo mismo. Creo que es lo más normal que estoy dispuesto a hacer – Contestó el pelirrojo

Un nuevo año comenzaba, uno en el que ni el castillo, ni sus habitantes, serían los mismos.