Capítulo 2
Arthur apuntó hacia el arco, pateó la pelota y ésta siguió su camino hasta tropezar con las manos de James, evitando el gol e hiriendo su orgullo. Le era difícil anotar un gol cuando James defendía la portería con su cuerpo monstruoso; se esforzaba en encontrar los puntos débiles de su hermano sin el mayor éxito. James le devolvió la pelota con una patada violenta, que se elevó por el aire sin tener Arthur la capacidad de atraparla con la cabeza. Fue afortunado que errara el salto, porque así se evitaba una contusión, al menos.
La pelota cayó en el jardín de la señora Moreau, la fuerza con la que rebotó la pelota fue disminuyendo hasta llegar a los pies de quien había estado sentado en los escalones del porche, intentando producir sonidos armónicos con una flauta. Arthur se aproximó a la cerca en el momento en que el niño dejaba la flauta a un lado y levantaba el balón, palpándola con ambas manos. A Arthur le puso de mal humor verlo examinando la pelota con extrañeza y desconfianza, recorriéndola lentamente con los dedos, como si esperara que tuviera escondida un arma en su interior y no fuera más que un simple balón de fútbol. Se lamentó que James no hubiera pateado con más fuerza, un poco más y tal vez le hubiera golpeado en plena cara.
-¿Esperas recuperar el balón por telequinesis? –le dijo James, empujándolo como reproche.
-Tú la botaste, tú la buscas –le gruñó Arthur.
Que James le tomara por el brazo y se lo doblara sin cuidado, lo convenció enseguida en ser él quien recuperara el balón al otro lado. James lo soltó y Arthur tuvo cuidado de demostrarse impasible a pesar del dolor producido en su brazo. Saltó la cerca y fue en camino hacia la pequeña figura rubia. El niño le habló cuando estuvo a pocos pasos.
-Qui est là?
-Devuélvemela –le pidió Arthur, fríamente.
El niño lo reconoció, concluyó Arthur ante el cambio súbito en el rostro. De la expresión desconfiada había cambiado a una despreciativa, con las finas cejas rubias inclinadas hacia abajo. Tiró la pelota a un lado en un movimiento perezoso, ésta rodó lentamente hasta detenerse a centímetros del niño. Arthur emitió un bufido, que no se molestó en disimular. Su malhumor empeoró, aquel niño lo sacaba de sus casillas cada vez que se topaban por accidente, incluso aunque lo viera en la lejanía, había algo en él que obligaba a detestarle. Era el recuerdo de su primer encuentro, del robó de las flores y, más importante aún, la ofensa de ser ignorado.
Arthur tomó la pelota, el niño se llevó la flauta a los labios, poniéndole fin al episodio que lo unía a Arthur al entregarle el balón de la manera en que creía merecerlo. Pero Arthur no se quedaría tranquilo hasta asegurarse de no ser el único en recibir una ofensa. Sostuvo la pelota con un lado del cuerpo y el brazo, y con la otra mano preparó su puño. El niño comenzó a emitir sonidos desafinados, al tiempo que Arthur alzaba su puño, llevándolo hacia el niño y quedándose a poco espacio de distancia. Éste separó sus labios de la flauta.
-Pour quoi tu n'es pas parti? Je vais t'accuser–le dijo, antes de ser golpeado en la frente por el dedo índice de Arthur. El niño soltó una exclamación de protesta, llevándose ambas manos hacia la frente. Arthur soltó una risotada de chiquillo que triunfa en su travesura, e inició la retirada corriendo hacia la cerca, de regreso a su jardín. Detrás de él escuchó la voz de una mujer, quien abría la puerta.
-Francis, mon ange, avec qui étais-tu?
Arthur no llegó a oír la respuesta dada a la señora Moreau. Brincó la cerca, aterrizando al otro lado con la pelota aún en sus brazos. James lo recibió sujetándole el cuello con una maniobra de lucha libre que habían visto en la televisión en un programa nocturno, Arthur chilló de dolor al principio, al ser agarrado por sorpresa.
-¡Suéltame, qué haces! –le gritó, intentando liberarse.
La pelota quedó olvidada en el suelo, mientras James seguía ejerciendo presión.
-Dándote tu merecido. Esas cosas no se hacen –le amonestó su hermano.
-¿Y por eso quieres ahorcarme? –consideró Arthur.
Decidió ser irónico en un mal momento. James lo tiró al piso, colocándole una rodilla en la espalda, todavía presionándolo. Arthur intentó no emitir ningún sonido que traicionara sus emociones, debía tragarse las ganas de gritar. O enfocar esa energía en tratar de liberarse, sólo que no estaba dando resultados. Por más que Arthur tratara, James era pesado y lo superaba en fuerza.
-Vi lo que acabas de hacer –le dijo James-. Y ha estado mal. Ni siquiera yo.
-Pero si tú me obligaste a buscar el balón… -le repuso Arthur.
-No es eso, idiota.
James lo soltó, yéndose hacia la casa, decidiendo poner fin a su práctica de fútbol y, seguramente, darse un buen baño antes de emprender sus salidas solitarias. Arthur se apresuró a seguirlo a pesar de que sus músculos le pedían detenerse, tirarse en el suelo y llorar para desahogarse. No entendía por qué James lo había golpeado sin razón, aunque tampoco era extraño que lo hiciera, en especial cuando se encontraba de muy mal humor. Y de buenos también, pero allí se enfrascaban en peleas cariñosas, maltratándose con consideración. Ese último año su relación había mejorado un poco. Ya podían hablarse como dos personas más o menos civilizadas, disminuyendo las groserías y los descalificativos. Al cumplir los once años, incluso James le regaló su primera navaja, que guardaba en el bolsillo como si de un tesoro se tratara. Le enseñó a usarla, desde el emplearlo como arma como el abrir cerraduras, y Arthur se deleitaba cuando iba al bosque y le mostraba a sus amigos lo que había aprendido. En la escuela era muy útil cuando quería examinar los casilleros de sus compañeros en busca de objetos interesantes tanto para él, como para el niño que solía acompañarlo en sus incursiones, un chico albino, bajo para su edad, incluso más bajo que Arthur y él no era lo que llamarían alguien alto.
Se habían hecho amigos un día en que ambos quedaron castigados en el receso. Debían escribir varias líneas sobre cómo era que los niños buenos debían comportarse, Gilbert le pasó una hoja con sus caligrafía, la oración en cuestión no tenía nada que ver con los niños buenos y sí sobre la vida sexual de la madre de Arthur, quien se sulfuró y le brincó a Gilbert, dispuesto a matarlo. Gilbert conocía lo suficiente del arte de la pelea callejera como para defenderse con honor y responder a la furiosa ofensiva de su atacante. Al profesor que los vigilaba le costó separarlos sin recibir parte de sus golpes en el proceso. Los tres quedaron magullados, pero sólo dos verdaderamente satisfechos con el resultado obtenido. Les dieron una citación con sus representantes y fueron expulsados por tres días. Su padre le impidió salir de su habitación y James se las arregló para pasarle de contrabando chucherías como recompensa por su esmerada acción. Al volver a la escuela, los profesores quedaron conformes al ver cómo Gilbert y él se reunían juntos a la hora del receso, como si nunca se hubieran peleado en la vida.
A Arthur le había impresionado la fortaleza de Gilbert, y quería conocer más de aquel gamberro con espantosa caligrafía. A Gilbert le había sucedido lo mismo. Desde entonces fueron amigos y se enseñaron mutuamente trampas, técnicas de pelea, y más trampas. Gilbert fue quien le sugirió poner en práctica su regalo de cumpleaños, mientras él cuidaba de que nadie los atrapara. Arthur consiguió combinar sus prácticas de fútbol con sus idas al bosque y sus salidas con Gilbert a recorrer la ciudad. Le enseñó a colarse en los cines sin pagar, a robar mercancía burlando al vendedor, a detectar cámaras de seguridad y encontrar sus puntos ciegos. Obviamente sólo eran unos pequeños rufianes, nunca robaban nada de verdadero valor, se limitaban a la comida, específicamente a la comida chatarra. En los cines, Gilbert procuraba entrar a las cintas para adultos, con exceso de violencia y de sexo. Arthur se quedaba embobado ante la sangre y las explosiones de los efectos especiales. Pero las mejores, las más desconcertantes, eran las películas pornográficas. Arthur no sabía si estaba bien que las vieran, pero ¿acaso no era tan prohibido como otras películas para adultos? Estas generaban en él un efecto diferente, un extraño despertar de sensaciones hasta ahora desconocidas. De repente se ponía en lugar del hombre y se imaginaba ser quien fuera objeto de las atenciones de esas mujeres de grandes pechos. Gilbert fue quien le enseñó sus primeras revistas para mayores de edad, todas llenas de mujeres despampanantes. Había veces que Arthur no podía esperar el hacerse adulto.
Mientras tanto, Arthur iba a cumplir los doce años. Su madre se empeñó en hacerle una fiesta por primera vez en mucho tiempo, haciendo caso omiso de las negativas de su hijo, quien quería celebrarlo como siempre, sin demasiadas expectativas. Su padre fue obligado a mandar las invitaciones a los compañeros de clases y a los miembros del equipo de fútbol. Arthur se encargó de amenazar a los primeros, asegurándoles malas consecuencias si se les ocurría aparecerse el día en cuestión. Gilbert no lo ayudó, porque no entendía la actitud de Arthur, confesándole que a él no le importaría que alguien le hiciera una fiesta para él solo, aunque nadie en su sano juicio fuera. Arthur le replicó que no podría entenderlo. A los miembros del equipo de fútbol no consiguió amedrentarlos, por eso fueron los únicos asistentes al cumpleaños, junto a Gilbert, su hermanito menor, la hermana de Henri quien no dejaba de darle besos y desearle mucha felicidad para este día, y sus propios hermanos. Arthur terminó divirtiéndose, aunque lo negaría por el resto de su vida.
Al día siguiente su padre se encontraba limpiando el jardín, que había sido usado como zona de juegos por los niños. Arthur lo ayudaba, buscando entre los arbustos restos de globos reventados, serpentinas y juguetes, aunque lo que de verdad quería era ir al bosque y encontrarse con sus amigos más queridos. Ellos lo deberían estar esperando con una fiesta para él, así le habían dicho sus hadas antes de echarse a dormir la noche anterior. Escuchó la voz de su padre hablando con una femenina. Giró el rostro en su dirección, encontrándose con la señora Moreau, quien estaba al otro lado, en su propio jardín. Arthur se acercó movido por la curiosidad.
-Es muy amable, señor John –le decía ella, con una sonrisa que a Arthur le pareció bonita-. Francis y yo le estaremos muy agradecidos. D'accord, mon fils?
-Absoluement –dijo su hijo, Arthur le dirigió una inútil mirada de desprecio-, je suis enchanté de vous connaitre.
-Qué encantador –dijo su padre-. Espero que disfrute su estancia en Inglaterra.
-Oh, lo hará. Ya ha estado aquí otras veces, esta vez será algo más permanente –explicó la señora Moreau-. A él le gusta mucho estar aquí, ha estado hablando sin parar de todo lo que podrá visitar y lo mucho que podrá jugar.
-Puede venir a mi casa. A mis hijos les agradará mucho un joven como Francis –dijo su padre, y miró aprensivamente a Arthur, como indicándole que afirmara sus palabras.
Arthur se volvió al chico de mirada perdida, encogiéndose de hombros. La señora Moreau seguía sin desdibujar su sonrisa.
-¿Es su hijo menor?
-El pequeño Arthur, acaba de cumplir los doce años. Saluda, Artie.
-Saludos –respondió Arthur de inmediato.
La señora Moreau se rió como si lo hubiera encontrado gracioso, su hijo frunció el ceño.
-Es un año menor que Francis –dijo-. ¿En qué curso va?
Su padre siguió hablando, aburriendo a Arthur. Francis también daba la impresión de estar aburrido, pero conseguía mantener la compostura, respondiendo en los momentos adecuados, aún en francés. La señora Moreau explicó que aún estaba aprendiendo a hablar inglés, que solía oírlo mejor que escribirlo y hablarlo. Arthur no se despidió cuando se alejó, entrando en la casa, sumamente fastidiado de la conversación entre su padre y la señora. ¿Y qué si aquel niño se mudaba? Él no quería recibirlo ni mucho menos que los obligaran a tratarse o, peor aún, a convertirse en amigos.
Para alivio de Arthur, el panorama no cambió con la mudanza del hijo de la señora Moreau. A Arthur le parecía como un fin de semana prolongado, porque anteriormente sólo venía en esas fechas y sólo salía de casa para irse nuevamente. Ahora, Arthur pocas veces se lo encontraba afuera, en el mundo aparte de su jardín. Ni siquiera por las mañanas cuando Arthur y James partían hacia sus colegios, cuando se topaban con la señora Moreau que salía al trabajo, al igual que su padre. Arthur supuso que estudiaría en un colegio con un horario diferente al de él.
Arthur cayó en cama por tres días gracias a un resfriado. Aunque "caer en cama" no sería lo correcto para su estado, sino el deambular mocoso por toda la casa y su exterior, lamentándose el estar confinado hasta que los antigripales hicieran efecto en su organismo, lejos de su bosque y sus amigos mágicos y también lejos de Gilbert y sus revistas pornográficas. Cuando se recuperó, reparó en el hecho de que no había notado salir al hijo de la señora Moreau en ningún momento, a lo máximo que se alejaba el niño era a su propio jardín. Ya ni siquiera se acercaba a la cerca para robar flores. Era muy extraño, concluyó Arthur, sin duda un misterio que le generaba curiosidad. Confió su extrañeza a sus amigos del bosque, un grupo de duendes y hadas que lo escucharon atentos, y una de ellas, la más aventurera, propuso internarse en la casa y espiar al muchacho. Todos votaron a favor del espionaje, aunque Arthur no estaba seguro de que fuera la correcta forma de proceder pero ¿acaso eso le había importado en ocasiones anteriores?
Mientras el hada aventurera cumplía su misión, Arthur fue a su entrenamiento de fútbol. Tuvo que esforzarse el doble por haber perdido el ritmo en esos días indispuesto, sus compañeros no tenían consideración alguna e incluso le exigían más. Era un equipo de fútbol para niños bastante inusual, apenas y se oía la voz estridente de una persona, el resto permanecía callado, siempre serios. Dos solían comunicarse con monosílabos, otro nunca cambiaba de expresión cuando hablaba, dos tenían una voz pausada, sólo uno gritaba y reía por todos, el mismo que Arthur no conseguía despegarse (ni ninguno de los demás). Al terminar el entrenamiento, la hermana menor de uno de ellos se le acercó con un pañuelo de color rosa.
-¡Artie! –pareció maullar-. ¡Estás todo sudado!
-Hola… -la saludó él, cohibido.
Le limpió la mejilla con el pañuelo, antes de darle un beso en ella. Arthur iba a protestar, pero tenía un nudo en la garganta. Detrás de él el gritón habitual les soltó un silbido, que provocó un sonrojo en Arthur. La niña, en cambio, no lo escuchó, estando ocupada vendándole con el pañuelo la mano derecha, explicándole que sería mejor que lo guardara para ocasiones como ésta, en donde necesitaba una toalla. De nada sirvió que Arthur le explicara que ya tenía una. Cuando la niña se despidió con otro beso, Arthur sintió una mirada furiosa en la nuca. El hermano le pasó por un lado, sin despedirse.
Arthur se cambió en los vestuarios y salió disparado en dirección al bosque. Se internó hasta hallarse en su rincón especial, esperó unos segundos antes de empezar a mostrarse actividad alrededor de él. Un grupo de hadas fue a su encuentro, Arthur las saludó a cada una y ellas le dieron la noticia de que la misión ya había sido cumplida, que el hada aventurera vendría pronto para darle la información que había recabado. A Arthur la noticia le pareció perfecta. Entendiendo que tendría que esperar un período largo para ello, jugó con sus amigas hasta comenzar a atardecer. Estaba tan cansado que acabó durmiéndose, se despertó rato después, sin tener idea de cuánto había transcurrido. Se sorprendió al comprobar que había anochecido, alzó su rostro hacia el cielo y se alegró al observar las estrellas brillando intensamente tras el cielo despejado. Además, había luna llena. Las noches con luna llena eran hermosas, provocaba permanecer la noche entera admirándolas, sin moverse de aquel sitio. Las hadas volvieron con él, le hicieron cosquillas en la punta de la nariz antes de situarse a ambos lados, de posarse en sus hombros y en su cabeza.
Era tarde y su padre estaría preocupado, pero si regresaba ahora sería igual como esperarse varias horas más, le esperaba un castigo seguro. Arthur decidió argumentar que había estado en casa de Gilbert. Se sintió somnoliento nuevamente, y se hubiera quedado dormido, de no ser por un pequeño duende que acabó irrumpiendo, con un chillido de alarma. Arthur aún le costaba dominar el idioma de los duendes, pero las hadas se lo tradujeron. Le decían que sería mejor que se apurara, porque la misión necesitaba su ayuda. Arthur no entendió a qué se refería hasta seguirlo y comprobar quién era la misión. Así llamaban al hijo de la señora Moreau, a Francis. Estaba recostado en un árbol, con la cabeza oculta entre sus rodillas. Arthur distinguió el sonido de un sollozo. Estaba llorando. El duende lo señaló desesperadamente, confundiendo la inamovilidad de Arthur con el hecho de que era oscuro y no lo había podido ver. Arthur asintió y se acercó lentamente.
No supo qué decir.
-Eh… ¿qué te pasa? –preguntó.
Arthur se había acostumbrado al verlo sobresaltarse. Esperó a que el chico se limpiara el rostro mojado.
-C'est toi –afirmó Francis-. Le fils de monsieur Kirkland.
Arthur reconoció su apellido entre toda esa palabrería. Aparte de las palabras, Arthur distinguió el rostro abrasado por un sonrojo avergonzado. Tal vez no quería que lo encontrara llorando, pensó Arthur pero ¿acaso no lo había visto antes, siendo él la causa de su llanto? Había decidido que Francis lloraba con facilidad. E incluso ahora hacía enormes esfuerzos por detener las lágrimas.
-Los que lloran son maricas –le amonestó, sin saber si sería adecuado burlarse.
-Je ne… no, no conozco qué es marica –dijo Francis, encogiéndose de hombros. Volvió a limpiarse los ojos acuosos.
-¿Por qué lloras? –le preguntó Arthur.
Francis tardó en entender la pregunta, y como toda respuesta le mostró sus manos arañadas, además de sus rodillas, igual de maltratadas. Arthur alzó una ceja, considerando a primera vista que la supuesta herida no era nada del otro mundo, él había sufrido peores.
-Eres un llorón, James tenía razón, pareces una niña –dijo Arthur. Francis frunció el ceño.
-Je suis un niño, rosbif.
-Pues actúa como tal, y me llamo Arthur.
-Je ne peux pas dire que c'a été un plaisir de te connaître.
-No, tú te llamas Francis. Lo oí el otro día –le corrigió Arthur. ¿Acaso quería burlarse de él? Por el rostro de desconcierto de Francis, Arthur comprendió que había entendido mal. Pero si acaso él no hablara en ese lenguaje extraño y enredado, las cosas serían más fáciles.
Un hada le susurró en un susurro que se alejaran de allí, para llevar al niño a un sitio más cómodo. A Arthur le pareció lo más sensato. En su sitio tuvieran más luz.
-Ven –le dijo Arthur-. Vamos a movernos de aquí.
-¿Dónde? –preguntó Francis, desconfiado.
-Un lugar seguro. Para ti.
Francis se levantó y Arthur comenzó el camino de regreso hacia el punto más alto del bosque. Francis le sujetó de la camisa, y a menudo le pedía que fuera más lento (o eso supuso Arthur que decía), tropezando a menudo, se hubiera caído de no haber tenido a Arthur por delante. Soltó un suspiro de alivio cuando por fin llegaron, Arthur le indicó a Francis que se podía sentar sin mayor problema. Éste no encontró reparos ante esto. Se sentó con cuidado, protegiéndose las partes de su piel herida.
-¿Qué te pasó? ¿Te caíste? No es que me importe –agregó Arthur apresuradamente.
-Sí, yo... j'ai trebuchécon alguna cosa y yo me he caído por tierra. Me ha dado mucho mal.
-Nenita –soltó Arthur.
-¿Perdón? –preguntó Francis, sin haberlo comprendido.
-Pero no sé qué haces aquí, es tarde, y pensé que no salías de tu casa y menos a un lugar como éste –sopesó Arthur-. No es que me importe.
Francis estuvo escogiendo las palabras adecuadas en su pobre conocimiento del idioma extranjero, pero no dijo nada, tal vez por considerar que la explicación iba a suponer un problema para lograr entenderse bien. Fue el duende que le había avisado de la presencia de Francis quien se encargó de relatarle cómo se lo había encontrado, lo que le valió una traducción por parte de las hadas. Fueron minutos de silencio.
-Entonces, lo que quieres decir –dijo Arthur sin que Francis hubiera pronunciado la primera palabra-, es que te peleaste con una señora en el parque y te escapaste, pero te perdiste y botaste tu bastón y has terminado acá.
-Oui!-exclamó Francis, sorprendido por su acierto-. ¿Cómo tú lo has conocido…?
-Me lo dijeron las hadas.
-¿Perdón? ¿Hada como… fées? -Arthur asintió, esperando que esa palabra fuera lo mismo a lo que se estaba refiriendo. Que el chico hablara tan pobremente el inglés era un problema-. Je ne comprends pas.
-¿Eh?
-No… no conozco lo que tú dices.
Arthur decidió darse por vencido, le daba suma pereza explicarse a aquel niño. Además, ¿por qué le estaba hablando en primer lugar? Debería ser malo como James, amenazarlo con dejarlo abandonado en el bosque y asustarlo con las criaturas perversas que los duendes le habían relatado, antes de agregar que por suerte, al menos allí, estaban extintas. O pegarle, tampoco sería muy difícil, había concluido que el chico no sabría pelear ni tampoco defenderse como Gilbert o sus hermanos. Era una presa fácil.
Tal vez por ello le aburrió la perspectiva de sacar provecho de su ventaja. Arthur se acordó de pronto de las supuestas heridas por las que el niño había llorado anteriormente. Francis aún se abrazaba las rodillas y cuidaba de no cerrar ambas manos.
-Igual a ver por qué tanto alboroto –dijo, y con aire de experto examinó tanto las rodillas como sus manos. Francis ahogó sus protestas cuando entendió qué hacía Arthur. A éste apenas le bastó con una ojeada para concluir que no había sido para tanto, que el niño seguía siendo un llorón y que le tentaba pegarle para que sintiera una verdadera paliza por primera vez en su vida-. Lo que decía yo, eres una nenita. –Arthur sacó el pañuelo de Blanche, que ya estaba considerablemente sucio comparándolo a como lo había recibido, pero era lo único disponible. Tomó la mano con los peores rasguños-. Te la estoy vendando para que te duela menos. No es que me importe, sólo que no soporto tus lloriqueos. Eres insoportable. La próxima vez que te vea te voy a pegar y vas a desear nunca haber nacido, porque barreré el suelo contigo.
-Je ne comprends pas. Tú puedes hablar más lento.
Arthur llevó una de sus palmas hacia la cara, exasperado. Cómo hacer una amenaza de muerte efectiva si el implicado no se enteraba de la mitad, además, ¿qué clase de matón obedecía a las peticiones de su víctima?
Arthur le indicó que regresarían a casa más tarde, porque él aún estaba ocupado y no había contado con su fastidiosa intromisión. Si fuera por él, lo dejara abandonado, pero no quería ser castigado por su culpa. Más de lo que ya lo sería.
Arthur estuvo seguro que Francis no entendió en absoluto nada de lo que había dicho. El niño no protestó, sino que se quedó en silencio, retrayéndose unos pasos para separarse de Arthur, quedándose quieto después. Al parecer sí había captado la idea general. Arthur le dejó de prestar atención. Sus hadas volvieron a rodearle, dispuestas a seguir admirando las estrellas, aunque algunas se quedaron merodeando a Francis. Arthur quedó absortó por un buen rato, hasta sentirse incómodo por el silencio del otro. ¿Acaso la consciencia lo estaba molestando? ¿Acaso no era pronto para manifestarse? Además, no le había hecho nada. Dejaría los golpes para cuando estuvieran en casa.
Un hada le sugirió que tal vez debiera unirlo a ellos, que estarían felices incluso si Francis no reparaba en ellas. Arthur se encogió de hombros, sin agradarle la propuesta. Era su noche, eran sus amigas, eran sus estrellas y era su lugar único. Aquel niño ya lo había arruinado lo suficiente como para pedirle ser más inoportuno. Pero sus amigas insistieron, pensando en lo correcto, y Arthur se preguntó desde cuándo eran tan buenas con los mortales ignorantes.
-Oye, tú… Francis –El niño se mostró atento. Arthur maldijo que sus mejillas se estuvieran sonrojando. Preguntó lo primero que se le vino a la mente-. ¿No te parecen hermosas?
-¿Hm? ¿Qué? –preguntó Francis. Arthur estaba seguro que le había entendido.
-Las estrellas en el cielo –señaló.
Francis hizo un mohín con los labios, y esa expresión de desdén que ya antes había visto en sus pocos encuentros. Esa que le daban ganas de golpearlo.
-No, no. Si son espantosas.
-Lo sabía, eres un idiota.
Francis no le replicó, seguramente pasándole por alto el insulto, pero no el tono de voz de Arthur.
Arthur se encontraba molesto, reprochándose el haberlo ayudado cuando no se lo merecía. Porque ¿cómo podía aseverarlo si ninguna prueba a favor? Arthur meditó unos instantes, aunque su intención había sido echar pestes de aquel niño. Se levantó y se acercó a Francis, agachándose para quedar a su altura. Francis arrugó el seño, desconfiado por la poca distancia.
-¿Qué? –preguntó.
-La verdad es que no puedes verlas. Por eso no puedes saber si son espantosas.
-Yo no necesito haberlas visto para saber que ellas son espantosas –masculló Francis.
Pero aquello no era lo que le interesaba a Arthur.
-¿Por qué no puedes ver?
-No lo sé.
Esa respuesta no lo satisfacía. Francis cerró los ojos, y Arthur se dio cuenta de que se estaba arrimando hacia atrás ligeramente, queriendo separarse de él. Arthur hizo caso omiso, mientras que a su vez acortaba la distancia que Francis quería establecer entre ellos. Alargó su mano hacia la cara pálida, y con sus dedos tocó los párpados, sin saber qué esperaba realmente examinándolo de cerca. Francis se tensó tras breves segundos, antes de empujarlo en un violento arrebato.
-Ne me touches pas, anglais imbécile! –exclamó Francis.
Arthur se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio. Indignado por el trato que a su modo de ver no tenía motivo y seguro de que había sido insultado, se abalanzó hacia él, tumbándolo en el suelo. James una vez le había prohibido golpear a personas de ese estilo, pero esta era una ocasión fuera de lo común. Arthur consideró que se aceptaban excepciones, y más para recuperar su orgullo herido. Francis llevó sus brazos al rostro, para protegerse. Arthur volvió a pensar que era una presa fácil, y no supo por qué se debatió tanto entre golpearlo o no. Sostuvo su puño en alto, discutiendo internamente qué sería lo mejor para él, por qué se estaba tardando en propinarle su merecido.
Algunas hadas le pidieron que se detuviera, que se separara y no lo volviera a hacer, otras sólo los rodeaban, interesadas en lo que Arthur decidiría al final. Arthur estaba al tanto de que no todas escogerían el camino de la paz y que una golpiza les alegraría la noche, por ello no estaría solo en el caso de hacerlo de una vez. Pero no pudo, a pesar de que era lo correcto, lo que James y Gilbert harían de encontrarse en su lugar.
Arthur se desprendió de Francis, se levantó y le dio la espalda, considerando que entre menos lo viera, menos se arrepentiría de sus actos.
-Ya, no te haré nada. No vales la pena –le dijo. Francis quitó las manos de su rostro, y se reincorporó con lentitud, sin estar seguro de que el peligro ya hubiera pasado-. Tendrías que agradecerme mi enorme amabilidad, en serio no lo mereces.
-Tu ne sais pas à quel point je te détesté –susurró Francis, con los dientes apretados y los ojos acuosos, tal vez por la misma rabia o porque otra vez quisiera echarse a llorar-. Je veux partir chez-moi immédiatement.
Arthur no le prestó atención, si por él fuera podría seguir bramando todo lo que quisiera, él haría oídos sordos. Puso fin a su estadía en el bosque, acercándose nuevamente a Francis y exigiéndole que se levantara.
-Qu'est-ce vas faire tu?–dijo Francis.
-Sólo levántate. Nos vamos de aquí.
Francis entendió lo último, porque hizo lo que le pedía. Arthur le tomó de la mano vendada.
-No me queda de otra. Seré tu guía. –Arthur tiró de Francis antes que el chico terminara de comprender lo que le habían dicho.
Francis dudó un instante en aceptar tan fácilmente ser conducido por quien lo había tratado tan mal, pero no tenía otra mejor opción. Asintió, dejándole el camino a Arthur. A éste le molestó que no hubiera puesto réplicas, tal vez porque había esperado más resistencia de su parte y una nueva pelea. Tenía unas ganas terribles de pelear. Arthur emprendió el camino de regreso, con Francis de vez en cuando preguntándole lo que Arthur supuso era algo como "¿Y cuándo vamos a llegar?", lo que le valió unas nuevas amenazas con dejarlo abandonado en el bosque si no se quedaba callado. Francis entendió la amenaza por su tono de voz más que en sus palabras y no volvió a decirle nada.
Las hadas los acompañaron en todo el recorrido, hasta llegar a la salida del bosque, que era una extensión verduzca que habían convertido en un modesto parque. Ahora se encontraba casi vacío, y las pocas personas que lo merodeaban eran gentes con la que Arthur no quería tener ningún tipo de trato. Apresuró la marcha lo mejor dado a las circunstancias, con Francis siendo una cargar que lo obligaba a desplazarse despacio. Fue un alivio cuando se hallaron frente a las dos casas.
-Ya llegamos –anunció Arthur.
Se encontraron con sus padres afuera. La señora Moreau parecía sufrir un ataque de angustia mientras era consolada por su padre, quien estaba más tranquilo y habituado a que sus hijos desaparecieran hasta altas horas de la noche. James estaba allí también, fue el primero en divisarlos. Les anunció a los otros dos de su llegada. La señora Moreau detuvo los sollozos para mirar en la dirección señalada por James, al ver a Francis echó a correr y lo envolvió en un abrazo.
-Ta mère était très inquiète pour toi! Pour Dieu, mon petit ange, où étais-tu?
Arthur se dio cuenta que Francis intentaba no llorar.
Arthur los dejó para acercarse a su padre. La expresión de su rostro discernía de una muchísimo más aliviada.
-¿Dónde te has metido, Arthur? –preguntó.
-Estaba jugando y me lo encontré en la calle –le explicó Arthur-. Me ha pedido que le enseñara la ciudad y eso he hecho. Se nos fue el tiempo.
La señora Moreau escuchó la explicación que daba Arthur, se acercó a ellos arrastrando a Francis con ella.
-¿Lo único que hicieron fue dar vueltas? –preguntó su padre.
-¿Cuidaste de Francis todo este tiempo? –preguntó la señora Moreau a su vez.
Arthur creyó conveniente asentir varias veces con la cabeza. No estaba alejado de la verdad. Francis arrugó el ceño, y tal vez lo hubiera desmentido si su madre no le hubiera prestado tanta atención a Arthur, quien siguió relatando su mentira. Ambos adultos le creyeron. La señora Moreau pareció elevarlo a la categoría de héroe patriótico. Cuando se despidió, le dio un abrazo que casi lo hizo asfixiarse y obligó a Francis a agradecerle por toda la atención y disculparse por los problemas ocasionados. Arthur se encogió de hombros, porque el niño lo había dicho en ese idioma de palabras raras. La señora Moreau fue quien les tradujo a los tres hombres.
Arthur esperaba haberse salvado del castigo gracias a su buena acción, pero por el gesto de su padre al alejarse la señora Moreau y su hijo, comprendió que no sería así.
Notas finales:
Gracias por sus comentarios~ ^^
Traducción del francés:
Qui est là? - ¿Quién está allí?
Pour quoi tu n'es pas parti? Je vais t'accuser - ¿Por qué no te has ido? Te voy a acusar.
Francis, mon ange, avec qui étais-tu? – Francis, ¿con quién estás?
D'accord, mon fils? - ¿Verdad, hijo mío?
Absoluement. je suis enchanté de vous connaitre. – Absolutamente. Estoy encantado de conocerlo.
C'est toi. Le fils de monsieur Kirkland. – Eres tú, el hijo del señor Kirkland.
Je suis… - Yo soy…
Je ne peux pas dire que c'a été un plaisir de te connaître – No puedo decir que ha sido un placer conocerte.
j'ai trebuché – Yo tropezé
Je ne comprends pas – No entiendo.
Ne me touches pas, anglais imbécile! - ¡No me toques, inglés estúpido!
Tu ne sais pas à quel point je te détesté. – No sabes hasta qué punto te detesto.
Je veux partir chez-moi immédiatement. – Quiero irme a mi casa de una vez.
Qu'est-ce vas faire tu? - ¿Qué vas a hacer?
Ta mère était très inquiète pour toi! Pour Dieu, mon petit ange, où étais-tu? - ¡Tu madre estaba tan preocupada por ti ! Por dios, ¿dónde estabas?
