Capítulo X
El favor
Las semanas pasaban y Lizzie cada vez se sentía más a gusto en Asgard. Su relación con su cuñado Thor había evolucionado de manera maravillosa, tanto que llegaron a ser muy buenos amigos. Él sentía que solo ella era la única persona en todo el reino con su mismo sentido del humor, y le agradaba tener una compañera que se burlara tanto de Loki como él lo hacía siempre. La chica también había encontrado una amiga en Frigga, y ella pensaba que, además de ser su suegra, la consideraba como una especie de madre protectora. Todos estaban encantados con la presencia de la humana, excepto Odín, que después de varias reuniones con Heimdall, aún seguía sin poder confiar en ella. Siempre mantenía esa misteriosa distancia, y la ignoraba cada vez que podía. Todavía seguía con muchas dudas con respecto al tema, definitivamente era algo que le provocaba insomnio todas las noches, y ya no sabía que hacer para intentar descifrarlo. Solo había una manera de salir de las dudas: hablar con el mismísimo rey.
Un día, después de la cena, la chica siguió al Padre de todos los reinos hacia sus aposentos. Logró llegar a él cuando nadie estuviese cerca, para tener un poco más de privacidad. Luego de esperar a que se quedara solo en su gran despacho, decidió entrar.
– Su majestad, disculpe que lo moleste a estar horas de la noche, pero ¿podría concederme un minuto de su tiempo? – preguntó con timidez, y con la esperanza de que el dios no sospechara nada y la dejara hablar.
– Sí, ¿por qué no? – concedió desganado, apoyado en su trono, mucho más pequeño del que estaba en el salón real. Era como una linda oficina, llena de libros y artefactos interesantes, de aspecto místico – Toma asiento – señaló un sillón individual, que estaba frente al gran escritorio, y la chica obedeció – ¿Qué necesitas?
– Debo confesarle algo, señor… Supongo que usted ya debe saberlo… – la miró dubitativo, esto solo la animó a seguir – El día del baile real, yo… lo seguí hasta la morada de Heimdall y no pude evitar la conversación que tuvieron sobre… bueno, sobre mí – admitió en tono de disculpa. Odín se tardó unos instantes antes de responder con un asentimiento – Me gustaría saber si usted sabe algo al respecto, lo que sea. No logro entenderlo del todo, señor…
– Pues, yo tampoco – respondió en tono cortante.
– No se ofenda, su majestad, pero me está ocultando algo. Sé que usted y Heimdall saben algo, muy importante, y se niegan a decírmelo. ¿Por qué?, ¿no tengo derecho a saber algo que se trata de mí?, ¿acaso eso le parece justo? – trató de controlar toda la ira que se desataba en sus adentros, intentando sonar lo más educada posible.
– Lo poco que sabemos no podemos revelártelo. Lo lamento, pero así deben ser las cosas – profirió, ya molesto, levantándose de su estrado, agotado.
– Bien, está bien. Pero, al menos dígame, ¿qué es lo que "debe cumplirse"? – interrogó, ya desesperada.
– Insisto, no puedo revelarte nada, aunque lo desee – "Y es obvio que no lo desea", pensó la chica – Todo esto involucra magia antiquísima, de la cual estoy muy seguro que jamás llegarás a entender. Es mejor que no sepas nada, y que todo suceda a su curso. Discúlpame, pero debo ir a descansar. Buenas noches – se despidió cruzando el umbral de la puerta, dejando a la muchacha incluso más confundida de lo que ya estaba, algo bastante difícil de creer.
Derrotada, se dirigió con paso lento hacia su alcoba, donde la esperaba su preciado semidios. Estaba de espaldas hacia la puerta, en el pequeño balcón del ala oeste, impasible. Esto le recordó a la chica sus días de vigilancia con él, en los que hacía exactamente lo mismo en su celda de máxima seguridad.
En aquellos momentos ella jamás, jamás se hubiera imaginado ni un fragmento de todo lo que estaba pasando en el presente. De hecho, ahora que lo pensaba, se dio cuenta de que parecía que esos encuentros hubiesen sucedido hacía años atrás, cuando en realidad solo habían pasado algunas semanas. Era increíble como una vida podía cambiar en cuestión de días. Ella venía de ser una agente menospreciada y subestimada por todos, a ser un miembro oficial de la realeza en Asgard. En otras palabras, ser una potencial "princesa". ¡Vaya!, definitivamente aquel término la dejó fría y mucho más vulnerable de lo que hubiese querido, así que simplemente se propuso a no pensar más en ello. Matrimonio… Oh, no, ella jamás podría casarse, y mucho menos con un príncipe. Estaba consiente de que su relación con Loki definitivamente iba en serio, pero no para eso, no se dirigía a algo tan distante y, sin dudas, apresurado como el matrimonio. Algo era seguro: Elizabeth Blackthorne NO tenía material de princesa, de ningún modo. NO podía ser tan grácil al dirigirse hacia los súbditos, NO podía controlar su mal genio y aprender a ser tan paciente y gentil, NO podía instruirse acerca de todas las infinitas y tediosas normas de modales y etiqueta, NO podía utilizar tacones altos y erguirse derecha todo el día, y sobre todas las cosas, NO tenía el liderazgo y valentía suficiente como para gobernar a un reino entero. Aunque era prácticamente imposible que el trono pasara a Loki, (no mientras su hermano aún estuviese vivo), siempre existía esa minúscula posibilidad de que tal vez sucediera, y cuando ese improbable momento llegara, ella no estaría nada preparada, en lo absoluto. Con una estrepitosa sacudida, logró zafarse de aquellos precipitados pensamientos. ¿Cómo podía pensar en aquellas cosas, si ellos ni siquiera tenían tiempo para verse? La vigilancia que tenía el semidios era tanta que sus encuentros "románticos" siempre involucraban a más de seis guardias, que para el colmo de la situación, incluso charlaban con ellos, como si fuese una salida de un grupo de amigos. No tenían oportunidad de estar solos, nunca, por esa razón le sorprendió ver a Loki, al fin sin compañía.
– ¡Lizzie! – se giró, emocionado y sonriente al verla entrar. La tomó por la cintura y le dio vueltas en el aire, besándola.
– ¿Lizzie?, ¿desde cuándo me llamas Lizzie? – preguntó extrañada, acariciando sus largos rizos azabaches, pues él consideraba que no debía acortar de ninguna manera un nombre tan hermoso como el que ella llevaba.
– Es que estoy muy feliz de verte – reposó su frente en la de ella, disfrutando cada segundo lo mejor que podía.
– ¿Qué haces aquí?, ¿y los guardias?, ¿por qué no los invitas, compramos una pizza y vemos una película? – bromeó, sarcásticamente.
– Para ellos, yo no me he ido… – admitió con una sonrisa burlona – Estoy en mi habitación, leyendo un maravilloso libro de antiguas leyendas nórdicas – besó la mano de la chica con gentileza, tratando de aminorar el estruendo que él sabía que vendría.
– ¿CÓMO QUE LOS ENGAÑASTE?, ¿ESTÁS LOCO?, ¿SE SUPONE QUE TE ESTÁN DANDO COMODIDADES Y AÚN ASÍ ABUSAS DE ELLOS? – explotó, dando agudos grititos, que solamente florecían cuando estaba muy molesta.
– Por favor, cálmate, Elizabeth… – realizó fallidos intentos de tranquilizarla, tomándola por los hombros, paciente.
– ¡No, no me calmaré! ¿Tienes alguna idea de lo que te podrían hacer si te descubren, eh? Odín podría enviarte a una prisión de por vida, o a la horca, o… o… – comenzó a temblar de impotencia – ¡¿Cómo puedes ser tan imprudente?! – lo golpeó en el hombro, furiosa. Le dio con una fuerza que no sabía que poseía, dejando al príncipe sobándose y quejándose. Eso nunca había pasado, sin dudas, no siendo ella tan enclenque. Enseguida, su sangre comenzó a iluminarse y se obligó a calmarse, pero de verdad. Respiró profundo y sus venas comenzaron a opacarse de nuevo. Suspiró aliviada.
– ¡Ouch! – protestó – Pensé que te agradaría que viniera a verte…
– ¡Por supuesto que me alegra!, ¿no te das cuenta de que te amo y de que, si por mí fuera, te viera todos los días? ¡Pero no puedo, no podemos, Loki! – comenzó a recorrer la habitación, indecisa sobre sus sentimientos con respecto a la visita no autorizada de su novio.
– Creo que es la primera vez que alguien me grita coléricamente que me ama… – sonrió contemplando a la voluble muchacha, completamente enamorado de sus locuras.
– El volumen con el que lo dije no cambia el significado… te amo – recuperó su voz normal.
– Oh, sí. Me gusta más cuando lo dices sin regañarme – la tomó entre sus brazos, riéndose, y depositó en sus labios un tierno beso. Lentamente, este fue tomando más intensidad, las caricias entraron en el juego, haciendo de las suyas. Ambos se sentían tan cómodos estando el uno con el otro que no notaron que ya varias de sus prendas comenzaban a esfumarse. Llegaron a la inmensa cama, donde siguieron ese juego de estira y afloja, sin ganas de parar. Loki sabía que lo que estaba haciendo no era correcto, pero interrumpirse se consideraría un pecado. Elizabeth, a pesar de que era una completa inexperta en el tema, ya se había deshecho de la túnica del príncipe, y ya desabotonaba su camisa. Sentía que no controlaba ni la más mínima parte de su cuerpo, solo se dejaba llevar por sus instintos, que en ese momento, estaban en llamas. Luego, un gutural gruñido provino del semidios, y se apartó con brusquedad de la muchacha. Ella no comprendió lo que había pasado, ambos jadeaban y sudaban como langosta en una olla.
– ¿Qué pasó? – preguntó la chica entre indignada, avergonzada y estupefacta – ¿Hice algo que no debía?, ¿no… no te gustó? – preguntó casi con un susurro.
– No eres tú…
–…soy yo. La típica frase. ¿Sabes?, si lo hice terrible, que estoy segura de haberlo hecho, solo dímelo y ya… No hagas todo esto de la frasecita cliché, me hace sentir todavía peor… – apoyó la cabeza sobre sus rodillas.
– No, en verdad soy yo… Es que aquí tenemos ciertas reglas, no deberíamos concebir si aún no estamos casados… – explicó con toda la paciencia posible.
– ¡¿Concebir?! , ¿crees que buscaba un hijo? – chilló sorprendida. De nuevo, relucieron sus agudos grititos.
– Por supuesto que no, por esa razón no deberíamos hacerlo.
– Bien, entiendo… – profirió, algo decepcionada – Es mi primera vez, debería ser especial.
– Exactamente – le sonrió. ¡Santo cielo!, estaba tan guapo con la camisa entreabierta y su cabello despeinado que le fue muy difícil a Lizzie resistir esos violentas ganas de tirársele encima. "¿Por qué?, ¿por qué cuando luce así de sexy?", pensó – Bueno, creo que ya es hora de regresar a "leer" – sonrieron con complicidad – ¿Te veo mañana? – preguntó, tomando sus prendas, que estaban regadas por toda la habitación.
– Si tus guardias me dejan, probablemente.
– Muy bien, me aseguraré de que lo hagan – guiñó un ojo – Hasta mañana – finalizó cerrando la puerta.
– Hasta mañana – se despidió con la mano.
– Espera… – regresó con paso acelerado, dejando todo lo que tenía en brazos a un lado, tirándolo al suelo, siguiendo sus impulsos – ¿Me harías un favor?
– Claro, lo que sea – respondió con naturalidad.
– Oh, creo que deberías pensarlo mejor. Si aceptas, no habrá vuelta atrás, no te quedará más remedio que hacerlo – respondió divertido, pero sin aminorar el tono de advertencia.
– Dudo que ese favor sea que me mandes a buscarte a un chitauri de mascota – ambos rieron a carcajadas.
– Cásate conmigo – pidió con sencillez. Lizzie nunca se había sentido tan rígida, era como si cada músculo de su cuerpo se hubiese congelado instantáneamente, todos de manera simultánea. Se sentía asustada, pero no necesariamente de una mala manera. Comenzó a respirar con rapidez y sus manos sudaban con violencia. De nuevo, no podía controlar su cuerpo. Mientras yacía estática, sentada en el borde de la cama, Loki caminó hacia ella, se arrodilló y sacó una pequeña cajita negra del bolsillo trasero de su pantalón – Sé que no soy el hombre perfecto, y que no te merezco, en lo absoluto, pero no me puedo imaginar mi vida sin ti. Eres parte de mí ahora, y haré lo que sea para nunca, jamás, dejarte ir. Prometo que no te lastimaré, no te abandonaré, y no te dejaré de proteger, no mientras esté vivo. Eres la mujer más tornadiza, extraña, loca, única y maravillosa que conozco, y me encantaría tener el honor de que seas mi esposa… – las lágrimas comenzaron a bajar con lentitud por sus ruborizadas mejillas, eso era, por mucho, lo más hermoso que alguien le había dicho en toda su vida – Bueno, ¿qué dices?
– Digo… digo… que nunca pensé que te vería arrodillado ante mí – utilizó el famoso tono altanero de Loki, y ambos rieron – Digo que sí, Loki. Sí, mil veces. Siempre…
– ¿De verdad?, ¿en serio? – preguntó con incredulidad, aturdido.
– Por supuesto que sí, yo te amo – respondió simplemente, encogiéndose de hombros. Enseguida él tomó su rostro entre sus manos y la besó como en ningún momento lo había hecho; sin duda alguna, no se había sentido más dichoso en toda su interminable vida. Ambos se sentían igual, querían que ese instante no tuviera fin, que se quedaran congelados en ese fragmento de tiempo para siempre.
– ¡Oh, el anillo! – recordó. Abrió la pequeña y oscura caja, y adentro de ella un resplandor muy brillante los cegó a los dos. Un óvalo dorado centelleaba con intensidad, y en él, se veían lindos arabescos que se movían y fluían por toda la superficie, hechos de alguna especie de polvo escarchado, y estos dibujaban algunos símbolos nórdicos. Su belleza era innegable, e incluso, hipnotizante. El gesto de fascinación de la chica era tal, que el semidios suspiró aliviado, pues no sabía si le gustaría cuando decidió proponérselo. Tenía un gran plan en mente, que llevaría meses de preparación, pero resultó ser perfecto, en la forma tan espontánea en la que pasó, o al menos eso pensaba la muchacha, que aún seguía sin poder digerir toda la información. Loki le colocó el anillo en el dedo anular derecho, y la chica no evitó suspirar de lo absolutamente radiante que se veía sobre su mano – ¿Te gusta? Decidí seguir la tradición midgardiana… – sonrieron.
– ¿Que si me gusta? ¡Es perfecto! – lo abrazó con fuerza – Es el anillo más hermoso que jamás haya visto en toda mi vida.
– Sí, es bastante especial… – sonrió contemplándolo – Era de mi madre, ella me lo heredó justo cuando llegaste. No sé por qué, pero creo que ella ya sabía que quería casarme contigo, y por eso me lo dio el día del baile.
– ¿En serio?
– Sí, me dijo: "Ten, un anillo especial para una chica especial" – la muchacha se ruborizó hasta las orejas – Ella en verdad te aprecia, te quiere como a una hija.
– Yo también la quiero mucho a ella, es la mujer más amable, cariñosa y gentil que conozco – le sonrió.
– Sí, lo sé… Bueno, creo que ahora sí debo irme.
– ¿Qué?, ¿después de proponerme matrimonio simplemente te irás y ya?, ¿me dejarás así? – le reclamó, definitivamente el hecho de que Loki la abandonara no era exactamente lo que tenía en mente.
– ¿Y qué debo hacer?
– Pues, no lo sé, al menos quedarte hasta que me duerma o algo así…
– ¿Quieres que me quede hasta que te duermas?
– ¿Por favor?..
– Muy bien, ya me hiciste un favor a mí, creo que sí podría quedarme – señaló el anillo, y ambos rieron. Luego, se acurrucaron en la cama, entre las sábanas, y la chica se durmió con rapidez, feliz de ser la futura esposa del mismísimo Dios del Engaño.
