Capítulo 3
La señora Moreau invitó a Arthur y a su padre el fin de semana, para demostrarles qué tan agradecida estaba con ellos, ofreciéndoles un almuerzo. Lo cierto era que la señora cocinaba bastante bien, Arthur no extrañó las hamburguesas o la pasta napolitana o demás platos que su padre solía comprarles para no tener que cocinarles él.
La señora Moreau trataba con especial cariño a Arthur, y a él le apenaba su actitud, considerando que no la merecía; además, era primera vez que recibía afectos tales, su figura femenina más allegada solía repartirse entre cinco muchachos, nunca era completamente suya. Su hijo, en cambio, solía ignorarlo a propósito. Arthur no volvió a oírlo dirigírsele a él, aunque supiera que estuviera pendiente de todas las atenciones que su madre les prodigaba a los invitados. De vez en cuando no conseguía disimular su gesto de enfado, y Arthur se permitía mostrarse zalamero con el único fin de provocarle más estallidos de rabia (y, en parte, porque quería quedar bien ante la señora Moreau, pero esto le costaba reconocérselo a sí mismo).
Cuando terminaron de almorzar, Francis anunció que se sentía cansado y se iría a acostar. Su madre le dio un beso antes de dejarle abandonar la habitación, volviéndose luego al señor John y a Arthur, preguntándoles si acaso les apetecía unas galletas de chocolate que había horneado esta mañana, como postre. Arthur aceptó de inmediato y pronto tuvo en frente una bandeja llena de ellas. Mientras Arthur comía dispuesto a acabar con su existencia, su padre hablaba con la señora Moreau. Escuchando a medias, se enteró que la tarde del encuentro en el bosque Francis había discutido con la mujer encargada de cuidarlo, alguna especie de niñera llamada institutriz, y molesto, se había escapado de su vigilancia con las consecuencias que sucedieron después. La mujer había sido despedida y ahora mismo buscaba un reemplazo para el cuidado y educación de Francis.
El chico estudiaba en casa, profesores venían a enseñarle a él directamente en tres horas diarias y continuas. La única profesora perpetua había sido esa tal institutriz, que además le daba inglés. La señora Moreau les confesó que no estaba obteniendo buenos resultados de estas clases, que a su hijo le costaba abandonar su idioma materno y entregarse a uno nuevo. Podía entenderse llegado el caso, pero era una fluidez pobre. La señora Moreau había despedido a la institutriz después de perder a Francis, pero no lo lamentaba, más temprano que tarde la hubiera reemplazado para conseguirle una profesora que lograra que su hijo aprendiera.
Estas cosas Arthur ya más o menos las sabía gracias al hada-misión que lo espiaba la mayor parte del tiempo, pero un hada nunca le podría decir las cosas perfectamente en el idioma humano y había términos que el idioma feéricono poseía, por lo tanto Arthur tenía que escavar en el significado de sus narraciones.
El señor John preguntó qué clase de ceguera tenía Francis. Arthur se terminó el plato y dio un largo suspiro, satisfecho hasta la saciedad. La señora Moreau le sugirió que fuera al cuarto de su hijo, que lo esperaba para jugar y esa mañana se había mostrado muy emocionado por su venida. Arthur concluyó que la señora tendía a maquillar la realidad inconscientemente, pero no vio razones para negarse e hizo lo que le dijo.
Ya en el cuarto, que no sólo era terriblemente espacioso, sino recargado con toda clase de juguetes, ropa y libros, se lo encontró sentado en la alfombra, con un libro abierto y no dormido o acostado en la cama, como había anunciado anteriormente. Arthur se sorprendió de que pudiera leer sin usar la vista, pero se acordó que había un método extraño exclusivamente para ciegos.
-Qui est là?–preguntó Francis, aunque debió suponer quien era, por la expresión desdeñosa en el rostro.
-Me han dicho que venga acá –se excusó Arthur, examinando la habitación. Tomó un mini modelo de auto deportivo, preguntándose por qué él no tenía uno así-. Que te morías por verme y eso.
-Mi madre dice que tú eres un amigo –le dijo Francis.
-Mi papá cree que me caes bien –repuso Arthur.
Francis se llevó los dedos hacia su cabello, pasándolos a través de las hebras rubias. Arthur tomó un libro de la estantería, se decepcionó cuando no lo vio escrito en ningún idioma conocido (aunque sólo conociera el inglés).
-C'est dommage –concluyó Francis-. Je ne t'ai pas donné la permission de toucher mes choses.
-Ajá, no me importa lo que dices –le dijo Arthur.
Dejó el libro en la estantería sólo porque había perdido el interés en él. Pero siguió hurgando entre lo demás, consciente de que Francis estaba volviendo a rabiar. James le había dicho que a los discapacitados normalmente no se les golpeaba, pero nunca le dijo nada en contra de sacarles de quicio y de burlarse de ellos verbalmente.
-Tu es une personna terrible–le dijo Francis, antes de darse por vencido y volver a su libro.
Arthur se decepcionó que Francis hubiera cedido tan pronto. Habría esperado más chillidos de niña y hasta un lloriqueo, la situación desmejoraba su buen ánimo. Se le acercó y se sentó a su lado, preguntándose si acaso era normal reacciones tan aburridas o era él quien no se había esmerado lo suficiente. Le echó un vistazo a su libro pero siguió sin entender qué decía.
-¿Qué lees? –preguntó Arthur, arrebatándoselo.
-¡Hey! –exclamó Francis-. Leo un cuento de hadas, ainsi, si tu me donnes ta permission. –Alargó el brazo, sin demostrar mucha esperanza de que Arthur se lo devolviera sin más.
-¿De hadas? –exclamó Arthur, sin ocultar la emoción que se generaba en él ante la más mínima mención de lo mágico. Francis arqueó una ceja y Arthur se encontró consciente de su error, abochornado-. No es que me importe.
-Es el cuento de la Sirenita –le explicó Francis-. Es uno de mis más queridos.
-¿Lees estas cosas a menudo?
-Todo el tiempo –dijo Francis, pero luego se retractó-. No, sólo cuando tiene romance.
-A mí me gustan cuando hay peleas de caballeros en contra de criaturas malvadas. ¡Dragones avariciosos, quimeras monstruosas, basiliscos despiadados! –Los ojos de Arthur brillaron con emoción.
-Y después le chevalier salva sa demoiselley ellos son feliz.
-Ajá, lo importante son las peleas del caballero. Sin ellas no vale la pena el final –repuso Arthur, que en su opinión, la parte romántica era lo secundario.
-Es que importa mucho más el amor por le chevalier se bate –le contrarió Francis-. Si el amor no es, le chevalier no tiene nada a defender, ni motifspara batirse.
-Vaya, qué raro eres –concluyó Arthur-. Tampoco es que me importe tu opinión. O estas cosas.
-Ça m'est égal, j'ai raison, toi pas.
Francis aprovechó para quitarle el libro, Arthur se molestó al momento. Francis esbozó su primera sonrisa triunfante desde que se habían conocido. Arthur pensó en golpearle, pero se acordó de la prohibición de James. Luego pensó en volver a apoderarse del libro, pero no le gustaría repetirse, prefirió dejarlo tal y como estaba.
Francis reemprendió la lectura, Arthur lo observó leer, interesado en cómo pasaba las manos por las hojas en relieve. Se situó a su lado, colocando la cabeza sobre sus hombros. El libro no tenía ilustraciones que, al menos para Arthur, facilitaran la lectura. Seguía siendo un revoltijo de puntos cuyo orden no conseguía precisar. Francis lo empujó con el hombro. Arthur protestó.
-Me molestas tú atrás de mí –se explicó Francis.
Arthur se separó de él, sin intenciones de echarle varios vistazos al libro nuevamente. Francis volvió a su lectura mientras que la atención de Arthur era capturada por un grupo de soldaditos en miniatura, los tomó entre sus manos y decidió jugar con ellos a la guerra del rey Arturo en contra de algún terrible enemigo proveniente del otro lado del mar. Pero el Rey Arturo ganó la guerra sin complicaciones y acabó con la amenaza y salvó a su pueblo y al pueblo sometido del enemigo y su Reina acabó muchísimo más enamorada de lo que estaba antes y sus caballeros le siguieron admirando sin vacilación y el pueblo del enemigo vencido le rogó que los hiciera suyos.
Dejó los soldados a un lado en el mismo momento en que Francis cerraba su libro, después de marcar la página.
-¿Lo acabaste? –preguntó Arthur.
-Yo no quiero más leer hoy –dijo Francis.
Arthur se encontró con que el chico se había acercado a él. Volvió a pasarse una mano por su cabello antes de, con gran vacilación, colocar ambas manos en su rostro.
-¿Qué se supone que haces? –exclamó Arthur.
Antes de que lo empujara lejos de él, Francis le respondió:
-Quiero saber cómo tú eres, es todo.
Arthur lo meditó por unos instantes. En cierta forma era justo, él que no podía ver hallaba otras formas de conocer a las personas de su entorno. No dejaba de ser vergonzoso y Arthur había decidido golpearle un poco –nada muy grave que pudiera disgustar a James- por aplicarle un martirio semejante. Arthur le instó a que se apurara en su reconocimiento.
Francis se tomó su tiempo. Recorrió el rostro con las yemas de sus dedos, delicadamente pasó revista por su barbilla, sus orejas, desde sus mejillas calientes fue subiendo hasta tocar los parpados cerrados y luego hacia sus cejas. Allí Arthur notó una ligera risita que él conocía muy bien.
-¡De qué te ríes! –le exigió saber.
Francis soltó una risotada y volvió a reírse, esta vez sin disimulo. Arthur quitó sus manos de su rostro.
-Désolé, es que tú pareces tener una bosque allí hecha.
Para variar, al menos por una vez, fue Arthur quien se puso rojo tanto por la vergüenza como por el enfado.
-Al menos no parezco una niña estúpida y llorona –contraatacó.
Francis detuvo su risa y arrugó el ceño.
-Cállate, sale bête.
Arthur supo que eso era un insulto de aquí hasta las Antillas, y no se quedó atrás.
-¡Niña apestoso!
-¡Inglés!
Arthur ya había tenido suficiente. Le jaló por el cabello, logrando que Francis soltara un chillido adolorido y le mandara una patada que casi da en el blanco, Arthur consiguió esquivarla y se abalanzó hacia Francis, tirándolo al piso.
-¿Tus últimas palabras, antes de morir en la horca? –preguntó Arthur, viniéndole a la mente su anterior representación del Rey Arturo.
-¡Yo voy a acusarte con mi mamá!
-¡Esas no son unas últimas palabras! –le amonestó Arthur, volviéndole a jalar por el cabello.
-Toi, scélérat!
-Esa podría ser… -consideró Arthur.
No pudieron continuar. Tocaron la puerta y por ella entró la señora Moreau, dándole apenas tiempo a Arthur de separarse y actuar como si nada muy malo hubiera estado ocurriendo antes. Francis se levantó a su vez.
-Arthur, tu padre dice que ya se tienen que ir –anunció la señora Moreau-. Francis, di au revoir et merci pour être venu jouer avec toi.
-Ne veux pas –se negó Francis, su madre le dirigió una mirada de advertencia, y luego farfulló, apenas articulando con los labios-. Hasta pronto, monsieur chenille.
Arthur no se esperaba que Francis obedeciera a su madre sin tantas réplicas. Le había parecido que era de esos niños malcriados y consentidos (y sí estaba seguro de que lo era). Arthur se despidió a su vez, revolviéndole el cabello y gozando que Francis protestara furiosamente, indignado por despeinarle. La señora Moreau lo tomó como un gesto de cariño y se conmovió. Fue invitado a regresar cada vez que quisiera.
Arthur tuvo que esperar una semana para que su padre le levantara el castigo y así volver tanto al bosque como a sus andadas con Gilbert. Para conseguirlo inventó cuentos de buena conducta, aunque sí hizo el esfuerzo de portarse bien, sólo un poco, porque luego Gilbert venía con una idea fabulosa en la mente y no podían dejar de realizarla. Para entonces un miembro del equipo de futbol se les había unido, Dylan, más por insistencia suya que interés de ellos. Pero el chico demostraba dotes de gamberro, sabía abrir un casillero con unos cuantos pasos y apoderarse de las pertenencias de los demás ya fuera de forma indirecta o directa. La directa consistía en sonsacárselo a la víctima en cuestión, y solía tener éxito, porque era alto, fuerte, rápido y generalmente cumplía con las amenazas que soltaba.
En las prácticas de futbol Arthur tuvo enfrentamientos con Henri, a Arthur le costó encontrar las razones de por qué de pronto le caía tan mal al chico, si antes se llevaban bien precisamente porque ninguno buscaba hablarle al otro. Fue Tino quien le señaló que el problema tal vez era a causa de su hermana menor, de Blanche, quien no dejaba de decirle a todo el mundo que era su novia.
Y la niña actuaba como tal, generalmente le traía golosinas y Arthur se encontraba agarrándole la mano y correspondiendo a sus besos. Era un año menor que él, por eso no se atrevía a mucho más, no al menos que quisiera que Henri se decidiera matarlo de una vez. Pero seguía con su hermanita sabiendo que eso le molestaba, y era su forma pasiva de sacarle de quicio. Incluso la llegó a invitar a pasear, también al cine a ver una película de aventuras y pagó las entradas de forma honrada. Arthur consideró que, ya que las cosas eran tan fáciles, ella sería su novia. Cuando se lo pidió con cierta formalidad (estaban comiendo helados sentados en un banquito), Blanche se encontró explicándole que debía ser serio y no engañarla. Arthur asintió y le prometió que nunca lo haría. Blanche le dio un beso en los labios. Fue su primer beso y provocó que Arthur estuviera ruborizado todo el día. En el entrenamiento siguiente recibió un pelotazo en la cara.
Gilbert escuchó con atención sus amoríos con Blanche, contados por Dylan gracias a que Arthur se le trancaba la garganta cada vez que la nombraban. Gilbert le instó a probar ciertas posturas que salían en sus revistas para adultos, que ya que tenía novia no había motivo para no intentarlas. Arthur lo mandó al diablo y Dylan le sugirió que por qué no a una casa de putas.
A sus salidas al bosque, entrenamientos de futbol e idas con Gilbert y Dylan se le agregaron las citas con Blanche. De vez en cuando Arthur miraba hacia la casa de la señora Moreau, preguntándose qué sería de aquel niño llorón que tanto lo desesperaba. No había vuelto a ir desde esa invitación de la señora Moreau, y la verdad no tenía motivos. No eran amigos y el desagrado entre ambos era mutuo.
¿Para qué volver? Ni siquiera la perspectiva de abusar de él era tentadora, consideró Arthur una tarde en donde reflexionaba sobre aquel asunto. Miró con dudas hacia la ventana que, sabía, era su habitación. Un golpe en la espalda lo sacó violentamente de sus pensamientos.
-¡Pero qué…! –protestó Arthur.
-Estabas como despabilado –le dijo James, justificándose-. ¿Qué, planeas vandalismo en casa de la vecina? –Arthur se sobresaltó-. Son las paredes pulcras, ¿cierto? Yo también lo he pensado.
-¡No es eso! –dijo Arthur. Pero la idea estaba bien.
-¿Entonces qué? –James hizo ademán de tomarle por el cuello, pero Arthur fue más rápido y lo esquivó-. Comadreja, ven acá.
-¡Púdrete! –le apestó Arthur, saltando la cerca y echando a correr.
No había huido. Eso no era una huida, sólo una manera de postergar la pelea hasta considerar que sus huesos, cansados por el entrenamiento, pudieran enfrentar el dolor.
Para resguardarse completamente, Arthur entró en la casa sin cuestionárselo ni un instante. Si se topaba con alguien diría que había venido a jugar con Francis. La casa estaba en silencio, examinó la planta baja en busca de Francis, pero no se encontraba allí, subió las escaleras y fue directamente a su habitación. Entró sin llamar.
Se lo encontró en la cama, todavía con la ropa de dormir puesta. Francis soltó una exclamación que interpretó como "¿quién está allí?". Arthur pensó en responderle de inmediato, pero permaneció callado, aguantando las ganas de burlarse de la cara que tenía en este momento.
-¡Responda o pagará las consecuencias!
Arthur se acercó lo suficiente para golpearle la punta de la nariz con uno de sus dedos. Francis lanzó un grito y se llevó ambas manos a la parte atacada. Arthur se rió sin poder evitarlo.
-¡Vaya que eres llorón!
-Oh, c'est toi –soltó Francis-. Je te déteste, qu'est-ce que tu fais? Je ne te veux pas ici. Je ne veux pas que tu sois là. Si tu me fais quelque chose, cette fois je le dirai à ma mère.
-Blablabla, no entiendo qué dices –le señaló Arthur, sentándose en la cama-. Tu pijama es de niña también.
Esto era mentira, pero Arthur quería una excusa para molestarlo más.
-No. Es de niño –dijo Francis, sin captar las intenciones del otro. Soltó un gritito de horror-. Qué desgracia, pero tú has tenido que decir tu visita, y así vestirme.
-¿Y por qué todavía estás en pijama? –quiso saber Arthur.
-Porque sí.
-¿Has estado en cama todo el día?
-Je suis en tout mon droit. Yo puedo hacer eso.
A Arthur no le parecía que estuviera bien. Dormir todo el día, sin hacer nada de provecho, no era nada que pudiera envidiarle a nadie, por más cosas fabulosas que tuviera en su habitación. Se levantó de la cama y fue a revisar el armario. Se encontró con bastante ropa que no le interesaba, pero también más juguetes, como pelotas de beisbol, voleibol y una de futbol, que sacó de inmediato. Le dio unas cuantas patadas antes de dejarla en el suelo.
-¡Ten cuidado! –le exigió Francis.
-Calla, sólo voy a jugar con lo que tienes.
Arthur sacó muñecos de acción, y tuvo la suerte de encontrarse un barco pirata con toda su tripulación adentro.
-¡Tú no tienes el permiso mío!
-No necesito tu permiso.
-Yo se lo voy a decir a mi mamá.
-Ella cree que somos amigos, genio, claro que me dejará.
Francis abrió la boca para replicarle, pero no encontró cómo contradecir lo que era una verdad sabida por ambos. Arthur llevó el barco pirata y se trajo también un puñado de soldaditos, desde ahora soldados del Rey Arturo. Francis se levantó de la cama y se sentó a su lado.
-Yo voy a jugar con toi.
Arthur se lo planteó, sin ver ningún problema.
-Sólo te dejaré ser el apestoso enemigo –Arthur le tendió al malvado en cuestión-. Y recuerda perder ante el increíble poderío del Rey Arturo y… -Francis destruyó de un imprevisto manotazo a las huestes del Rey Arturo-. ¡Idiota, así no es como yo gano!
-Yo soy un príncipe que va a acabarse con la tiranie du Roi Artur. Y yo prendo a su Reina y a su Lancelot.
-¡Deja esa mierda, eres el malo!
Cuando la señora Moreau llegó del trabajo y se los encontró jugando, se puso de un humor tan inexplicablemente bueno que invitó a Arthur a cenar, quien aceptó de inmediato pese a las protestas de Francis.
Arthur estuvo en la cocina mientras veía cómo la señora Moreau cocinaba con la asistencia de su hijo. Para no poder ver nada, se desenvolvía muy bien en la cocina, incluso mejor que su padre que ni siquiera era miope.
-Esto sabe muy, muy rico, señora Moreau –masculló Arthur, desacostumbrado a pronunciar alabanzas.
-Por supuesta que lo es –intervino Francis.
-Supongo que eso no ha sido un "gracias por tu opinión, Arthur"… -susurró, por lo bajo.
-¿Por qué una gracia? –preguntó Francis, confundido.
Arthur decidió dejarlo pasar, mientras seguía comiendo.
Notas finales:
Y un día más tarde de lo acordado, aquí estoy yo /o/ Ayer Eurovisión absorbió mi vida por completo. Y es que fue TAN HETALIANO TODO. Well, en realidad fue Francia dándole un puntito a UK, así como "mira cuánto te quiero", y luego dándole 12 puntos a España (no me canso de repetirlo), por su lado dere dere. Que España jodió a darle más puntos a Italia que a él –y ahora viene el lado tsun tsun-.
Y hay más cositas, pero vamos a dejarlo en eso y que a toda Europa se le estropeó el oído musical, digo, que la canción ganadora es un zzzzzzzzzzzzzzz ::se pega un tiro::. Así.
Muchas gracias a las personas que sí comentan. Que sepan que sigo subiendo la historia por ustedes. A los perezosos que leen y les da mucha flojera dedicar minutos de su vida en un review… sepan que (pueden podrirse) no los quiero ni un poquito.
Si tenía algo más que comentar, pues se me ha olvidado. Nos vemos, hasta el cuarto capítulo :)
Traducción del francés:
Qui est là? - ¿Quién está allí?
C'est dommage - Una lástima.
Je ne t'ai pas donné la permission de toucher mes choses. - No tienes permiso para tocar mis cosas.
Tu es une personna terrible - Eres una persona horrible
ainsi, si tu me donnes ta permission. - Así es que, si tú me permites
le chevalier - El caballero
sa demoiselle - Su doncella
motifs - motivos
Ça m'est égal, j'ai raison, toi pas. - Me da igual, yo tengo razón y tú no.
Désolé - Lo siento.
sale bête. - Animal
Toi, scélérat! - ¡Tú, villano!
di au revoir et merci pour être venu jouer avec toi. - Dile adiós y agradecele por venir a jugar contigo
Ne veux pas - No quiero
monsieur chenille - Señor oruga
c'est toi - Eres tú
Je te déteste, qu'est-ce que tu fais? Je ne te veux pas ici. Je ne veux pas que tu sois là. Si tu me fais quelque chose, cette fois je le dirai à ma mère. - Te odio, ¿qué haces? No te quiero aquí, no quiero que estés aquí. Si me haces algo, esta vez sí se lo diré a mi mamá.
Je suis en tout mon droit. - Estoy en todo mi derecho.
tiranie du Roi Artur. - La tiranía del Rey Arturo.
