Capítulo XI
La oscuridad
La Gran Reunión vendrá,
los más fuertes y valerosos se unirán,
en una lucha que cruzará viento, tierra y mar,
para que todos los mundos protegidos puedan estar.
Pero una excepción a este tributo habrá
pues sus valientes líderes divergirán,
la paz en este acuerdo divino se extinguirá
y una vil guerra en todos los mundos se desatará.
Su vehemente disputa será tal,
que ningún hombre, dios o criatura
su furia jamás podrá disipar.
Pero una esperanza existirá:
solo si El Adminículo llega a despertar
la reunión podrá finalizar
y su abnegada lucha traerá
finalmente a los nueve mundos la paz.
Lizzie amaneció con esa canción en la cabeza, una que jamás había escuchado en su vida, y una a la que definitivamente no le encontraba ningún sentido. ¿De dónde había salido? Pues no estaba segura. ¿De sus sueños, tal vez? Probablemente sí, de haber sido de otro modo, lo hubiese recordado claramente, ya que la melodía de esta era un poco difícil de olvidar. Era serena y apacible, parecida a las nanas que las madres les recitan a sus bebés para dormirlos, pero aún así, yacía ese extraño sentido de advertencia en ella, que le resultaba inquietante. Trató de no pensar más en ello y sacudió la cabeza para alejar de su mente la tonada, que parecía atormentarla.
Al despertar, lo primero que notó fue un agradable calor en su nuca, las exhalaciones de Loki eran lentas y silenciosas. Dormía cual bebé. De nuevo, el príncipe se quedó hasta que Lizzie se durmiera, pero como pasaba la mayoría de las veces, él se quedaba dormido también. Ya sus custodios estaban acostumbrados a no encontrarlo en su habitación en la mañana, ya iban directamente hacia la de la humana para vigilarlo. Era increíble lo asombrosamente joven que se veía dormido; sus largos rizos negros caían con natural fluidez sobre su frente y sus pómulos, resaltando esas filosas facciones y hacían ver su perlada piel aún más pálida. Sus cejas azabaches, perfectamente definidas, enmarcaban sus hermosos ojos, y combinaban con esas extremadamente largas y abundantes pestañas. Sus carnosos labios rosáceos se curvaban en lo que podría considerarse como una media sonrisa, lo que lo hacía lucir inocente y angelical. Lizzie tomó uno de sus mechones y lo llevó detrás de su oreja, sin creer lo afortunada que era por tener a semejante belleza para sí sola.
La noticia de su compromiso con el Dios del Engaño sorprendió a más de uno, pero al final, se sentían felices de que finalmente Loki hubiese encontrado a alguien que lo convirtiera en una mejor versión de sí mismo. Tanto Frigga como Thor no cabían de la felicidad, solo podían hablar de la futura boda y de los venideros pequeños miembros de la familia real, que según la reina, deseaba que fueran muchos. En realidad, nadie hablaba de otra cosa, algunos para bien y otros para mal. Y, como era imaginable, Odín definitivamente entraba en el grupo desaprobatorio de la unión. Consideraba una aberración monumental que un semidios, a pesar de no ser realmente su verdadero hijo, pudiese contraer matrimonio con una mundana y sencilla humana, teniendo a una más que amplia gama de doncellas nobles casaderas para escoger. Y sus motivos no solo se fundamentaban en el hecho de que era una profana midgardiana, sino en el creciente sentimiento de suspicacia que sentía por ella, debido a todo lo que Heimdall le hablaba sobre su futuro. Nuevas pistas se revelaban y con cada una, menos podía confiar en ella.
– Sí, Elizabeth, insisto en que me dejes encargarme de los detalles. No debes preocuparte, será perfecta – le aseguró Frigga a la chica, que comentaban cosas sobre la boda, como era usual – Además, convenceré a Heimdall de que te deje ir a Midgard, y así puedas invitar a tus amigos con anticipación – afirmó con tono maternal, mientras caminaban por uno de los corredores del castillo, con vista a todo Asgard.
– Muy bien, de acuerdo – asintió aliviada. No quería semejante presión sobre sus hombros, tener que planear una boda real era bastante complicado – Muchísimas gracias… por todo – le sonrió a la reina, ruborizada. Esta le dio un cálido abrazo, conmovida por su sinceridad.
– Para eso estoy aquí, mi niña, y estaré siempre – besó su frente con cariño, acariciando su cabello. A la chica le fue imposible no derramar algunas lágrimas, y se aferró a ella con aún más fuerza – Sí, yo también te quiero – y se sonrieron con complicidad.
– ¿Escuchó eso? – preguntó la joven, secándose las lágrimas con el dorso de su mano derecha. Un ruido sordo, parecido a los de una tormenta eléctrica, resonó con intensidad, demasiada para poder considerarlo algo natural. El eco del mismo podría dejar sordo a quien estuviese cerca del origen del sonido.
– Sí… me parece un poco extraño – ambas se quedaron escuchando con atención, y de nuevo resonó, pero con mayor volumen – Se está acercando… – afirmó, muy segura de sus palabras. Luego, todo se oscureció. Pareció que el anochecer hubiese llegado antes de tiempo, apenas podían verse las siluetas y contornos de todo. Una gran nube de lo que parecía humo negro rojizo cubrió todo el cielo, creando una espeluznante imagen del reino, comparada a la que tenía apenas unos minutos atrás. El pánico comenzaba a invadir a la muchacha, que no pudo hacer otra cosa aparte de quedarse quieta, admirando con horror toda la escena – Ven conmigo – tomó la mano de la muchacha, que seguía boquiabierta, y la llevó como pudo a la sala del trono. La gente comenzó a correr desesperada, y sus aullidos de preocupación se ahogaban gracias a los raros truenos, que no cesaban y sonaban con todavía más fuerza.
El salón estaba lleno de guerreros, que hablaban todos al mismo tiempo, estableciendo diversos planes de defensa. Odín estaba sentado en su gran trono, frotándose la frente, luciendo agobiado por todas las sugerencias de protección y resguardo de los mismos. Thor caminaba de un lado a otro, también creando estrategias. Loki yacía en una esquina, inmóvil, resguardado por sus fieles guardias. Se observaba sus pies con nerviosismo, y al levantar la cabeza y ver a su prometida, llegó hasta ella corriendo, verdaderamente preocupado. Se quedaron juntos, completamente aislados de todo el caos, hasta que una estridente voz repicó en la habitación, aminorando los murmullos.
– Asgardianos, escúchenme – llamó la atención el Dios del Trueno, resonando su garganta. Continuó: – En estos momentos nos encontramos bajo un ataque, y se presume que es obra de los elfos oscuros. Debemos actuar lo antes posible, ya que se dirigen hacia acá. Armen las filas en el ala este y oeste, desalojen el ala sur, y resguarden a todos los que puedan enviándolos lejos del castillo. Mi equipo y yo estaremos en el ala norte, a la espera, y cuando llegue el momento, les enviaremos la señal para accionar la estrategia Fénix. Guerreros, todos colóquense sus armaduras; el resto, protejan a la corona. Ahora… ¡a luchar! – finalizó con un grito vertiginoso, que animó a los guerreros, los cuales comenzaban a colocarse sus armaduras, escudos y espadas. Un gran grupo de guardias comenzaron a llevarse a los reyes y a Loki, pero este insistió en que lucharía junto a su hermano, a pesar de los infructuosos intentos de su prometida para persuadirlo a que se quedara.
Entonces todo quedó muy claro para ella: si él se arriesgaba, ella también lo haría. No podía abandonarlo, no en una situación tan complicada, donde se necesitaba a todo aquel dispuesto a defender a Asgard de la amenaza, debido a que, seguramente, el enemigo los superaría en número. No todos los combatientes eran guerreros reales, muchos eran súbditos valientes y miembros de la nobleza, dispuestos a hacer lo que sea para batallar. Si ellos podían hacerlo, ¿por qué ella no? Tenía la suficiente experiencia en lo que armas se refería, también sabía un poco de táctica militar. Al menos, eso era algo, y debía contar. Y aunque no sabía manejar la espada como una profesional, sabía cómo usarla, y en cualquier caso, tendría un escudo y una buena armadura para protegerse. No todo podía salir mal. Un gran sentimiento de confianza comenzó a penetrarla, muy parecido a aquel que tuvo cuando Loki envió a los chiutauris a Nueva York, ella sabía que podía convencerlo de que cerrara el portal… y lo hizo. Ese fue el empujoncito final que necesitó para actuar.
– Thor, por favor, dame una armadura – se dirigió al Dios del Trueno, que dejó de entregar espadas y la miró perplejo, sin poder creer lo que escuchó – Te dije que me dieras una armadura, no pierdas el tiempo – seguía quieto, observándola, sin aún saber qué decir.
– ¿Armadura? – la voz de su hermano menor sonó a sus espaldas, completamente incrédulo – No, no, absolutamente no. Tú te vas con los guardias hacia los calabozos, en este instante. Te necesito protegida – la tomó por un brazo, llevándola hacia la salida del salón con gentileza, pero todavía molesto por semejante imprudencia.
– ¿Disculpa? Tú no puedes decirme qué hacer – replicó ofendida, liberándose del agarre de Loki – ¿Quién te crees que eres?
– Tu prometido – espetó con impaciencia.
– Exactamente, "prometido", no "padre". Yo hago lo que quiero, y quiero luchar… Sé lo que piensas hacer, pero te advierto que, hagas lo que hagas, NO cambiaré de opinión, Loki – se giró, dándole la espalda, y se dirigió hacia el hermano mayor, ignorando por completo lo furioso que estaba su futuro esposo. Thor parecía temerle más a ella que a él, así que le entregó una de las armaduras femeninas sin chistar. La chica tomó una de las espadas, y con un hábil movimiento, rasgó la larga falda de su vestido de seda dorada, dejándolo un poco más arriba de la rodilla. Se colocó todos los implementos encima, y al final, por increíble que pareciera, lucía como una verdadera guerrera. Parecía la hermana torpe de Sif, ya que esta era mucho más fuerte y de aspecto más intimidante que la humana. A Loki no le quedó más remedio que ceder, y de hecho, sonrió al ver a su bella dama convertida en una ruda batallante – Bien, vayamos a patear algunos oscuros traseros – todos rieron con su comentario, y salieron a armar sus filas. Thor los encabezaba a todos, como el verdadero líder que en realidad era. Después de haber desalojado todo el salón, Loki tomó la mano de la chica, con aspecto preocupado.
– Elizabeth, ven aquí – la chica se acercó, y el príncipe envolvió sus brazos alrededor de su cintura y la abrazó con fuerza – Por favor, no lo hagas… no quiero perderte – su voz se quebró, contuvo las lágrimas como pudo – No puedo perderte… no puedo permitirlo… sin ti, yo… volveré a ser… – no fue necesario que completara la frase, ya que ella sabía exactamente a lo que se refería. Él creía que sin ella, a la que consideraba como alguna especie de antídoto humano, volvería a ser tan cruel y despiadado como alguna vez lo fue. Ella lo cambió para bien, y él, definitivamente, no quería regresar a ser el antiguo y oscuro Loki, que no conocía lo que era capaz de hacer el amor, por las personas que realmente lo necesitan.
– Loki… – tomó el rostro del semidios entre sus manos, y acarició con ternura sus pálidas mejillas – No me perderás, te lo prometo – plantó un pequeño beso sobre sus labios colorados – En serio, por más debilucha que pueda lucir, soy un hueso bastante difícil de roer – ambos sonrieron.
– ¿Te quedas conmigo? – preguntó con tono inocente.
– Siempre – besó la frente de su futuro esposo – Estamos juntos en esto, ¿no?
– Sí… Siempre – contestó con un susurro, para finalmente encaminarse a la guerra.
Llegaron al ala norte del castillo, donde Thor parecía dar direcciones sobre cómo ejecutar la estrategia Fénix, que aparentemente, consistía sobre lanzar flechas y cañones hacia las naves de los invasores, y todos aquellos que lograran sobrevivir, se atacarían en tierra, en un campo de concentración. Al menos, eso fue lo que Blackthorne logró entender, ya que los términos que utilizaba el Dios del Trueno eran muy difíciles de decodificar. Todos formaron una fila en las puertas del castillo, y no fue hasta que el príncipe mayor gritó "¡Fuego!", que todos los arqueros comenzaron a disparar. Había una gran nave, flanqueada por, aproximadamente, unos quince o veinte navíos más pequeños. Al menos unos diez de estos cayeron al instante, los otros, parecían my dañados y volaban con dificultad. El verdadero problema era la nave madre, que a pesar de los incesantes atentados, esta parecía intacta. Luego, para alivio de todos, esta parecía desmoronarse por los lados, y cayó con un sonoro estruendo a unos cuantos metros del palacio.
Entonces, los elfos comenzaron a descender de sus embarcaciones y se aproximaban con violenta rapidez, armados hasta los dientes. Malekith, su jefe, descendió con soberbia elegancia y caminó con paciencia hacia el Dios del Trueno, seguido de otros cientos de elfos. Mientras más se acercaban, más aterrorizada se sentía Lizzie. No parecía poder controlar sus transpiraciones, y cada rincón de su cuerpo tiritaba con estruendo. Pero al menos Loki estaba allí para calmarla, así que trató de no preocuparse demasiado.
– Te amo – le susurró él al oído.
– Y yo te adoro – le dijo ella, besándolo.
– ¡Por Asgard! – gritaron todos los guerreros al unísono, para finalmente enfrentarse con el bando contrario.
El amplio y opulento vestíbulo se llenó en un instante, definitivamente los elfos los superaban en número. Eran grandes y muy fuertes, y el filo de las espadas no parecía afectarlos como debería. Se escuchaban gritos desgarradores de dolor, por parte de los asgardianos, y gruñidos punzantes, por parte de los elfos, que caían muertos con exorbitante dificultad. El sonido de las espadas y lanzas chocando entre sí, era ensordecedor y parecía desconcentrar a las criaturas que, aparentemente, tenían cierta debilidad hacia el ruido; allí ya tenían una gran ventaja. Los vikingos comenzaron a golpear sus escudos estruendosamente, y aprovechaban el enflaquecimiento de las criaturas para poder aniquilarlas. El experimento dio buen resultado, y no dejaron de ejecutar la maniobra.
Thor estaba más que ocupado, un grupo de seis batallaban con él, y este se defendía de ellos utilizando magistralmente su preciado Mjolnir. Loki se encargaba de diez a la vez, junto con Sif y Fandral, e hicieron que cayeran rápidamente. Y Elizabeth, sorprendentemente, ya se había deshecho de varios por sí sola. Aunque la amenaza era inminente, su confianza la hizo luchar con tal afán que no parecía ella misma. En verdad tenía cualidades para el combate, lo hacía incluso mucho mejor que algunos guerreros profesionales. Blandía la espada con mucha habilidad, que no supo de dónde la sacó, y derrotaba a todo aquel que se atravesara en su camino.
Todos estaban concentrados en la lucha, pero nadie se dio cuenta de que Malekith pretendía llegar hasta Odín, y alguien debía detenerlo. Entonces Thor, después de eliminar a tres elfos más, lo siguió por todo el castillo.
Los elfos cada vez eran menos, lo que animó a los guerreros a seguir luchando con aún más arrebato.
El Dios del Trueno persiguió al jefe de los invasores hasta los aposentos del rey, donde este se decepcionó de no encontrarlo presente.
– No está a tu alcance, Malekith – le espetó. Este estaba de espaldas a la puerta, frente al gran escritorio de Odín, ojeando unos libros y papeles que tenía desplegados sobre el mismo.
– Así que Odín pretende evitar la reunión, ¿no es así?, ¿evitar que se cumpla la profecía? – interrogó con calma, leyendo unas páginas de pergamino, con símbolos que Thor no era capaz de identificar. Debían de ser símbolos antiquísimos.
– ¿Reunión?, ¿de qué hablas?
– Será muy difícil detenerlo, ahora que el ciclo está por completarse. Si su preciado Adminículo no despierta pronto, adiós esperanzas para salvarse… – aseguró con sarcasmo. Thor seguía muy confundido.
– ¿Adminículo?, ¿qué demonios estás tramando, Malekith? – el aludido comenzó a reír a carcajadas.
– Para ser un príncipe, no sabes demasiado de Historia Antigua, ¿no es así? – rió de nuevo – ¿Tu madre nunca te habló de la "Gran Reunión" cuando eras pequeño?, ¿nunca te contó la leyenda? – preguntó verdaderamente incrédulo. Al ver la expresión del semidios rió nuevamente – Parece que tienes una gran investigación que hacer, mi joven amigo. Aunque tu padre ya la tiene bastante adelantada… – dijo revolviendo los papeles sobre la mesa – Deberías conocer lo que se te avecina.
– ¿Es una amenaza? – profirió ya irritado.
– Más que eso, es una advertencia. Ni tú ni tus gallardos guerreros podrán evitar que la Gran Reunión se conforme, y cuando suceda, la jerarquía de los nueve mundos jamás volverá a ser como la conoces… y eso, novicio Thor, incluye a tu preciado padre – agregó con una sombría sonrisa – El reloj empieza a correr, Dios del Trueno, y si yo fuera tú, empezaría a buscar a mi Adminículo, si es que quieren dejarse derrotar luchando, con algo de dignidad. Si no, entonces permitan que las cosas sigan su curso natural, y te aseguro que nadie saldrá herido.
– Te… voy… a… enseñar… con… quién… te… estás… metiendo… – exclamó, girando su martillo, causando que miles de truenos lo envolvieran, listo para apuntar.
– Hasta pronto, poderoso Thor – se despidió con una ancha sonrisa petulante, desapareciendo en una gran nube vinotinta. Al semidios no le dio oportunidad de alcanzarlo con su descarga, y esto hizo que los rayos rebotaran por toda la habitación. Elevó un gutural alarido de decepción, por haberlo dejado escapar, y enseguida regresó hacia la batalla, tratando de que nada más lo desconcentrara.
Todavía quedaban elfos por derrotar, pero pocos, comparados a los que llegaron antes, y parecían no tener intenciones de rendirse, a pesar de que su superior los había abandonado. La energía de los guerreros parecía inagotable, empezando por la humana Elizabeth, que luchaba con extraordinario furor. Thor se encaminó hacia ella, ya que quería echarle una mano, aunque por lo que veía, no necesitaba ningún tipo de ayuda. Mientras seguía su camino, se encontró con unos pocos elfos, y los eliminó enseguida. Miró a su alrededor y ya casi nadie peleaba. Le pareció que el último fue asesinado por Loki, que tomó una gran bocanada de aire cuando finalizó. Este buscó con la mirada a Lizzie, que lo observaba con orgullo, a unos pocos metros de distancia.
– ¡Finalmente, los hemos derrotado! – exclamó Fandral, triunfante. Todos empezaron a aplaudir y a abrazarse, incluso, a entonar una alegre tonada. Muchos comenzaron a bailar y a reír, a pesar de lo realmente agotados que se sentían.
Thor suspiró aliviado, sonriendo con las felicitaciones que les brindaban, por su excelente liderazgo. Observó a su hermano menor, que se hacía paso por la agitada multitud, para llegar hasta su futura esposa, que lo esperaba sonriente. Entonces, un gruñido de pánico recorrió su garganta y la sangre se le heló por un instante. No pudo creer lo que vio. La chica, que hacía unos instantes estaba sonriente, cambió su expresión a una que parecía de… ¿sorpresa? De repente, esta sintió que un punzante dolor se le clavó en su abdomen, y bajó la mirada… efectivamente, una espada le estaba atravesando el estómago.
