Capítulo 5
-Y entonces vi que era un gatito precioso –dijo Blanche, mientras que Arthur tomaba de la merengada de fresas pedida para los dos.
Blanche había supuesto que era un gesto romántico. La realidad era menos agradable, Arthur no tenía mucho dinero y prefirió ser ahorrativo. Además, para comer cosas deliciosas ya estaba la señora Moreau. Desde que iba más seguido a jugar con Francis (y/o a meterse con él) había sido premiado con un montón de platillos dulces que la señora y el propio Francis se tomaban su tiempo en hacerle. Cocinaban bastante bien, incluso Francis. O sobre todo él, que sin ver absolutamente nada sabía cómo usar los instrumentos y nunca tenía percances que lamentar. A pesar de su desenvolvimiento en la cocina, la señora Moreau no le quitaba su atención ni un instante, sin darle completamente su confianza.
-Pero tenía frío, así que le regalé la bufanda que me dio mi mamá en mi cumpleaños –terminó de contar Blanche. Arthur arqueó una ceja, preguntándose cómo alguien podía albergar tanto desinterés material. No era la primera vez que Blanche regalaba algo suyo para ayudar a otros. Él mismo había tenido que detenerla en sus citas, para evitar que fueran desprendiéndose de sus prendas o sus accesorios para dárselas a unos completos desconocidos-. ¡El gato se encariñó conmigo y mi bufanda! Así que lo llevé a casa y ahora tengo mascota nueva. Aunque mi mamá me regañó primero, ahora me deja tenerlo.
-¿Y ya le pusiste nombre?
-Henhen, en honor a mi hermano.
-Es un nombre raro para un gato.
-¡Así mejor! –exclamó Blanche, tomó un sorbo de merengada y continuó-. Así es un gato único.
Arthur tuvo intención de pasar la tarde vagando sin rumbo con Gilbert y Dylan, o colarse en una tienda de música para tomar sin pagar alguno de los cds de sus artistas favoritos. James lo hacía siempre y guardaba en su habitación una colección admirable. Arthur quería una colección aún mayor a la de su hermano, que no tuviera punto de comparación. Pero se encontró con Dylan saliendo con su padre para una cita con el odontólogo, y a Gilbert ocupado con su hermanito menor. Tenía que cuidarlo porque sus padres estaban fuera de la ciudad. Arthur se cuestionó seriamente qué clase de personas dejarían solo a su irresponsable hijo de doce años a cargo de la casa y del hijo de ocho años. Arthur apreciaba a su amigo, pero nunca le confiaría nada de valor.
Llamó a Blanche para quedar, pero le atendió su hermano. Trancó sin dar explicaciones, y pensó en llamar otra vez y probar suerte, pero al último minuto desistió. Sin otras opciones, entró en la propiedad de la señora Moreau, tocó el timbre y esperó. Le atendió la nueva institutriz de Francis, una mujer seria y entrada en años, también profesora de inglés. La mujer se llamaba Hollyday, y cuidaba de Francis desde la mañana hasta el anochecer, cuando llegaba la señora Moreau del trabajo. Tenía libre los fines de semana. Se dieron los saludos de rigor, antes de entrar. Le fue ofrecida una taza de té, que Arthur aceptó. Esa mujer le gustaba en el fondo, hablaba para decir lo necesario y lo dejaba presenciar las clases de Francis con el idioma, bajo la condición de que no los interrumpiera. Arthur seguía la regla al pie de la letra, y guardaba las burlas para cuando se encontraban solos. Francis rabiaba y le decía que él sería un autentico idiota con el francés.
Arthur había notado una ligera mejoría en su modo de hablar, aunque nada del otro mundo. El chico parecía negado con el idioma, y Arthur lo comparaba con un hombre de la selva a quien trataban de civilizar. Francis se ofendía y replicaba que era él el hombre civilizado en esa jungla llena de ingleses.
La señora Hollyday le sirvió el té en la sala. Francis llegó minutos después, sentándose en el mismo sofá que Arthur. Le sirvió a su vez una taza de té. Después de probarlo, separó la taza de sus labios con un mohín de disgusto.
-El té es dégoutant. Dès que je sorte d'ici, je ne le boire plus dans ma vie.
-Pareces un mono cada vez que haces esa cara –dijo Arthur.
-Es alguna cosa que yo no entiendo de los ingleses.
-Tú eres el único francés que conozco, pero espero que los demás no sean como tú.
-Je n'avais jamais connu une personne aussi méchant dans toute ma vie –dijo Francis-. Yo no sé por qué yo te permito entrar.
La señora Hollyday los había dejado solos. Arthur colocó su taza de té vacía en la mesa, junto a la de Francis, cuyo contenido estaba casi intacto. Se volteó a verlo, preguntándose por qué no sólo lo seguía recibiendo sino también por qué él seguía viniendo. La recompensa de la comida no podía ser suficiente aliciente, pensó.
Francis tomó un mechón de su cabello y se lo enredó entre dos de sus dedos. Arthur contempló cómo lo enrollaba y lo desenrollaba.
-Háblame de alguna cosa –dijo Francis, de pronto, como Arthur había previsto.
Siempre solía quebrar sus tiempos de silencios, como si necesitara desesperadamente un sonido al cual aferrarse.
-No tengo nada que decir. –O sí, pero no quería. Arthur casi nunca hablaba de su vida, sólo lo necesario.
-¿Y tus otros hermanos? ¿Cómo son ellos?
-Ni siquiera conoces bien a James, como para querer saber de los otros.
-¿Cómo es James?
Arthur se encogió de hombros, sin preocuparse de que Francis estuviera esperando una respuesta que jamás llegaría. Dejó que lo comprendiera él solo.
-Yo quiero saber también de tus otros amigos. Mi mamá ha dicho que tú sales con dos chicos. Es monsieur John quien se lo ha dicho.
-Son amigos míos. Muy buenos amigos míos –le dijo Arthur, sin ganas de profundizar.
-¿Son mejor que yo?
-Hasta una babosa es mejor que tú, pero sí, lo son.
Francis seguía con el mechón de cabello sujeto entre sus dedos.
-¿Son más lindos que yo?
Arthur soltó una exclamación desconcertada cuando procesó la pregunta. Al principio pensó que era una broma, pero al ver su rostro comprobó que iba en serio.
-Qué se yo. Que te lo diga una chica. Ah, espera –se acordó Arthur de pronto-, si no conoces ninguna.
-Pero yo no demando la opinión de una chica, yo demando la tuya.
-Vete a la mierda –masculló Arthur.
-¿Perdón? No he entendido lo que tú has dicho.
A estas alturas, le sorprendía que todavía no supiera el significado de varias groserías. Una de dos, o acaso su nivel con el inglés de verdad era más patético que lo que sus clases lo demostraban, o se hacía el inocente sólo para exasperarlo.
Francis acortó la distancia que los separaba en el sofá. Al darse cuenta, Arthur se levantó de su asiento y fue al otro extremo de la habitación. No había sido una huida, sino un acto de piedad. Porque si se seguía acercando se le haría más difícil aguantar las ganas de darle una paliza, por andar con esas preguntas impertinentes.
Francis permaneció impasible, ajeno a las emociones desatadas en Arthur y que eran perjudiciales para él.
-¿Y tú tienes una pequeña amiga?
Arthur se debatió entre responderle o volverlo a mandar a la mierda. Sus mejillas se habían vuelto rojas al acordarse de Blanche, la única niña que tenía en su vida, pero era más una novia que una simple amiga. Además, no quería hablar de ella con aquel ciego imbécil.
-Hoy leo novelas y escucho música también –dijo Francis, cuando volvió a transcurrir otro tiempo de silencio.
-¿Cuentos de hadas? –preguntó Arthur.
-No. Romances de amor. Todos son autores franceses.
-Lees mucha fantasía –se encontró diciendo Arthur, sin tono de reproche. Él era el primero en sumergirse en tierras fantásticas llenas de aventureros en busca de tesoros y de honor. Francis sólo iba a otro mundo parecido al suyo, pero lleno de historias de amor.
Arthur no entendía cuál era su obsesión con los romances. Dentro de las historias era su parte favorita y las que mejor recordaba.
Francis se levantó, y ayudado con su bastón llegó hasta el equipo de sonido. Arthur se debatió entre ir a ayudarle y el dejar que se las arreglara solo. Estuvo atento a lo que hacía. Francis tomó un cd de música.
-Y en todos los escenarios hay danzas. Con los enamorados juntos. Y ellos danzan y danzan. Y todas son historias diferentes. Mi preferida es cuando Cendrillon se va a la medianoche, y deja al príncipe con una chaussure en cristal.
Francis colocó el cd. Palpó los botones del equipo hasta encontrar los adecuados.
-¿Sabes tú danzar, Arthur?
Arthur se sonrojó al admitir que no, que jamás lo había necesitado y que le parecía estúpido. La música comenzó a sonar. Era un vals.
-Hay otros tipos de música, si tú quieres cambiar –Francis le tendió el brazo, esperando ser aceptado.
-¿Planeas que baile contigo?
-Sí.
-Sabía que eras un idiota. No pienso hacerlo.
-Pero yo quiero danzar como en los romances.
-¡Es tu problema! –exclamó Arthur, acercándose con violencia hacia el equipo de sonido, apartando a Francis de un empujón.
Francis casi perdió el equilibrio pero consiguió mantenerse en pie. Arthur apagó el equipo. Le desesperaba que Francis no entendiera el motivo de su enfado, su cara perpleja no ocultaba sus sentimientos. O el tamaño de su desconcierto, pero él, ¿cómo notarlo si no podía verlo? ¿Qué acaso no distinguía los matices en su tono de voz?
-Los chicos no bailan juntos. Y menos música tan… tan…
-Tan… -musitó Francis.
-¡Tan no para chicos! –exclamó Arthur, sin conocer la palabra adecuada-. En serio, no bailamos estas cosas. Y no es danzar, es bailar.
-¿No? –preguntó Francis, sin estar seguro.
-¡No! –insistió Arthur.
-Alors, pero los chicos qué bailan.
Arthur quedó en traerle un cd de verdadera música para su próxima visita. El fin de semana ya Gilbert estaba libre de toda responsabilidad y salieron a dar una vuelta por el centro de Londres. Arthur le contó lo que había ocurrido con Francis, y éste estalló en risas ante el cuento. Claro, Arthur había omitido las partes bochornosas que afectaran su reputación; por ejemplo, no se apenó en ningún momento y en su lugar provocó que Francis irrumpiera en lágrimas. Gilbert creía que Francis era un enclenque llorón y aniñado, y a menudo le cuestionaba por qué seguía manteniendo una relación con un ser de tales características. Como Arthur no tenía nunca una respuesta clara, cambiaba de tema. Esa tarde decidieron robar en una tienda de música para que Arthur pudiera cumplir con su palabra. Arthur se habría conformado con un solo cd, pero Gilbert insistió en llevarse seis.
La tarde de un lunes Arthur se presentó en casa de la señora Moreau. Francis ya estaba en la sala, apenas oírlo llegar le preguntó:
-¿Tú conoces como un francés saluda otro francés?
Arthur dejó sus cosas en un rincón, y respondió que no, acercándose a Francis ante una señal de éste.
-C'est comme ça.
Francis le dio un beso en cada mejilla. Arthur soltó una exclamación de asco y se alejó, tocándoselas como si le hubieran dado dos golpes en ellas.
-¡Pero qué fue eso!
-Un francés saluda un otro francés con un beso.
Arthur dudó en si le estaba mintiendo o era serio. Conocía muy poco de aquel país como para ficharlo rápidamente de estarse aprovechando de su ignorancia. Además, ¿qué iba a sacar de bueno besándolo a él? La sola pregunta era ridícula. Pero Francis era extraño, incluso para ser francés.
-Pero no lo vuelvas a hacer –le dijo, en cambio-. Aquí en Inglaterra no hacemos esas cosas.
-Bien. En la vida.
Arthur supuso que había entendido. Sacó los cds que traía consigo. Francis estuvo atento al movimiento.
-¿Qué es?
-Lo que te prometí el otro día, música de verdad.
Le tendió los cds para que los examinara, aunque Francis no hizo mucho con ellos antes de devolvérselos. Arthur se levantó, y Francis fue detrás de él. Colocó el primer cd, era una banda de rock pesado, en realidad la favorita de Gilbert. La primera canción inundó la sala con su música estridente.
-¿Y cómo podemos nosotros danzar esta música? –le preguntó Francis.
La noción de que bailar era la palabra correcta para danzar parecía habérsele olvidado.
-Nada. Sólo brincas.
-Cela n'a pas aucun sens. Yo no lo amo. Yo creo que esto es una tontería.
-¡No lo es!
Arthur se sonrojó ante el desapruebo de Francis. ¿Cómo podía menospreciar esa música que era en sí misma tan buena? Éste debió de sospechar aquella reacción, porque llevó ambas manos hacia sus mejillas.
-Tú me places cuando tú te enrojizas.
-¡No estoy enrojizado, deja de inventar cosas que no son ciertas! –Arthur se quitó aquellas manos de encima, irritándose aún más cuando Francis se rió. Soltó un resoplido y se separó de él, dejándose caer en el asiento-. La próxima vez que te burles de mí voy a clavarte en el piso.
Francis, calmado, se sentó a su lado.
-Es una pena que tú no conozcas danzar –soltó-. Yo quiero danzar como en los romances. Sólo con tu persona.
La paciencia de Arthur cruzó su límite. Se abalanzó hacia Francis, éste soltó un quejido adolorido, antes de gritar por la señora Hollyday. Ésta llegó antes de que Arthur pudiera hacerle a Francis algo realmente grave, cuando le torcía un brazo con una mano y con la otra tiraba de su cabellera. Le costó separar a los niños, cuando pudo hacerlo Francis estalló en llanto, balbuceando en francés lo que Arthur ya conocía como "eres una persona horrible". Por primera vez recibió una reprimenda de parte de la señora Hollyday. Arthur creyó que lo echaría de casa mas no lo hizo, en su lugar lo dejó en la cocina, ordenándole que se mantuviera quieto, para ir a consolar al otro. Cuando la señora Hollyday abandonó la cocina, Arthur aprovechó para irse él también. Tomó sus cosas sin que ninguno de los dos lo vieran.
Dejó sus cds.
Notas finales:
Hola a todos, ¿cómo están? Disculpen el retraso, pero me ha ocurrido algo con esta historia… hace dos meses salí de vacaciones, con lo que fui a mi ciudad, dejando las correcciones en Caracas (que es donde estudio). Fue imposible venir a buscarlas, hasta ahora. C'est tout. El próximo capítulo lo tendrán más pronto, porque ya no tengo que ir y venir con el beteo.
Muchas gracias a todos por sus comentarios, sobre todo a quienes han recordado la historia después de tanto tiempo. A los lectores fantasmas, les recuerdo mi afecto confesado en capítulos atrás. Y una mención especial a la desesperación de Yago, ¡que la esté pasando bien ahí donde esté! (Yago, no su desesperación, digo)
Frases de Francis:
1.- El té es dégoutant. Dès que je sorte d'ici, je ne le boire plus dans ma vie – El té es asqueroso. Cuando me vaya de aquí, no voy a volver a beberlo en toda mi vida.
2.- Je n'avais jamais connu une personne aussi méchant dans toute ma vie. – Nunca había conocido a una persona tan mala en toda mi vida.
3.- Cendrillon se va a la medianoche, y deja al príncipe con una chaussure en cristal.- Cenicienta y la zapatilla de cristal.
4.- C'est comme ça – Es así.
5.- Cela n'a pas aucun sens. – Eso no tiene ningún sentido.
BTW, no hace falta decir que Francis se ha inventado el verbo enrojizar lol
