26. Ojos que ven, corazón que siente
Estaban rodeados de librerías. Iban del suelo al techo y tenían un montón de libros, que se veían perfectamente ordenados, ya que unos carteles de latón, con letras marcadas, ofrecían la pista necesaria sobre el tema que se quería hallar. A Ron le recordó a la biblioteca de la abuela Sunny, porque la madera era oscura y en medio de la sala había una gran mesa. No era de lectura, se trataba de un escritorio. Allí el señor Granger tenía un ordenador, que no ocupaba gran cosa; una bandeja con cartas y papeles, un marco con la foto de la señora Granger abrazada a su hija, cuando no debía contar con más de nueve o diez años; y un tapete de piel negra, donde se veían dos papeles perfectamente alineados bajo una soberbia pluma estilográfica. El escritorio del padre de Mione era de categoría, como el sillón grande y mullido en donde se sentaba. A Ron le pareció que toda la casa mostraba una elegancia exquisita y por la cara que tenía su madre, a ella también se lo parecía.
- A las once será la misa en San Patricio. Es cerca de aquí – Explicó el señor Granger con tono serio – El director Dumbledore me comunicó que él se encargaría de hacer llegar el ataúd y que a eso de las diez y media llegarían los coches para recogernos
- Sí, nosotros tenemos que ir a por ellos en breve – Dijo Remus refiriéndose a Sirius y a él – Según tengo entendido, cabemos nueve personas en cada uno de ellos
- Somos católicos y jamás pensamos que incineraríamos a nuestra hija – Soltó de pronto la señora Granger
- Querida sabes que esto es...
- Sí pero ¿qué dirá la gente? – Sollozó la mujer interrumpiendo a su marido – Pensarán que ni siquiera queremos enterrarla como Dios manda, que no queremos visitarla en su tumba
- ¡Oh, querida! – Molly abrazó a la pobre madre, que estaba destrozada – Todo esto es por su bien
- Mi pequeña nunca nos dijo que corría semejante peligro – Siguió hablando el señor Granger – Si lo hubiésemos sabido, no habría ido al último curso
Ron miró al suelo. Harry desvió la mirada hacia su tía, que apretaba con fuerza sus puños. Aquella situación se estaba convirtiendo en un mal sueño. Hermione no estaba muerta, no lo estaba ¿Por qué todos estaban así? ¿Les estarían vigilando? Harry se machacaba la cabeza convenciéndose de que la escena estaba demasiado interpretada.
- Llevaba un año sin verla y ahora esto. No podré ver como se convierte en una gran mujer – La madre de Hermione se derrumbó en los brazos de la señora Weasley – Debimos ir a la boda, debimos volver de las vacaciones e ir a verla
- Ella escribirá – Dijo de repente Ron. Se notaba que estaba apunto de romperse en dos pero aún así sacó la fuerza suficiente para hablar, para dirigirse a los padres de la persona a la que amaba por encima de todas las cosas – Nunca ha dejado de escribirlos y no lo hará. Si soy yo quien recibe noticias de ella, me pondré en contacto con ustedes de inmediato, eso se lo prometo
- Mi pequeña ya se despidió – Respondió el señor Granger
- ¿Cómo? – Exclamaron asombrados Emy y Sirius a la vez, mientras que a Ron y a Harry se les abrieron los ojos de par en par
- Me envió hace dos días una carta – Cogió uno de los papeles que estaban encima del tapete de piel negro y se lo entregó a Sirius
- Aquí no se entiende nada – Dictaminó el padrino de Harry
- Eso es porque hace mucho tiempo que encriptaba sus cartas – Explicó el padre con un sentimiento total de orgullo – Ella desarrolló un sistema por el cual yo pudiese asignar un símbolo a una letra. Esta es la traducción. Pueden leerla en alto, si lo desean – Dijo dándole el otro papel a Arabella
"Mis queridos papá y mamá:
Sé que no debo hacer esto, prometí no decir nada a nadie y seguramente seré reprendida pero no en exceso, porque estoy convencida que entenderá mi actitud.
Escribo esta breve carta para deciros que Hermione morirá, que nadie mágico o muggle podrá volver a relacionar ese nombre a mi cuerpo. Sé que sólo es un nombre y que no me define como persona pero siento que al dejar de llevarlo, muchas cosas mueren con él. Yo estaré bien, estaré a salvo, más incluso de lo que lo he estado hasta ahora pero vosotros tendréis que enfrentar esta noticia como si yo hubiese muerto. Jamás podría dejar que lo pensarais, no podría vivir con ello, aunque me lo hayan pedido por el bien de la humanidad, no podría vivir pensando que os he hecho semejante daño, ni a vosotros, ni a la gente que amo.
Os echaré de menos, os llevaré siempre en el corazón y lo haré porque habéis sido los mejores padres para mí.
Siempre vuestra,
Hermione
P.D.: Prometo volver a veros"
La voz de Arabella se apagó en el mismo instante que a Ron y a Harry se les vino el mundo encima. No pensaron en ello, no pensaron que al enterrarlas estarían muertas para todos ¡Ellas no estaban muertas! ¡No lo estaban! Apareció un vacío en el fondo de sus estómagos, ya no hacía falta imaginarse nada, aquello era la primera estocada del día.
Llevaban casi una hora callados. Estaban sentados en la salita. Harry y Ron veían pasar a las mujeres llevándose tilas, abrazándose, consolándose, mientras, ellos permanecían en silencio. Bill y Charlie estaban un poco apartados, hablando de algo que no podían escuchar. Los gemelos habían ido a inspeccionar la casa, decían que les daba ideas para artículos de broma y ellos simplemente estaban allí, esperando a que llegaran los coches. Emy se acercó y les dio un beso en la frente a cada uno, se quitó la chaqueta y se la dio a Harry para que se la aguantara.
- Necesitáis algo ¿Un vaso de agua? ¿Un cubata de whisky? – Sonrió al ver que cambiaban la mueca de sus caras – Hoy no tienes que conducir, Ron
- Mejor paso, no sea que mi madre me huela el aliento y encima reciba un cachete
- Sí, va a ser lo mejor – Se puso de cuclillas delante de ellos y habló en voz baja - ¿No lo pensasteis? ¿No os disteis cuenta que ellas jamás volverían con sus nombres?
- No – Contestaron a la vez
- Da igual – Emy sonrió – Porque se llamen como se llamen, estoy convencida que volverán y que cuando estéis a solas, seguirán siendo Mione y Gin
- ¿De verdad lo crees? – Preguntó Ron como si fuese un niño que ha encontrado a alguien que cree en Papá Noel
- Como le dije a Harry esta mañana, el tiempo se encarga de darnos las respuestas importantes ¿No creeréis que nuestra estrella puede partirse en cachitos? Aún no hemos cumplido con nuestras misiones, aún no es tiempo de quebrar. Esta estrella sólo se ha extendido un poco pero no se ha roto. Pensar en ello – Les sonrió y se marchó
Harry la vio alejarse. Sentía calor, ese calor que ella regalaba. Había hecho sonreír a su mejor amigo y eso no se lo podría pagar con nada. Les había devuelto la esperanza, les había devuelto el calor.
- No me extraña que Merlín la eligiese a ella – La voz de uno de los gemelos sacó a Harry de sus pensamientos – Yo hubiese hecho lo mismo
- Menudo cuerpo, la posesión en ella deja de ser pecado para convertirse en obligación
- ¿De qué coño habláis? – Preguntó Ron a sus hermanos
- De Emy – Contestaron los dos a la vez, mientras que no la quitaban los ojos de encima
- ¡Pues ni se os ocurra hablar así de ella! – Amenazó Ron de muy malas pulgas - ¿Acaso os gustaría que alguien hablara así de mamá?
Harry no prestó atención a la respuesta. Volvió a sus pensamientos. Miraba a su tía. Ese día no estaba especialmente bien vestida, sólo un pantalón negro ajustado y un jersey de lana fina, con cuello en pico y mangas cortas, también ajustado al torso. Se fijó que había engordado desde que la vio por primera vez ese verano, ahora estaba mejor, antes estaba demasiado delgada por la operación. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta que se movía graciosamente, porque ella no paraba quieta ni un segundo. Algo de maquillaje le había tapado muy bien las ojeras y, sin duda, la ducha la había sentado mejor que a él. Sí era cierto, Emy estaba especialmente hermosa ese día pero se trataba de una belleza involuntaria. Podía verla hablar con Bill a solas, porque Charlie atendía a su madre en otro asunto. El hermano mayor del clan Weasley era un muchacho muy atractivo, que hacia una pareja espectacular con su tía, pero nada parecido a como ella se veía al lado de Sirius. Sirius, su padrino ¿Sería celoso? ¡Oh, sí! Recordó a Wilcox y como se puso al principio del curso anterior y no era para menos, la que ahora se llamaba Emily Black, era un bombón.
El silencio le llamó la atención. Se giró un poco y vio que Sirius estaba pegado a él, mirando, con fingida cara de mala leche, a los gemelos. Llevaba los brazos cruzados y negaba con la cabeza. Sus ojos brillaban, seguían brillando a pesar de donde estaban y del porqué estaban allí. Harry pensó que ni el mismísimo Voldemort podría borrar ese brillo, permanecería así mientras él estuviese con el amor de su vida, mientras estuviese con Emy.
- ¿Así que mi mujer está más buena que una sueca en tanga? – Preguntó en voz baja y dirigiéndose a los gemelos
- Sí – Contestaron los dos sin pudor
- No diré que no pero os puedo asegurar que no es su mejor virtud – Sirius guiñó un ojo y sonrió
- ¡Oh! ¡No nos hagas esto! – Exclamó George
- Ella siempre será nuestra musa – Dijo Fred – La que puede hacer con un hombre lo que quiera y sino mira con está Bill de embobado
Harry observó como su tío miraba a Emy y a Bill. Seguía sonriendo pero él sabía que el gusanillo de los celos le estaba comenzado a corroer la imaginación. En ese instante ella miró a su marido y sonrió, seguramente aliviada por verle de vuelta. Se disculpó con Bill y fue hacia él.
- Ya estaba empezando a preguntarme dónde estabas – Emy le agarró por el brazo – Son la once menos veinte, tenemos que irnos
- Como tú digas
- Avisaré a los demás – Y se fue hacia los señores Granger
- Vais a tener razón, hace con un hombre lo que quiere – Sirius le hizo una señal a Harry para que se levantase mientras sonreía pícaramente
Para Ron, hasta la iglesia era alucinante. Tenía torres muy altas y un rosetón de vidrieras de colores en el centro. Se veía señorial y muy digna, si había que despedirse de Hermione en algún sitio, ese era el mejor. Durante la misa, la sensación de vacío en la boca de estómago, fue aumentando. Veía a chicas de su edad llorar desconsoladas, él no las conocía pero se imaginaba que eran primas o amigas de su anterior colegio. Los padres de Hermione estaban deshechos. Vecinos, que la conocían desde niña, no podían creerse que se hubiese muerto en la flor de la vida y él, él simplemente miraba aquel horror, pensando que no podría aguantar estar allí sentado si en verdad ella estuviese metida en aquella lujosa caja de madera. Se imaginaba a él mismo tirándola al suelo, en medio de la ceremonia, para coger el cuerpo sin vida de su Mione y desaparecer ante los ojos de todos aquellos que iban a despedirla. Era suya, ni él mismo se había dado cuenta de cuánto podía amarla y necesitarla ¿Cómo soportaría los días sin ella? No importaba que le ayudase con los deberes, o que siempre fuese quien tirara de ellos, no importaba que fuese ella quien les diera el plan perfecto, él sólo quería abrazarla, besarla y decirle, una y mil veces, que era lo mejor de su vida y que la amaba. En ese mismo instante, rodeado de muggles y magos, él solo quería estar abrazado a ella.
No se dio cuenta de que la ceremonia había llegado a su fin, hasta que el señor Granger, Sirius, Remus, Harry e incluso Dumbledore, se levantaron y fueron hacia el ataúd. Iban a elevarlo para sacarlo de allí. Se levantó despacio y se colocó tras Harry. Sentir el peso del ataúd fue como aprisionar todos sus sentimientos en el corazón. Estaba allí presenciando y participando del entierro de Hermione, estaba allí llorando a lágrima viva delante de todos y no le importaba nada, sólo poder volver a abrazarla. En ese mismo instante lo decidió, haría todo lo que estuviese en su mano para recuperarla lo antes posible. Si eso implicaba estudiar cada día, entrenar horas y horas, dejar de dormir o de comer, no le iba a importar. Cuanto más pronto estuviese preparado para el enfrentamiento, antes volvería a estar con ella.
El crematorio era el escenario de una pesadilla. Frío, impersonal, gris, aséptico y con un horrible olor a desinfectante de lejía. La señora Granger casi se desmaya mientras que el padre intentaba mantener a su mujer abrazándola fuertemente. Ron pensaba que la carta no había servido de mucho, que Hermione estaría deshecha si viese a sus padres así. Sus padres. Miró a sus padres, no lo había hecho durante todo el tiempo y hubiese preferido no hacerlo hasta mucho después. Su madre respiraba con dificultad y su padre, su padre seguía con la mirada perdida, prueba del dolor que latía en él desde que supo las últimas noticias. Fue hacia ellos como quien está dirigido por unos hilos invisibles. Ron se sentía pequeño, no recordaba ya cuando fue la última vez que sintió la necesidad de abrazarles, quizás el día en que Ginny se perdió. Su padre le miró a los ojos y dejó escapar una lágrima que no se limpió, sino que dejó correr por su cara libremente, sin pudor ni vergüenza. Abrazó a su hijo, como también lo hizo Molly y allí, entre los dos, no pudo remediar que saliera todo. Escondido en el pecho de su padre se libró de ver como escondían la caja tras una cortinas, de un horroroso color grisáceo, para terminar metiéndola en el horno. Escondido en el pecho de su padre consiguió decir "lo siento".
Harry y Ron esperaban en el coche a que sus respectivos tutores volvieran. Estaban callados viendo como se despedían de los padres de Hermione, no acudirían al entierro de Ginny, lo cual era entendible debido al trago que estaban pasando. Desdicha muy lejana de ser fingida, como se suponía que debían hacer. Lo que estaban viviendo todos, se alejaba poco de ser real, de que en verdad se estuviesen despidiendo de ellas por haber fallecido. Tanto Ron como Harry, sentían que las habían perdido. Algo en su interior les decía que tardarían mucho en verlas y, aunque no era comparable a que ellas estuviesen muertas, no les suponía un consuelo.
Llegaron a la nueva casa de los Weasley a la hora de la comida. Ron subió a su cuarto disculpándose por no quedarse a comer. Después que el resto hubo ingerido unos pocos alimentos, los hermanos se fueron al salón y Harry insistió en querer ir con Sirius y con Remus y Bella a devolver los coches. Por mucho que le pidió Emy que declinara esa decisión, el muchacho alegó que necesitaba hacer algo, no estar allí varias horas pensando, porque se volvería loco. Sirius le prometió a su mujer que no les pasaría nada y Emy accedió quedándose a solas con el matrimonio Weasley en la cocina.
Recogían los platos entre las dos mujeres cuando Emy le preguntó a Molly por Arthur. Hablaban bajito para que el aludido no les oyera. Al parecer no había querido soltar prenda a su mujer desde que se enterara de la agresión de su hija y ella ya no sabía qué decirle. Emy le pidió permiso para hablar con él en ese instante, lo cual accedió de mil amores su amiga.
- Arthur ¿quieres un café? – Ofreció Emy - Estoy segura que te vendría bien
- No te molestes, estoy bien así
- Si no es molestia – Ella le sonrió – Además te espabilará y te quitará ese abatimiento tan atípico en ti
- Sí, querido, aún nos queda lo peor – Dijo Molly con ternura
- No, de verdad que no, gracias
- Es una lástima, porque tus hijos están asustados por verte así. Tú siempre les das ánimo y ahora pareces un alma en pena
- ¿Asustados? – Repitió Arthur un tanto sorprendido
- Por no decirte que el pobre Ron se siente culpable de tu ánimo
- ¿Ron? ¿Por qué habría de ser culpable? – Ahora preguntaba inquieto
- Por no haber protegido a su hermana como debía
- Mi pobre hijo, yo jamás le culparía de algo semejante... no es él el culpable – Arthur Weasley bajaba la cabeza negando con la mirada perdida en la mesa
- ¿Eres tú? – Preguntó Emy sabiendo que sus palabras creaban herida
- Sí
- ¡Entiendo! No vas a poder decir que tus hijos, Molly, no son de su padre, porque, a parte de llevar su pelo, llevan su personalidad – Exclamó Emy sentándose a lado de Arthur – Te hablaré en plata, Arthur, ¡No me vengas ahora con hostias! Estoy hasta las narices de que paguen justos por pecadores, tú no tienes culpa alguna
- Malfoy le puso el libro a Ginny delante de mis propios ojos, le mandó a su hijo que le atacara y casi se nos queda en la enfermería. Yo no reaccioné, tendría que haberme dado cuenta que volverían a atacarla, que cualquiera de esa asquerosa familia volvería hacer daño a mi pequeña. Debí decirle a Dumbledore que la pusiera vigilancia, que no la dejaran ir por los pasillos sola, que no...
- ¡Arthur! Si te oyese Ginny, ya estaría protestando – Emy le habló con dulzura – Tu hija es una de las personas más especiales que conozco. Se siente afortuna por haber nacido en una familia que la quiere en demasía pero a la vez se siente ahogada por ello. No le habéis dejado que saque los pies fuera, que pise el suelo, que se dé cuenta que puede hacer grandes cosas. Arthur, Ginny ha demostrado, sobradamente, su valía, su fuerza y su poder. Se sabe defender y no sólo desde que es Guardiana. Ella no sucumbió a Ryddle, su espíritu luchó con fuerzas desgarradoras cuando sólo contaba con once años. Es una guerrera nata, es inteligente y sensata, a parte de ser una belleza y la mejor chica que yo quiero para mi Harry ¿Realmente crees que le gustaría ver a su padre y a sus hermanos así? Ella nunca os culparía, porque sabe que el único culpable del intento de agresión es Malfoy y se lo ha perdonado ¿Puedes creerlo? Le ha pedido a Harry que perdone, porque es mejor que el propio Malfoy cargue con su vida, que ninguno de los que ella ama carguen con su muerte. Debéis sentiros tan orgullosos de los hijos que tenéis, que no debe haber cabida para la culpa, sólo para la fuerza que os da el amor de esta familia. Así que alegra esa cara y habla con ellos. Deja salir los sentimientos delante de tus hijos para que ellos puedan hacer lo mismo. Si lo haces, te prometo traerte el aparato más muggle que vea esta tarde – Terminó diciendo con una sonrisa
- ¡Emy! – Molly se abrazó a su amiga. Estaba impresionada por las bellas palabras de consuelo
- Mi intención no era hacerte llorar de nuevo, Molly, así que me sacas ese ímpetu que te caracteriza y les pones las pilas a todos estos
- ¡Pilas! ¿Puedes traerme pilas? – Preguntó Arthur intentando animarse
- Sí, Arthur, te traeré pilas
- ¿Adónde vas? – Cuestionó Molly
- Tengo que hacer un recado pero estaré de vuelta a las siete y media, lo prometo
- ¿Si viene Dumbledore preguntando por ti?
- En el caso de que venga él, o mi marido, o mi sobrino, pues les decís que era algo que no podía esperar y que vendré lo antes posible – Le contestó a Arthur
- ¿No irás a...?
- A mi tío, de momento, no tengo intención de verle... De momento
La decisión había sido acertada. Tener que coger el metro para volver a Bayswater Road, le hacía más llevadero aquel día. Sabía que ninguno de sus tres acompañantes le quitaban un ojo de encima, sobre todo uno de ellos pero, aún así, consideró que había hecho bien. Harry no quiso quedarse en casa de los Weasley porque no soportaba ver a su amigo así, porque sabía que él se pondría peor y porque aún les quedaba otro frente que lidiar, para él, el peor. Claro que se había conmocionado con toda aquella gente que despedía a Hermione. Ella era su mejor amiga, en quien se había apoyado en multitud de ocasiones y en quien confiaba plenamente. No conocía a nadie con mayor sentido común que ella y eso a pesar de que se viese arrastrada a las múltiples locuras en que Ron y él se habían metido. Ella era el alma del trío fantástico, incluso se atrevía a pensar que la hermana mayor que nunca tuvo. La quería mucho y la iba a echar en falta.
- ¡Harry! ¿Me oyes?
- ¡Ah, sí! perdona, Sirius
- El último tramo lo tenemos que hacer bajo el hechizo desilusionador. Bella se quedará vigilando para que no nos vean
- ¿Tú no te le aplicas? – Le preguntó el muchacho a la mujer
- Yo tengo otros métodos
- Ya hablaremos de eso – Cortó Sirius – Metete en el baño, tengo ganas de llegar a casa
Harry no entendía la premura de su tío, en verdad todo estaba saliendo muy bien. Hizo lo que le mandó y cuando quiso darse cuenta paseaba por las calles de Londres totalmente camuflado. Le encantaría poder andar libremente por la ciudad sin que ninguna amenaza cerniese sobre él e imaginaba haciéndolo con Ginny cogida de su mano pero se tuvo que conformar con pasar inadvertido simple y llanamente, aunque tenía razón Ron, era liberador. Si se quedaban más tiempo, se lo comentaría a su amigo.
Llegaron a casa de los Weasley y se encontraron con la sorpresa de que Emy no estaba. Sirius puso cara de olérselo y de cabreado pero no dijo nada. Harry tampoco lo hizo y se marchó directo a ver a Ron. Su amigo ya se encontraba mejor, había dormido una siesta y luego se había dado una ducha, parecía tener mejor cara. No se enteraron de que había pasado Dumbledore por allí para darles un traslador que les iba a dejar en el mismo centro del cementerio de Ottery Saint Catchpole. El entierro de Ginny sería al atardecer, cuando el sol se ponía en el horizonte. Sería a la misma hora y en el mismo sitio que el de Percy, sólo que exactamente dos meses después.
Al saber que ya estaba despierto, Molly le subió a su hijo una bandeja llena de bollos y un gran vaso de leche tibia y le hizo prometer a Harry que se encargaría de que Ron se lo comiera todo. Por como lo miraba su amigo, no supuso que tendría problemas en ello. No habían pasado más de dos minutos de que la señora Weasley abandonara la habitación, cuando entraron los cuatro hermanos. Mientras que el pequeño de los pelirrojos varones se comía todo lo que había traído su madre, por si alguno de sus hermanos se le antojaba meter mano en la bandeja, estos hablaban de la vestimenta del profesor Dumbledore, trajeado con ropa muggle para la ocasión, como también lo hicieron de la presencia de la profesora McGonagall, igualmente vestida. No se cortaron en poner a parir al Ministro de magia y a varios altos rangos del ministerio, por su frialdad con los padres de Hermione y por la cara de mala leche que traían. Eso les llevó a hablar de lo que debía de estar pasando en el Ministerio.
El timbre sonó a la siete y media en punto de la tarde y fue Sirius quien se ocupó de abrir. Todos estaban en el salón esperando a que Emy por fin apareciera, aunque Molly ya había dicho que vendría a esa hora.
- ¿Dónde has estado? – Sirius no lo preguntó con muchos miramientos, ni siquiera disimuló la cara de mala leche que tenía
- Hola, cariño – Contestó melosa Emy
- ¿Dónde has estado?
- Ahora no es momento de explicaciones – Ni siquiera cambió la expresión de tranquilidad que traía, simplemente desvió la mirada al salón y se dirigió al resto de personas - ¿Nos vamos ya?
- Sí, sólo faltabas tú. Dumbledore nos trajo el traslador y dijo que ya hablaría con nosotros después – Le informó Molly
- Perfecto, entonces ¿A qué esperamos? – Avanzó con paso decidido hacia el salón y le echó una sonrisa a Arthur – Espero que no te importe que a las pilas les acompañe un aparato de radio
- ¡Oh! No, en absoluto – Dijo cogiéndolo como si fuese una bomba a punto de explotar – Gracias
- No hay de que. Si te lo doy es porque te veo mejor, aunque ahora debemos pasar este pésimo momento
- Ni que lo digas – Contestó éste con pesadumbre en su rostro – Al menos, Dumbledore dice que están más a salvo, lo mismo que les dijo Hermione a sus padres
- No dudes que es así – Afirmó Emy y luego añadió, más que nada por su sobrino y su amigo – No sé dónde pueden estar pero sé que están muy bien protegidas, ni siquiera yo he podido encontrarlas
Harry y Ron abrieron los ojos como platos ¡Lo había intentado! Emy no dijo nada más y se unió a ellos alrededor del traslador. Momentos después estaban en medio de un pequeño cementerio, bañado por la increíble luz roja del atardecer.
