Capítulo 6

No volvió a casa de la señora Moreau, ni recibió más invitaciones. Tal vez Francis le hubiera contado a su madre lo que le había hecho y ella habría considerado que representaba una amenaza para la seguridad de su hijo. A Arthur no le preocupaba en lo absoluto, ni siquiera le caía bien ese niño insoportable y llorón como para estar lamentándose, si acaso extrañaba un poco la comida gratis, pero ni siquiera era tan buena para estar alicaído desde que las cenas y las meriendas se habían acabado.

En definitiva, nada de lo ocurrido le afectaba. Lo único que lo irritaba era que todo el mundo supusiera que sí lo hacía, como James burlándose y golpeándole más que otras veces como forma de ser condescendiente, o su padre regalándole una segunda porción del postre comprado en una pastelería. Incluso su madre lo trataba mejor las veces que James y él iban de visita, atendiéndolo por encima de sus hermanos y sacando a colación que habían amistades que sufrían periodos de crisis, que eran pruebas que terminaban fortaleciendo un lazo importante. Arthur se preguntó si tras el divorcio y su nueva vida de mujer soltera se habría lanzado como devoradora de libros hacia los de temática de autoayuda.

Pero él estaba bien, ¡coño, claro que estaba bien! Y no, no mirada de reojo la ventana que daba a la habitación de Francis porque aquello era ridículo.

-Te veo raro, Arthur –le dijo Blanche, en otra de sus citas. La había invitado (aunque ella pagó su entrada) a un parque de diversiones.

Arthur detuvo su caminar y bajó el rostro para mirarla a la cara. Blanche tenía una expresión seria, incluso hasta preocupada, que era poco habitual en ella. Arthur se encontró sonrojándose.

-¿Cómo así?

-Estás apagado y casi no sonríes.

Arthur quiso señalarle que él nunca sonreía, excepto cuando se trataba de burlarse de alguien más.

-Una de las cosas que más me gustan de ti es cuando sonríes –le confesó Blanche.

Como estaban tomados de la mano, Blanche le dio un apretón cariñoso.

-Ya… eh… prometo sonreírte más –balbuceó-. ¡Pero tómalo como un favor, ya que te gusta tanto!

Blanche le señaló un puesto de algodones de azúcar, y lo arrastró hacia él. Arthur compró uno para ambos por el mismo factor ahorrativo y a Blanche le pareció otro gesto romántico. Arthur esbozó un amago de sonrisa que le hizo sentirse como un tonto, pero que a Blanche le encantó.

-Está bien, para ser un comienzo.

A Arthur le desanimaron sus palabras, ¿que acaso no había sido suficientemente bueno? Porque él no creía mejorar su sonrisa al menos que pudiera meterse con un par de desgraciados, y él se había prohibido mostrar ese aspecto de su personalidad a Blanche.

Se sentaron en un banquito a devorarse el algodón de azúcar. Arthur se encontró pensando que si más adelante tendría que aventurarse con otras cosas que los novios normalmente hacían. Volvió a pensar en Francis, en aquel idiota que le había abierto los ojos y en qué sería de él cuando Blanche insistiera en bailar juntos música para niñas. No creía que ella se fuera a contentar con sus cds robados y brincar al ritmo del rock. Si ni siquiera un chico se había conformado, ¿qué le esperaba con ella?

-Eh… Blanche… -se encontró diciendo. Volvió a sonrojarse intensamente-. ¿Tú sabes bailar?

-¡Oh, sí! –exclamó Blanche, en un sonido casi gatuno. Pareció emocionarse ante la sola mención. A Arthur se le cayó el mundo a sus pies-. ¡Me encanta! Y más cuando el hombre es un buen bailarín. Como mi papá. Henri ya es algo más tieso, ¡pero mi papá es único! Oye, ¿y tú, Arthur?

-Sólo rock y esas cosas… -masculló, azorado.

-Pero esas cosas no se bailan –observó Blanche-. Ah, ¡ya sé! ¡Te enseñaré a bailar de verdad!

-¡Yo no quiero hacer eso! –farfulló Arthur-. T-Tampoco es que lo necesite, eso es tonto, por qué habría yo de…

Blanche pautó para los sábados las clases de baile. Gilbert y Dylan lo encontraron graciosísimo en cuanto se enteraron, y otros más de sus compañeros de clases se hubieran burlado de no ser por la mirada de advertencia que Arthur les dirigió, que amenazaba con darle su merecido a quien se atreviera a esbozar incluso una pequeña sonrisa. El equipo de futbol se enteró de sus clases gracias a Henri, pero siguieron tan estoicos como siempre. Sólo en la clase siguiente apareció Berwald, uno de sus miembros, solicitando unirse como alumno regular. Como necesitaban una chica para él, Blanche se lo pidió a una amiga suya y así estuvieron completos.

Con Berwald allí, Arthur ya no se sentía tan cohibido y estúpido, además Blanche le había dicho que era un excelente alumno y que en cuanto se pudiera, organizaría una fiesta para demostrar lo aprendido. A Arthur le alegraba resultar sorpresivamente bueno, pero la perspectiva de una fiesta lo aterraba.

Fue un sábado al mediodía, regresando de una de sus clases, en el que Arthur había decidido darles una visita a sus amigos en el bosque, cuando lo volvió a ver después de largo tiempo.

Francis estaba arrancando las flores de su jardín. Al contrario que la primera vez, Arthur no sentía nada al encontrárselo dañando las flores que tanto cuidaba su padre. Sin embargo, fue a su encuentro, porque en sí le daba curiosidad por qué lo estaba haciendo.

-Hey, tú –le dijo Arthur.

Francis se detuvo, sobresaltándose, soltando las flores y levantando las manos en señal de rendición. A Arthur le decepcionó un poco.

-No iba a quitártelas –le aclaró.

-Yo pensé que sí. De todos modo yo no las quiero más.

-¿Porque son unas flores espantosas?

-Sí. Es lo que tú has dicho.

Arthur alzó la vista hacia el cielo.

-Como quieras. Adiós –le dijo Arthur, comenzando a alejarse. Volvió a salir de su residencia.

-¡Espera, tú! –exclamó Francis, pero fue ignorado.

Arthur siguió su camino. Sólo se detuvo cuando escuchó el sonido de unas rejas abrirse. Se volteó a tiempo para observar cómo Francis salía de su casa, con bastón en mano. Era la primera vez que lo veía acometer una acción semejante, porque además de aquella vez en el bosque, jamás lo había visto fuera de la seguridad de su hogar. Francis siguió llamando, avanzado tras él lo mejor que podía. Arthur se giró y reemprendió su camino, juzgando que el chico se cansaría pronto, que no se arriesgaría a seguirlo. Porque no se pensaba detener otra vez por su causa.

Sólo cuando llegó a una calle transitada, Arthur se atrevió a volver la cabeza hacia atrás. Francis se acercaba cada vez más. El semáforo cambió a rojo, pero Arthur no cruzó. En menos de cinco minutos Francis estaba a su lado, jadeando por el esfuerzo de seguirlo a fuerza de instinto.

-¿Qué planeas? –le preguntó.

-¿Por qué tú no me has esperado? –le preguntó Francis a su vez.

-No tenía motivos.

-Yo quería que tú me esperaras.

-Sigo sin tener motivos.

El semáforo cambió de color y los carros arrancaron. Francis le tomó del brazo, Arthur no protestó.

-¿Adónde tú vas?

-No es tu problema.

-Yo quiero ir donde tú vas.

El semáforo volvió a ponerse en rojo y Arthur aprovechó para pasar, aún con Francis aferrado a su brazo. Arthur no sólo se cuestionó por qué el chico, después de tantos malos tratos, regresaba a él como si nunca hubieran ocurrido, o por qué Arthur lo dejaba regresar. Tal vez sí extrañaba la comida de la señora Moreau. O le gustaba meterse con él. Aunque ahora no tenía planeado ninguna maldad, tal vez su cerebro estuviera desacostumbrado después de semanas sin toparse con Francis.

Arthur lo llevó al parque, pero no intentó internarse en el bosque. Sería una imprudencia llevar una carga en él; además, Francis no valía lo necesario para estar en compañía de sus amigos mágicos. Arthur le informó dónde estaban.

-¿Tú verás las estrellas una otra vez?

-Aún es de día. Por supuesto que no.

-Oh –soltó Francis, pero no dijo más.

Arthur pensó que, ya que no iría al bosque, buscaría una actividad más divertida. Decidió ir primero hacia los botes y así dar un paseo en el lago. No se le ocurría qué más hacer que pudiera incluir al otro. Aunque la idea de dejarlo abandonado era tentadora.

Los botes eran alquilados por tres libras. Arthur pagó el monto sintiendo un profundo dolor en sus bolsillos. Además, los botes no eran nada del otro mundo, eran pequeños y viejos, con la pintura carcomida y daban la impresión de no soportar tanto peso ni movimientos bruscos. Por suerte, tanto Francis como él eran delgados. Arthur se metió primero y ayudó a Francis a subir. Cuando estuvieron sentados, le pasó uno de los remos, que lo tomó con torpeza.

-¿Qué es?

-Un remo. Para remar –Francis no pareció entenderle-. Ya sabes, para conducir por el agua.

-¿Y por qué? ¿Dónde está la persona quien va a servirnos?

-Nadie nos va a atender.

-¡Pero cómo es posible!

-Aquí manejamos nosotros mismos.

-No es muy sensato que una persona me diga que conduzca.

Arthur entendió de pronto a qué se refería. Soltó una maldición y varias groserías.

-Dame acá el jodido remo.

Francis obedeció, y Arthur comenzó a mover el bote. Era más cansado y fastidioso de como se veía por las películas que daban en la televisión. Cuando estuvieron considerablemente alejados de la orilla, Arthur paró el movimiento.

-Aquí es suficiente.

-Si tú lo dices… -Francis se inclinó sobre el agua-. ¿Es limpia?

-No. Es lo más parecido que encontrarás a una fosa séptica, mete la mano y sentirás como se te desintegra.

Francis arrugó el ceño, deteniendo su mano que iba directa a sumergirse en el agua.

-Ciego y mocho, ya lo tendrías hecho –siguió burlándose.

Francis parecía estar considerando qué tanta mentira contenían las palabras de Arthur. Éste esbozó una sonrisa maliciosa.

-No desconfíes tanto… -le dijo, antes de tirarle agua en la cara.

Francis protestó, tapándose el rostro con ambas manos. Arthur sabía que el agua estaría helada, incluso aunque no estuvieran en invierno. Soltó una carcajada antes de volverle a tirar agua. Como la vez anterior, Francis no consiguió esquivarla, pero esta vez no se quedó quieto, sino que le tiró agua también, primero no con la fuerza con la que debía y después en la dirección incorrecta. Hizo falta que Arthur se riera a carcajadas para poder apuntar acertadamente y asestarle.

-Hey, qué te has creído –le dijo Arthur, poniéndose de pie en el bote para ir a darle un golpe como castigo, pero quiso la mala suerte que tropezara con el bastón de Francis, quien lo había dejado en el suelo. Para evitar estrellarse colocó ambas manos en el suelo.

El bote se tambaleó de un lado para otro peligrosamente. Arthur se sostuvo con fuerza, porque en el caso de volcarse él quedaría desamparado y con el único auxilio de un ciego.

-¡Pero qué haces! –le reclamó Francis-. Tú vas muy lejos con tus bromas.

-Fue tu culpa, idiota –le apestó Arthur-. Quién deja sus cosas tiradas por ahí.

Arthur ya no estaba de humor para seguir molestando a Francis. Tomó ambos remos y dejó en el aire las preguntas que le formuló Francis luego, sobre a qué se refería y por qué el paseo había terminado tan pronto. Se fue lamentando de que fuera así hasta que Arthur le volvió a tirar agua, esta vez con uno de los remos. A partir de entonces dejó de quejarse porque el paseo llegara a su fin.

Una vez en tierra se quejó de que su abrigo había quedado empapado y ahora se moría del frío. Arthur le replicó que no tenía derecho a quejarse, que él había pagado por oírlo chillar como niña.

-Madame Hollyday me ha dicho el significado de cierta frase en inglés y es "yo te odio". Te odio, bruto.

Se sentaron en el suelo, bajo el amparo de un árbol. Ambos tenían hambre, por lo que Arthur le indicó que esperara allí, que iría a traer algo para comer. En realidad no tenía mucho dinero en el bolsillo por ello decidió ir robando de un puesto en otro hasta conseguir una cantidad considerable de comida chatarra. Cuando regresó, se encontró a Francis con un puñado de flores en su regazo. Volvía a deshojarlas. Arthur no entendía qué manía tenía con ellas. Se las quitó violentamente de un aventón.

-¡Traje el almuerzo! –exclamó antes de que Francis pudiera quejarse.

-Oh, ¿y qué es?

Arthur le lanzó una bolsa de frituras, que le dio en el pecho. Francis la tomó y la abrió.

-Buen provecho –le dijo Arthur antes de hacer lo mismo con la suya.

-Buen apetito –le dijo él, a su vez.

Arthur devoró la comida muchísimo más rápido que Francis, quien se contentó con una bolsa de frituras y un chocolate. Cuando terminaron, Arthur se tendió sobre la grama, con los ojos cerrados.

-¿Tú conoces una cosa? No me gusta Inglaterra –le confesó Francis.

-Y puedes asegurar que a Inglaterra no le gustas tú…

-Yo he estado muy aburrido desde que tú partiste.

-Cualquiera es miserable sin mí –dijo, sonrojándose, para su pesar.

-J'aimerais si tu voulais être mon petit ami, parce que tu me plais plus que tu puisses imaginer. Et je ne sais pas pour quoi, mais je ne peux pas l'éviter, tu es trop mignon malgré tout.

Arthur se reincorporó, mirándolo confuso. Y se extrañó mucho más al encontrarse a Francis sonrojado.

-Espero que eso no signifique que quieras ir al baño.

Francis negó con la cabeza.

-Bien. Porque los baños públicos quedan lejos.

-No… la verdad…

Arthur se levantó y le indicó que era mejor irse ya. Preguntó si su madre no estaría preocupada porque se había ido sin avisar. Francis supuso que sí estaría angustiada, y estuvo de acuerdo con partir de una vez. Tomó su bastón por un lado y el brazo de Arthur por el otro.

Cuando estuvieron a una cuadra de ambas casas, Francis lo soltó un momento para, al instante siguiente, tomarle de la mano.

-¿Pero qué…? –preguntó Arthur.

-Yo no necesito de guía en lo que resta del camino –se explicó Francis.

-Entonces suéltame y ya.

-Pero es que me siento más seguro así.

Arthur rodó los ojos.

-Como quieras.

La señora Moreau estaba más que angustiada cuando ambos se presentaron en la casa. Les dijo que había estado a punto de llamar a la policía. Arthur le explicó que Francis había querido que le enseñara el parque y él había accedido, además de darle un paseo en bote y brindarle el almuerzo, aunque no le aclaró en qué había consistido éste. Francis corroboró cada una de sus mentiras. Sólo se ganaron una pequeña reprimenda y la promesa de que, si volvían a salir juntos, primero le avisaran a ella.

Esa noche se quedó a cenar y al día siguiente Arthur, su padre y su hermano fueron invitados a almorzar.


Notas finales:

… sí, estoy muy floja con las actualizaciones últimamente, pero tengo una buena excusa, que este año me he metido en muchos eventos de diciembre. Sobre esto, en la comunidad FrUK de livejournal se está realizando un amigo navideño, los regalos comenzarán a postearse a partir del 20. Muchos fics y fanarts fabulosos, y mucho FrUK para navidad x3 Pásense por allí si quieren leerlos.

BTW, hay gente que ha tenido confusiones con los personajes. A ver, Dylan es Dinamarca. Blanche es Bélgica y Henri es Holanda. Listo, cuando agregue otros personajes los aclararé enseguida y no creeré que está sobreentendido xDDDU (sorry)

Muchas gracias por sus comentarios, querida gente :)

Frases de Francis:

-J'aimerais si tu voulais être mon petit ami, parce que tu me plais plus que tu puisses imaginer. Et je ne sais pas pour quoi, mais je ne peux pas l'éviter, tu es trop mignon malgré tout. — Yo quisiera que fueras mi novio, porque tú me gustas más de lo puedes imaginar. Y no sé por qué, pero no lo puedo evitar, tú eres muy lindo a pesar de todo.