Capítulo 7
La hora del entrenamiento transcurrió rápidamente y con tranquilidad. Al acabar Arthur descubrió que Blanche estaba allí, cuando la divisó entre las gradas hablando con su hermano mayor. Cuando ambos se miraron, la niña se le acercó y le saludó efusivamente. Le correspondió sin el mismo ánimo, sintiéndose bastante cohibido aunque nadie estuviera al pendiente de ellos dos, a excepción de Henri con su usual expresión de querer romperle un brazo.
-¡Vamos a mi casa a ver películas! –le propuso la niña.
Arthur se encontró negando. No era porque se imaginara que el repertorio de películas estaría reducido a la serie de Barbie y esas cosas de niñas, sino porque ya había planeado otro compromiso. En realidad nunca le dijo explícitamente que quedarían juntos, pero ya era costumbre ir a su casa para comer y molestarlo.
-No puedo. Tengo algo más que hacer.
Por suerte, Blanche no buscó indagar más, en especial porque en ese momento su madre la estaba llamando para que se despidiera de sus amigos de una vez. Blanche le dio un beso en la mejilla y le apretó la mano cariñosamente y Arthur se quiso morir. Mientras su novia se alejaba escuchó la risa de Dylan, sin poder reconocer si se estaba burlando o no. Iba a insultarle antes de recibir la primera burla, cuando se giró y descubrió que no tenía pinta de estar a punto de hacerlo. Era extraño, porque él se hubiera metido con él de encontrarlo con su novia, si acaso tuviera (no lo sabía y no le interesaba averiguarlo).
-Oye, voy a salir con Ian y Tino a andar por ahí, ¿te anotas? Hay una tienda de discos nueva que no hemos estrenado todavía.
Era una idea atractiva, aunque desconocía si los otros dos tenían las mismas aficiones que Dylan y él. Esperaba que, de no ser así, al menos fueran discretos y no dieran problemas. Pero ¿qué estaba pensando?
-No, he quedado con alguien más.
Dylan arqueó una ceja, pero siguió con su buen humor de siempre.
-¿El niño ciego? Últimamente no haces más que quedar con él.
Aquello le avergonzaba sin razón aparente. Se encontró controlando sus emociones para no transmitir qué tan nervioso le había puesto su afirmación, frunció el ceño y pareció enfadado.
-Eso no es verdad.
-Claro que sí.
-Exageras.
-Que no.
-Que sí.
-Vamos, casi todas las tardes. Gilbert opina lo mismo. Y dice que te has vuelto un blando, pero no creo que…
-¡Eso no es verdad! –chilló y se quedó sin saber cómo defenderse. Otra vez Francis volvía a tener la culpa-. Mira, olvídalo. No tengo ningún compromiso con ningún imbécil. Vamos.
Dylan estaba turbado ante el cambio tan súbito de actitud, pero se recuperó rápido y le pasó una mano por el hombro, instándolo a caminar. A lo lejos los esperaban Tino e Ian, éste último con expresión seria, apremiándoles para que se apuraran.
Al cabo de unos minutos ya estaban en camino y Arthur se olvidó de Francis hasta el anochecer, cuando llegó a casa y observó su ventana con la luz apagada, como si ya se hubiera rendido ante el sueño.
El sábado por la mañana se levantó sin ocurrírsele nada que hacer durante el resto del día, con lo cual fue cuestión de tiempo para pensar en Francis. Bastaba con mirar por su ventana la casa vecina e imaginarse los bocadillos que pondrían estarse preparando en este momento. Su padre seguía dormido, con lo que le dejó una nota. James no estaba en casa. Se preguntó si habría llegado anoche. Ojalá estuviera bien, era bastante molesto pero no quería convertir su habitación en su zona de juegos.
Tocó el timbre y fue atendido por la señora Moreau. Le recibió con la amabilidad usual, le ofreció comida y le indicó que Francis estaba en su habitación, durmiendo todavía. Para Arthur no fue problema subir a despertarlo. Ya pasaban de las diez de la mañana y se aburría. Lo zarandeó cuando lo encontró en la cama envuelto en capas y capas de sábanas. Francis comenzó a refunfuñar.
-Maman, qu'est-ce qu'il se passe? Pour quoi tu me lèves maintenant? J'ai du sommeil! Laisse-moi tranquille!
-Cambia ese lenguaje raro tuyo por el idioma normal, que no te entiendo nada –y porque creyó que estaba siendo muy blando, le quitó las sábanas de golpe y luego le dio un puñetazo en el hombro, no muy fuerte por tratarse del primero del día.
-¿Arthur? ¡Dios mío! ¿Qué es lo que tú haces aquí? ¡Y yo sin estar presto!
-¿Qué te vas a prestarsi estás igual que siempre? Levántate. Tengo hambre. Tu madre me dijo que ayer hiciste tartaletas de frutas.
-Divinas, sinceramente. Pero tú no las has visto –y sonó acusador, pensó Arthur.
-Todavía quedan. No te hagas.
Francis se incorporó. Lucía gracioso pues estaba despeinado y al hablar intentaba no mover los labios y taparse la boca con la mano. Buscó su bastón con la otra y, al no encontrarlo, se levantó sin él y se dirigió al baño. Se preguntó si ir a ayudarlo, no fuera a necesitarle. Por otro lado no era asunto suyo, siendo un discapacitado debería acostumbrarse a valérsela solo todo cuanto pudiera. Arthur encontró el bastón debajo de la cama, tal vez habría rodado por la noche. Lo dejó en el colchón y gritó que se apurara, que no tenía todo el día para esperarle (aunque, en verdad, sí lo tenía).
Francis salió diez minutos después.
-¡Yo soy feliz de que tu estés aquí! Ayer tú me has hecho falta, yo te he esperado y tú no has venido y yo he terminado aburriéndome.
Arthur agradeció que no pudiera ver, porque se estaba sonrojando sin razón aparente. Le molestaba que pasara, luego le entraban ganas de golpearle para que dejara de provocar reacciones extrañas en él. Daba igual si luego James le daría su merecido por meterse con el discapacitado otra vez.
-¿Y esperas que te tenga lástima? A diferencia de ti, yo sí tengo otros amigos. Quedé con ellos. Salimos por ahí.
-¿Había chicas?
-No, no tengo chicas como amigas. Sólo los de siempre.
-¿Quiénes son los de "siempre"? ¿Por qué tú no tienes unas chicas como amigas? ¿Tú tienes miedo de ellas?
-Francis, llevas hablando menos de cinco minutos y ya quiero estampar tu cara contra el suelo, a ver si así consigo que te calles la boca. O que te rompas un diente y evites hablar por temor a verte desdentado.
-¿Tú has desayunado? ¡Nosotros vamos a comer de las tartaletas! Ellas son divinas –repitió-, en más, tú nada puedes hacerme a mí porque te castigarían a ti.
-Romperte la boca valdrá el castigo.
-Tú no eres gracioso, mais tu me plais beaucoup encoré. Tú debes también aprender a callarte alguna vez.
Bajaron y Arthur colaboró con Francis sacando las tartaletas del refrigerador, pero dejando claro antes de ir a la cocina solo que lo hacía porque tenía hambre.
Arthur colocó muchas tartaletas en una bandeja, las llevó a la sala y las depositó en la mesita frente al televisor. Luego depositó en ella una jarra con jugo de fresa, aunque a él se le antojaba una gaseosa. A Francis no le gustaban los refrescos en general porque su madre le había metido en la cabeza que eran dañinos y engordaban a quienes lo consumían de manera violenta y exagerada. Arthur pensó que su idea del efecto de la bebida era de un hombre obeso que subía de peso de la noche a la mañana.
Francis ya estaba sentado en el suelo. Tomó una tartaleta y le dio un mordisco, para luego soltar más alabanzas hacia sí mismo. Arthur evitó decirle cumplidos, visto que él solo bastaba para felicitarse. Se colocó a su lado, y agarró otra tartaleta, mientras tomaba el control remoto para encender el televisor. Daban una telenovela latinoamericana bastante vieja, la calidad de la imagen no era muy buena.
-¿Lo ves?
-¡Sí! Con mamá. Ella me explica las cosas que yo no comprendo. El doublagese hace muy rápido. ¿Tú quieres verla conmigo? Así tú me explicas las cosas que yo no comprenda.
-Pero es que… estas cosas son aburridas.
-Si no te place, nosotros podemos ver una otra cosa. ¿Cuáles son tus programas preferidos?
-Suelo ver caricaturas –respondió-: Como los Padrinos Mágicos... pero también me gustan series como X-Men y Batman. En sí no tengo problema si es Marvel o DC. ¡Y estoy pendiente de Merlín y Sherlock! La primera es de Disney…
-¡Entonces hay unas historias de amor!
-Er, lo importante -y Arthur arrugó el ceño- no es el amor. En fin, y es una adaptación excelente de la novela de Arthur Conan Doyle. ¿Te las has leído?
-Un detective que resuelve crímenes no me interesa mucho.
-En fin, es lo que me gusta. -Iba pasando de canal en canal, hasta encontrar uno de deportes, pero no echaban futbol, sólo tenis. Igual lo dejó.
-Ya, nosotros no coincidimos en nada -repuso Francis, y Arthur cayó en la cuenta de algo que no le interesaba realmente-. Yo prefiero Glee. Yo amo Glee, aunque yo no lo comprenda muchas de veces.
-¿Ese no es un programa para niñas? -cuestionó Arthur.
-Claro que no, él es para todo el mundo y la prueba es que yo lo veo -Aquello no convencía a Arthur en lo absoluto-. ¿Pero tú no lo has visto? ¡Tú debes que hacerlo! Yo tengo la primera saisonen dvd, y lo mejor es que lo puedo meter en francés. Lo malo es que no sale Blaine. Él tiene una voz maravillosa.
-¿Y a mí qué me importa? No vamos a ver Glee.
-Pero…
Para callarlo, Arthur le metió en la boca un pedazo de manzana.
-Tengo el control. Veremos lo que yo quiera.
Francis se encogió de hombros, comiendo sin quejarse. Arthur se aburrió pronto del partido y volvió a pasar los canales para ver qué encontraba de interesante.
-Escucha. Y en esa rendez-vous, ¿qué tú hiciste con tus amigos?
-Lo normal -respondió sin mucho interés-. Lo que se suele hacer con chicos.
-¿Como yo? ¿Tú haces conmigo la misma cosa que tú haces con ellos?
Arthur lo pensó un tiempo, donde observó que había impacientado a Francis. Pero por mucho que le diera vueltas, no podía concluir que sus salidas con Dylan y Gilbert fueran iguales a sus reuniones con Francis.
-No. Pero es diferente, y qué importa. No te enrolles.
Pero de la cabeza de Francis no pareció salir la idea, porque al rato volvió a insistir con lo mismo. Para acallar su voz, Arthur le subió el volumen al televisor, con el fin de que el chico captara la indirecta. Su intención dio resultado, porque volvió a dejar el tema. O eso creyó.
-¡Yo lo he decidido! -exclamó, tiempo después-. Nosotros dos tendríamos que hacer alguna cosa de especial, alguna cosa que me diferencie de tus amigos, alguna cosa extraordinaria.
Arthur no le dijo nada porque tenía la boca llena de chocolate y frutas. Y tenía curiosidad por lo que se le había ocurrido.
-Yo tengo una idea: ¡el sábado próximo yo haré una fiesta! Y tú vendrás, porque tú vas a ser el invitado aquel de todos los honores.
Arthur imaginó que, en realidad, sería el único invitado de la "maravillosa" fiesta.
-Vale -dijo después de tragar-, una fiesta -y fue su forma de aceptar.
Francis pasó el resto de la tarde hablándole de los preparativos, sin que nada ni nadie pudiera distraerlo de la idea.
Si era una fiesta, debía al menos llevarle un regalo a Francis como mera educación. El chico no se lo merecía para nada, él asistiría a la fiesta para comer y ser mimado por su madre, no porque le agradara mucho soportarlo. Podía admitir para sí mismo que en realidad Francis no era tan malo del todo e incluso que disfrutaba mínimamentesu compañía.
Caminaba a su entrenamiento pensando en el mejor regalo para un chico como Francis. No creía que aceptara tan bien como los demás una figura de superhéroes o un auto de carrera o tarjetas de fútbol. A Arthur le gustarían estas cosas, además de las historietas americanas. También conocía que sus gustos musicales diferían totalmente.
Tuvo que dejar de pensar en aquel dilema cuando llegó al campo de fútbol. El entrenamiento le hizo olvidarlo por completo. Al finalizar, Tino se le acercó a Arthur, llamándolo antes de que se fuera.
-¿Qué pasa? -preguntó, pues no era común que Tino le hablara terminada la práctica.
-Es que hemos quedado este sábado en mi casa -le comentó-, y quisiera que fueras.
-¿Quiénes han quedado…?
-Eh, todos. Bueno, Vash y Lovino me faltan por avisarles, pero en sí seguro estará todo el equipo -le explicó Tino-, si aceptas ya son siete confirmaciones y eso.
Arthur lo miró de arriba abajo.
-Bueno -y se encogió de hombros, como dando a entender que no le interesaba-, allí estaré.
-¡Bien! -exclamó Tino, quien ya era un experto en ignorar la falta de interés aparente dentro de su equipo. Le indicó la dirección de su casa y la hora de encuentro.
Al salir del campo, acompañado por Dylan, no consiguió suprimir una sonrisa ansiosa. Nada más ocupó su pensamiento que la reunión del sábado, donde Dylan le había explicado lo que harían y que habría mucha comida y que pasaría toda una tarde con Normand e Ian.
-Aquellos chicos me aman, te lo digo yo -le aseguró, y Arthur asintió sin querer entrar en discusión.
Dylan fue a buscarlo a su casa el día convenido y, así, juntos se dirigieron a la de Tino, que quedaba cerca del estadio de fútbol. En el camino se encontraron con Casper, y siguieron, entre risas y bromas de mayor o menor grado dada la naturaleza de los tres chicos. Dylan era dado a reírse a carcajadas, de esbozar una sonrisa sin siquiera pensárselo, siempre de buen humor destacaba en el equipo por ser el más bullicioso. Casper, alto, ancho y de piel tan negra como el azabache, era de temperamento más calmado, combinando la efusividad con cierto aire tímido que le impedía expresarse en totalidad. Sin embargo, al entrar en confianza llegaba a darse por entero, y dado que Dylan provocaba la simpatía sin gran esfuerzo y que incluso en el tiempo compartido con Arthur los dos niños habían intimado un poco, Casper se estaba relajando con ellos, riendo, casi a punto de rivalizar su risa con la de Dylan. Sólo Arthur se mantenía en control de sus emociones, sin participar del todo en el entusiasmo desmedido de Dylan, que Casper seguía de tan buen humor.
Tino los recibió al llegar. Los llevó hasta la sala, donde ya Normand, Ian y Berwald estaban instalados en los diversos sofás y cojines de la habitación, colocados y ordenados frente al televisor pantalla plana y la consola de videojuegos. Una pila de juegos estaba formada cerca de los tres chicos, decidiendo con seriedad casi sagrada el cd que colocarían primero en la consola. Los tres los saludaron sin verse ni un poco felices por su llegada, pero ninguno se ofendió por ello. Dylan sostuvo solo la emoción del encuentro, abrazando a Normand y a Ian como si estos hubieran abierto sus brazos para recibirlo y no estuvieran intentando separarse de él, dirigiéndole una fría mirada que habría paralizado a cualquiera. Tino lo consideró gracioso. Arthur los saludó con cierta desgana, sentándose al lado de Berwald.
-¿Qué hay?
Berwald le señaló la pila de videojuegos, al tiempo que Dylan se sentaba en el otro lado, junto a Normand pese a la reticencia de éste, que aunque no fuera muy expresivo se notaba contrariado por la actitud del chico. Arthur consideró que los cambios faciales de Normand variaban de la indiferencia absoluta a la incomodidad y luego a la molestia, nunca lo había visto feliz y no era porque, como él, intentara ocultar sus sentimientos. Caso parecido se observaba en Berwald, quien mantenía una expresión pétrea para todo, pero que sin embargo no parecía frío o amenazador cuando se le conocía. Luego, Ian, cuya expresión seria podía ser afectada y así se lograba que mostrara emociones más variadas, como la vergüenza. El más joven del equipo también era quien más se apenaba, superando a Arthur, a Vash y a Lovino.
Decidieron jugar Escuela de Campiones. Al tiempo llegó Vash solo y por último Henri y Lovino. Pudieron formar equipos. Berwald y Dylan, en equipos separados, se atacaban virtualmente con toda su fuerza; Lovino intentaba superar a todos, con tanto afán que cometía errores torpes y hasta Tino sacaba provecho de ello; Casper era muy bueno en el campo, en un juego real, pero con el control de la consola era bastante torpe y pronto prefirió darle su puesto a otro, mientras él se distraía comiendo el montón de chucherías que había traído Tino. Arthur pensó que su rival más fuerte sería Henri, por la razón que el molesto chico parecía haberse tomado como afrenta personal el hecho de ser novio de su hermana y no hacía más que buscarle juego en los enfrenamientos, pero acabó teniendo que luchar contra Normand una y otra vez. Ya fuera por azar o porque Normand quisiera barrer el suelo con él (y Arthur sospechaba que se trataba de la segunda opción). Ganó Normand por muy poco, en un total de 3 a 2 enfrentamientos en distintos juegos: futbol, carreras de auto y peleas. Dylan salió triunfante en su inofensiva rivalidad con Berwald. Sin embargo, no todo fue malo para Arthur, quien ganó a Henri en todo lo que jugaron.
Fue un sábado ameno, donde Arthur se encontró divirtiéndose como nunca con aquellos chicos. Se olvidó del tiempo, de que debía reportarse con su padre pues ya anochecía, y que había alguien que todavía no perdía la esperanza de verlo llegar.
Volvió a casa a las nueve de la noche, esperando que su padre no hubiera entrado en crisis. Se había olvidado avisarle que llegaría tarde, y también en qué lugar de toda Londres estaría. Un olvido comprensible tomando en cuenta que sólo pensaba en divertirse y que, además, James lo hacía todo el tiempo sin disculparse nunca. La edad era un factor determinante en la gravedad de sus faltas, pero Arthur esperaba de buena fe que su padre, al escucharlo, comprendiera.
Entró en el jardín y tuvo cuidado de no tropezar. Su casa tenía todas las luces apagadas, señal de que su padre se habría acostado pronto y que James no se encontraba. Las casas aledañas estaban igual; su atención se detuvo en la más próxima, completamente a oscuras. Entonces recordó que hoy era la supuesta fiesta de Francis, de la que había pasado sin el menor aviso de su memoria. Hasta ahora.
Bien, no era tan grave, ¿o sí? Era una estúpida fiesta con un niño más estúpido todavía que no despertaba su interés en lo más mínimo. Sin embargo, a pesar de aquel pensamiento consolador, la idea de haberlo dejado plantado no abandonaba su cabeza. Ni cuando entró en la casa y fue recibido por su padre, ni cuando aguantó la reprimenda que duró menos de lo normal, ni cuando se acostó por fin, cansado y queriendo olvidarse de todo, pero de Francis, de Francis no consiguió olvidarse por más que lo intentó, tranquilizándose con la idea de que no había sido para tanto.
El domingo se despertó al mediodía si sentir que había reposado igual de bien que los días anteriores. El pensamiento rebelde y malicioso se había instalado en su cabeza, sin intenciones de irse por las buenas. Arthur reconocía su error pero ¿acaso a Francis le importaría? Sí, recordaba que al chico le hacía ilusión la dichosa fiesta y que era totalmente cansino con el asunto pero ¿ameritaba que lo estuviera atormentando de esta manera? No, para nada.
Comió el almuerzo con aún más desgana de lo habitual tratándose de comida de su padre. James lo observó con atención, hasta declarar:
-A ti te pasa algo.
-Eso no es verdad.
Pero Arthur no pudo seguir defendiendo su posición, porque James empleó la siempre convincente táctica de la fuerza bruta para conseguir que confesara. Arthur le explicó lo que había pasado entre Francis y él, sintiéndose bastante tonto. James seguro pensaría que era una niña por estar preocupado por un asunto tan nimio, seguro le diría que lo dejara estar y se concentrara en cosas de verdad importantes y de niños.
-¿Eso es todo? -cuestionó James y Arthur se sintió a punto de estar aliviado, ¡ya le iba a decir que no era nada importante!-. Es obvio lo que tienes que hacer, idiota. Ve y averigua si está molesto, y da igual si lo está o no, te disculpas y fin de la historia.
¿Disculparse? ¿Con Francis? ¿Cómo si todo fuera culpa suya -que lo era, pero le dolía reconocerlo- y no de él?
Como la inseguridad de Arthur era tan evidente, James prosiguió:
-Si de verdad quieres contentarlo llévale un regalo. Muchos se dejan comprar con un detalle, aunque sea insulso. Flores y tonterías varias. Dile que estás arrepentido, que no has dejado de pensar en él, y le das el detalle. Y ya, se acaban tus problemas.
Arthur pensó seriamente cumplir con el consejo de James. Tiempo después se encontró en el jardín tomando flores, considerando que a Francis le gustaría un ramillete porque era así de cursi. A él le parecía una gran estupidez, pero mientras le sirviera para ayudar a aliviar el problema entre ambos, estaba bien.
Cuando recogió una cantidad apreciable de flores, se preguntó entonces cómo dárselas sin sentirse tan tonto. ¿Tenía que entregárselas en medio de sus palabras de perdón, o después, o antes, para luego entrar en materia con su corazón ablandado? Por otro lado él debía mantener la compostura y no ponerse nervioso, ni mucho menos dejar que ese nerviosismo se le notara, si Francis hasta conseguía percatarse de cuando se sonrojaba. Nada de humillaciones, se dijo.
Volvió a preguntarse, entonces, cuál sería el mejor proceder. ¿Y si se las daba a su madre, junto a una nota de disculpas? ¿Pero aquello no era más impersonal y echaba a menos los esfuerzos que hacía?
Tenía tales cavilaciones en su jardín, ignorando lo que sucedía a su alrededor. James pasó por su lado y soltó una risa burlona que lo sacó de su ensimismamiento.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Que cualquiera diría que eres adorable dándole tantas vueltas para ir a disculparte con tu novio -y soltó otras palabras que menos favorecían el ya vapuleado orgullo de Arthur.
-¡No es verdad! ¡No voy a disculparme! ¡Él no es mi novio! ¡Yo ya tengo una y es mucho menos problemática que ese idiota!
-Entonces andas entre dos, ¡bien hecho! Hermano mío tenías que ser.
-¡No, no, ése no es nada mío! ¡Él sólo es…! -pero no pudo decirle qué era Francis realmente, porque James soltó otra risotada y se marchó.
Arthur estaba furioso. ¡No! ¡De ningún modo Francis era algo suyo...! No de manera sentimental. ¿Qué hacía dándole tantas vueltas a cómo disculparse, si al final era un chico que ni apreciaba demasiado? Tiró el ramillete al suelo y lo pisoteó hasta destrozar las flores.
Arthur decidió acudir con Francis intentando aparentar que nada malo había ocurrido. La señora Moreau lo recibió como siempre, encantada de su presencia y ofreciéndole un montón de dulces deliciosos que Arthur aceptó enseguida. Mientras comía, se preparó para fingir indiferencia con respecto a la desavenencia hecha. Se levantó de la mesa al acabar y dejó que la mujer lavara los platos. Subió hacia la habitación de Francis y lo encontró acostado en la cama. A primera vista no sabía qué hacía, o si hacía algo para empezar. A medida que se acercaba, concluyó que se distraía con el ocio más puro.
-Hey -saludó.
-Ah. Tú -dijo Francis con desgana, dándole la espalda.
Arthur rabió internamente, emitió un bufido y rodó los ojos. ¿Qué clase de bienvenida era aquella? ¡Y él que desperdiciaba su tiempo yendo a visitarle y, más aún, a darle una disculpa que no se merecía! Sin embargo, consideró que podría estar en su derecho de estar enfadado. Y más un niño tan caprichoso y mimado como Francis, acostumbrado a ser el centro de atención de los adultos que le rodeaban, a que sus deseos fueran cumplidos con prontitud y a actuar de manera intransigente si ocurría lo contrario.
-¿Qué haces? -preguntó, intentando formar una conversación. Y aquello era toda una novedad para quien conociera a Arthur.
-Es un secreto que los idiotas no pueden llegar a conocer, así que no me lo preguntes una otra vez, yo no te lo diré -le dijo secamente.
-Bien. Seguro es una tontería, porque es lo único que haces todo el día -repuso Arthur y se encaminó por la habitación.
Dejó la cama a un lado, sin controlar sus nervios ni reunir el valor de volverse hacia Francis. En su lugar miró la estantería fingiéndose interesado. Creyó que Francis le iba a responder en algún momento, pero aquello no ocurrió por más que lo ansió en secreto. Cargar con la responsabilidad de arreglar las cosas era difícil si el otro cooperaba tan poco. Se alejó de la estantería de libros hasta el escritorio, allí miró los dibujos que había hecho sin prestarles atención en realidad. Pensó que se comportaba como un tonto, dándole razones a Francis para juzgarlo como tal.
-Oye, lo del otro día… no quería dejarte plantado, pero me surgió un compromiso más importante. Ya sabes, mis amigos. Y el futbol. Y luego el wii. Y había pastel y papas fritas y jugamos toda la tarde y. Vamos. No puedes seguir enfadado por esto, comprenderás que eso es más divertido que lo que sea que planearas hacer.
-¿Eso ha sido una excusa? Porque es una excusa muy horrible.
A Arthur le entraron deseos de patearlo. Se sentía como un novio que tenía que rendirle cuentas a su pareja por un error espantoso, ¡ni siquiera con Blanche le había pasado algo así! Y ella era su novia oficial, la única en su vida y esas cosas. Sí, deseos de patearlo y golpear la bonita cara que tenía.
-Bien. Lo… -la palabra se le trabó a la mitad-. Ya, bueno, tú ni siquiera me caes tan bien como para que yo tenga que disculparme por algo que en realidad ni es mi culpa sino más bien tuya pero si te hace sentir mejor yo podría decir que tal vez lo sienta mucho por ti y esté apenado de haber faltado por una diversión mayor -soltó, quedándose sin aliento.
-No he entendido lo que tú has dicho, habla más lento.
-En resumen -siguió Arthur sin ganas de repetir lo que le había costado tanto sacar del alma-, que tú no eres toda mi vida. Ni siquiera parte importante de ella.
Francis emitió un ruido, como un bufido indignado. ¿Acaso podría estar peor luego de su disculpa? ¡Imposible! ¡Si sería fastidioso!
-Yo no puedo decir la misma cosa -le dijo, rato después, y Arthur se quedó confundido, desconociendo a qué se refería.
-¿Y qué? -soltó sin pensar-. No es mi culpa que no tengas otros amigos, niño insoportable.
-Tú no lo has comprendido -le apestó Francis-. Será mejor que tú partas. Yo no estoy de humor.
-Pues no me voy -y Arthur se cruzó de brazos, poco dispuesto a cooperar.
-Yo estoy molesto.
-Me sabe.
-Tú eres una persona horrible.
-Pues tú también.
Francis no volvió a decirle nada, sino que siguió en la cama, con los ojos cerrados y los labios haciendo un mohín. Arthur, después de observarlo mejor, pensó que estaría esforzándose por no echarse a llorar en su presencia. Niño tonto, le apestó, ¿por qué complicaba tanto las cosas al punto de herirse también a sí mismo? Si luego iba a estar llorando, mejor que aceptara todo tal y como le venía.
Lo peor era que se sentía sujeto a una especie de manipulación sentimental. No podía estar bien cuando el otro amenazaba con empeorar la situación. Arthur tuvo el impulso de mantenerse alejado de Francis o, mejor, huir de la habitación y olvidarse para siempre de aquel niño molesto, pero lo que hizo fue lo opuesto a ello. Terminó por acercarse a la cama y sentarse en el colchón, pese a las protestas desganadas del otro.
-Tendrías que conocer algún día a mi equipo de futbol -comenzó-. Es… el futbol es… inexplicable -acabó sin muchas luces. Se encontró sonrojándose furiosamente-. Ya sé, para que lo veas con tus propios ojos, o lo que sea que tú hagas, ven mañana a mi práctica. Le diré a tu mamá la dirección, porque lo más seguro es que tú ni sepas dónde estás parado. Es a las tres. Te voy a esperar, ¿vale? Vienes y me observas. O lo que sea. Y te presento a los demás. A ellos les he hablado de ti como el ciego insoportable y niña, pero a la mayoría le agradas con todo y que se trata de ti. ¿Vendrás?
Y esperó ansioso la respuesta. Tras un breve instante, el más largo de toda su vida, Francis pareció pensarlo. Esbozó una sonrisa pequeña, antes de decir:
-Yo acepto la invitación, aunque sea un rendez-vouz bizarro. J'y serais!
Arthur pudo respirar con alivio a partir de ahora. Quedando en términos tan agradables con Francis, se despidió de él y fue a informarle a la señora Moreau sobre su acuerdo. Sin quererlo, estaba emocionado por el día de mañana.
Ese día llegó más temprano de lo normal al campo de fútbol, aunque supiera que fuera innecesario, pues a quien esperaba le parecía que no tenía la apariencia de ser puntual con sus compromisos. De todas formas, estuvo allí, por si acaso erraba en su consideración. No quería que el ciego rondara solo por aquella zona, menos con personas tan desagradables como Normand, Henri y el resto del mundo en mayor o menor medida.
Pronto llegaron sus demás compañeros. El entrenador los mandó a calentar. Arthur supuso que Francis llegaría tarde e intentó dejar de mirar a las gradas tan continuamente, pero fue imposible. Incluso cuando estuvo ya con la pelota en el campo se desconcentraba unos instantes para cerciorarse, provocando que los demás tomaran provecho de su despiste. Sobre todo Henri, que además buscaba cualquier excusa para tirarlo en la grama, aunque aquello provocara la reprimenda del entrenador.
-¿Qué tienes hoy? -preguntó Dylan al finalizar el entrenamiento-. Tino dijo que parece que estás como en la luna y, ahora que me fijo, es así.
-Espero a alguien.
-¿A quién?
-A un… eh… Al ciego idiota.
-¿Quedaron en que vendría? Vaya. Pues no está.
Arthur puso los ojos en blanco, sin apreciar aquella muestra de perspicacia.
-Ya sé que no está.
-¿Se habrá perdido? Un ciego tal y como lo has pintado, no creo que sepa manejarse solo por Londres.
Arthur se había planteado esa posibilidad, pero no quería aceptarla. Se despidió de Dylan y se quedó un rato más, esperándolo, hasta acabar siendo el único chico en el estadio. Se imaginaba escenarios terribles, y la angustia de haber propiciado el fin del niño ciego no podía con él. Por último, se le ocurrió una posibilidad más alentadora: que al chico se le hubiera olvidado asistir. Al darse cuenta que había transcurrido una hora desde que la práctica había terminado, decidió dejar de esperar.
Anochecía cuando Arthur estuvo en la casa de la señora Moreau, tocó el timbre y esperó. Lo recibió ella, bastante sorprendida de su visita a aquella hora. Le invitó a pasar y le ofreció un dulce, que Arthur declinó con toda la cortesía que pudo demostrar, dado su mal humor. Preguntó por su hijo, y ella le indicó que ya estaba en su habitación. Hasta ese momento, Arthur sintió que volvía a respirar con alivio, al menos no se había perdido o algo peor.
-Sube, cariño, le darás una sorpresa.
Eso esperaba. Arthur se apresuró a subir las escaleras y recorrer el largo pasillo hasta la habitación de Francis. Abrió la puerta sin muchos miramientos y entró. El chico estaba sentado frente a su escritorio.
-¿Arthur?
-Sí. ¿Cómo lo sabías?
-Yo te esperaba -le explicó, girándose hacia él-. Regarde, yo he hecho un bello dibujo. O eso es lo que yo creo. Yo he ensayado de hacer un tigre, con unas joyas preciosas, como si él fuera un rey, y…
-Me vale mierda, eso es un garabato -le apestó Arthur, acercándose hasta quedar a su lado.
Francis no pareció en lo absoluto ofendido. Dejó el dibujo en la mesa con cuidado, como si fuera un tesoro delicado, y se quedó en silencio, a la espera de algo que Arthur no se podía explicar. Su actitud le parecía la de un insolente, intentando aparentar que nada había ocurrido cuando la verdad le había colmado la paciencia.
-¿Por qué no fuiste a la práctica? -preguntó, sin querer dar rodeos-. Estuve esperándote por una hora, más tiempo del que espero usualmente por alguien, porque me da la impresión que tú eres impuntual, y como de paso vas ciego por la vida, tendrías que ir mucho más lento, ¿no? Pero no viniste. Una hora, sentado, como imbécil.
-Ah. Lo siento. Yo lo he olvidado -se excusó Francis con ligereza-. Yo he dicho de hacer otras cosas: piano, algunos dulces, he leído un libro…
-Lo que haces cada maldito día, imbécil -le interrumpió, pero Francis negó con la cabeza.
-No te molestes, no era la gran cosa. Porque que yo vaya a tu entrenamiento de ese deporte horrible no significa nada para ti, ¿o sí?
-¡Claro que…! -pero Arthur se detuvo a tiempo, comenzando a comprender.
La mueca de Francis en la cara no era burlona, ya ni siquiera la veía insolente. Recordó lo que había ocurrido con la fiesta, ¿aquella sería una manera de vengarse por su falta, a ese punto podía ser rencoroso y retorcido?
-Claro que no. No significa nada -y entonces entendió la expresión de Francis.
-Pero para mí sí, la fiesta lo era. Significa mucho para mí. Tú significas mucho para mí, por eso yo me esforcé para que todo fuera a tu gusto. ¿Tú sabes el tiempo que yo he perdido para cocinar tus dulces preferidos?
-No entiendo por qué sigues molesto a estas alturas -repuso Arthur, con las mejillas azoradas. No quería que siguiera confesándole algo tan desagradable. Sí, había fallado, ¿pero quién era él para venir a rendirle cuentas?
-Parce que ce jour-¬¬là, je voulais te montrer combien je t'aime, et tu n'es pas venu.
-Sabes que no te entiendo cuando hablas así.
-Yo no quería que tú me entendieras.
-¡Entonces para qué me hablas!
Arthur pensó que Francis le replicaría con una impertinencia, pero para su sorpresa, terminó callando, sin que esa expresión que Arthur había reconocido abandonara su rostro. ¿Por qué, si él había sido el injuriado, terminaba por sentirse tan mal? Lo detestaba, decidió. No merecía la pena, pensó luego.
Pero si a Francis lo detestaba, Arthur se odiaba con mayor ahínco, en especial cuando llevó su mano para tocarle el cabello, teniendo el impulso de jalárselo pero acabando por acariciárselo.
-Entonces -masculló-, estamos a mano.
-¿Y ya?
-Si sigues haciendo drama por esto, te voy a dar razones para que llores de verdad.
Francis se encogió de hombros, pero Arthur sabía que había logrado convencerlo.
-¿Tú quieres comer?
-Vale. Y luego voy a casa.
-¿Y mañana? ¿Tú vendrás mañana?
-Si no tengo nada más entretenido que hacer, sí…
-¡Entonces vendrás!
-Ya te he dicho mis condiciones, no es seguro. Si falto, te conformas, y si me vuelves hacer drama, te golpeo.
-Yo voy a ver qué preparo para el desayuno, tendría que ser especial por ser una reconciliación.
-¿De qué mierda hablas? ¡Yo no…!
Francis retiró la mano de su cabello y la apretó entre la suya; Arthur le concedió unos segundos antes de soltarse bruscamente, mascullarle que lo más seguro fuera que faltara mañana, y se fue de la habitación sin intenciones de seguir probando su paciencia.
Al día siguiente, estuvo allí con puntualidad.
Notas:
Este no es el capítulo 7 en un principio, sino que lo escribí como regalo para una amiga de una página de rol de Hetalia y por ende he intentado que funcione bien como un oneshot. Por eso mismo es un capítulo más largo que lo usual, y pensé en dividirlo en dos pero... al final me dio flojera :_D Pero bueno XD hace tiempo he querido que el entrenamiento de futbol sea importante para estos dos y, si bien lo será más adelante, decidí adelantarlo y tal.
Con respecto a los nuevos personajes: Normand - Noruega, Ian - Islandia y Casper - Camerún.
Espero que hayan pasado una bonita navidad y nuevo año. Nos vemos en el octavo n_n
Traducción del francés:
"Maman, qu'est-ce qu'il se passe? Pour quoi tu me lèves maintenant? J'ai du sommeil! Laisse-moi tranquille!"= Mami, ¿qué ocurre? ¿Por qué me levantas ahora? ¡Tengo sueño! ¡Déjame en paz!
"Mais tu me plais beaucoup encore"= pero me sigues gustando mucho.
"J'y serais!"= ¡Allí estaré!
"Parce que ce jour-là, je voulais te montrer combien je t'aime, et tu n'es pas venu." = Porque ese día quería demostrarte cuánto te quiero, y no apareciste.
