Capítulo 9
Arthur, Dylan y Gilbert jugaron hasta pasarse de la hora en la que supuestamente el cine abriría. A Arthur le gustaba jugar futbol con Gilbert, porque era realmente malo con la pelota (o, en este caso, con la lata deformada por tantas patadas). Arthur habría continuado hasta más tarde, pero la lata quedó bajo los pies de Dylan y éste, percatándose que habían dejado olvidado a Francis, aplastó lo que quedaba de la lata de un pisotón y luego la tiró a un rincón, entre las bolsas de basura de ambos edificios. Arthur protestó y Gilbert fingió protestar también, aunque le agradecía acabar con tamaño suplicio (detestaba perder).
-Ya podemos ir al cine –anunció Dylan-. Además, creo que Francis está aburrido.
Los otros dos voltearon hacia el niño, quien se había puesto de cuclillas y había pegado su cara al bastón, con el rostro de quien está tremendamente aburrido. Se acercaron a él y Arthur le dio un golpecito en la cabeza. Francis se quejó con desgana.
-Levántate, ya nos vamos.
-¡Oh, finalmente! Porque le rendez-vous está muy aburrida y tú eres un enfant impoli –exclamó Francis, tomándole del brazo. Gilbert arqueó una ceja ante esto, con aire de suspicacia.
-Hablas rarísimo, no te he entendido nada –dijo Dylan.
-Es francés, suele hacer eso, pero con un golpe se le quita –explicó Arthur.
-No me parece bien golpear a un ciego –repuso Dylan.
Comenzaron a caminar. Francis atraía unas cuantas miradas, Arthur supuso que era por la novedad de ver a un niño con cara de niña trasladándose con un bastón en una mano y un chico en la otra. El cine al que irían estaba a pocas cuadras, Gilbert ya había hablado con el personal de taquilla, pagándoles de antemano con cosas que Arthur nunca supo qué eran, pero debía costar cuatro boletos, supuso. Como, a pesar de todo, era temprano, no hicieron cola ni cuando reclamaron sus boletos ni cuando entraron en la sala. Esta estaba oscura y Arthur tropezó antes de que sus ojos se adaptaran a la penumbra.
-¿Estás bien? –le preguntó Francis-. Ten cuidado por donde pisas.
Se instalaron en las últimas butacas. Gilbert fue a buscar las chucherías, que seguramente la adquiriría de manera ilícita, y los otros tres lo esperaron. En la pantalla estaban pasando propagandas, que se repetían una y otra vez. Francis quedó sentado entre Arthur y Dylan.
-¿Sabes? Es la primera vez que estoy en un cine. A mi madre no le gustan.
-Oh… -dijo Arthur y Dylan soltó una risita.
-¿Es muy bizarro?
-No, para nada.
-Arthur, te estás riendo.
-¡Ya, qué sabrás! –le apestó él.
-Eres una persona horrible.
-Pelean como enamorados –intervino Dylan.
-Púdrete –gruñó Arthur.
-¿Y qué tipo de filme nosotros vamos a ver? –preguntó Francis.
Arthur y Dylan se miraron a la cara antes de soltar otra risotada que hizo desconfiar a Francis. Éste iba a exigirle a Arthur que se dejara de bromas, pero en ese momento llegó Gilbert con las chucherías, que les lanzó a sus dos amigos sin la menor delicadeza. Arthur le tendió su parte a Francis.
-Tu almuerzo –le dijo antes de que preguntara qué era-: Papas fritas, un chocolate y gomitas –le enlistó.
-De todas formas no creo que vayas a tener ganas de comer –le insinuó Gilbert.
Francis preguntó por qué, pero nadie le respondió. Las propagandas se limitaron a una sex shop que quedaba a pocas manzanas del cine, bastante reconocida discretamente por toda la ciudad; Gilbert les comentó que había ido allí un par de veces y había salido muy bien remunerado, los precios eran un tanto caros para un estudiante sin ingresos, pero como conocía al encargado de la caja y eran muy amigos, conseguía descuentos.
-Yo sólo me pregunto para qué compras tanto si, al final, no los utilizas –dijo Arthur.
-¡Cállate, claro que sí! Bueno, igual me preparo –se excusó Gilbert-. Para un futuro, a estas cosas hay que darle tiempo. Además, tú eres peor, tú tienes a una chiquilla que haría todo lo que tú le pidieras y te limitas a estúpidas citas tomando malteadas.
-¿Una niña? –preguntó Francis-. Oh, ¿Arthur tiene novia…?
Arthur le tiró su trozo de chocolate a Gilbert, que le impactó en la frente. Éste se quejó y le tiró a su vez un paquete de frituras, Arthur se levantó y fue a golpearle, y Gilbert a corresponderle, pero Dylan intervino, separándolos.
-¡Ya, ya, que nos van a sacar! –exclamó-. Gilbert, lo que has dicho está mal. Blanche es una niña decente y genial, deberías disculparte.
-¿O si no qué? –preguntó, desafiante.
-Que te golpeo yo también –respondió Dylan como si fuera bastante obvio.
Gilbert no tuvo una segunda opción.
-Lo siento –farfulló, apretando los dientes.
-Bien –aceptó Arthur.
-¿Blanche? ¿Tu novia se llama Blanche? –le preguntó Francis.
-Cállate o te parto la boca a ti también.
-¡Eres…!
-Sí, es Blanche. ¿No te la ha presentado? -dijo Dylan, cuyas amenazas de Arthur poco le valían-. Es genial, una vez me trajo una caja de chocolate porque días antes me había visto deprimido.
-¿Deprimido? –Gilbert arqueó una ceja.
-Normand había dejado de invitarme a jugar Rock Band en su casa.
-A mí nunca me ha invitado, si te sirve de consuelo –dijo Arthur-. Ahora cambiemos de tema.
-Es que tú le caes mal. Pero ¿yo qué tengo de malo?
Ninguno le respondió porque en ese momento comenzó la película, que acaparó su atención inmediatamente. En realidad, la película y Francis, porque en sí sería su atracción principal. Éste se inclinó hacia Arthur.
-Entonces, tú tienes una novia de verdad. ¿Y ella te place mucho?
-Francis, ve la película y deja de preguntar estupideces.
-Yo no puedo ver…
-¡Tú sabes lo que quise decir!
Francis abrió la boca para seguirle hablando, pero el ruido de una pequeña explosión lo interrumpió. Los cuatro niños se sobresaltaron y se volvieron hacia donde había provenido, que era el cubículo donde se proyectaba la cinta, que había comenzado a fallar. La imagen en la pantalla se volvió borrosa, antes de desaparecer por completo. En el cubículo salía humo y se oían voces alteradas de los empleados, poco después se escuchó el sonido de un extintor.
Los cuatro niños estaban estupefactos. Gilbert, sobre todo. Un empleado vino a informales que por causas más allá de su control la película quedaba suspendida y que no aceptaban reembolso. Gilbert estuvo a punto de protestar, pero Dylan lo tomó del brazo y casi lo arrastró hacia la salida. Arthur hizo lo mismo con Francis, quien se había agarrado de él de inmediato.
-¡Qué mierda! –exclamó Gilbert. Siguió echando pestes, siendo corroborado por sus dos amigos. Los tres miraban a Francis como si él fuera su programa favorito que iba a ser cancelado pronto, con tanta lástima al haber fallado su plan de divertirse a su costa.
-Tú puedes hablarme a mí de Blanche ahora –le dijo Francis a Arthur.
-Te hablaré de ella cuando te arrojes a las vías del metro. Si no sabes cómo, yo te ayudo.
Llegaron a una plaza, se sentaron en un banco después de levantar a unos niños menores que ellos.
-Pero me quedó la duda –dijo Gilbert, y se volvió hacia Francis-. Oye, tú, rizos de oro, ¿has visto porno alguna vez en tu vida?
-Yo no puedo ver… -alcanzó decir Francis-. Yo no tengo esas revistas de Arthur, tampoco.
Esta vez fue el turno de Arthur de acalorarse. Le tapó la boca con las manos antes de que siguiera hablando, detestando la risa de Dylan.
-Cuando quieras ver porno, sólo pídelo. Gilbert tiene en su casa una colección entera, y todo cuanto te puedas imaginar –dijo.
-No ofrezcas lo que es mío –gruñó Gilbert-. Pero sí, estás invitado.
-Oh, tu es merveilleux! –exclamó Francis, logrando librarse de las manos de Arthur. Éste rodó los ojos.
-Ya que el cine fue un fracaso, ¿qué haremos después? –preguntó Arthur, dirigiéndose a Dylan.
-Sacar provecho del ciego –respondió Gilbert en su lugar-. Hay que enseñarle cómo actuar como un discapacitado mientras nosotros robamos un poco.
-Ya es un discapacitado –repuso Arthur, moviendo su mano de arriba hacia abajo frente al rostro de Francis.
-Rizos de oro, ¿sabes llorar o desmayarte? -preguntó Gilbert-. Porque necesitamos que lo hagas, por unos quince minutos. ¿Captas?
-No –soltó Francis con toda sinceridad-. No le encuentro el sentido.
Gilbert le explicó que no era necesario entender algo para realizar ciertas cosas, en especial cuando sólo pedían llorar un poco y echarse a morir clamando por su mamá. Dylan intervino para señalar que no era necesario exagerarlo tanto, con que fingiera una caída y captara la atención de los empleados tendrían suficiente.
Cabe acotar que estos chicos generalmente robaban sin necesidad de ningún elemento distractor que los protegiera de la mirada de los demás. Y en cuanto a la vigilancia, se cuidaban de encontrar los puntos muertos de la cámara, también conocían en qué lugares la vigilancia era apática con ciertos robos menores y en otro cuando era sólo una fachada. Esta vez querían usar a Francis sólo por la novedad, sin otra mayor razón.
Francis nunca dio señales de estar conforme con lo que los tres chicos le pedían, pero acabó aceptando la imposición. Arthur notó cierta incomodidad en él cuando se acercaban a la tienda de dulces, a tres cuadras de su ubicación. Cuando sólo faltaba una, Arthur lo soltó y le indicó que siguiera solo, porque sería perjudicial si los veían juntos. Le explicó la dirección acompañado con, lo que supuso, eran detalles con que nadie podría equivocarse, incluso alguien que no pudiera ver. Entonces, los tres niños se adelantaron y Francis les aseguró que los alcanzaría enseguida.
Arthur le dedicó una última mirada antes de recibir un codazo de Gilbert, que lo instaba a apurarse y enfocar su concentración en la cantidad de dulces que irían a parar a sus bolsillos. Gilbert solía usar pantalones anchos y desgastados con unos bolsillos enormes. Entraron en la tienda y se pusieron manos a la obra, sin esperar a Francis. Habían pautado que saldrían cuando llegara y armara su drama tal y como fue planeado.
El único inconveniente fue que el chico se tardó. Y pasaban los minutos, y de repente Gilbert les advirtió que sería mejor que ellos salieran de una vez, porque había creído captar la atención de una de las cajeras, que ahora los miraba recelosa. Arthur quiso quedarse para esperar a Francis, seguro de que pronto se aparecería. Tuvo que ser sacado casi a la fuerza por sus dos amigos. Una vez en la calle, los tres intentaron divisar a Francis, sin tener éxito.
Caminaron por donde habían venido, esperando dar con él. Arthur supuso que era más lento de lo que creía y que además el trayecto le habría resultado demasiado largo y desconocido como para recorrerlo por sí mismo. Hicieron el recorrido un total de tres veces, antes de que Arthur cayera en la desesperación. Soltó una grosería en voz alta, unas mujeres se le quedaron viendo escandalizadas, pero él las ignoró.
-Has perdido al ciego –dijo Gilbert. Arthur sintió deseos de darle un puñetazo en la cara-. ¿Y ahora qué harás? Te ayudaremos a encontrarlo, pero si se ha perdido en serio, ya la hiciste.
Arthur se sonó sus nudillos. Gilbert captó la intención, porque se puso en guardia. Se hubieran peleado si Dylan no se hubiera puesto en medio de ellos.
-A ver, ¡no se ha podido esfumar así como así! –exclamó-. Tiene que estar por aquí, ¿ya hemos mirado en los callejones?
-¿Y si alguien se lo llevó? –preguntó Gilbert-. Hey, no me miren así, es una posibilidad.
-En realidad, sí –intervino Dylan-. Normand me contó una vez que se los llevaban y podían acabar de muchas malas maneras. Como trabajar en un prostíbulo, o volverse un esclavo, e incluso podrían matarlo y vender sus órganos.
Arthur se encontró palideciendo. No quería pensar en cómo se pondría la señora Moreau si le contaba que su hijo estaría en manos de desconocidos que planeaban sacar dinero con su cuerpo –o partes de su cuerpo-. Y ni hablar de lo que pensarían su padre y James.
Arthur no quiso pensar en cómo estaría Francis en aquellos momentos. ¿Por qué se había dejado perder? ¿Qué acaso no pudo seguir con el plan sin mayores inconvenientes? ¡Si necesitaba ayuda hubiera gritado!
Los tres chicos volvieron a dar un nuevo recorrido, esta vez deteniendo a los transeúntes para preguntarles por un niño con las características de Francis. Ninguno conocía nada al respecto, pero Arthur siguió intentado hasta que un señor, por fin, pareció tener noticias.
-Es rubio y su cabello es muy largo, como lo cargan las niñas solo que no –dijo Arthur, y el hombre le interrumpió describiéndole la apariencia de Francis con mayor detalle, enfocándose en su ropa, para luego añadir:
-¿Y está ciego?
Arthur no se acordaba de la vestimenta de Francis, pero tenía una peculiaridad imposible de confundir.
-¡Sí, sí lo está! –exclamó, entusiasmado-. ¿Lo ha visto?
El hombre le señaló detrás de él. Arthur se volvió hacia una tienda de ropa, en la vitrina se veía su interior. Efectivamente, allí estaba Francis. Arthur fue corriendo hacia él sin perder ni un segundo. Tampoco le importó correr dentro de la tienda.
-¡Francis! –exclamó, sobresaltándolo.
Éste tenía entre sus manos una camisa de mangas largas, de color claro (entre azul y verde, él en reconocer los colores no era un experto). Pero daba igual, porque se la quitó de las manos y la colocó junto a las demás camisas.
-Oh, Arthur.
-¿Qué mierda haces aquí? –le gruñó él-. ¿Y el plan qué? ¡Has arruinado todo!
Francis se encogió de hombros, protestando un poco cuando fue forzado a salir de la tienda, con Arthur tirándolo del brazo.
-Me desorienté –le informó-, y entonces entré a la primera tienda que me pareció. Yo quería comprarte alguna cosa.
-¿Para qué? No tiene sentido.
-Es lo que nosotros hacemos en las citas, los regalos para ti.
-Agradece que hay gente, porque quiero molerte a patadas.
Se acercaron a Dylan y a Gilbert, quienes estaban sentados en un banco comiéndose desde ya sus dulces. Parecieron muy aliviados cuando divisaron a Francis siendo arrastrado por Arthur.
-¡Estás vivo! –exclamaron ambos.
-¿No te amenazaron ni nada? –preguntó Gilbert.
-No entiendo lo que tú dices –se excusó Francis y Arthur pidió que lo dejaran así.
-Hay que pasar el mal rato –dijo Dylan.
Propuso ir de una vez al parque de diversiones. Todos estuvieron de acuerdo, en especial Francis quien nunca había ido a uno. Arthur le comentó, mientras se encaminaban a su destino, que no parecía haber ido a muchos lugares en su vida. Francis se encogió de hombros y masculló algo ininteligible en francés. Arthur sospechó lo que quería decirle.
Tuvieron que comprar las entradas. A pesar de todo, Gilbert exigió descuento para Francis y para sus cuidadores, pero quien atendía en la taquilla no se creyó y pidió el pago completo. Tuvieron que vaciar sus bolsillos, pese a que habían planeado entrar sin pagar. Arthur se percató de que había pagado la entrada de Francis justo cuando ya estaban adentro del parque, con Dylan dando saltos emocionados e instándolos a dirigirse hacia las montañas rusas. Como compensación, le indicó que a partir de ahora correría con todos los gastos.
-Es alguna cosa de normal que l'amoureux paie –supuso Francis, encogiéndose de hombros.
Gilbert lo miró extrañado. Le comentó a Arthur lo desesperante que era oírlo expresarse en otra lengua, Arthur iba a confesar cuánto sufría por ello, cuando su amigo rápidamente encontró una ventaja para la situación.
-Lo bueno es que tienes toda libertad de inventarte lo que dice. Por mí parte, ha dicho que está de acuerdo y que también pagará lo que compre el bueno de Gilbert.
-¡Eso no es así! –exclamó Francis.
-No lo había visto de ese modo, pero me gusta. En fin, se queda. Francis pagará por todos –decidió Arthur.
Francis iba a replicar, pero Dylan se volvió hacia ellos, impaciente. Prácticamente los arrastró hacia el atractivo mecánico más cercano, que era una montaña rusa de una altura decente. Arthur había subido en otras más altas y violentas, pero no se iba a poner exquisito. Dylan y Gilbert se adelantaron en la cola, mientras que Francis y él se quedaron rezagados.
Observó que Francis caminaba a una menor velocidad, como si estuviera arrastrando sus pies en una alambrada llena de púas.
-Si sigues a ese ritmo, Dylan y Gilbert se montarán antes que nosotros –le señaló-. Dos veces.
-Yo debo confesar alguna cosa a ti –Francis se detuvo por completo-. Yo no amo las altitudas.
-¿Qué?
-Es exactamente así. Yo no amo los lugares altos. Yo tengo la cabeza que se torna y es horrible.
-Pero tú no puedes ver –consideró Arthur.
-Yo me refuso a montarme allí.
-¡Pero tú no puedes ver! –insistió-. ¡Ahora mismo podrías estar sobre un puente a mucha altura y ni lo notarías!
-Yo sí lo notaría –contestó Francis, fríamente-. . Yo puedo notar muchas de cosas, mismo si no lo parece.
Arthur rodó los ojos, exasperado. Soltó varias groserías sin disimulo, esperando darle a entender que su comportamiento le parecía insoportable. Llevó a Francis hacia un banco, para discutir qué harían entonces.
-Podemos comprar una malteada y tomarla del mismo pitillo –sugirió Francis.
-Estoy seguro que en Francia eso es una actividad divertidísima, pero aquí en Inglaterra nos preguntamos por qué deberías pegarme tus gérmenes de niño idiota. En serio, ¿es lo más entretenido que se te ha podido ocurrir?
-Al menos he pensado en alguna cosa, en lugar de chillar y chillar.
-¡Yo no he chillado! –exclamó Arthur. Se sonrojó al darse cuenta de que había sonado infantil-. Bueno, da igual lo que opines. Haremos lo que yo quiera.
-Como pasear conmigo en la casa del amor. Yo he leído que en estas ferias siempre hay uno en todas.
-Tengo unas ganas increíbles de dejarte mudo también.
-Eres una persona horrible –Francis se alejó de Arthur, conscientemente-. Yo te he dejado dicho que yo no sé por qué tú me places totalmente. Eso debe ser a causa del amor cortés. Porque que tú no eres bello y tus cejas son espantosas.
Arthur decidió ignorarlo, porque era lo mejor para su salud mental, su paciencia y el bienestar físico de Francis, sobre todo su bienestar físico. Le parecía reprobable entregarle a la señora Moreau a su hijo en mal estado, no encontraría una excusa para semejante imagen y quería seguir manteniendo buenas relaciones con aquella mujer.
De repente, la vio a unos pocos metros de donde estaban sentados. Arthur resolvió que era la atracción perfecta. Golpeó a Francis por el hombro y le indicó que se levantara, éste le obedeció inquiriéndole el motivo de su repentina decisión. Arthur lo instó a caminar, sin responderle con claridad. Sólo cuando estuvieron frente a la Casa del Horror, Arthur se animó a decirle. Francis no objetó nada en contra cuando Arthur se apresuró a agregar que esta vez no habría nada de alturas.
Arthur ayudó a Francis a sentarse en uno de los carritos, para después situarse a su lado, después de que Francis se lo pidiera. Arthur tenía la sospecha de que sólo se lo había dicho con el fin de ser atendido y no porque en realidad lo necesitara. Francis colocó su bastón en el piso; cuando el carrito comenzó a moverse por los rieles, se arrimó hacia Arthur. Éste le dio un empujón.
-Si me sales con que estás asustado… -pero no se le ocurrió nada con que terminar la frase.
Arthur había esperado que Francis se asustara mucho, era su intención en primer lugar, incluso tenía la expectativa de verlo llorar y chillar (porque era él quien chillaba, por supuesto) por su mamá. Este tipo de atracciones se caracterizaban por dar más risa que miedo, pero Arthur no perdía la ilusión.
Se oyeron risas macabras a su alrededor. Se iluminó un rincón donde un hombre monstruoso mantenía un hacha levantada con ambas manos, abajo suyo se encontraba postrada una mujer con una expresión de pánico en el rostro, con las manos levantadas en actitud defensiva. Arthur pensó que, a pesar de todo, sus expresiones se veían irreales. El carrito siguió su camino, llegando a una hilera de tumbas que se iban abriendo y mostrando su artificial y espantoso contenido a medida que pasaban a su lado. Eran cuerpos que semejaban ser cadáveres en descomposición.
-A juzgar por los gritos, yo pienso que yo me he perdido de alguna cosa –reflexionó Francis-. ¿Qué es lo que ocurre?
-Hay tumbas que se abren y esos gritos lo producen gente muerta –le explicó Arthur, decepcionado porque no hubiera ni una pizca de horror en Francis-. Ahora te acaba de pasar por un lado una mano esquelética.
-Oh. Yo no la he sentido.
-Ni te ha tocado.
Francis se encogió de hombros. Arthur buscó una solución para semejante problema, y la encontró rápidamente.
-Pero creo que ahora tienes una araña en el cabello –dijo, probando suerte.
El cambio fue instantáneo, Francis se sobresaltó e intentó quitársela con las manos. Arthur no ocultó su risa, fue entonces cuando Francis comprendió que era una broma.
-¡Imbécil! –exclamó.
Arthur se imaginó que se molestaría y echaría pestes sobre él, en su lugar Francis permaneció callado y volvió a arrimarse hacia Arthur.
-¿Aquí hay bichos?
-Sólo uno, y te quisiera lejos de mí –dijo Arthur, pero Francis le sujetó del brazo.
-No, ahora yo sí tengo miedo. Es tu culpa –se apresuró a agregar Francis.
Estaban casi a oscuras, pero Arthur podía ver el enorme espacio vacío detrás de Francis. Estaban tan cerca que hasta podía oler el odioso perfume que cargaba el chico. Se cuestionó si alejarlo o dejarlo estar, después de todo nadie los estaba viendo.
-Me gustas –dijo Francis, de pronto-. ¿Tú conoces lo que yo quiero decir?
-No –tuvo que reconocer Arthur, sospechando que no le gustaría lo que iba a oír.
Francis se pasó rápidamente una de sus manos por su cabello, antes de llevarla hacia los labios de Arthur. Los recorrió con la yema de dos de sus dedos, provocando que Arthur se estremeciera, invadido por un letargo que inmovilizaba sus músculos y que desconectó su mente por breves segundos. Los que bastaron para que Francis retirara su mano y colocara sus labios en su lugar.
Al separarse, Francis bajó la cabeza, ocultando el rostro, dando la impresión de querer tirarse del carrito y así emprender la huida. Arthur tardó en procesar lo que acababa de pasar, y su segunda reacción, después de sonrojarse furiosamente, fue alejarlo por medio de un empujón.
Arthur intentó articular palabras coherentes, pero no salió ninguna de sus labios. Sí unas cuantas groserías aisladas. Al comenzar una oración gramaticalmente correcta, su cerebro volvía a registrar el beso, trayendo como consecuencia el desactivar cualquier signo de razonamiento dentro de sí.
Fue consciente entonces que no sabía cómo reaccionar ante el beso; una parte se debatía entre agarrar a Francis, olvidar toda esa consideración hacia los ciegos, y entrarle a golpes; la otra, quería huir y ocultarse en el interior de su bosque, en donde sus hadas y sus duendes y sus elfos lo salvaguardarían de alguna manera, de aquello que quería detestar con todas sus fuerzas.
-Por qué es que tú… -consiguió decir, pero volvió a callarse, sin saber cómo continuar.
-Je t'ai dit que tu me plais. Je suis désolé, mais j'ai voulu le faire depuis longtemps mais je n'ai pas osé, il est devenu insupportable.
-Coño, idiota, di algo que pueda entender.
Francis pareció tomar mucho aire, cuando le confesó:
-Yo quiero que tú seas mi caballero. Como en los romances, tú sabes de qué yo hablo porque a ti los amas también.
-¡Eso es ficción! ¡No tiene nada que ver! ¡Aquí ni esos caballeros ni esas princesas existen!
-Pero tú crees en las hadas –repuso Francis.
-Es diferente, ellas sí existen. Y si dices algo en contra te rompo la boca –se apresuró a agregar Arthur cuando Francis pareció querer replicarle en contra.
-¿Pero tú no piensas que yo soy lindo? Yo te he dicho…
-¡Coño, cállate! –le apestó Arthur-. ¡Esto no puede ser cierto!
Hace mucho habían dejado de prestarle atención a las atracciones mortuorias a su alrededor. Al llegar al final del recorrido, Arthur se bajó de primero y echó a andar, sin esperar a Francis ni ayudarlo a bajarse a su vez. Sólo se detuvo cuando estuvo lo bastante lejos de la Casa del Terror. Al voltearse, se encontró a Francis a lo lejos, con aire dubitativo, sin saber qué dirección tomar.
Arthur se planteó el dejarlo abandonado, que buscara por sí mismo la manera de regresar a casa. Que fuera a besarse con otro y lo dejara en paz. Hubiera sido genial que se perdiera en el camino. Arthur desechó aquellos pensamientos y se devolvió por donde había venido.
-Aquí estoy –anunció.
Al oírlo, Francis se le acercó. Levantó su brazo para tomarle el suyo, pero se arrepintió y lo retiró.
-Yo pensé que tú me habías dejado.
-Tuve ganas –reconoció Arthur.
-Muy mal, porque yo no conozco la dirección de mi casa.
-¿Pero cómo puedes…?
-Yo no salgo para nada. Yo lo encuentro una pérdida de tiempo.
Arthur fue quien lo tomó del brazo. Iniciaron a caminar hacia la salida. Arthur ni se molestaría en avisarle a Gilbert y a Dylan que se largaban de allí. No soportaría prolongar aquella tortura, quería tirar a Francis en su casa y olvidarse de él para siempre.
-Me agradaron tus amigos –dijo Francis, cuando estuvieron en el autobús. Arthur no le respondió, no volvió a hablarle en todo el trayecto. Francis debió de comprender su mutismo, porque tampoco probó con emprender una nueva conversación.
Arthur lo abandonó frente a la puerta de su casa. Francis abrió la boca para decirle algo, pero perdió el valor enseguida y permaneció callado. Arthur dio la vuelta y se marchó, saltando la cerca que los separaría.
N/A: Muchísimas gracias por sus comentarios :)
Frases de Francis:
-¡Oh, finalmente! Porque le rendez-vous está muy aburrida y tú eres un enfant impoli = Cita y chico desatento respectivamente.
-Oh, tu es merveilleux!= ¡Eres maravilloso!
-Es alguna cosa de normal que l'amoureux paie= … que el enamorado pague.
-Yo debo confesar alguna cosa a ti –Francis se detuvo por completo-. Yo no amo las altitudas. = Quiso decir "alturas", que en francés es "altitudes".
-Es exactamente así. Yo no amo los lugares altos. Yo tengo la cabeza que se torna y es horrible. = … "la cabeza que se torna", en realidad quiso decir que se mareaba, que en francés es "J'ai la tête qui tourne"
-Je t'ai dit que tu me plais. Je suis désolé, mais j'ai voulu le faire depuis longtemps mais je n'ai pas osé, il est devenu insupportable. = Ya te dije que me gustas. Lo siento, pero he querido hacerlo desde hace mucho, pero no me he atrevido, se ha vuelto insoportable.
