Capítulo 12
Al llegar a casa, la señora Moreau y el señor Bonnefoy los esperaban angustiados, pero fue ver a su hijo con los chicos Kirkland para que la señora Moreau rompiera en un llanto aliviado, abrazándole contra su pecho. El señor Bonnefoy, menos benevolente, miró con dureza a Francis antes de anunciarle que tenían que hablar de su escapada luego. Le preguntó a James qué había ocurrido y este inventó una salida de Francis para ver las danzas de las hadas por el parque, con la suerte de encontrarse con él y su hermano menor y haberlo protegido de todo daño; no pudieron traerlo más temprano porque Francis insistió en quedarse y temían que contrariarlo le fuera a alterar los nervios ya exaltados por la emoción.
-Francis no cree en las hadas –repuso el señor Jacques, dudoso.
-¡Claro que sí creo! –exclamó, todavía en los brazos de su madre.
Desde entonces el aprecio de Arthur por Francis aumentó, al tiempo que el interés y apreciación por el padre de su amigo disminuyó considerablemente. James se encogió de hombros, pidiéndole disculpas por haberles hecho preocupar. La señora Moreau, enternecida, le agradeció por su cuidado y el de Arthur y les besó en las mejillas, mientras forzaba a Francis a agradecerles a su vez.
-Si quieren, vengan mañana a tomar el té. Les prepararé unos dulces exquisitos –dijo la señora Moreau y a Arthur se le iluminó la mirada.
-Allí estaré.
Francis sonrió, encantado, y fue hablar pero se detuvo antes sin que Arthur pudiera adivinar la razón. Se despidieron y James y Arthur partieron hacia su casa, donde su padre los estaba esperando más acostumbrado a las escapadas nocturnas. Intentó castigar a Arthur, pero desistió y solo agradeció que estuviera a salvo. Lo mandó a dormir, después de que Arthur rechazara las bebidas calientes que le ofrecía.
La mañana del sábado amaneció más fría que otros días, pero Arthur ya estaba levantado a primera hora y preparándose para ir a casa de sus vecinos. Al pensar que sería la última vez que lo haría, lo embargó una sensación que no supo identificar, pero que no le gustó cómo se iba extendiendo por todo su cuerpo, oprimiéndole el pecho sobre todo y causándole una piquiña en los ojos. Practicó en el espejo fingir que no era nada, porque sin duda era de niñas lo que pasaba. Luego se le ocurrió que debería darle un regalo a Francis, pero no tenía nada que fuera nuevo o bonito o del estilo que solía gustarle. "Al diablo, tiene que gustarme a mí, en primer lugar" decidió, observando entonces su ejército de soldaditos de madera. Tomó uno de ellos, que sostenía un fusil en sus manos, vestido con su casaca roja. Los había tenido desde que era un niño, significaban mucho para él porque había sido regalo de su padrino, la única vez que el hombre se interesó en él, antes de irse a trabajar al otro lado del mundo y no volver a escribir ni una sola carta. Ese día prometía ser lluvioso.
Se metió al soldadito en el bolsillo del pantalón y salió de casa por fin. Cediendo a un impulso, arrancó una flor de las de su padre y también la guardó en el mismo sitio, sin reparar en que pudiera dañarla el encierro. La señora Moreau lo recibió un tanto somnolienta, pero del humor de siempre. Le parecía encantador las maneras de Arthur de saludar y actuar como un caballero, aunque Arthur no tenía idea de lo que hacía en realidad como para ser considerado como tal.
Mientras la señora Moreau se encargaba del desayuno, Arthur subió hacia el cuarto de siempre, abrió la puerta sin llamar y se encontró a su dueño dormido. Fue un tanto decepcionante, pero lejos de molestarse, se aproximó y se colocó encima. Francis estaba rendido, de verdad cuando no hablaba parecía hasta lindo, pero también más aburrido y no había nada peor que el aburrimiento. Le tomó de la nariz con el dedo pulgar y el índice y se la tapó para impedirle respirar. Después de unos breves segundos Francis comenzó a revolverse y protestar. Arthur retiró sus dedos, sin disimular la risa ante la reacción esperada.
-Siempre tú serás una persona horrible –se quejó Francis, demasiado adormilado como para molestarse de verdad. Se tocó la nariz afectada-. ¿Tú tienes tanto mal despertarme a mí como todo el mundo, con un beso sobre el frente y algunas palabras de amor?
-Eh, sí, sobre todo las palabras de amor. –Arthur fingió estar vomitando.
-Oh, quel drôle d'allure que j'ai! –se volvió a quejar, tapándose la cara, como si estuviera por desarrollarse toda una tragedia-. Espera aquí.
Como tuvo problemas para deshacerse de las sábanas, Arthur acabó ayudándolo. Se levantó y lo guió hacia el baño, allí lo esperó afuera. Se entretuvo examinando cómo había quedado la habitación tras la inminente partida. En realidad estaban guardadas en cajas pocas cosas, seguramente las esenciales para un viaje tan largo. ¿Aquello significaría que los padres de Francis tendrían intenciones de hacerle volver? No quiso reconocer que su pecho se llenaba de esperanza ante aquel pensamiento.
Francis salió del baño tras un rato considerable, y se dirigió al armario para cambiarse. Arthur hizo un gesto de impaciencia, mientras lo observaba divagar en qué prendas usaría hoy.
-Cualquier cosa, en serio –le apuró.
-¿Que no importa cualquier cosa, yo estoy bien?
-Tómalo como quieras, si eso te hace feliz.
Tras un milenio después en consideración de Arthur, Francis estuvo listo. Se acordó de la flor guardada en su bolsillo y la sacó. Estaba bastante destrozada, pero confiaba en que Francis no se diera cuenta. Le instó a que se acercara y ambos quedaron sentados en la cama.
-Eh… hoy… -comenzó, sintiéndose idiota de repente-… Cuando pasaba por mi casa vi las flores de mi padre y me parecieron que estaban muy bien y que ya que tú eres una niña y te gustan esa clase de cosas cursis y tontas me dije que podría ser amable contigo por una vez y darte algo que puede o no que te guste pero de verdad no lo hago porque me haga ilusión estas cosas son estúpidas y no vale la pena que…
-¿Eh? ¿Qué tú dices? Yo no te entiendo nada –protestó Francis-. Arthur, ¿tú estás bien?
-Iba bien hasta que me interrumpiste, idiota –gruñó, tendiéndole el regalo.
Solo que Francis no se dio cuenta de su gesto. Y, claro, si seguía sin ver nada. Se reprendió en silencio, pero decidió que ya había sido suficiente cháchara. Se la colocó con cuidado en el cabello. Si acaso siguiera en buen estado, hubiera sido perfecto.
-¿Qué tú haces? ¿Qué es? –Francis se llevó las manos hacia la flor, tocándola lentamente-. Esto parece una flor, pero está bizarra. Yo no lo sé, es como si…
-Cállate. ¿Te vas a poner molesto con un regalo? –repuso, contrariado y, para su desgracia, abochornado-. Cambiemos de tema.
-Gracias –dijo Francis y le tomó de la mano, apretándosela con cariño. Arthur no tuvo fuerzas para retirársela, sino que le correspondió. Por una última vez-. Eres tú que yo voy a necesitar en los Estados Unidos.
¿Cómo aceptar esa confesión como todo un niño si por dentro tenía ganas de echarse a llorar como una niña? Sin embargo, las circunstancias le obligaron a controlar la emoción, porque fue Francis quién comenzó a hacerlo. Se asustó, considerando que ahora no había hecho nada como para que se pusiera así.
-Ya, ya, no vale la pena que llores si yo no soy la causa –e intentó darle palmaditas en la espalda porque eso era lo que solía hacer la gente, supuso.
-Tú eres la causa. Yo no quiero dejar de estar contigo.
-¡Pero ni te he golpeado! –exclamó desesperado, más cuando Francis enterró su rostro en su pecho, entre sollozos que eran comparables con un diluvio. Arthur le abrazó, pensando en qué hacer-. Eh, si sigues llorando te voy a golpear… te jalaré el cabello y luego… te lo cortaré… vamos, ¿eso no te asusta? Hablo en serio –pero Francis ignoró todas sus amenazas, sabiendo mejor que él que aquello nunca ocurriría-. Eres demasiado molesto.
Siguieron así por un buen rato, hasta que por fin Francis se calmó. Arthur no se atrevió a lanzarlo de su lado, porque a lo mejor volvería a iniciar el llanto otra vez y ya se sentía suficientemente mojado como para volver a empezar. Probó con algo que hacía Blanche para aplacar a su gato, acariciarle la espalda con lo que ella llamaba "delicadeza". Tal vez fuera porque entre animales y personas no hay mucha diferencia, porque Francis se encontró relajándose. Esperaba que no tuviera que hacerle cariño en la panza también, porque si en un gato eso era normal, con un niño la idea se le hacía rarísima.
-¿Ya? –y por puro gusto, llevó una de sus manos hacia su cabello.
-Sí. Lo siento. Yo soy verdaderamente lo que dices.
-¿Una niña?
-Un llorón.
-Una niña llorona, en todo caso. Pero vamos, si te pasas el día en lo mismo me voy a aburrir y me iré. Vamos a… tengo hambre, sécate la cara y vamos a comer. Tu madre estaba preparando el desayuno cuando la dejé.
Francis se separó, se limpió la cara húmeda con las mangas de la camisa y tomó del brazo a Arthur para que le ayudara a bajar, aunque Arthur tenía la sospecha de que lo hacía solo para seguir a su lado y no porque lo requiriera en realidad. Tampoco le molestó.
La señora Moreau les estaba sirviendo cuando llegaron a la cocina. Monique y el señor Jacques ya estaban allí. Después de saludarlos, se sentaron juntos, frente a Monique, quien estaba como ida, tal vez todavía adormilada. Con una de sus manos se apoyaba la mejilla, para mantener la cabeza levantada, aunque los ojos cerrados.
El señor Jacques le ordenó a Francis que se quitara lo que cargaba en la cabeza, por considerarlo una tontería de mal gusto para los demás. Arthur arrugó el ceño, queriendo replicar en contra, pero Francis obedeció sumisamente, dejando la flor en sus piernas. Cuando estuvieran recogiendo la mesa, el señor Jacques tomaría la flor y la botaría junto con el resto de los desperdicios.
Arthur comió gustoso. Le quedaba claro que, aunque no estuviera su hijo aquí, la señora Moreau lo seguiría invitando a comer. Al acabar, los niños salieron al jardín, mientras Monique se quedaba en la sala para ver dibujos animados. Era un día frío, pero de esa clase que resultaba fresco y agradable. Pese a lo que había pensado antes, no parecía que fuera a llover.
Estuvieron jugando y entreteniéndose con cualquier cosa, hasta que Arthur se acordó del soldadito que tenía en su bolsillo. Se sentaron en la grama.
-Tengo algo importante que darte –le señaló, muy solemne. Francis entendió la seriedad de la situación-. Fue un regalo que mi padrino me dio cuando era pequeño. Fue un batallón de soldados, el primer ejército que combatí en mi vida. Tienen muchos años y nunca me han fallado. –Francis asintió, maravillado de la fidelidad del batallón-, ahora uno de ellos va a cumplir una misión diferente al resto. Ten. –Sacó el soldadito y se lo colocó en las manos.
Francis lo repasó con los dedos, familiarizándose con su textura y contorno.
-Gracias, con esto cada vez que tú me faltes… -pero se detuvo. Arthur creyó que volvería a llorar. Se alegró de estar equivocado-. No, Arthur, promete a mí que tú jamás vas a olvidarme a mí. Porque yo no lo haré jamás, tú serás siempre en mí. –Intuyó que quería decir más cosas, pero no se veía capaz, tal vez considerando que si se pasaba en sus declaraciones acabaría por ofenderlo.
-Nunca te voy a olvidar. Es una promesa.
Le tomó de la mano, tal vez para sellar ese pacto entre los dos, tal vez simplemente porque quería sentir su piel fría y de porcelana. No pensó en lo siguiente, en que llevó su rostro hasta tenerlo a centímetros del otro. Éste se quedó quieto, tenso, y Arthur rememoró la vez que fue Francis quien hizo el primer movimiento. No se atrevió a ir más allá. Tenía miedo de lo que aquello pudiera significar, ¿no le había bastado con el beso de Blanche? ¿Por qué tenía que dejarse llevar con un niño, por más niña que fuera en el fondo? No, aquello era un error. Se separó, pero en su lugar le recorrió los labios entreabiertos.
-Vamos adentro. Estás helado y creo que yo también.
-¿Qué fue eso? –preguntó Francis, soltándolo casi con brusquedad.
-Nada, nada, me ha parecido que tenías un bicho –se excusó.
En la casa, recuperaron calor mientras veían televisión junto a Monique y al rato Francis quiso tocar el piano. Arthur, entonces, le contó que estaba aprendiendo tocar la guitarra y su meta era tener una banda. La idea entusiasmó a Francis, quien le pidió que la trajera y le mostrara lo que había aprendido.
Arthur cedió ante su petición y trajo el instrumento. No había hecho muchos avances, y eso se notaba en la torpeza de sus dedos y en la cara de incredulidad de Monique que parecía estar haciendo un gran esfuerzo para no ponerse a criticar, pero a Francis aquello le parecía perfecto y, ya estuviera fingiendo o no, le agradeció profundamente.
Al caer la noche, Arthur se despidió de él asegurándole que se aparecería en la mañana para despedirle. Apenas comió en la cena, invadiéndole una ansiedad que no desaparecería ni siquiera en la cama, buscando el sueño que se resistía a llegar. Al despertar al día siguiente, tenía la impresión de no haber descansado ni un poco.
Salió de su casa con aire decaído, sin querer enfrentarse a la realidad. ¿Quién iba a pensar que aquel niño molesto iba a ganarse tanto su estima? No quería que se fuera, pero no podía hacer nada. Se iba a Estados Unidos para someterse a tratamiento médico, tal vez la próxima vez que se encontraran pudieran verse. Esos ojos azules ya no serían inútiles. Pero seguía sin querer, que no se fuera, que se quedara y que allí buscaran cómo lograr ver. Los médicos de Londres eran buenos, hasta podían pedirle medicina a las hadas. Y si aquello no se podía, ¿qué importaba si se quedaba en penumbras toda su vida? Lo había estado desde siempre, consideró, para qué cambiar desde tan lejos cuando podía permanecer siendo su vecino ciego.
Francis lo esperaba con una bolsa rosada en la mano.
-¿Qué es?
-Galletas. Para ti. Como regalo. ¡Yo espero que las disfrutes!
-Lo haré, como siempre –se dijo antes de darse cuenta que le había dicho un cumplido directo. Tomó la bolsa-. ¿A qué hora se van?
-Nosotros partimos ya. Pero yo he insistido que yo debía te darte tu regalo o mi corazón moriría de pena.
-Eres un exagerado –y no pudo decir más por el nudo en la garganta-. Tenemos que escribirnos por correo electrónico.
-No tengo de esa cosa.
-Lo sé, se lo pregunté a tu madre ayer. Me dio el correo de tu padre. Es lo mismo. Te escribo allí.
-¡Apenas yo me parta, escríbeme! Y yo voy a aprender a responderte a ti.
-No es nada difícil usar una computadora, hasta para ti.
La señora Moreau salió y avisó que ya su padre se estaba impacientando. Se despidieron, y Francis amenazó con echarse a llorar, pero se contuvo más que ayer, lo cual fue un alivio, porque Arthur hubiera desconocido qué hacer otra vez.
Cuando Francis se montó en el auto de su padre, Arthur presintió que aquello era el final de algo más, pero no pudo determinar exactamente qué era. Entró en su casa cuando el auto se alejó. Se sentó en la cocina y abrió la bolsa de galletas, tomó una y se dedicó a observarla. Las últimas galletas de Francis. No, no podía comerlas, si lo hacía sentiría que lo iba a perder.
-Hey, enano –dijo James, apareciéndose-, ¿qué haces? ¿Y eso?
-Me lo preparó Francis. Antes de irse.
-Ya, ¿se largó? ¿Y ahora tú vas a llorar por tu novio perdido? –Esta vez Arthur no protestó ante el nombre, sino que miró la galleta con mayor añoranza-. Serás imbécil. A ver –James le quitó la bolsa y tomó varias galletas, que se metió en la boca. Luego admitió con la boca llena que:-. Saben bien.
-¡Hey! ¡No! ¡Eso…!
Pero su decisión de no comerlas le pareció estúpida, se dio cuenta de ello cuando a James parecía gustarle mucho. Comió él a su vez.
Entre los dos se acabaron las galletas en una sola tanda.
Notas: ... el final. Qué bien se siente terminar las cosas como se deben. Muchísimas gracias a las que han llegado al final de esta primera parte de la historia. Mi corazón para ustedes, quienes comentan y siento allí :)
Estoy planeando un episodio extra, para cumplir todo aquello que quisieron ver a lo largo de la historia. Es como un regalito, vamos XD Entonces, ¿hay algo que quisieran ver entre ellos? Aprovechen, aprovechen, que la oferta es por tiempo limitado.
¡Nos vemos!
Francés de Francis:
Oh, quel drôle d'allure que j'ai! = ¡Oh, en qué fachas estoy!
