Extra

Arthur había reunido dinero suficiente para comprarse un juego de magia. Se preguntarán ¿para qué un chico de su edad necesitaría algo tan de niños pequeños? Al menos esa fue la cuestión que pensó que todo el mundo le diría cuando se enteraran sobre cómo quería gastar sus ahorros. Arthur tenía sus razones, en la que sobresalía el hecho de querer volar y hacerse invisible, también aparecer enormes dragones y juguetes variados que de otro modo tendría que robar o pedírselos a sus padres. Las hadas le prometieron enseñarle algunos trucos féericos, y los duendes, sobre adentrarlo en el divertido mundo de crear monedas falsas.

Arthur contó el dinero, comprobando que, en efecto, era la cantidad pautada y fue con Gilbert a la juguetería. Su amigo había subido un escalón en su escala de apreciación desde que le había parecido fabuloso lo que planeaba hacer una vez se convirtiera en mago. Entró en la tienda y fue directo hacia el juego en cuestión, lo tomó entre sus manos como si cargara un tesoro consistente en puro oro, e iba a dirigirse a la caja para pagarlo, cuando sus ojos se fijaron en ciertos números desconocidos en la etiqueta que señalaba el precio. Soltó una grosería que atrajo la atención de otros clientes.

-¿Qué pasa? –preguntó Gilbert.

-Le han subido a esta mierda –escupió.

Se sentía tan molesto que estuvo a punto de lanzar la caja al suelo y saltarle encima mil veces. Dejó el juego de magia en su sitio y desoyó la sugerencia de Gilbert dicha en un murmullo. De ningún modo podría conseguir robar algo tan grande y llamativo; había analizado sus posibilidades hasta convencerse de la imposibilidad.

Se despidió de su amigo en la entrada del metro, tomó un autobús y bajó en su parada. Caminó cabizbajo el trayecto hacia su casa, considerando que debería reunir por tres semanas más si quería tener el juego. ¡Era injusto, tremendamente injusto! Por primera vez prefirió obrar de manera honesta y el mundo le salía con esa mala pasada. ¡Solo los buenos perdían, estaba visto!

Ya en casa, se encontró con la sorpresa de tener a Francis instalado en su sala, escuchando una telenovela mexicana doblada al inglés. Apenas el chico percibió su llegada, le hizo señas para que se sentara a su lado. Arthur no supo por qué le obedeció al instante, cuando deseaba encerrarse en su cuarto para poder maldecir a todos. Lo último que esperaba era soportarlo como siempre.

-¿Qué haces aquí?

-Yo vine a verte a ti. Yo he aportado unas galletas de chocolate. Tu padre me ha dejado aquí y él me ha decido que tú has ido a comprar un juguete de magia. ¡Es maravilloso! Tú podrás ser mi mago, como el genio de Aladdín.

-Nada de eso –repuso Arthur, sintiéndose mal ante la expresión tontamente ilusionada del otro-. Le han subido el precio y me faltó dinero. Sigo siendo un humano normal.

-¿Es verdad? Qué desilusión… yo quería demandarte tres deseos. Mismo, yo debo escoger muy bien.

-Igual un mago no es un genio.

-¿No?

-No. Un mago es una persona con poderes sobrenaturales, como Harry Potter, y es un ser humano. Y un genio es una criatura… eh… que no es humana. Su piel es azul como se ve en la película.

-¿Azul?

-Sí, como el cielo –dijo Arthur, rodando los ojos, harto de que Francis fuera tan ignorante.

-Yo no sé cómo el cielo es.

-Tú no sabes nada –le acusó de una vez-. En fin, igual no podría cumplirte ningún deseo, porque no tendré el juego hasta dentro de tres semanas más o menos.

Lo decía con un deje de amargura. Francis debió haberse dado cuenta, porque desvió el tema. Le tomó de la mano y le señaló el televisor. Volvía a tener una expresión casi soñadora, queriendo hacerlo partícipe de su disfrute.

-¡Guadalupe va a tener un hijo de Mario Enrique! –exclamó. Arthur se preguntó quiénes serían-. Bien que Presagio le dijo que ella debe hacer atención, porque ella puede perderlo a él. Y ella a punto de perderlo está. Vanesa, la mala, la ha tirado en la escalera y ella ha estado sobre el punto de morir, pero Mario Enrique justo apareció para prendarla. El punto es que Mario Enrique no sabe nada que ella está encinta y él no debe saberlo, porque él está casado con Vanesa, pero él ya no le ama más porque ella es muy mala, por la contra de Guadalupe que es muy buena.

-¿Y eso a mí qué me importa?

-¡Ahora Presagio va a hacer un otro vaticinación! –siguió Francis ignorando la falta de interés tan evidente de Arthur-. ¿Tú sabes lo que yo amo de ella? Que ella es ciega, como yo, pero extremadamente bella, como yo, y es muy buena, como yo. Ella lee el futuro. Ella sabe todo.

-Tú eres ciego, pero no eres ni lindo ni bueno. Eres pesado e imbécil –repuso.

-¡Todo el mundo dice que yo lo soy!

-La gente solo te tiene lástima –y le golpeó en el hombro. Francis puso cara de ofendido y le pegó a su vez, con menos ánimo. Siempre ocurría lo mismo. Jamás admitiría que temía la ocasión en que Francis debiera valer su fuerza contra alguien, porque estaba seguro que lo iba a esperar una derrota humillante.

No entendió por qué Francis, en vez de seguir golpeándolo para recuperar su honor perdido, le llevó ambas manos al rostro y recorrió las mejillas con delicadeza. Arthur comenzó a sonrojarse primero antes de pensar alejarlo, que hizo después.

-¿A qué mierda ha venido eso?

-Es porque tú te oyes triste –le confesó Francis, sin rastro de duda-. Yo he pensado que tú habías llorado.

-Yo no lloro.

-Pero estás triste. Si tú estás triste, ¿por qué tú no lloras?

-Porque es de niñas.

-Llorar no es de niñas…

Francis iba a seguir hablando, por lo que Arthur se apresuró a jalarle el cabello.

-Te haré llorar yo a ti si sigues en ese plan.

Francis pareció captar el peligro en su tono de voz. No volvió a decirle nada, pero le tomó de la mano e insistió en que quería permanecer así todo el día. Arthur comenzó a quejarse y a decirle que aquello era de idiotas, cuando consideró sus protestas como una pérdida de tiempo. En el caso de aparecerse su padre en la sala, se separaría rápido. Mientras tanto le acarició la mano poniendo todo su empeño en parecer despreocupado. Sería un horror si Francis pensaba que hacía eso con intención.

La telenovela mexicana siguió su curso. Más que ver la televisión, Arthur observaba las reacciones de Francis ante el programa. Eran de lo más variadas. Se alegraba cuando a la protagonista le pasaban cosas buenas o cuando aparecía la tal Presagio, su rostro se ruborizaba cuando la protagonista y su galán compartían una escena, y sus ojos se aguaban cuando ocurrían desgracias propiciadas por la villana. Arthur no entendía cómo lograba sentir empatía con un programa tan malo.

-Oh mon dieu, ellos van a obligar a ella a abortar –y comenzó a llorar, sin tapujo.

Arthur puso los ojos en blanco, mientras le acariciaba el cabello con la mano desocupada.

-Son actores, ¿sabes? Y son aburridos. A ver si ves más caricaturas.

Fue entonces cuando James entró en la sala y los encontró en tan incómoda escena. Arthur se sobresaltó, retiró sus manos del chico y se alejó de un salto, con aire de ser culpable de un crimen inimaginable.

-¿Qué le hiciste? –preguntó James, con aire amenazante.

-¡Nada, nada, te lo juro! ¡Ha sido la televisión! –se defendió Arthur, preparándose para echar a correr en caso de que James no le creyera.

Su hermano se acercó a Francis, se sentó a su lado y le abrazó, tan consolador y comprensivo como nunca antes lo había visto ni con Arthur ni con el resto de sus hermanos. Mentiría si dijera que no le había dado envidia. Francis se ganaba atenciones inmerecidas.

Por otro lado, ¿por qué tenía que abrazarse a su hermano cuando usualmente a quien buscaba era a él? Si bien James era más alto y más fuerte y más genial, creía que Arthur se había ganado un puesto dentro de Francis. Uno que no cualquiera podría quitárselo porque sí. Sin embargo, allí estaba la comprobación de cuán equivocado había estado. Si al final se iba al mejor postor o algo así.

-Entonces, ¿dejarás de llorar? –preguntó James.

-Sí, yo lo haré. Y tú verás el siguiente capítulo conmigo y con Arthur, ¿sí?

-Trataré –dijo James, en el tono que usaba para mentir-. Y si no estoy, igual tendrás a Arthur. Mi hermano te trata bien, ¿cierto?

-Yo lo amo, es encantador –explicó Francis y Arthur se encontró avergonzándose. Ocultó el rostro entre sus manos-. Y sí, él me trata bien. Ahora, era él quien me consolaba.

-Cállate, Francis, sólo iba a… –se interrumpió. No podía admitir que iba a golpearlo, no cuando James le dirigía una mirada amenazante-. Eres un idiota.

-Yo he sido muy egoísta por mí –añadió Francis con aire solemne-. Mismo cuando aquí el pobre niño eres tú. Oh, le pauvre, le pauvre de mon futur mari!

-¿Qué ha querido decir? –le preguntó James a Arthur.

-Nada –masculló.

-Claro que sí. Tú no has podido comprar el juego que tú querías a causa de la falta de dinero.

-¿Y no lo puedes robar? –cuestionó James.

-N-No.

-Entonces no queda de otra –siguió James-. Tendrás que conseguir ese dinero de alguna forma.

-Pensaba ahorrar… -le explicó Arthur, pero James negó con la cabeza.

-Una vez monté un puesto de limonada. Gané bastante en un solo día.

-¿Vender limonada? –preguntó Arthur, dándole el visto bueno. Lo había visto en numerosas películas y siempre daba resultado.

En el transcurso de la semana, con el dinero reunido, Arthur compró bastantes limones para realizar su plan. James le ayudó a montar un rudimentario puesto de limonada que servía para sus intereses; no necesitaba nada muy bonito, solo que fuera resistente y con espacio suficiente. En la escuela hizo correr la voz de su puesto, que abriría el sábado, para instarlos a ir y comprarle. Fue más como una amenaza para nada sutil de parte suya y de Gilbert. También se lo contó a su equipo de fútbol, quienes sin necesidad de amenazas le prometieron estar allí. Además, Arthur sabía de sobra que cualquier intento de coacción sería fuertemente respondido.

Cuando llegó el sábado, se instaló muy temprano, esperando los clientes. El primero fue su padre, quien se tomó tres vasos. Arthur creía que lo hacía más para darle dinero que porque tuviera sed, pero igual se lo agradeció y le tendió un cuarto vaso. Pensó que James, cuando saliera, le compraría uno, pero en su lugar pasó de largo como si su puesto fuera invisible.

-¡Arthur! –exclamó Francis.

Arthur volteó hacia su vecino, quien estaba cerrando la puerta de su casa, con su típico bastón y un paraguas de cuadros. Se levantó de su puesto para ir a ayudarlo y, sosteniéndole del brazo, lo sentó en la silla extra que había sacado sin ninguna causa aparente. De ningún modo, se dijo, había esperado que Francis se le uniera a su venta.

-Yo quiero un vaso –le dijo.

-Ya, ya sé, de otro modo no tiene sentido que estés aquí –le dijo, mientras le servía.

Pensó en hacerle una maldad, como ponerle un bicho en el contenido de su vaso, pero no sería bueno para el negocio. Más tarde le pondría alguno en su cabello, que esa mañana parecía incluso más bonito que de costumbre.

-Hey, van a venir mis amigos, así que cualquier cosa, no soy nada tuyo –le repuso Arthur-, tampoco quiero que los molestes.

-Yo no lo comprendo, nosotros somos amigos también, ¿no es así? Y también, yo no soy molesto, la gente me quiere.

-La gente solo te soporta porque estás ciego.

-Tú me quieres –siguió Francis.

-¡Eso no es cierto! –chilló, demasiado alto como para considerarse tranquilo-. No vuelvas a decir esa cosa. Solo te tengo mucha lástima, ser insufrible.

-Si tú fueras más amorable, tú tendrías más de clientes, pero en lugar, tú gritas y los espantas. Es seguro.

-¿Tú qué sabrás? Ya he atendido como a diez personas, sin contarte a ti.

-Eso no es verdad. Mi madre dijo que tú has tenido solamente a tu padre.

Arthur se encontró ruborizándose, por ello no protestó cuando Francis pidió otro vaso.

La gente no llegaba. Había pensado que con las amenazas tendría clientes, pero sucedía lo contrario. Entonces, miró al cielo; nubarrones negros se estaban apiñando para ocultarlo. Iba a llover de un momento a otro, lo cual era una suerte que Francis se hubiera anticipado a ello porque seguro que, si se resfriaba, a quien le echarían la culpa sería a él. Cuando cayeron las primeras gotas, se apresuró a guardar sustand, mientras que Francis lo seguía sin mojarse ni un poco.

La lluvia cayó fuertemente, sin dar la impresión de amainar pronto. Encerrados en la sala, Arthur se estaba poniendo de mal humor. ¡Al diablo con su venta! ¡Jamás podría comprar su juego de magia! Y en su lugar se quedaba junto a su vecino molesto, que no dejaba de insistirle en que fuera a darse un baño porque se había mojado mucho.

-Al menos cámbiate de ropa. No seas descuidado.

-Tú no eres mi padre, cállate –gruñó.

Se quedaron en silencio. Arthur pensó, casi por milagro, que tal vez había sido más duro de lo habitual con él, por más idiota que fuera, si lo trataba como se lo merecía seguro iba a romper a llorar próximamente y él resultaría castigado. Pero ¿qué podía hacer? No le salía ninguna disculpa, además, ¿quién le mandaba a ser tan molesto?

-Oye –le jaló el cabello, intentando que se interpretara como un gesto amigable. Por el chillido que soltó Francis, no le quedó muy claro si lo había conseguido-. Cuando escampe… puedes ayudarme con el puesto. No digo que esté deseando que estés allá ni nada, de verdad me da igual, es solo si estás aburrido porque ¿qué más vas a hacer si aparte de mí no tienes más amigos?

-Está bien –aceptó Francis-. Es verdad que yo no tengo mucho que hacer hoy.

Cuando la lluvia amainó, ambos salieron y volvieron a instalar el puesto. Arthur había tenido la esperanza de que los clientes comenzaran a llegar una vez acabada la lluvia, pero de ellos no había ni rastro. Después de una interminable espera, ya sus ánimos se habían desplomado contra el suelo, sin ganas de remontar. ¡Qué fracaso! ¡Qué diferencia a lo mostrado en las películas! ¡Y qué vergüenza con Francis! Seguro se estaría riendo como si fuera un triunfo particular; de tener los papeles invertidos, él no hubiera perdido la ocasión perfecta para burlarse.

Arthur lo miró. Para su sorpresa, Francis no se reía, ni siquiera parecía estar disfrutando un poco de la falta de clientes. Qué extraño era ese chico estúpido y ciego. De repente, se le ocurrió que ya que estaba allí, podría ayudarle siendo útil en la única cosa que se le daba bien: ser un discapacitado molesto, pero encantador a ojos de los demás.

-Se me ocurrió algo –dijo, llamando su atención-. Como los clientes no vienen, nosotros vamos a ellos. Espera aquí.

Arthur se apresuró a traer el carrito de jardinería de su padre, para acomodar en su interior la jarra llena de limonada y los vasos desechables. Mientras levantaba a Francis y le instaba a seguirle, le fue explicando su función en todo el improvisado sistema de ventas. Era bastante sencillo, tan solo debía sostener el vaso lleno de limonada, sonreír y verse como idiota, porque eso le encantaba a los adultos.

-En pocas palabras, yo soy tu modelo, ¿no? –concluyó Francis.

-No. Eres el niño ciego al que solo una muy mala persona podría rechazarle una venta, ven, ¡por fin eres útil!

Las suposiciones de Arthur eran ciertas. Después de tocar el timbre, sus vecinos abrían la puerta y el gesto cambiaba de un niño a otro: Si bien Arthur era conocido por ser un diablillo y traer la horrible fama de James a sus espaldas, Francis, tan tranquilo e indefenso producía en los adultos una simpatía instantánea. Además, por alguna razón, Francis se aumentaba puntos sonriendo y agradeciendo en su torpe inglés y, cuando quería congraciarse más, en un francés empalagoso. Arthur lo hubiera mirado con asco en otra ocasión, ahora le agradecía sus mañas y se trasladaban a la casa siguiente para repetir la misma operación.

Al final, en la tarde, acabaron por sentarse en los escalones de la casa de Arthur, contando el dinero que se había conseguido. Era tanto, que le bastaba para comprarse su juego de magia y también algún otro juguete. Se le ocurrió que sería justo entregarle parte de las ganancias a Francis, pero no lo hizo. En su lugar le invitó a tomar el té y lo mareó hablándole de toda la magia que haría una vez consiguiera su juego.

Efectivamente, consiguió comprárselo el lunes a salir de clases, y como había previsto le sobró dinero. Al pasar por una tienda de niñas, en la que una vez se había detenido por interés de Blanche, se encontró observando la vitrina como si fuera interesante. Sin embargo, no era en su novia en quien estaba pensando. Sintiéndose estúpido, considerando que era un tremendo error, entró en la tienda y compró una horquilla en forma de flor blanca. Al momento de pagar se arrepintió verdaderamente, ¿qué pensaría la cajera de su compra? Apenas y lo había mirado y no tenía modo de saber sus intenciones, pero se sintió intranquilo. Sin duda era extraño que un niño fuera a esa tienda a comprar un regalo para otro chico.

Se convenció que lo había hecho para burlarse de él. Era el final perfecto. Fue directamente a casa de su vecino, cuya madre lo recibió en el buen humor de siempre. Francis se encontraba en su cuarto, coloreando en una hoja en blanco. Arthur no podía entender por qué lo hacía si ni tenía idea de los colores o, en todo caso, de la verdadera forma de las cosas.

-Hey –le saludó, acercándose a él.

-Arthur, ¡tú estás feliz! –exclamó, dejando el color que usaba en el escritorio-. ¿Has recibido alguna buena noticia?

-¿Eh? No, solo vengo de compras –dijo-. Ya tengo mi juego de magia. –No mencionó nada del regalo, prefería enfocarse en lo verdaderamente importante, además, no era algo que se diera como sin necesidad de pensarlo.

Sentó a Francis en el suelo, interesado por el próximo show de magia. Arthur no quería decepcionarlo, por lo que leyó atentamente las instrucciones. No era magia de verdad, como la empleada por las hadas, pero era un comienzo y, de todas formas, no creía que hiciera mucho para deslumbrar a Francis.

Tomó la varita y señaló el techo, pronunciando unas palabras mágicas en latín, que se sabía por haber visto las películas de Harry Potter incontables veces, al tiempo que también apretaba un pequeño y disimulado botoncito con el que accionaba el supuesto hechizo de su instrumento mágico. Salió escarcha de varios colores de la punta de la varita, que acabó tanto en su cabello, como en su ropa y en la de Francis, aparte del suelo.

-¿Viste? –soltó, más emocionado de lo que pretendía.

-Yo he escuchado un sonido ligero. ¿Es la magia? –preguntó-. ¿Ella dónde está?

Hasta entonces Arthur no había reparado en que Francis no iba a disfrutar un acto de magia del mismo modo que la gente común.

-Eh, bueno, solo ha sido escharcha, de rojo, azul, verde y amarillo. Tienes un poco en el cabello –le explicó, sin saber qué hacer ahora. Francis se apresuró a llevarse las manos a su cabellera.

-No siento nada de extraño.

-Porque es muy pequeño, no se va a notar tocándotelo.

-¿La magia es así? –preguntó.

-Más o menos.

Arthur se sentó a su lado, revisando el librito de instrucciones que había traído su juego. No tenía anotado nada que no conllevara un efecto visual, ¿de qué le iba a servir hacerlo si Francis no lo iba a disfrutar? No quería que disfrutara, solo que le tuviera envidia por hacer cosas geniales y él no, al menos eso se forzó en creer.

-Está bien, Arthur –dijo Francis, de pronto-. La magia y la escarcha, yo soy seguro que es maravilloso. Tú puedes hacerlo de nuevo.

-No hace falta que mientas, idiota –le gruñó, dejando el librito de instrucciones a un lado-. Esto es inútil con alguien como tú, qué mago que se precie podría aguantar dar su acto con alguien que no lo va a apreciar.

-¿Por qué es inútil? Yo puedo…

-No, no puedes. Cállate. Déjame solo.

-Es mi cuarto.

-¿Y a mí qué?

-Tú eres alguien verdaderamente horrible.

-Y tú lo eres más, porque no quieres servir para nada.

Se quedaron en silencio. Arthur lamentó que Francis no le hubiera dicho nada más, para responderle con otro mal tono, ¿que acaso ni podría pelearse como una persona normal? Con su falta de correspondencia rompía algo dentro de él que no sabía cómo llamar. Pensó entonces en el regalo. Pero no podía, no podía dárselo y burlarse de él. Si tan solo el acto de magia hubiera ocurrido bien…

-¿Te vas a ir o te vas a quedar? –preguntó Francis, quien ya se había levantado y caminaba de vuelta a su escritorio-. Yo voy a seguir dibujando.

Arthur se ahorró decirle que no le veía sentido que dibujara si no podía apreciarlo en realidad. Era una pérdida de tiempo. En su lugar, se acercó a él y le tomó del brazo sin mucha delicadeza.

-Toma –masculló, colocándole la horquilla en la mano.

-¿Qué es?

-Descúbrelo tú.

A Francis le llevó poco tiempo decir lo que era. De la sorpresa pasó a la felicidad en una rapidez alarmante.

-¡Qué bonito! –y se lo colocó en el cabello, como si fuera normal que un chico usara accesorios femeninos en él.

-Te queda horrible –le dijo, sin soltarle del brazo-. Será mejor que no te lo vean puesto o pensarán que eres una niña, más de lo normal.

-¿Por qué me lo has comprado a mí?

-No lo compré porque quise… quiero decir, me obligaron –mintió, odiando el gesto de sincera incredulidad en el rostro de Francis-. Y si dudas de lo que te acabo de decir, te golpeo.

-Es tu amenaza usual, troglodita. Mais faisons des choses de fiances! Además de discutir, que no es nada agradable. Vamos a otro sitio.

Sin querer oponérsele por esta vez, Arthur le dijo que estaba de acuerdo y juntos bajaron a la sala. Francis le dijo que le demostraría que sí sabía hacer cosas maravillosas, apoderándose del piano para tocar la mejor interpretación que pudo dedicarle.


Notas finales:

Bueno, el extra que les había prometido. Muchísimas gracias por leer hasta acá, les aseguro que la continuación viene en camino y lo podrán leer dentro de poco tiempo (entre otras cosas, aún me falta escogerle un título bonito y no tan cursi).

Por los momentos, he subido un nuevo fruk ambientado en el universo de Harry Potter, donde Arthur es mago y Slytherin –todo lo que siempre quise leer, pss u_u-. También he borrado el primer fruk multichap que he publicado, Crónicas, porque planeo arreglar los primeros capítulos para ver si logro mejorarlos en algo, lo volveré a subir en cuanto lo termine :)

Bueno, ahora sí, hasta la próxima. Besitos.

Frases de Francis:

Oh, le pauvre, le pauvre de mon futur mari! - ¡Oh, pobre, pobre de mi futuro esposo!

Mais faisons des choses de fiances! - ¡Pero hagamos cosas de novios!