35. Intrusiones

A partir de ese momento, se vieron sumidos por la barbaridad de cosas que tenían que hacer. Fue como si dar la cara frente a Malfoy y saber que sus compañeros no tenían miedo a lo que podía significar, les diese el arranque suficiente para comenzar los entrenamientos, las clases, los estudios, el quidditch, su venganza personal contra el rubio y prepararse en serio con sus particulares misiones como Guardianes.

El pistoletazo de salida eran los hechizos defensivos, los cuales creían tener bastante controlados pero para Emy, "bastante" significaba poco más que "nada". Así que la misma tarde del domingo, y a pesar que Emy estaba de un humor envidiable por lo orgullosa que le habían hecho sentir, trabajaron de lo lindo en sólo un hechizo defensivo, y así lo tendrían que hacer con todos. Según ella, más valía que supieran uno bien, que mil mal. Si les había parecido un poco ruda en su exposición del sábado, claro que era porque comparaban su comportamiento fuera de ese ámbito, en los entrenamientos, Emy se mostraba inflexible. Era una buena profesora de Defensa Contra Las Artes Oscuras, explicaba muy bien las cosas pero de la misma manera exigía de ellos el máximo rendimiento.

Aquella noche, a Harry no se le pasó por la cabeza no hacer caso del siguiente entrenamiento, mantener la cabeza en blanco desde la diez de la noche. Tenía sueños extraños, que no terminaban de cobrar sentido, ni de identificar, pues en cuanto su mente visionaba un sueño, le despertaba para volver a ponerse en blanco. Harry llegó a pensar si su tía le había echado un hechizo, ya que no consideraba que él tuviese tal capacidad.

Si alguien hubiese analizado a los chicos esa semana, poco menos que dirían de ellos que se encontraban desorientados, confusos e, incluso, trastornados, y todo por los saltos tan brutales en sus estados de ánimo. Tan pronto, Harry y Ron, se partían de risa porque toda la mesa de Gryffindor abucheaba a Malfoy al entrar en el Gran Comedor, como se les echaba el castillo encima por no estar las chicas. Aún no tenían entrenamiento de quidditch y no se requería nada para preparar la prueba para cazador, así que se pasaron la semana entre clases, deberes y entrenamientos, con lo que no tuvieron muchas alegrías que no vinieran de las pequeñas venganzas y no por ello eran menores. Ravenclaw y Hufflepuff se unieron a los abucheos y los alumnos que compartían clases con Malfoy se brindaron a Harry y a Ron para ser portadores de bromas o recadistas de cartas, cuanto menos, pringosas. Aún así estaban deseando que su tiempo se viese más ocupado con las prácticas de quidditch, al menos para callar los sentimientos de añoranza.

Al terminar la última clase del viernes por la tarde, que para más pesadez era Historia de la Magia, Dan Gutt estaba solo, esperando a Harry y a Ron. Estos, al verle sin su habitual "corte", como ellos denominaban al resto de los niños que siempre iban con él, le preguntaron qué pasaba.

- Necesitaba un momento a solas con vosotros

- ¡Qué solemne! – Se rió Ron, aunque después añadió algo rápido, antes de que le pegara uno de sus habituales cortes – Te escuchamos

- He repasado las normas del colegio y veo que hay lagunas en cuanto a la admisión de alumnos de primero en el equipo de quidditch – Dan sacó un pergamino tan gordo como la pierna de cordero que Ron tenía en mente cenarse esa noche – He hecho un resumen de los principales puntos a mi favor y quiero presentárselo a la profesora McGonagall, el problema...

- ¿Sí? ¿Cuál es el problema? – Preguntó Harry al ver que el chaval se paraba y le miraba suplicante

- Pues que ella me ha prohibido hablarla, si no es para algo de su asignatura en concreto, durante toda esta semana. Dice que soy el niño más descaradamente resabido, que ha tenido el disgusto de conocer, en todos sus años de enseñanza, y que ya está mayor para estirar su paciencia

- Jajaja – Ron se partía de la risa al igual que Harry – ¿Pero qué les has dicho?

- Sólo le di unos consejos para mejorar sus clases

- Jajaja – Los dos miraban al pobre muchacho de once años que se mantenían en pie serio, al contrario que ellos, que de la risa, estaban medio tirados en el suelo. Dan no entendía de qué se reían, lo cuál lo hacía aún mucho más gracioso

- Has tenido que calentar de lo lindo los oídos de McGonagall – Le dijo entre risas Ron – Porque anda que mis hermanos fueron un incordio para ella y nunca les ordenó que no le hablaran

- ¿No has dado clase con Snape? – Preguntó Harry limpiándose las lágrimas de la risa

- No, yo tengo a la profesora Figg, de ella no tengo nada que decir – Dan se puso aún más serio y les recriminó - ¿Qué? ¿Me vais a ayudar, sí o no?

- Claro, hombre – Ron se colocó al lado de él y le dio unas palmaditas en el hombro. Para Harry aquello era peor, porque Ron era altísimo y aquel mocoso era todo menos inofensivo - ¿Qué podemos hacer por ti?

- Pues he pensado que si el capitán del equipo acepta y el ex-capitán, que para mayor ventaja a mi favor, entró en el equipo cuando cursaba primer curso, apoyan mi propuesta de presentarme a las pruebas de mañana, y ambos se lo dicen a la jefa de la casa, tal vez...

- ¿Presentarte tú para cazador? – Preguntó Ron sorprendido a la vez que divertido - ¿Es que te crees capacitado en fuerza, velocidad y estabilidad para ser cazador?

- Sí, por supuesto, soy bueno, yo sé que soy bueno

- Por mí no hay problema, a mí me dieron la oportunidad y no creo que tú merezcas menos

- Vale, por mí tampoco pero si mañana no das la talla, siento decirte que...

- Sin duda sabré aceptar que se escoja a alguien mejor que yo

- De acuerdo, vamos a hablar con McGonagall – Concluyó Ron

- Está en la sala de profesores

- ¿Lo tienes siempre todo tan bien tramado? – Ron miró a Harry y negó con la cabeza ¡Aquel chico era la caña!

A Dan se le aparecieron las hadas concediéndole sus deseos, todo gracias a que en la sala de profesores estaban Emy y Bella dispuestas a echar una mano al voluntarioso muchacho. Éste se despidió de los chicos para ir a pedir una escoba prestada, lo que dejó a Ron aún más alucinado ¡Había montado ese follón y no tenía escoba propia!

La tarde de aquel sábado de mediados de septiembre, era simplemente perfecta para dar un paseo por los terrenos. Ron hubiese dado cualquier cosa por verse con Hermione de la mano, caminando por la orilla del lago. Estaba intentando aprender a vivir sin ella pero es que le era realmente complicado. Demasiado tiempo a su lado, en cada clase, en cada aventura, en cada nueva experiencia, en cada tarde como aquella. Desvió la mirada del cielo y la volvió a posar en la tierra. Allí tenía a veinte candidatos, casi nada, y encima, como era el guardián, tendría que pararles él los goles. Le dio a Harry el silbato y junto con Alyson y Colin, se elevaron para comenzar las pruebas.

De los veinte aspirantes iniciales, se quedaron con tres de ellos, donde curiosamente estaba Dan Gutt. No se decidían por unanimidad ni por mayoría, así que les hicieron repetir la prueba, esta vez con golpeadores. La cosa cambió radicalmente y es que el único que no parecía temer a las bludgers era Dan. Cuando le notificaron que era el próximo cazador del equipo y que el martes tenía entrenamiento después de clase, él sólo añadió: "Ya os dije que era bueno".

Para cuando acabaron las pruebas, la tarde ya moría, así que después de una buena ducha, se fueron a cenar. Quizás porque ninguno de los dos quería enfrentarse a Emy aquella noche, la cena se alargó con una buena charla posterior con Dean, Seamus y Neville, que estaban encantados de pillarles tan parlanchines. El final de la conversación llegó cuando la profesora McGonagall apareció en la sala común para que Harry y Ron le acompañaran. Con una sonrisa, en la que creyeron ver la revancha por lo de Dan, les dejó a la puerta del apartamento de Emy y Sirius.

- ¿No pensabais venir? – Emy les miraba con la ceja levantada. A su lado estaba Sirius leyendo el periódico, o haciendo que lo leía, porque les ponía caras tras ella para que dieran una buena excusa

- La verdad, es que no nos hemos dado cuenta de la hora, Emy – Comenzó diciendo Ron con la voz un tanto amilanada

- Estábamos hablando con los chicos en la sala común y era una conversación tan interesante, que se nos ha pasado el tiempo volando – Harry vio que su tío le hacía una señal de que le iban a cortar el cuello

- Entiendo, esas cosas a veces pasan – Dijo Emy sin darle mayor importancia – Será mejor que pasemos a la cámara de Los Fundadores, entrenaremos mejor ahí y no molestaremos a Sirius ¿Por qué me miras así, cariño?

- Llevas media hora despotricando contra ellos y ¿ya está? – Contestó Sirius mostrándose contrariado

- ¿Qué quieres? ¿Qué les corte el cuello? – Ironizó Emy. Aquella noche su piel y su pelo brillaban con intensidad, quizás por el contraste de su vestido blanco con flores pequeñas y esparcidas en color rojo – A los chicos se les ha ido el tiempo, a mí me pasa constantemente con una buena conversación o en buena compañía

- Ya – Sirius sonrió al ver el guiño de su mujer y luego siguió con el periódico pero para taparse y que no le viera decirle a los chicos: "De buena os habéis librado"

Harry adoraba verles así pero ese día su atención estaba fija en si realmente podía cerrar la mente, no quería que Voldemort volviese a colarse en sus sueños. Mientras veía como su tía se ponía una chaqueta de lana fina, a la vez que Sirius no apartaba los ojos de ella con una significativa sonrisa, pensaba en por qué cuando algo iba bien, otro aspecto de su vida se derrumbaba por completo.

- Empecemos, que sino se nos hace muy tarde – Emy abrió la puerta y esperó que los dos chicos pasasen. Luego guiñó un ojo a su marido y le regaló una sonrisa para desaparecer tras la puerta - ¿Quién quiere ser el primero?

- Ron mismo – Contestó Harry mientras veía que la puerta desaparecía en la pared – No nos vamos a escapar

- Teniendo en cuenta que desde este punto puedes desaparecer del colegio, creo que no abrir la puerta, de momento, no tiene mayor relevancia – Dijo Emy colocándose justo en donde Harry la vio morir la última vez

- Entonces mejor es que desaparezca – Bromeó Ron

- ¿No dice tu amigo que no vais a escapar? Por cierto ¡menudo amigo! – Sonrió Emy a su sobrino

- ¿Por presentarme él voluntario para ser el primero? Yo iba a hacer lo mismo con él, pero movió ficha antes que yo

- Movió ficha ¿eh? – Emy guiaba con las manos a Ron para que se colorara en su lugar, el de El Guardián de Slytherin – No sé yo si en esas partidas que te traes con el director discutís de estrategia o es que estáis picados a ver quién gana

- ¿Picados? ¡No! – Ron se aguantó las ganas de decirle lo que Harry ya sabía, era una lucha encarnizada para ver quién daba antes el jaque mate

- Perfecto – Paró Emy al chico para que se quedara justo ahí – Ahora os explico en qué consiste esto. Para empezar, en este lugar se intensifican nuestros poderes, con lo que mi fuerza será considerable pero la vuestra también. Aquí es donde realizaremos pruebas de fuego con los diferentes entrenamientos, para saber que van como deberían. La intrusión mental es uno de los dones de Voldemort, Harry puede testificarlo, con lo que es importante que vosotros la dominéis a la perfección, ya que él podría utilizarla para adelantarse a un ataque vuestro. Entenderé que no lo hagáis bien a la primera pero lo que recibís a cambio, no es algo que yo elija como castigo. Mi intención es entrar en vosotros hasta encontrar debilidades, errores, flaquezas, así que si falláis, si no me impedís el paso, os encontraréis viendo lo que os esforzáis en olvidar, o con verdades que para vosotros cortan más que la espada de Godric. Yo no puedo colarme para ir a medias tintas, porque quien quiere deslizarse en la mente de alguien, siempre quiere ir más allá. No seré benévola y espero que entendáis que esto no es algo personal

- Lo entendemos

- El poner la mente en blanco por las noches, sirve como ejercicio inicial para que en el momento que no somos conscientes de nuestra mente, que sigue funcionando con el subconsciente, no haya intrusiones. Una vez controlamos mantenernos vacíos, pasamos a ejercicios con el cien por cien de nuestras cualidades, o sea, despiertos y a tono. Ron, pon la mente en blanco, te doy un minuto para que veas que soy buena pero sólo es hoy, ya que a partir de este entrenamiento os atacaré y tendréis que estar perfectamente preparados

- ¿Cómo te freno?

- Si no está en blanco y consigo entrar, debes concentrarte para poner toda tu resistencia, eso se convertirá en un muro que avance en mi contra hasta que consigas echarme, ahora lo verás

Harry permanecía fuera de la estrella y del círculo, sentado en el templado suelo de piedra y apoyado contra la pared circular. Veía bajo la luz de las antorchas a Ron cerrando los ojos y concentrándose como les había enseñado Merlín. Al minuto, el vestido de Emy se movió como si hubiese entrado una corriente de aire. Su cara se contrajo y sus ojos se clavaron en Ron, unos ojos más oscuros, acompañados de una mirada que a Harry le ponía los pelos de punta. Su amigo dio una sacudida al instante. Fue arqueando la espalda y la cabeza hacia atrás, al igual que sí una fuerza lo estuviese empujando y lo tuviese con los pies clavados en la tierra. No había chispas, ni palabras, ni un olor especial, lo que parecía ocurrir, es que el aire se acababa.

Ron fue cayendo en un maravilloso escenario de paz, de luz y de quietud. Su esfuerzo por mantenerlo y ver que lo lograba le causaba satisfacción. Se estaba relajando hasta el punto de sentir que no estaba de pie, sino flotando y cuando se hallaba a sólo un instante de pensar que lo había logrado ¡zas! Un calor intenso lo abofeteó con virulencia. Era sofocante hasta el punto en el que le dolía la piel porque le estaba quemando. Todo se tiñó de rojo sangre, que fue tornándose negra como noche sin luna ni estrellas. Notaba una fuerza sobre humana que intentaba arrancarle los pensamientos y, a pesar de la fuerza que él aportaba a su resistencia, fueron apareciendo detalles de su vida en los que se había visto dolido. Pero era como si fueran de poca importancia para el intruso, que persistía en llegar más allá, a donde pudiera arrancarle un grito de dolor, de desesperación. No sabía cuánto tiempo llevaba así pero para él era una eternidad, sus fuerzas fueron flaqueando y entonces llegó la victoria de su adversario. Su mente se trasladó al instante en que su hermano Percy tenía apresada a Hermione y su madre avanzaba hacia él, para hacerle entrar en razón. Ron volvía a sentir la furia en sus entrañas, la rabia de no saber qué hacer para salvar esa situación, verse derrotado, sin salida, sin estrategia, sin elección. Odiaba a su hermano por obligarle a estar frente a él en aquella tesitura, le odiaba por no haberse resistido ante el Innombrable, le odiaba por su flaqueza. Le detestaba por los años en los que le había tenido que aguantar por hacerle creer que él era débil, mientras que su hermano mayor, tenía la voluntad para superar cualquier obstáculo y, sin embargo, ahora era su siervo, un lacayo del peor mago que existía sobre la faz de la tierra. Quería gritarle, quería pegarle, le asqueaba que tocara a Hermione y que dejara salir su lascivo comportamiento ¿Cómo podía gritar así a su madre? ¿Cómo podía tratarla de esa forma, cuando ella era quien más orgullosa se sentía de él? Y entonces vio a su hermano atacar a su propia madre y sintió que se le helaba el corazón. Su hermana Ginny protegió a su madre haciendo, involuntariamente, que el hechizo rebotara y le diese a Hermione de lleno. Y ya no existió razonamiento alguno, ni estrategia, ni posibilidad de salida alternativa, sólo el deseo de causarle el mayor mal posible, por dañar a la persona que más amaba. Se arrojó contra él en el instante en que Percy lanzó la maldición asesina contra él y Hermione. Poco le importó morir porque ni siquiera lo pensó, sólo desvió su cuerpo y atinó con su varita a proteger a Hermione de la maldición. Segundos después vio que a él también le habían protegido y que ambos rayos rebotaban en el escudo e impactaban contra el cuerpo de su hermano, dejándolo sin vida, inerte, cayendo al suelo y arrastrando con él a Hermione, que estaba viva de milagro. La cogió y la abrazó, porque tenía la necesidad de agarrarse a ella, convertirla en su única realidad, dejar atrás lo sucedido como una mala pesadilla, no ser de pronto el asesino de su propio hermano. Oyó sus propias palabras pero ya eran lejanas, el calor cesaba pero el dolor persistía tanto, que estaba convencido que se había roto alguna parte de su cuerpo.

Emy bajó la mirada y desapareció. Si Harry se dio cuenta, fue porque Ron dejó de convulsionarse y cayó con todo el peso de su cuerpo al suelo. Antes de que el impacto le hiciese daño, aparecía Emy para recoger el cuerpo del pelirrojo. Harry quiso acercarse pero estaba tan alucinado que no dio ni un paso. Su tía abrazaba a Ron y le acariciaba el pelo mientras le susurraba que ya había acabado todo, que se tranquilizase, que él no tuvo culpa alguna y que se hizo lo que se pudo. Ron se aferraba a ella y lloraba sin consuelo, cual niño pequeño perdido, asustado y triste. Harry no entendía qué había podido pasar para que Ron se derrumbase de esa manera y entonces el egoísmo afloró en él. Si su mejor amigo, con una infancia feliz y una familia sin igual, acababa así ¿Qué le pasaría a él? ¿Hasta dónde había llegado Emy? No estaba preparado para un examen de conciencia, ni dispuesto a revivir momentos dolorosos, no iba a dejar que nadie le perturbara aún más, tenía que ser fuerte, él también era La Unión de las Cuatro Sangres, él también podía hacer frente a Emy, no vería nada más que un blanco infinito dentro de su mente, absolutamente nada más.

Después de un rato, en el que Ron fue cogiendo resuello en brazos de su entrenadora, éste se puso en pie y miró a Harry. Sus ojos le decían que se preparase, que aquello no era en absoluto fácil. Su amigo asintió con la cabeza y Ron se apartó de su sitio de Guardián. Emy hizo aparecer una butaca, una mesa y una cesta de frutos dulces. Le ánimo a comerlos, ya que le harían sentir mejor y le ayudarían a recuperar el tono corporal. Emy no parecía en absoluto cansada, a pesar de que la conexión con Ron había superado los cuarenta minutos y reconfortarle, otros tantos. Ahora le tocaba el turno a Harry. Ella volvió a su lugar e invitó a su sobrino a colocarse en el suyo. Los verdes ojos del muchacho brillaban con especial vigor al verse colocado en aquella posición, con ella enfrente. Tenía que alejar los malos pensamientos y lo tenía que hacer ya.

- Tienes un minuto

"Un minuto es suficiente para dejar todas las cosas atrás, en un minuto puede cambiar la vida, en un minuto perdí a mi padre, en otro a mi madre, en otro a Emy, en otro calló Cedrid y Percy y muchos otros... no, no, no... No pienses en nada". Harry cerraba los ojos con fuerza, haciendo de ellos portones brindados de su fortaleza. Sin embargo no sentía paz, aquella oscuridad aún le daba más miedo, miedo a que desapareciese para vivir de nuevo sus tormentos. "Shuss". Tenía que acallar, de una vez por todas, su mente, alejarla de sentimientos, de temores, de esperanzas o de sueños pero no lo consiguió a tiempo. Llegó un fuego arrasador que lo turbó hasta el máximo extremo. Quiso gritar pero no pudo, porque su garganta se cerraba ante el asesinato de sus padres. Volvía a estar en la casa de la abuela, volvía a ver a una Emy de su edad, sentada frente a la bola de cristal, aparato infernal que le mostraba al hombre que nació sin una gota de piedad en sus venas. Cuántas veces había maldecido el frío de los dementores con aquellos recuerdos, sin embargo, ahora lo prefería a aquel calor asfixiante con las mismas imágenes de sus muertes. Y entonces todo volvió a ser negro. Esta vez la oscuridad llegaba con satisfacción, como si hubiese conseguido parar el horror. Quizás lo hubiese logrado, aunque fuese involuntariamente. Harry no parecía darse cuenta que su intruso quería llegar mucho más lejos, hasta que una nueva imagen apareció en su mente. Sirius se postraba ante la sombra de Emy. "No, no, no". Se negaba a volver a vivir aquello, el momento en que le quitaron a su tía, el momento en que le quitaban a la única madre que había sentido. No quería verlo, no quería estar allí, no quería sentir de nuevo como se la arrancaban. Pero el calor guiaba sus recuerdos, él era una marioneta sin voluntad, incapaz de controlar sus hilos. Emy acariciaba el rostro de Sirius para luego besarlo y, acto seguido, les separaron. De él mismo salía un rayo de luz que impactaba sobre ella pero quería impedirlo, la veía elevarse, ingrávida y moribunda. Las lágrimas ácidas como veneno en sus entrañas, le devolvían el dolor de aquel momento, ese sufrimiento que le rompía en mil pedazos hasta que el estallido retumbó en sus oídos y vio como el cuerpo de Emy estallaba en miles de partículas de luz, cegándole hasta perder la razón. "Vete de aquí, aléjate de mí". Harry se repetía esto una y otra vez, quería coger aquella energía y estrangularla con sus manos. Y la luz ya no dejó que se viese nada. "Tengo que echarte, tengo que impedir que avances". Una puerta en medio de la nada se abrió lentamente para dejarle ver a Malfoy y a Ginny. "¡NO! FUERA... ESO NO, ESO NO, POR FAVOR". El asco invadió cada parte de su ser, anulando sus sentidos anteriores. Notaba su boca seca, ávida de sangre, de venganza. Sus puños bebieron por ella para saciarla con cada golpe que daba, con cada patada, hasta que le cogieron en volandas y todo se volvió oscuridad. "Te lo suplico, déjalo ya, no he cerrado mi mente como debía... Seguiré entrenando, pero déjalo ya, no puedo más, no puedo más". Notó que el calor aflojaba, que le daba una tregua y cuando pensaba que estaba libre al fin de aquel infierno, le golpeó de nuevo con mayor fuerza, avanzado por su mente a tal velocidad, que quemaba los sentidos, los recuerdos, hasta llegar al fondo de él para mostrarle su peor pesadilla. Cayó de bruces en la piedra, era oscura, fría y húmeda. Aquel lugar olía nauseabundo, como si miles de excrementos de todo tipo lo rodearan. Alzó la vista y allí estaba, La Cámara de los secretos, La Cámara de Slytherin. Frente a su estatua estaba ella, tan blanca que parecía un fantasma. Su dulce Ginny, volvía estar allí pero no era la niña de once años que rescató, era la chica que le había dejado dos semanas antes en la estación. Su pelo largo y rojo como fuego, estaba mojado y esparcido a su alrededor. Sus ojos abiertos, ya sin vida, mostraban el mayor temor y sus manos parecían querer agarrarle en la distancia. Harry ya no era capaz de levantarse pero tenía que acercarse a ella, así que se arrastró por la piedra hasta que pudo abrazarla, posarla en su pecho, sentir su cuerpo junto al de él. "Hasta aquí has llegado Harry Potter, solo y abatido ¡Cómo me gustaría mostrar al mundo esta imagen! Que vieran quien es más fuerte, quien tiene el poder absoluto ¡YO!". Harry vio una figura borrosa acercarse hasta él, sabía que era Voldemort pero se asombró al ver que no era su imagen, sino la del joven Tom Ryddle. Se mostraba altivo, sin visos de que su cuerpo o su alma sufrieran daños por lucha alguna. Era de carne y hueso, había conseguido su fin, burlar a la muerte y ser quien dominara a todos. Con Ginny en sus brazos y sin el más mínimo deseo de mover ni un solo músculo, dejó que elevara la varita hacia él y que pronuncia la maldición que debió matarle cuando tenía un año de edad. Y así todo volvió a teñirse de negro, sin sentido, ni sentidos. Ya no hubo dolor, ni expectativas, ni presiones, ni esperanza, ni sueños, ya todo se acabó por fin, ahora podía estar tranquilo.

El calor cesó, volvía a recuperar su cuerpo y su mente, y si volvía a hacerlo era porque Emy ya no estaba dentro de él. Abrió los ojos y, al hacerlo, sintió que cada parte de su cuerpo estaba igual de machacada que si hubiese caído desde cien metros de altura. Miró a su tía, que permanecía de pie, inmóvil, mirándole con los ojos llenos de lágrimas, con los brazos a cada lado como si pesaran miles de kilos y mostrando su incredulidad, su abatimiento, sin entender cómo era posible que él dejara que pasara eso. Harry se echó las manos a la cara, quería correr, que ninguno de los dos le viesen llorar, sólo tenía que desaparecer, irse de allí, ir con Ginny, sólo con ella, sólo en sus brazos, sentirse en paz pero no lo hizo, no huyó y descargó cada una de sus lágrimas tras sus manos, mientras negaba con la cabeza. Se dejó caer en el suelo de rodillas y notó como le abrazaban. No era ella quien lo hacía, sino Ron. Se sintió aún peor, pues su amigo había necesitado de él y no había dado un paso a su encuentro y, sin embargo, ahora era él quien le consolaba después de todo aquello. Cuando comenzó a calmarse y miró al frente, vio a Emy sentada en su trono, en el mismo que utilizó en las dos ceremonias. Estaba inclinada sobre el lado derecho, mirándole sin decir nada, con la cabeza apoyada en la mano, esperando a que él se calmara. Vio también que estaba su trono y el de Ron y supo que debían sentarse en ellos. Un silencio gobernó la sala durante más de diez minutos, era incómodo y cortante hasta que al fin Emy lo rompió con su voz.

- Supongo que lo primero que he de decir es, lo siento – Se veía en sus ojos la tristeza por los momentos que les había hecho pasar – No debería... sé que no debería decirlo... no es conveniente que me muestre cariñosa con vosotros después de lo que ha pasado. Debería mostrarme fría, engañada y decepcionada pero si lo hago, estoy siendo una hipócrita con vosotros y conmigo misma... yo odio ser hipócrita

- Emy

- Déjame hablar, Harry – Ella le interrumpió con voz serena. Se acomodó en el butacón y reclinó hacía atrás su cabeza, alejando su mirada de la de ellos y fijándola en el techo de la cámara – No es que quiera que comprendáis mi labor, no tiene porqué estar sometida a comprensión. Yo debo terminar un trabajo, el mismo que comencé al aceptar ser La Unión. Este trabajo requiere de artes con las que puedo estar de acuerdo y otras con las que de ninguna forma lo estoy. No tengo que explicarme demasiado para deciros que estoy implicada en vuestras vidas... no tengo que recordaros que por eso vino Myrddin... para realizar unos entrenamientos mucho más exhaustivos, objetivos y directos, sin remilgos sentimentales, ni manga ancha por impediros sufrimientos. Sin embargo, vuelvo a estar aquí con vosotros, y tengo que ser tía, amiga y entrenadora para ambos. Lo irónico es que sepa encontrar el equilibrio en todos esos ámbitos... yo que debo mantener ese equilibrio en el mundo mágico, no sé cómo hallarle en vosotros dos. Así que creo que lo mejor es que os pida ayuda, opinión, sugerencias porque debo crear dos personalidades distintas, una en la que me sigáis queriendo y otra en la que me respetéis como entrenadora

- Ya hacemos eso en ambas, Emy – Repuso Harry

- Sí, quizás sí, quizás quien se tiene que acostumbrar a que la quieran ahogar con las manos sea yo, aunque debes comprender que me es difícil otorgar dolor a las personas que más quiero en este mundo, Harry – Emy bajó la mirada y la posó en los verde ojos de su sobrino

- Aún así entendemos esta situación – Intervino Ron – Sabemos que no obras para hacernos daño, sino para entrenarnos como debes

- Me alegro oírte decir eso Ron, porque así podré decirte que estoy realmente orgullosa del esfuerzo que has mostrado para impedirme llegar a tu peor remordimiento, aún así he llegado y he podido saber que si quisiera hacerte daño sólo he de tocar dos puntos, tu estima y tu familia, ambas muy fáciles de encontrar. Debes entrenar hasta que me encuentre con un vacío inmenso sin sentimientos de satisfacción por conseguir poner la mente en blanco, ya que eso no es tener la mente en blanco. Supongo que esto también te ha enseñado que el ser un intruso en los pensamientos ajenos está sólo destinado como arma contra el enemigo, porque a un amigo le estás invadiendo su intimidad

- Sí, también me lo ha enseñado

- En cuanto a ti... – Emy volvió a Harry – Ni siquiera conseguiste poner la mente en blanco, más bien todo lo contrario, la has llenado de recuerdos, sentimientos, pesares... un abanico tan extenso que hasta he podido decidir por donde ir... y si he escogido esos momentos, ha sido para demostrarte que Voldemort puede ir a dañar cada uno de ellos, a sacar lo peor por verlos y atacarte sin tregua, sin titubeos. De lo último mostrado, hablaremos en otra ocasión. No puedes acostarte con la mente abierta, ya has visto lo que puede pasar

- No lo haré, consigo cerrarla por las noches, e incluso cuando duermo y sueño, me despierto al instante para borrarlos – Harry quería justificarse – Ha sido al ver a Ron, me he asustado pensando qué es lo que me pasaría a mí

- A mí también me hubiese pasado, Harry, verte en trance era desolador – Le apoyó Ron

- Pues siento deciros esto pero tendré que entrenaros hasta que no os paralicéis al ver al otro caer

- Eso sería como quitarnos los sentimientos – Exclamó Harry

- Entonces moriréis de dos en dos o peor, de cuatro en cuatro

- Si vieses a Sirius caer muerto a tus pies ¿no te paralizarías? – Preguntó su sobrino

- Si viese a Sirius caer muerto a mis pies, pobre del que esté cerca, porque no me quedaría quieta ni un solo instante... creo que ya has visto de lo que soy capaz, Harry, en aquellos momentos no sabía canalizar mi fuerza, ahora sí sé y tengo muy buena puntería

Harry trago saliva, sí, sabía de lo que era capaz, sabía que frente a su enemigo era dura, fría y quizás tan malvada como su oponente ¿Sería él capaz de ser así? ¿Debía de ser así? Miró a Ron, que no le quitaba ojo, y comprendió que lo que les esperaba era mucho más trabajo y humildad de lo que habían supuesto. Si había albergado la esperanza de que esa noche le dejaran soñar, se le vino, evidentemente, abajo. Mantuvo su mente en blanco, primero por no verse con Voldemort y segundo por miedo a otra sesión como aquella.