37. Algo diferente
Agarraba con fuerza la almohada, cerrando sus puños, intentando aferrarse a la idea de que el sueño iba a continuar. La cabeza ladeada hacia ellos, los ojos apretados y un deseo, que los sentidos no le dijesen donde se hallaba. Pero era tarde. A través de sus párpados pudo notar que la luz del día ya invadía la habitación, aunque la mañana aún no estaba avanzada. En el olor de su cama no se posaba el aroma de Harry, en sus manos no se encontraba su pecho, en su boca se había perdido el sabor. A sus oídos llegaban las pequeñas gotas de lluvia golpeando los cristales, chispeaba a fuera, y yendo sólo un poco más lejos, podía intuir las olas, algo furiosas, rompiendo contras las encrespadas rocas del acantilado. Así se sentía ella, algo furiosa, aunque también emocionada. Por todo su cuerpo revoloteaban las miles de mariposas con las que convivió, sus aleteos le hacían cosquillas en el corazón y sus suaves silbidos le parecían risas vergonzosas a la vez que pícaras. Se sintió ruborizar por saber de qué se reían. Sí, había pasado y en un sueño, donde nadie más podía hacerlo, sólo ellos. Tenía que ser en un sueño, por que su vida con él había sido exactamente eso, un sueño. A veces se tornaba en pesadilla pero nunca por Harry, siempre por lo que les rodeaba. Por eso su primera vez había sido lejos del mundo, solos en un lugar que estaba creado por ellos y para ellos dos. Y allí se encontrarían de nuevo en un mes... un largo mes.
Con cierta hostilidad abrió los ojos despacio. En la cama de al lado ya no se encontraba Hermione, se incorporó para comprobar que no estaba en el cuarto y una vez se sintió a salvo, con la agilidad de un gato, dio un salto en la cama y calló boca abajo ahogando un grito en la almohada y golpeando el colchón con los puños apretados. Si hubiesen entrado a hurtadillas para ver qué hacía, no podrían averiguar con exactitud si los aullidos eran de rabia o de alegría, quizás una mezcla extraña entre ambas. Una vez que desahogó un poco su espíritu, se puso en pie con cierta solemnidad, se miró al espejo y comprobó que algo había cambiado ¿Acaso el perder la virginidad se notaba? ¿Se consideraba aquello perder la virginidad? Por muy dormida que estuvo esa noche, sintió en cada centímetro de su piel todas las sensaciones que su encuentro con Harry le produjo. Y fue al pensarlo, que a Ginny le dio una descarga de estremecimiento, que le atravesó toda la espina dorsal, quebrándole las rodillas. Se agarró al tocador y se rió, sería mejor que tomara una ducha antes de bajar a desayunar. Nunca antes le reconfortó tanto su lluvia personal. Cerraba los ojos y aún sentía el cuerpo de Harry desnudo y mojado en sus manos. Suspiró, estaba claro que aquello no se le iba a ir de la mente así como así. Tenía que disimular todo lo posible, Hermione montaría el grito en el cielo si se enteraba, por no decir que volvería a cerrarse en banda como la primera semana en la que llegaron. No, mejor hacer como que nada había pasado. Harry recorriéndole con su mirada de deseo el cuerpo desnudo ¡Oh! Esto no iba a ser fácil. Luego estaban ellos. Habían prometido guardar la intimidad de ambas, no colarse en las mentes, ni en conversaciones ajenas y de momento lo estaban cumpliendo, al menos eso parecía pero no las tenía todas consigo, esa vieja parecía saber siempre todo lo que pasaba.
Rebuscó en el armario y se puso unos vaqueros ajustados y un jersey fino de color vino que le había regalado Emy aquel verano ¡Emy! ¿Sabría ella lo que había hecho su sobrino? Deseaba hablar con Harry, nunca lo había deseado tanto, nunca le había echado tanto en falta como aquella mañana y no sólo por estar entre sus brazos, sino por conversar con él, por saber si él se sentía tan extraño y a la vez tan ilusionado, como ella. Se echó un último vistazo en el espejo del tocador y siguió notándose diferente. Negó con la cabeza y bajó las escaleras con especial atención a la lámpara. Aquella mañana le llamaba a gritos pero no acudiría, sabía que aún no debía hacerlo. Cuando entró en la cocina, vio a Hermione agarrando un gran tazón de leche caliente entre sus manos y soplando, seguía con el camisón y la bata puesta, y la miraba extrañada.
- ¡Por el viento del sur! ¿Qué haces tú levantada a estas horas? – Le preguntó con sorna
- Me he despertado y ya no podía dormir – Ginny fue directa a prepararse el desayuno – Tampoco es que sea un crimen
- Ginny, como Weasley que eres, tú no te has levantado antes de las nueve un domingo en tu vida
- Perdona pero mis padres madrugan – Le recriminó la pelirroja
- Me apuesto a que es por las obligaciones laborales y domésticas, no de buen grado
- Mi madre no ha sido nunca de dormir mucho
- O sea, que os viene de tu padre – Dedujo Hermione divertida
- No todos...
- Todos los hermanos sois iguales, tu madre se harta de repetirlo
- Bueno, sí – Dijo medio ofendida – Habla tu envidia, porque tú no te has levantado después de las nueve un domingo en tu vida
- Por supuesto que sí – Ahora la ofendida era Hermione
- No vale cuando se está enferma
- Han sido en más ocasiones
- Ni cuando te has quedado en la cama leyendo – Añadió adivinando los pensamientos de su amiga
- Entonces, creo que no, nunca lo he hecho – Hermione no pudo negarlo - ¿Ves? yo lo admito
- ¡Ya!
- ¿Y a qué se debe este honor? – Le preguntó Hermione para saber la causa específica
- ¿Qué honor? – Preguntó Sunny atravesando la pared junto a la puerta
- Ginny está levantada a las 8:30 y es domingo
- ¡Es verdad! Querida ¿Has dormido mal? – La pregunta de Sunny fulminó a Ginny, que se mantenía dándoles la espalda a ambas - ¿Ocurrió algo anoche? ¿Alguna pesadilla?
Con la respiración aguantada y dejando la taza para que no vieran que carecía totalmente de pulso, se dio la vuelta para mirar directamente a los transparentes ojos de la anciana fantasma. De repente, soltó todo el aire en un suspiro, no había nada en su mirada que delatara ironía o reproche. Sabía que si decía un simple "nada" sería peor, comenzarían un interrogatorio para sonsacarle, así que prefirió decir una verdad a medias.
- Me desperté por añoranza
- Pues la añoranza te sienta divinamente – Sonrió Sunny – Hoy estás muy guapa
- Sí, es cierto, estás preciosa ¿te has dado alguna mascarilla en el pelo y en el cutis? Te brillan de forma espectacular ¿Qué has utilizado? – Quiso saber Hermione sin que se le pasara por la cabeza otra posibilidad
- Estoy igual que siempre – Ginny se ruborizó
- En absoluto ¿Te has mirado al espejo? – Insistió Hermione
- Te digo que estoy igual que siempre – Ginny se volvió de nuevo para coger su taza, la cual agarró fuertemente con sus dos manos, y se sentó en la mesa para desayunar – Y ahora, si no os importa, me gustaría dejar de ser el centro de atención
- Lo entiendo, querida, pero no nos quedan muchos más entretenimientos – Sunny se colocó al lado de ella, tan cerca, que ni una hoja de papel hubiese pasado entre sus cabezas – Sí que tienes un cutis brillante ¿Te has dado colorete?
- Os rogaría que me dejarais desayunar tranquila, creo que ya tengo suficiente por hoy
- Está bien – Hermione sonrió a Sunny – Ya nos dirá que ha utilizado, al menos a mí, tú no dejarías de ser igual de gris
- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! – Gritó y se pavoneó la anciana por el aire - ¡Hermione ha soltado una broma! ¡Para morirse!
Ginny no pudo evitar reír. Habían estado a punto de pillarla, así que entre la salida de la fantasma y soltar sus propios nervios, la carcajada salió abierta y sincera. Menos mal que las risas y las bromas de la abuela Sunny retomaban la conversación. Aquella mujer era igual de contradictoria que su nieta, tan pronto te soltaba un sermón, como una broma, como se ponía violenta o irónica, o te narraba la historia más fascinante que se pudiese imaginar. El único estado que parecía prevalecer era su peculiar humor. No siempre estaba allí, Ginny y Hermione podían atestiguarlo, ya que la habían visto dura y fría como un témpano. Sin embargo, no albergaban la menor duda que cuando fue a buscarlas, con aquella actitud inflexible y apocalíptica, lo hizo por el bien de las dos, ya que estaban en peligro, de hecho había faltado muy poco para que las mataran. De nuevo Wilcox era culpable de ello.
Con el sonido de las voces de Hermione y Sunny de fondo, Ginny se dejó llevar por sus pensamientos, con el sabor del café caliente en su boca, mientras acariciaba suavemente el filo de la taza. Estaba recostada en la silla, con la rodilla doblada y la pierna bajo las nalgas. Su madre siempre le corregía esa postura, no eran formas de sentarse a la mesa. Sonrió con tristeza por recordarla con el ceño fruncido, sabiendo que era una de las mejores mujeres sobre la faz de la tierra. Ahora la tenía aún más lejos y la echaba aún más de menos. No imaginó nunca que al convertirse en casi una ermitaña, se daría cuenta mejor de las cosas. No podía ser la casa, ya había estado allí, tenía que ser la clausura la culpable de sus reflexiones. Menos mal que Hermione estaba con ella, sino hubiese perdido el norte haría ya más de dos semanas. Ginny se sorprendió al darse cuenta que llevaban un mes en España. No hacía tanto que dejaron atrás las montañas y los bosques que escondían Hogwarts. No hacía tanto que... Su mente comenzó a rememorar.
Desde que conoció al famoso Harry Potter nunca, ni cuando ya sabía que él la correspondía, pensó que la vida le regalaría la imagen de él corriendo tras el tren, al igual que lo hizo ella la primera vez que le vio. Como decía Sunny, ellas eran demasiado jóvenes para saber ya de las ironías de la vida y ella demasiado mayor para aguantar tantas. A Ginny le fue muy difícil separarse de su mundo, sobre todo de su gente, de Harry y de Ron, pero para Hermione fue un caos. Ginny se había acostumbrado a formar parte de ese equipo. Llevaba lo suficiente para que su vida dependiese de ello pero, para Hermione, significaba seis años de su existencia. Pocas cosas recordaba de su infancia y en la mayoría de los recuerdos, Ron y Harry estaban presentes. Si se hubiesen enfrentado a unos días alejadas de ellos, podría entenderse una tristeza, pero saber que sería por mucho tiempo, las consumió desde un principio, desde el instante en el que el tren las alejó estrepitosamente rápido de ellos.
No llevaban mucho tiempo en el vagón, abrazadas la una a la otra, cuando entró Sunny y les dijo que se preparasen, que en breves tendrían que irse y dejar una copia de sus cuerpos en el vagón, como habían planeado. Ellas nos estaban para pensar mucho, acataron como pudieron las órdenes de la opalina anciana y se prepararon para desaparecer. Lo último que oyeron antes de abandonar por completo el tren, fue un fuerte estruendo de un gran impacto, lo demás se lo explicaría Sunny más tarde. Ella sabía que Wilcox atacaría el tren para capturarlas y hacer salir con ello a Emy y a Sirius de su escondite, para cobrarse su venganza. A ellas les horrorizó semejante plan pero ambas se quedaron de piedra, porque no entendía cómo es que ella podía saberlo. La respuesta que recibieron la oirían muchas más veces después: "Que no tenga cuerpo, no significa que no tenga poderes". Ellas sabían que Sunny era una de las grandes adivinas de todos los tiempos, Emy se lo había dicho, que su abuela nunca fallaba, o al menos eso era lo que ella creía.
Fue un viaje rápido, ya que Sunny tenía un potente traslador preparado para la ocasión, su plan estaba pensado al dedillo. Aparecieron en la casa de los Figg, de allí caminaron con sus cosas hasta los lindes de la gran casa de piedra, que había desaparecido del mapa. Sunny les dio un papel que leyeron sin alzar la voz y, de inmediato y como si la hubiesen inflado, la casa apareció ante sus ojos. Habían entrado en silencio por la puerta de la cocina y nada más hacerlo, sintieron que aquella casa no era la misma que días atrás habían abandonado... porque le faltaba lo principal, las cuatro personas restantes. Hermione se puso inmediatamente a llorar y Ginny pidió a Sunny que las dejara descansar hasta el día siguiente. Por supuesto, la anciana lo entendió y dejó que se fueran a su habitación sin más.
La primera noche, Hermione se durmió en sus brazos, como el resto de las noches de esa semana. Lo hacía cuando el cansancio que le provocaban sus lamentos y su dolor, rendía ya su mente. Era entonces cuando Ginny tomaba el turno para derrumbarse hasta quedarse dormida igualmente. Ningún día de todos los de ese mes, se había mostrado débil ante nadie. Podía estar más o menos habladora o distante pero no se rindió al dolor ante Hermione o Sunny. Ella se había propuesto ser la fuerte, la que se mantuviese por las dos hasta que su amiga comenzara a mejorar y a asimilar la situación en la que estaban envueltas. Y eso que lo había pasado realmente mal por ambas. Cargaba con su propio dolor, ese que le provocaba nauseas por la ausencia pero también era desolador para ella ver a Hermione como alma en pena, como jamás se la había imaginado, hasta el punto de enfermar, de que la fiebre se instalase en su cuerpo y no la quisiese soltar. Se pasó la primera semana en cama, bajo los cuidados de Sunny y el consuelo que ella le daba. No abrió ni un solo libro, sólo se quedaba mirando por la ventana hacia el mar y suspirando el nombre de su hermano. A Ginny, esos suspiros se le clavaban en el alma como puñales de hielo. Nunca imaginó que Hermione amara con tal devoción a su hermano, jamás. Y es que ella siempre había mantenido el control, así era Hermione, pero esto pudo más que ella, esto la hundió y ya no sabía qué hacer para sacarla de ese letargo en el que estaba sumida.
Decidió hablar con Sunny, explicarla que ya no sabía qué decir a su mejor amiga para que levantara el ánimo y contarle que a ella se le estaban acabando las fuerzas. Sunny permaneció callada escuchándola, luego sonrió, como lo hacían en ocasiones Harry y Emy, con esa mezcla de tristeza y entendimiento, y le aseguró que se encargaría de ello. Ginny no supo qué le dijo la anciana fantasma a Hermione, ninguna de las dos quiso hablar de ello, pero el caso es que el lunes de la siguiente semana, Hermione se levantó de la cama dispuesta a comenzar su misión, dispuesta a realizar lo que habían venido a hacer.
Su estancia allí no sería precisamente contemplativa. Sunny les dejó muy claro que quería que acabaran la carrera de magia y que para eso estaba ella allí, para que las dos estudiaran diariamente y aprendieran una nueva asignatura más, Magia Antigua. Hermione y ella estaban encantadas con tal expectativa pero no se imaginaban que el primer objetivo sería tan grande. Recordaría esa conversación el resto de su vida, porque fue ahí donde se dio cuenta que todo podía ser posible en su mundo, lo cual tenía una parte esperanzadora y otra bastante terrorífica.
- Debemos traer a Merlín de vuelta – Dijo Sunny sentada, flotando en una de las sillas de la mesa de la biblioteca – Siempre ha sido algo vago y éste es capaz de no venir si no le llamamos
- ¿Qué? – Preguntaron las dos a la vez
- ¡Merlín! ¿Es que le llamáis Myrddin? – Quiso saber Sunny, como si hubiese metido la pata simplemente con el nombre
- No, Sunny – Aclaró Hermione – Él está muerto, le mató Voldemort
- ¿No serás tan ingenua de creer que mi hijo tiene ese poder? – Preguntó Sunny con sorna – Ni siquiera Emy es capaz de cargarse a Merlín, lo que pasa es que se cansa y se va, él cree que merece un reposo y se esconde en su maldito bosque con olor a barro de mil años. Ya os digo que es un poco vago
- ¿Esto es una broma tuya, verdad? – Le preguntó inocentemente Ginny
- ¡En absoluto! – La determinación con la que hablaba dejaba a las chicas pasmadas - ¿Qué os hace pensar que está muerto?
- Pues que vimos como moría – Explicó Ginny con evidencia – Yo misma intenté salvarle con mi poder de curación y fue tarde, no pudo entrar en él
- La muerte es un misterio que aún no tenéis edad para comprender – Sunny adoptó ese tono enigmático por el que Trelawney hubiese pagado mil galeones - ¿No se te ocurrió pensar que si tu poder no entró en él, era porque no le necesitaba?
- Desapareció en los brazos de Harry delante de nosotros, Sunny – Hermione intentaba hacer entender que lo que estaban discutiendo, era poco menos que absurdo
- ¿Estaba asustado o inquieto? ¿Se quedó frío como un témpano?
- No – Contestaron ambas
- ¿Dijo que se estaba muriendo antes de desaparecer?
- Pues claro – Dijo Ginny
- En verdad lo dijo Harry – Aclaró Hermione – Él sólo dijo que ya había cumplido con su misión y que era hora de descansar
- ¿Veis? – Exclamó Sunny – Éste está en el bosque de seguro
- Él se sacrificó para que Emy volviese – Ginny no podía creer la terquedad de la anciana
- ¿Acaso os pensáis que Emy estuvo en una taberna en el que dejan entrar a uno nuevo cuando sale uno viejo?
Evidentemente las dos chicas estaban alucinadas, no podían contestar a la respuesta de dónde había estado Emy, porque no sabían dónde había estado. Ellas pensaron que estaba muerta, bueno, Hermione, porque Ginny siempre supo en su interior que ella volvería. De lo que sí que estaban ambas convencidas, era del sacrificio que hizo Merlín para traerla de vuelta, o al menos eso era lo que todos habían creído.
- Pero Merlín le dijo a Harry que era así como funcionaba el destino – Siguió diciendo Ginny – Él dijo que era "quid procuo", tributo por tributo
- No cambió el destino de Emy, sino el de Sirius y el de Harry, su ida no propició la vuelta de mi nieta, precisamente porque era El Destino quien decidía el momento de su vuelta – Sunny abandonó el gesto serio para posar en él una sonrisa de orgullo – Ni en mis mejores sueños imaginé que ella se convertiría en semejante poder. Siempre confié en ella, ninguna de las últimas descendientes de Helga Hufflepuff ha tenido el arrojo y la inteligencia de mi niña, ni siquiera su hermana Lily, que se quedó tan cerca. Emy es mucho más de lo que soñamos un día su madre y yo
- Yo no entiendo nada – Ginny se puso en pie – Se nos hizo creer que las muertes eran por un motivo en especial, Emy no servía para entrenarnos, tenía que hacerlo Merlín y luego nos vendisteis la idea de que él había muerto y que nosotros no pudimos ayudarlo ¿Para qué todo este teatro? ¿Es que no pensasteis que las supuestas muertes de ambos nos acribillarían? ¿Por qué fingir tantas muertes? ¿Por qué incluso las nuestras?
- Ahora no es momento de contestar a todas esas preguntas – Esquivó Sunny como quien aparta una mosca
- ¿Qué? ¿Cómo que no? – Se quejaron las dos
- Prefiero dar una información completa y detallada de esas preguntas, que sé perfectamente que desencadenarán en otras tantas y así hasta que contemos la historia completa y para eso, queridas, aún me falta gente que rellene ciertos huecos. O sea que os pido algo de paciencia, además, es un trabajo que debéis investigar, no será tan fácil como creéis, pues de esas respuestas dependerán las soluciones futuras
- Si Harry se entera de esto... – Le dijo Hermione a Ginny
- No te quepa duda que volverá a cabrearse tanto con Emy, que esta vez se necesite más de un salto
- ¿Por qué habría de enfadarse con ella? La mi pobre no sabe ni la mitad, esperad a que se entere de qué es lo próximo que la viene, entonces veremos si salta desde un acantilado o no – Se rió la anciana
- ¿A qué te refieres? – Preguntó Hermione
- Es una sorpresa... que también tendréis que investigar – Sunny soltó una carcajada como la de una niña que se divierte con su juguete favorito – Hay muchas cosas en estas paredes y entre todas ellas, se encuentran las soluciones. De momento debéis hallar la manera de traer a Merlín
- ¿Y no sería más efectivo que lo hicieses tú? – Preguntó Hermione, dándole a entender que sabía que era perfectamente capaz de hacerlo
- Yo no soy quien necesita de Merlín, sois vosotras, por eso debéis hacerlo – Sunny se dispuso a salir de la biblioteca con solemnidad, como una vieja artista de vodevil – Además ese viejo siempre ha conseguido sacarme de mis casillas ¡Mira que obligar a mi nieta a vagar por ese bosque!
Allí se quedaron las dos muchachas, con los ojos abiertos como platos y preguntándose si aquello era un sueño. Y es que Ginny, aún hoy, después de un mes seguía creyendo que lo que ocurría en esa casa, sólo podía pasar allí, ni siquiera en Hogwarts se podía alcanzar magia tan elevada. En aquel lugar se respiraba magia y por lo tanto, se realizaba con una facilidad pasmosa. Tardaron más de dos semanas en hallar un llamamiento que fuese directo hacia Merlín, ya que si erraban en su invocación ¡A saber qué o quién aparecería! Cuando llegó el momento de la llamada, que se realizaría en la biblioteca y bajo la atenta mirada de Sunny, ambas se quedaron de piedra al ver la inmediatez del resultado. Tuvieron que crear una pócima en un caldero, muy semejante al que utilizó Emy para la poción en que se desató de Harry para poder menguar sus poderes y realizar el cambio por Merlín. En él echaron casi un poco de todos los ingredientes que la abuela tenía guardada en una despensa "muy especial" y uno cuantos más que tuvieron que ir a buscar bajo la luz de la luna llena. Como colofón, tenían que concentrarse al máximo en un hechizo de palabra. Así era como se dominaba la magia antigua, con la palabra, con la mente y con el corazón. Para cuando terminaron, del caldero salió tal cantidad de humo con olor a hojarasca, que cuando desapareció, Merlín se limpiaba la túnica de restos de tierra. Se las quedó mirando sonriente y soltó con toda la tranquilidad del mundo un: "¿Qué tal están mis chicas favoritas?". Ginny y Hermione le miraban pasmadas, sin poderse creer aún que, primero, lo habían conseguido y, segundo, que estaba tan vivo como ellas.
El mejor mago de todos los tiempos asumió enseguida el papel de tutor, al fin y al cabo no hacía tanto que lo había dejado de ejercer, y no se cortó un pelo en recriminarlas que le habían dejado muy poco tiempo para descansar en su humilde morada. Aún así, admitía no estar descontento, ya que el lugar merecía la pena, sobre todo por las maravillosas vistas al mar que tenía y porque estaba rodeado de montes nuevos para explorar. Desde el mismo momento en que apareció, Sunny y él entraron en una guerra de insinuaciones, indirectas e insultos disfrazados que eran un auténtico deleite literario. Se echaban cosas en cara de tiempos o dimensiones que ellas no entendían. Luego estaba el hecho de que Merlín hablaba con dos personas, que tras prestar la debida atención, interpretaron como Anjana y José, el marinero. Él se dirigía a ellos como si estuviesen allí de siempre, lo cual consumía la paciencia de Sunny, porque no podía verlos, sólo sentirlos, lo cual mosqueaba a Ginny y a Hermione, porque no podían ni verlos ni sentirlos.
La dinámica de su estancia cambió en cuanto el mago volvió a sus clases. Sólo llevaba tres días con ellas y ya estaban agotadas. Al menos los domingos eran de descanso, agradeciéndolo en el alma. Pero el resto de la semana, tenían el tiempo totalmente cubierto, a excepción de las cinco paradas alimenticias, desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena, esos eran sus recreos. Y es que estar allí solas, implicaba muchas cosas, no tenían a nadie que les lavara la ropa o les limpiara los baños, los cuartos o la cocina, era tarea suya, como también prepararse la comida, que no solamente era para ellas, ya que Merlín degustaba con mucho agrado todo lo que las chicas hacían. Sólo había una cosa que ellas no realizaban y que no entendían cómo estaba solucionada y ese era el abastecimiento de todo lo que pedían. Desde el champú hasta cebollas, pasando por productos de higiene femenina o, incluso, algún capricho, todo lo escribían en una pizarra en la cocina y a la mañana siguiente allí estaba, para que lo ordenaran en su sitio. Les quedaba totalmente prohibida la salida de los límites de la playa o de ambas casas, por ser muy peligroso el que las vieran o reconocieran, Wilcox podía hallar la manera de volver hasta allí y no podían ser vistas y menos por él.
Tras el desayuno, bajaban a la biblioteca a estudiar cada asignatura que tenían en Hogwarts, más los libros de Magia Antigua, además la abuela, como a veces la llamaban para que ella sonriera, pensaba que lo lógico era cursar TODAS las asignaturas que se daban en el colegio. Por mucho que ellas le insistieron de que eran optativas, ella se negó a que no fuesen atendidas debidamente, pues ¿Qué otra cosa había mejor que hacer? La anciana había puesto su confianza en la inteligencia de ambas muchachas, que por una vez contemplaron que más que un cumplido, era una pesadilla. Así que Hermione y Ginny estudiaban como locas por las mañanas, y en el caso de Ginny, no sólo sexto curso, sino séptimo también, porque a Sunny no le gustaba que fuese retrasada un año, como si la pelirroja hubiese repetido curso, en vez de haber nacido un año después. Detrás de la comida tenían una hora para los quehaceres de la casa y luego aparecía Merlín con los entrenamientos y las charlas sobre Magia Antigua.
Ellas ya sabían que al mago no le gustaban los espacios cerrados, lo que no sabían es que le diese igual que soplara el viento del norte, como el del sur, como que lloviera o como que hiciese un sol de justicia, sus entrenamientos y lecciones serían siempre fuera. Si las inclemencias del tiempo les suponía un problema, tendrían que aprender a resolverlas. En el fondo no se quejaban, ya que eso contrastaba con las pesadas horas que se pasaban en la biblioteca sin ventanas al exterior. No bastando con eso, y de hecho siendo lo más importante, las dos horas antes de la cena, las dedicaban a sus respectivas misiones, las cuales podían consultar la una con la otra, mientras cada una llevara la responsabilidad de su misión sobre sí.
Con lo que aquel domingo de finales de septiembre, en el que el otoño impregnaba la tierra y los cristales de una casa cerca de un acantilado, a una pelirroja le parecía que el día sólo le iba a traer ansias de que el nuevo mes corriese rápido, hacia otra noche en la que poder abandonarse en los brazos del chico al que amaba. Todo para sentirse libre, despreocupada, enérgica y antes que nada, amada y deseada. Ginny Weasley volvía a la realidad del momento, sin saber cuánto tiempo llevaba allí sentada, de mala manera, sobre la silla de la cocina y jugando con el filo de su taza de café. Escuchando a aquellas dos mujeres diciéndose tonterías, mientras a ella le volvía a recorrer un escalofrío por la espina dorsal y le aparecía una sonrisa en la cara que escondía: "No sabes cuánto te deseo, Harry Potter".
