39. La piedra de fuego caída del cielo (1ª parte)

Hermione y Ginny descansaban cada una en un butacón del salón. Con las piernas dobladas y subidas, y la cabeza apoyada en una de las orejeras del sillón, escuchaban a Merlín contar la historia. El anciano no parecía tener ningún problema en desvelar aquel relato, más bien todo lo contrario, su expresión se había dulcificado y relajado, mostrando al vetusto cariñoso que a veces podía llegar a ser. Prueba de ello fue el gesto paternal de taparles con unas finas mantas tejidas, seguramente por la abuela Sunny en sus tiempos, que eran tan suaves y coloridas que parecían aliviar el espíritu de quien resguardaban. Era imposible no dejarse llevar por sus palabras, pues tanto el ambiente como su voz incitaban a ello. Hasta la dueña de la casa dejó atrás su actitud anaranjada para volver a su cristalino y bello color gris plata, suspendida en su sitio de siempre, en otro de los sillones, el que estaba junto a la ventana. Ella podría decir barbaridades de ese viejo y cascarrabias mago pero no podría discutirle jamás que llevaba consigo el don de la palabra y ésta rezaba así:

Cuando sacaron de la tierra la roca, que no sería más grande que esta mesa de té, se asombraron al ver la destrucción que había causado tan nimio elemento, otorgándole de inmediato poderes increíbles, pues no sólo su aldea había sido destruida, sino también multitud de bestias mágicas, animales fuertes y arraigada vegetación. Uno de los cinco integrantes de aquella curiosa expedición, era un joven y fuerte muchacho, no muy diestro en la magia, pues su pasión en la vida era la que su padre le había inculcado, la herrería, y ocupaba su tiempo feliz en realizar majestuosas espadas para venderlas a un buen precio y así cuidar bien a su anciano padre y maestro.

Fue este joven mago quien propuso al resto dividir en partes iguales la piedra, para que cada uno se quedara con una porción de aquel siniestro tesoro, accediendo los demás sin ningún reparo. La fama de fortaleza del joven herrero había viajado por aldeas vecinas, recorriendo muchas millas desde hacía tiempo, y no se quedaba sólo en una reputación no demostrada, pues este muchacho llevaba ganadas todas las competiciones de levantamiento de pesos desde hacía cinco años. También era diestro con la espada, ganando otros muchos combates y haciendo de él un admirado galán, muy cotizado entre las mujeres, entre todas, menos la que él estimaba. Por eso cuando se autoimpuso la labor de repartición, nadie dijo nada, como tampoco lo hicieron cuando el primer golpe contra la piedra no mostró destrozo alguno. Fueron muchos los intentos, tantos como para dejarles exhaustos a todos los que lo intentaron pero no cesó el empeño, sino todo lo contrario, se incrementó más por parte de los cinco magos. Y así fue como se vieron trasladados allí, a tan sólo una milla de sus casas, montando un campamento para realizar el arduo trabajo de ajar esa piedra de fuego caída del cielo. Convivieron durante muchos meses, los primeros de ellos sometiéndola a diferentes hechizos y métodos que le hiciesen flaquear, pues ellos sabían que no se trataba de un ser inanimado, que dentro de ella había algo, aunque ninguno se aventurara a decir que fuese vida, más bien un misterio, uno repleto de magia. Los últimos meses fueron trabajando la dura piedra para repartirla equitativamente, hasta que llegó el día en que cada uno fue dueño de su parte del botín. No hubo problemas a la hora de elegir, pues los cinco pedazos eran iguales, todo debido al trabajo de cada uno de ellos. Hubo quien puso la fuerza, hubo quien volcó su inteligencia, también se sacó el trabajo con temperamento, por no hablar de la perseverancia y sobre todo la organización. Atrás quedaban días y días de convivencia, de consuelo, de amistad, quedaban momentos buenos y malos de cinco personas que lo habían perdido todo, excepto a ellos mismos, y que ahora lo único que creían ganar era un trozo de roca negra y cristalina. Más tarde se darían cuenta que obtuvieron la mejor experiencia del comienzo de su nueva vida, pues todos aprendieron de todos y lo más importante, cada uno se llevó en el alma un trocito del alma de los demás.

Aquella singular expedición finalizó después de doce lunas crecientes, debían de emprender vida por separado, saber de qué eran capaces, buscar su lugar en el mundo, así que cada mago y bruja se fue por caminos diferentes. Como ya os he hablado de nuestro amigo el herrero, comenzaré por él. Os diré que éste optó por quedarse allí y llevar la roca a lo que quedaba de su herrería. Volver a su aldea le dejó destrozado en principio, luego fue naciendo en él una idea que cada vez se haría más fuerte. Lo primero que hizo fue levantar su taller en medio de la devastación. Una vez recompuesto y mejorado, ya que ahora tenía mayores conocimientos, se propuso labrar la piedra con fuego, hacer con ella la espada por excelencia, una que no vendería a nadie, una en honor a su padre, al maestro que le enseñó su arte y le inculcó sus principios. Día y noche trabaja incansable la piedra, parando sólo para buscar comida y conciliar unas horas de sueño. Pero por mucho que lo intentó no pudo conseguirlo, parecía que la piedra tuviese voluntad propia, dejándose arrancar sólo unas virutas superficiales. Hasta que adaptó una forma concreta y no precisamente la que hubiese deseado el herrero, sino la de una esfera cristalina, pulcra y lisa, de un color negro azabache con el corazón rojo, como si una fogata en el frío invierno ardiese por dentro.

El joven aceptó la voluntad de la piedra y respetó su caprichosa figura, sin embargo de las virutas caídas y del mejor acero que él tenía, forjó una espada que cubrió con creces sus expectativas, pues era la obra más magnífica que de sus manos había salido, e incluso llegó a plantearse si aquellas pequeñas motas de la piedra, no optaron por ser también caprichosas y darle forma a aquel estoque. Ni muy larga, ni muy corta, con la empuñadura adaptada a la perfección a su mano, y sin ser pesada ni ligera. Por más pruebas a las que la sometió, la espada quedó intacta. La llevaba a todos lados, dormía incluso con ella, la observaba bajo la luz de la luna, su brillo tenía esencia, tenía vida y es que la espada y la esfera, al estar juntas, relucían cual fuego, así que nunca las separaba.

En una de sus cacerías encontró una caverna en la que se guareció de una tormenta. Gracias a la oscuridad del atardecer, pudo observar que al fondo del sombrío túnel que se adentraba en la tierra, algo rutilaba con especial fulgor. El joven herrero mostró su desmesurada curiosidad y ayudado por la luz que salía de la esfera, se fue aproximando hasta la pared del final. Poca importancia dio a la posible opción de adentrarse en la guarida de una bestia que pudiese darle muerte, y mucho menos al no encontrar nada a su paso que le diese muestra de peligro. Una luz coralina mostraba una formación rocosa, brillante y blanquecina, en donde descansaba una piedra preciosa de color rojo, de perfecta talla y pequeño tamaño, solamente posada por su arista final. Sin duda aquel lugar era el refugio de una criatura mágica ¿un dragón quizás? Intentó marcharse de allí pero sus pies estaban clavados en la tierra y un deseo profundo de acercase más a la joya le invadía el cuerpo. Dio dos pasos hacia delante con dificultad y sintió el calor, como una corriente bochornosa con olor metaloide que hacía irrespirable el lugar. Lo que pasó luego pudo ser por mandato de su mente o de nuevo por propia voluntad de la esfera y la espada, pues está se escapó de su mano para estrellarse contra la joya. Una explosión de rojo intenso le hizo cerrar los ojos hasta que oyó el metal contra el suelo y volvió a abrirlos. Incrustada en la espada se hallaba la joya, ambas brillando como intensidad, como alegres amigos después de encontrarse. El herrero cogió la espada con miedo, no lo dudó ni un segundo, allí no la iba a dejar. No era su voluntad robar lo que no era suyo pero menos era dejar su tesoro en aquella caverna. El olor se intensificó y sintió el peligro en su cuerpo. Con la espada en la mano y la esfera brillando en su zurrón, salió corriendo del lugar sin mirar atrás y siguió así, sin cesar, bajo la lluvia, bajo los rayos, pues sabía que el peligro era mayor que la tronada del cielo. Cuando llegó a su hogar se escondió en lo más profundo de su dormitorio y fue entonces cuando contempló la espada con mayor detenimiento. No sólo estaba el rubí en ella, sino que en el lomo estaba grabado su nombre completo.

Muchas cosas cambiaron desde entonces, su espíritu se hizo aún más fuerte y nuevas ideas asomaron a su mente. Reconstruiría su aldea, casa por casa, traería a gente joven al pueblo, daría una nueva oportunidad a quien la pidiese. Así comenzó un peregrinaje por la comarca, contándoles a los aldeanos en qué había invertido su tiempo pero guardando un secreto, a nadie de ellos dijo que su espada salió de la piedra de fuego caída del cielo, a nadie mostró su esfera negra con corazón ardiente. Él solo portaba voluntad, nuevas esperanzas e ideas y así fue como muchos jóvenes se unieron a él, para reconstruir de nuevo el viejo poblado, instaurando cosechas, mercados y comercios, que no sólo dieron de nuevo vida al lugar, sino que le convirtieron en la principal villa de la comarca.

Tiempo tardaron en levantar todo lo que os cuento, no creáis que fue sencillo y mucho menos placentero. Cuando todo estuvo de pie y la alegría del pueblo era patente, una estocada asoló de nuevo a esas gentes. Un enorme dragón apareció en el cielo, era de un rojo intenso y nada más verle el herrero, supo a qué venía. Él solo fue a su encuentro portando en su mano una espada contra el fuego y tras una lucha de titanes, no le quedó al dragón otro remedio que irse, herido en cuerpo y alma, pues entendió que su joya tenía nuevo dueño. Fue tal el reconocimiento al valor, al tesón y al esfuerzo del joven herrero, que el valle pasó a llevar su nombre y allí vivió él, en su vieja herrería, hasta el día en que llegó su último momento.

El otro joven mago era muy diferente al primero que os he descrito. Este era el hijo del galeno del pueblo, un hombre de cultura altísima pero valores un tanto bajos, al menos a mi parecer, pues él se enorgullecía de cada uno de sus prejuicios y creedme si os digo que eran muchos. El padre sabía de anatomía tanto como de pociones, conocía los síntomas de infinidad de enfermedades, pues acumulaba cada intervención en diarios que luego estudiaba. Su fama y reconocimiento era mucho mayor que la del joven herrero, ya que se extendía por todo el país. Vivía con su familia en la mejor casa del pueblo y jamás les faltaban los más suntuosos manjares a la mesa. Cuando un extranjero llegaba a la aldea, se sabía que venía en busca del galeno, sobre todo si su cara se torcía a verdosa, amarillenta o morada... Jejeje ¡Perdón! ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Por el hijo del galeno. La madre del muchacho era una dama de la corte que se enamoró de la sapiencia del joven doctor y que luego se desenamoró por los bajos fondos del hombre. Sin duda, aquella familia portaba dos caras, la de fuera de casa y la de puertas adentro. Si de las paredes de la casona hubiese salido fuego o sangraran veneno, el joven muchacho no se hubiese extrañado, pues vivía en medio de una gran guerra, la que existía entre su padre y su madre. Quizás de ahí venía su aspecto flacucho y enfermizo que tantas burlas había arrancado. Quizás forjó su carácter solitario por tales situaciones. Quizás no vio otra elección que convertirse en parte de cada uno de sus progenitores. El caso es que cuando llegó la catástrofe, no admitió ante el resto que para él, para su mundo particular, lo que había sucedido era en verdad una ventura, pues aquella piedra de fuego caída del cielo le otorgó la ansiada libertad. Para entonces portaba en su mente sabiduría suficiente en pócimas, narcóticos y venenos, como también en hechizos y maldiciones, que su padre había grabado en su cuerpo a base de sangre y sudor. Encontrar un amigo en el hijo del herrero, fue una fortuna y separarse de él, un dolor. Pero este joven flacucho también debía encontrar su camino en la vida y por eso partió.

A cada paso que daba, más oscuridad encontraba. Con gentes hostiles se topó, que le hicieron endurecer su carácter y cuanto más lejos se iba, más extrañaba a todos sus compañeros. No obstante fue esquivando obstáculos, solucionando problemas, encontrando su propia forma de operar, no le importaban los medios utilizados para hacerse con lo que ansiaba ¿Cómo hacerlo si se había alegrado de la muerte de sus propios padres? Lo que le importaba era el éxito de sus propósitos y así fue viajando hasta las frías tierras del este, hasta asentarse en lo más alto del imperio prusiano, en donde encontró gente muy parecida a él. Se estableció en la falda de una montaña, donde las rocas estaban afiladas como cuchillos. Le cobijó un anciano mago, en el fin de sus días, para que hiciese las labores diarias a cambio de hospedaje y comida. La suerte le deparó que este viejo, de carácter peor que el de su padre, hubiese estudiado diferentes artes desde sus tiempos jóvenes, pudiendo él empaparse de sus conocimientos mientras le cuidaba en la última etapa. Antes de dormir le daba conversación para que el anciano soltara sus secretos, y no le fue difícil, él ya tenía en su poder la receta del "Verisaterum". Su sutileza le hizo camelarse al viejo, de tal modo que éste no supiese que lo que a él le interesaba, eran todos sus escritos. Estos iban desde Ciencias Animales, Vegetales y Minerales, hasta Filosofía, Adivinación, Runas Antiguas e Historia, Aritmancia e incluso, Astronomía.

El día de la muerte no tardó en llegar y nada más enterrarlo en el cobertizo de atrás, comenzó a estudiar las atesoradas conclusiones de todo un sabio. Una noche, a la luz de una vela, encontró en unos pergaminos de astronomía un pasaje sobre piedras de fuego que caían del cielo y sobre sus poderes, que el anciano creía como videntes. Ni que decir tiene que bastó esto para que volviese a poner su atención en la piedra, que tantos caminos había recorrido a su espalda, sin pensar nunca deshacerse de ella. La observaba bajo aquel cielo con luna llena y estrellas, cuando se le cayó de las manos y se estrelló con una de las piedras agrietadas de la montaña. Vio asombrado que una pequeña parte redondeada, con el tamaño de un gran higo, se desprendió de ella. Aún recordaba cuanto trabajo y cuantos meses habían hecho falta para sólo resquebrajarla. Sin saber muy bien porqué, guardó a buen recaudo la pequeña pieza desprendida y fue dando forma al resto de la piedra contra las afiladas rocas de la montaña. Así durante un mes entero, hasta que una figura caprichosa asomó en su labor, una esfera cristalina, pulcra y lisa, de un color negro azabache con un corazón verdoso, como árboles primaverales bañados de rocío.

Por el día se sumergía en los estudios y por las noches se pasaba las horas muertas observando la esfera hasta caer en el más profundo sueño, que siempre era el mismo. Se veía riendo, dialogando, en debate, se veía pescando, cazando, oía su voz desvelando pociones, hechizos, contando casos de los enfermos de su padre y al final del todo, la veía a ella, siempre a ella alejándose entre las tinieblas. Un rostro tranquilo de piel de luna, unos ojos verdes como lagos de hierba espléndida, unos labios con sonrisa perpetua de alma sin sombras y un pelo para quemarse lentamente dentro. Noche tras noche, desde que partió de su pueblo natal, desde que fue a buscar por los caminos una vida que vivir, soñaba lo mismo y era de ese sueño del que sacaba las fuerzas para enfrentarse a todas las adversidades. Pero una vez tuvo la esfera acabada, cada mañana se nublaba su cielo por la soledad y la tarde traía la pesadumbre de quien no quiere acabar sus días solo ¿De qué le había servido al viejo vivir tantos años, escribir tantos pergaminos plasmando sus estudios, si nadie hubiese aparecido al final de sus días? ¿Estaba él dispuesto a vivir esa misma vida? Ni mucho menos, así que un día comenzó a recoger todo lo que en la cabaña mereciese la pena, entre ello, por supuesto, todos los escritos. Lo redujo al máximo, metiéndolo en un macuto con unas cuantas provisiones, la pequeña piedra desprendida y la esfera. Abrigó su cuerpo con las pieles que guardaba el anciano, cogió una larga vara de madera firme y comenzó el camino de regreso a la que una vez fue su casa, deseando encontrar allí a los únicos que había considerado sus amigos.

Hubo quien viajó más al norte y no precisamente se trataba de un muchacho fornido, como el hijo del herrero, o de alguien con peculiar audacia, como el hijo del galeno. En este caso era la mayor de las hijas del maestro. Su padre se enorgullecía de ella por su inteligencia, eso sí, a escondidas y en privado, mientras que su madre la maldecía constantemente por no hacer de ella más que una fierecilla cabezona y vanidosa, a la que ningún hombre querría como gentil esposa. No creo que esta muchacha escuchara ni uno solo de los lamentos de su madre, pues se dedicaba a realizar a toda prisa sus labores para escaparse luego, con alguno de los cuadernos de su padre, a un pajar caliente, en donde nadie la interrumpiese. No obstante, cuando le azotó la desgracia, no pensó en las miles y miles de hojas destrozadas o en las palabras extraviadas, se derrumbó por la pérdida de sus padres y de sus dos jóvenes hermanas. Se sentía culpable por haberse librado de la muerte cumpliendo un castigo de su madre. Creyó ser una bestia inmunda por decirla "te odio" como últimas palabras. Y para su padre no tuvo mejor desdén, pues le llamó "fantoche sin autoridad" por no poner en su lugar a su madre y librarla a ella del injusto castigo impartido. Si no llega a ser por los cuatro compañeros que encontró, no habría sobrevivido a su pena, pues el dolor de su ofensa hacia ellos, le hacía el aire irrespirable. Pero todos le ayudaron a superar su condena, aunque ella sabía que les debía un sacrificio como muestra de arrepentimiento. La primera vez que tocó la piedra de fuego caída del cielo, supo que se trataba de un tesoro incomprendido y como tal, debía de ser estudiado a conciencia. Fue ella quien se encargó de atacarla y de dividirla en partes completamente iguales. Cuando tuvo la suya, decidió marcharse. Atrás dejó a sus nuevos hermanos, cada uno en un camino, y sin mirar atrás, corrió a encontrase con su destino.

Elegir el norte no fue elegir el sendero más sencillo. Nuestra joven heroína sabía a qué se enfrentaba, ya lo había leído. El recuerdo de sus relatos favoritos sobre un mundo nuevo se formaba en su imaginación para crear una meta, llegar a las tierras altas, donde podría oír al viento silbar palabras; asomarse por sus amplios ventanales de roca junto al mar, hasta que la vista alcanzase el blanco desierto; tocar las cumbres heladas de los altos glaciales con la mano, mientras sintiese el calor del agua calentada por el fuego, y dejarse arrastrar por las cascadas de las aguas más puras, cristalinas y cálidas que existían, hasta flotar en sus remansos. Todo eso se hervía en su interior cual volcán en erupción. Ansiaba llegar pero un largo y tedioso camino le esperaba primero.

Llegó hasta el Cabo del Último Grito, así lo llamaban los antiguos, y miró el inmenso mar, debía conseguir salir de allí y para eso debía de trabajar. Se instaló como sirvienta en una villa cercana, en casa de un matrimonio acaudalado de mediana edad, con necesidad de una criada especial, pues la mujer sufrió una enfermedad en la que sus ojos se cegaron. Así comenzó a desempeñar todas las tareas que más odiaba cuando vivía en su aldea con sus padres pero esta vez era diferente, tenía un motivo, un fin por el que luchar y trabajar, debía conseguir dinero para hacerse con una nave y partir hacia sus soñadas tierras altas.

Con el paso del tiempo entabló confianza con el matrimonio, eran gente de bien, tanto ellos como sus hijos, buenas personas, con honor del que sale del corazón. Ellos sabían que era una muchacha inteligente y sorprendentemente con amplia cultura. La joven solía leer a la señora por las noches, a la luz de una vela hasta que ésta se quedaba dormida. Una tarde le pidieron que enseñara a su hijo mayor a leer y a escribir, porque querían un buen futuro para su primogénito, al que veían distraído y falto de motivación, y ella así lo hizo. La paciencia en la enseñanza la heredó de su padre, quizás por verle tantas horas trabajando con sus alumnos y fue de esta forma que el hijo mayor aprendió a leer y a escribir en un breve espacio de tiempo. Luego le enseñó otras asignaturas, pues una de las cualidades del niño era su sana curiosidad, demostrando así que lo único que le ocurría venía por puro aburrimiento. Los padres decidieron ponerla como tutora a tiempo parcial del resto de sus hijos, dos muchachos más y la pequeña de todos, una niña por la que sentía verdadera devoción. Pronto se corrió la voz en las altas esferas de aquellos pequeños condados costeros, de que existía una joven capaz de enseñar a cualquier niño a leer y escribir, a mejorar su educación y a saber llevar una buena conversación, incluso decían las malas lenguas, que la mujer leía hasta las propias estrellas con la misma soltura con que leía las palabras. Un día el inteligente marido le preguntó a su mujer si no estaría bien formar una escuela privada para todos esos hijos de sus amigos, para esos muchachos privilegiados que no tenían que manchar sus manos con las labores diarias. La mujer accedió encantada con la condición de que le buscara otra persona que le hiciese las tareas del hogar. Cuando se lo propusieron a nuestra protagonista, vio la oportunidad perfecta para elevar sus ingresos y por tanto acortar el tiempo en el que pudiese llegar a su destino.

Cuatro primaveras pasaron hasta que pudo conseguir el dinero para la embarcación que quería y que estaba segura la llevaría a buen puerto, una que aguantara tempestades en alta mar y plantase caras a las adversidades. Ahora su proyecto era aprender a navegar. Al primer marinero que le propuso que le enseñara, se rió de ella a la cara. No encontró a nadie y comenzó a desesperarse. La voz corrió por las casas del pueblo y el secreto de la muchacha salió a la luz, la maestra de señoritos quería surcar los mares en busca de "sus tierras altas". Un día, al terminar la lección, su primer alumno fue hacia ella y le habló del rumor que se oía. Ella sonrió con lágrimas en los ojos y se lo confirmó. Nunca esperó encontrarse con aquella respuesta, pues el muchacho que tenía delante, al que ella había aleccionado desde que era un niño, se ofreció a enseñarle el arte de la navegación junto a su padre.

El verdadero problema era que nadie que apreciara a la muchacha la dejaría partir sola en aquel barco, si los bárbaros le daban caza, le esperaría un destino peor que la muerte. Además, por muchas lecciones que le hubiesen dado para gobernar la pequeña barcaza, ellos no podían permitir que se lanzara a la mar sin más ayuda que sus débiles brazos y una vieja vela. Pero la voluntad todo lo puede, sobre todo si va acompañada de magia, magia que ellos no sabían que existía. En una noche calmada de finales de primavera, nuestra joven valiente salió de la casa y, una vez más, se marchó sin mirar atrás. En la cara llevaba lágrimas por la silenciosa despedida y una inmensa gratitud que no pagaba con su conducta pero es que debía partir para llegar allí, a su lugar soñado, aunque sólo fuese alcanzarlo, pisarlo y volver.

No portaba más que las provisiones que durante algún tiempo pudo obtener y la piedra de fuego caída del cielo con la que llegó allí. Durante cinco días el viento, el sol y el mar le silbaron que llegaría al puerto de sus sueños, sus brazos cansados se relajaban con el cálido viento que arriaba la vela, que aguantaba estoica y sin protestar, como ella. Pero llegó el sexto día y todo cambió. Las nubes taparon el cielo azul de día y las estrellas de noche, el viento se volvió arrisco y azotó con bravura, manteniéndola perpetua con su mano en el timón, siempre con rumbo noroeste. El séptimo y octavo día siguió en las mismas condiciones, agotándola hasta comenzar a creer que sería su fin. De forma absolutamente ilógica, se agarraba a la piedra y le pedía que la guiara sana y salva hasta la cumbre nevada. Y así llegó la noche del noveno día, en que las olas se levantaban como gigantes bizarros y toscos, que la atacaban a manotazos para echarla de sus dominios. Ella les gritaba que se apartaran, que no podrían echarla atrás, que conseguiría llegar aunque fuese con un último suspiro y hablar con los vientos del norte de las tierras altas, para que ellos llevasen el mensaje a las almas de sus padres; un "lo siento" sincero, con sacrificio incluido; un "os quiero" puro, con el corazón helado en las manos. Las lágrimas volaban de su cara para caer al mar y ser devoradas por la inmensidad pero ella no se rindió, rifó su destino y se aferró al timón y a la piedra, aguantando horas y horas en la fría y colérica noche, en la que se sentía por primera vez perdida en la desolación.

El cansancio pudo más que ella y cuando despertó, estaba tirada sobre el suelo de la barcaza, mojada y sedienta. No tardó mucho en darse cuenta que el movimiento era suave, que el sol de la mañana le saludaba gentil en su mejilla izquierda y que un sonido llegaba hasta su oído como dulce melodía desde el fondo del mar. Claro que debía tratarse de pura emoción, porque en realidad era un graznido un tanto desagradable el que se oía pero bien sabía la joven que tal canto anunciaba que la tierra estaba cerca. Abrió los ojos y vio la vela destrozada, hecha jirones de saco que ni mil hilanderas podrían remendar. El olor de la suave brisa marina le arrancó una sonrisa salada. Incorporó su cuerpo y allí, a los lejos, estaban las tierras altas. Dicen que exhausta desató los remos y que con la fuerza de su cuerpo, tal como le había enseñado hacía años a utilizar el joven herrero, remó y remó hasta la costa, hasta una pequeña cala al pie de un inmenso acantilado. Lloró cuando posó sus pies en la arena, tumbó su cuerpo lastimado y descansó, pues ahora debía de recurrir a su sensatez y afrontar el último tramo de su viaje con inteligencia.

Nadie debía saber que estuvo allí alguna vez, ni bárbaros, ni gente de bien. Ella había acudido a esas tierras con un único fin, dar calma a su alma pidiendo perdón. Por eso debía subir a lo más alto, alzar la piedra y gritar al cielo, para que pudieran oírla suplicar "lo siento". Echó mano de su magia para subir por el acantilado. Su madre siempre le dijo que sólo podría utilizarla cuando nadie le viese, pues no querían que se creasen conflictos innecesarios. Ahora entendía mucho mejor a lo que se refería. Aquel reino era todo lo que ella había soñado, viento, hielo y fuego se juntaban a la tierra para hermanarse. Anduvo sin ver jamás a nadie, hasta que por fin encontró un posible sendero para ascender a la cumbre de un glaciar. No se esperaba aquella visión cuando por fin llegó, pues en lo alto se hallaban cuatro pequeños lagos de aguas calientes, con una chimenea en medio de ellos, por las que salía un leve humo caprichoso y un tanto inquietante. Su asombro no paró allí, pues la piedra comenzó a hacerse más y más ligera, tanto que flotaba a lado de ella. Por primera vez entendió que su viaje era cuestión de dos voluntades, la suya y la de ella, y sin saber muy bien lo que hacía, posó la piedra encima de la chimenea y ésta se mantuvo quieta. La joven cayó de rodillas al suelo helado y comenzó a llorar y a murmurar palabras de arrepentimiento. Cada lágrima que caía sobre el hielo se fundía como si fuese cera ardiendo. El aire comenzó a mover sus cabellos con ímpetu, la tierra tembló y, de la chimenea, una corriente de agua hirviendo salió. La piedra comenzó a girar a gran velocidad ante los ojos empapados de la muchacha y se mantuvo durante horas hasta que la noche cayó. En cuanto la luna se posó verticalmente sobre el manantial, la piedra dejó de girar y el agua se escondió de nuevo en la chimenea. La caprichosa forma que adoptó, dejó a nuestra heroína hipnotizada, pues frente a ella se hallaba una esfera cristalina, pulcra y lisa, de un color negro azabache con un corazón azul tan intenso y brillante, como el mar bajo el cansado sol de una tarde de verano.

Poco se sabe de su regreso. Oí que llegó escondida en un barco pero yo no lo creo. Más bien pienso que se trató de otra teoría, un tanto fantástica, que decía que tejió ella misma una vela de hielo, tan blanca y pura que ni la bravura del mar, ni el calor del sol se atrevieron a tocar, dejando que llegará de nuevo a su pueblo, pues dicen que en verdad oyó palabras en el viento y que éstas le decían: "vuelve a casa, te queremos".