40. La piedra de fuego caída del cielo (2ª parte)

La tarde ha caído y todavía quedan dos historias pero veo en vuestras caras que aún me propicias atenciones, así que seguiré relatando para contaros qué fue de la siguiente muchacha. Esta vez no se trata de la hija de un maestro, de un galeno o un herrero, pues dicen los herederos de quienes por entonces la conocieron, que era hija del amor verdadero. Fue encontrada al atardecer por un matrimonio al que se le había negado del don de la procreación. Volvían de su paseo por la playa, cuando un rayo de sol les guió hasta un sendero, para encontrar en él un cesto de bella talla con un bebé dentro. De una niña se trataba con los colores del fuego, rojo y dorado era su pelo. La llevaron a su hogar y allí la criaron, dándole tanto amor a ella como bendiciones al viento. Ni siquiera se extrañaron al saber de su magia, todo lo contrario, aún más la protegieron pero esta joven, desde niña, tenía un proyecto, del que soy testigo que ha ido cumpliendo, intentar hacer feliz a quien quiere y tiene respeto. Todo el mundo la adoraba, tanto por su persona como por su belleza, que era tan radiante que envidias levantó.

Al darse cuenta de por quien suspiraba, una noche le juró amor eterno y así el joven muchacho supo qué era el cielo. Probaron las mieles antes del matrimonio y justo al faltar dos días para su boda, la malicia asomó a su vida, le mostró los dientes y una trampa dejó para que cayese. Creyó ver a su amado en brazos de otra, jurando de igual forma amor eterno. El cielo le cayó al suelo y sólo hizo que correr pero alguien supo de su desgracia y del engaño y tras ella marchó. Se trataba de su mejor amiga, de la hermana que nunca pudo tener, que al igual que ella, jamás dejó nacer envidia en su interior. La dio caza lejos, cuando ya reposaba junto a un árbol cerca de los acantilados. Allí le explicó que se trataba de la maldad de otra muchacha, presa de los celos hacia el joven que siempre consideró como suyo. La consoló asegurándola que su prometido no amaría a nadie más que a ella y que jamás pondría su devoción en juego. Entre lágrimas y agradecimientos, ambas muchachas se levantaron del suelo y allí, junto al árbol lo vieron. Una piedra de fuego caía del cielo, arrasando todo lo que encontraba a su paso, hasta estrellarse en la tierra en un gran estruendo. Lo demás no tiene sentido que lo explique, pues imaginable es el dolor, lo que sí diré es que ella cumplió su promesa de amor eterno y a pesar de que llegó a casarse, fue por otras razones. Siempre he creído que ella tuvo un mal premio, pues no es justo que se pague de esta forma la gran persona que fue y, que en cierta forma, ha seguido siendo. Eso es otra historia.

Ambas muchachas entraron en el grupo para partir la roca. Durante aquella convivencia, la joven del pelo de fuego demostró su porte y su valía, pues no se dejó vencer en ningún momento. Asumió el papel de confesora ayudando a cada uno, incluida a su mejor amiga, quien también todo lo perdió. Nunca imaginó separarse de ella, hasta que llegó el momento en que se vieron con su parte del trágico tesoro. Se miraron con llanto en los ojos. Una susurró: "Debo ir al sur". Otra contestó: "Y yo al oeste". Y como hicieron doce lunas crecientes atrás, se levantaron del suelo entre lágrimas y agradecimientos, esta vez añadiendo un adiós de por medio.

Viajó al sur portando una piedra y su soledad, pesando más lo segundo que lo primero, llegando a ser insoportable para ella, así que paraba en los pueblos, buscando la compañía de la gente con buen corazón, dándole igual la posición o profesión que estos ocuparan. Solía quedarse una o dos semanas y siempre acababa ayudando a alguien que lo necesitaba. Bien podría tratarse de un anciano, un enfermo, una mujer u hombre en apuros e, incluso, a los niños ponía su empeño. Parecía que la vida le sometía a continuos cuestionarios, sopesando su valía, sus decisiones y consejos ante situaciones que jamás había vivido. Ella no se enfrentó con dragones, con tempestades o con viejos sabios, se enfrentó con la vida misma, con los problemas de la gente del día a día. Caminaba hacia el sur, dejando en el camino migas de amor robado, lágrimas y sonrisas, amistades y envidias, como también desenlaces e injusticias, pues todo aquel al que conoció, necesitó tarde o temprano de ella, hasta que un día, su soledad huyó de su cuerpo, dejando como únicas compañeras una alma plena y la piedra de fuego caída del cielo.

Durante años se escuchó su cantar por los senderos, sin embargo a ella pocos meses le parecieron. Cuando llegó al sur y miró el mar, el recién regresado otoño le regalaba un sol a medio calentar. Sonrió al verse de nuevo frente a un acantilado, pues era así como le gustaba hablar con su amor eterno. Le preguntó si estaba bien, si él necesitaba algo, como si pudiese con sus manos esponjar la nube en donde dormía. Y es curioso, porque en ese preciso momento, el sol quiso detenerse para poner toda su atención en la joven y hermosa muchacha que le sonreía a la vez que cantaba. Los vientos se dieron cuenta y giraron todos hacía la melodía pero ésta no tenía prisa alguna por conocerlos, aún no quería saber de ellos, sólo quería arrullar a su amado para un dulce sueño.

Cerca de allí se hallaba una granja regida por dos hermanos ya ancianos. Se ocupaban como podían de los quehaceres y de unos pocos animales. Allí fue ella a pedir cobijo y allí se lo concedieron. Pronto les tomó cariño, quizás por verles solos, quizás por saberles viudos, como ella se sentía en innumerables ocasiones. Se le arrugaba el alma cuando les veía limpiar las tumbas de sus mujeres fallecidas o cuando hablaban de los hijos que quedaron atrás en las guerras, desaparecidos en campos en los que la hierba tardaría en crecer. Ella se ocupaba de la cocina y de la casa mientras ellos trabajaban la granja. Uno de los ancianos, el más mayor de todos, sólo trabajaba por las mañanas, pues sus huesos ya no soportaban las duras faenas. Por las tardes leía y escribía siempre retirado en su cuarto. Ella le creía un buen poeta, un hombre de palabra. Los libros eran su consuelo en su enfermedad, libros que a ella le estaban prohibidos ver, sólo su propio hermano era merecedor de ese privilegio, aunque nunca hacía uso de él, respetaba la intimidad de sus últimos tiempos. Una tarde, al caer el sol, el cielo se tiñó de púrpura y los tres fueron hasta los acantilados a presenciar la belleza reflejada en la inmensidad del mar. No pudo evitar dejar salir su voz en una tonada tan melodiosa como triste, quedándose los hombres ensimismados y maravillados. Cuando ella acabó, el anciano poeta recitó una antigua trova que hablaba del día en que llegaría a esas tierras la Dama Awen. Se decía que se presentaría allí después de recorrer un largo sendero en el que hallaría su fuerza a través del corazón de la gente con la que se topó. Se decía que una barca esperaba por ella dentro de una gruta, en los acantilados, y que una vez montada en ella, la llevaría al Peñasco de los Vientos, donde alzaría sus brazos y presentaría su fuerza. Se decía que después de eso, la magia renacería de nuevo con mayor vigor y que una época de grandeza asomaría tras la decadencia. Ella, al oírlo, sólo sonrió, les miró a ambos con absoluta ternura y luego perdió sus ojos en el espectáculo que suponía ver al sol abatirse contra el horizonte. A partir de entonces, ambos ancianos sabían quien estaba con ellos y sabían que un día ya no volverían a verla. Dieron como certera su intuición una mañana de finales de octubre, cuando el mar bajó tanto, que mostró piedras que llevaban siglos sin ver la luz directa. Ellos supieron que así accedería a la gruta y que de ella saldría montada en la barca rumbo hacia Los Vientos... como exactamente sucedió.

El término peñasco se había usado con absoluta eficacia, pues no era más que una gran roca en medio del mar, alejado unas millas de la orilla. Allí subió ella, portando su piedra en las manos, mientras cantaba la nana con la que su madre la dormía, la misma que cantaba a su amor eterno. Se sentó en el suelo a esperar y posó la piedra en sus rodillas. Aquella canción volvió a captar la atención del sol y de los vientos, incluso el mar se ocupó de no apagar la voz con su ajetreo. El Viento Rojo del Sur trajo arena fina como de coral brillante, aroma de hoguera y suave sonrisa. El Viento del Norte trajo trocitos de hielo, fragancia de escarcha y mirada gélida. El del Oeste venía presuroso, sacudiendo las nubes que se quejaban a su paso. Y el del Este traía aire burlón y desafiante, pues quería ser el primero en rozarle los cabellos, en acariciar su dulce voz, en absorber parte de la esencia tan pura que de ella emanaba. Todos se pararon al ver como las lágrimas bañaban de tristeza su canto, incluso el sol inclinó su testa. Se cree que en aquellos momentos todas las personas que se hallaban en un radio de cien millas se refugiaron dentro de sus casas, o escondidas en cuevas, protegiéndose del cielo y de los vientos, pues sin duda éstos que se habían vueltos locos, no eran más que perturbados, sin orden ni sentido, extendiendo por el aire un silbido triste y letal que arrugaba el alma de quien se atrevía a levantar la cabeza para escuchar mejor. En verdad se trataba de una absoluta dominación, pues ella ya se había levantado y mostrado su fuerza, que no era más que la piedra de fuego caída del cielo, que le arrebató a quienes ella más amaba. En sus manos comenzó a girar lentamente, hasta soltarla y ver cómo cogía velocidad, siempre vapuleada por Los Vientos, girando y girando sin cesar hasta que cayó de nuevo en sus brazos. Estaba limpia e inocente, mostrando la caprichosa forma de una esfera cristalina, pulcra y lisa, de un color negro azabache con un corazón amarillo tan radiante, como un rayo de sol de otoño calentando la oscuridad.

Cualquiera se hubiese dado cuenta de que semejante poder podría otorgarle los más costosos y placenteros obsequios, convirtiendo su vida en un manjar sin fin pero ella siempre estuvo alejada de semejante ambición, pues lo único que quiso era una vida tranquila y feliz con las personas que amaba, no en vano es hija del amor verdadero, quizás por eso se le otorgó el mayor don.

Efectivamente, los ancianos no volvieron a verla pero supieron de ella. Cogió de nuevo el camino hacia el norte, llevando consigo lo mismo que trajo y dejando a su paso un sendero de magia unida a la bondad. Ellos desearon descansar en paz para poder reunirse con sus mujeres e hijos, y así se les concedió. Otros vieron sus cosechas mejoradas o sus negocios favorecidos. A los poetas que se cruzó, les dejó inspiración para composiciones que, incluso hoy en día, elevan los espíritus de quienes las escuchan. Y a los magos a los que dio su mano, les bendijo con el poder de la integridad. Yo me enorgullezco de ser uno de ellos. Ella pudo ser recordada como la mejor bruja de todos los tiempos pero su humildad no dejó que se reconociese tal cargo, prefirió vivir para amar, prefirió dar luz a la oscuridad. No viajó por los mismos senderos, pues antes de volver a su hogar quiso hacer un alto en el camino.

Permitidme ahora hablaros de la otra joven bruja que nos queda. Ya sabéis que eran como hermanas, que se querían más allá de lo que podían expresar, se complementaban de tal forma, que parecían leerse la mente la una a la otra. Conocían sus más íntimos secretos, sus mayores y más elevados pensamientos. Para ambas separarse fue perderse. Esta bruja era la más joven de todas ellas, apenas hacía un año que había dejado de ser una chiquilla, no obstante y quizás por superprotección, su personalidad firme se había visto quebrada por dejarse llevar siempre por otras más carismáticas, aún así no cesó en su misión y viajó al oeste... sola.

Era la primera vez que supo lo que eso significaba. Siempre se había visto arropada por unos padres que la querían, por el cariño de los vecinos y por la infinita amistad de la hija del amor verdadero. Nunca bajo semejante situación, a solas consigo misma. El comienzo del camino ya se le hizo cuesta arriba, sin manos que la guiasen, sin sonrisas que la alegrasen, sin una buena conversación en la que intervenir... simplemente ella y su soledad. Los pueblos por aquella zona se separaban con grandes distancias, cuando abandonaba uno, tardaba al menos una semana en encontrar otro. Además no tuvo suerte con las gentes, la hospitalidad no era uno de los rasgos de las personas del oeste. Solían hacer vida en familia, dentro de sus casas y no permitían la entrada a viajeros y muchos menos a mujeres extrañas que viajaban con piedras y que pudieran perturbar la paz de sus hogares. Las mujeres la miraban con recelo por ver a los hombres mirarla con deseo, se sentía carne fresca cerca de ellos y eso la aterraba, al final se tenía que conformar con dormir en pajares y recibir algún mendrugo de pan y unas pocas de sobras. No se quejaba, en cierta forma lo entendía, no eran buenos tiempos y por aquellas tierras no se daban bien las cosechas.

En los muchos días que pasaba sola, caminando sin prisa por los caminos, se preguntaba incesantemente por qué nunca encontró a alguien a quien amar, por qué nunca vio en ningún muchacho signo alguno de su interés. Todos le parecían sosos, burdos y bravucones, sólo en busca de elogios y de un buen partido. Ella sabía cocinar, coser y labrar la tierra y, sin embargo, nadie fijó sus ojos en ella ¿Sería fea o arrogante? La inseguridad anulaba sus buenos pensamientos, intentaba convencerse que era joven y que aún no le había dado tiempo a encontrar un buen hombre ¿Y si nunca lo haría? ¿Y si ella moría sin conocer a quien jurar amor eterno? Sus padres se habían querido con locura, ella veía como su padre acariciaba el pelo de su madre en las largas noches de invierno, cerca de la lumbre, mientras ella tejía o cantaba para él. Por supuesto, había vivido desde fuera el amor tan grande que su "hermana" le había profesado a su amor eterno y que él siempre había correspondido con detalles hermosos hacia ella ¿Acaso ella no iba a vivir nunca eso? La soledad le hacía replantearse su mundo, se sentía abandonada, necesitaba de nuevo el cariño de sus padres y de su mejor amiga ¿Por qué les había separado la vida? Poco a poco fue mermando la velocidad de su caminar, poco a poco la carga que llevaba fue pensándola cada vez mucho más. Hacía semanas e incluso creía que meses, que no asomaba a su cara una sola sonrisa, ni el más mínimo atisbo de alegría. Sólo pesadumbre y una eterna soledad se habían arraigado en su espíritu, anulando aún más las posibilidades de un buen recibimiento por parte de cualquier persona de bien.

Las sombras de la noche le atormentaban cada vez más, tenía miedo de todo y de todos, se volvió desconfiada haciendo que en vez de pedir cobijo, comenzara a esconderse en los lugares, marchándose justo al salir el sol, después de haber robado algo de comida. Hablaba en alto por los senderos, recordando que hubo mejores tiempos, hasta que un día habló con ella. Comenzó a amenazarla, a echarle en cara su tristeza y, por supuesto, su demencia. Se enfadó con ella por haberla convertido en una amargada, huraña y maltrecha ladrona, que vagaba por caminos que nada le concernían, sin saber a dónde debía de ir, ni por qué. Le gritaba entre lágrimas que le había quitado todo lo que tenía, dejándola huérfana en la vida, sin nadie en quien apoyarse y sin ganas de vivir. Hasta que un día, en la que estuvo lo suficientemente en silencio sin chillar ni lamentar, oyó la voz de su propia soledad diciéndole: "Me tienes a mí y yo siempre estaré contigo".

Por aquel entonces llegó a un bosque, en el que los árboles eran tan tupidos y altos que, con la plena luz del sol, apenas se podía ver una posible senda. Se pensó muy seriamente si atravesarlo o bordearlo pero algo le decía que debía introducirse allí, que debía superar el reto. El primer día anduvo como pudo por entre los árboles negros. Sentía un cansancio repentino que nunca le había azotado de tal modo. Esquivaba tocones con musgo, raíces enormes que salían de la tierra, tupidos matorrales, zarzas y pozos de hojarasca. Cada vez más torpe y más cansada, se adentraba en lo que parecía un bosque lastimero, pues siempre se oía un lejano crujir en los árboles, como un lamento perpetuo, como si aquel lugar tuviese alma propia y ésta estuviese tan triste y enfadada como ella. Incluso podía oír un remoto arroyo que haría las veces de lágrimas estrelladas contra la oscura tierra. Días y días pasó recorriendo posibles caminos que no hacían más que perderla en las profundidades del bosque, encontrando de vez en cuando claros enigmáticos que salían de la nada y que no podía interpretar como muchos distintos o el mismo desde otra perspectiva. Parecía que allí se escondían infinidad de secretos, porque a veces hubiese jurado escuchar hablar a alguien... o a algo. Sacudía la cabeza para quitarse los malos pensamientos, el miedo atroz que le iba consumiendo y que le oprimía el pecho, impidiéndola respirar aquel aire mohoso, pero era imposible. Creyó volverse loca mientras oía aquellos silbantes lamentos de fondo y a su soledad repetir continuamente que no estaba perdida, que no andaba a oscuras, que sólo debía abrir los ojos y contemplar la vida ¿Acaso no les tenía abiertos? ¿Era aquello una pesadilla? ¿Se levantaría descansada y feliz junto a sus padres y a su mejor amiga? Los brazos le colgaban casi inertes a los lados, se movían por desidia de su cuerpo, sin voluntad propia, la cabeza la llevaba reclinada hacia abajo, siempre mirando las hojas secas y cada vez más oscuras del suelo, y sus piernas caminaban tirando de un gran peso, la piedra de fuego caída del cielo. Marañas de árboles tupidos y muy gruesos, con ramas afiladas y amenazantes la arañaban los ropajes y la piel, haciéndola caer apenas cada cinco o seis pasos. Ya no diferenciaba el día de la noche, ni el sol ni las estrellas atravesaban las altas copas de los gigantescos árboles ¿Dónde quedaban los días en que de pequeña iba a pasear con su padre por iguales parajes? ¿Qué había sido de las explicaciones del buen hombre para que supiese diferenciar los nogales, los castaños, los robles o los sauces? Resbalaba igualmente con el musgo o metía las piernas en grandes hoyos de hojas secas. Sus tobillos quebrados no aguantaban aquel peso que cada vez era más y más cargante. Se había olvidado de comer y de beber. Encontró el distante arroyo y dejó que su cuerpo se refrescara en él pero en vez de eso, un calor sofocante quemaba su garganta ¿Qué había en aquellas aguas? A duras penas consiguió llegar a una hondonada, se quedó allí a descansar, viendo por primera vez al sol bañar con su luz las copas de los grandes árboles, regando por ellos una claridad que parecía cambiarlo todo, volviéndolo de un marrón dorado, como si fuesen elementos de oro antiguo, y de un verde tan esplendoroso, que hubiese jurado estar tumbada sobre alguna alfombra de seda, de esas que están colgadas en los grandes palacios ¿Sería aquel lugar la antesala de la muerte? Lo último que vieron sus ojos, fueron destellos brillantes de todos los colores. Lo último que oyeron sus oídos, fueron risas de niñas como alegres cantos de sirenas. Lo último que sintió fue un suave beso en la frente, que le hizo dormir descansando apaciblemente.

Y es que en verdad se oían voces en el bosque, como también se escuchaban lamentos, risas, susurros y gritos, pues no era un bosque normal en el que se hallaba, nunca lo fue y no creo que vaya a serlo algún día. Las hadas se apiadaron de ella, pues vieron en su alma atormentada una gran pureza. La acogieron en su grupo y dieron cobijo en los árboles, justo en una gran rama, del más viejo roble del lugar, es donde ella descansaba. Entre todas ellas llevaron la piedra hasta su improvisada morada pero no les fue nada fácil. Al principio les costó mucho elevarla, parecía que la roca quisiera descansar en el duro suelo el resto de sus días pero cuanto más arriba la subían, más ligera se volvía. Las hadas cuidaron de la chica noche y día, sin cesar, hasta incluso aliviaron su pena, ese pesar que llevaba tan dentro, que casi fue imposible de mitigar, pues no es fácil sanar el amor sincero por la pérdida de los que han muerto de forma tan inminente y dura.

Cuando ella despertó, muchos días después, y se vio tan bien atendida, no pudo más que agradecer todos sus cuidados y ofrecerles a ellas lo que pidiesen y estuviese en su mano dar. Para asombro de la muchacha, le pidieron que compartiese su piedra con ellas y como muestra de absoluta gratitud, ella accedió. Una a una, fueron las hadas depositando una lágrima en la piedra de fuego caía del cielo, desprendiéndose de ésta un cristal de igual forma, una gota de lágrima, tan cristalina y brillante como el mejor de los diamantes. Así hasta que todas tuvieron la suya, mermando la piedra, que se había consumido hasta apenas quedar un pequeño canto. Sólo quedaba la reina de las hadas de aquel bosque que, ante la mirada atónita de la muchacha, dejó caer el agua por sus mejillas hasta que llegó a su destino, devolviéndole una lágrima de cristal, la más grande de todas hasta el momento, dejando a la piedra en un simple grano de arena negra. La reina lo cogió y lo depositó en las manos de la bruja. "Ahora tu viaje será más ligero. Guarda como un tesoro lo que te doy, pues por muy pequeño que lo veas, en él hay una gran fuerza. Camina hasta encontrar tu deseo y te será concedido. Vuelve cuando gustes, serás bien recibida". Deseándole suerte en su caminar, la reina y el resto de las hadas se despidieron de la muchacha, que de nuevo agradeció su hospitalidad. Así fue como la joven bruja se separó de sus nuevas amigas, ya cerca del límite del bosque, el cual ahora le parecía el lugar más hermoso en el que había estado.

Al salir encontró un gran lago en el que se reflejaban multitud de montañas, una especialmente llamativa, por ser la más sobresaliente y por parecer que un gran rayo hubiese sesgado su pico más alto. El paisaje no tenía parangón, la belleza era desorbitante. Atrás quedaba el bosque, que visto desde fuera parecía amable y tranquilo, a su derecha el inmenso lago y frente a ella, un mundo de montañas por explorar. Formó senderos para abrirse paso, aún le quedaba una cosa que hacer, subir a lo más alto, llegar hasta la mayor de las cimas, esa que estaba herida pero que aún seguía con vida, porque estaba segura que allí sería donde sabría qué hacer el resto de sus días. Según se alejaba y pasaban las semanas, un sentimiento nacía en su interior, de nuevo cobraba voz su soledad, esta vez mucho más amiga, de hecho ya la comprendía. Cuando llegó a lo más alto de la más alta montaña lo supo, no quería volver a sentirse una extranjera en ningún lugar, ni quería arrastrar más tristeza, lo que ella quería era compartir todo lo que tenía y lo que podía dar con los demás. No había lugar en el mundo que le diese eso, lo que había eran seres para dárselo y ya los había encontrado, allí donde estuviesen, es donde ella podía decir que estaba su nuevo hogar. A partir de ahí escogería cuando hablar con su soledad, cuando sonreír y cuando callar, crecería y se desarrollaría como individuo pero dentro de una comunidad, pues ella no había nacido para estar sola y por eso, por fin, decidió cual era su deseo. En aquel preciso instante, a miles de pies de altura sobre el mar, el insignificante grano de arena brilló cual sol y la inundó de luz y de amor. Su deseo estaba cumplido, dio media vuelta y regresó. Al entrar de nuevo en el bosque, su espíritu se inundó de gozo, era allí donde quería estar, era allí donde quería vivir, rodeada de sus amigas, de sus compañeras, pues ahora ella era su igual, un hada. La recibieron de mil amores y desde entonces tiene allí su morada, en la más alta rama, del más viejo roble del lugar.

- ¿Y qué pasó luego? - Preguntó Hermione al ver que Merlín permanecía callado

- Bueno... ya os lo he contado

- ¡En absoluto! – Se quejó ella mientras Ginny permanecía callada y mirando al suelo

- Díselo, no importa, tarde o temprano se iban a enterar – Sunny sonreía, se la veía apacible sentada en su sillón junto a la ventana, no había duda que había disfrutado de la narración – Digan lo que digan mi decisión no va a cambiar

- Está bien, está bien... pues como iba diciendo... – Merlín se recostó de nuevo en el sofá, hizo aparecer una jarra con algo humeante, de la cual bebió para luego aclararse la garganta y seguir con su historia.

Un día de principios de verano, llegó al valle una mujer de belleza indiscutible, como de mirada dura e impenetrable. Contemplaba el lugar en el que nació y que ahora se veía tan distinto, con una mezcla entre rabia y alivio. Una casa totalmente diferente se levantaba allí, albergando a una pareja joven con tres niñas. Se presentó con educación e investigó lo que pudo de aquellas personas. No escondió su sorpresa al saber que el hombre era el maestro del pueblo. Antes de despedirse preguntó si conocían al herrero y ellos cortésmente le explicaron que por él estaban todos ellos en el poblado. Con paso firme pero sin prisa, saboreando el final de su largo recorrido, llegó hasta la herrería y allí le vio. Un hombre hecho y derecho, igual de apuesto e incluso más que años atrás pero con la mirada llena de nostalgia, blandía su maza para dar forma a una espada. Ella le observaba desde el umbral, esperando que él diese cuenta de su presencia. No tardó apenas unos instantes, como tampoco tardó en depositar una sincera sonrisa en su boca y un brillo especial en sus ojos, pues allí, en su puerta, estaba la única mujer a la que él había amado, la única que jamás le hizo el menor caso. La estrechó delicadamente entre sus brazos y la invitó a pasar. Ambos se contaron sus experiencias, ambos confesaron lo que se echaron de menos, ambos pronunciaron el deseo de verse todos reunidos de nuevo. Ella se quedó con él en su casa, sin importarle nada las habladurías, no en vano eran muy diferentes de quienes allí habitaban, pues su magia les hermanaba. Su vida en común era dichosa, llenándola de buenas conversaciones, paseos interminables y una amistad profunda que se hacía más y más necesaria a cada momento.

A mediados de ese mismo verano, llegó alguien más al pueblo. Venía del este y no se preocupó por saber quién vivía en el lugar de su nacimiento, bien sabía que nadie podría llegar a ser feliz en ese terreno. El hombre portaba un saco lleno, que todos en el poblado, al verle pasar, se preguntaban qué habría dentro. Su rostro era mucho más severo, incluso su cuerpo, que el de aquel muchacho flacucho e indefenso que un día salió de aquel pueblo. Cuando vio a su amigo el herrero, no pudo más que abrazarle fuerte y con afecto, como si de un hermano perdido se tratase. Se alegró mucho de encontrar allí a otra de sus compañeras y amigas, aunque no confesó su inquietud por no hallar en el pueblo a la dueña de sus sueños. Compartió con ambos las dichas y desdichas de su viaje. Les enseñó los escritos y les habló del viejo sabio que había dedicado su vida y su soledad a tan altos propósitos, dejándole a él todo lo atesorado. Alabó la magnífica idea de reconstruir de nuevo la aldea y se quedó maravillado al ver la soberbia espada que el herrero había forjado. No pudo evitar alucinar con la historia de su amiga, elogiando su valentía, destreza e, incluso, cabezonería y le hizo contar con pelos y señales las maravillas de las tierras altas. También se quedó con ellos, también hizo oídos sordos a los comentarios del vecindario. Estaba contento, encantado de volver a tener compañeros, sin embargo los sueños seguían visitándolo, impidiendo ser dueño de su corazón por tenerlo robado y despedazado. Imaginaba el día de su llegada, se veía abrazándola y besándola, sintiéndola como suya, llegando por fin a tener su mayor tesoro. Quizás fue ese el verdadero motivo de todo... quizás. Perdón, no debo salirme de la historia. Aun así guardaba el temor de que nunca volviera. Un día en el que estudiaba unos escritos con la hija del maestro, sintió un pálpito muy fuerte. Ambos se miraron y lo supieron, al final ella había vuelto. El herrero entró corriendo y preguntando si lo habían sentido, por supuesto, ellos asintieron. Y sin saber muy bien por qué, los tres cargaron con sus tesoros y fueron hasta el que un día fue su campamento. Allí, muy cerca del acantilado, contemplado el atardecer del último día de verano, estaba ella, con su melena de fuego al viento, con su piel blanca y limpia y sus ojos tristes y un tanto ajenos. Volvía a su tierra dejando atrás demasiado y sin que su vuelta le supiese a contento. Sólo fue a buscarlos y a cumplir con la última misión, reunir en aquel lugar Las Cuatro Piedras Videntes para así acabar con la decadencia de la magia que asolaba su mundo.

Los abrazos y los besos no se hicieron esperar, aunque hubo uno que no se dio en el lugar deseado. Él hubiese querido fundirse en sus labios pero no pudo al verla tan apagada y triste, el motivo era sobrado. Al calor de una hoguera y cuando las estrellas ya dejaban ver sus brillos en el purpúreo cielo, les narró su historia, que no era más que la unión de todas las experiencias que había vivido con la gente que se encontró a su paso. Les habló de los dos ancianos, de la antigua canción, de la barca, del peñasco, les habló de los vientos y de un gran sueño. Todos parecían encantados hasta que les contó de la quinta bruja, a quien amaba como hermana. Ahogaron su lamento al saber que no volvería nunca, que ella ya no pertenecía al mundo de los humanos, pero sí permanecería por siempre en el mundo mágico, pues la piedra de fuego caída del cielo le había consumido como bruja en la cima de una montaña, explotando el macabro tesoro y predestinando aquel lugar como el elegido para el gran sueño.

Lo que nunca contó es que ella, en verdad, vivía en el bosque que se hallaba a la falda de esa montaña, en la última rama de un viejo roble. Que ahora tenía unas graciosas alas y que estaba feliz dentro de una comunidad llena de esperanza y alegría. Nunca confesó que de la piedra de fuego caída del cielo, había cientos de lágrimas de hadas de cristal, con poderes tan asombrosos, que cualquiera las hubiese ambicionado. No confesó todo aquello por mandato expreso de la nueva hada, a la que prometió guardar el secreto. Y lo hizo siempre. Ella calló pero muchos años después ese secreto se vería descubierto, siendo motivo de un destierro... pero eso es otra historia.

Las dos brujas y los dos magos se unieron en un proyecto común. Sabían que debían permanecer unidos y que serían Las Cuatro Piedras Videntes las que les ayudarían a dar forma a ese sueño, al que todos adoptaron como suyo, aportando cada uno su mayor mérito. Aquella noche, en la que se despedía al verano, juntaron las esferas en el foso de donde sacaron la piedra de fuego caída del cielo. Cuatro corazones ardieron con intensidad y como almas liberadas, salieron de su encarcelamiento de cristal para entrar dentro de sus dueños. El corazón rojo fue a parar al hijo del herrero, dándole aún más valor al que hoy todos conocen por el nombre de su espada, Godric Gryffindor. El corazón verde se acomodó en el hijo del galeno, fundiéndose como un suave veneno y haciendo de su vara y su nombre el más poderoso cetro, Salazar Slytherin. El corazón azul empapó a la hija del maestro, bañando con su frescor la inagotable sabiduría de su aliento, esa a la que llaman Rowena Ravenclaw. Y por último, el corazón más puro, tanto como el dorado sol que llevaba dentro, ese fue a parar a la hija del amor verdadero, Helga Hufflepuff. Del nombre de la quinta bruja no quedó rastro en los anales de la historia pero sí su título, ya que ella pasó, con los años, a coronar un reino, el de las hadas, que aún lleva con maestría y acierto.

A Las Cuatro Piedras Videntes las llamaron por un antiguo nombre que sonaba en los más ancestrales cánticos, "Palantir". Sus poderes eran ciertos, una vez salieron los corazones, dejaron hueco para un espacio muerto, en el que se veían imágenes pasadas, presentes y futuras. Todas estaban conectadas y su fuerza era arraigada cuando permanecían unidas, lo cual no se daba siempre, pues cada dueño guardaba celosamente su tesoro. Su fuerza se hacía mucho mayor a medida que se acercaban al oeste, queriendo entrar en un bosque sombrío y sin sendero. Pero aquel no era el momento de visitarlo, así que lo bordearon, encontrando por fin el más bello paraje que habían visto, un vasto valle con un lago inmenso, rodeado de montañas, en la que una sobresalía, pues parecía que un rayo hubiese sesgado su pico más alto. Allí sería donde construirían su sueño, la mejor escuela de magia de todos los tiempos.

De nuevo hubo quien puso la fuerza, quien volcó su inteligencia, también temperamento, por no hablar de la perseverancia y todo bajo la atenta mirada de un hada, que servía de inspiración y aliento. Pero eso es otra historia, que quizás cuente en otro momento.