La mejor forma de que te rompan el corazón...
... es fingir que no tienes uno.
Capitulo 6
Cerca de Joketzu, China
Junio, 1994
Ya había aprendido a controlar sus emociones dejando volar la mente en los riscos pardos. Llevaba semanas con su interruptor apagado, sin pensar en nada más que satisfacer el afán de aquellas amazonas. Pero a su propio modo, al estilo Saotome, sin nunca declinar. Y así, todas las mañanas cumplía la misma rutina. Se levantaba antes de que el sol asomara por las cordilleras y caminaba sobre la colina donde ellas entrenaban. Después Lu Bang limpiaba su sudor con un trapo roto mientras Ku Long y las más veteranas lo desaprobaban. Allí las guerreras le enseñaban y él absorbía todo como si se tratase de una esponja sin alma. El bo, el arco, la forma de arquear la espalda para patear la brisa.
—Hijo, ¿cuántos años tienes?
—Dieciséis.
—Vaya, eres muy joven. Acércate, que te vea.
Aquellas palabras sonaron extrañas, pues era evidente la ceguera del anciano. Una vez que lo alcanzó, el anciano colocó una palma en su pecho y otra en su rostro. Al principio el muchacho se sobresaltó pero al segundo una sensación de confianza y relajación se adueñó de él. El anciano le transmitía en cierta manera una especie de nostalgia, como el olor asociado a un recuerdo enterrado. De forma que se quedó plantado sin moverse mientras el viejo lo veía.
—Tienes una chica allí escondida, ¿cierto?
El sobresalto que produjo aquellas palabras en su cuerpo lo impulsó hacia atrás. Su mente comenzó a lidiar contra una niebla indefinida.
—¿Una … una chica?
—Sí hijo, sí, una chica. Está dentro de ti.
—Yo… no sé de qué me habla, viejo.
El señor lo miró directamente, a través de unas bolas blancas.
—No sólo estás maldito, hijo. Tu maldición escondida es conocida por todos los aldeanos. Es esa chica que está allí dentro—dijo clavando un dedo arrugado en su pecho— y tarde o temprano, este secreto te traicionará.
—No se de que me habla —replicó el joven ofreciéndole la espalda.
Y dicho esto camino hacia la casa donde ella esperaba.
Era increíble cómo se había retorcido el destino hasta ese punto. Ya no le dolían las lluvias de golpes y sentía que su cuerpo se fortalecía como una piedra imperturbable.
Va a empezar. Todo va a empezar.
Los destrozaría por ella; uno a uno y una a una. Desde dentro y como uno más de ellos. ¿Sería ruin? ¿Sería cruel? No más que aquellas que intentaban manejar su destino amenazando lo que él creía que más le importaba. Querían guerra y la tendrán. Cumpliría sus estúpidas predicciones de aquel manuscrito. Además, no le importaría lo más mínimo permanecer en su forma masculina para aplastar aquellas brujas como si fueran cucarachas. Eso sí, en primer lugar había estaba aprendiendo todo lo que le tenían que enseñar. Prácticamente lo había absorbido; técnicas que veía durante sus entrenamientos, movimientos que enfrentaban contra él, la forma en la que empleaban la energía se infiltraba a través de él como si fuese una esponja. Todo aquello que iba a sacar de la aldea de Joketzu incluso lo estaba mejorado con pasión y cuando estuviera perfeccionado; el golpe de gracia. Ranma no conocía otra forma de emplear las artes, lo aprendía, lo memorizaba, lo internalizaba y lo mejoraba.
¿Quizás era mezquino? ¿Un artista marcial con poco honor?
Lo merecían. Ellas habían amenazado la vida Akane. No es que tratara de justificar sus medios con el fin. Simplemente es que siempre pensó que ciertas cosas no se debían de tocar. Nunca más. Y nadie, sino él, sabía que ciertos límites debían estar claros en cuanto a sus enemigos se tratase. Por más que, ahora, nada de aquello importara.
Observó la joven que le esperaba en su cabaña. La joven que estaba manipulando poco a poco, día a día para conseguir sus propósitos. Ella le ofreció una franca sonrisa.
¿Desde cuando se había vuelto tan ruin?
La verdad es que no le importaba en absoluto.
Nerima. Tokio.
25 Marzo 1994 – 7 a.m.
Le había dejado muy claro que no quería que pisara el Nekohanten. Era lo primero que le dijo Ranma días atrás; ordenándoselo con esa expresión de severa formalidad en su rostro que a veces adoptaba y que ella tan bien conocía. Sin embargo un fuerte presentimiento surgía desde lo más profundo de su estómago hasta comprimir su pecho.
Akane pensaba en esto mientras corría a través de las calles de Nerima en su gi de entrenamiento. El sol que había nacido por el este calentaba un poco su cara mientras que se deslizaba a un ritmo constante y firme por el pavimento. La superficie del canal reflejaba destellos. Un ave cantaba. Su corazón se aceleraba.
¿Estará Ranma en problemas?
La última vez que lo había visto tuvo lugar cinco días atrás. Cuando estaban en el dojo —Akane sonrojó recordando aquel instante— y de repente apareció Cologne junto a dos mujeres chinas reclamando a Ranma. Desde aquel día había desapareció con ellas. No volvió desde entonces y Akane realmente empezaba a encontrarse irritada. Quizás intranquila. Sentía como un mal presagio anidado en su pecho que interfería en las acciones cotidianas de su día a día; al entrenar, sonreír o ir a la escuela sola. Sola. Y es que los últimos días había acudido sin su habitual compañía.
¿Volverás pronto, Ranma?
La multitud de pensamientos y miedos se le presentaron en la noche y por tal motivo aquel domingo había madrugado. No era como si no confiase en Ranma, o como si tuviese miedo de que se marchase y no volviera. Pero esa actitud de desaparecer sin decir nada no era propia de él. O al menos así pensaba Akane. Ella se sentía trastornada por lo que redujo su marcha para recuperar el aliento. Con una mano en el pecho, tomó generosas bocanadas de aire y se pasó el dorso de la mano por la frente para apartar el flequillo mojado de sudor. No era como si estuviera muerta de la preocupación, no. O quizás se estuviera mintiendo. Desde luego lo que sí era es que algo extraño estaba sucediendo. Algo que debía averiguar.
Sin darse cuenta, una fuerza instintiva había conducido sus pasos y se encontraba frente al restaurante chino. Detuvo su carrera, sopesó por un momento si entrar o no y finalmente se acercó a la entrada.
No le hizo falta ver el cartel de la puerta. Una sensación de desolación la invadió mucho antes.
Montañas de Bayan Har, China
Tres meses después.
La niebla se había ocupado de esconder el final del camino. Horas antes, cuando el sol deslumbraba perpendicularmente, podía ver el horizonte y como el camino de arena se perdía serpenteando entre las colinas y los valles, frente a los espectaculares lagos de cristal y bajo los pocos árboles del camino. Unas veces se extendía entre la cordillera, otras dejando las montañas a un lado. Ahora ella y el camino se encontraban bañados por el vapor lechoso de la niebla en una llanura mientras que tanto sus piernas como la seguridad avanzaban.
Durante el trayecto se encontró con varios carteles indicativos, todos ellos en cantonés, pero había tenido la suficiente habilidad para traducir los kanjis que no entendía con su pequeño diccionario de bolsillo. Akane no era una chica de mundo pero era pragmática hasta el punto de ser claramente efectiva. Odiaba mentir, pero mucho menos preocupar a sus más queridos, de modo que había procurado hacer creer a los Tendo que se encontraba en un campamento de vacaciones con sus amigas de la escuela. Había incluso intercedido amablemente por Ranma. La culpabilidad no le había impedido decirles la gran mentira del viaje de entrenamiento, la técnica definitiva, o cualquier futilidad que ahora no recordaba. Sin embargo la suspicaz Nabiki no había sido fácil de engañar; pero como siempre todo en esta vida tenía su precio.
Caminaba con la mochila grande a su espalda; aquella donde cabía bien la carpa que Ranma usaba en sus viajes. Andaba algo encorvada hacia delante por el peso, pero evadiendo el cansancio, la desgana y la debilidad. Dos semanas llevaba caminando, tres meses desde que había desaparecido Ranma y no tenía por seguro donde dormir, donde comer o qué techo la protegería aquella noche. Tan sólo sabía que lo encontraría, tan sólo movida por el arrojo de la explicación. La preocupación. El desconsuelo. La soledad. Segura más que nunca de que lo habían extorsionado.
Ranma…
Poco a poco el cúmulo de niebla se fue difuminando del camino hasta permitir una limpia claridad. El ocaso regalaba su arcoíris de tonalidades pardas: miel derramada sobre las colinas, tierra sobre la luz que se escapaba entre los valles, ocre para el reflejo que dibujaba la superficie del lago, castaño para sus ojos en busca del final del camino. Y, de pronto, a lo lejos se perfilaba la pequeña aldea.
Ranma…
Sintió de pronto como si su cuerpo desbordara energía. Una pequeña lágrima de emoción asomó desde sus párpados y rodó hasta su barbilla. Reforzó su paso y agarró con fuerza las tiras de su pesada mochila. Quedaba muy poco para la verdad. Enfundada en su viejo gi de combate y con unas botas de montaña no se dio cuenta del tiempo que tardó en llegar; de pronto se vio a pie de aquel pueblo. El camino se deslizaba través de un bosque de acacias no muy altas y la aldea china se encontraba a unos mil metros más allá, en el valle conformado por dos montañas que se perdían en las nubes y sobre la planicie de una meseta verde. Un riachuelo pequeño transitaba cerca de esa parte del camino. Akane se acercó con lasitud, dejó rodar la mochila por su hombro derecho y la tumbó en el suelo de tierra sentándose de rodillas sobre sus talones. Lavó su cara con agua fresca despejándose y retirando tanto el cansancio como el polvo del camino. Observó con seriedad el final del camino donde se alzaba la aldea de Joketzu, el pueblo de las amazonas chinas. Aquella aldea a la que tanto le había costado llegar, sin importar lo caminado, sin importar la dificultad. Tan sólo importaban los motivos. Frunció levemente una ceja mirando ceñuda el pueblo con una intensa aureola de determinación.
Los retos siempre son divertidos. Pero no consentiré que se entrometan en mi camino.
De pronto reparó en algo. El arroyo se extendía separándose del camino hacia una pequeña explanada a la derecha y allí vio una sombra moverse de un extremo a otro. Demasiado precavida se movió con cuidado hasta unos matorrales cercanos donde se mantuvo escondida.
Antes de que me vean yo… debo ver.
Penetró inclinada todo lo que pudo entre aquellos matorrales; las hierbas acariciaban sus brazos y piernas. Gateó durante pocos metros y se movió hacia una roca gris y piramidal que podía servir como escondite para espiar. Allí descansó el eje de su espalda cuando escuchó un grito; un suspiro familiar. Contuvo la respiración un instante para concentrarse en el sonido pero el corazón latía desbocado. Se llevó la mano a la boca cuando de pronto la sorprendió un estruendo, como si se tratara de rocas estallando. Tardó unos segundos en reaccionar por la sorpresa antes de asomarse a aquella explanada. Se asomó en medio de la consternación y entonces lo vio. Lo vio.
Lo vio.
Ranma vestía unos pantalones verdes chinos y estaba desnudo de cintura para arriba salvo por dos brazaletes negros que rodeaban sus antebrazos cerca de la muñeca. El pelo azabache salpicaba de rebeldes mechones su rostro bronceado por el sol y la trenza descansaba sobre su espalda. Su torso también estaba algo tostado, su espalda recorrida por múltiples fibras y en esta postura, la de la grulla, enmarcaba unos fibrosos trapecios. A la suave luz del crepúsculo adoptaba la postura de la grulla pero algo modificada: la rodilla derecha pegada en su pecho, la espalda recta y la barbilla apuntando al cielo pero los dos brazos sin estar extendidos formando las "alas"; los brazos en realidad sostenían un bō en diagonal a su espalda. Una mano a la altura del muslo y otra por encima de la cabeza. Proyectaba una sombra grácil sobre la explanada. Los pies descalzos. Las manos decididas. La luz dorada del sol poniente sobre sus brazos. Las sombras danzando en su piel. Era tierra y era cielo. Era cielo y a la vez fuego.
Akane sintió ese fuego en sus mejillas y sus manos comenzaron a sudar. Ranma entonces levantó el bō con ambas manos en posición horizontal.
—¿Un nuevo intento? —Se dijo de pronto a sí mismo.
Tomó impulso y se elevó en el aire formando un arco de tiro parabólico con la trayectoria de su cuerpo. Preparó en el aire una ofensa sublime, perfecta, con la pierna derecha estirada perpendicular a su cuerpo, la izquierda flexionada y las manos dirigiendo al bō que, desde la distancia, se veía flexionado, curvo por el efecto de la velocidad. Akane pudo ver el destino: un cúmulo de rocas a unos metros de él. Antes de llegar el muchacho dio unas vueltas en el aire sobre su eje tan rápido que el ojo de Akane no pudo contarlas. Lo que sí pudo ver es cómo en el eje de su cuerpo se formaba un punto que concentraba tremenda energía; el golpe final no se dejó esperar y polvo de roca fue el resultado. Era absolutamente glorioso verlo en el aire. Se desenvolvía como un ave. Definitivamente era su medio.
Pero, ¿qué hacía allí tan tranquilo como si no hubiera pasado nada? ¿Cómo si nada hubiera dejado atrás? Akane sintió que el rubor abandonaba rápidamente sus mejillas turbada por el glacial granizo de la desconfianza. Sintió entonces el desasosiego. Malestar. Miedo.
Imbuida en todas esas negativas sensaciones; de pronto el tintineo de una voz terminó por afirmar sus temores.
—¡Dragón! ¡bravo!. —Una joven muchacha de cabellos castaños se acercó a él con una toalla doblada en los brazos. —Has logrado dominar la técnica en menos de dos días. Bai-Luo estará orgulloso de ti.
—Gracias. Pero aún tengo que seguir entrenando.
—¿Por qué? —Contestó decepcionada la joven.
Ella tenía un rostro afilado con un gesto impaciente encantador. Quizás algo dulce y tierno, pero también fiero. Los ojos almendrados eran rojos como el vino y sus labios. Llevaba un traje de batalla blanco con un escudo dorado. La voz era extremadamente joven, así como su piel. No debía tener más de catorce años.
—¡No malgastes tus fuerzas dragón! —Exclamó con entusiasmo
—No las malgasto. —Contestó Ranma y tomó de una de las manos a la muchacha. —Quiero ser invencible antes de que te conviertas en mi esposa. Y eso es lo que deseas tú también, ¿no es cierto, Mao?
La muchacha asintió con su barbilla mientras lo veía desde los ojos rojos.
—Falta poco.
Akane sintió como si algo se rompiese dentro de ella. Quiso salir y gritar enfadada pero una fuerza más poderosa la detuvo. Una sensación de opresión que rasgaba su espíritu, que colmaba de carga sus sueños, sus sentimientos. Un lastre eterno. El recuerdo de una ventana abierta casi siempre lapidada. Ilusiones demolidas como los ladrillos de un edificio en ruinas.
—Falta poco. —Repitió el joven mirándola.
Fue horrible. Fue devastador. Akane sintió que algo iba terriblemente mal con su respiración. El terror se abrió camino eterno en su pecho. Alguien palpó su sien. Y sólo se dio cuenta cuando percibió que se iba su consciencia y comenzaba a caminar en el cielo oscuro de la incertidumbre.
—Mira a quién tenemos aquí ¡Akane Tendo! —Dijo una voz de repente a su espalda.— muchacha desde luego perseverante.
Y ya todo fue negro.
Broodway, Manhattan
Febrero 9, 2003
En Broodway, la cuna del éxito, la vida y la luz estallaban al mismo tiempo. Era ya tarde, pero cientos de personas se aglomeraban en las calles, haciendo colas en los teatros, fumando bajo los letreros iluminados por los neones y las luces. Risas y música de fondo era lo que se escuchaba en primer plano. A veces anuncios publicitarios y, en menor medida, el claxon de algún auto impaciente. El ambiente olía a tabaco, a comida rápida, a perfume de mujer.
Y allí estaba él. Por alguna razón se había soltado el pelo durante el trayecto en taxi. Para que no lo reconociesen, tal vez. Ahora simplemente extendía la palma hacia el cielo tratando de capturar la nieve.
¿Qué debo hacer? Siento como que estoy a punto de cometer un error otra vez. Tal como lo he estado haciendo hasta ahora.
Sentía que una corriente a chorro de recuerdos se deslizaba entre sus dedos. La noche se abría de forma literal entre sus calientes dedos. Incluso la eterna nieve que aventaba el cielo se derretía en ellos como la espuma de mar. Y algo palpitaba. Palpitaba tan fuerte que tuvo que cerrar el puño en lo alto y apretar los dientes con fuerza.
Mi corazón oxidado está a punto de volver a la vida.
¿A la vida?
Con la cara pálida, Ranma estaba plantado en la puerta de un pequeño teatro. Ahora sujetaba entre los guantes el papel de la entrada al espectáculo, aparentemente sin ápice de entusiasmo en su rostro y sin embargo el gris de sus ojos brillaba en llamas. Aligeró sus pasos de una vez por todas adentrándose en la construcción. Aún hacía frío pero de repente había dejado de nevar. Pensó, capcioso, que quizás todo era obra de algún dios caprichoso que intentaba adecuar el tiempo a su temperamento. Intentó, sin éxito alguno, vaciarse de pensamientos. Sabía que si desmenuzaba demasiado la situación desandaría con celeridad sus pasos hacia el hotel.
Llegó hasta una escalera con agarradera dorada donde el personal le tomó la entrada y le indicó que pasara. Subió cada peldaño aferrando el aliento, conteniendo todas sus emociones y concentrándolas en un punto. Y ese punto era su corazón, vibraba, quemaba, albergaba tanta ira y tanto miedo que en cualquier momento iba a estallar.
Sentía que estaba cometiendo el peor error de su vida. Nunca debió de haberse dejado arrastrar por ese ansia que le obligaba a querer volver verla.
No manifestaba nada para cualquiera que lo viese entrar a la gran sala de aquel teatro, tan solo parecía un hombre oriental atractivo y serio a partes iguales que buscaba su asiento. Tenía la mirada opaca, perdida, la cara pálida y rígida. Y muy por dentro, en el centro de sus vísceras, se abría un agujero que devoraba todo lo demás.
¿Qué demonios estaba haciendo y por qué? Su voluntad se había perdido a manos del instinto. No era más Ranma pero era más Ranma que nunca al mismo tiempo.
El murmullo a su alrededor se apagó frente al silencio. Las luces abrieron el camino a la oscuridad y, frente a Ranma, el enorme escenario se alzaba imponente. Las gruesas cortinas se comenzaron a correr. Despacio.
Despacio.
¿Quién era? Y, ¿qué estaba haciendo? No se reconocía a sí mismo.
No me importa cómo me veo, no busco la aprobación de nadie, sé muy bien quien soy
Tanto tiempo olvidando adrede. Tanto esfuerzo echando tierra sobre el dolor. Y ahora pretendía volver a sentirlo, volver a medirlo, volver a empaparse en él.
El dolor no es nada. Solo algo que me recuerda que estoy vivo.
Estaba vivo y la vida le había dirigido esos mismos pasos. Hacia ese lugar. Hacia ese teatro, ese escenario donde ella, situada en el centro, iba a cantar.
Akane…
Valía la pena.
Ha sido un largo y frío invierno sin ti
He estado llorando en mi interior por ti
Solo te deslizaste entre mis dedos mientras la vida se alejaba
Ha sido un largo y frío invierno desde ese día
Es difícil encontrar
difícil encontrar
difícil encontrar la fuerza ahora pero lo intento
Y no quiero
No quiero
No quiero hablar ahora
De aquello que se ha ido
Pues no importa lo que diga
No importa lo que haga
No puedo cambiar lo que paso
No importa lo que diga
No importa lo que haga
No puedo cambiar lo que paso
Tu solo te deslizaste entre mis dedos
Y me siento tan avergonzada
Tu solo te deslizaste entre mis dedos
Y he pagado
Hola a todos!
Solo decir que mi ordenador murió hace meses. Se rompió el disco duro y perdí gran parte del trabajo que tenia avanzado en esta historia (aunque tenia casi todo en dropbox), el caso es que no se si os ha pasado, pero realmente luego da muuucha pereza retomar.
Gracias por los reviews!
La canción que canta Akane es "Natural disaster" de Anathema.
Abrazos
