Capítulo 17

Tenía tantas, tantas cosas que preguntar. Seguía sintiéndose prisionera, echaba de menos a sus amigos, y se preguntaba cómo irían las cosas por Hogwarts. Quizá ya estaban todos muertos. Pero, la conversación de la tarde anterior, la había tranquilizado un poco. Al menos, su captor no la había devorado, y eso ya era un gran avance.

Volvía a llover fuera. Desconocía cuánto tiempo llevaba allí exactamente, pero sabía que fuera hacía frío, ya que ése era el clima habitual en Londres por aquellas fechas. ¿Por qué ella? ¿Por qué no la dejaba salir?

Lo único que la entretenía era leer. Supuso que había sido él quien le había llevado el libro. Su favorito. ¿Había sido casualidad, o acaso sabía algo al respecto? Sea como fuere, aquél libro le proporcionaba la abstracción que necesitaba. Le permitía evadirse de aquélla nueva y extraña realidad que la rodeaba. Le gustaba el giro que daba la historia de Elizabeth, que odiando a Darcy en un principio, descubría que éste no era tan malo como aparentaba y al final se acababa enamorando de él. Una versión más antigua del cuento de ''La Bella y la Bestia'', ése que le habían contado desde que era una niña pequeña y aún asistía a la escuela muggle, aquél que demostraba que, por encima de todo, la belleza estaba en el interior.


Hermione se levantaba temprano. Iba al aseo y se duchaba, para no tener que cruzarse con nadie por el pasillo. Más tarde, abría la puerta y encontraba una bandeja con cereales, leche y tostadas, y entonces sabía que Robby había sido el responsable de aquéllo. Nunca bajaba a cenar o a comer con Nicholas ni Jack. No quería tener nada que ver con aquélla mansión, ni con su captor. Pero aquélla mañana, ocurrió algo diferente. Al abrir la puerta, encontró algo más que una bandeja. Una gran bolsa de cartón, de color brillante, con asas y un gran logo estampado en su exterior.

La introdujo en su habitación, junto con la bandeja y su desayuno, y colocó la bolsa encima de su cama. La abrió, y con gran sorpresa sacó de ella un amasijo de gasas y tules, un elegante vestido que venía acompañado por una nota: ''Cena conmigo. A las nueve''

Hermione montó en cólera. ¿Quién se había creído? ¿Intentaba comprarla con un vestido, o pretendía que éste ayudara a que su nota sonara menos como una obligación que tenía que cumplir? Maldito fuera. Arrugó la nota, cogió la bolsa y su contenido. Abrió la puerta con un gran estruendo y dejó el inoportuno paquete con muy poco cuidado sobre el suelo.

-¡Si piensas que así voy a estar menos enfadada contigo, la llevas clara! -gritó ella y después, volvió a encerrarse.


No lo entendía. ¡Era un vestido de una firma muy cara, algo que ella jamás hubiera podido permitirse! Lo había visto todo a través del espejo: su cara de asombro al ver la bolsa delante de su habitación, cómo había arrugado la nota, cómo lo había despreciado. A las mujeres les gustaban aquél tipo de cosas. Cosas caras, cosas bonitas... Vestidos, joyas.

Y sin embargo, ella prefería un estúpido libro que se pasaba leyendo horas, y horas (y que él, sólo por pura curiosidad, también había empezado a leer) y del que no se despegaba.

-Debes entender que con un regalo así, ella puede haber entendido que querías comprarla. -dijo Jack, sentado en la mesa de la cocina mientras comía galletas y sorbía una taza de té tranquilamente. Últimamente habían reanudado sus clases, pero de vez en cuando, entre libros de lectura muggles y materias como matemáticas o física, hacían un pequeño descanso y los dos se dedicaban a hablar de cualquier cosa. Draco había estado aprendiendo mucho sobre libros como ''El retrato de Dorian Gray'' o ''Sueño de una noche de verano'' y sus autores. Había empezado a aficionarse extrañamente por la lectura, aunque lo cierto es que poco más tenía que hacer. También ayudaba de vez en cuando a Jack con la jardinería, y cuando su tutor vio que más que de ayuda, el mismo Draco se encargaba de cuidar todas las rosas del jardín, Jack decidió apartarse y cederle su puesto en el invernadero.

-Es irónico. Ahora que sé cómo cultivarlas y cuidarlas, no tengo a nadie a quién regalarle flores -pensó el joven en voz alta, una tarde mientras arreglaba los maceteros y cortaba las hojas secas. La jardinería le servía para olvidarse de todo aquello que le rodeaba. La belleza de las rosas que cultivaba le recordaba a cuando él aún era agraciado físicamente y todo el mundo lo admiraba por ello. Pensaba que si cuidaba las flores, las protegería de un negro destino como el que a él le había tocado vivir.


Draco siguió intentándolo: cada tres o cuatro días, enviaba un nuevo paquete a Hermione, que ésta rechazaba. Había probado con todo: bolsos, joyas, perfumes... Pero nada. Ella lo rechazaba todo, y siempre acababa lanzando las cosas por el pasillo acompañadas por un grito del estilo de ''déjame en paz'' o ''te odio''.

No sabía qué hacer. Regalarle libros parecía una buena idea, al menos, era lo único que ella había aceptado de forma complaciente, pero no podía llevarle más porque desconocía cuáles eran sus gustos. Desde que recibía clases de Jack, él había leído innumerables títulos, y acerca de incontables temas (aunque sus favoritos eran los libros de química. Le recordaban a sus clases de Pociones en Hogwarts, sus predilectas) pero no tenía ni idea de qué podría gustarle a ella.

Desde el día en que habían tenido el pequeño percance con las palomitas de maíz, no la había vuelto a ver en persona. A veces, cuando se aburría (y sólo por ese motivo), se dedicaba a mirarla por el espejo. Granger siempre estaba tumbada en la cama. Desde aquél día apenas la había visto acercarse a la ventana, y si lo hacía, siempre era para mirar melancólicamente a través del cristal el tráfico de Londres.

Jack lo sorprendió un día mirando por el espejo y, notando el silencio del joven, dedujo que estaba algo deprimido. Sabía el motivo.

-¿Sabes? Se me ocurre algo útil.- le dijo él, acercándose al sofá en el que Draco estaba estirado de mala manera, a tientas. Draco supo a qué se refería, sin ni siquiera nombrarla.

-¿El qué?

-Silencio. Si la dejas en paz, quizá se acerque.

-Creo que acabo de averiguar por qué no estás rodeado de montones chicas precisamente. -le dijo Draco a su tutor, sentado con la espalda erguida en el gran sofá del salón.

Pero su tutor, con su habitual paciencia y humor tranquilo, no se inmutó, ni lo tomó como una amenaza. -Hablar con ella no ha funcionado, ¿no?

Jack tenía razón. Quizá debiera dejarla en paz. Ya saldría de su escondrijo, cual rateja desesperada. No era una mala idea. Dejaría de hacerle tanto caso. Prestarle la atención que no se merecía.

No obstante, sabía que la había subestimado. Se trataba de Granger, pero aún así, pensaba que aquéllos regalos funcionarían. Siempre lo hacían. Siempre que aparecía alguna chica más estrecha de lo normal, un bonito bolso o vestido eran suficiente para conseguirlas, y normalmente, ellas acababan acostándose con él. Pero ella no los quería, tan sólo quería algo que no podía ser comprado: su libertad. Igual que él. Pensó que en esa situación, Granger y él no eran tan diferentes. A pesar de todas las rencillas y odios del pasado.

Cuando Jack se marchó después de su charla, Draco se quedó en el sofá, viendo la televisión hasta quedarse casi dormido. Estaba tumbado en el sofá, en la misma posición en la que Jack lo había encontrado dos o tres horas atrás, tirado cuán largo era en el sillón de cinco plazas que ocupaba toda la pared frontal del salón comedor. Fue entonces cuando escuchó los ruidos. Unas ligeras pisadas que bajaban por las escaleras de madera, las bisagras de la puerta abatible de la cocina chirriando. Casi como la noche en que la había encontrado a punto de hacer palomitas. Esta vez, no quería asustarla. La dejaría en paz, como Jack le había recomendado que hiciera.

Draco escuchó el ruido en la cocina de un plato y un tenedor, siendo depositados con cuidado sobre el fregadero. Ella salió de la cocina, y el chico se sentó con cuidado y lentitud sobre el sillón. Atraída por la tenue luz de la televisión, y pensando que no habría nadie en la estancia, Hermione se acercó sigilosamente, quedándose en el marco de la puerta al percibir a alguien.

-Estoy aquí sentado. Quiero que lo sepas para que no te asustes. -le dijo él, con una voz suave y tranquila. No quería volver a repetir los encuentros anteriores, ni las lágrimas, gritos o temblores.

Ella dirigió con cautela la mirada hacia él. Miró hacia el suelo, y luego volvió a mirarlo. Él no se movió, ni hizo algún movimiento brusco. Tan sólo estaba iluminado por la pantalla del televisor, pero quizá eso fuera suficiente como para asustarla. Sabía que era horrible.

-Eres... Tú... ¿Qué eres? -se atrevió ella a preguntar al fin. Seguía agarrada al marco de la puerta, como si éste fuera a protegerla si él saltaba y quería comérsela o algo así.

-Pensé que después de lo del otro día, no saldrías nunca. -dijo él, sin contestar a la pregunta que ella le había formulado. Llevaba la capucha de su sudadera puesta sobre la cabeza, pero aún así, se notaba su expresión seria.

-Yo... Bueno, esto... Pensé que era una broma. Luego me asusté y... Por Merlín, eres un... Bueno, monstr... -dijo ella, pero se calló. Era una bestia pero, tampoco debía ser maleducada.

-Gracias. -dijo él, con tono sarcástico, entendiendo perfectamente lo que ella había estado a punto de decir.

-¿Qué eres? -repitió ella. Ah, volvía a ser la Granger de siempre, esa que no podía guardarse sus preguntas, aquélla que tenía que poner su habitual tono de sabelotodo. No sabía si decírselo, pero supuso que ella era lo suficientemente lista como para haberse dado cuenta.

-Soy mago. Como tú. -aunque le doliera admitirlo.- Me... Hechizaron, y me convertí en esto. -seguía sentado en el sofá. Se había girado ligeramente hacia ella, y poco a poco deslizó la capucha sobre su cabeza, hasta que ésta quedó arrugada en su nuca.

-Pero... Tienes televisión. -la simple afirmación, les pareció estúpida a los dos, pero parece que logró restarle al ambiente gran parte de la tensión que tenía en esos momentos. - Y Jack es muggle. -le costaba mirarlo a la cara, con ésta llena de cicatrices y arañazos, deformada.

-Cuando ocurrió... -iba a decir la palabra ''accidente'', pero Draco ni siquiera podía referirse a ello. Calló, y fue suficiente para que ella entendiera que estaba hablando del momento en que se convirtió en lo que ahora era - Yo... No conocía cosas de los muggles. Vine aquí, y contraté a Jack para que me diera clases, aunque no hubiera magia de por medio. Fue entonces cuando acondicioné la casa.

-Ah. -fue lo único que pudo contestar ella. Como si lo más normal del mundo fuera hallar en una casa de magos una televisión, o una PlayStation. Había comprobado que se podía entablar una conversación con él, y eso la tranquilizó. Y entonces, la curiosidad la cogió desprevenida, el deseo de saber más cosas sobre aquél extraño. - ¿Cuántos años tienes?

-Dieciocho. Como tu. -ella se sorprendió de inmediato. ¡Dieciocho años! Había comenzado a formar en su cabeza la idea de que era un viejo verde, algún tipo de depravado sexual que la había secuestrado solo para aprovecharse de ella. Pero en aquél preciso instante, todas sus teorías comenzaron a desmoronarse. Había algo en aquél puzzle, una pieza que no encajaba. Pero no sabía exactamente qué era. Hermione quería saber más, empezaba a intrigarle la recién descubierta trágica historia del chico hechizado y aislado del mundo exterior. Draco pareció percibir la curiosidad en su mirada. - Quizá, ¿te gustaría que Jack te diera clases? Tienes pinta de lista, y estarás aburrida. A mí me da clases casi todos los días, de matemáticas y química, de cualquier materia que yo quiera, en realidad. -Hermione se tomó aquéllo de ''pinta de lista'' como un cumplido, aunque casi imperceptible, y Draco se maldijo a sí mismo por haber dicho aquéllo. Se supone que él no sabía cosas de ella.

Hermione no respondió.

-Podría darte clases a ti por separado. Sé que estás cabreada. -dijo él repentinamente, al ver que ella no contestaba. En realidad, todo su miedo inicial había pasado a cierto enfado como él había adivinado. Enfado con él, con el resto del mundo por hallarse allí encerrada. Pero quizá, si no le quedaba otro remedio, podría recibir clases y aprender algo medianamente útil.

-No sé, me lo pensaré. -dijo ella, aunque Hermione sabía perfectamente qué le contestaría la mañana siguiente. -Quizá podríamos dar las clases juntos. Si tu quieres, y a Jack no le importa. Pero espero que no seas tan estúpido como para poder seguirme el ritmo. Estudio en Hogwarts, y antes de todo esto, estaba en clases avanzadas. -dijo ella, con cierto retintín, haciendo incapié en que estudiaba en Hogwarts, diciéndolo en presente, como si así pudiera convencerse a sí misma de que todavía estaba allí, con sus amigos, luchando por ganar la guerra mágica.

-Está bien. Pero no soy estúpido. -dijo él, aceptando el silencioso reto que ella le había propuesto. Aunque ella era una de las personas más listas del colegio, sin duda, sabía que hacía tiempo que no daba asignaturas como matemáticas o química, ya que no eran impartidas en Hogwarts, por lo que él le llevaría una gran ventaja. Se lo tomaría como un reto. Conseguiría superar a Hermione Granger en aquéllo en lo que ella era mejor.

-Te daré mi respuesta mañana por la mañana. Buenas noches. -y dicho esto, se alejó del salón y subió las escaleras hacía su dormitorio. Por primera vez en mucho tiempo, Draco Malfoy se sintió más tranquilo.


Draco despertó a Jack mucho antes de que su jornada habitual comenzara. Era tan pronto, que ni siquiera habían puesto las calles. El joven ciego, alelado y con cara de sueño, abrió la puerta. Draco pudo observar a Piloto espatarrado en su cama de perro, durmiendo en una esquina de la habitación.

-Puede que ella venga a clase. -le dijo Draco, sin darle el tiempo necesario a Jack para despejarse.

-¿Ella? ¿Qué? ¿Qué dices? -preguntó él, sin entender demasiado la afirmación.

-Hermione -se sentía raro diciendo su nombre. Siempre la había llamado sangresucia, o comelibros, o rateja de biblioteca. Lo más amable que había utilizado para dirigirse a ella había sido su apellido. Pero ahora no podía hacerlo. Jack no entendería nada, y ella podría descubrir su secreto. - Ella... Quizá de clases con nosotros. -ni siquiera estaba seguro, pero conociéndola a ella y sus ganas de saber, seguramente Granger aceptaría la oferta.

-Genial. Y eso es... ¿Dentro de cinco horas? ¿Cuatro?

-Necesito saberlo todo por adelantado. -aunque estaba seguro de que fácilmente sabría más cosas que ella, no podía arriesgarse a quedar como un estúpido. Necesitaba la seguridad, la garantía de que iba a ser más listo que ella por una vez.

-¿Por qué iba a hacer eso en vez de dormir?

-Porque no puedo quedar como un idiota. -Jack cerró la puerta. Mierda. Ella lo iba a dejar en ridículo. Su ego por los suelos.

-Te tiraré algunas bolas suaves, eres un chico listo ,Nicholas. No te preocupes. Además, algunas veces es mejor dejarlas ser listas a ellas también. -dijo, a través de la puerta cerrada, sin hacer demasiado ruido.


Nota de autora: Hola! Siento haberme retrasado un poquito. Pensaba haber subido el capítulo ayer, pero lo estuve mirando y quedaba demasiado corto, así que, preferí escribir un poco más y añadirlo, que subir un capítulo demasiado corto. Además, no sé si la semana que viene podré subir el capítulo el lunes. Me voy de viaje tres días, y desconozco si voy a tener tiempo de escribir el siguiente capítulo, que ni siquiera he podido comenzar aún por diversas circunstancias...

La verdad es que me ha costado horrores escribir este capítulo, y no sé si habrá quedado bien. He intentado ceñirme al libro todo lo que he podido, pero también he tenido que adaptar los personajes, así que, bueno... Esto es lo que ha salido. No tengo demasiado tiempo para comentar el capítulo, tengo que irme a la autoescuela ya! (Me estoy sacando el carnet de conducir, y tengo que ir a clases, por eso mi tiempo ha empezado a escasear, aún en verano!)

Espero vuestros reviews con opiniones y demás, sabéis que eso es lo que me empuja a seguir escribiendo, y que me encanta leeros. Un beso a todo el mundo! :)

Am