El olor de la sangre, crueldad, le recordó a Flaky sobre sus padres.

Kaia, su madre, fue una joven loba, color negro oscuro con unos dulces ojos verdes que podrían endurecerse en un momento si alguien que amaba estaba en peligro. Dante, su padre, era igual al tono de la piel de su hija, tal vez era un tono más oscuro. Él había sido el que usaba la luna antes de su muerte, diciéndole una vez a su curiosa hija que se trataba de un colgante que pasaba de generación en generación.

Sus padres habían sido unos lobos muy buenos, dedicados a su cachorra y a su sobrina, Petunia. Eran leales a su manada, y se amaban.

Habían sido asesinados en una de las grandes cacerías que se hacia en la ciudad cuando a veces los ciudadanos demandaban sangre de lobo o cuando los cazadores se sentían inquietos y con ganas de matar. Dante le dio su hija a su hermano, el padre de Petunia, y rápidamente le lamió la oreja y le comprometió a enseñarle como cazar conejos, antes de bajar con Kaia para regresar a la batalla.

Ellos no regresaron.

Había sido su tío quien le dio el colgante, extraído del cuerpo muerto de Dante. Lo había llevado desde entonces, en memoria de sus padres.

Divertido ... sabes ... Flaky miraba hacia el techo mientras yacía en su cama y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Creo que nunca vi sus formas humanas. Ella sonrió y trató de ignorar las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Me pregunto a quién me parezco a mamá o a papá? O tal vez a ambos...

Ella había ido a vivir con Petunia y sus padres después de eso. Y aun en sus primeros años de vida, apenas cumplidos los dos años, sus padres también habían muerto.

Petunia era la única familia de sangre que le quedaba.

Y en ese momento, Flaky desesperadamente deseó que el color azul de loba estuviera allí. Su mejor amiga, su prima, su hermana mayor. Ella sabría qué hacer.

-Petunia ...-

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Ellos solamente habían estado montados en el bosque por unos minutos cuando Sigfrid se dio cuenta de que algo andaba mal.

Por un lado, los caballos estaban asustados, relinchando con nerviosismo, bailando con las patas, su cola y orejas se movían. Sumika entrecerró los ojos. - Sigfrid- empezó.

-Sumy-chan, mira al perro.-

Los dos miraron.

La mitad lobo parecía estar tan agitada como sus caballos, si no es que hasta más. Su pelaje a lo largo de la espalda, el cuello y los hombros se erizaron y sus labios se curvaron hacia atrás para mostrar sus colmillos. Todo su cuerpo temblaba como si estuviera luchando para evitar salir disparada a los árboles y atacar a lo que estuviera allí.

-Mierda-. Sumika apretó los dientes y sujeto con fuerza las riendas de su caballo que relinchaba nervioso y se acercó a él. -¿Qué es eso, lobos?-

-¿Qué otra cosa podría ser?-

-¡Ah, mierda. Siempre lobos. No te ofendas, Red-chan-.

- Red-chan- repitió a su oído para reconocer la breve disculpa de Sumika, pero sus ojos estaban completamente enfocados en la colina delante de ellos.

Los lobos salieron silenciosamente de los árboles, sus cuerpos eran largos y delgados, y tenían unos músculos marcados debajo de su piel. Sus ojos eran fríos, mientras se movían silenciosamente alrededor del pequeño grupo de cazadoras.

-No veo al macho alfa-, murmuró Sigfrid, sus ojos estudiaban a los lobos.

-Creo que la mayoría de las manadas de lobos ahora tienen varios líderes.-

-La mayoría de ellos lo hacen, pero éste se aferra a las viejas maneras. El macho alfa sería el más grande de los lobos, el que se viera más poderoso.-

El perro rojo ladro bruscamente, haciendo que Sigfrid la mirara con sorpresa, el perro todavía estaba erizado, pero sus ojos carmín ya no eran cautelosos. El odio quemaba con una oscura profundidad, odio y dolor estaban formados en una esfera brillante como un fuego nocturno.

Tragando, Sigfrid lentamente siguió su mirada.

Y vio al macho alfa.

Él era grande, y hecho puramente de músculo. Sus ojos verdes parecían arder como dos soles que se dividían por los rayos del sol que se filtraban entre las hojas dese la copa de los árboles, y su pelaje de color gris oscuro no emitió ningún sonido mientras se deslizaba en silencio entre los arbustos al pie de la colina.

Y él miraba a la perra roja con la misma cantidad de odio con la que ella le miraba.

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-¿Estás segura de que es una buena idea dejarla sola? Mi padre puede...-

los ojos de Sunrise se suavizaron, y ella puso una mano sobre el hombro de Flippy. -Sé que cuidas mucho a esa chica, Flippy, pero no puedes cuidarla de tu padre. Lo va a conocer tarde o temprano, quiera o no-.

-Lo sé, pero ... -

-No te preocupes. Solo le hará unas preguntas, pero me aseguraré de que no vaya demasiado lejos. Es obvio que estás enamorado de ella, y no lo dejare perseguirla y alejarla de ti.-

Flippy se ruborizó. -¿Es tan obvio?-

-Cariño, soy tu madre-. Sunrise sonrió. -Sé de estas cosas. Ahora vete -llegaras tarde a la escuela a este paso.-

-Oye mamá,?

-Hmmm?-

-Gracias.-

Con esto Flippy se inclinó, dando a su madre un rápido beso en la mejilla antes de correr hacia la puerta. Todavía no estaba apurado por ir a la escuela y dejar Flaky sola, pero al menos tenía la certeza de que Sunrise mantendría un ojo en las cosas hasta que el regresara.

Por lo que estaba mas tranquilo al llegar a la escuela

-Ku-sama!-

-Ah, mierda-.

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Mientras, Flaky sabía que podía seguir dormida, pero considero el hecho de despertar unos segundos antes que ayer, algo por lo cual estaba orgullosa. La noche no había sido tan dura como su primera noche, ya que se había soñado corriendo entre los árboles con Petunia y Splendid y jugando con sus padres cuando todavía estaban vivos. No había sido mucho, pero su instinto de lobo parecía calmado por eso.

Supo casi de inmediato que algo estaba fuera de lugar, algo era diferente, sentía que algo se revolvía en su estómago y tragó, cerrando los ojos, dejo escapar un largo suspiro. -No tengo nada que temer- se dijo, luchando por ignorar el olor de la sangre de lobo. -Ellos piensan que soy humano, como ellos. No tengo nada que temer. Nada en absoluto.-

Y tarde o temprano, tengo que conocerlos.

Poco a poco, ella abrió los ojos. -Pero la verdad es-, le susurró a la habitación vacía, -Siempre tuve la esperanza de que Flippy-kun estuviera conmigo cuando al fin conociera a sus padres.-

Puesto que sabía que no iba a obtener una respuesta, pensó que bien podría seguir adelante por si sola y acabarlo de una vez, así que salió al pasillo.

El olor de la sangre la golpeó casi de inmediato, y ella se estremeció como un temblor que agitó su espalda. Maldita sea su instinto de lobo. Maldita sea al infierno, pensó con saña ya que su estómago se tambaleó y rodó. Ahora, más que nunca quería tomar su verdadera forma, para mantenerse lo mas lejos posible de los padres de Flippy, o mejor aún tener a Flippy con ella. La presencia del chico haría las cosas más fáciles, de alguna manera.

Pero Flippy no estaba allí; por lo que Flaky había oído la noche anterior, tenía que ir ha algo llamado -escuela- y no estaría en casa durante gran parte del día. Maldita sea.

La chica pelirroja estaba tan perdida en sus pensamientos que no se dio cuenta de donde estaba caminando, que andaba muy cerca de la mesa – y el florero en el- , hasta que una mano firme y suave la agarró de la muñeca y jaló suavemente su espalda, haciéndola tropezar en los brazos cálidos.

-Tú debes ser Espumosa-san, supongo.-