Summary: Entonces te vi y todas las canciones de amor tuvieron sentido.

"Love you like crazy"

by Chicvampire


II

Tuve que tragar el nudo que se había formado en mi garganta. Abrí la boca tratando de que algún sonido saliera de mi boca pero no pude.

-Ni bien solucione esto, pagarás por tu comentario senil- sacó su cinturón de seguridad y bajó del auto, me moví hacia el asiento del piloto.

Cuando subió posó su mano en mi muslo derecho, miré el espejo del frente, estaba sonrojada.

-¿La futura abogada se quedó sin palabras?- sus enormes ojos verdes se clavaron en mi nuca. Conducir así no era apropiado. Aproveché una curva para sacar su mano.

-No se distrae a la conductora mientras maneja- soltó una risa.

-Eres una hipócrita- volteé rápidamente para guiñarle el ojo. –Soy una chica decente, bien criada en casa-.

-Una chica decente lleva interior debajo del vestido- me quedé sorprendida.

-¿Cómo…?- Podía adivinar que había enarcado una ceja. –Estuve viendo tu culo mientras bailabas- su sinceridad era asombrosa.

-Come tu hamburguesa- le avisé antes que se enfriara. Nos quedamos un rato en silencio.

-Hablando en serio, ¿esto es legal?- por un lado me sentí halagada porque, al parecer, aparentaba ser menor de 21.

-Sí, es legal en todos los estados. Tengo 24 años- quise voltear para ver su expresión pero me tenía que concentrar en la carretera.

-¿Sales a divertirte muy a menudo?- esa pregunta tenía truco definitivamente, ¿debía ser sincera o disfrazar un poco la verdad?

-¿Cuánto es mucho, exactamente?- lo escuché reír.

-1 es rara vez, 10 es todos los fines de semana- me quedé pensando unos segundos.

-Diría que estoy en un 7, salgo algunos viernes o sábados, depende de mi estado de ánimo. Pero nunca salgo durante semana- lo último era totalmente cierto.

-Esto no es el juego de las 10 preguntas, ¿verdad?- pregunté ocultando mi sonrisa nerviosa, si era el caso, quien salía perdiendo era yo.

-No, son solo ciertas dudas que tenía- increíblemente llevábamos dos horas manejando, faltaba poco. Revisé mi reloj, 3 de la mañana con 28 minutos.

Al no escuchar comentarios por parte de Edward me di cuenta que se estaba quedando dormido. Cuando me estacioné por el tráfico me dediqué a observarlo, hasta cuando dormía se veía guapo.

Había deducido dos premisas sobre Edward: primero, tenía el peso del mundo sobre sus hombros; segundo, era del tipo de hombre familiar. ¿Quién demonios dejaría de coger por ir detrás de sus hermanos? La verdad que yo la pensaría tres veces.

Quería prender la radio pero no debía molestar por lo que me puse mis audífonos. Escuchaba todo tipo de música, necesitaba algo relajante para que la tensión en mi cuerpo desapareciera.

De repente me pregunté qué estaría haciendo mi hermano mayor, Jasper. No lo veía desde hacía un año, el mismo tiempo que llevaba casado con María. Nadie en mi familia pasaba a esa chica pero mi hermano se empeñó en casarse hasta que lo consiguió, cinco meses después de conocerla. Era una chica más joven que él, sinceramente debía ser una diosa en la cama porque fuera de esta, estoy muy segura que ni hermano la soportaba.

Luego de casarse en una ceremonia sencilla a fueras de la ciudad, ambos decidieron irse a vivir a Texas. Texas. Nada en contra de los vaqueros pero ambos éramos chicos de ciudad, educados en IB LEAGUE schools, nuestro mundo giraba en torno a Apples Martinis y vinos de etiqueta negra.

El último correo que había recibido de él fue hace un par de meses atrás, siempre adjuntaba fotos de ellos dos. Yo hacía lo mismo todas las veces, las cortaba y elegía la mejor donde Jasper salía.

Empezaron a salir los tráilers ruidosos cargando un montón de alimentos, uno de los sonidos levantó a Edward. -¿Dónde estamos?- preguntó abriendo la ventana.

-Te he secuestrado, he pedido una recompensa millonaria por ti- él me sonrió. –Hemos avanzado rápido- asentí. –Falta poco- entrar a los Hamptons era sinónimo de tranquilidad, ahí era imposible ver a tu vecino o ser molestado por las fiestas de al lado, solo habitaba tu casa y tú.

-Es la primera casa doblando a la derecha- me avisó Edward, todavía seguía algo oscuro por lo que aumente la intensidad de las luces delanteras.

-¿Esta?- le pregunté, Edward asintió. –Voy a bajar para abrirte las rejas-. Estacioné en la entrada, luego de eso no sabía que hacer exactamente.

-Ven- Edward tomó mi mano. -Vamos por la vuelta- caminamos bordeando la piscina, Edward prendió las luces de afuera y logró ubicar a sus hermanos en la playa.

-Cuando ponga mis manos encima de Emmett…- no terminó la frase. Mientras más nos íbamos acercando el panorama no mejoraba. Había por lo menos cinco chicos.

-¿Los conoces?- Edward negó. –Solo espero que no sean menores- la arena dificultaba nuestros pasos por lo que Edward se quitó los zapatos.

-¡Emmett!- este palideció ni bien vio a su hermano mayor. Habían dos mujeres pero definitivamente Alice era la que se había metido al mar porque la otra chica parecía sacada de un antro de mala muerte.

-¡Alice, sal del mar!- gritó Edward. Los otros chicos se reían. Emmett seguía sentado al lado de una fogata improvisada. -¡Muévete!- el grito hizo que este se levantara y empezara a caminar hacia la casa.

-¡¿Quién mierda son ustedes?!- Edward estaba verdaderamente enfurecido, uno de ellos se atrevió a hablar. –Eres… un imbéééécil…como dijo Eme- calculé lo suficientemente bien como para tratar de sujetar a Edward. –Está ebrio, no vale la pena- el rostro malgeniado hizo que los dos chicos salieran huyendo.

-¿Quién eres, amiga de Alice?- le pregunté acercándome a ella. Asintió. -Vecina- se limitó a contestar. Edward la miró con recelo. –Leah Clearwater, vete a tu casa-

-¡Alice, sal del maldito mar, ahora mismo!- mientras Edward discutía con una borracha me dispuse a recoger todos las botellas y los cigarros que habían dejado botados, lo dejé a la entrada de la cocina. Cuando regresé Edward tenía entre sus brazos a su hermana.

No había rastros de su hermano. –Vamos a cambiarte de ropa- definitivamente esto no necesitaba ser más humillantes para ella. –Yo la llevo, tú busca a tu hermano-.

-Gracias, primera puerta a la derecha del segundo piso- Alice no estaba tan ebria porque pudo subir las escaleras sola, vi una toalla en su cuarto de baño por lo que la envolví en ella.

-¿Puedes cambiarte?- asintió pero luego puso cara de asco. –Necesito bañarme- susurró. La acompañé hasta la ducha y luego salí. Me tomé el atrevimiento de sacar un pantalón de franela y una camiseta limpia.

Salió luego de unos veinte minutos.

-¿Tienes secadora?- me señaló el armario, la encontré para conectarla. Tomé su cepillo y empecé a peinar sus cabellos, tenía un color un poco más oscuro que el de Edward. No secó del todo pero lo suficiente como para que no amaneciera con un resfriado.

-¿Necesitas algo más?- ver en su rostro lágrimas me hizo sentir triste pero no había nada que yo pudiera hacer.

-Gracias- le di una pequeña sonrisa y cerré su puerta.

Saliendo de su habitación me encontré con Edward sentado en el inicio de las escaleras.

-Alice perdió a su mejor amiga hace unos tres meses. Cassandra se ahogó en el mar mientras surfeaba- eso explicaba la tristeza en los ojos de ella.

-No justifico esto, es una irresponsabilidad de parte de ambos pero no sé qué hacer para ayudarla- pude sentir su frustración, solo me recosté en él. –Debes estar con ella, eres su hermano Edward-.

-Regresé por ella, mis papás se iban por viajes de negocio y me imaginaba que algo así pasaría- tomé su mano. -¿Has intentado que reciba ayuda psicológica?- asintió. –Mi mamá la ha llevado a varios psicólogos pero no colabora- Edward se paró de repente.

-No quiero hablar de eso ahora, te quiero mostrar algo, ponte cómoda- ¿Qué significaba eso? Los rayos del amanecer cruzaron el ventanal. Maldita sea, no había dormido desde ayer. Corrí al baño del primer piso. Cepillé mi cabello, me puse uno de los bikinis que había traido y lo cubrí con mi short y una camiseta pegada. Increíblemente todavía no tenía ojeras.

Salí cuando lo escuché bajar. Definitivamente el estilo playero era lo suyo, llevaba una bermuda beige y camisa de lino color azul claro.

-Está amaneciendo- sonreí cuando lo dijo, cuando era niña solía ver el amanecer con mi hermano. La única habitación que tenía balcón era la de Jasper, ahí probablemente viví los instantes más importantes. Viendo el inicio de otro día le confesé muchas cosas… era increíble estar tan separados como hoy.

-Ven- tomó mi mano sacándome de mi ensoñación. Esta vez salimos por el enorme jardín que tenían, seguía maravillada por la decoración de la casa.

Caminamos hacia la playa, a unos metros se podía ver el farol. El día se iba encendiendo poco a poco, con calma, sin prisas. En el centro de Nueva York todo se movía rápido, las personas tenían la premura de utilizar hasta el último momento del día, acá no. Las cosas iban con calma acá o tal vez era mi estado de ánimo. No, no era mi estado de ánimo, por afuera parecía serena pero por dentro era un remolino de emociones.

-¿Qué me quieres mostrar?- pregunté extrañada. –Vamos a alcanzar el sol- ¿íbamos a nadar? Había perdido la razón.

-¡Ahí viene!- gritó emocionado señalando el mar. Yo no veía nada.

-¿Qué…?- me vi interrumpida por la llegada de un yate.

-¡Vamos a alcanzar el sol!- un hombre, nos saludó con la mano. –Aquí está, mándale saludos a tus padres- le dio unas llaves y se alejó caminando. Eso había sido extraño.

-¿Quién es?- le pregunté a Edward, este sonrió. –Él y su esposa se encargan del mantenimiento de la casa en invierno- me tendió la mano para subir.

-Es precioso- me había subido a varios antes pero la compañía de esta vez era insuperable. El rostro de Edward era el de un niño en la chocolatería.

-Capricho de Emmett hace un año, la verdad que me gusta manejarlo de vez en cuando para salir de mi rutina, vamos apura- no sabía que se refería.

Levanté el rostro para ver el sol salir cada vez más fuerte. Edward encendió el yate -¿A toda velocidad?- asentí. Estuve a su costado todo el rato, en algún momento me volvió a atrapar entre sus brazos. -¿Se te ha hecho costumbre, verdad?- se limitó a reír.

-¿Ves esas bollas?- asentí. –Eso indica que hasta acá podemos llegar- el olor a mar me relajaba totalmente.

-Déjalo en automático- le dije mientras bajaba buscando la cocina. Encontré justo lo que necesitaba, vino y un par de copas. Subí para verlo con medio cuerpo desnudo, sentado en la barandilla.

-Brindemos- le propuse. -¿Por qué?- él se encargó de servir el vino. –Por esto, un amanecer más y por una noche extremadamente interesante- ambos sonreímos mientras nuestras copas chocaban.

El primer paso lo dio él, se acercó lentamente poniendo nuestras copas en la mesilla, para después empezar a besarme. Debía reconocer que encajábamos perfecto.

Sentir sus manos en mi espalda me hacían estremecer. Poco a poco nuestros besos se hacían más apasionados. Me senté de tal manera que quedamos uno al frente de otro.

-Quítate…- no tuvo que terminar para que yo ya tuviera afuera la camiseta.

-Vamos al camarote- me dijo con voz entrecortada, estaba enredada así que me llevó abrazada a él. La piel me ardía, lo necesitaba adentro de mí.

No sé cómo abrió la puerta, pero no llegamos a la cama. Le bajé los pantalones mientras él besaba mis pechos. No me sentía cohibida con él.

Tomé su miembro erecto entre mis manos, empecé lentamente haciendo un movimiento de arriba hacia abajo. –Maldita sea- fue mi turno para apoyarlo en la pared del cuarto y besar su pecho. Me posicioné enfrente de su miembro para luego meterlo en mi boca. Escuchar sus gemidos me excitaba más. Pasé mi lengua alrededor varias veces.

Sentí sus manos en mi melena. –Ven para acá- no hubo mucha ligereza en la manera en la que me levantó pero fue de lo más emocionante posible. Volvió a cargarme y sentí cómo empezaba a penetrarme.

Nuestros gemidos era lo único que se escuchaba. Empezamos un vaivén rápido desde el inicio.

-Más- bastó eso para que me tuviera que sostener de su cuello. La sensación era deliciosa.

Unas estocadas más bastaron parar que viera fuegos artificiales. Sentí que él se corrió después.

Inmediatamente el cuerpo se vino abajo.

Saqué mi cabeza del hueco de su cuello. Ambos estábamos sudorosos y con todos los cabellos por la cara pero con unas sonrisas de idiotas en el rostro.

-No cumpliste- me miró extrañado. –No me corrí en tu boca-.

-Para más tarde será, no te preocupes- sentir el colchón en mi espalda fue gratificante.

-Dios santo, pensé que llegaríamos a la cama- le dije antes de reír. Puso su brazo alrededor de mi cintura y me apegó a él.

-Tenemos sueño- iba a negar pero un bostezo me delató.

Me levanté sobresaltada al escuchar mi celular sonar. Edward seguía plácidamente durmiendo. Subí para no interrumpirle el sueño.

-Rose- los gritos de mi mejor amiga iban a empezar. -¡Te estoy llamando desde la mañana! ¡Me acaba de regresar el alma al cuerpo carajo! ¡Dime que estás bien!- eran demasiadas expresiones.

-Estoy bien, en realidad estupenda. Estoy en medio del mar con él, en el yate de su familia- pero eso no detendría a Rose.

-¿Segura que no es un asesino?- reí. –No, no lo es. Te juro que estoy bien-.

-Háblame cuando estés por regresar, tengo que verlo con mis propios ojos- volví a reír. -¿De cuándo acá tan risueña?- no podía evitar llevar una cara de boba.

-Estoy… feliz- fue el turno de Rose para reír. –Estás bien cojida. Te dejo, tengo cena con mis papás-

-Suerte con eso, cuídate- colgué. Revisé la hora. 2 de la tarde.

Regresé sabiendo que iba a tener que levantarlo.

-Edward- se volteó. –Edward, debemos regresar, tus hermanos deben estar preocupados- esto hizo que abriera los ojos. Luego se levantó a ponerse el short. Me tendió la mano para subir. Yo tenía puesto su polo.

-Que flojera tener que lidiar con mis hermanos- me dijo mientras empezaba a conducir. Aproveché en ordenar el cuarto y subir nuestras cosas.

-Voy a dejar el yate al frente de la casa, te tendré que cargar- me dijo con una sonrisa en el rostro. Nos demoramos menos en llegar, yo ya tenía puesta mi ropa.

-Listo- él se tiró al mar de lo más confiado. Me sentí nerviosa por mojar mis cosas por lo que las abracé al caer. Los brazos de Edward me sostuvieran lo poco que faltaba.

Caminamos agarrados de la mano hacia adentro. En la puerta vi a sus hermanos.

-Están preocupados, te dije- la mirada de Edward era seria.

-Los quiero a ambos en la sala principal en diez minutos- me molestó que no tuviera la delicadeza de presentarme.

Cuando llegamos a su habitación entró para tomarse una ducha, al momento de salir me encontró sentada en su cama. –Podías haberles dicho quién soy-.

-Lo haré, aunque estas circunstancias no son las mejores- mi ceño seguía fruncido. –Vamos para que tomes desayuno, o ¿prefieres darte una ducha primero?- asentí. –Te espero abajo entonces-.

Sentir el agua correr en mi cuerpo era bueno, tuve que usar el shampoo de él, me lavé los dientes y sequé mi cabello con una pequeña toalla que había traído. Me puse un vestido veraniego largo y un par de sandalias cremas. Mi cabello lo trencé.

-¿Entonces?- escuché a Edward preguntar. Al bajar todas las miradas se posaron en mí. Que incómodo.

-Ella es Isabella, mi novia- todo mi cuerpo empezó a temblar. Yo y las relaciones no nos llevábamos nada bien.

-Mis hermanos, Emmett y Alice- a ambos los saludé con un beso en la mejilla.

-Responde Alice- esta se notaba triste. –A Leah la encontré afuera del bar al que fuimos, y los otros dos chicos estaban con Emmett, no sé quiénes son- traté de escabullirme para buscar la cocina pero los gritos de Edward se escuchaban por toda la casa.

-¿Los conoces?- escuché una silla sonar. -¡Metiste a un par de delincuentes a la casa!- Emmett seguía sin contestar.

Saqué jugo de naranja del refrigerador y un par de butifarras envueltas.

-¡No sé qué mierda tienen ambos en la cabeza!- su grito me hizo temblar. Mi novio no tenía buen temperamento.

-Después del almuerzo a ambos los mando en bus para el centro-

-¿En bus?- preguntó Alice.

-Sí, tomen veinte dólares, con eso alcanzará. Les diré a papa y a mamá a qué hora llegarán- tenía mucha hambre porque después de todo lo que había comida seguía teniendo.

Edward entró cuando terminé de lavar lo que había usado. –Te iba a decir que no comieras para ir a almorzar de frente- le sonreí. –Sigo hambrienta, no te preocupes-.

-¿En serio los mandarás en bus?- pregunté, Edward asintió. –Para que sufran además, no les voy a dar mi auto sino no tenemos cómo regresarnos-.

El camino hacia el restaurante fue más que incómodo. Alice parecía totalmente decepcionada y Emmett estaba molesto.

-¿En bus, Edward?- oculté mi sonrisa. –Si vuelven a tocar el tema los mando caminando, como aquella vez en los Alpes- la cara de Emmett era un poema.

-No sé cómo lo soportas Bella- me dijo Alice, le sonreí. –Es un hombre muy aburrido- no pude evitar la risa.

-¿Usaron mi yate esta mañana?- Edward aprovechó el semáforo para voltear a verlo. –Yate que yo mantengo, y sí, lo usamos esta mañana-.

-Este lugar es delicioso- le señalé el lugar favorito de mi padre.

-¿Acá les parece bien?- preguntó Edward a sus hermanos.

-Me da igual- contestó Emmett.

-¿Cómo se conocieron?- tragué en seco. –No digas nada, sino va a seguir preguntando- Alice le dio un manotazo en la espalda. -¡Soy tu hermanita!- Edward levantó una ceja. -¿Mi hermanita que se mete al mar estando borracha?- reí. –En un bar mientras bailábamos- contestó.

-¿Hace cuánto están juntos?- Edward estacionó el auto. –Salvados por la campana- anunció Edward.

-Buenas tardes, pasen por acá- nos acomodaron en una mesa con vista al mar.

-¿Qué estudias Emmett?- este levantó el rostro de su celular. –Apaga eso- ordenó Edward.

-Matemáticas, voy en segundo año- quise preguntar más pero los platos llegaron.

-Edward, mamá dijo que la próxima semana te ibas- traté de no mostrarme afectada. –No lo sé aún, además solo sería por un mes más. Tal vez quieras ir conmigo, para estrenar tu cámara fotográfica- Alice le sonreí pero no se veía muy animada. –Me encanta tu cabello, está muy bien cuidado- agradecí el halago. –Mi mejor amiga está obsesionada con los productos para el cabello-.

-Tenías razón Bella, esto está delicioso- dijo Edward. –Siempre cocina mamá así que no estamos acostumbrados a salir para comer- si tan solo mi mamá tuviera ese talento.

-Además está cerca de la estación de bus, un plus- el comentario de Edward era para provocar a sus hermanos. –No sé qué haces con una chica tan dulce como Bella- le sonreí pero por dentro las carcajeadas empezaban. Edward no se contuvo. –Dulce dice- le di una palmada en el brazo.

Cuando terminamos Edward pagó y nos retiramos. Los rostros de los hermanos de Edward no podían verse más desencajados.

Me abracé a Edward, me sentía cómoda así. –Se van a morir antes de llegar al centro- le susurré.

–Esa es la idea- me contestó.

-Dicen que los buses vienen cada veinte minutos, ¿quieren un helado para el camino, niños?- Alice le hizo una mueca de disgusto. –Nosotros podríamos pagar el taxi a casa- Edward asintió. –Pero no lo harán- en esos momentos el bus llegó. Alice y Emmett se despidieron de mí pero ignoraron olímpicamente a su hermano.

-Que tengan un buen viaje, queridos hermanos- Emmett le sacó el dedo medio mientras yo me reía.

-Listo, tenemos la casa para nosotros solos- me dio un dulce beso.

-Vamos a pasear- Edward asintió.

Entramos a varias tiendas artesanales, debía reconocer que algunas de las cerámicas que vendían eran hermosas. –Mamá es fanática de las pinturas que se hacen en las calles- imaginarme a Edward posar en la mitad del mercado de frutas me hacía reír.

-¿Las tiene en su casa?- asintió. –Son vergonzosas-.

-¡Hay una feria!- ahora la niña parecía yo. Lo mejor que me podía pasar era estar en una feria. Me fascinaban.

-¡Vamos! ¡Vamos!- lo jalé hasta que llegamos a la fila de la boletería.

-Dos entradas- le pedí mientras buscaba en mi bolso mi tarjeta de crédito. Edward se adelantó y entregó un billete de cien.

-Gracias- negó con la cabeza. –Por ver de nuevo esa cara de niña pagaría todo- me abrazó por atrás. No podía ser más dulce.

Pasamos toda la tarde en los juegos, Edward no quería subir al gusanito pero lo convencí.

-Te dije que no era buena idea comer antes- me reprendió al decirle que me sentía con náuseas.

-Van a pasar- felizmente que así fue.

-Regresaremos mañana por los juegos que nos faltan- le dije, él me miró como si tuviera un tercer ojo.

-Mañana es otro día, ya veremos- me sentía como niña cuando su papá le decía cualquier cosa con tal de sacársela de encima.

-Edward- insistí. –Creo que debería haberte mandado en ese bus con los otros dos niños- dijo mientras paraba para abrazarme. Sonreí. Las ferias me volvían loca.