Decepción
Decepción (Del lat. deceptĭo, ―ōnis). f. Pesar causado por un desengaño.
En la casa solo se oyen los gemidos de la mujer, una sangresucia que fue a Hufflepuff. Evan la recuerda porque una vez hizo que explotara su caldero en clase de pociones. Sus gemidos, sus lloros y sus súplicas se elevan por toda la casa, componiendo la armonía más hermosa que ha oído en su vida. Bueno, casi, solo Marlene es capaz de igualarla. Aunque, por supuesto, sus gemidos son de… otro tipo.
Wilkes está a su lado. Ha maniatado a la hermana de la mujer y disfruta mientras Evan la tortura. Una y otra vez lanza la Cruciatus sobre ella, saboreando sus convulsiones, relamiéndose los labios. Son un buen equipo, se dice Evan mientras aparta la varita. La mujer jadea y se enrolla en sí misma, como si ese simple gesto pudiera protegerla.
― Pensé que a estas alturas ya habría llegado alguien― se queja Wilkes, apuntando a la chica―: ¡Crucio!
Ella vuelve a retorcerse y a gritar, tirada de cualquier manera sobre el suelo.
― Esto se está volviendo muy poco emocionante― coincide Evan negando con la cabeza―. ¿Te acuerdas de aquella vez que los aurores llegaron en menos de dos minutos?
Es un buen recuerdo. Se cargaron a dos antes de desaparecer. Evan aún conserva una cicatriz que le cruza la espalda de ese encuentro.
― Qué decepción― se lamenta Wilkes apartando la varita―. ¿Las matamos y nos vamos a tomar una copa?
Las dos mujeres jadean con fuerza e intentan resistirse. Casi pueden saborear su miedo.
― Si, será lo mejor― y después, se dice Evan, irá a buscar a Marlene. Está demasiado excitado para no hacerlo―. ¡Avada Kedavra!
Un rayo verde impacta contra el cuerpo de la mujer a la que habían estado torturando. Se oye un golpe seco, su cabeza contra el suelo.
― Bien, y ahora… ― Evan se detuvo en medio de la frase, arrugando el ceño. Está seguro de que acaba de oír algo.
― ¡Déjame hacerlo a mí!― exclama Wilkes apuntándola con su varita―. Podríamos hacerlo lentamente, ¿qué te parece?
― Cállate― ordena Evan e intenta agudizar su oído. Sí, claramente alguien acaba de entrar en la casa. Se oyen sus pasos, un suave taconeo que pretende ser amortiguado, silencioso, ignorado―. Encárgate tú de ella, voy a ver a nuestra visita.
Wilkes asiente fervientemente y Evan deja la sala, andando con paso tranquilo. Sus botas hacen ruido al caminar, pero él no necesita ocultarse.
Sabe que el miedo siempre juega a su favor.
Abre la puerta al salón de una patada, con teatralidad y da un par de pasos rápidos hacia delante.
El aire se escapa de sus pulmones en cuanto la ve. Está pálida, pero más hermosa que nunca. Tiene el cabello largo y dorado, suelto y rizado, la mirada impenetrable y unos pantalones que se ajustan deliciosamente a su cuerpo.
Abre la boca para hablar, pero ella lo hace antes, apuntándolo con su varita.
― Hola, Evan.
Evan parpadea algo confuso: no sabe qué hace allí, no sabe cómo le ha reconocido con su máscara puesta y, por Merlín, no sabe qué hace que no la está besando.
Marlene mira a ambos lados sin apartar su varita de él y susurra.
― ¿Estás solo?
― ¿Marlene?― atina a decir ―, ¿qué estás haciendo? Baja eso antes de que te hagas daño.
― Responde a mi maldita pregunta― sisea sin parpadear.
Evan se quita la máscara. Necesita ganar tiempo, no tiene ni idea de lo que está pasando, pero sólo sabe que no puede permitir que Wilkes la descubra. Si lo hace… Bueno, si lo hace probablemente tenga que buscarse una novia nueva. Y de verdad que le gusta Marlene.
― Venga, nena, baja eso y hablemos― pide, bajando la voz. El corazón le late con demasiada fuerza, ¿cuántos magos en su sano juicio entrarían en una casa sobre la que está la Marca del Amo?
― ¡Contesta!― apremia ella en el mismo tono.
― Pajarito…
― ¡Cállate! ¡Estoy harta de oírte llamarme así!― su tono se vuelve un poco más agudo―. ¡Estoy harta de tener que sonreírte y besarte y… y…!
Evan da un paso atrás sin acabar comprender. Aprieta la varita con una de sus manos, ha dolido como una maldición.
― No… No te entiendo― susurra.
― Siempre has sido un imbécil, Evan― le espeta. La varita le tiembla un poco entre sus dedos―. ¿De verdad que creías que no sabía quién eras? ¿Qué no sabía para quién trabajabas?
Los ojos de Evan se abren de par en par, por la sorpresa. Siente algo amargo en la boca y un extraño dolor en el pecho. Aprieta los labios y ella continúa hablando, en un susurro.
― ¿Las has matado? A Rosie y a Jean― ella parpadea, unas lágrimas han acudido rápidamente a sus preciosos ojos―. ¿En serio pensabas que yo podía querer a alguien como tú? ¡A un jodido mortífago!
Evan sonríe un poco. Estúpida, ha hablado tan alto que Wilkes se ha debido de dar cuenta ya que realmente no están solos.
― Entonces― susurra, intentando matar el dolor que lo corroe―, entonces… ¿Para qué?
Marlene cierra los ojos y bufa.
― ¿Para qué va a ser? ¡Para espiaros! ¿Sabes lo suelta que tienes la lengua cuando estás cachondo?
Evan baja la mirada. Arde como mil demonios. Es como si algo se hundiera dentro de él lentamente. Cada vez más profundo. Quiere gritarle, decirle que la quería, que la amaba. Que hubiese hecho (casi) cualquier cosa por ella.
Que es todo piernas y cabellera.
― ¿Y a qué estás esperando?― le espeta, sin preocuparse ya por su tono―. Adelante, hazlo.
Abre sus brazos dispuesto recibir un último golpe, uno que acabe con él. Ella parpadea, aprieta aún más su varita y mira a la puerta, dubitativa.
― Yo… La Orden está a punto de llegar― algo termina de resquebrajarse dentro de Evan.
La Orden, su pajarito trabaja para la Orden del Fénix.
~X~
Continuará.
