Haciendo honor al clima frío del sábado por la noche, la mañana del domingo desprendía una lluvia ligera que prometía aumentar paulativamente. Quizás por eso Sasuke había desechado cualquier posibilidad de poner un pie fuera de la calidez de su apartamento. Quizás por no haber pegado ojo la noche anterior. Quizás por la chica durmiendo sobre el sofá de cuerina negra en la sala de estar, o quizás por todo lo anterior. Siempre se le había dado bien trasnochar, y no por ser alguien especialmente asiduo a la vida nocturna. Al contrario, los grupos de más de dos personas le fastidiaban lo suficiente como para rechazar toda invitación que no fuera una orden del trabajo. Es que en su más temprana juventud tomó la poco saludable costumbre de leer hasta horas escandalosas cuando al día siguiente debía levantarte a las seis en punto de la mañana, y como efecto secundario, una adicción al café. Y ahora, que se desempeñaba en una empresa tan absorbente la situación sólo había empeorado. Y agradeció, sólo esta ocasión, sus extrañas manías.
Cuando iba camino a su apartamento la noche anterior con la chica en la parte posterior del auto, y sólo después de cierta cantidad de tiempo comenzaron a surgirle ciertos problemas con los que debería lidiar en cuanto llegara al edificio. En primer lugar, siempre había vivido sólo, y llegar de un momento a otro con una mujer desconocida en sus brazos le llevaría a recibir miradas inquisidoras y preguntas más que comprensibles de parte del amable portero, cuya fama de chismoso le había hecho mantener total prudencia en su trato con él. Un buenos días por la mañana, un buenas noches por la tarde, y su privacidad estaba a salvo. Pero enseguida vio lo superfluo del asunto. Allá atrás había algo tan caótico que exasperarse por la opinión de un imbécil era una pérdida de valiosa energía. Por lo que a los pocos minutos aparcó frente al edificio, ya tendría tiempo de llevar el automóvil a los estacionamientos subterráneos. Salió dando un suave portazo y se dirigió a la parte trasera, donde la chica se mantenía en la misma posición que él la había dejado, con la chaqueta negra de sasuke sobre ella que este mismo le había brindado con tal de hacerla entrar en calor. La tomó con cierta dificultad en brazos, y cerró la puerta tras de si con la planta del pie. Un hombre bajito y regordete abrió la vistosa puerta de vidrio con detalles en dorado, la principal del edificio, y miró a Sasuke como si este tuviera tantas cabezas como vellos en el cuerpo. Emitió un "buenas noches, señor Uchiha" que sonó un tanto forzoso y carente de la amabilidad de siempre, que sin embargo alivió ligeramente la mente del hombre. Respondió un tanto apresurado y se dirigió al ascensor, rogando por no tener que esperar el tiempo suficiente para escuchar los cuchicheos de pasillo y, casi por obra divina, el dichoso ascensor abrió sus puertas. Con un dúo de personas adentro que por supuesto le incomodarían en un viaje de doce pisos pero ésta vez le parecían casi invisibles.
En el silencioso ascenso, con la típica musiquita suave que le ponía los nervios de punta, sopesó en lo ligera que la chica era. Pálida, brazos delgados, ojeras surcando sus ojos, el cabello rosa enmarañado. Un completo desastre. Aún no salía de su pequeño estado de ensimismamiento que repetía la imagen de ella intentado saltar al vacío una y otra vez en su cabeza por puro morbo, pues aun era pronto para empezar a formular teorías sobre el por qué. Pensó en la familia, los amigos, conocidos de aquella chica, ¿estarían preocupados, llamarían a la policía o algo? Era totalmente válido preguntarse todo aquello, ya que no parecía una colegiala, si no una joven adulta de quizás, veintidós o tal vez veintitrés, y era perfectamente posible que viviera ya por su cuenta. Chasqueó la lengua, otra vez pensando pequeñeces.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par en el piso doce, su lugar de destino. Caminó hacia el apartamento número veintiuno, y haciendo malabares con las llaves y la chica, logró después de varios intentos entrar. Tanteó a oscuras en busca del interruptor para prender las luces y agradeció tener el estado físico lo suficientemente bueno como para mantener a la chica lejos del piso con un solo brazo. Las luces se encendieron tras un leve "tack", y se apresuró a depositar suavemente la figura femenina sobre el sofá de dos cuerpos en el que estaría al menos hasta la mañana siguiente. Se dirigió dando grandes zancadas a su habitación en busca de todas las mantas disponibles para regular su temperatura corporal, pues a pesar de haber prendido la calefacción del automóvil, no había mejorado de manera perceptible. Cuando volvió a arroparla, no se había movido un solo milímetro. El sofá no era especialmente amplio, al menos Sasuke descartaba completamente la idea de dormir sobre el, pues desde sus rodillas hacia abajo quedaban fuera, pero la chica, que se encontraba en posición fetal, dejaba espacio para darse un par de vueltas sin caer de bruces al suelo. Realmente pequeña. Le cubrió el cuerpo con al menos tres mantas bastante gruesas y esperó, sentado en el sofá de al lado. La ansiedad le quitó la necesidad de beber café para mantenerse alerta. Su naturaleza precavida y la delicada situación le habían hecho tocarle la frente cada quince minutos. Al séptimo intento percibió un leve aumento que le hizo desechar las ideas fatalistas que habían comenzado a surgirle después del quinto intento sin resultado aparente. No le había impedido suicidarse para dejarla morir sobre un estéril sofá y junto a un completo extraño. Sus básicos pero bastos conocimientos en medicina le permitían saber si el ritmo cardiaco, la respiración, o la temperatura corporal presentaban anomalías, y agradeció, que pasada una hora todo estuviera en orden. Odiaba los hospitales. Eso, y el festín de cuestionamientos por parte del personal médico para el que no estaba de humor.
Pasó el resto de la noche inamovible sobre el sofá, ojeando el papeleo implicado con el dichoso trato, que en sencillas palabras, se trataba de una fusión entre ambas empresas. Lo cuál no representaba necesariamente un problema para él. No habría despidos, recortes, ni nada por el estilo. Su rutina no se vería alterada, al menos, en lo que al trabajo se refería. Y era reconfortante pensar eso con semejante problema sobre el sofá de al lado.
Se levantó a las nueve de la mañana, domingo, con el sol inservible tras las nubes y sólo porque el estómago le rugía con la suficiente fuerza para despertar a un batallón de guerra americano. Caminó sigilosamente a la cocina, tomó un pote de macarrones con queso del día anterior que reposaba al interior del refrigerador y salió nuevamente a la sala sin siquiera haberlos calentado. Al cruzar el umbral de la puerta se encontró con la chica despierta, sentada sobre el sofá. Le daba la espalda, por eso no vislumbró la comprensible expresión confusa que se le formó en el rostro. Sasuke dudó un momento. Despertarse en un lugar extraño era una situación preocupante, pero hacerlo al lado de un extraño lo era aún más. Pero antes de decidirse qué hacer, ella volteó la cabeza hacia él, y sus ojos le atraparon en un silencioso escarmiento dubitativo. Eran verdes, como las hojas del limonero y como el sabor amargo que le recorría la garganta e impedía formular una frase que no fuese un insulto o una completa estupidez. Entonces ella se inclinó sobre el respaldo del sofá, con las frazadas cubriéndole la espalda.
-¿Te gustan las donas?- Inquirió de repente, cual niña pequeña preguntándole su color favorito al niño sentado a su lado en clase de inglés. Aún con la voz a medio quebrar y el rostro visiblemente demacrado no dejaba de tener cierto aire infantil que relajó un poco los nervios firmes de los que Sasuke tanto alardeaba. Se esperaba, realmente, una bofetada, un grito de espanto, un llanto repentino, un ataque de histeria, una recriminación por no dejarle cumplir su cometido.
-No.- dijo, a pesar de no tener una respuesta preparada, pues era verdad. Le desagradaba en demasía la comida dulce desde que, una noche de brujas, siendo él un renacuajo de meros cinco años había comido tal cantidad de caramelos que acabó con una indigestión que le dejaría marcado de por vida. La chica esbozó una expresión de asombro que duró sólo unos segundos, y no pasó desapercibida por Sasuke, para volver a la seca neutralidad de un rostro dormido. Se recogió sobre el sofá, abrazándose las piernas dónde él ya no podía verla más allá de unas cuantas hebras rebeldes que se alzaban ligeramente por sobre su cabeza. La de Sasuke iba a estallar si continuaba estático en la odiosa actitud de público mudo. Movió un pie tras otro en lo que dentro de su mundo era el recorrido de quizás un metro hasta los sofás, pero en el mundo real parecían los primeros pasos de un infante especialmente atrasado en la materia. Cuándo llegó a su destino lucía tan sereno como siempre y tomó asiento en el lugar donde había pasado la noche, madrugada y parte de la mañana.
La chica continuaba en la misma posición renuente, no parecía interesada en continuar la conversación con Sasuke (si es que a aquella patética pregunta podía definírsele de tal manera) ni mucho menos en preguntar como diablos había llegado ahí. Estaba obligado a comenzar él a hablar.
-¿No te preocupa saber cómo llegaste aquí?- Dijo, exactamente lo primero que se le cruzó por la mente. Las palabras volaron por la sala unos segundos en los que la chica no reaccionaba. Sólo cuando levantó la cabeza hacia él, las sintió desaparecer para dar lugar a la respuesta que ansiaba.
-Saber que estoy viva es suficiente información.- Respondió, con la voz tan traposa que no le habría extrañado oír como había engullido un octavo de mantequilla ella sola. Apoyó el mentón sobre sus brazos, quizás por mera educación, mirando hacia la misma nada como si ésta fuese tangible. Los pensamientos de Sasuke se detuvieron en la última frase dicha, con un eco ensordecedor hacia el resto del mundo, y enredó las manos sobre su regazo, impasible. Dejó los segundos correr suavemente junto a su respiración cada vez más profunda y relajada.
-Soy Sasuke Uchiha.- pronunció en un suspiro, casi con amabilidad, al momento que dejaba caer el peso de su torso sobre el respaldo del sofá, como si las veinticuatro horas en vela le saltaran encima. – Y apuesto mi brazo derecho a que no tienes a dónde ir, y si lo tienes, no estás interesada en volver. Por lo que vas a quedarte aquí.-Dijo en un tono que hacía parecer todo lo anterior dicho una sentencia inapelable.
La mirada fugitiva de la chica regresó al mundo material, con una expresión levemente sorprendida, dentro de lo inalterable que se había mostrado. Escudriñó la figura imponente de Sasuke, su cabello negro carbón, su piel pálida, su rostro imperturbable y extrañamente apesadumbrado. Se preguntó si solía mostrarse así en el día a día o se debía a su presencia y el problema que acarreaba dejarla allí.
-¿Quieres evitar mi muerte?-
Sasuke dejó a sus ojos volar, sin mirar hacia ningún lado en específico. Calló, pues estaba tan equivocada como en lo correcto.
