Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto.

Llevaba aproximadamente cuarenta y nueve horas sin dormir, y aún así, se revolvía entre las sábanas como si estas fueran trozos de lija lastimándole la piel.

La última vez que echó un vistazo al reloj despertador yaciente sobre su pequeña mesita de noche eran casi las once, pero había perdido la cuenta de los interminables segundos que permaneció después de eso observando el techo blanco cal de la habitación. Otra de sus manías: no dormir cuando se sentía aproblemado. Le había ocurrido a los quince, la noche anterior a rendir el examen de admisión para una de las más afamadas escuelas de la ciudad. Le había ocurrido a los dieciocho, en la misma situación, pero para entrar a la universidad, y en otro par de ocasiones que evitaba recordar.

Se sentó de un movimiento y encendió la luz de la lámpara. No tenía opción. Caminó hasta la puerta y se quedó allí unos segundos, con la mano posada sobre el frío metal de la manilla. Estaba decidido a tomar algo para conciliar el sueño, pero no había un solo medicamento en el lugar. Los odiaba. Una consecuencia de su aversión a los hospitales. Salió de igual manera, pues algo de té podía ayudarle también.

La puerta se abrió con un chirrido que rompió el silencio amordazador de la sala de estar. Reinaba una penumbra abrumadora que habría provocado escalofríos en cualquiera, más no en Sasuke Uchiha. Sabía el camino lo suficientemente bien como para evitar una bochornosa caída a mitad de la noche en un lugar del cuál se decía dueño, amo y señor, pero aún así topó con la punta de los dedos una superficie dura cual trozo de madera, a la velocidad de un paso semi violento, como los que él solía dar en su vida cotidiana. Soltó tantas maldiciones recordaba, en el año y pico meses que llevaba residiendo el lugar jamás había cometido tal torpeza, y estaba tan seguro de su capacidad para retener en la memoria algo tan simple como la posición de un cúmulo inanimado de muebles que caminó directo al interrumptor de la luz. El cuarto salió al instante de la oscuridad, y pudo constatar que había dos sillas fuera de lugar, una culpable de haber dañado su precioso pie, y otra inexistente.

Pocos segundos fueron suficientes para armar una conjetura sobre que rayos había ocurrido, e instintivamente corrió al balcón.

Se recriminó las nulas precauciones que tomó; era obvio que la chica lo intentaría a penas encontrara la oportunidad. Y era tan fácil como abrir el ventanal con marcos de madera e insonoros de caoba, y sus doce pisos sobre el asfalto, dónde los autos transitaban.

Ni siquiera podía culparla. En ningún momento le aseguró que no volvería a hacerlo. De hecho, se mantuvo el resto del día quieta y silenciosa, como si de un adorno de porcelana se tratase, sobre el sofá, y a Sasuke le entraba su presencia por los ojos: pequeña y delicada. Por eso, gastó más del tiempo necesario sopesando qué, cómo y cuándo dirigirle la palabra

Saber que estoy viva es suficiente información.

La tenue luz que el sol había aportado a la tarde, se fundió con el horizonte grisáceo, y el día se marchó junto a cualquier oportunidad de cruzar un par de palabras, además de la silenciosa muestra que le dio sobre la habitación dónde iba a hospedarse, sin más conversación que el sonido de sus pasos marchándose a través del pasillo hacia su propio cuarto.

Abrió de par en par las puertas de madera que chocaron estruendosamente contra el concreto y vio con alivio que estaba equivocado. Aunque no del todo, pues ella si estaba allí, reposando sobre la silla fugitiva, con la vista hacia la postal del abismo, el mismo que Sasuke tanto apreciaba cada vez que el trabajo no le hostigaba. Parecía que la gente, el ruido, y las luces formaran en conjunto una completa obra de arte.

La chica pegó un casi imperceptible salto de impresión, pero más allá de eso no mostró signo alguno de sentirse perturbada ante tan escandalosa intromisión. Sasuke se acercó con la sangre subiéndole a la cabeza, y apoyó ambos antebrazos sobre la superficie fría de la baranda. Fijó tal como la chica la vista hacia el frente, buscando aquella nada que sólo ella podía admirar.

-creí que lo intentarías de nuevo.- pronunció a los breves segundos, dirigiéndole una mirada llena de alivio. Omitió a propósito palabras como "suicidio" o "muerte", francamente, le provocaban escalofríos. La chica respondió observándole de reojo unos instantes.

-No estoy tan demente como para que mi última voluntad sea meterte en problemas con la policía.- Dijo, con algo parecido a una sonrisa surcándole los labios.

Sasuke imitó el gesto, aunque más autentico.

-Gracias por eso.- Respondió. Observó el cielo tan negro como gris, atestado de nubes tapando la visión privilegiada que se tenía de las estrellas desde aquel lugar, aún cuando la contaminación lumínica era un problema en la enorme metrópolis donde residía. Sintió el típico viento tibio y fuerte que corre previo a una lluvia inminente, y reparó en el atuendo de la chica. Lucía tal cuál la había encontrado hacia una noche, precaria para el clima, más ignoraba este hecho olímpicamente. No tiritaba, ni tenía la piel de gallina. Cuando la vio cerrar los ojos en una ventisca especialmente fuerte, pensó que tal vez, lo estaba disfrutando.

El cabello rosa de la chica se alzó hacia atrás, y recordó, vagamente, los interminables árboles de cerezo que cubrían el parque más grande la ciudad, dónde solía celebrarse anualmente el Hanami, al que asistió cada año hasta los once.

-¿Tan incómoda es la cama para que prefieras arriesgarte aquí a salir volando?- Inquirió él, al momento que la pálida luz que les iluminaba desde la sala de estar desaparecía de un segundo a otro. Sasuke viró levemente hacia tal lugar, y volvió momentos después a la posición en la que se encontraba anteriormente, restándole importancia al asunto. La chica se limitó a observar las luces de los edificios contiguos apagarse uno a uno y oír los chillidos e improperios que exclamaba la gente ante predecible apagón.

-Tanto como una cama de clavos.- Respondió ella sin inmutarse.

Sasuke la observó alzando una ceja. La oscuridad le impedía rebuscar entre la marea brava de sus ojos verdes.

-¿Has dormido en una cama de clavos?- Dijo

Recibió una negativa en lenguaje kinésico.

-Pero si en una de hospital, que es prácticamente lo mismo.-

Sasuke sopesó en si era ella consciente de la cantidad de preguntas que se atiborraron en su mente con esa simple frase. Movió la cabeza de lado a lado. Exigir respuestas parecía algo totalmente fuera de lugar, primero, por la mirada deshecha que la muchacha dedicaba a todo lo que entrara en su campo visual, y segundo, porque no le había dado un espacio en el apartamento para saciar su curiosidad.

Dejó vagar la vista por lo que parecía un lugar, hasta, desolado. La absoluta oscuridad, el incesante sonido de las bocinas en la acequia, los gritos y maldiciones de sus vecinos, y la extraña compañía de la pequeña suicida.

La observó con una ínfima sonrisa.

Sasuke no era alguien que apreciara regularmente el mundo más allá del papeleo que cubría cada mañana su escritorio. Ni saliera a festejar bajo cualquier pretexto los viernes por la noche, ni siquiera alguien que diera los buenos días.

Pero, por algún motivo, detuvo el mundo en la fluorescente cabellera rosada de la chica, y cayó en un hecho que había obviado todo ese tiempo.

-Sakura…- Murmuró, más para si mismo. Recibió la mirada ágil y visiblemente asombrada de la muchacha.- Voy a llamarte Sakura, ya sabes, por el cabello y todo eso.- comentó con su típico tono desinteresado. Puso una de sus enormes y cálidas manos sobre la maraña rosa, sin recibir respuesta más allá del asombro tallado en piedra sobre su rostro.- a menos que prefieras "La loca del puente".

Dijo, revolviéndole levemente el cabello y devolviendo su mano hacia la superficie fría y polvorienta de la baranda. Escudriñó otro poco la figura a su lado, mientras ella bajaba la vista , con la expresión neutral que le había acompañado las últimas veintidós horas casi del todo compuesta.

-Sakura suena bien.- Dijo en un susurro, que de haber sido pronunciado durante un momento menos silencioso, habría sido imposible oír.

Sonaba correcto, como abrigo en días fríos.

Su mirada vacilante salpicó de fotograma en fotograma, hasta llegar a un punto brillante en la mano pálida de Sasuke. Arrugó levemente el ceño, con toda la extrañeza que su aturdida mente pudo acumular.

-¿Estás casado?- Inquirió, señalando con el dedo índice el anillo dorado que rodeaba el anular de su interlocutor. A simple vista, y con toda la oscuridad que les rodeaba, parecía tan costoso como el apartamento junto a todos los muebles que yacían dentro. Sasuke lo observó con un deje casi imperceptible de desdén y se lo quitó al instante.

-No. Era de mis padres.- Respondió.- oro sólido de veinte quilates, adornado con esmeraldas indúes, rubíes importados desde el norte de áfrica, diamantes rusos…- enumeró, cual lista de supermercado. Sakura le observó atentamente. Era en todos los sentidos valioso para alguien aferrado a un mundo pequeño.

De pronto, alzó su mano hacia el vacío y lo dejó caer.

A los pocos segundos, desapareció entre el ir y venir de los automóviles, diminutos desde la distancia donde se encontraban.

Elevó ambas manos, vacías, sobre la mirada atónita de la recién bautizada Sakura.

-Y ahora no vale nada.-

Sasuke dio media vuelta y salió dando un leve portazo tras de sí.