INFANCIA EN ESTAMBUL.
Atención: Los personajes que aparecen en este capítulo no son míos... Por desgracia T.T.
Tintin (c) pertenece a la editora Moulinsart. Ezio Auditore (c) pertenece a Ubisoft.
Capítulo beteado por: Dark-Karumi-Mashiro. ¡Un abrazo!
Moulinsart, afueras de Bruselas, Bélgica, Invierno de 1930.
Tintin desayunaba una rica sopa de verduras que Néstor, el mayordomo del Capitán Haddock, le había servido. Era un frío invierno en el campo belga y la nieve adornaba el paisaje, haciéndole evocar a Tintin el paisaje de los Montes Urales que había observado en su primer viaje a Rusia.
No obstante, también el paisaje le evocaba una serie de recuerdos que hundían al joven en la más grande de las nostalgias y en la más grande de las vergüenzas a la vez.
De repente se paró junto a él el mero dueño de la casa y, con curiosidad, le preguntó:
- ¿En qué estás pensando, Tintin?
El castaño claro salió abruptamente de sus pensamientos y, volviéndose con una sonrisa hacia su anfitrión, le respondió:
- No es nada, capitán. Simplemente me estaba acordando de mi viaje a Rusia hace un par de años.
Haddock le miró con suspicacia. Tintin no era un buen mentiroso cuando estaba junto a él, su mejor amigo. Podía ver claramente con sus ojos que el chico estaba pensando en algo más que en Rusia, y eso era porque el chico se ponía así en todos los inviernos, al menos desde que lo conoció.
Y fue entonces que se aventuró a decirle lo que siempre le había querido preguntar:
- Grumetillo, cualquiera diría que estás mintiendo.
- ¿Disculpe?
El capitán suspiró y se apartó del joven; a pocos metros de la mesa, el pelinegro se volvió y fue directo al grano:
- Tintin, te aprecio mucho como el gran amigo que eres y no me gusta entrometerme en tus asuntos personales, pero me gustaría saber un poco más de ti.
Tintin lo miró con extrañeza y añadió:
- ¿Saber un poco más de mi?
- Sí… En resumen… Ehmmm… Bueno… ¿Tú… tú eres huérfano… O tienes familia? ¿Dónde están tus padres? ¿Por qué no están contigo?
El joven palideció.
Le habría sido fácil responderle que él era huérfano, que no conocía a sus padres y asunto concluido, pero eso sería mentirle a su mejor amigo.
Al ver al muchacho titubear, Haddock le dijo en tono serio:
- Estás titubeando. Eso significa que estás ocultando algo.
- Capitán… Yo… Yo… ¡Dios! Yo no… No quiero hablar de eso.
Dicho esto, el joven se retiró, dejando a Haddock sumamente intrigado.
¿Acaso tocó sin querer un tema que el joven prefiere mantener oculto? De ser así, ¿sería posible que fuera un pasado vergonzoso y triste?
Tintin estaba sentado en el jardín con Milú a su lado.
¡Dios, tan pronto el capitán le lanzó la pregunta más temida de toda su vida!
Nadie le había hecho esa pregunta, jamás, ni siquiera sus enemigos; había pensado que todos habían dado por sentado que era huérfano debido a que no hablaba del pasado. Era más fácil para él olvidar, dejar atrás ese lazo que lo une a un mundo que detestaba con toda su alma y que le reprimía hasta morir a pesar de que, de alguna manera, estaba representada al mudarse con el capitán sin decirle a nadie por seguridad.
Era más fácil para él olvidar que él tuvo una infancia cuyos pocos recuerdos felices fueron aquellos en donde estaba presente esa persona que, a pesar de no estar unido a ella consanguíneamente, fue su figura materna.
Miró entonces a su perro; éste parecía decirle que el capitán tenía una justa razón de preguntarle eso. De hecho, la pregunta era prácticamente un llamado a enfrentar el pasado del que no puede escapar tan fácilmente.
Se levantó del banquillo y se dirigió hacia la mansión para buscar al capitán, quien en ese momento se hallaba sentado frente a la chimenea leyendo el periódico en su estudio. Estando en la misma pieza, el joven se acercó a su amigo y se sentó frente a él.
- Capitán – llamó.
Haddock apartó el periódico y le preguntó:
- ¿Sí?
- Bueno… Respecto a lo que me preguntó…
- ¡Oh, no te preocupes, grumetillo! – dijo el viejo lobo de mar con despreocupación – Vi que te incomodé.
- No, capitán, usted tenía razón de preguntarme. Y por respeto a usted, creo que es justo respondérsela.
- Tintin, eso no es necesario si no quieres.
- Lo es… Créame que sí.
Y tras dar un largo suspiró, el joven empezó a evocar esos recuerdos enterrados del pasado al mismo tiempo que empezaba su relato:
- Lo primero que usted debe saber, Capitán… Es que mi verdadero nombre no es Tintin…
:: Flashback::
Estambul, Turrquía. 1919.
El muecín empezó a cantar la oración de la mañana. Los fieles se inclinan en dirección a la Meca, la ciudad sagrada del Islam desde los tiempos de Mahoma y ahí, a pocos metros de su entrada, un hombre vende sus artesanías a los visitantes que pasaban desde distintas direcciones. Una mujer pasa junto a él y mira de reojo el producto que ofrece. La mujer compra un pequeño collar de jade adornado con plata; tras pagarle al vendedor, la dama se aleja discretamente hacia el centro de la ciudad, en donde se concentra las actividades económicas y sociales de la ciudadanía turca.
En el mercado se veía de todo, desde carne hasta fruta; una gran variedad de productos hechos en casa, con amor o con miras al comercio. Era sin duda alguna uno de los sitios en donde se puede ver un mar de interculturalidad sin tener ese odioso prejuicio característico de otros lugares de la Europa de la Posguerra.
Más allá del mercado, una pequeña sombra saltaba los techos de las casas; detrás de ella, un grupo de hombres con sus alfanjes en mano trataron de darle alcance para recuperar un valioso objeto.
- ¡Capturadle! – gritaba uno de ellos - ¡No debe escapar!
La sombra, que resultó ser un niño de 12 años, miraba burlonamente el esfuerzo del grupo por intentar capturarlo; con gran agilidad, el niño saltó con un varo que tenía en mano el techo de la siguiente casa para correr hacia la punta e intentar saltar al otro lado. Sin embargo, el siguiente techo estaba fuera de su alcance.
Fin del camino.
No era lo que esperaba, pero si quería salir del problema con vida, tendría que improvisar. Los hombres lo rodearon sin ninguna escapatoria; ¿saltar del techo con la posibilidad de morir? Si moriría, sería con la conciencia tranquila y con el pensamiento de que pudo haber devuelto la bolsa a su legítimo dueño… Que no era aquél tipo del alfanje.
- ¡Ajá! – exclamó uno de los hombres -, ¡no podrás escapar de mis manos, rata callejera!
- ¿Todo esto por una simple bolsa? Amigo, tendrás que perseguir a alguien más con un motivo mejor que una tonta bolsa de diamantes robados.
- ¡Cállate!
El hombre se iba a lanzar encima del chico, mas éste, decidido a cumplir su noble tarea, saltó. El hombre del alfanje, temiendo que haya muerto el chico con todo y su bolsa de diamantes, acechó.
- ¡Maldito mocoso infeliz!, exclamó el hombre para sus adentros.
Logró escapar… Y de una manera astuta.
Bajaron de la terraza y comenzaron a buscar al joven con la bolsa de diamantes; sin embargo, no sabían los ladrones que el pequeño fugitivo se había disfrazado hábilmente como una niña musulmana y que se había deslizado entre las personas para desaparecer de la vista de sus perseguidores para siempre.
Lord James Clayton, representante de la Corona Británica en Turquía, miraba exasperado a su hijo Alexander James Clayton, de doce años; Razú, uno de los guardias del sultán, se lo había llevado al consulado británico al hallarlo en plena calle disfrazado de niña musulmana.
Según el jefe de la guardia, el niño había participado en un incidente relacionado con el robo de los diamantes del visir Abdallah Al-Mouk, primer ministro del sultán; el visir estaba muy agradecido con el pequeño por la audaz recuperación de esos diamantes y le pidió a Razú que, de su parte, le dijera al cónsul que le esperaba en la noche para cenar, ya que quería charlar más amenamente con el muchachito.
Para James y Sarah, no obstante, el menor de sus tres hijos era un verdadero dolor de cabeza; desde que había cumplido los cinco años, Alex había empezado a aventurarse más allá de los muros que dividían las residencias familiares y la calle, surgiendo en él un comportamiento subversivo inusual para un niño criado en la "casta privilegiada", la misma aristocracia moribunda que aún ejercía cierto poder social sobre el pueblo.
Los orígenes de ese comportamiento subversivo parecían radicar en la ausencia del calor materno de Sarah y la atención paterna de James; como toda dama de sociedad, Sarah Greystoke era una mujer cien por ciento dedicada a las fiestas de sociedad y al chismorreo con sus amigas de la misma clase social. Para ella, sus tres hijos eran solamente unas monedas de cambio para costearse sus gustos caros, convirtiéndose en una madre desnaturalizada.
En cuanto a James, éste estaba sumamente ocupado todo el día con toda clase de asuntos, desde los diplomáticos hasta los familiares. Nunca tenía tiempo para sus hijos pero sí para su madre, lady Virginia Clayton-Adler, quien fuera la matriarca de la familia Clayton.
Como consecuencia, sus hijos parecían convertirse en lo que él llamaba "pequeños monstruos"; Marcus, de 18 años, era todo un donjuán alcohólico que solamente se preocupaba por sí mismo. En cambio, Geoffrey, de 15 años, era un auténtico engreído, prepotente y ambicioso; a pesar de ser el mediano de los tres hijos, ansiaba para sí el título de lord Clayton destinado a su hermano mayor por tradición familiar.
Ninguno de los dos hermanos mayores se soportaban mutuamente, llegando al grado de agredirse físicamente cada vez que podían; en cuanto a su relación con Alex, ninguno de los dos tenía consideraciones para con él. Siempre le trataban mal por ser el único de los tres en "fraternizar con el enemigo", por no decir que tenía amplio carisma y amistad con la gente de otros niveles sociales.
A pesar de los malos tratos, Alex siempre lo terminaba por encararles y contestarles de manera argumentativa e inteligente que aquello no era asunto de ellos, sino que era suyo y nada más suyo, y al término de dicha respuesta o les daba un puñetazo en el ojo o simplemente con una sonrisa les mostraba el dedo corazón.
Esas situaciones eran sin duda alguna los claros ejemplos de la falta de amor maternal y paternal que imperaba en la familia. No obstante, Alex, siendo el más sensible de los tres hijos, había llenado su ansia de amor maternal en otra persona: Su nana, Magda Poniatowskya.
Magda era una bondadosa mujer de 48 años que había sido contratada por los Clayton al nacer Alex, ya que la nodriza anterior había sido acusada de robo por parte de Sarah. Viuda y de origen polaco, Magda era una persona de gran sabiduría a pesar de su edad; ella tuvo diez hijos, pero todos fallecieron a causa de una epidemia de cólera, dejándola sola en el mundo.
A diferencia de sus hermanos, Alex la trataba con enorme cariño, ya que si había alguien a quien acudir en busca de consejo, era a ella a quien siempre recurría luego de las constantes discusiones con sus hermanos o con sus padres. Si había alguien a quien recurrir cuando tenía miedo o cuando tenía una pesadilla, era a la viuda polaca a la que siempre acudía, ya que su voz dulce y tierna le transmitía tranquilidad y sosiego.
Ella le narraba historias sobre magos, brujos, príncipes encantados, serpientes mágicas y lugares embrujados. Pero si había una historia qué elegir como favorita entre aquellos relatos, era sin duda alguna la historia del Águila Florentino, un glorioso personaje que defendía a los reprimidos y a los débiles con valentía y que lideraba a un nutrido grupo de valientes conocido como la Hermandad de los Asesinos.
Así mismo, ella le instruía sobre las propiedades medicinales de algunas plantas así como el respeto, el amor, el cariño y la dignidad de las personas.
Magda era, literalmente, la que le había mostrado que la vida estaba más allá de las fiestas de alta sociedad, la hipocresía de sus miembros y la negación de la pobreza; por ella, él conoció ese último aspecto y, a diferencia de sus homólogos de la clase social, francamente no le tuvo miedo, sino que lo aceptó como algo que en cualquier momento le podría tocar.
Había visto con sus propios ojos, desde la edad de ocho años, cómo las familias obreras luchaban por sobrevivir; cómo los niños de su misma edad eran explotados vilmente en las fábricas por dueños ambiciosos; cómo las madres le daban el calor materno que él jamás recibió de la suya propia.
Calor que solo Magda pudo otorgarle, algo que lo hacía distinto de los demás niños de su condición social.
- ¿Te das cuenta del problema que pudiste haber ocasionado al participar en ese incidente, Alex? – le preguntó el cónsul con furia - ¡¿Te has dado cuenta alguna vez que estuviste a punto de arriesgar las relaciones entre nuestra patria y Turquía por un incidente como ese?
Alex lo miró con extrañeza y le respondió:
- ¿Arriesgar relaciones? ¿Cuáles?
Lord Clayton estuvo a punto de jalarse los cabellos.
¿Acaso el chamaco era un cabeza dura o qué?, pensó el hombre mientras que Sara, su esposa, miraba al niño con frialdad inmutable.
- ¡POR DIOS, YA NO SOPORTO MÁS ESTO! – gritó el par inglés.
Se volvió entonces hacia su mujer y, a grito tendido, le reclamó:
- ¡TODO ESTO ES TU JODIDA CULPA!
- ¡¿Mi culpa? – se defendió la mujer muy sorprendida.
- ¡SÍ! ¡TUYA Y NADA MÁS! ¡POR TU CULPA ESTE CRÍO ESTÁ COMO ESTÁ!
Luego se dejó caer en el sillón y, con voz quebrada, añadió:
- ¡¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho para merecerme esto?
Magda y Alex, quienes observaban silenciosamente aquella escena, se miraron mutuamente; luego, en tono respetuoso y tranquilo, Magda le preguntó a su patrón:
- Señor… ¿Puedo… Puedo llevarme al niño a su habitación?
Lord Clayton hizo una seña con su mano, indicándole que tenía la autorización para hacerlo.
Magda, con un asentimiento de cabeza, se dirigió a Alex y le dijo:
- Venga, joven Alex. Vayamos a su habitación.
- Sí, nana.
Ambos, cogidos de la mano, se retiraron de la habitación ante la mirada inmutable de Sara, quien, luego de verificar que ambos estén ausentes de la sala, se acercó a su esposo y le reclamó indignada:
- ¿Cómo te atreviste a insultarme así en frente de la sirvienta y de nuestro hijo, James? ¡Me humillaste sin razón alguna frente a ellos!
- ¿Disculpa? – le replicó con sarcasmo su esposo – Yo no me paso todo el maldito día en medio del chismorreo con esas vacas gordas a las que llamas "amigas" y de fiesta en fiesta mientras que la nodriza se está rompiendo el alma lidiando con los niños todo el día.
- ¿Qué no es ese su trabajo, James?
James la miró lleno de sorpresa y de indignación.
¿Cómo puede ser tan cínica?, se preguntó el hombre. ¿Cómo podía esa mujer ser tan cínica y tan fría luego de lo que acababa de suceder?
- Por Dios que a veces pienso que fue un error el haberme casado contigo, Sara. Y Magda… ¡Je! ¡Es un milagro que tenga mucha paciencia para lidiar con esos tres monstruos a los que me diste por hijos!
- ¡James!
Lord Clayton se levantó y se dirigió a la ventana para reflexionar sobre su situación; luego se volvió hacia ella y, con determinación, le comunicó:
- Iremos todos a la cena con el visir… Pero mañana Alex se irá a Londres a retomar sus estudios en Saint Mount Michel junto con sus hermanos.
- Pero James… Debes tener en cuenta que ya le han expulsado de esa escuela dos veces. Incluso recuerdo que el director había dicho que no quería volverle a ver en su vida luego de ese penoso incidente en que casi el chico De La Mountain iba directo al hospital.
- Pues no me queda de otra, Sara. Saint Mount Michel es una de las mejores escuelas que tiene el país; ¡generaciones de Clayton han estudiado allá! Y no estoy dispuesto a permitir que el honor de la familia se manche por las locuras de un crío rebelde.
- Pero Alex no es cualquier crío rebelde, James – espetó la mujer con molestia -. Es cierto que tal vez sea mi culpa por no prestarle la suficiente atención, pero a veces siento que esa nana polaca que contrataste influye de manera sorprendente en nuestro hijo…
- ¡OH, CARAJO, ¿VAS A EMPEZAR OTRA VEZ CON ESA IDIOTEZ? – alzó la voz lord Clayton, nuevamente al borde de la furia - ¡Por Dios, Sara! ¿Qué demonios tienes en contra de esa pobre viuda?
- ¡¿Pobre viuda? ¿Desde cuándo defiendes a una sirvienta…?
- Cuidado, Sara – gruñó James mientras tomaba a su mujer fuertemente de la muñeca -. Esa "sirvienta", como tú le llamas despectivamente, ha soportado en los últimos 12 años a nuestros hijos y ha estado cumpliendo con tareas que tú evades eficazmente con tus estúpidas excusas.
- ¡¿Estúpidas excusas?
- ¡Sí, estúpidas excusas tales como pasear con la esposa del jeque o tomar el té en la terraza con algunos de esos capitanes del ejército con los que siempre coqueteas! ¡Je! Al menos Magda merece un poco de mérito por el hecho de que se tomara la bendita molestia de aguantar los caprichos de nuestros hijos.
- Pero al fin y al cabo, señor – replicó la mujer mientras se soltaba bruscamente del agarre de su esposo -, es una sirvienta. No es una igual, es una mujer de clase inferior a la nuestra…
- Y aunque lo sea, esa mujer es una viuda de más edad que tú y yo, y por lo tanto merece ser tratada con respeto.
- ¡¿Respeto? ¡Pero si eso es lo que menos inculca en nuestro hijo menor!
- Corrección, querida: Es lo que intenta inculcarle de manera insistente y con paciencia… Algo que a ti jamás se te ha dado por hacerlo.
Dicho esto, el par inglés se retiró de la sala, dejando a su mujer muy consternada y enojada.
- ¡No y no! ¡No quiero irme a Londres con mis hermanos! – exclamaba Alex mientras aporreaba su pie en el piso - ¡No quiero ir!
- ¡Pues irás lo quieras o no, crío necio! – exclamaba lord Clayton muy desesperado.
Magda observaba al padre y al hijo pelearse por algo que era demasiado inminente.
Lord Clayton había decidido que el niño regresara a Inglaterra a retomar sus estudios en la misma escuela de donde fue expulsado; si por el rector del internado Saint Mount Michel fuera, se negaría rotundamente a aceptar nuevamente al hijo rebelde del caballero, pero éste le recordó los numerosos favores que le había hecho su familia tras su reelección como dirigente del Partido Laborista años atrás.
Aquello obligó a sir Sidney Leslie a considerar la petición de lord Clayton y admitir por tercera y última vez al pequeño.
- ¡TE IRÁS A INGLATERRA Y ASUNTO CONCLUIDO!- alzó la voz el exasperado hombre.
Alex se quedó sin objeciones.
Con lágrimas en los ojos, salió corriendo del despacho del cónsul; Magda, conociendo el carácter difícil del diplomático, le dijo:
- Iré a preparar las maletas del joven Alex, si es que no necesita algo, señor.
La mujer estuvo a punto de retirarse, pero el cónsul la detuvo al decirle:
- Espere, Magda. Quiero hablar con usted.
La nodriza se volvió y, con una pequeña reverencia, le preguntó:
- ¿Sí, señor?
El cónsul, quien se hallaba sentado en su escritorio, se levantó y, acercándose a Magda, le preguntó:
- ¿Usted qué cree que deba hacer para que mi hijo deje de comportarse así?
- ¿Señor?
- Magda… Usted le conoce mejor que yo, incluso usted sabe más que él que mi propia esposa. He visto que él le escucha más que mis otros hijos a pesar de sus escándalos y sus pataletas, e incluso que él escucha sus sermones y correcciones después de cada locura que hace.
- Señor… Es un niño, y los niños no deberían de estar encerrados entre las cuatro paredes. Necesita jugar, hacer amigos, interactuar con otros de su edad… Eso es lo que Alex quiere por lo que he observado.
- ¿Y por qué demonios no hace eso en la escuela? ¿Por qué no juega con los que están en Saint Mount Michel o con los hijos de los cónsules?
Magda suspiró.
Sabía que había llegado el momento en que ella tendría que explicarle al cónsul de manera detallada lo que realmente el pequeño quería. Preparándose mentalmente para una confrontación, le dijo estas palabras:
- Señor, el niño no se siente a gusto con los de su misma clase social. Cuando he dicho que quería hacer amigos e interactuar con otros de su edad, me refería a aquellos distintos a su clase social.
- ¡¿Qué?
- Sí, milord. Alex no es un niño común y corriente; en mi experiencia como nana jamás me ha tocado un niño de naturaleza cálida, curiosa y aventurera como él. Ni siquiera sus hermanos son así. Tal vez Marcus y Geoffrey sean contestones, groseros, majaderos e irrespetuosos con cualquiera, pero Alex es un niño dulce, sensible y tierno que usa la rebeldía como una protesta por la falta de atención de su madre y de la suya a la par de explorar el mundo más allá de las convenciones sociales… Y esa personalidad, milord, es muy rara de encontrar en los niños de su misma condición social. Si quiere, puede preguntarle a toda la servidumbre como el niño les trata. Prácticamente todos se sienten más a gusto con él que con sus hermanos.
Lord Clayton se quedó asombrado ante las palabras de la viuda.
Ésta añadió:
- Tal vez considere mejor hablar con él y dejar de lado sus diferencias. Lo único que él quiere es su atención, su afecto y un poco de tiempo de calidad, al menos con usted, ya que su madre…
- No querrá dedicárselo.
- Así es, milord. No importa cuántas veces le mande usted a una escuela costosa o a alguna propiedad de su familia, Alex siempre encontrará la forma de poder salir de esas cuatro paredes y explorar el mundo con sus ojos, hacer amigos de otras clases sociales, principalmente los de la clase baja, ya que son con los que tiene mayor afinidad en cuanto a personalidad.
- Dios…
- Entiendo que tal vez la aristocracia no acepte esa actitud como propia de sí, pero creo que él tiene proyectos de vida distintos a los que usted y su esposa quieren para él.
Lord Clayton no sabía qué decir al respecto.
Alex poseía cualidades que solamente la propia Magda había sido capaz de alentar a que se desarrollaran y él, como su padre que era, no las quiso ver hasta ese momento. Y ahora que estaba enterado de ello, se dio cuenta de que el asunto le rebasaba.
Se dirigió entonces a la ventana para observar la vista de Estambul y, volviéndose nuevamente hacia la nana, le dijo:
- Por lo que veo, usted tiene una influencia enorme sobre él, tal y como mi esposa me advirtió.
- No, señor. Yo no influyo en él para nada. Esa personalidad se ha forjado por sí sola sin mi ayuda conforme pasaban los años. Tal vez para usted haya sido mi error el dejar que esa personalidad se desarrolle, pero pienso que es lo mejor para el niño.
- Tal vez tenga razón, Magda, pero mi esposa no lo ve así… En fin, creo que aún así lo enviaré a Saint Mount Michel para que termine sus estudios con sus hermanos. Ya luego hablaré con él.
- Sí, señor.
- Puede retirarse, Magda. Después de que le prepare a Alex su equipaje, puede irse a descansar.
- Gracias, señor.
Con una reverencia, la polaca abandonó el despacho del cónsul, dejando a éste hundido en sus pensamientos… Y sin saber que su hijo menor había escuchado toda la conversación desde el otro lado de la habitación.
- No quiero ir, nana – decía el pequeño mientras Magda preparaba su equipaje -. No quiero ir a esa estúpida escuela a verles la cara a esos hipócritas.
- Debes de ir, Alex – decía la mujer con serenidad -. Tal vez ahí siempre logres hacer amistad con algún hijo de aristócrata.
- ¿Pero y mis amigos, Magda? Mis amigos de Estambul no saben que pronto me iré. Debo avisarles…
- No tendrás que hacerlo… Porque te vas de aquí esta noche.
El niño alzó la mirada.
Magda sonrió con tristeza.
La nana polaca conocía las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, pero amaba a Alex como a un hijo salido de su vientre. Ella misma había dejado que el chico pudiera desarrollar libremente la personalidad que poseía y que tal vez perdería una vez que esté en el ambiente represivo característico del colegio a donde lo enviaban.
Alex le había referido varias veces que en ese colegio lo maltrataban por pensar diferente a los de su misma condición social respecto a las personas de los demás estratos sociales, especialmente los pobres. Incluso varios maestros intentaron doblegar su naturaleza humana y rebelde para imponerle la visión aristocrática sin éxito alguno, valiéndole la expulsión y el frecuente enfrentamiento con su padre y con los demás mayores que él.
Por esa razón ella decidió sacar a Alex del edificio esa misma noche: Para liberarlo de un ambiente al que él en realidad jamás había pertenecido en el corazón y en el alma, sino que más bien era de los suyos, de los reprimidos por esa misma clase social.
La mujer se acercó a Alex y, con lágrimas en los ojos, le susurró:
- Te quiero mucho como si fueras mi hijo, Alex. Siempre te quise y siempre te querré… Y es en nombre de ese cariño que decidí que te irás de aquí esta misma noche.
- Nana…
- Mi niño... He intentado hacerle comprender a tu padre que tú eres algo más que un simple crío rebelde. He intentado hacerle comprender que tú vales tu peso en oro, que tú posees cualidades que ni tus hermanos tienen y que son mucho más valiosas que un apellido ilustre. Tú posees un alma guerrera, Alex. Lo puedo ver en tus ojos y en tu espíritu.
- Nana.
Ambos se abrazaron y lloraron.
Alex sabía lo que trataba de decirle su nana.
Sabía que ella le estaba ayudando a salir de los muros del consulado por última vez… Para no regresar jamás.
La mujer entonces sacó de su bolsillo una carta y un dije, y, entregándoselo al preadolescente, le dijo en voz baja:
- ¿Recuerdas la historia del águila que te conté hace un par de noches?
- Sí…
- Bien… Porque si alguna vez te topas con un hombre que lleve este emblema – y le mostró el dije – y lleve puesta una caperuza oscura…Le entregarás la carta y te irás con él.
- ¿ Y tú, nana? ¿Qué harás?
- Mi lugar es aquí, mi niño. Mi lugar es aquí… Pero el tuyo está ahí, afuera, con la vida, con la gente. Mi tiempo en este mundo algún día terminará, pero el tuyo apenas comienza… Así que, cuando me vaya de tu habitación, esperarás una hora, ¡una hora!, y saldrás por la ventana. Una vez afuera… serás libre de ir a donde tu alma, tu espíritu y tu corazón te lleven. Serás libre como el águila volando con el viento.
- Nana…
- Adiós… Hijo mío.
La mujer entonces le dio un beso en la frente y lo abrazó por última vez.
Aquella separación era muy dolorosa para ambos, pero Magda sabía que era lo mejor para el pequeño Clayton; sólo rogaba que el niño se topase con quien ella le había referido para que se fuera lejos de Estambul y no pisar la ciudad hasta que hayan pasado los años.
Secándose las lágrimas de sus ojos, la polaca salió de la habitación, dejando a Alex en la más profunda de las conmociones…
Y con la bendición de una madre guardado en el corazón.
- Adiós… Mamá.
- Mamá…
Alex abrió los ojos y se incorporó.
Tras varios días de estar caminando por las calles de la gran ciudad de Estambul por las noches y resguardándose durante el día con sus amigos de la clase baja, el niño finalmente había abordado un barco para trabajar como ayudante del carbonero.
Era un trabajo pesado, pero Alex le echaba todas las ganas del mundo para aprender a ganarse el pan de cada día.
Acechó por la claraboya; la Luna estaba en su esplendor iluminando con su tenue luz las aguas por donde el barco navegaba. Hacía un par de horas que habían salido de Estambul con destino a Siria, en donde el pequeño aventurero bajaría y se internaría en las muchedumbres del país musulmán en busca de aventuras.
Abrió la puerta del camarote que compartía con otros dos marinos y se fue a cubierta.
Tenía las ganas de respirar hondamente el olor a la libertad que le fue concedida por su propia nana; aquello pudo haberle extrañado en un principio, pero Alex sabía la razón por la que ella le había ayudado a escapar.
Porque ella sabía, y tenía razón al decirlo, que él no pertenecía a la clase privilegiada más que por el apellido.
Habrá habido muchos exploradores provenientes de la clase alta, pero Alex era único en el sentido de que él había conocido con sus propios ojos la dura realidad fuera de las paredes de una verdadera jaula de oro. Por decirlo de otra manera: El chico había visto la lucha diaria de las familias que buscan salir de la pobreza con el trabajo, esfuerzo y dedicación que un aristócrata nunca haría ni aunque cayera en desgracia.
Y lo que es más: los niños de las demás clases sociales tenían ciertas libertades que el hijo de un aristócrata jamás tendría ni en sus sueños a pesar de tener todo lo demás a su disposición… Y una de esas libertades era la elección de las amistades, libertad que Alex defendería con fiereza si en algún momento su padre lo hallara.
Siempre era una tradición en las familias aristocráticas que los hijos eligieran bien a sus amistades del mismo círculo social sin salirse de ello; así, nunca se podría ver al hijo de un par inglés trabar amistad con el hijo de un pepenador, de un vendedor de especias o con el hijo de un sastre. La simple cuestión de que todos los mencionados son de clase social inferior hacía que el aristócrata los mirase con otros ojos más que con los de alguien que exige ser servido sin servir.
Se acercó a la orilla de la proa y, cerrando los ojos, aspiró con todas sus fuerzas el agradable olor del mar; luego observó la enorme Luna que se cernía en la bóveda estrellada celestial y empezó a evocar con sus pensamientos a su querida nana.
Temía que la pobre mujer sufriera las consecuencias de haberle ayudado a escapar de su hogar por última vez; no obstante, juró que si las cosas se calmaban, regresaría a Estambul a buscarla y alejarla de su familia.
De repente se volvió y, como si se tratase de una visión, se puso a observar con detenimiento a aquella figura que estaba a varios metros de él; por un momento pensó que podría tratarse de uno de los marineros, pero cuando vio a otra sombra acercarse sigilosamente detrás de él con lo que parecía ser un fierro en la mano, gritó:
- ¡CUIDADO!
La figura se volvió y se apartó justo a tiempo a su agresor, quien intentaba golpearle con el varo de metal; Alex, dispuesto a ayudarle, corrió hacia ellos y se abalanzó encima del sujeto con tal de intentar arrebatarle el fierro, pero el tipo lo tiró al suelo, exclamando al mismo tiempo que alzaba su mano con el fierro para golpearlo:
- ¡Maldito mocoso!
Sin embargo, algo increíble pasó: El hombre seguía de pie, alzando su mano. A juzgar por la mueca que hizo, el tipo empezó a sentir dolor…
Y cayó muerto al instante.
Alex, quien se encontraba un poco atontado por la caída, miró hacia el rostro de su salvador y susurró:
- Dios mío…
Frente a él había un hombre encapuchado; éste no podría tener más de 40 años, su rostro estaba cubierto por unas barbas grisáceas oscuras y tenía una expresión serena. Sus ropas eran casi de color negro a excepción del cinturón, que era de un color rojo claroscuro con una insignia…
¡¿Una insignia?
Alex se levantó con ayuda del hombre, quien le preguntó:
- ¿Estás bien?
Alex asintió con la cabeza muy sorprendido; luego se llevó una mano hacia uno de los bolsillos de sus pantalones y sacó de ahí la carta con el medallón, los cuales entregó al hombre.
Éste enseguida reconoció el medallón e inmediatamente desdobló la carta para leerla.
Mentore:
Un enorme saludo afectuoso en primer lugar.
He escuchado que estarías por algunos días en Estambul, así que quise aprovechar la oportunidad para enviarte en tu presencia al portador de esta carta para que lo tomes bajo tu protección. El portador es el chico del que os he hablado hace un par de años; su nombre es Alexander Clayton y tiene en estos momentos 12 años.
Ten por seguro que él no te decepcionará, puesto que en su corazón lleva grabado varias enseñanzas mías que, espero, puedan ser completadas con el entrenamiento adecuado de un Asesino.
Dios lo bendiga.
¡Vittoria Agli Assassini!
Tu servidora,
Magda Poniatowskya.
El hombre se volvió hacia el chico, quien lo observaba con sus expectantes ojos azules.
Alex pensaba por un momento que aquello era un sueño, aunque el dolor en su nariz le daba a entender que no era así; sin duda alguna se hallaba ante la presencia del legendario Ezio Auditore Da Firenze, el Águila de Florencia.
Magda le había referido muchas hazañas sobre él, incluyendo el levantamiento de Roma contra los Borgia, la llamada "Gran Familia del Crimen" y líder de los Templarios.
Ezio, por su parte, observó al chico con detenimiento.
Conocía a Magda desde hacía varios años y no hace mucho tiempo ella le había referido muchas cosas sobre su pequeño protegido, incluyendo sus habilidades de caminar y correr por los tejados sin miedo y sus ideales de proteger a los débiles de cualquier forma posible.
Y la mujer no se había equivocado al darle tales referencias.
Había observado que el chico no dudó en ese momento de poder enfrentarse a alguien mayor que él con tal de evitar que saliera mal herido o muerto; a pesar de tener un cuerpo enclenque, poseía una flexibilidad impresionante para resistir las caídas aunque fueran de sorpresa.
Sonrió y le dijo:
- Así que Magda te envió, ¿no es verdad?
- Sí – respondió el chico muy sorprendido -. ¿Cómo…?
Ezio se echó a reir y, poniéndole una mano en la cabeza del muchachito, añadió:
- Ella y yo somos amigos desde hace mucho tiempo… Y no se ha equivocado al hablarme mucho sobre ti.
- ¿En serio? ¿E-ella le habló de mí?
El hombre asintió sin dejar de esbozar una sonrisa.
- ¡Vaya! – exclamaba el niño - ¡No sabía que ella le conociera en persona! Es decir… Ella me contó historias sobre usted hace un par de noches, y realmente usted es mi inspiración…
- Ezio. Llámame Ezio... Alex.
- Bien… Ezio.
Ambos sonrieron y volvieron sus ojos hacia el mar iluminado por la tenue luz de la Luna, la misma que guiaba a dos grandes viajeros hacia Siria…
Hacia Masyaf.
:: Flashback ::
Tintin abrió los ojos y se volvió hacia el capitán Haddock, quien estaba sumamente sorprendido por el relato que acababa de escuchar de la boca del joven reportero de 23 años. Milú, el pequeño Fox Terrier, dormía en el regazo del barbudo pelinegro.
- Mil rayos y centellas – susurró Haddock -… Creo que no debí preguntarte eso, grumetillo. Perdóname por hacerte recordar cosas que no que-
- No, capitán – interrumpió el joven -. Perdóneme usted a mí por ocultarle esto. Es que… Dios… Esto nadie lo sabe más que aquellos que pertenecen a la Hermandad, sus familias, y ahora usted. Realmente pude haberle dicho esto antes, pero comprenda usted que no es fácil mantener mi vida privada bajo el agua.
- En este caso, muchacho… Te prometo no decir ni pío de tus conexiones con los Asesinos ni mucho menos tus orígenes. ¡Mil rayos y centellas, que me parta un rayo si un día me emborracho como una cuba y suelto lo que me has confiado!
Tintin sonrió y abrazó a su gran amigo efusivamente.
El joven de cabellos castaños rojizos sabía que le estaba confiando al capitán una información muy valiosa sobre sí mismo que, en dado caso de que sus enemigos la encontrasen, entonces pondría a todos sus amigos en serio peligro, ya que estarían bajo la mira de los Templarios.
Buenas noches a todo el mundo; aquí les dejo con el primer capítulo de un fic que hace rato que quería publicar, pero lo dejé que primero lo leyera mi gran amiga Dark-Karumi-Mashiro para que me diera el visto bueno como mi beta reader ^_^.
Sé que es muy largo, pero espero que sea del gusto del lector, aunque diré que varios de los fans de Tintin podrían lincharme porque estoy matando su infancia al crossoverearlo con Assassin's Creed, pero hay que ser honestos señores: Hergé no le dejó pasado, así que, al igual que un montón de escritores de Fanfiction, decidí inventarle un pasado, aunque éste tiene miras de ser medio épico.
En fin, nos veremos en otro capítulo.
Vicka.
