Buenas noches, gente!

Aquí les caigo con un nuevo capítulo de este crossover que lo tengo medio abandonado. Ya mero llega el final de esta historia (serás los dos o tres últimos capítulos que suba), así que disfruten de esta nueva entrega.

Vicka.

P.d. Tintin pertenece a su creador Hergé.


PRESENTE II:

LA TEMPLARIA Y LA ASESINA.

En una celda del antiguo castillo de Targoviste, Sara Clayton Rastapopoulos miraba con desprecio a Sofía Sartor, la viuda del Ezio Auditore Da Firenze; ésta la miraba desafiante, muy dispuesta a arrancarle los ojos en la primera oportunidad de que Sara se acercara para agredirle.

La razón de aquella tensión no estaba de más: Para Sara, Sofía era la mujer del asesino de Mircea, uno de sus hijos favoritos a quien ha llorado más que a nadie en el mundo, y la madre del nuevo líder de la Hermandad, cuyo nombre era completamente desconocido para los Templarios, especialmente para Rastapopoulos, su amante.

No obstante, Sofía la miraba desafiante por una razón distinta, aunque no por eso no bajaba la guardia y la compadecía por su tremenda incapacidad de sentir un verdadero amor maternal y no un amor incestuoso como el que tenía con Mircea.

La miraba desafiante porque sabía muy en su interior que aquella mujer era la madre natural de Alex, su hijo adoptivo. Podría decirse que, a pesar de ser madre, no sentía ni el menor cariño hacia los hijos que tuvo de su primer matrimonio con James Clayton; por lo tanto, el hecho de que se encontrara con que Alex, su hijo menor, era el nuevo líder de la Hermandad, tal vez no le produciría ni el menor de los remordimientos ni el mayor de los rencores.

Incluso no le causaría esa clase de reacciones si se enterara también de que Marcus era un Asesino en calidad de agente infiltrado. Simplemente le produciría el placer de ver morir a su propia sangre a manos de los hombres de su amante, tal y como la mujer sádica y cruel que era.

- Sofía Sartor – le dijo la mujer.

- Sara Rastapopoulos – le saludó la pelirroja.

- Pensaba encontrarme con una típica viuda que aún llora la muerte de su esposo y una angustiada madre preocupada por el futuro de sus hijos… Especialmente de aquél que es el nuevo líder de los Asesinos. Veo que me he equivocado al respecto.

- Oh… Es una lástima haberte decepcionado, Sara… Pero comprendo el dolor que es el perder a alguien que amas.

Sara sintió rabia al escuchar las últimas palabras y estuvo a punto de agredir a Sofía, pero una voz exclamó:

- ¡Basta ya!

La mujer se forzó a detenerse y, volviéndose hacia su amante, le recriminó:

- ¡Esta maldita mujer me ha ofendido, Niklas! ¡Ha insultado la memoria de nuestro hijo!

Rastapopoulos, el líder de los Templarios, se echó a reír de puro gusto y le replicó:

- La señora Sartor no te ha ofendido, mujer. Ni siquiera ha insultado la memoria de Mircea… Simplemente ofreció sus condolencias.

Sara rechinó los dientes y salió intempestivamente de la celda seguida de sus damas de compañía. Rastapopoulos, por su parte, se acercó a Sofía, quien le sostenía la mirada con firmeza y, dándole la reverencia, le dijo:

- Lamento el tremendo espectáculo que dio mi mujer, signora Auditore. Está dolida aún por la pérdida de Mircea.

- Eso es lo que veo… Señor Rastapopoulos. Y comprendo bien su dolor.

- Sí… Lo sé. Para alguien que ha amado a un venerable adversario como su señor marido, que en paz descanse, es muy natural sentirse así… Pero para alguien tan estúpida como Sara, ese dolor no es más que una pizca de lo que realmente siente al respecto.

Sofía examinó a Rastapopoulos en base a sus últimas palabras.

La que fuera la librera de Estambul no se había equivocado al percibir en el líder templario una enorme frialdad respecto a la muerte de su hijo mayor. Dicha frialdad parecía indicarle que el hombre conocía el secreto mejor guardado de su amante.

- Usted sabía que Mircea y Sara mantenían una relación incestuosa – se aventuró a decir la viuda de Ezio.

Rastapopoulos, con una sonrisa, comentó:

- Veo que no se le escapa una, señora Auditore.

- Sólo hice una suposición, señor Rastapopoulos.

- Pero aún así debo reconocer que usted es astuta al igual que su fallecido esposo…

El que fuera el conde de Gorgonzola intentó tocar una mejilla de Sofía, pero ésta apartó inmediatamente su rostro. El hombre, sin sorprenderse de aquél acto de desprecio, le dijo:

- Usted es toda una señora, Sofía. El despreciar mi contacto demuestra que usted es la digna viuda de un rival sumamente formidable como Ezio… Y una digna madre del nuevo Mentor, según mis fuentes. Es una lástima que usted no quiera decirme el nombre de su hijo mayor…

- Creo que eso no será necesario una vez que le conozca, Rastapopoulos.

Asintiendo con la cabeza, el líder templario se retiró de la celda, no sin antes dar las siguientes instrucciones:

- Vigílenla. Esta mujer es algo más de lo que aparenta ser… Y no la lastimen. La quiero entera para cuando localicemos el Orbe. ¿Entendido?

- Sí, señor – respondieron los guardias.

Satisfecho, Rastapopoulos se retiró del lugar mientras que Sofía, con la cabeza en alto, se sentaba en el banquillo con una opresión en su corazón.

Hijo mío… No tardes, rogó con el pensamiento la mujer.

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Sara estaba sentada junto a la ventana de sus habitaciones. Con el pensamiento enfocado en vengar la muerte de su hijo-amante Mircea, intentaba pensar en cómo convencer a Rastapopoulos para que matara a Sofía.

Aquella mujer de cabellos rojos era sumamente orgullosa y había sabido cómo sostenerle la mirada sin miedo a la muerte; cualquier individuo que hiciera eso en su lugar pagaría caramente las consecuencias, pero eso, al parecer, no le importaba en absoluto a la viuda de Ezio Auditore. De hecho, no comprendía cómo era posible que Niklas se había puesto de parte de ella cuando debió haber permitido que le diera al menos una bofetada.

Era comprensible que tal vez el nuevo líder de los Asesinos quisiera ver a Sofía sana y salva, y por eso su amante no le dejó lastimarla. No obstante, no podía evitar pensar en que Rastapopoulos tal vez había puesto sus ojos en Sofía… Y eso constituiría una amenaza para su posición dentro de la Orden Templaria.

Rogó que no sea lo que estuviera pensando, pero de ser así… Ordenaría entonces a sus más fieles sirvientes que la asesinaran cuando sea el momento.

- Veo que estás celosa de nuestra invitada… Madre.

La mujer se volvió y, con rabia, replicó:

- ¡Te he dicho mil veces que no me llames así, Marcus!

El heredero de los Clayton, con sarcasmo, le inquirió:

- ¿Ni siquiera en privado?

Y se rió de burla al ver la mirada de odio que le dedicaba su propia madre natural, quien exclamaba con lágrimas en los ojos:

- ¡Eres insufrible! ¡Tan insufrible como tu padre!

- Oh… Gracias por la comparación, madre. Me halaga que me compares con mi padre.

- ¿Qué es lo que quieres?

- ¿Yo? Bueno… Decirte un hola y adiós. Solo vine a eso… Y a decirte cuánto lamento mucho la pérdida de mi medio hermano… Perdón, de tu querido Mircea, a quien lloraste más que a mi hermano pequeño cuando desapareció.

La mujer se llevó las manos a la cabeza.

Su hijo pequeño… La causa de su ruina social dentro de la alta sociedad y del profundo odio que le profesaba su hijo mayor y su familia política.

¿Cómo olvidar ese día? ¿Cómo olvidar el hecho de que el niño se había ido de aquella jaula de oro sin dejar nada de pistas sobre su paradero? ¿Cómo olvidar a aquél hijo que retaba su autoridad y la de su ex marido de manera formidable y sin miedo a las consecuencias?

¡Ah, terrible conciencia! La conciencia le remuerde, le marchita, le devora.

Aquél niño que era una moneda de transacción más a cambio de los lujos que poseía con los Clayton se había convertido en su maldición, en su dolor mortal, en la daga que punzaba su corazón.

Era la muestra de su incapacidad y de su nulo instinto maternal.

- ¡LARGO! – rugió de rabia - ¡FUERA DE AQUÍ! ¡LARGO!

Marcus no pudo evitar sonreír ante el efecto que había causado en Sara.

No podía verla sin hacerla sufrir, sin recordarle cada instante a Alex; era la forma de hacerle pagar por los años de orfandad voluntaria que había soportado desde siempre y de su desinterés descomunal en su bienestar y el de sus hermanos, especialmente de Alex.

Con una reverencia, se retiró de las habitaciones, no sin antes decirle:

- Por cierto… Niklas me envió a decirte que si intentas atentar contra la vida de nuestra invitada, que responderás con tu vida seas o no la responsable directa. No quiere… ¡Je! ¡No quiere pensar en lo que el nuevo Mentor de los Asesinos le haría a Vlad y a Derek!

Inmediatamente abandonó la estancia… Dejando a Sara caer en la más terrible de las agonías.

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Sofía bebía su sopa en grandes sorbos ante la mirada de Marcus, su hijo adoptivo. Éste se había encargado de aniquilar a los guardias que vigilaban la celda e introducir a dos Asesinos para ocupar su lugar mientras que otros tres vigilaban que nadie estuviera cerca.

Agradecida, abrazó a su segundo hijo adoptivo y le preguntó:

- ¿Qué sabes de tu hermano?

- Está en camino hasta acá, madre – le respondió el varón con una sonrisa -. Y no viene solo.

- Debe tener mucho cuidado, Marcus. Rastapopoulos podría saber que vendrá de un momento a otro.

- Lo sé… Pero sabes bien lo necio que es mi hermano al respecto.

Sofía rió quedamente mientras le entregaba el plato a su hijo mayor, quien lo guardó en una vieja bolsa. Luego, tras unos segundos de silencio, Marcus le comentó:

- Me enteré que esa mujer estuvo a punto de agredirte.

- Hijo mío…

- No quiero que te pase algo, madre. No quiero que Sara intente lastimarte sólo porque Rastaopoulos puso sus asquerosos ojos en ti. De hecho, mandé decir a mi hermano de tu confrontación con ellos.

- No te preocupes por mí, Marcus. Puedo manejar mi tensión con Sara.

- Pero aún así no quiero que esa mujerzuela te lastime. Podrá ser mi madre natural, pero para mí y para Alex tú eres nuestra verdadera madre. La única que se hizo cargo de él siendo un niño y la única que me aceptó como soy.

Sofía puso una mano en la mejilla de su hijo adoptivo y, con una sonrisa, le dijo:

- Tú y Alex han hecho que mi vida y la de Ezio fuera mucho más feliz… Y ahora no habría nada más feliz que volver a verles a ustedes cuatro juntos.

Marcus tomó la mano de su madre y, con ternura, le dio un beso en señal de respeto.

- No te fallaremos, madre – aseveró el mayor de los Auditore mientras se incorporaba para irse -. Le hemos prometido a padre que cuidaríamos a ti, a Marcello y a Flavia antes de que falleciera… Y lo vamos a cumplir cabalmente.