Disclaimer: Los personajes de JK no me pertenecen. Ésto es muy simple y sencillo de entender: si fuesen míos yo sería rica y no haría éstas cosas por amor a su arte. Fin.

Aclaración: Este fic participa en el Reto Hogwarts a través de los años del foroLa Noble y Ancestral Casa de los Black. El reto consiste en escoger un personaje de las cuatro generaciones y escribir una viñeta sobre cada uno de ellos. Por tanto sí, ésto es una serie de viñetas. Los personajes escogidos por mí han sido: Alphard Black, Regulus Black, Theodore Nott y Scorpius Malfoy.

Espero que os guste/entretenga.


I - Alphard Black

Alphard Black había leído que en el mundo existían muchos tipos de serpientes distintas. Grandes, pequeñas, blancas, verdes, rojas, venenosas… Eran tantos los tipos, que le costaba entender por qué en aquel enorme colegio, en una casa como Slytherin, con tantos alumnos de distintas edades, solo existían víboras llenas de veneno, dispuestas a matar a todo aquel que no fuese de su especie.

A veces, cuando escuchaba aquellos horribles discursos de Abraxas Malfoy sobre la importancia de mantener impoluta la pureza dentro de su apreciada casa, se preguntaba si, tal vez, cabía la posibilidad de que entrasen muchas especies distintas de serpientes en Slytherin que luego eran devoradas, consumidas lentamente por las más grandes y fuertes, que se imponían con sus prejuicios y amenazaban a cualquiera que se atreviese a llevarles la contraria.

Alphard pertenecía a esa clase dominante de serpientes que abusaban de las pequeñas culebras y las instaban a convertirse en verdaderos reptiles depredadores. Pero nunca se había sentido como tal. Era, en su opinión, un pez fuera del agua. Tanto en su casa como en su familia. Se había criado con los ideales más conservadores del mundo mágico, y aún así seguía pensando que todo aquello de la pureza no era para tanto.

Los pensamientos arcaicos, pensaba, no ayudaban en nada a la evolución social. Y Alphard Black nunca había sido partidario de estancarse en el pasado, sino de mirar hacia el futuro.

Pero él no era un valiente Gryffindor, poseedor de las agallas suficientes para levantar la voz en medio de una conversación y explicar sus argumentos contrarios en público, con firmeza y seguridad, acatando de buenas a primeras todas las consecuencias que ello podía conllevarle. Él era un astuto Slytherin, con la inteligencia suficiente para saber cómo guardarse las espaldas. Por eso, tal vez, había adquirido fama de ser alguien callado e introvertido, que prefería no ser partícipe de los debates políticos ni de las charlas conjuntas.

Él era un ser independiente, retraído, que gozaba de leer asolas y no se juntaba con ningún grupo ni pertenecía a ningún tipo de club. Prefería ser un individuo solitario a formar parte de una masa de serpientes tan heterogéneas como corrosivas.

Alphard solo se atrevería en dos ocasiones a lo largo de su vida a desafiar a el resto de serpientes, poniendo así en peligro su propio estatus como tal. La primera fue aquel día en el pasillo del segundo piso.

Él volvía de su clase de transformaciones. Aquella asignatura no era de sus favoritas, pues nunca había tenido el más mínimo interés en esa disciplina, pero Alphard tenía fama de buen alumno, y pese a su desinterés en la materia intentaba aplicarse lo suficiente para que no disminuyera su nivel académico. Recordaría siempre aquel momento, poco después de dar las cinco de la tarde, cuando se topó con su hermana Walburga en el pasillo.

Los ojos encendidos en ira de la chica, la varita en mano y las mandíbulas en tensión, apuntando a un alumno de Hufflepuff. Un muchacho que no debería tener más de once o doce años.

Alphard observó la escena, vio a su hermana, rabiosa, con el genio que la caracterizaba y que tantas veces incluso él había temido. Parecía que fuese a matar a aquel chico.

—¡¿Qué ME HAS DICHO, ASQUEROSO IMPURO?! —Bramó.

El Slytherin tragó saliva, no por miedo hacia su hermana, sino temiendo por el destino de aquel chico. Walburga era inteligente, no lo mataría, pero le haría pasar la peor tarde de su vida. No sabía que había sucedido entre ellos, aunque supuso que sería una minucia. Cuando se trataba de temas de sangre, incluso un mero "hola" por parte de algún "impuro" era suficiente para sacar de quicio a la Black.

El chico estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared del pasillo. Temblaba de miedo. Alphard sintió que aquello no era justo, que Walburga era mucho mayor y más poderosa, y que lo más probable es que no tuviese nada en contra de aquel muchacho más que su condición de sangre. ¿Por qué, entonces, debía comportarse así? Alphard no era ningún defensor de los hijos de muggles, pero tampoco les deseaba ningún mal. Le daban igual, le eran indiferentes. Jamás le habían hecho daño a ninguno de sus seres queridos, y jamás lo habían molestado a él ¿por qué odiarlos?

En aquel momento, Alphard Black no vio a ningún impuro, solo vio a un niño aterrado y a su hermana de diecisiete años apuntándolo con la varita. En aquel instante, Alphard Black se olvidó de todos sus miedos, de las serpientes y de la sangre, agarró su varita y gritó:

—¡Expelliermus! —Y la varita de Walburga cayó al suelo.

Walburga quedó tan consternada, que su pasmo le sirvió al chico Hufflepuff para escapar de sus garras. La mayor de los Black miró a su hermano con odio. Y con las mandíbulas apretadas, arrastrando las palabras, siseó:

—¿En qué narices estabas pensando?

—En que no quiero que a madre le de un infarto cuando expulsen a la inconsciente de su hija por una rabieta infantil —mintió, respondiendo con total frialdad.

Walburga abrió la boca para contestar, pero se contuvo. Alphard sabía muy bien como camuflar sus verdaderas intenciones. Era una serpiente pequeña y sigilosa que sabía pasar por venenosa pero no tenía ni una gota de líquido tóxico en su interior. Walburga le contestó, iracunda:

—Te arrepentirás de esto, hermanito.

Solo una vez más Alphard se atrevió a desafiar a las grandes y venenosas serpientes, a las más grandes de todas: las de su familia. Y una vez más, fue desafiando a su hermana Walburga. Pero cuando Alphard le dejó todos sus bienes en herencia a su sobrino Sirius, ese que tendría el valor que él jamás poseyó para enfrentarse a todos los reptiles de aquella familia. Entonces supo, con certeza, que no: jamás se arrepentiría.


Criticas, tomates, bombas y amenazas de muerte se aceptan vía Review. Gracias.