Capítulo 2: ¿Delirio o lucidez?
No sé qué pasó exactamente, pero cuando logré despertarme había perdido completamente la noción del tiempo, estaba diluviando y, al parecer, aún era de noche. Me incorporé aparatosamente, estaba empapada y me dolía la cabeza a horrores; decidí emprender la marcha hacia mi casa, pues sabía que como mínimo tendría que estar dos días en cama.
Mientras caminaba, me dediqué a observar todo a mi alrededor para así poder sacarme de la cabeza lo sucedido aquel espantoso día, sin duda, el peor de mi vida. Todo estaba sumido en una oscuridad absoluta, la única iluminación era el resplandor de la Luna a ratos, cuando las voluminosas nubes de tormenta se lo permitían. Dejé atrás la propiedad Uchiha, fue entonces cuando escuché un sonido detrás de mí que claramente no provenía de mis ruidosos pasos sobre los charcos del empedrado camino.
Me giré rápidamente, pero no vi nada, tal vez por mi borrosa visión después del mareo. Continué con pasos indecisos y algo tambaleantes, me encontraba muy mal y no sé porqué desde hacía un rato tenía la sensación de no estar sola. De un momento a otro, un escalofrío me recorrió el cuerpo provocando que de repente me desplomara pero, por suerte, no caí. Unos brazos lo evitaron agarrándome por la espalda seguidos de una conocida voz que envolvió todos mis sentidos.
—Tienes fiebre—notificó fríamente un individuo alto que me sostenía entre sus ejercitados brazos.
No le pude distinguir el rostro, veía fatal por no decir directamente que no veía nada, pero eso sería exagerado. Aún así, esa sensación era inconfundible e imposible de olvidar, yo sólo tuve fuerzas para susurrar confundida su nombre...
—Sasuke-kun...—Las lágrimas comenzaron a brotar en mis ojos deslizándose a borbotones por mis mejillas.
Él se mantuvo pasivo y en silencio mientras me alzaba para cogerme en volandas. Empezó a caminar pausadamente, creo que en dirección hacia mi casa. Iba chorreando, al igual que yo.
¿Qué hacía allí si supuestamente estaba muerto? Quizá yo deliraba, pero no me importaba si eso me permitía estar junto a él. Ya hacía varios años que no lo veía, la última vez fue a los 16, edad en la que luchó casi a muerte contra Naruto antes de decidir que jamás volvería a la villa y que continuaría ejerciendo de vengador hasta el final de su existencia; decisión que nunca fue aceptada por su mejor amigo. Aparentemente había crecido, aunque no lograba verle el rostro debido a la oscuridad de la noche y a la poca ayuda que me ofrecía su flequillo sombreándole la mayor parte de la cara. Miles de preguntas afloraban en mi mente, pero la más importante se apropiaba de todo mi ser...
¿Qué estaba pasando?
Bueno, en realidad eso ahora no era lo más importante siempre y cuando aquel instante no finalizara nunca.
—¿Qué hacías tan lejos de casa?—indagó autoritariamente rompiendo el silencio mientras me miraba fijamente con aquellos ojos negros penetrantes tras haberse detenido frente a mi hogar.
—No lo sé... —admití desviando la mirada, impresionaba demasiado.
—No has cambiado nada, sigues haciendo cosas sin sentido—sentenció en su habitual tono, entre borde y frío, depositándome en el suelo— ¿Puedes tenerte en pié?—añadió mientras me contemplaba de arriba abajo, debía de tener un aspecto lamentable.
Sin pensármelo dos veces me dispuse a abrir la puerta, pero las manos me temblaban mucho por el frío que me producía tener la ropa mojada aferrándose a mi cuerpo, así que no atinaba a meter la llave en la cerradura.
—Aparta—ordenó secamente tras liberar un suspiro ante mi torpeza mientras me arrebataba la llave. A pesar de que estaba mojado de pies a cabeza, sus manos mantenían el calor, no como yo... Abrió la puerta y se me quedó mirando esperando a que yo reaccionara, al darme cuenta, entré en casa un tanto presionada por su mirada y encendí la luz del recibidor.
—¿Te encuentras bien?—formuló casi por cortesía tras ver mi rostro a la luz sin retirar aquel característico tono de voz—Tienes mala cara—agregó.
—Sasuke, pensaba que estabas muerto, ¿qué cara quieres que tenga?—pregunté desde el umbral de la puerta algo molesta y entre leves sollozos—Llevo años sin verte, un buen día me sueltan que te han reconocido como ninja renegado y hoy me llega la noticia de que has muer... —El Uchiha me silenció depositando su dedo índice sobre mis labios. Acto seguido, me pegó un pequeño empujón para apartarme de la entrada y así poder él introducirse también en el edificio; cerró la puerta.
—Todo tiene una explicación—comentó mientras deslizaba su mano por mi mejilla, después de haberse situado en frente de mi, liberándola de todas las lágrimas que la habían invadido.
—Sasuke... —murmuré con voz quebrada agachando un poco la cabeza mientras depositaba mi mano sobre la suya. Mi intención era retirar su extremidad de mi rostro, pero no fui capaz; la sensación que me producía era demasiado agradable, pese a que a cualquier otra persona le hubiera transmitido frialdad e intranquilidad, a mi me infundía calma y paz interior.
Lo había añorado tanto durante todo este tiempo, lo había pasado tan mal y había sufrido tanto desde su ida y, sobre todo, desde su supuesta muerte, que todavía no podía creerme que estuviera aquí, conmigo. Él me miraba profundamente con aquellos orbes que te consumían, era como si pudiera ver a través de mí, me encantaba aquella mirada; me hipnotizaba. Sin venir a cuento retiró su mano de mi cara.
—Si continúas así, lo único que vas a conseguir será ponerte peor—afirmó dirigiendo su mirada hacia mis pies para observarme nuevamente de abajo a arriba, sin modificar aquella expresión seria que aconsejaba ofrecer respeto.
Yo estaba empapada, tenía frío, temblaba y las piernas me flaqueaban. Normal, pensé, llevaba todo el día sin comer y estaba completamente mojada, a eso, sumarle que el clima ya aguardaba al frío, principios de octubre concretamente. No entendía nada: después de tanto tiempo fuera de su hogar, al cual había renunciado ejerciendo como criminal o asesino o lo que sea que hubiera estado haciendo durante estos últimos años, vengador en general, lo ponen como un renegado de alto potencial y se da la orden de asesinarlo. Muere, y...
¿Ahora está aquí? ¿Se estaba quedando conmigo? No... Mi mente me estaba jugando una mala pasada, o al menos eso pensaba yo.
—Cámbiate y acuéstate—imperó abriendo la puerta.
¡Estaba dispuesto a irse otra vez! Tanto si era un delirio, la opción más probable teniendo en cuenta mi situación, o como si era la mismísima realidad, no iba a permitirlo. No hasta que me explicara qué estaba sucediendo, porque si era un sueño no quería despertar, pero tampoco quería que me tomaran el pelo; no otra vez.
Le cogí del brazo débilmente y éste, al percatarse de mi agarre, iba a pegar el tirón, pero al parecer se lo pensó dos veces y se giró con cierta prepotencia.
—No... no vas a irte, no hasta que... que me ex...expliques que está pa... pasando— vocalicé o, mejor dicho, hice intento de ello ya que el castañeo de mis dientes, primeros síntomas de hipotermia, no me permitía hablar con claridad.
Hizo amago de fruncir el ceño, no obstante, supo mantener su semblante serio y sereno.
—No estás en condiciones de que te explique nada, tampoco tengo porqué hacerlo, así que haz el favor de quitarte esa ropa antes de que cojas una pulmonía y de olvidarte de mí para siempre—dijo fríamente con cierto tono dominante saliendo por la puerta.
Esas palabras acabaron de destrozarme ¿Más de lo que estaba? ¿Era eso posible? Sí, sí lo era. No tuve fuerzas para pronunciar una sola cosa más, ya no sentía ni tristeza, ni dolor... ni nada. Sólo un vacío colosal en mi interior, era lo único que me quedaba; el vacío. No...no quería. No podía venir como si nada y largarse nuevamente, no quería que volviera a irse, no podía dejarlo ir... Gasté mis últimas fuerzas en aquel desesperado grito.
—¡Llévame con...tigo!—Al finalizar me quedé sin aire y sin nada.
Pude ver como continuaba alejándose en la oscuridad sin inmutarse y me desplomé, ya me era imposible mantenerme en pié. Las lágrimas continuaban aflorando en mis ojos, yo estaba extendida en el suelo del recibidor sobre aquel charco de agua que habíamos dejado los dos a causa de nuestra empapada indumentaria.
Cualquier intento de incorporarme era en vano, estaba entumecida por el frío y mi vista se nublaba cada vez más.
...
Percibí el sonido de unos pasos que al andar hacían ruido sobre los numerosos charcos producidos por la lluvia. Distinguí una silueta al otro lado de la puerta entreabierta, era él. Volvió a introducirse dentro de la casa, se agachó y me tocó la frente, seguidamente, hizo una leve mueca; pues no se caracterizaba precisamente por expresar sus emociones. Me acogió nuevamente entre sus brazos y cerró la puerta.
—Sakura, tienes que cambiarte.—Me aconsejó con un leve tono de preocupación subiendo las escaleras que había junto a la entrada.
No estaba excesivamente nervioso, mantenía la calma, su temperamento me infundía tranquilidad… ¿Era el remordimiento lo que le había hecho volver? Tal vez eran imaginaciones mías, pero por un momento noté como si quisiera estrecharme contra su pecho, aún así no lo hacía; supongo que por miedo a que yo cogiera más frío puesto que él estaba como una sopa. Entramos en mi habitación, él se dirigió al aseo y cogió aparatosamente una toalla, ya que aún cargaba conmigo. La puso extendida sobre la cama y, acto seguido, me situó a mí encima de ésta. Se dirigió hacia la puerta y antes de salir me miró.
—Quítate esa ropa—ordenó cerrándola a su paso.
—Pro...prométeme que no te vas a ir—tartamudeé haciendo amago de levantarme.
No obtuve contestación alguna así que obligué a mi propio cuerpo a incorporarse y, tras lograrlo, intenté levantarme de la cama, pero me caí sobre ésta; lo repetí varias veces hasta que al final mi cuerpo obedeció. Me dirigí a la puerta con pasos flaqueantes para abrirla pudiendo ver a Sasuke desparecer por la entrada del baño que había en la planta inferior.
Volví a cerrarla más calmada y fui hasta el aseo que había en el interior de mi dormitorio. Una vez allí, tras desvestirme, abrí el grifo del agua caliente y me situé bajo el teléfono de la ducha; al contacto con el cálido líquido mi cuerpo se desentumeció y comenzó a dejar de sentir los síntomas de la hipotermia. Así está mucho mejor, pensé. Cuando acabé, extendí el brazo en busca de la toalla, al no palparla, recordé que estaba sobre mi cama, de manera que fui en su búsqueda.
Tras secarme, me vestí con mi habitual indumentaria, por si acaso, cogí el peine del tocador y comencé a peinarme. Mientras me desenredaba, observé el reloj que estaba situado sobre el espejo; marcaba más de las doce, prácticamente la una de la madrugada. Decidí salir de la habitación y bajar hasta el recibidor donde se abría paso el corredor que conectaba todas las habitaciones de la casa. Las luces estaban apagadas, no podía ser, se había ido.
Fin del cap!
