Cualquier ropa fue considerada un impedimento, toda caricia en la piel recién expuesta se recibió con un gemido ahogado que ninguno quiso guardar para sí. Las gruesas manos del maestro, ásperas del tiempo, ondulaban las caricias al guiarse por sus costillas y repasaban impunemente cualquier retazo de piel que se ponía a su paso, queriendo memorizar un cuerpo que se deshacía bajo el suyo.

El cuerpo de su mentor lo arropó de repente cuando cayó sobre él, tras haberle hecho zancadillear y acabar sobre el colchón a propósito; Obi-Wan procuró que el gemido de sorpresa de su padawan muriera contra sus labios y así lo consiguió.

La cama de Kenobi era ahora un enredo de sábanas, de extremidades inferiores que se retorcían sinuosamente y de manos que se lanzaban ansiosas a tocar, pellizcar o apretar. De vez en cuando, presas de las ganas, clavaban las uñas en la carne, esperando anclarse allí todo el tiempo que se les permitiera.

Porque Anakin, con su impertinencia de crío mimado y sus sonrisas risueñas, esas que obnubilaban a Obi-Wan hasta hacerle sentir mariposas en el estómago, como si fuese un adolescente repleto de hormonas, se había convertido en una necesidad tal como respirar.


Las noches previas a una salida, Anakin se dejaba hacer pasivamente bajo la atenta mirada de su maestro, que luchaba por guardar cada expresión de placer que se dibujaba en su rostro, conservando grabada con más intensidad, desde que habían comenzado con esto, aquella mueca posterior a sentirlo dentro suyo.

Su padawan cerraba los ojos y fruncía el ceño, sopesando aquella mezcolanza de dolor y placer que recorría cada nervio de su cuerpo mientras sus labios se apretaban, volviéndose una fina línea, sin poder evitar con ello que ciertos gruñidos incongruentes escaparan de él.

Se tensaba siempre sin quererlo, hasta que Obi-Wan besaba sus labios con un cariño impropio al deseo que segundos antes los corroía y le acariciaba el pelo, susurrándolo de manera calmada que no quería hacerle daño y que debía tranquilizarse si quería que fuera así.

Kenobi se introducía enteramente, de manera pausada y con suavidad, mientras besaba tiernamente a su padawan y articulaba frases dulces contra su oído, de nuevo sentimentalismos que nacían y morían con ellos en aquella habitación.

Entonces comenzaban las embestidas leves, con un vaivén cadencioso que amenazaba con volver a precipitarlos a aquel deseo animal que los había poseído en un principio. Anakin se aferraba a la espalda de su maestro, escondiendo la cabeza en el hueco de su cuello, escapándosele su nombre de manera intermitente, cuando no clamaba a la Fuerza por aquel placer terrenal que parecía una feroz llama dentro de su cuerpo.


Cuando quiso darse cuenta, la velocidad de sus embestidas aumentaba paulatinamente y su padawan se retorcía deliciosamente bajo sus manos. Jadeaba, con las mejillas enrojecidas y la boca húmeda, abierta, espirando con fuerza el aire que era incapaz de retener por el tiempo suficiente, siéndole esto casi imposible tras decidir que rodear el pulgar de Obi-Wan entre sus labios, lamiéndolo y succionándolo de manera traviesa, era una buena idea.

Aquella imagen, sencillamente, era algo digno de grabar a fuego antes de marcharse.