El miedo seguía ahí, estaba infundado por la pérdida de Qui-Gon, pero su presencia ya no era tan latente y Obi-Wan se había sorprendido a sí mismo controlándolo después de desesperarse al no saber cómo actuar ante él. Había resultado complicado y le había costado horas meditando, pero mentiría si dijera que Skywalker no resultó ser un pilar clave en todo aquello.
No todas las noches las dedicaban a arrancarse la ropa y someterse el uno al otro, con la luna como única testigo de aquella lucha de poder. Había días normales, donde Anakin se apoyaba en el pecho de Obi-Wan y le escuchaba atentamente, mientras éste aclaraba sus pensamientos en una diatriba contra sí mismo, haciéndose víctima y verdugo de la situaciónl.
Porque Obi-Wan no había soportado la toxicidad del miedo pero tampoco se encontraba en condiciones de levantarse en armas para no dejarse envenenar; era incapaz de luchar hasta que lo encontró y fue cuando aquellas visitas a su habitación se hicieron cada vez más frecuentes, que comprendió que no debía temer por perder a Anakin, porque en lo que a él respectaba, no iba a dejarle solo.
Lo único que aterraba al maestro Kenobi no era otra cosa que el no tener con él a los seres amados, y a veces esa pesadilla se le comía en sueños, haciéndole despertar con la respiración acelerada y la frente sudorosa. Pero entonces Anakin lo abrazaba, casi acunándolo entre sus brazos, calmándolo con un tono de voz grave y arullador.
Y Obi-Wan comprendía que no debía tener miedo, porque Skywalker estaba allí para él.
Y él para Skywalker.
Aquellos encuentros previos a una misión, entonces, se vieron relegados a meros escarceos donde cada uno memorizaba con aguda precisión la anatomía contraría; tocaban allí, sintiendo la blanda piel amoldarse a sus yemas, besaban allá, y no había lugar que no marcasen.
La vida de un jedi era imprevisible y su lucha, continua, pero a pesar de entender por qué no se les permitía amar, no se lamentaban de haber saltado aquel muro.
Si ambos entraban juntos en batalla, se defenderían las espaldas hasta que exhalasen su último suspiro.
Si solo marchaba uno, como era el caso, entonces juraba dar lo mejor de sí para volver sano y salvo, porque había alguien esperándolo cuando volviese y eso era motivación suficiente, fueran cual fuesen las circunstancias.
"Carpe diem" había dicho Anakin una vez y Obi-Wan lo había tomado como filosofía desde entonces.
Por eso, el miedo se había esfumado.
